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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

Catalina 3

La confusión antes del final.

Al día siguiente, el sol entraba por las ventanas de la casa de Cami con una normalidad que me resultaba insultante. La mesa del desayuno olía a tostadas y a café, y Sofi, la hermana pequeña, reía a carcajadas mientras su padre le hacía cosquillas en la tripa. El padre de Cami, mi amante secreto, era la imagen del padre perfecto. Levantó a Cami en el aire, haciéndola girar, y ambas niñas reían con una alegría tan pura que me dolió en los ojos.
Lo observaba, y una extraña mezcla de emociones me revolvía el estómago. Por un lado, una envidia tan profunda que casi me ahogaba. Anhelaba que mi propio padre fuera así. Anhelaba que me levantara en el aire, que me hiciera reír, que me mirara con ese amor incondicional y paternal que él le daba a Cami y a Sofi. Mi padre me miraba con vergüenza, con decepción. El padre de Cami la miraba como si fuera el sol. Y una parte de mí, la niña herida que aún vivía dentro de mí, quería ser Cami en ese momento, quería sentir ese amor puro y simple.
Pero por otro lado, estaba la mujer que él había despertado en mí anoche. Mientras le reía a su hija, sus ojos se encontraron con los míos por un instante. Y en esa mirada, no había paternidad. Había un destello, un secreto compartido, una chispa de deseo. Y mi corazón dio un vuelco. Creí, con una estupidez infantil, que se estaba enamorando de mí. Que su amor por mí era diferente, más especial, más real que el que le daba a su familia. Yo era su secreto, su «Caty». Eran nuestros secretos de amor.
Cuando se fue a trabajar, me dijo: «Caty, te llevo en el coche». Mi casa estaba a dos cuadras, pero no dudé. Me sentí especial. Subí a su coche, un coche grande que olía a él. Cami y su madre me despidieron desde la puerta con una sonrisa, sin sospechar nada.
Pero en lugar de girar hacia mi calle, se desvió. Tomó un camino que se alejaba de las casas, hacia una zona industrial que a esa hora de la mañana estaba desierta. Estacionó el coche entre dos almacenes abandonados. Apagó el motor y el silencio se hizo total. «Te quería un momento más a solas, Caty», me dijo, y se inclinó para besarme. Su boca era cálida y su beso era profundo. «Te quiero, Caty. Eres mi nena buena y obediente». Esas palabras llenaron mi corazón de una forma que no sabía que era posible. Me sentía elegida, amada.
Me tomó y me sentó en su regazo, entre él y el volante. Llevaba un vestido azul de algodón, simple, con un cuello redondo y unas mangas cortas que me llegaban hasta los codos. Me lo había puesto esa mañana porque pensaba que me hacía ver mayor, más seria. Con una mano experta, deslizó sus dedos por debajo de la falda de mi vestido. Sentí el contacto de su piel áspera con la suave tela de mi bombacha, un modelo simple de algodón blanco. Con un movimiento lento y deliberado, me la corrió hacia un lado, el elástico tirando de mi piel, dejándome expuesta y vulnerable al aire frío del coche y a su mirada ardiente.
Sacó su pene, ya duro y caliente. No me lo llevó a la vagina, sino que lo comenzó a jugar con él en la entrada de mi ano. Sentí la cabeza redonda y firme presionando un lugar que nadie había tocado. Una punzada extraña, una tensión nueva. Mi cuerpo se tensó, un instinto animal me gritaba que me moviera, que me alejara.
«Relájate, mi amor», susurraba en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello, mientras seguía moviéndolo en círculos, sentía que raspaba. «Todo está bien, te quiero. Confía en mí, Caty». Sus palabras eran un bálsamo, un hechizo que desarmaba mi miedo. Yo quería confiar en él. Necesitaba creer que era amor. Relajé los músculos de mi cuerpo, y en ese instante de rendición, sentí que el pene entraba en mi ano.
Un dolor muy grande, agudo, como si me estuvieran desgarrando por dentro. Grité, un grito agudo y ahogado que se perdió en el silencio del coche. Él tapó mi boca con su mano, grande y firme, oliendo a su piel y a mí. «Shhh, tranquila, Caty, es por amor», siseó, su voz ahora dura, sin la ternura de antes. Comenzó a entrar y salir de mi ano, lentamente al principio, luego con un ritmo más firme. Cada movimiento era una nueva ola de dolor, una quemazón que me recorría todo el cuerpo, un fuego que me consumía desde adentro. Cerré los ojos con fuerza y me aferré a él, las uñas clavadas en su espalda a través de la camisa, resistiendo el dolor, sintiendo que lo hacía por él, que era mi prueba de amor, el precio por ser su nena especial.
Con un gemido profundo y gutural, eyaculó dentro de mi ano una enorme cantidad de semen, sentí el calor de su líquido llenándome por dentro, un torrente que me marcaba como suya. Agitada y terriblemente adolorida, lo abracé con fuerza, sintiendo su pecho y el latido de su corazón contra mi cara, cerrando los ojos con fuerza. Y sin poder evitarlo, se me escaparon las palabras, un susurro roto y desesperado: «Te amo, papá… perdón perdón».
Su cuerpo se tensó de inmediato. La calma se rompió. Con un movimiento brusco y lleno de ira, me quitó de su regazo y me tiró al asiento del acompañante. Mi cabeza golpeó el vidrio de la ventanilla. «¡No cuentes nada a nadie!», me gritó, con una voz que no reconocía, fría y cortante como el vidrio. «¡Esto es nuestro secreto! ¿Entendido?». Me quedé helada, mirándolo. La ternura había desaparecido, reemplazada por una furia fría y amenazante. Me sentí confundida y asustada. No dije nada, solo asentí, con los ojos llenos de lágrimas.
Me dejó en mi casa sin decir otra palabra. Antes de que bajara, se giró hacia mí y repitió: «No cuentes nada». No vi ninguna emoción en sus ojos. No vi nada del hombre que me dijo que me quería la noche anterior. Solo vi a un hombre que me daba una orden.
Entré en mi casa y me fui directo a mi habitación. Mis padres ni siquiera notaron que había llegado. Me encerré y me acurruqué en mi cama, y lloré como nunca lo había hecho antes, debía tapar mi boca para que no se escuche. Lloré con el cuerpo doblado por el dolor. Sentía un dolor muy grande en mi ano, una quemazón pulsante, y sentía cómo se me escapaba el semen, mezclado con un poco de sangre, manchando mi bombacha. Miré la mancha húmeda y oscura en el tejido blanco y sentí el corazón roto en mil pedazos. No era su nena buena. Era su secreto sucio. Y no era mi papá.
35 Lecturas/25 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: amante, hermana, hija, madre, mayor, padre, semen, vagina
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