Suegro malicioso y nuera hipocrita
Este relato esta inspirado en varios relatos que he leido a lo largo de los años sobre enfermeras.
Mi nombre es Valeria. Tengo veinte años y un cuerpo que parece diseñado para provocar pecados: pechos grandes y firmes que desafían la gravedad sin necesidad de arneses, una cintura estrecha que se abre en caderas amplias, y un trasero redondo que se mueve con ritmo hipnótico a cada paso. Mi piel tiene ese tono dorado de quien ha sido besada por el sol Mediterráneo, y mis ojos verdes suelen decir más de lo que mi boca permite. Llevo seis meses con Daniel, un joven de veintiún años, atlético y dulce, que aún cree que nuestra virginidad compartida es un tesoro que debemos guardar hasta el altar. Solo una vez, en el asiento trasero de su auto, me atreví a bajarle la bragueta y saborearlo hasta el final, sintiendo su semen tibio deslizarse por mi garganta mientras temblaba entre mis labios. Pero nada más. Esperamos al matrimonio.
Esa noche, el cielo se desgarraba sobre la ciudad. La lluvia caía con violencia implacable, golpeando los cristales como si quisiera entrar. Daniel insistió en que me quedara en la casa de sus padres —aunque en realidad solo habitaba su padre, don Raúl, viudo desde hacía tres años—. La casona antigua olía a madera de cedro y a historia.
Don Raúl tenía cuarenta y ocho años. Era un hombre de campo convertido en empresario, con hombros anchos de cargador de sacos, brazos velludos tatuados que contaban historias de su juventud obrera, y una mirada oscura que parecía saborear el mundo entero. Su camiseta ajustada marcaba un pecho sólido y descendía por un abdomen que, a pesar de la edad, mantenía la dureza de quien trabaja con el cuerpo. Cuando me recibió, sus ojos recorrieron mi silueta con descaro descarado.
—Qué bombón, Valeria —dijo con voz ronca, tomando mi mano un segundo más de lo necesario—. Pareces salida de una revista.
Su palabra me recorrió como un escalofrío eléctrico. Durante la cena, sentí su mirada sobre mí más de una vez, pesada, devoradora, mientras Daniel hablaba inocente de sus proyectos universitarios.
Más tarde, Daniel me llevó al cuarto de huéspedes. Me dio un beso casto, puro, de labios cerrados.
—Buenas noches, amor —susurró.
—Buenas noches —respondí.
Me cambié frente al espejo. Me puse un pijama ligero: un top corto de algodón sin sujetador, dejando que mis tetas se movieran libres, pezones ya duros por el frescor de la casa; y un short diminuto que se hundía en mi raja, marcando la curva de mis nalgas. El silencio era profundo, solo interrumpido por el murmullo de la tormenta.
Recordé entonces la advertencia que Daniel me hizo mientras subíamos las escaleras: Mi papá es sonámbulo. Si lo ves caminando dormido, no lo despiertes de golpe. Puede reaccionar con violencia, es algo instintivo. Solo guíalo suavemente de vuelta a su cama.
Me metí entre las sábanas frías de lino, inquieta. Mi mente vagaba, excitada por la presencia imponente de aquel hombre maduro que me había mirado como si ya me poseyera.
No sé cuánto tiempo pasó.
De pronto, el colchón se hundió detrás de mí. Un peso. Un calor distinto. Mi cuerpo se tensó al instante.
—¿Daniel? —susurré, girando apenas la cabeza.
Silencio. Solo respiración profunda, pesada.
Entonces lo supe: era don Raúl. Recordé la advertencia. No lo despiertes. Mi corazón latía con tanta fuerza que temí que pudiera sentirlo contra su pecho.
Intenté apartarme lentamente, pero su cuerpo era una barrera cálida y firme. Su pierna rozó la mía bajo las sábanas, y el contacto envió una descarga inesperada directo a mi sexo. Mi respiración se volvió irregular, traicionera.
Se movió levemente, todavía atrapado en su sueño. Su mano, grande y áspera, descansó sobre mi costado, luego subió, rozando mi piel bajo la tela ligera. El contacto era torpe, inconsciente… y aun así, eléctrico. Cerré los ojos con fuerza, mordiendo el labio.
—No… —susurré, pero no me aparté.
Su cuerpo se pegó más a mi espalda. De repente, sentí algo duro y enorme clavándose entre mis nalgas. ¡Dios! Su polla erecta, mucho más gruesa y larga que la de Daniel, se asentaba en mi hendidura a través de la tela. Mi coñito palpitó traicionero, inundándose de humedad, empapando el short de algodón.
—María… —murmuró él, confundiéndome con su difunta esposa, voz ronca y dormida—. Qué rica estás, mamacita…
Su mano subió el top. Sus dedos ásperos rozaron mi teta desnuda, apretujándola fuerte, como amasando masa. El pezón se endureció entre su pulgar e índice, pellizcándolo con rudeza obrera. Un gemido escapó de mi garganta, bajito, ahogado.
—Mmm, tus tetas siempre tan firmes para mí —gruñó, alternando entre ambos senos, exprimiéndolos con saña.
Cada apretón era eléctrico; mis pezones ardían enviando descargas a mi clítoris hinchado. Debía escapar, guiarlo de vuelta… pero en lugar de eso, arqueé la espalda como gata en celo, presionando mis nalgas contra su erección monstruosa.
—¡No, don Raúl, soy Valeria! —susurré resistiéndome débilmente.
Pero su mano bajó al short, metiendo dedos ásperos en mi raja chorreante.
—Estás empapada, puta —gruñó contra mi cuello, frotando mi clítoris hinchado con su pulgar calloso—. ¿Tanto te excita tu maridito?
Consternada por mi propia respuesta, confesé en un jadeo:
—¡Sí, estoy completamente mojada! No sé qué me pasa… mi cuerpo responde como nunca. Con Daniel solo una mamada, ¡y usted ya me tiene al borde!
Él rio bajito, volteándome de frente. Sus ojos estaban cerrados, pero había una sonrisa pícara en sus labios. Apretó mis tetas de nuevo, mañoseándolas brutalmente.
—Estas ubres son mías, María —dijo, mirándome a través de las pestañas entreabiertas—. Mira cómo se te ponen los pezones de puta.
Perdí el control absoluto.
—¡Me está volviendo loca! —gemí, agarrando sus hombres—. Con mi novio nunca sentí esto… ¡ya perdí el control total, necesito una verga desesperadamente! ¡Penétreme, por Dios!
Bajó mi short de un tirón, exponiendo mi coñito virgen, rosado, depilado y jugoso. Su polla saltó libre de su pantalón: veintidós centímetros venosos, cabeza roja hinchada, goteando precum. Era el doble de gruesa que la de Daniel.
—Abre las piernas, mi putita casera —ordenó, sucio, consciente ahora, jugando el juego del sonámbulo—. Voy a romperte ese chochito virgen que guardas para mi hijo.
Me abrí, temblando como hoja. Empujó la punta contra mi entrada, mojándola en mi propia humedad. Entró despacio, estirándome dolorosamente delicioso, partiéndome en dos.
—¡Adiós virginidad! —pensé, admirada, mientras su glande superaba mi himen.
Bombeó profundo, tocando fondo de inmediato. Su pelvis chocaba contra la mía, llenándome por completo.
—¡Qué apretadita, María! —gruñó, agarrándome por las caderas—. Hace años no te cojo así… ¡me vengo ya, puta!
Eyaculó precoz: chorros calientes inundaron mi interior, bolas grandes vaciándose rápido dentro de mí. Pero para mi sorpresa, no se abatió. Siguió duro como roca.
—¿Ya? —pensé, frustrada por un segundo, pero él no se detuvo.
Me voltió, me puso en cuatro, y volvió a entrar con furia renovada.
—Ahora sí te voy a dar verga hasta dejarte vacía —susurró, agarrándome del cabello.
Me cogió durante horas. Me puso en todas las posiciones: cabalgándolo mientras me apretaba las tetas y me nalgueaba; contra la pared, cargada en sus brazos mientras nos besábamos con lenguas entrelazadas; en el suelo, con mis piernas sobre sus hombros, penetrándome hasta que mi cuello se arqueaba en éxtasis.
—Eres una putica —me insultaba, excitándome más—. La puta de la urbanización, ¿verdad? ¿Te cogen todos los vecinos?
—Sí, amor —respondía, jugando el juego perverso—. Todos me dan verga… pero la suya es la mejor.
Cuando finalmente no aguantó más, me tiró boca arriba y se masturbó entre mis tetas, explotando en mi cara y boca, cubriéndome de semen espeso y caliente. Me tragué algunas gotas, saboreando su salinidad mientras él gemía mi nombre —ahora sí, Valeria— con voz ronca.
Pero no terminó. A las cuatro de la mañana, desperté sintiendo cómo volvía a meterme su verga, ya recuperada. Me cogió dos veces más hasta el amanecer, dejándome cubierta de su leche, mi coñito hinchado y palpitante, mi cara y tetas manchadas con su esencia.
A las ocho y media, me desperté solo. Don Raúl no estaba. Me levanté, me di una ducha, y al bajar lo encontré en la cocina, haciendo el desayuno. Al verme —con mi cara aún sonrojada, caminando con la ligera cojera de quien ha sido poseída toda la noche— se puso nervioso.
—Buenos días, suegro —dije con naturalidad, rompiendo el hielo—. Disculpe lo de anoche… es que Daniel se metió en mi cuarto. Estaba oscuro, no hablamos mucho, pero… tuvimos sexo casi toda la noche. Espero no haberlo despertado.
Él se quedó quieto, confundido, sosteniendo una taza de café. Luego entendió el juego. Una sonrisa lenta, cómplice, se dibujó en su rostro maduro.
—No te preocupes, yerna —dijo, acercándose por detrás mientras yo limpiaba la mesada—. No escuché nada.
Su mano bajó y me dio una nalgada fuerte, haciéndome gemir bajito.
—Aunque —susurró contra mi oído, pegando su erección matutina contra mi trasero—, si necesitas que te «guíe» de vuelta a la cama alguna vez, solo avísame. No hay que despertar al sonámbulo de golpe… pero sí despacio.
Sonreí, sintiendo cómo mi cuerpo ya ansiaba la noche siguiente.
—Prometo hacerlo —respondí, y esta vez fui yo quien rozó mi trasero contra su dureza, sellando nuestro secreto bajo el techo de su hijo.


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