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Incestos en Familia

¿Calor de agosto?

¿Calor de agosto?
El calor de agosto era sofocante, pegajoso, y se colaba por cada rendija de la vieja casa del campo. Afuera, los grillos cantaban con una insistencia frenética. Dentro, el único sonido era el respirar entrecortado de Lucía y el suave crujido de las sábanas de algodón.

Ella estaba en la cama de su hermano mayor, Mateo. No era la primera vez que ocurría, pero esta noche sentía diferente. La ausencia de sus padres, que se habían ido a una boda y no volverían hasta el día siguiente, había disuelto la última barrera de precaución. El aire era denso, cargado con un peso que no era solo del calor.

La puerta de su habitación se abrió lentamente, sin hacer ruido. Mateo entró, una silueta alta y oscura contra el tenue resplandor de la luna que se filtraba por la ventana. No dijo nada. Simplemente se acercó a la cama y se sentó en el borde, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso. El olor a su piel, una mezcla de jabón, sudor y algo inconfundiblemente *él*, la envolvió.

Lucía sintió una oleada de calor que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente. Se giró para mirarlo. En la penumbra, podía ver la intensidad de sus ojos oscuros fijos en ella. Su mano, temblando ligeramente, encontró la de él sobre el colchón. Sus dedos se entrelazaron, una presión firme y familiar que a la vez era nueva y aterradora.

«¿No puedes dormir?» susurró él, su voz un ronquido grave que le vibró en el oído cuando se inclinó.

Ella negó con la cabeza, incapaz de formar palabras. El silencio se alargó, cargado de una tensión eléctrica. Fue él quien rompió el espacio entre ellos. Se inclinó y sus labios se encontraron. No fue un beso de hermanos. Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de años de deseo no confesado. Sus labios se abrieron y sus lenguas se encontraron en un baile torpe y urgente. La barba incipiente de Mateo le arañó suavemente la piel, una sensación áspera que le envió un escalofrío por toda la espina dorsal.

La mano de él abandonó la de ella y subió por su brazo, despacio, trazando la línea de su hombro hasta su cuello. Sus dedos se enredaron en su pelo, tirando suavemente de su cabeza para profundizar el beso. Lucía sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. Su cuerpo respondía con una urgencia propia, una humedad creciente entre sus piernas que la llenó de una mezcla de vergüenza y anhelo.

Mateo se apartó lo suficiente para deslizar su mano por la camiseta de dormir de Lucía, una tela fina que hacía poco por ocultar la forma de sus pechos. Sus dedos se detuvieron sobre un pezón, ya duro y sensible a través de la tela. Lo rozó con el pulgar, una y otra vez, hasta que un gemido bajo escapó de la garganta de Lucía. El sonido pareció desatar algo en él.

Con una agilidad que la sorprendió, levantó la camiseta y se la quitó por encima de la cabeza. El aire nocturno le enfrió la piel sudorosa, haciendo que sus pezones se erizaran aún más. La luz de la luna le bastaba para ver la admiración y el deseo crudo en los ojos de su hermano. Se inclinó y tomó un pezón en su boca, su lengua húmeda y caliente girando a su alrededor mientras lo chupaba con una suavidad que la hizo arquearse contra él. Su otra mano masajeaba su otro pecho, apretando con una presión que estaba en el límite entre el placer y el dolor.

Lucía se aferró a su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa. Sus caderas comenzaron a moverse solas, una rotación instintiva buscando una fricción que aliviara la presión que se acumulaba en su entrepierna. Mateo pareció entender. Su mano abandonó su pecho y descendió por su estómago, deslizándose bajo la cintura elástica de sus pantalones cortos de dormir.

Sus dedos se encontraron con el vello suave y húmedo. Lucía contuvo el aliento. Él la exploró con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de sus besos. Un dedo se deslizó entre sus labios, encontrando el botón sensible y hinchado de su clítoris. Lo rozó en círculos lentos, una tortura exquisita que le hizo ver estrellas. Sus piernas se abrieron más, dándole acceso completo, una rendición silenciosa.

«Mateo…» logró susurrar, su voz rota.

«Shhh,» respondió él contra su piel. «Solo siente.»

Introdujo un dedo dentro de ella, lentamente, y Lucía sintió sus músculos internos contraerse alrededor de él, atrapándolo. Era una sensación extraña, invasora, pero increíblemente íntima. Comenzó a moverlo, adentro y afuera, mientras su pulgar continuaba su trabajo en su clítoris. El doble estímulo fue demasiado. Una ola de calor recorrió su cuerpo desde los pies hasta la cabeza, y un espasmo incontrolable sacudió sus caderas. Se vino contra la mano de su hermano, mordiendo su hombro para no gritar.

Mientras temblaba, recuperando el aliento, sintió cómo Mateo se quitaba la ropa. El roce de su piel desnuda contra la de ella fue una revelación. Era más alto, más fuerte, su cuerpo cubierto de una delgada capa de músculo. Se arrodilló entre sus piernas y se quitó los pantalones cortos de ella de un solo tirón, dejándola completamente expuesta bajo su mirada.

La contempló en silencio por un momento, y Lucía, a pesar de la vergüenza, sintió una oleada de poder. Él la deseaba. Su hermano la deseaba con una fuerza que era casi violenta en su intensidad. Se colocó sobre ella, apoyándose en sus codos para no aplastarla por completo. La cabeza dura y caliente de su erección se posó en la entrada de su sexo, húmedo y listo.

«¿Estás segura?» preguntó, su voz tensa, dándole una última salida.

Ella no pudo hablar. Simplemente rodeó su cintura con las piernas y lo atrajo hacia ella. El gesto fue todo lo que él necesitaba.

Se deslizó dentro de ella en una sola thrust lenta y profunda. El dolor fue agudo, una punzada que la hizo gritar ahogada contra su boca. Se quedó quieto, permitiéndole ajustarse, besándola suavemente, murmurándole palabras sin sentido al oído. Poco a poco, el dolor dio paso a una sensación de plenitud, de estar increíblemente llena de él.

Comenzó a moverse, al principio con lentitud, luego con más confianza. Cada embestida era más profunda, más fuerte. El sonido de sus cuerpos chocando, el de su respiración agitada y los gemidos que no podían reprimir, llenaban la habitación. Lucía se perdió en la sensación, en la contradicción de estar siendo tomada por la persona que más quería en el mundo, de una manera que el mundo condenaría.

La levantó, haciéndola sentarse sobre él, para que ella tomara el control. Lucía se movió sobre él, rodando sus caderas, encontrando el ritmo que la llevaba de nuevo al borde. Sus manos se aferraban a sus hombros, sus uñas clavándose en su piel. Mateo la miraba con una mezcla de asombro y lujuria, sus manos apretando sus caderas, guiándola.

Cuando sintió que él estaba a punto de llegar, su ritmo se volvió frenético. La rodeó con fuerza y la volvió a tumbar, tomando el control una última vez. La embistió con fuerza una, dos, tres veces, hasta que un gruñido profundo escapó de su garganta y Lucía lo sintió liberarse dentro de ella, una oleada de calor que la llenó por completo.

Se derrumbó sobre ella, pesado y sudoroso, su corazón latiendo desbocado contra su pecho. Permanecieron así durante mucho tiempo, unidos, escuchando cómo la respiración de ambos volvía

24 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Anonimo
Etiquetas: boda, desnuda, hermano, hermanos, mayor, primera vez, sexo
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