Tío se coge a su sobrina en el metro
Un viaje al metro despertó el deseo sexual entre tío y sobrina.
El vagón del metro iba completamente atestado en plena hora pico. Humberto, un hombre de 50 años, delgado y bien parecido, con el cabello entrecano y una presencia serena que aún atraía miradas, viajaba con su sobrina Fátima. Ella acababa de cumplir 20 años: delgada, de piel blanca como porcelana, rostro bello de facciones delicadas, ojos grandes y expresivos, y una melena larga y castaña que caía en ondas suaves sobre su espalda. Vestía una minifalda corta de tela delgada, casi transparente al tacto, que apenas cubría la mitad de sus muslos firmes y redondeados, y una blusa ligera que marcaba sutilmente su figura esbelta.
Humberto se preocupó al ver la cantidad de gente que subía. “Ven, ponte delante de mí”, le dijo con voz protectora, colocándose justo detrás de ella para que su cuerpo sirviera de escudo. Fátima asintió, confiando en su tío, y se sujetó de una de las barras verticales. El metro arrancó con una sacudida y, de inmediato, una oleada de pasajeros más subió en la siguiente estación, apretujándolos sin piedad.
Los cuerpos se pegaron unos a otros como sardinas en lata. Humberto sintió cómo su torso quedaba completamente adherido a la espalda de su sobrina. La minifalda de tela delgada de Fátima se había subido ligeramente con el roce y, al ser tan fina, apenas servía de barrera. Sus nalgas suaves y redondas quedaban prácticamente expuestas bajo unas bragas finas de algodón. La gente empujaba desde atrás y desde los lados, y él no podía moverse ni un centímetro.
En una curva cerrada del túnel, el vagón se balanceó con fuerza. El cuerpo de Humberto se impulsó hacia adelante y, de pronto, su pene —que ya comenzaba a endurecerse por el calor y la presión involuntaria— quedó exactamente encajado entre las nalguitas patadas de Fátima. La tela de su pantalón y la minifalda tan delgada permitían sentir casi directamente el calor y la suavidad de su carne tibia y firme. Solo la fina braga de ella separaba su verga tiesa de las nalgas de su sobrina.
Fátima dio un pequeño respingo, pero el ruido del metro y la multitud ahogaron cualquier sonido. Sintió claramente la dureza de su tío presionando justo en la raja de su culo, separando ligeramente sus glúteos con cada movimiento del tren. Humberto intentó retroceder, pero era imposible; la gente lo empujaba aún más contra ella.
— Tío… — murmuró Fátima muy bajito, girando apenas la cabeza, las mejillas sonrojadas.
— Lo siento, hija… no puedo moverme — respondió él con la voz ronca, sintiendo cómo su polla palpitaba contra esa carne joven y caliente, casi como si solo la braga los separara.
Los kilómetros pasaban. El metro se detenía, subía más gente, y nadie bajaba. Cada frenada, cada aceleración, hacía que el pene de Humberto se frotara lentamente arriba y abajo entre las nalguitas de Fátima. La fricción era constante e intensa gracias a la minifalda de tela delgada, que se arrugaba y permitía que su verga se hundiera más fácilmente entre sus glúteos. Su polla se puso completamente dura, gruesa y caliente, marcando un bulto evidente que se presionaba con fuerza contra ella.
Fátima respiraba agitada. Sentía el calor que emanaba de esa polla madura presionando justo contra su ano y su coñito a través de la tela tan fina. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa y, sin poder evitarlo, su vagina comenzó a humedecerse. La vergüenza se mezclaba con una excitación prohibida que la hacía apretar los muslos.
En una estación especialmente concurrida, una nueva oleada de gente los aplastó aún más. Humberto sintió cómo la cabeza de su pene se deslizaba un poco más abajo, rozando directamente la entrada del coño de Fátima por encima de las bragas mojadas. La minifalda delgada facilitaba que el roce fuera más íntimo y descarado. Ella soltó un gemidito ahogado.
— Tío… está muy duro… — susurró ella, casi sin voz.
En ese momento, el metro hizo una parada más larga de lo habitual y parte de la gente se movió ligeramente, creando un pequeño espacio. Fátima aprovechó la oportunidad: con un movimiento disimulado pero decidido, se giró lentamente sobre sí misma hasta quedar de frente a su tío. Ahora sus pechos quedaban presionados contra el torso de Humberto y su rostro bello, con las mejillas sonrojadas, quedó a pocos centímetros del de él.
La minifalda de tela delgada se levantó aún más con el giro, y Humberto sintió inmediatamente cómo su verga erecta quedaba atrapada entre sus cuerpos, presionando directamente contra el monte de Venus de Fátima. La tela fina de la falda y las bragas mojadas eran una barrera casi inexistente.
— Así es mejor… — murmuró Fátima muy bajito contra el cuello de su tío, con la voz temblorosa de deseo.
Humberto no necesitó más invitación. Con la multitud apretándolos, colocó una mano en la cadera de ella para estabilizarla y, con la otra, apartó discretamente la braga de Fátima hacia un lado. La punta gruesa y caliente de su polla rozó directamente los labios húmedos y depilados de su sobrina. En la siguiente sacudida del metro, su verga se deslizó lentamente dentro del coño apretado y empapado de Fátima.
Ahora frente a frente, el contacto era mucho más intenso. Humberto podía mirar directamente los ojos entrecerrados de placer de su sobrina mientras su polla madura y venosa se hundía centímetro a centímetro hasta el fondo en esa vagina joven y estrecha. Fátima mordió su labio inferior para no gemir en voz alta, sintiendo cómo su tío la llenaba completamente.
Comenzaron a follar así, de pie y cara a cara, en medio de la multitud inconsciente. Humberto movía las caderas con movimientos cortos y disimulados, aprovechando cada curva y cada frenada del tren para clavarse más profundo. Su polla entraba y salía del coño de Fátima con un ritmo lento pero constante, produciendo un sonido húmedo y suave que solo ellos podían percibir. Los jugos de ella chorreaban por los muslos de ambos, humedeciendo la minifalda de tela delgada.
Fátima rodeó discretamente con un brazo la cintura de su tío para pegarse más a él, apretando su coño alrededor de la verga que la penetraba. Sus pezones duros se frotaban contra el pecho de Humberto con cada movimiento. Podía sentir cada vena de la polla de su tío rozando sus paredes internas mientras sus caderas se movían sutilmente contra las de él.
— Joder, Fátima… estás tan apretada… tan mojada… — gruñó él muy bajito en su oído, su aliento caliente contra su piel.
— Tío… cógeme más duro… métemela toda… — respondió ella en un susurro entrecortado, empujando su pelvis contra él para que la polla entrara hasta el fondo.
El metro seguía su trayecto. Nadie notaba que, en ese rincón apretado del vagón, el tío de 50 años estaba follándose profundamente a su sobrina de 20 cara a cara. Los movimientos se volvieron más intensos. Humberto metía toda su polla hasta los huevos, sintiendo cómo el coño de Fátima lo succionaba con fuerza, mientras sus cuerpos sudorosos se frotaban uno contra el otro.
Finalmente, después de varios minutos de esa follada clandestina y salvaje, Humberto no pudo más. Con un último empujón profundo, se corrió violentamente dentro de ella, inundando el útero de su sobrina con chorros gruesos y calientes de semen. Fátima tembló entera, alcanzando un orgasmo intenso y silencioso, su coño contrayéndose y ordeñando la verga que la llenaba.
Permanecieron así unos segundos más, unidos por la polla aún palpitante y el semen que empezaba a escurrir por los muslos de Fátima bajo la minifalda de tela delgada. Sus frentes se tocaron y sus respiraciones agitadas se mezclaron en un beso casi imperceptible.
Cuando el metro se detuvo en su estación y la gente comenzó a bajar, Humberto sacó lentamente su verga del coño de su sobrina, acomodando la braga y la minifalda de tela delgada de ella con disimulo. Fátima se quedó un momento pegada a él, con las mejillas arreboladas y una mirada cargada de deseo recién descubierto.
— Tío… — murmuró ella con una sonrisa tímida y pícara, todavía sintiendo el semen caliente escurrir entre sus piernas — …¿seguimos en casa?
Humberto solo pudo asentir, sabiendo que aquel viaje en metro había cambiado todo entre ellos para siempre.


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