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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

Catalina 1

Conociendo a Cami .

El mundo se derrumbó. El video era como un virus invisible que se había propagado por todo el colegio. Cada susurro en los pasillos era una puñalada, cada mirada era un juicio. Mis padres no gritaron. El silencio fue peor. Era un muro de hielo entre ellos y yo. Me cambiaron de colegio sin preguntarme, como si limpiaran una mancha. Pero el video me siguió, como un fantasma pegado a mi piel.
El nuevo colegio era un edificio más viejo, con olor a cera y a encierro. El primer día, sentí que todas las miradas se clavaban en mí. No era mi imaginación. En el patio, durante el recreo, vi a un grupo de chicos de mi edad que me miraban y se reían entre dientes. Uno de ellos hizo un gesto con su mano, un movimiento rápido y furtivo que me heló la sangre. Sabían. El video había viajado más rápido que yo. En los pasillos, las chicas se apartaban cuando pasaba, como si mi vergüenza fuera contagiosa. Oía fragmentos de sus conversaciones: «…es ella…», «…lo vi en el móvil de mi hermano…», «…qué asco…». Me sentía como si caminara desnuda por un pasillo lleno de espinas, cada paso una nueva herida. El comedor era el infierno. Me sentaba sola en una mesa alejada, y podía sentir las miradas pesadas sobre mí mientras comía, sin poder tragar. El mundo entero se había convertido en el baño de ese colegio, y todos eran Matías, espiándome a través de la cerradura.
Estaría completamente sola si no fuera por Cami. Ella fue la única que se acercó a mí en ese nuevo infierno. Cami tenía 8 años, con un pelo castaño y siempre desordenado, y una energía que parecía inagotable. No sabía nada del video, o si lo sabía, no le importaba. Para ella, yo solo era Catalina, la nueva chica. Me hablaba de sus dibujos, de su gato, de lo que le gustaba comer. Su inocencia era un bálsamo, una pequeña ventana a un mundo que había olvidado. Se sentaba conmigo en el comedor, hablando sin parar, creando una burbuja de ruido y normalidad a mi alrededor que me protegía de las miradas venenosas.
Después de varias semanas, Cami me hizo la pregunta que más temía y más anhelaba: «¿Quieres venir a dormir a mi casa el viernes?». Sus ojos brillaban con tanta esperanza que no pude decir que no. Mis padres, al oír que sería la casa de una familia «buena», asintieron con la cabeza, aliviados de deshacerse de mí por una noche.
La casa de Cami era todo lo que la mía no era. Olía a galletas recién horneadas y a café. Su mamá me abrazó al llegar y su papá me preguntó qué me gustaba hacer. Y estaba Sofi, su hermanita de 5 años, una copia más pequeña y traviesa de Cami. Sofi era un torbellino de energía con el mismo pelo negro y lacio que su hermana, pero con unos ojos oscuros y vivaces que parecían absorberlo todo. Su risa era como cascabeles y se movía con una gracia torpe de niña pequeña, siempre tropezando con algo o trepando a algún lugar donde no debía. Por primera vez en meses, me sentí como una persona normal, no como un error.
Esa noche, después de cenar una lasaña deliciosa y ver una película todos juntos en el sofá, Cami tomó mi mano. «¡Vamos a bañarnos!». Subimos a su baño, que era pequeño y alegre, con cortinas de ducha de patitos de goma. Sin dudarlo, Cami se quitó la ropa. Me quedé mirándola. Era la personificación de la inocencia. Tenía el pelo negro y lacio, que le caía sobre los hombros. Su piel era pálida, casi translúcida, con un brillo saludable. Su cuerpo era el de una niña de verdad: regordetito sin ser gordita, con una pancita suave y redonda, unos brazos y piernas cortos y llenos de pliegues infantiles. Sus pechos eran planos, solo dos pequeños pezones rosados sobre su pecho. Y entre sus piernas, su sexo era una hendidura perfecta y lisa, una pequeña línea vertical que prometía un futuro lejano, sin ningún rastro de desarrollo. Llevaba una bombacha de color amarillo limón, con un pequeño lazo blanco en el centro. El elástico estaba un poco gastado y se marcaba suavemente en su cintura. Se la quitó con un movimiento torpe, dejándola caer al suelo junto al resto de su ropa.
Me sentí extraña al verla. Una punzada de celos por su pureza, y al mismo tiempo, una extraña sensación de calidez en mi estómago. Me quité la ropa lentamente, sintiéndome torpe y expuesta. Mi cuerpo de 9 años, con sus pechos ya formados como pequeños montículos y mis caderas empezando a ensancharse, se sentía viejo y manchado en comparación con el de ella.
Entramos en la ducha y el agua caliente nos envolvió. Cami cantaba una canción sin sentido mientras se enjabonaba, haciendo espuma en forma de barba. Yo me quedé detrás de ella, observando cómo el agua y el jabón resbalaban por su espalda blanca. Sentí el mismo cosquilleo que en el baño del colegio, pero esta vez era diferente. No era la excitación de ser vista por un niño, era algo más profundo, más cálido. Mi clítoris empezó a latir, a hincharse. Una humedad cálida empezó a brotar de mi vagina, mezclándose con el agua de la ducha.
Cami se dio la vuelta para enjuagarse el pelo, cerrando los ojos y levantando la cara hacia el chorro de agua. Fue mi oportunidad. Con el corazón latiéndome fuerte, apoyé mi mano en la pared de la ducha y deslicé la otra hacia abajo. Mis dedos encontraron mi clítoris, duro y sensible. Empecé a frotarlo en círculos, despacio, sintiendo cómo el placer crecía. Mis ojos estaban fijos en el cuerpo de Cami, en su piel pálida y brillante, en su inocencia total. El orgasmo me golpeó de repente, una ola de calor que me hizo arquear la espalda y contener la respiración. Un temblor recorrió todo mi cuerpo. Un chorro de mis fluidos calientes corrió por mis muslos, mezclándose con el agua de la ducha. Me apoyé en la pared, temblando, con los ojos cerrados.
En el instante en que el placer me invadió, sentí una oleada de amor tan grande, tan puro, que me abrumó. Abracé a Cami por detrás, con fuerza. Ella se sobresaltó, riéndose. «¡Catalina, qué abrazo tan fuerte!». La apreté contra mí, sintiendo su cuerpo pequeño y cálido contra el mío. «Te quiero mucho, Cami», susurré en su oreja, con la voz rota por la emoción. «Eres mi mejor amiga». Ella se rió y se giró para devolverme el abrazo. En ese momento, bañadas por el agua caliente, abrazadas en ese pequeño baño, desnudas, sentí que por fin había encontrado un refugio. Un lugar seguro donde mi cuerpo manchado podía tocar la pureza sin ensuciarla. Un amor que no pedía nada a cambio, solo existía. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.
49 Lecturas/25 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: amiga, baño, colegio, hermana, hermanita, hermano, orgasmo, sexo
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