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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

Catalina

Continuación de «El admirador de Flopy».

La vida siguió, pero todo cambió. La noticia de la muerte de Flopy y el posterior suicidio de mi tío me llegó como una ola de hielo. No hubo gritos en mi casa, solo un silencio denso y pesado que se instaló y nunca más se fue. Mis padres me hablaban en susurros, como si el sonido pudiera despertar fantasmas. Me explicaron lo que pasó con palabras suaves que no entendía del todo: «Tu tío  se hizo mucho daño», «Tu tío estaba muy triste». Pero yo sabía que era más oscuro que eso. Yo había estado allí. Había sentido esa misma energía, esa tensión eléctrica en el aire de su casa. Sabía que la muerte de Flopy no fue un accidente, y que la de mi tío no fue solo tristeza. Fue el final de algo que yo había visto nacer, algo que había sentido en mi propio cuerpo. El recuerdo de mi clítoris hinchado en esa ducha se convirtió en un fantasma que me atormentaba y me excitaba a la vez.

Cumplí los nueve años, y mi cuerpo seguía siendo el de una niña. Mis pechos eran todavía dos pequeños montículos suaves, casi planos, con pezones rosados y diminutos. Mis caderas no tenían curvas, y entre mis piernas, mi vagina era una hendidura lisa y casi sin definir, un capullo cerrado que prometía un futuro lejano. Pero dentro de ese cuerpo de niña, una nueva conciencia había despertado. La semilla que plantó la vergüenza y el placer de aquella noche había florecido en algo más audaz. La mirada del vecino ya no estaba disponible, pero el hambre que había despertado en mí seguía ahí, creciendo en silencio.

Un día, después de clases, me quedé sola en el aula, fingiendo que ordenaba mi mochila lentamente. Matías, un chico de diez años que a veces me miraba con curiosidad, también se quedó. El resto de los chicos se habían ido. El aula estaba vacía y silenciosa. Sentí la necesidad de ir al baño, así que me levanté y caminé hacia el baño de chicas, al final del pasillo. No lo supe entonces, pero Matías me siguió.

Cerré la puerta del baño, pero sin echar el cerrojo, un descuido torpe de niña. Me quedé un momento frente al espejo, mirándome. Mi cara de niña de nueve años, mis ojos grandes y curiosos. De repente, un movimiento en el borde de mi visión me alertó. La puerta estaba ligeramente entreabierta, y a través del hueco, vi un par de ojos. Eran los ojos de Matías. Me estaba espiando.

En lugar de gritar o cubrirme, sentí una descarga eléctrica recorrer mi cuerpo. Era la misma sensación que en la ducha de mi tío. Un poder extraño y embriagador se apoderó de mí. Lentamente, como si estuviera en un trance, me subí la falda del uniforme y me la quité, dejándola en el suelo. Luego me quité la camiseta y el delantal. Estaba solo con mi bombacha, ese día traía la mas infantil de todas las que tenía. Una amarilla con dibujos de Blanca Nieves. Casi senti verguenza de que sea esa bombacha. Tome el elástico y la deslice de la forma mas sensual que me permitio mi torpeza de niña. Me quedé allí, en medio del baño del colegio, completamente desnuda. El aire frío del azulejo me erizó la piel, mis pechos se pusieron duros, mis pezones rosados y diminutos se erizaron. Me sentía extraña, expuesta y viva.

Me senté en la tapa del inodoro, de frente a la puerta, con las piernas abiertas. Sabía que él me estaba viendo. A través del hueco, podía ver su cara, con los ojos muy abiertos, fijos en mi entrepierna. Vi cómo se endurecia  sus genitales, un pequeño bulto crecía en su pantalón. Y yo, sentí como se humedecían los míos. Mis labios vaginales, antes una simple línea, ahora se abrían ligeramente, revelando un interior rosado y brillante. Y mi clítoris, ese pequeño botón oculto, empezó a hincharse, a pulsar, a pedir atención.

Cerré los ojos y mi mano se deslizó hacia abajo, hacia mi vagina. Mis dedos se abrieron paso entre mis labios, que ya estaban húmedos y resbaladizos con mis propios fluidos. Empecé a frotar mi clítoris, lentamente al principio, luego más rápido. El silencio del baño era total, solo se oía mi respiración agitada. Imaginaba sus ojos recorriendo cada centímetro de mi piel de niña, imaginaba su deseo. Y entonces, el orgasmo me golpeó, una ola de calor intenso que me hizo temblar de pies a cabeza. Una contracción violenta en mi vagina, y un chorro de mis fluidos calientes que corrió por mis muslos, era como orina pero más espesa, un chorro que fue tan abundante que salió despedido hacia delante.

Pero en el instante en que el placer se desvaneció, una ola de frío me recorrió. Una vergüenza profunda y repentina me golpeó con la fuerza de un tsunami. Abrí los ojos y vi mi a Matías, a sus ojos en mi. Cerre la puerta de un golpe y quede alli. Niña desnuda, con las mejillas sonrojadas y los ojos vidriosos, sentada en un inodoro de un colegio. Y entonces, el recuerdo me asaltó.

No fue un recuerdo, fue una avalancha. Volví a estar en esa ducha. El vapor, el calor, las dos parejas de ojos fijas en mí. Mi tío y el vecino. Sentí la misma vergüenza de entonces, ese calor que me subía por las mejillas. Y vi a Flopy, mi primita, fuera de la ducha, riendo y desnuda, ajena a todo. Y de repente, la vi de otra manera. Ya no era una niña jugando. Era una cordera en un corral de lobos. Y yo, yo estaba dentro del corral.

Podría haberla rescatado. Ese día. En ese preciso instante. Cuando el vecino me entregó la toalla y yo me cubrí, sintiéndome avergonzada. En ese momento, podría haber hecho algo. Podría haber gritado: «¡Dejen de mirar a Flopy! ¡Quítale los ojos de encima!». Podría haberle dicho a mi tío: «Llévatela de aquí. No es seguro». Podría haber tomado de la mano a Flopy, haberla vestido y haber salido corriendo de esa casa con ella. Podría haberla protegido.

Pero no lo hice. Me dejé llevar por la vergüenza y por el extraño placer que sentí. Me quedé callada. Y en ese silencio, condené a mi prima. La imagen de su cuerpo, desnuda. Una angustia aplastante me oprimió el pecho, no pude respirar. Me puse a llorar, a sollozar como no lo había hecho en mi vida. Lloré desnuda y sola en ese baño frío, lamentando no haber protegido a mi prima.

«¿Por qué no hice nada?», gritaba en mi mente. «¿Por qué la dejé ahí? ¿Por qué no le puse su bombacha y la llevé conmigo?». Me imaginaba a las dos saliendo esa noche de la casa, corriendo por la calle oscura hasta mi casa, protegiéndola. «Podría haberla salvado», pensaba. «Hoy estaría conmigo. Mi primita Flopy. Mi hermanita». La angustia era un nudo en mi garganta, un dolor físico que me hacía encogerme sobre mí misma. Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas, solo un vacío helado.

Al día siguiente, llegué al colegio y sentí que todas las miradas estaban puestas en mí. Susurraban cuando pasaba a mi lado. En el recreo, mi mejor amiga se acercó, con la cara pálida. «Cata…», me dijo con voz temblorosa. «Hay un video… un video tuyo en el baño». Me mostró su teléfono. Y allí estaba yo. Desnuda. Masturbándome. Mi cara de placer, mi clítoris hinchado, mis fluidos saltando hacia la cámara y corriendo por mis muslos al terminar. Matías me había filmado. Y lo había compartido.

Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Todos me había visto desnuda y no sólo eso, me vieron masturbarme. El suelo se abrió y me caí. Mi vergüenza, mi culpa, mi dolor, todo estaba ahí, expuesto para que todo el mundo lo viera. Ya no era mi secreto. Era mi condena. Sentí que mi mundo se iba a acabar. Y esta vez, no habría nadie que me protegiera.

10 Lecturas/23 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: amiga, baño, colegio, hermanita, orgasmo, primita, vagina, vecino
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