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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Orgias

Con mi hijo y mis sobrinos en la playa

Un apagón de luz y unos retos picantes me llevaron a disfrutar a mi hijo y mis sobrinos .
La casa en la playa era un horno aquella noche de verano. Doña Laura, una MILF de 50 años con un cuerpo exquisito y firme gracias a su fanatismo por el gimnasio y su excelente genética, lucía espectacular: pechos grandes, redondos y altos que desafiaban la gravedad, una cintura estrecha que contrastaba con sus caderas anchas y redondeadas, un culo grande, duro y perfectamente levantado, muslos gruesos pero tonificados, y un abdomen ligeramente marcado que se veía incluso bajo la ropa. Su piel bronceada brillaba por el sudor, y sus curvas voluptuosas se movían con una firmeza y sensualidad que volvían locos a cualquiera.
Se había quedado cuidando a su hijo Andrés (18 años) y a sus cuatro sobrinos: Diego (19), Mateo (18), Lucas (19) y Javier (18), todos hijos de sus hermanos.
El calor era insoportable. Durante el día habían disfrutado de la playa, pero al caer la noche se fue la luz completamente. No había generador, no había señal en los celulares y el aire se sentía pesado y húmedo. Sin juegos de mesa ni nada que hacer, alguien propuso jugar Verdad o Reto para pasar el rato.
Se sentaron en círculo sobre las colchonetas del salón, iluminados solo por la luz de la luna que entraba por las ventanas abiertas. Laura llevaba una blusa blanca de tirantes sin sostén y una falda corta de algodón que apenas cubría sus muslos tonificados y firmes. El sudor ya le brillaba en el escote profundo, haciendo que la tela se pegara a sus curvas.
Al principio los retos fueron inocentes: beber un trago de ron, contar una vergüenza del colegio. Pero el calor y la oscuridad empezaban a soltar las lenguas.
—Verdad o reto, tía —dijo Diego, el mayor de sus sobrinos, con una sonrisa traviesa.
—Verdad —respondió Laura, abanicándose el pecho con la mano.
—¿Ya has besado a una chica, Diego? —preguntó ella primero, girando el juego.
Diego se rio nervioso.
—Sí, tía… un par de veces en fiestas. Pero nada más.
Los demás se unieron. Mateo confesó que había besado a dos chicas, pero nunca había pasado de ahí. Lucas y Javier admitieron lo mismo: besos torpes, toqueteos por encima de la ropa. Andrés, su propio hijo, se sonrojó pero dijo que había besado a una compañera de escuela y que habían llegado a tocarse un poco por debajo de la ropa.
—Ahora tú, tía —dijo Javier—. Verdad: ¿cuántos años tenías cuando besaste a un chico por primera vez?
Laura soltó una risa baja y sensual.
—Tenía 14… y me gustó tanto que no paré en toda la noche.
El ambiente empezó a cargarse. El siguiente turno fue para Mateo.
—Reto para todos: cada uno tiene que dar un beso en la mejilla a la tía Laura.
Los cinco chicos se acercaron uno por uno. Primero Andrés, su hijo, le dio un beso suave en la mejilla. Luego Diego, Mateo, Lucas y Javier. Pero los besos empezaron a durar un poco más… los labios se demoraban, rozaban la piel caliente y firme. Laura cerró los ojos y suspiró cuando Javier le besó justo debajo de la oreja.
—Verdad o reto, tía —dijo Lucas.
—Verdad.
—¿Ya has tenido sexo de verdad, tía? ¿O solo besos y toqueteos como nosotros?
Laura se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el calor entre sus piernas crecía.
—Sí, sobrinos… he tenido sexo muchas veces. Soy una mujer de 50 años, ¿qué esperaban? —dijo con voz ronca—. Y me encanta, especialmente cuando me follan con ganas.
Los chicos se removieron en sus sitios, las erecciones empezando a marcarse bajo los shorts.
—Ahora mi pregunta —continuó Laura—: ¿Cuál es la parte del cuerpo de una mujer que más les excita tocar?
Diego tragó saliva.
—Las tetas… sobre todo si son grandes y firmes.
Mateo: —El culo… cuando es redondo, duro y se mueve bien.
Lucas y Javier coincidieron en las tetas y el coño. Andrés, rojo como tomate, murmuró:
—Todo… pero las tetas y el culo de mamá… quiero decir, de la tía… siempre me han llamado la atención.
Laura sonrió con malicia y se pasó la lengua por los labios.
—Mi parte favorita que me toquen… es el cuello, los pezones y el culo. Cuando me los aprietan fuerte mientras me besan o me dan nalgadas, me mojo al instante.
El juego ya no era inocente. El siguiente reto fue para ella.
—Reto, tía: baila para nosotros… pero de forma erótica. Solo para tu hijo primero.
Laura se levantó lentamente. Su cuerpo firme y curvilíneo brillaba bajo la luz de la luna. Empezó a moverse al ritmo de una canción imaginaria, balanceando las caderas con fuerza, haciendo que su falda corta subiera y mostrara el borde de sus bragas blancas. Sus pechos grandes y altos rebotaban con firmeza, sin caer, gracias al gimnasio. Se acercó a Andrés, se sentó a horcajadas sobre sus piernas sin tocarlo todavía y le rozó los pechos contra la cara, solo un segundo, dejando que él sintiera el calor y el peso firme de sus tetas.
—Ahora para todos —susurró.
Hizo un striptease lento y provocador, pero sin quitarse nada todavía. Se bajó los tirantes de la blusa hasta casi dejar los pechos al aire, luego los subió de nuevo. Se dio la vuelta, se inclinó hacia adelante y movió su culo grande, duro y redondo frente a sus sobrinos, la falda subiéndose hasta mostrar las nalgas firmes y el hilo de las bragas clavado entre ellas. Se tocaba el cuerpo con las manos: se acariciaba los muslos tonificados, se apretaba las tetas por encima de la tela, gemía bajito mientras bailaba, haciendo que sus músculos se marcaran sutilmente con cada movimiento.
Los chicos estaban hipnotizados. Sus vergas jóvenes ya estaban completamente duras bajo los shorts.
—Verdad o reto, tía —dijo Diego, con la voz entrecortada.
—Reto.
—Danos un beso de verdad… con lengua… primero a tu hijo, luego a cada uno de nosotros.
Laura se acercó a Andrés. Le tomó la cara con ambas manos y le dio un beso profundo, lento, metiendo la lengua en su boca mientras sus enormes tetas firmes se aplastaban contra el pecho de él. Andrés gimió y le devolvió el beso con hambre. Luego pasó a Diego: el beso fue más largo, más húmedo. Mateo, Lucas y Javier recibieron lo mismo. Lenguas enredadas, saliva compartida, manos de los chicos rozando ya sus caderas anchas y su cintura estrecha.
Cuando terminó el último beso, Laura estaba jadeando, con los labios hinchados y los pezones tan duros que se marcaban como piedras bajo la blusa empapada de sudor.
—Verdad o reto, tía Laura —dijo Mateo, casi sin aliento.
—Reto.
—Quítate la blusa completa.
Laura soltó una risa baja y sensual, miró a su hijo y a sus sobrinos, y lentamente se sacó la blusa por la cabeza. Sus pechos grandes, redondos y firmes cayeron libres, altos y perfectos, con los pezones oscuros y grandes ya endurecidos por el calor y la excitación. Eran impresionantes: llenos, suaves al tacto pero con una firmeza envidiable, y con un ligero balanceo que hipnotizaba.
Los cuatro sobrinos y su hijo se quedaron mirando fijamente esas tetas enormes y tonificadas de su tía. El juego ya no tenía freno.
—Reto para ti, tía —dijo Diego con voz ronca—: deja que todos te toquemos las tetas.
Laura se acercó al centro del círculo, arrodillada. Los cinco chicos se arrodillaron alrededor de ella. Manos jóvenes y ansiosas se lanzaron sobre sus pechos firmes: Diego y Mateo los apretaban con fuerza, sintiendo cómo la carne elástica se hundía bajo sus dedos y volvía a rebotar. Lucas y Javier pellizcaban y tiraban de sus pezones duros, mientras Andrés, su hijo, los lamía con devoción, chupando uno entero en su boca y succionando con hambre. Laura gemía alto, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo su coño se empapaba por completo.
—Ahora quítate todo, tía… —suplicó Javier.
Laura se puso de pie, se bajó la falda y las bragas de un solo movimiento. Su coño maduro, depilado y rosado brillaba de jugos, hinchado y listo. Su culo firme y redondo se veía perfecto bajo la luna. Se quedó completamente desnuda, sudada y gloriosa.
—Pónganme en cuatro patas —ordenó con voz lujuriosa.
Andrés fue el primero. La colocó en cuatro patas sobre las colchonetas. Le separó las nalgas firmes y le metió la verga de un solo empujón profundo en su coño caliente y apretado. Laura gritó de placer:
—¡Sí, hijo! ¡Fóllame fuerte!
Andrés la embestía con fuerza, sus caderas chocando contra ese culo duro que apenas se movía pero temblaba con cada golpe. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Mientras tanto, Diego se puso delante y le metió su polla gruesa en la boca. Laura la chupaba con ganas, tragándola hasta la garganta, babas corriendo por su barbilla y cayendo sobre sus tetas colgantes. Mateo y Lucas se arrodillaron a los lados, masturbándose mientras le pellizcaban los pezones y le daban nalgadas fuertes que resonaban.
Después de varios minutos, cambiaron. Laura se sentó encima de Mateo en cowgirl: se empaló lentamente en su verga, bajando hasta que sus huevos tocaron su culo. Rebotaba con potencia, sus tetas firmes saltando arriba y abajo, golpeando contra su propio pecho. Mateo le agarraba las caderas y la ayudaba a subir y bajar más rápido. Mientras, Lucas se puso detrás y le metió un dedo lubricado en el culo, preparándola.
—Quiero doble penetración… —jadeó Laura.
La pusieron en sándwich sobre el sofá. Andrés se acostó y ella se sentó de espaldas a él, bajando su culo firme sobre la verga de su hijo. Diego se colocó frente a ella y le metió la polla en el coño. Los dos la follaban al mismo tiempo: coño y culo llenos, estiramientos profundos que la hacían gritar de placer. Sus tetas rebotaban salvajemente mientras Javier y Lucas le metían sus vergas en la boca alternadamente, follándole la garganta.
Laura estaba en éxtasis. Su cuerpo tonificado sudaba a chorros, músculos marcados brillando. Cambiaron una vez más: la pusieron de lado en missionary lateral. Mateo la follaba por el coño mientras Javier le metía la verga en el culo desde atrás. Andrés se arrodilló frente a su cara y ella lo masturbó con sus tetas: apretó sus pechos enormes y firmes alrededor de la polla de su hijo, moviéndolos arriba y abajo en un paizuri perfecto, lamiendo la cabeza cada vez que salía. Andrés gemía como loco.
—Quiero correrme dentro de ti, mamá… ¿me das permiso? —suplicó Andrés, casi al límite.
—Sí, hijo… lléname el coño de leche caliente —respondió Laura entre gemidos.
Andrés empujó profundo y se corrió dentro de ella con fuerza, chorros espesos inundando su útero. Laura tuvo un orgasmo intenso, su coño contrayéndose alrededor de la verga de su hijo.
Los demás no aguantaron más. La sacaron de encima y la pusieron de rodillas en el centro. Los cuatro sobrinos y su hijo se pararon alrededor de ella, masturbándose frenéticamente sobre su cara, sus tetas y su boca abierta.
Primero Diego explotó: gruesos chorros de semen blanco le cayeron directamente en las tetas firmes, cubriéndolas de leche caliente que chorreaba por sus pezones. Mateo siguió, apuntando a su rostro: le llenó las mejillas, la frente y los labios. Lucas y Javier se corrieron casi al mismo tiempo: uno en su boca abierta (Laura tragó con gusto mientras parte le caía por la barbilla) y el otro sobre sus tetas ya cubiertas, mezclándose con el semen de Diego. Andrés, aún duro después de correrse dentro, se corrió por segunda vez apuntando a su boca y tetas, añadiendo más capas espesas.
Laura quedó completamente cubierta: cara chorreando semen, tetas grandes y firmes brillando blancas y pegajosas, boca llena que tragaba y dejaba escurrir por su cuello. Su coño aún goteaba la corrida de su hijo por los muslos tonificados. Se pasó las manos por el cuerpo, frotando el semen sobre sus pechos y lamiéndose los dedos con una sonrisa satisfecha y lujuriosa.
Los cinco chicos la miraban jadeando, vergas aún semi-duras.
—¿Otra ronda, tía? —preguntó Diego, con la voz rota.
Laura se rio con voz ronca, abrió más las piernas y se pasó la lengua por los labios cubiertos de semen.
—Vengan todos, mis sobrinos… y tú también, hijo. Esta tía de 50 todavía tiene mucho fuego que apagar esta noche… y quiero más leche en mi cuerpo entero.

19 Lecturas/3 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: colegio, hermanos, hijo, maduro, mayor, playa, semen, sexo
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