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Heterosexual, Masturbacion Femenina, Masturbacion Masculina

Una noche de reflexión y sexo

Esa pareja de desconocidos tenían un gran tesoro en el hogar..

Crónica de una rutina líquida.

A los 26 años, hundido en una fuerte depresión, empecé a beber en demasía. Mis jornadas de alcoholismo comenzaban temprano, apenas salía el sol. En ese entonces, era el dependiente de una ferretería; entre cliente y cliente, sorbía mis preparados de tequila con refresco, tratando de guardar la mesura necesaria para no errar en los cobros. Sin embargo, al llegar la hora del cierre y tras realizar el corte de caja, finalmente me entregaba a la botella sin restricciones.

A pesar de todo, nunca faltaba al trabajo. El dueño me consideraba un empleado eficiente, sin sospechar que mi ritmo de vida era un ciclo de embriaguez solitaria. Casi siempre a las diez u once de la noche ya estaba dormido, vencido por el alcohol. Rentaba un cuarto con baño propio, lo que me permitía ducharme al día siguiente, medio desayunar y repetir la rutina sin que nadie lo notara.

Al salir del trabajo, solía pasar por una tienda de barrio donde la gente bebía con desparpajo en la banqueta. Compraba el resto de la bebida necesaria para terminar el día «embrutecido». Una tarde, vi a una pareja joven sentada en la acera. Al saludarlos, el hombre de unos 24 años me lanzó una invitación directa: «¿Quieres un trago?».

Acepté y comencé a beber con ellos. Eran de esas personas que frecuentan la calle, bebedores constantes, pero no indigentes. La charla fluyó con naturalidad; cuando terminaron su botella, yo puse la que llevaba conmigo. Para cuando oscureció, la embriaguez ya nos dominaba. El tipo resultó ser buena onda y la mujer, de unos 19 años, era de ambiente alegre; reía con ganas de las tonterías que decíamos. No era precisamente mi tipo, pero su compañía era amena.

De pronto, el marido se quedó profundamente dormido. Me quedé solo platicando con ella y, tras unos minutos, decidí despedirme. Sin embargo, me pidió ayuda para llevar a su esposo a su cuarto, en una vecindad a unos cien metros de allí. Accedí.

Caminamos arrastrando al hombre hasta entrar en una vecindad muy humilde. Su cuarto estaba al fondo del pasillo; la puerta no tenía cerradura, solo la aseguraban con una madera desde el interior. Al llegar, ella anunció nuestra llegada en voz alta: «¡Ábrenos!».

Una niña de unos diez años asomó la vista y quitó la tabla para dejarnos pasar. El cuarto era alargado, dividido apenas por unas sábanas: al fondo estaba la cama y al frente una mesa pequeña con implementos de cocina.

—Arrima una silla para sentar a tu papá —le dije a la niña. —No, mejor en la cama, porque este ya no se levanta —respondió ella con una madurez inquietante.

Lo acostamos y ella corrió la cortina. La mujer parada a un lado de la mesa me preguntó si quería otra copa. Al principio sentí desconfianza; temía que el marido despertara y malinterpretara mi presencia, además de que me resultaba incómodo beber frente a la niña. Pero, desinhibido por el tequila y pensando que la pequeña sería testigo de que no ocurría nada extraño, terminé por aceptar.

Me senté en una de las sillas desvencijada, frente a la mesa donde la niña hacía sus cosas, casi ignorando nuestra presencia como si estuviera acostumbrada a ver rostros extraños entrar a su casa a esas horas. La mujer sirvió el tequila con una naturalidad pasmosa. El sonido del líquido cayendo en el vaso era lo único que rompía el silencio, aparte de los ronquidos pesados del marido tras la cortina.

—Salud —dijo ella, alzando su vaso.

Bebí. El alcohol ya hacia rato que no me quemaba la garganta, solo me adormecía el juicio. Miré a mi alrededor: la humedad en las paredes, la luz amarillenta de un foco desnudo colgando del techo y la pequeña figura de la niña, que nos observaba de reojo. Sentí una punzada de tristeza, no solo por ellos, sino por mí. ¿Qué hacía yo, compartiendo tanta miseria y compartiendo tragos con desconocidos?

La charla, que antes en la calle había sido ruidosa y llena de risas, se volvió un susurro. Ella hablaba de su vida, de lo difícil que era ir pasando los días, de cómo el alcohol era, a veces, el único descanso que conocían dando tragos fuertes como deseando acabarse todo el vino del mundo. Yo la escuchaba a medias, perdido en mis propios fantasmas de depresión, sintiendo que ese cuarto pequeño era un reflejo de mi propio encierro emocional.

De pronto, el marido balbuceo moviéndose bruscamente tras la cortina y soltó un quejido ininteligible. El miedo me recorrió la espalda. Me puse de pie de inmediato, la desinhibición del tequila siendo reemplazada por un instinto de prudencia.

—Ya es tarde —dije, tratando de sonar firme a pesar del mareo—. Mañana tengo que ir a trabajar temprano.

La mujer insistió, acabamos la botella y ya… La embriaguez se me corto un poco, pero yo a ella ya la vi perdida como si solo hubiera guardado entereza hasta llegar aqui. Me miró con una especie de gratitud cansada y dijo ¡Salud! azotando el vaso para luego levantarse tambaleando hacia la cama. La niña se levantó para mirar a la pareja que yacían dormidos. Me puse de pie y la chiquilla solo me miraba, le dije hasta mañana, pero no me contesto. Yo la mire atento como tratando de distinguir el desaire, era una nena bonita, delgadita de cabello largo negro, de piel apiñonada, tenía una licra negra y una blusita de tirantes rosa, andaba en sandalias.

Caminé hacia la puerta con la botella en la mano, con el eco de mi corazón rebotando ideas locas, esa mujercita me había enamorado. El efecto del tequila empezaba a transformarse en esa pesadez libidinosa, pero mi mente, extrañamente, estaba lúcida. Pensé esta niña, esta tan acostumbrada a la borrachera ajena, y cuya vida parecía reducirse a esas cuatro paredes divididas por una cortina mugrosa.

Entonces ella hablo sacándome de mis pensamientos

-Quiero comprarme esto y del celular que sostenía en la mano me mostro en la pantalla unas pulseritas con figuras de Hello Kitty.

Vi el precio y no eran caras, unos $100 pesos, a lo que hurgué en el bolsillo del pantalón y se los di, cuando mis dedos rozaron la piel de su mano, una vibración intensa se apodero de mí, un deseo mórbido e imparable, en un instante a la altura de la bragueta tenía ya una carpa, mi verga palpitaba excitada. Ella al notarlo solo abrió los ojos grandes, y la boca con una expresión de sorpresa, fue así de súbito pero fluyo natural, le dije “tómalo” haciendo un movimiento de cadera llamándola, la nena dudo un poco a lo que le saque un puño de billetes, ¿si quieres te puedo comprar más cosas?… Cuando la tuve cerca la tome con ambas manos sujetándola bajo los brazos por las costillas, al ser bajita y menudita la levante sin dificultad poniéndola contra mí, ella abrió las piernas y me rodeo por la cadera poniendo en contacto su pubis con mi verga. La mecía acompasado, satisfaciéndome con el roce masturbando nuestras partes, me miraba fijamente a los ojos y yo me la comía con la vista, el olor del alcohol era fuerte por eso no me atreví a besarla, era algo tan puro que no debía probar con los labios. Entonces ella empezó a gemir por el gran frotamiento ya se había activado su biología, lo noté porque sentí como me atraía con sus piernas y arqueaba la espalda mientras yo la abrazaba, arremetiendo frentico mi falo sobre su licra en su hendidura de mujer. Llego un momento en que la ropa me estorbaba, ya ni recordaba que los anfitriones estaban al otro lado. Sujetándola con un brazo y con la otra mano empecé a desabrochar el cinturón y luego el botón del pantalón bajándome el bóxer, la nena esperaba expectante, pero sin dejar de moverse. Con los pantalones a las rodillas andando con dificultad y aun punteándola me senté en la silla le dije quítate la licra dejándome ver su cosita lampiña de la que emanaba un aroma que ya casi había olvidado, le empecé a meter el dedo que entro fácil pues ya la habían desflorado…entonces le quite la blusa y pellizque sus pequeños pezones, la muchachita suspiraba de forma excitante asi la fui auscultando anchándola cada vez más en el índice y medio, después de un rato le dije súbete y la fui acomodando en el palo, ya estaba dilatada por lo que fui entrando lento habitándola hasta quedar unidos nuestros sexos.

Apretaba durísimo, sentía sus jugos calientes como agua hirviente hinchando más y más las venas de mi pito, entraba y salía focalizando casi al 100 por ciento todo el fragor de nuestro ser en la receptación y penetración de ese dulce huequito… hasta que mis huevos reventaron en alto semen dentro de esa joya de perfección mujeril.

 

Tal como un flash, nos separamos, ella solo respiraba desnuda y agitada mirando el dinero en la mesa, ahi nomas me vestí y salí. Cuando llegué a mi habitación, el olor a encierro me recibió como un viejo conocido. Me senté en la orilla de la cama, todavía con los zapatos puestos, y miré el reloj: las dos de la mañana. En pocas horas paso esto, mañana tendría que levantarme, lavarme la cara, tragarme las náuseas y poner mi mejor máscara de empleado calificado frente al mostrador de la ferretería, quizá con el temor de tener que pagar las consecuencias.

Me acosté sin apagar la luz, dejando que el techo fuera el único testigo de mi derrota diaria que ahora era felicidad disfrazada de culpa. Sabía que, al despertar, el ciclo volvería a empezar: el primer trago preventivo, el conteo de los tornillos, el corte de caja y, finalmente, la búsqueda desesperada de otra botella para no tener que pensar en quién es ella, en quien seré yo después de conocerla.

13 Lecturas/7 marzo, 2026/0 Comentarios/por Electroneutrino
Etiquetas: alcohol, baño, esposo, joven, marido, semen, sexo, verga
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