Suerte en El Infierno y con las humanitas
𝐻𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑢𝑛𝑜 𝑎𝑙 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒 ❤️ 𝑔𝑢𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑖𝑛̃𝑎𝑠 !.
Ficción | Tabú | 11 años | Colegialas | Erotismo y Amor
1️⃣
🅰idan J. tenía cinco años, cinco y medio a lo sumo, pero la espera había terminado. Aquello por lo que había venido a este mundo, al fin se presentaba ante sus ojos. Era algo que no recordaba de forma consciente, pero todo su sistema lo sabía muy bien, por eso reaccionó de tal manera. Su gentil e inocente madre lo había llevado de la mano hasta donde su tía, comadre de ella. Mientras las señoras conversaban sus cosas, una prima bonita, de unos 14 años, le daba un baño a cutadas a una niña que tenía poco más edad que Aidan. Eran los años 80, nadie parecía tener prevención alguna por la desnudez de una niña pequeña y darle un baño con la puerta del baño abierta, mientras charlaban con los de afuera. Pero al muy joven Aidan J. se le alborotó todo. Era la primera vez que veía una vagina, y preciso le tocó ver una tan bonita, sin ni un solo pelo y con agua escurriéndole por encima. A una edad tan corta no se puede discurrir ni cuestionar, ni ser crítico. Pero a Aidan J. sí que le gustó esa rajita, era lo más hermoso que había visto en la vida y paradójicamente no podía ensamblar una declaración tan —a su edad— compleja: “Lo más hermoso que he visto la vida”. No. Solo puso asombrarse hasta el tuétano, ya que no tenía idea de para qué servía aquella simpática cavidad. Pero vaya que era linda. ¿Por qué diablos su propio entrepierna había reaccionado? No era algo desagradable, definitivamente no. Había un endurecimiento y una consciencia repentina que nunca había estado. No es que uno se la pase pensando en su pipí, en su cosita de orinar ¿o sí? Una vez uno aprende a mear, o sea, a ir al baño y no mojar la ropa ni la cama, es cuando se vuelve consciente uno de su organito. Pero ahí, viéndole la panochita a su prima, el pequeño miembro de Aidan J. se manifestó por sí solo, pero no eran ganas de orinar. Qué raro.
El cuerpo de siete años de su prima estaba justo en esa etapa primal en que las proporciones de bebé regordete y cabezón ella han desaparecido. Ella tenía el cabello largo, claro y empapado y ajustado contra el cuerpo la hacía ver más bella. Ahí parada encima del lavadero de hormigón. Desnuda. Qué cuquita provocativa. Mmm.
2️⃣
🅻os ojos de Aidan J vieron algunas otras cosas, accidentalmente, claro. Como la vagina de una de las hijas de la inquilina de casa de su madre, que no gozaban de mucho cuidado paternal. A ellas les compraban ropa interior ya grande para que les durara, y cuando jugaban por ahí o subían la escalera en faldita o short, se les veía su rajita. Aidan ya tenía para ese entonces unos 15 años y apenas sí recordaba haber visto a su prima totalmente desnuda, pero fue consciente de que era la segunda cuquita que veía a plenitud en su vida y dio su primer paso para aceptar gradualmente que le gustaban las niñas.
Muchos años después, Aidan J. era profesor, y seguía sin entender por qué las minitas le gustaban tanto. No podía concebir nada más hermoso ni deseable. Era director de un grado sexto, donde los estudiantes tienen entre 10 y 11 años. Y la más bella de su curso era Estefanía. Aidan J., la mayoría de veces, no podía controlarse y ejercer con “normalidad” su oficio, pues habría de pasar los años enamorado hasta el tuétano de varias de sus estudiantes menores de edad y también, matándose a pajas por ellas.
Aidan J. estaba loco por Estefanía. De veras, era una de esas morras que… a Dios creador se le fue la mano. Estefanía tenía ese tipo de rostro que, alguien como Aidan J. se preguntaba «Hijueputa ¿qué se sentirá ser tan bonito?». Cuencas de los ojos y ojos grandes. Ojos café claro y cejas tupidas. Piel que no ha perdido un ápice de suavidad desde era bebé, blanca como una yuca pelada. Cabello de esos que… la morra no se despeina al dormir. Boquita rosada que hacía a Aidan J. (y quién sabe a cuántos más) humedecerse los suyos, e imaginarse poniendo en ellos la propia boca sino también el champiñón bien inflamado ¡wow! El cuerpecito de Estefanía era perfecto, como el de casi todas las morras de esa edad, solo que un par de grados más atlético y muscular. En la falda corta del uniforme, Estefanía mantenía a Aidan J. con la próstata palpitando y la punta del pirrín bien húmeda. Y un día que los estudiantes se fueron de ropa particular, las morras se fueron todas infartantes, en especial Estefanía. Se puso un vestido ceñido y alto, innecesaria y absurdamente corto. El pobre Aidan J. se puso como animal y tuvo que masturbarse un par de veces en el baño del colegio. Maldecía una y otra vez la vida, preguntándose cosas como «¿Por qué las mejores cosas de este mundo están prohibidas?», «¿Qué tienen en la cabeza y en… los pantalones los hombres que niegan lo buena que puede estar una morra de once años?», «De verdad ¿Cómo una mina de once puede ser tan brutalmente hermosa y… apetitosa?», «Ni si quiera tiene tetas, pero está que se come sola ¡Por Dios!», «¿De dónde viene tanta persecución a que uno admita lo absurdamente rica que está puede estar un mina de once años?».
3️⃣
🅰idan J. luchaba para no perder el control. Era tanto amoroso como arrecho. Trataba a las estudiantes bonitas como a sus novias. Ese mismo trato de parte de otros, habría resultado en molesta salamería, casi que acoso; pero Aidan era tan sincero en sus afectos que a ninguna le molestaba. Empero, también desarrolló hábitos de mirón. Incluso se acostumbró a aprovechar cada papaya ponida1 para gozar del contacto físico con sus pequeñas diosas de maneras disimuladas, fugaces e indetectables. Lo que más le gustaba sentir era sus costados en los apretones que se formaban en la puerta a la hora de salida. Estos le parecían abrazos grupales que disfrutaba sin represión, aunque para ellas eran solo montoneras. Hubo un par de experiencias qu él podía calificar de ‘celestiales’: Cuando tres de sus más bellas alumnas de grado sexto, incluída Estefanía, lo maquillaron para halloween entre las tres, al tiempo. Él solo se dejaba hacer lo que ellas quisieran en la cara mientras se recostaban sobre él. Se sintió ascendido a los cielos. Y la otra, durante una obra de teatro en la que interpretó al papá de dos estudiantes que en determinado punto de la puesta en escena, saltaron sobre él para abrazarlo y besarlo.
_____
1“Oportunidad demasiado obvia, grande e imperdible”, Col.
¯¯¯¯¯
Un día de entrega de notas, Aidan J. conoció al papá de Estefanía, y le pareció tan hosco y burdo que lo maldijo. No trataba bien a la niña. Parecía que ella era para él era algo así como una carga. No quería tener que ir al colegio ni ocuparse de nada. Aidan J. otra vez despotricó del mundo. «Este hijueputa no sabe lo que tiene», «Dios le da pan al que no tiene dientes» y «Si yo tuviera una hija así, ella me mandaría a mí». Los viejos debates internos de Aidan J. volvieron emerger de las profundiades de su alma, sintiéndose como algo que lucía como los demás y vivía con y como ellos (le tocaba), pero NO ERA uno de ellos. Casi toda la humanidad le parecía demasiado imbécil, sus valores, sus religiones, sus instituciones… y que fueran tan borregos. Estaba seguro Aidan J. de que toda esa indignación por que a un hombre le guste una menor era solo recetaria. Algo que todos obedecían y ya, para poder seguir andando en la seguridad de su manada. Si alguien no tenía esas necesidades gregarias, como él mismo, podía ver cuán hermosa y deseable podía ser una morra de once años. Pero saber eso no le servía de nada. Seguía sin poder tocar nunca a una menor. ¿Qué tenía ese mundo que lo hacía tan contradictorio y demencial?
4️⃣
🅿asaron más años y Aidan J. estuvo en más y más colegios, de diferentes clases sociales y enamorado hasta el tuétano de algunas morras desde doce hasta dieciséis años. Aprendió con los años mucho de su ‘condición’ de hombre al que le gustaban las niñas. Por ejemplo, que entre más chiquitas —siendo frecuentemente el límite inferior la edad de once años—, el sentimiento se volvía exclusivamente deseo; y en contraste, entre más grandecitas, el deseo se combinaba con atracción romántica. Y más notable aún, a la edad de 17 o 18 años, las mujeres dejaban de gustarle lo suficiente como para cortejar ninguna. Aidan J. sentía y veía que, por alguna trágica situación cultural, las mujeres se sobrevaluaban y los hombres se despreciaban: Mal momento histórico para ser hombre, más valía quedarse solo que cumplirle con sus expectativas a la manada.
Durante esos años, Aidan J. tuvo affairs con adolescentes de 16 años y experiencias de inocencia y ternura inverosímiles con morra de 12 o 13 años. Nunca llegó a segunda base con estas últimas, pero estaba feliz. Y seguía levitando en su propia atracción por la belleza y perfección despampanante de las menores. Fantaseaba con casarse con una mina de 12 y ser felices.
Una vez le confesó su pasión a su amiga Daria y esto le costó su amistad:
«¿Por qué no puede un hombre aspirar a tener lo más bello del universo?». «Porque es incorrecto». «Sí, pero ¿por qué?». «Porque eso no se hace, es una niña». «Hacerle ¿qué? ¿Amarla?». «Eso no es amar, es perversión». «¿“Perversión”? Según ¿quién?». «Según La Ley. La Ley es La Ley y hay que obedecerla». «O sea que ¿tú haces o dejas de hacer cosas no porque tú las consideres sino porque alguien te lo manda?». «Puro discurso de pedófilo». «Ese es un argumento prefabricado», aduje yo «una etiqueta. Las religiones hacen eso. Con los argumentos prefabricados no es necesario pensar, solo repetir y obedecer». «Entonces vaya y viole niñas, a ver cómo le va». Aidan J., disgustado, se levantó y alzó la voz: «¿¡VE!?, hay un sesgo instalado en la mente de todos. ¿Quién está hablando de violar niñas? Ese el caballo de guerra de la gente ¡que lo único que puede hacer un hombre con una niña es violarla!». «Contésteme algo: ¿Usted tiene fantasías sexuales con niñas de doce años?». «Sí, eso: FANTASÍAS». «Pero, si tuviera la oportunidad, haría realidad su fantasía?» «Esa pregunta es ilógica». «¿Por qué?» me preguntó ella, sobresaltada. «Porque preguntarme por una situación hipotética en la que algo dejara de ser fantasía, al ser una hipótesis, sigue siendo una fantasía». Hubo un par de segundos de silencio.
«Se lo pongo así» dijo ella, fastidiada «¿Es sus fantasías, usted usa la fuerza?». «¡Jamás!». «Entonces, en sus fantasías, ellas consienten la relación». «Completa y absolutamente». «Ahora, usted cree que una niña de doce años está en condiciones de consentir una relación sexual?». Volví y me senté, pasándome las manos por la cara. «La respuesta no le va a gustar». «¿A ver?». «Eso depende de cada niña. Es una soberana estupidez que La Ley dictamine la tal “edad de consentimiento”, cuando por ser “consentimiento”, es un asunto individual e íntimo. La Ley no tiene jurisdicción en lo íntimo. Además La señora Ley es hipócrita, porque obliga a todos a hacer cosas que no debería hacer nadie, sin respetar el derecho a consentir o no. Lo que quiere La Ley, o los que se la inventaron, es tener el control absoluto de todos nosotros. O si no, dígame si los que imponen las leyes las cumplen. Las inventaron fue para los demás ¿o no?». «Con ese discurso no va a ganar el derecho a violar niñas». «¡Y dale con eso! Yo no le voy a negar que debe haber miles o millones de cabrones que abusan de niñas, y puede que estén tan psicóticos que tengan su propia definición de consentimiento para decir que la niña que violaron consintió que la violaran…». «Ah, ¿ve?». «Espere, déjeme terminar. Que abunden ese tipo de hijos de putas no debe soslayar los casos en que una menor sea amada, instruida y en efecto, consienta». Ella iba a hablar pero Aidan J. la interrumpió: «Sí, ahí es donde usted dice: “puro discurso de pedófilo” y volvemos a la discusión de tipo religioso, donde no hay cabida a la razón, sino a repetir recetas». «Usted está enfermo, busque ayuda».
Aidan J. se arrepintió de haber confesado su pasión a Daria, porque se quedó sin amiga y no querría haberse dado cuenta de que ella, a quien apreciaba tanto, fuera tan simple de pensamiento, tan cerrada de cabeza y tan dependiente emocionalmente de El Sistema.
5️⃣
🅲on medida pasión, Aidan J. coleccionaba fotos y videos de aquello que consideraba los más hermoso concebible en el universo y que paradójicamente era inasible. Empero, despreciaba los contenidos en que las morras eran abusadas. No le cabía en la cabeza cómo había tanta gente que disfrutara de semejantes cosas tan horripilantes. Él solo coleccionaba Soft-Core, en el que las minas posaban de maneras sensuales y daban a los ojos de a quienes les gustaba su belleza, la respectiva limosna. «Ver y pasar saliva» solía decir él. No obstante, la cantidad de gente, hombres y mujeres que había, sobre todo a través de La Internet, que gustaban de las menores, le dejaba claro a Aidan J. que los de su tipo no eran tan pocos, y que había de otras ‘sub-clases’ también. Durante los años y años viendo material de aquello con lo que solo podía fantasear, se topó con un tipo de ‘pedos’ con el que no se identificaba para nada. De esos, justamente, que parecían ser mayoría y trazaban la reputación de todos a los que les gustaban las niñas por igual, haciéndolos parecer a todos como psicópatas iguales a ellos.
Una vez, en la deep web, alguien publicó una foto de una pre-adolescente, hermosa como la primera mañana del mundo, una mina de la que Dios podía alardear como creador. Les preguntó a los participantes del foro qué se imaginaban haciendo con ella. Muchos manifestaron sus fantasías románticas, otros fantasías romantico-sexuales, pero muchos de maneras violentas, como si la belleza no le sinspirara amor sino odio. Así, tal cual. Uno, inclusive, dijo: «Yo pondría a seis perros pit-bull a aguantar hambre una semana para soltárselos y ver como la despedazan». Ese tipo de historia, razonó Aidan J., era de las que los medios de comunicación gozaban de repetir y repetir y por eso la gente regular creía que los hombres a los que les gustaban las niñas, invariablemente eran unos monstruos. Gente adoctrinada e intimidada, como Daria.
En contraste, otro deep-internauta le contestó: «Te equivocas, las niñas son para amarlas». Ese era de la clase de gente como Aidan J., pero cuyo lugar en el mundo seguía confundido con el de los monstruos. Llegó a darse cuenta que él y los —quien si sabe si pocos o muchos— que eran como él, eran perseguidos, por promover El Amor. En la Deep Web y otros medios donde se congregaban quienes querían apreciar la belleza que en el mundo analógico estaba prohibida; eran bienvenidos los usuarios odiosos e incluso violentos, pero a cualquiera que hablara de amor, lo baneaban.
Una vez, alguien compartió un set de fotos de una niña de unos 10 años en traje de baño, demasiado hermosa para ser entendida por los ojos promedio. DEMASIADO HERMOSA. Aidan J. tuvo una agridulce evocación de Estefanía. Inspirado, comentó lleno de poesía, e incluso dijo que «las pre-adolescentes y adolescentes son una trampa puesta por Dios para que los hombres se atrevan a amar». Otro usuario le preguntó si él conocía el Amor de Dios, y Aidan J. le contestó: «Es esto, justamente, el amor más grande que puedas imaginar o sentir. Si es lo que te imaginas al ver una mina como esta, ese debe ser el amor de Dios». Tanto a Aidan J. como al otro les fueron canceladas sus cuentas ipso-facto, en un sitio prohibido de material underage, donde otros trataban a las niñas de maneras indeibles y sus fantasías contenían odio y destilaban horrible violencia. Aidan J. al fin ató cabos y empezó a responderse por qué el mundo era tan contradictorio y demencial.
Había, y aparentemente abundaban, los tipos y tipas que hacían cosas que los humanos normales solían hacer por amor, pero trastornándolas, invirtiéndolas. Increíblemente, no les gustaba el placer, sino el dolor de los otros, y lo hacían de manera ritual para oponerse a El Amor, sintiendo no más que odio. Pero ¿Odio contra qué? Lo más evidente era que, el odio era contra la raza humana.. pero… ¿Qué ellos mismos no eran humanos? La respuesta habría de venir, también.
6️⃣
🆂olo un lustro duró Aidan J. ejerciendo su profesión. La dejó por la carencia de sentido e hipocresía de esta, pero con dolor por alejarse de los mares y mares de aquello que consideraba como el máximo reactor donde El Amor se genera, echando chispas y muchas veces explotando, con un buen catálogo de recuerdos de experiencias prohibidas, otras más sensuales y una que dos cargadas de peligrosa aventura. Y claro, seco de tanto pajearse por sus alumnas bonitas. Desde que vio la puchita de su prima a los cinco años de ambos, quedó activado con aquello y nunca hubo marcha atrás. Toda la vida fue un morboso, mirón y fisgón. Solo que al pasar el tiempo y convertirse en un ‘señor’, con todavía los mismos gustos, clasificaba él, según estándares, en una “aberración”, una parafilia de uso más político que clínico.
A los cincuenta años, Aidan J. tenía una noviecita de trece años. Era casi un juego, debido a la abismal diferencia en las configuraciones mentales de ambos, sus gustos, sus épocas, sus filosofías, etc. Hada Mary era hija de una de las inquilinas de su casa. Aidan J. se enamoró perdidamente de ella, a razón primera de su exquisita belleza, una pelirroja muy inusual en su región. Dicha belleza siempre lograba eclipsar el fastidio que un hombre maduro tenía que soportar por la inmadurez de una novia tan joven, casi una nieta. La trampa de Dios siempre surtía efecto y Aidan J. terminaba tolerándolo todo. Al fin y al cabo no salían ni hacían vida social. Él solo era un apoyo emocional, consejero, y un poco también apoyo económico para ella. Hada Mary confiaba en él y lo tenía de psicólogo, profesor e incluso confidente. Tenían vida sexual activa y muy gratificante. Aidan J. estaba demasiado viejo para temerle a La Ley o al rechazo social, y tras enamorarse de Hada Mary, la cortejó y conquistó. Tuvieron su romance en secreto por unos dos años, hasta que ella se graduó de bachiller, consiguió un trabajo y allí conoció a alguien que le ofrecía mejores oportunidades de vida que Aidan J. Con el dolor (y mucho) del alma, él la dejó ir2. Demasiado viejo para deprimirse, vendió todas sus cosas, hasta su casa. Pero no vendió su coche, que usó junto al dinero para irse a dar una última aventura, hasta donde la gasolina y el dinero le alcanzaran y sin importarle nada más. En dicho viaje, conoció a alguien que confirmó, y fue la primera persona en hacer tal cosa, lo que él ya había deducido de por qué el mundo era tan contradictorio y demencial.
_____
2La historia de este capítulo por sí solo da para una novela, pero ¿Para qué tanto esfuerzo? si ya casi no hay quien lea.
¯¯¯¯¯
7️⃣
🅴l recuerdo de Hada Mary le servía como inagotable combustible para sonreír y tener algo de gratitud por la vida, aunque fueran esos dos años con ella. No conoció antes ni conocería después mayor dicha. Excepto quizá, el conocimiento, cuyo gozo apenas era superado por el amor en el alma o el placer físico. Llegar a saber, o mejor, a corroborar algo tan subrepticio y esotérico, no era poca cosa. Fuera de su país pero todavía en las cumbres andinas, Aidan J. se topó con Lorenzana, una vieja ermitaña con quien trabó amistad, por la compatibilidad de sus caracteres asociales. Un diluvio repentino redujo la terquedad de Aidan J. de seguir manejando y se atrevió a buscar refugio en la única luz que se veía en la montaña. Era la casa de la vieja Lorenzana. Ella, al abrir la puerta, lo miró como si hubiese estado esperándolo. «Qué gusto» dijo, y ni siquiera reparó en él, como si le hubiera bastado con verlo de reojo, como cuando se conoce ya a alguien y uno descarta la necesidad de verlo bien. Lo invitó a pasar y bebieron Café negro sin dulce.
Al cabo de un par de días, cuando ya estaban a media historia de sus vidas, ella le soltó: «Usted no está aquí por casualidad. Ha perdido y dejado varias cosas en la vida, amistades, trabajos y amores. Pero ha venido aquí a ganar algo: Respuestas. ¿Qué es eso que más se ha preguntado durante toda la vida?». Al principio, Aidan J. no dio pie con bola, pero cuando ella le propició una pista, él entendió. Lo tomó de la mano y viéndole la palma, le preguntó «Usted recién tuvo una esposa, una hija, o una que era esposa e hija al mismo tiempo ¿no?».
Y así, Aidan J. se se abrió de corazón y aceptó lo que Lorenzana pudiera enseñarle. Para esa misma noche, programaron una sesión en la que él, según Lorenzana, hallaría una respuesta —o una confirmación a lo que ya creía— a su más grande pregunta, y así podría hacer lo que había planeado al deshacerse de todo y salir de su casa: Terminar su viaje.
Durante la sesión, Aidan J. se recostó frente a una fogata que plasmaba sombras móviles detrás de él. Las chispas parecían insectos interdimensionales pasajeros. Lorenzana lo condujo a una experiencia de regresión, asistida por algunos brebajes fumados y bebidos, un trance en el que Aidan J. vería no solo un par de vidas anteriores suyas sino algo de la intervida. Después de ello, con la respuesta en sus manos y más paz que nunca, terminaría su viaje. Lo que vio durante el trance fue:
El universo mismo al fondo. Incontables estrellas luminosas contenidas, algunas en la funda de la nada y otras en nubes de hermosos color rojizo y plateado. Todo lucía vivo. Alguien que vestía una especie traje blanco brillante, le decía:
—Este mismo discurso se lo tengo que dar a todos los que toman tu decisión. Es probable que ya te lo hayan dicho unas tres veces, pero es mi deber repetírtelo y librarme de la responsabilidad si no lo hiciera.
»Ese mundo al que quieres ir es el mismo infierno. No hay nada peor en el universo. Nadie quiere ir allá, solo unos cuantos locos como tú, desde hace eones. Desde que Dios lo creó, hubo quienes se interesaron en la belleza aplastante de las humanas, y de las humanitas, especialmente. Pero la única manera de poseer una es encarnándose y viviendo allí. Hoy en día es peor, porque ese mundo ya no está en poder de su creador. Y la única forma de entrar es bajando tu vibración a niveles que no imaginas. Perderás inmensa parte de tu conciencia y toda la memoria, y estarás en riesgo de embarrarte tanto de la suciedad de allá, que quedes allá por nada menos que la eternidad, sin saber quién eres en realidad y viviendo en un mundo pequeño y lleno de mentiras. Todo por la calentura que provoca la criatura más bella del universo. ¿Entiendes?
—Sí.
—Porque hay más. Ese mundo es el peor desorden que puedas si quiera concebir en tu imaginación. Está lleno no solo de mentiras sino de contradicciones y manipulación, hay religiones, gobiernos, extremos opuestos… Allá hay, y puede que tardes muchas vidas en darte cuenta, una verdad oculta sin la cual puedes enloquecer y quedarte allá por la eternidad. Cuando seas humano, te van a hacer creer que son la especie dominante y todos son iguales. Pero dime algo, ahora ¿Eres humano?
—No, soy un espíritu libre e inmortal.
—Correcto. Una vez estés allí ¿dejarás de serlo?
—No.
—Correcto, otra vez. No dejarás de serlo, pero dejarás de SABERLO. ¡Peligro! Allí hay toda clase de espíritus inmortales encarnados en humanos y no todos los que son de la misma especie, biológicamente, son lo mismo espiritualmente. Si vas a experimentar El Amor, habrá miles y miles que te ataquen por ello. Y tendrás en especial, muchos, millones, que estarán en una misión opuesta a la tuya: Sembrar odio. Y lo peor, te recalco: No recordarás nada de esto. Llegarás allá con la mente en blanco. ¿Aún quieres ir?
—Me han mostrado muchas imágenes de las humanitas. Son tanto o más bellas que los ángeles. Quiero amarlas.
—Qué terquedad tan lamentable. Buenas intenciones, porque en ese mundo lo que hace falta es Amor. Pero los riesgos no parece entenderlos nadie. ¿Sabías que hay millones de espíritus encarnados en humanos que al contrario que tú, quieren DESTRUIR a las humanitas? Justamente por eso, porque están llenas del amor de El Creador. Te aseguro que van a confundirte con uno y, peor todavía, la lucha que hagas por amar a las pequeña humanas, les servirá más esos mosntruos que a tí, o a los que haya como tú.
—Me atengo.
—No sé si eres muy valiente o muy bobo. La vida de los humanos es muy dura, tienen que trabajar para vivir y terminan viviendo para trabajar. Y su niñez es un asco. Una vez entres allá, nadie te garantiza en qué familia o en qué país resultes, y puede que de niño caigas en manos de esos que odian la humanidad. ¿Sigues queriendo ir?
—Sí, por las humanitas.
—Allá, amar a una humanita es muy mal visto. Puede que nunca logres lo que quieres y sufras mucho. En algún momento, un detonante hará que te apasiones por ello que fuiste a buscar.
—Me atengo.
—Está bien. Todo lo que eres y deseas será codificado en tu ADN, y con mucho trabajo, podrás volverlo a decodificar o incluso modificarlo. Pero deberás prestar atención desde joven y no dejarte embobar por las aparentes recompensas de ese mundo, que son pura ilusión.
—Lo sé.
—Buena suerte en El Infierno y con la humanitas.

Fin.
Stregoika ©2026
Si te gustó este relato: Busca ayuda, estás igual de loco que el autor. DE todas fromas aquí otro relato que podría gustarte:
Aventura con Mi nena Waifu (Un profe y su alumna Waifu de 12 años).
Bye, y cómanse a besos a la morra más cercana.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!