Catalina 4 (final)
Final de la historia de Catalina .
La rutina se convirtió en mi infierno. El amor que creí haber encontrado se desmoronó para revelarse como una jaula de dolor y humillación. Ya no había desvíos en el coche, ni susurros de «te quiero» en el oído. El abuso se volvió sistemático, frío, una transacción siniestra que se repetía como un ritual macabro. A veces era en su coche, estacionado en la misma calle desolada. Otras, cuando mi madre me enviaba a casa de Cami a devolver un plato, él me encontraba en la puerta, me agarraba del brazo y me arrastraba a su estudio, cerrando la puerta con un click que sonaba como la condena.
Yo ya no vestía vestidos. Usaba siempre jeans y pantalones oscuros, una armadura de tela que me daba una falsa sensación de seguridad. Pero la armadura siempre caía. En el coche, me ordenaba que me bajara los pantalones y la bombacha. En el estudio, simplemente me desvestía con manos rápidas y eficientes, como si estuviera desenvolviendo un paquete que no le interesaba.
Mi cuerpo, que una vez sintió su admiración, ahora era solo un objeto para su uso. Me obligaba a ponerme de cuatro, ya sea en el asiento trasero de su coche o sobre la alfombra de su estudio. Mi espalda arqueada, mi cabeza gacha, mis manos apoyadas en una superficie fría. En esos momentos, yo me sentía fuera de mí misma, observando mi propio cuerpo desde el techo. Veía mi espalda delgada, mis omóplatos salientes como alas rotas, mis nalgas pálidas y tensas esperando el golpe. Veía mis pechos pequeños colgando, mis pezones erectos no por excitación, sino por el puro terror del frío y la anticipación.
Él se ponía detrás de mí, sin palabras, sin besos, sin caricias. Solo el roce de sus pantalones contra mi piel desnuda y luego, la invasión. Él se desabrochaba el cinturón y el pantalón, liberando su pene. Yo lo veía de reojo, siempre con una mezcla de fascinación y horror. Era grande y grueso, mucho más que lo que mi imaginación de niña podía concebir. Tenía una vaina grande y oscura en la base, y el tronco era de un color más claro, surcado por venas gruesas que parecían serpientes bajo la piel. La cabeza era más ancha, de un color rosado púrpura, y siempre brillaba, húmeda, con un líquido transparente que le brotaba del pequeño agujero. No era bello, era imponente, una herramienta de poder que me aterrorizaba.
No había ternura en sus ojos, solo un apetito animal. Escupía en su mano y se la pasaba por el miembro, un lubricante mínimo y cruel. Luego, se arrodillaba detrás de mí. Sentía el calor de su cuerpo acercándose, y luego la presión de su pene contra mi ano. No era una entrada suave. Era una embestida. Sentía la cabeza de su miembro, dura y redonda, forzando mi esfínter, que se contraía en un espasmo de pánico, un músculo que gritaba «no». El dolor era instantáneo, agudo, como si me estuvieran abriendo con un cuchillo caliente. Gritaba, pero el sonido se perdía en el cojín del asiento o en la alfombra. Él no se detenía. Empujaba con más fuerza, y sentía cómo mi piel se desgarraba, cómo mi ano se abría de forma antinatural para dejarlo pasar. La entrada de la cabeza era un desgarro seco y brutal, una explosión de dolor que me cegaba por un segundo. Luego, el grosor de su tronco me desgarraba por dentro, quemándome, llenándome con un dolor tan intenso que me hacia ver estrellas.
Una vez dentro, comenzaba el movimiento. Un bombeo rápido, brutal, sin ritmo ni compasión. Cada embestida me hacía golpearme contra el asiento o el suelo. Sentía sus testículos golpeando mis nalgas. Sentía su aliento agitado en mi nuca. Y yo, en medio de la agonía, me desconectaba. Mi mente huía a otro lugar, mientras mi cuerpo era usado, desgarrado y llenado. El dolor era todo lo que existía, un fuego que me consumía desde adentro. Cuando eyaculaba, sentía el estallido de su semen caliente dentro de mí que me llenaba, un líquido extraño que me manchaba por dentro, un sello final de mi humillación.
Luego lo veía salir de mi con su pene manchado con semen, mi sangre y restos de mis heces, mi ano latiendo.
Mi ano, mi centro de dolor, se convirtió en el mapa de mi sufrimiento. Ya no era la pequeña hendidura rosada de antes. Estaba enrojecido, permanentemente hinchado, con un tono morado que me aterrorizaba cuando me atrevía a mirarlo en el espejo del baño por las noches. Los bordes, antes lisos, ahora estaban irritados, a veces rasgados, con pequeñas fisuras que no sanaban. Era una herida abierta, crónica, un recordatorio constante de mi rendición.
Cada vez que iba al baño a hacer caca, el acto se convertía en un nuevo suplicio. Las heces, al pasar, me desgarraban. Sentía una quemazón aguda y, al limpiarme, veía el papel manchado de sangre. Un rojo brillante que me gritaba que algo andaba muy mal. El dolor ya no era solo cuando él estaba dentro de mí; era un compañero constante. Un pulso sordo y doloroso que me acompañaba al sentarme, al caminar, al reírme con Cami.
Todas las noches, en la seguridad de mi cuarto, lloraba. No eran sollozos quietos. Eran gritos ahogados en mi almohada, lágrimas que mojaban mi pijama y me hacían temblar. Lloraba por el dolor físico, por la humillación, por el amor que se había convertido en cenizas. Lloraba por la niña que fui, por la inocencia que había perdido.
Pero lo peor era que, a pesar de todo, yo seguía yéndome a su encuentro. ¿Por qué? Porque en esos breves instantes, antes de que empezara el dolor, cuando me miraba y me daba una orden, sentía que me veía. Sentía que, de alguna forma retorcida, él me necesitaba. Y esa necesidad era la única cosa que se parecía al amor que yo tanto anhelaba. Me dejaba abusar, sometía mi cuerpo a una tortura insoportable, solo por sentir que, por unos minutos al día, no era invisible. Solo por sentir que alguien, aunque fuera para lastimarme, me quería.
Una tarde, después de que me hubiera violado en su coche y me dejara en una esquina como si fuera basura, caminé hacia mi casa con el dolor punzándome cada paso. Al llegar, me encerré en el baño. Me quité los pantalones y la bombacha, manchada con su semen y con mi sangre. Me miré en el espejo. Vi mi cuerpo desnudo, un mapa de mi propia destrucción. Estaba tan delgada que se me notaban las costillas bajo la piel pálida, como las barras de una jaula. Mi estómago era un hueco, mis caderas eran huesos salientes. Mis pechos eran dos pequeños montículos con pezones oscuros y endurecidos, como si siempre tuvieran frío. Y mi vagina… ya no parecía la mía. Veía mis labios mayores, ya no tan lisos, sino un poco hinchados y oscuros. Y entre ellos, mi clítoris, ese pequeño botón que él había hecho despertar, ahora parecía oculto, asustado. Y mi ano, devastado, sangrando un poco. Una lágrima caliente cayó sobre mi reflejo. No era la amada de nadie. Era una cosa usada, un objeto roto. Y en ese momento, supe que si seguía así, no solo mi cuerpo se destruiría. Mi alma se moriría con él.
Esa noche, el dolor era insoportable. Me acosté boca abajo, con la almohada apretada contra mi estómago, tratando de aplastar el fuego que me consumía por dentro. Me quedé dormida así, agotada por el llanto y el sufrimiento. A la mañana siguiente, mi madre entró en mi cuarto para recoger la ropa sucia. Me moví en la cama y sentí un pinchazo agudo. «Catalina, levántate, cariño», dijo con su voz habitual, distante. Se inclinó para recoger la bombacha que había dejado tirada en el suelo. La levantó y se quedó quieta. Vi cómo su cara cambiaba, cómo su expresión de indiferencia se convertía en confusión y luego en un horror puro. En la tela blanca, además de las manchas amarillentas y secas de mi orina, había una mancha grande y oscura, casi negra, de sangre seca. Sangre de mi ano.
«¿Qué es esto, Catalina?», preguntó, con la voz temblorosa. Yo no supe qué decir. Me quedé mirándola, con los ojos llenos de lágrimas. Y entonces, el dique se rompió. Todo salió de golpe. Los susurros en el colegio, el video, el padre de Cami, el coche, el estudio, el dolor, la sangre. Se lo conté todo, con palabras entrecortadas, entre sollozos que me sacudían el cuerpo. Mi madre me abrazó, un abrazo tan fuerte y tan desesperado que casi no podía respirar. Lloraba conmigo. Llamó a mi padre, que vino corriendo, y entre los dos, me llevaron al hospital.
Los días siguientes fueron un torbellino. Una doctora me examinó con una delicadeza que me hizo llorar de nuevo. Mis padres, con caras duras y llenas de una rabia que nunca les había visto, fueron a la policía. Denunciaron al padre de Cami. Hubo una investigación, testimonios, y al final, lo arrestaron. Supe que Cami y su madre se mudaron, que su mundo también se había hecho pedazos.
Y entonces, comenzó mi nueva vida. Mis padres me mandaron al psicólogo, a una señora mayor con ojos amables y voz suave. Al principio, no hablaba. Pero poco a poco, empecé a soltar palabras, a contarle mis miedos. Mis padres cambiaron. De repente, tenía toda su atención. Mi padre me leía historias por la noche, mi madre se sentaba conmigo en la cama y me preguntaba por mi día. Me abrazaban sin motivo, me decían que me querían. Empecé a ver algo de felicidad y bienestar en esa atención, en ese calor que me había faltado toda la vida.
Pero algo se había roto irremediablemente dentro de mí. La niña que soñaba con amor, vestida de princesa y que se perdía en fantasías se había ido. En su lugar, había una niña de 9 años que intentaba jugaba con muñecas, que pintaba con los dedos, que se reía con los dibujos animados. Empecé a vivir una vida más parecida a la de una niña de 9 años. Y en esa simpleza, en ese regreso a una inocencia perdida, encontré una especie de paz. No era la paz de antes, era una paz nueva, una paz cicatrizada. Una paz que sabía que el dolor siempre estaría ahí, latente, pero que ya no me consumía. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía vivir.
Pensé en como la vida habia cambiado en tan poco tiempo. Me vi corriendo en un patio trasero desnuda y con 8 años y mi prima Flopy gritando y riendo con su inocencia.
Ya ninguna de esas dos niñas estaban, Flopy había muerto y esa Catalina que jugaba con fantasias infantiles tampoco existía. Esas dos niñas ya se habían ido para siempre.


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