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Incestos en Familia, Lesbiana, Sexo con Madur@s

Aires de Gratitud 2 (Padres e hija)

Todo el asunto, después de aquella noche, se convirtió en un silencio..

No el silencio tranquilo de la casa cuando papá se iba a trabajar, sino un silencio pesado, que se pegaba a la piel como el sudor frío. El dolor de mi colita era agudo los primeros días, un tirón agudo cada vez que me sentaba, un recordatorio constante de algo que mi mente no quería entender. Papá se había ido esa misma noche, después de murmurar «lo siento» al aire. La puerta cerró con un chasquido seco y su sonido fue el final de todo.
Mamá se quedó conmigo, abrazándome en el sofá. Lloré contra su pecho, con el dolor ardiente como un fuego en mi cuerpo.
—Mami… me duele —logré decir entre sollozos—. Me duele mucho.
—Ya sé, mi amor, ya sé —susurró ella, su mano temblando en mi espalda—. Fue un juego muy… intenso. A veces los juegos intensos hacen un poquito de daño al principio, pero luego se curan. Te lo prometo.
Levantó la vista hacia la puerta por la que se había ido papá, y susurró más para sí que para mí: —Es un hombre, Laura. No sabe cómo controlar su… su amor. Es demasiado grande. Es demasiado fuerte. Yo debería haberme dado cuenta. Yo debería haberlo detenido.
Entonces bajó la vista hacia mí, y sus ojos se llenaron de una determinación que me asustó. —Pero no te preocupes. Mami va a cuidarte. Mami siempre va a cuidarte.
Mamá se quedó conmigo. Me abrazó hasta que me dormí en el sofá, su cuerpo temblando tanto como el mío. Pero el sueño no llegó. El dolor era un animal vivo dentro de mí, mordiéndome desde adentro cada vez que respiraba. Lloraba en silencio, con la cara enterrada en su regazo, empapando su camiseta con mis lágrimas y mi moco. Ella no me decía nada, solo me mecía, su mano pasándose una y otra vez por mi espalda, un gesto repetitivo y automático que no calmaba nada. De vez en cuando, sentía su mirada sobre mí, no una mirada de consuelo, sino una mirada punzante, como si estuviera examinando una herida que ella misma había infligido, estudiándola con una mezcla de remordimiento y una curiosidad clínica que me helaba la sangre más que el dolor.
Después de un tiempo que pareció una eternidad, me levantó en brazos. Su fuerza era sorprendente. Me llevó a su cuarto, no al mío. El olor de su perfume y de su piel era un consuelo temporal contra el horror. Me acostó boca abajo sobre su cama. El olor de papá todavía impregnaba las sábanas, y me puse a temblar de nuevo. Sentí algo húmedo y pegajoso en mis piernas, y al moverme, era el semen de papá, que aún resbalaba lentamente por mi ano, una prueba viscosa y vergonzosa de lo que había hecho. La vergüenza me quemó las mejillas con más fuerza que el dolor físico.
—Shhh, mi amor. Voy a curarte —susurró, su voz cortando el aire espeso.
Oí el ruido de un cajón abriéndose, y luego el sonido de un tapón siendo descorchado. Un segundo después, sentí algo frío y viscoso siendo derramado sobre mi colita. Me sobresalté, gritando ahogada. —¡No! ¡Duele! —golpeé la cama con mis puños pequeños.
—No, no, cariño. Esto es para que no te duela. Es una crema especial. Confía en mami.
Sus dedos, cubiertos de esa sustancia fría y resbaladiza, comenzaron a masajearme el anito. El primer contacto fue un shock eléctrico de dolor. Mi cuerpo se tensó, preparándose para otra invasión. Pero ella no empujó. Sus movimientos eran suaves, circulares, insistiendo en la zona hinchada y dolorida. Poco a poco, el frío de la crema comenzó a adormecer el dolor, reemplazando el ardor agudo con una sensación extraña, una mezcla de alivio y molestia. Mientras sus dedos trabajaban, limpió con cuidado el rastro pegajoso del semen, como si estuviera borrando una prueba.
Mamá se inclinó sobre mí, su pelo cayendo sobre mi espalda. Mientras sus dedos trabajaban en mi herida, comenzó a cantar. No era una canción de cuna, era una vieja canción de amor que a veces tarareaba mientras cocinaba. La melodía era triste y hermosa, y en la penumbra de la habitación, sonaba como un secreto. Sus dedos no eran solo los de mi madre; eran las herramientas de una curación que también sentía como una profanación.
La crema hizo su trabajo. El dolor se convirtió en un pulsar sordo, soportable. Mamá retiró su mano y limpió el exceso con un paño húmedo y tibio. Luego, me acostó a su lado en la cama, cubriéndonos a las dos con la manta. Me abrazó con una fuerza que casi me ahogaba. Sus ojos me miraban fijamente en la oscuridad, y en ellos veía esa misma intensidad punzante de antes, como si estuviera reivindicándome, marcándome como algo suyo.
—Lo siento, Laurita. Lo siento tanto —murmuró contra mi pelo—. Pero no te dejaré nunca. Te protegeré siempre. Eres mía. Entiendes? Eres toda mía.
No entendía. Solo sabía que el dolor se estaba yendo y que estaba en los brazos de mi madre. Me aferré a ella como si mi vida dependiera de ello, porque en ese momento, así lo sentía. Me quedé dormida así, escuchando los latidos de su corazón, un ritmo constante y fuerte que me prometía que estaría a salvo, sin importar el precio que tuviéramos que pagar.
Al día siguiente, todo era diferente, nos habíamos quedado ahí, en casa de papá, en nuestra casa, como después entendí, pero a la vez, todo era igual. Mamá me preparó mi avena con miel, como siempre. Pero esta vez, me sentó en sus rodillas mientras comía, acariciándome el pelo en silencio. Sus ojos estaban rojos e hinchados, y evitaba mirarme directamente. Yo tampoco la miraba. Mi mundo se había reducido al cuenco de avena y al calor de su regazo. El dolor había sido real, el miedo también, pero en medio de todo, estaba ella. Mamá no me había dejado sola. Su mano en mi espalda, su voz susurrando «está bien, cariño, mami está aquí», eran anclas en una tormenta que no entendía.
Los días que vinieron después fueron raros, como cuando uno tiene que aprender algo de nuevo sin saber bien qué pasó. Papá volvió al segundo día. No me miró. Se sentó en el sillón, prendió el televisor y se quedó ahí, muy quieto, como si estuviera pero no estuviera. La casa se sentía pesada, como cuando hace mucho calor y cuesta respirar.
Mamá trataba de que todo fuera normal. Su sonrisa era una máscara de papel delgado, y yo podía ver cómo se le rasgaba en las comisuras. Me agarraba de la mano con una fuerza que era más para sí misma que para mí y me llevaba hasta donde él estaba, sumido en el sillón como un barco hundido. Me sentaba en sus piernas, igual que antes, pero nada era igual.
“Abraza a tu papi, Laurita”, decía, y sonreía un poquito, aunque su voz sonaba rara, como si estuviera a punto de romperse en llanto.
Yo lo abrazaba. Mis brazos se enroscaban en su cuello, sintiendo el calor de su piel. Papá estaba duro, no se movía mucho. Olía a trabajo y a algo más que no me gustaba, algo que me revolvía la panza y me recordaba el dolor de aquella noche. Pero no me hacía nada. Solo me dejaba quedarme ahí, sin decir nada.
Sin embargo, su cuerpo sí hablaba. Cuando me sentaba, sentía una dureza enorme bajo mis muslos, una protuberancia rígida que se clavaba contra mis piernas a través del tejido de su pantalón y mi pijama. Mi cerebro de niña conectó los puntos inmediatamente: aquello era lo que me había metido por la colita, lo que me había hecho gritar. Me quedé quieta, sin atreverme a moverme, sintiéndolo latir debajo de mí como un corazón atrapado.
Mamá, desde el otro lado de la sala, me hacía gestos sutiles con la cabeza. «Muévete un poquito, cariño. Siéntete cómoda». Su voz era dulce, pero sus ojos me ordenaban. Con un nudo en la garganta, comencé a moverme, un leve balanceo hacia adelante y hacia atrás, como si me estuviera acomodando. Cada movimiento era un roce sutil pero inconfundible contra esa dureza.
Vi cómo la cara de papá se alteraba. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que se marcaban unos músculos en sus mejillas que nunca antes había visto. Sus labios se convertían en una línea fina y blanca. Sus ojos se cerraban un segundo, como si le doliera la luz, y cuando los abría, estaban vidriosos, fijos en un punto del vacío delante de él. Se lo veía sufrir. Su cuerpo entero estaba tenso, una cuerda de violín a punto de romperse, luchando una batalla silenciosa y brutal contra sí mismo. No me tocaba, pero su cuerpo era un volcán a punto de entrar en erupción, y yo estaba sentada justo en el cráter.
Entonces sentí algo más. Una humedad que comenzaba a extenderse a través de la tela de su pantalón, un calor húmedo que se filtraba hacia mi pijama. No era mucho, pero era suficiente para notarlo. Ocurrió justo después de uno de mis movimientos, cuando me había recargado un poco más sobre él. Papá exhaló un aire tembloroso, casi un sollozo ahogado, y su cuerpo, que era un arco tenso, se relajó de golpe, como si todas sus fuerzas se hubieran escapado de golpe. La humedad en su pantalón creció un poco más, una mancha tibia y vergonzosa que testimoniaba su derrota.
Yo no entendía del todo qué era ese líquido, pero sabía que era mi culpa. Lo había provocado sin querer, solo por moverme como mamá me dijo. Me sentí sucia y culpable. Papá ya no me miraba. Su cabeza había caído hacia atrás, apoyada en el sillón, con los ojos cerrados. Parecía exhausto, vencido. Mamá se acercó, me acarició el pelo y me susurró: «Muy bien, mi amor. Muy bien». Y yo no entendía por qué me felicitaba, si solo había hecho que mi papá sufriera y se humedeciera, dejándolo allí, inmóvil y roto en su sillón.
Una noche, mamá me bañó. El agua tibia alivió el último vestigio de dolor físico. Mientras me lavaba, con una delicadeza casi reverencial, sus dedos se detuvieron un instante en mi colita. No tocó, solo se acercaron. Yo me estremecí.
—¿Sigue doliendo, mi amor? —susurró.
Negué con la cabeza. No mentía. El dolor físico se había ido. Quedaba otra cosa, un vacío, una confusión.
—Lo que hicimos… —comenzó ella, y su voz tembló—. Fue un juego de mayores. Un juego muy… especial. Como te dije, mami y papi se aman mucho, y a veces el amor es… difícil de entender.
Yo la miré, buscando respuestas en sus ojos llenos de lágrimas contenidas. No entendía de amor difícil. Entendía de miedo, de llanto, del grito que me había escapado. Pero también entendía el consuelo de sus brazos.
—¿Jugaremos otra vez? —pregunté, y mi propia voz me sonó extraña, pequeña y lejana.
[…La pregunta flotó en el vapor húmedo del baño, suspendida entre el chorro de la ducha y el silencio que la siguió. La esponja en la mano de Marcela se detuvo a mitad del camino, el agua jabonosa goteando de sus dedos y perdiéndose en el remolino que se llevaba el agua sucia por el desagüe.
Por un instante, el pánico la golpeó con la fuerza de una ola fría. Fue el mismo pánico de aquella noche, el terror visceral a lo que estaban haciendo, a la fragilidad del cuerpo de su hija bajo el de Andrés. Vio el rostro de Laura, contorsionado por el dolor, y su propio estómago se revolvió. Pero esa ola de pánico se retiró casi de inmediato, para ser reemplazada por otra cosa. Una corriente oscura y cálida que subió desde el fondo de su vientre.
Su rostro no se suavizó en tristeza. Se transformó. Sus ojos, fijos en los de Laura, se oscurecieron, las pupilas dilatándose hasta devorar el color de su iris. La pregunta de su hija no era una súplica de auxilio; en la mente retorcida de Marcela, era una ofrenda. Una confirmación. Laura no solo estaba sobreviviendo; estaba siendo iniciada. Y en esa iniciación, Marcela encontraba una forma de amor tan profunda y pervertida que la excitaba hasta los huesos.
Y entonces, la imagen de su hija se superpuso con un recuerdo nítido de hace doce años. Ella, con dieciocho años, viendo a Andrés por primera vez en un café lleno de humo. No era un chico, era un hombre. Un hombre robusto de 23 años. Un hombre cuya sola presencia había hecho que su joven vagina se humedeciera con una urgencia que la había asustado y emocionado a la vez. Recordaba su fuerza, la forma en que la había tomado por la cintura, la seguridad brutal en sus ojos. Él era el arquetipo de poder, el hombre que podía dar forma a sus fantasías más oscuras.
Ahora, a sus treinta años, miraba a Laura. Una niña de ocho años, con el cabello rubio, pero liso y fino como la seda. Sus ojos eran iguales que los de Andrés, pero en lugar de contener la fuerza de un hombre, reflejaban la confianza ciega de un niño. En ese momento, Marcela no veía a su hija. Veía el lienzo en blanco. Veía la oportunidad de perfeccionar lo que la vida y el tiempo habían desgastado en ella. Andrés era el hombre, el poder bruto. Pero Laura… Laura era la materia prima. La oportunidad de crear algo perfecto desde cero. La pregunta de Laura no era la de una niña herida; era el primer eco de su propia voz de hace doce años, la voz de una joven dispuesta a ser moldeada por un hombre mayor y fuerte. Estaba recreando su propio despertar, pero esta vez, ella era la que controlaba el guion.
Un rubor sutil, casi imperceptible, trepó por su cuello y sus mejillas, pero no era el rubor de la vergüenza. Era el del calor, de la sangre que corría presurosa hacia sus pechos, que se tensaron bajo el agua tibia. Laura, sentada en el fondo de la bañera, la observaba con una curiosidad inocente, sin comprender la batalla que se libraba en el alma de su madre.
Marcela dejó caer la esponja. Su mano derecha, temblando ligeramente, descendió por su propio abdomen, deslizándose sobre la piel mojada y jabonosa. Sus dedos se abrieron y se posaron sobre su monte de Venus, aplicando una presión lenta y deliberada. Laura la vio, sus ojos grandes y asombrados siguiendo el movimiento de su madre. Marcela cerró los ojos por un segundo, su cabeza ladeándose hacia atrás mientras un suspiro se le escapaba de los labios, un sonido apenas audible sobre el ruido del agua. Se frotó en círculos lentos, apretando la musculatura de sus muslos, sintiendo la humedad que crecía entre sus piernas, una humedad que no tenía nada que ver con la ducha.
Era un ritual. Un acto de posesión y sumisión. Se estaba mostrando a su hija lo que ese «juego» provocaba en ella. Le estaba demostrando, con la única lengua que entendían en ese nuevo mundo, que el miedo y el placer eran la misma cara de una moneda retorcida. Abrió los ojos y los clavó de nuevo en los de Laura, mientras sus dedos continuaban su movimiento, ahora más firme, más insistente. El aire del baño se espesó, cargado con un erotismo enfermizo y tangible.
Finalmente, su mano se detuvo. Se la llevó a los labios, como si quisiera probar el propio deseo. Respiró hondo, recuperando una pizca de control. Se arrodilló en el borde de la bañera, el agua salpicando sus rodillas, y acarició el cabello mojado de Laura. Su voz era un susurro ronco, cargado con la promesa de todo y la amenaza de nada.]
—No sé, cariño. Quizás. Pero si lo hacemos, mami estará contigo. Siempre. Prometido.
Esa promesa se convirtió en mi nueva verdad. El mundo se había partido en dos: el antes y el después. En el después, mamá era mi refugio. Nuestra relación se fortaleció en las cenizas de mi inocencia. Pasábamos horas juntas. Me contaba secretos, no los de antes, sino secretos nuevos. Secretos sobre el miedo, sobre lo mucho que me quería, sobre lo extraño que era a veces papá. Yo le contaba mis miedos, no con palabras, sino con la forma en que me aferraba a su cuello, con la necesidad de sentir su latido contra mi oreja.
El «juego especial», como ella lo llamaba, volvió a ocurrir. No fue de inmediato. Pasaron semanas, quizás un mes. Papá seguía siendo un espectro en la casa, pero la tensión entre él y mamá había cambiado. Ya no era rabia, era una complicidad sombría. Una noche, mamá me llevó a su cuarto. Papá ya estaba allí, sentado en el borde de la cama.—Vamos a jugar otra vez, mi amor —dijo mamá, acariciándome la espalda—. Pero esta vez será diferente. Te prometo que no te dolerá.

No le creí del todo, pero confiaba en ella. Me acostó en la cama, entre los dos. La luz de la lámpara de noche teñía todo de un ámbar cálido y falso. Mamá me besó la frente, luego los labios. Papá me miraba con una intensidad que me helaba la sangre, pero mamá tomó su mano y la puso sobre mi mejilla. La mano de papá era grande y áspera, y sentí el temblor en ella mientras mamá la retenía sobre mi piel. El calor de mi madre a mi lado era mi única defensa contra el frío que emanaba de él.

Mamá se inclinó y me susurró al oído, su aliento tibio y oloroso a vino. —Relájate, mi amor. Relájate para mami. Su mano descendió por mi pecho, deshaciendo los botones de mi pijama de flores hasta que mi pecho infantil quedó al descubierto. Mis pezones se erizaron, no por placer, sino por el aire frío y la anticipación. Papá se movió, su sombra cubriéndome mientras se arrodillaba en la cama. Su verga estaba fuera, dura y pulsante, tan cerca de mi cara que podía sentir el calor que desprendía. Me miraba sin pestañear, como un depador estudiando a su presa.

—Andrés, no —dijo mamá, su voz un susurro firme que cortó la tensión. Ella tomó su miembro con una familiaridad que me sorprendió, guíandolo hacia su propia boca. Lo besó, le pasó la lengua por la cabeza, humedeciéndolo. —Primero hay que calentarla. Primero hay que prepararla.

Luego, con una movida que me dejó sin aliento, mamá guió la cabeza de la verga de papá hacia mis labios. —Ábrela, cariño. Solo un poquito. Es para que pruebes. Abrí la boca, obediente, y sentí el sabor salado y la textura suave de su piel contra mi lengua. Papá gimió, un sonido bajo y gutural que vibró en mi cráneo. Mamá me sonrió, una sonrisa de complicidad y orgullo. —Así se hace. Muy bien.

Mantuve la cabeza de su pene en mi boca, sintiéndolo latir contra mi paladar. Miré a mamá, buscando aprobación, y ella me la dio con un parpadeo lento. Entonces, recordé. Recordé el otro «premio» que mamá había recibido aquella noche. Papá debió haberlo recordado también, porque su respiración se agitó. Miró a mamá, una pregunta silenciosa en sus ojos. Ella asintió, casi imperceptiblemente.

—Sí, mi amor. Dale a nuestra niña su premio.

Cerré los ojos con fuerza, esperando. No tuve que esperar mucho. Un chorro cálido y sorprendentemente salado llenó mi boca. No fue como el agua, era más espeso, más intenso. Me ahogué, tosí, y el líquido se derramó por las comisuras de mis labios, bajando por mi barbilla. Mamá estaba allí al instante. —No, no, cariño. Trágalo. Trágalo todo, es el premio más especial de papi. Me apretó la mejilla, obligándome a tragar. Sentí el líquido caliente quemar mi garganta mientras bajaba. Cuando terminó, me limpió con la yema de su dedo, llevándose una gota a sus propios labios.

—Mira, Andrés. Mira qué bien lo hace. Nuestra niña es una buena chica.

Papá retrocedió, su pecho subiendo y bajando. Su mirada ya no era solo de intensidad, sino de un hambre insaciable. Se movió hacia el final de la cama, sus manos agarrando mis tobillos, abriéndome. El pánico me golpeó de nuevo, frío y afilado. —No, por favor —lloriqueé, intentando cerrar las piernas.

Fue entonces cuando mamá intervino, pero no con la ferocidad de una leona protegiendo a su cría. Su intervención fue la de una sierva suplicante, moviéndose con una fluidez sumisa que desarmó a papá al instante. Se deslizó por la cama, una sombra en la penumbra, y se arrodilló entre nosotros. No tomó su rostro con fuerza, sino que lo acarició con las yemas de los dedos, una caricia casi reverencial.

—Andrés, mi amor —susurró, su voz un hilo de seda y deseo—. Espera, por favor.

Papá se detuvo, su hambre animal reemplazada por la confusión. Su mirada se posó en ella, y vi cómo su pecho subía y bajaba con fuerza.

—Te la estoy preparando para ti —continuó mamá, sus ojos brillando con lágrimas de lujuria y devoción—. Es nuestro regalo, nuestro secreto más preciado. Pero déjame a mí… déjame hacerla digna de ti. Recuérdalo como lo soñamos. Recuérdalo.

Se acercó y besó la boca de papá, un beso largo y profundo, una promesa sellada con saliva y deseo. Él respondió con una urgencia que lo hacía temblar, sus manos buscando las caderas de mamá como un ancla en medio de su propia locura. Cuando se separaron, un hilo de saliva brillaba entre sus labios.

—Te amo, Andrés —dijo ella, su voz cargada de una pasión que me aterró y fascinó—. Te amo tanto por esto. Por quererla como la quiero yo. Pero es mía primero, ¿entiendes? Me la diste a mí para que la formara. Déjame terminar mi trabajo. Déjame entregarla a ti perfecta, mojada y lista para recibir tu amor. Quiero que la primera vez que la penetres, sea a través de mí.

Papá no dijo nada, solo asintió, su respiración agitada. La rendición en sus ojos era total. Mamá había ganado, no con una amenaza, sino con una ofrenda de sumisión y complicidad.

Mamá se volvió hacia mí, su expresión suavizándose instantáneamente, transformándose de la amante sumisa en la madre tierna. —Shhh, mi amor. Mami va a prepararla. Mami va a hacerte sentir bien.

Se inclinó sobre mí, y su boca reemplazó el miedo con una calma forzada. Mientras papá observaba, impotente, mamá se encargó de mí, sus dedos y su lengua trabajando en mi pequeña vagina con una delicadeza que era a la vez reconfortante y aterradora. Me abrió, me lubricó, me preparó para él. Y cuando por fin sintió que estaba lista, se apartó, tomó la verga de papá y la guio hacia mí, mirándolo a los ojos.

—Ahora —susurró—. Con calma. Hazle el amor a tu hija. Pero hazlo como si yo lo estuviera haciendo a través de ti. Ella es nuestra.
Esa noche, mamá fue mi guía y mi protectora. Mientras papá me tocaba, mamá susurraba en mi oído, me besaba, me mantenía anclada a la realidad. «Eres una niña buena, Laurita. Mami te quiere. Todo está bien». El acto seguía siendo incómodo, confuso, mi cuerpo se tensaba sin querer, pero el miedo agudo fue reemplazado por una especie de resignación. Estaba allí, con mamá. Y si mamá estaba allí, estaba a salvo. O eso creía.

Nuestra vida se convirtió en esa dualidad. Por el día, éramos una familia rota que intentaba funcionar. Yo iba al colegio, jugaba con mis muñecas, veía caricaturas. Por la noche, cuando la casa se oscurecía, se convertía en el escenario de nuestro «juego especial». Yo aprendí a disociar. A separar a Laura, la niña que leía cuentos, de la otra Laura, la que participaba en los rituales de sus padres.

La relación con mamá era mi única luz. Hablábamos de todo, menos de lo obvio. Un día, la vi llorar en la cocina, silenciosamente, sobre el fregadero. Me acerqué y le toqué la pierna.

—¿Por qué lloras, mami?

Se secó los ojos rápidamente y me sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Porque te quiero mucho, tonta.

Me levantó y me sentó en la barra del desayuno. Mientras preparaba un sandwich, me miró con una seriedad que me intimidó.

—Laura, escúchame. Lo que hacemos en la noche… es nuestro secreto. El secreto más importante del mundo. Nadie más puede saberlo. Ni tus amigas, ni tus maestros. Nadie. ¿Entiendes?

Asentí. Por supuesto que entendía. Los secretos eran el pegamento que nos mantenía unidos.

—Si alguien se entera —continuó, y su voz se quebró—, se llevarían a papi. Y me llevarían a mí a la cárcel. Y te dejarían sola, Laurita. Totalmente sola.

Esa fue la amenaza final, la llave que cerró mi jaula. No era un juego. Era una obligación. Mi amor por mis padres se había transformado en un deber. Un deber de mantener a nuestra familia unida, sin importar el precio. Mi dolor físico se había desvanecido, pero en su lugar creció un peso moral, una carga que una niña no debería llevar nunca.

Me convertí en una experta en la normalidad. En el colegio, era brillante, sociable. Nadie podría haber imaginado las noches en mi casa. Nadie veía las sombras bajo mis ojos, ni la forma en que mi sonrisa no siempre llegaba a mis alma. Mamá y yo teníamos un lenguaje secreto, una mirada bastaba para comunicar todo. Éramos cómplices, prisioneras en el mismo castillo, con el mismo carcelero y, al mismo tiempo, con la misma protectora.

 

8 Lecturas/31 diciembre, 2025/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: baño, colegio, hija, madre, mayor, mayores, semen, vagina
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