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Incestos en Familia

Deseo letal

El agua cae caliente, demasiado caliente. Me quedo ahí, con la frente apoyada en la baldosa, dejando que el chorro me golpee la nuca. La ducha es el único lugar donde no tengo que fingir que todo está bien. El ruido del agua tapa los pensamientos, o al menos lo intenta. A veces funciona. Hoy no..
El agua corre por mi pecho, por mi abdomen. El vapor llena el baño. Apoyo la mano en la pared. La baldosa está resbalosa. Aprieto los dedos. La sensación es real, concreta. Me recuerda que sigo siendo un hombre común por fuera. El padre. El vecino. El tipo correcto. Si supieran.

 

Me pregunto cuándo empezó el deseo a mezclarse con todo esto. Corto el agua de golpe. Salgo de la ducha y tomo la toalla sin apuro. Abro la puerta del baño y el aire frío me pega en la piel. El pasillo está en silencio. Demasiado ordenado, como siempre. Camino descalzo, dejando marcas húmedas en el piso. No me apuro. No hace falta.

 

Al entrar en mi cuarto escucho un ruido pequeño. Un movimiento. Mi hija. Me quedo quieto un segundo, escuchando. Se me afloja un poco el pecho. Doy media vuelta para abrir su habitación. Está hecha un ovillo, abrazando el peluche viejo que no quiere soltar. El pelo desordenado le cae en la cara. Me acerco y se lo corro con cuidado. No se despierta. Mejor así. En ese momento es solo eso: una nena durmiendo. Nada más.

 

Pienso en lo fácil que sería romper esta escena si dejo que lo otro se filtre. Así que no lo hago. No acá. No en ese momento. Me digo que todavía sé separar las cosas.

 

Tomo la manta que la cubre y la destapó, solo para mirarla, únicamente con sus bombachas puestas. Me quedo un momento observándola, su respiración suave y regular. La vulnerabilidad de su sueño me desarma. Es en estos momentos cuando siento que todo lo demás, el deseo, la oscuridad, se disuelven. Ella es mi ancla, la única cosa pura en un mundo que se siente cada vez más sucio.

 

Dejo caer la toalla al suelo, olvidada. Me acuesto junto a ella, con cuidado de no despertarla. La abrazo como un padre abraza a su hija, sintiendo su calor contra mi piel. Ella emite un quejido, luchando por no despertar, y se acurruca más cerca de mí. Mis manos empiezan a moverse, ya no con la ternura de un padre, sino con una necesidad más oscura.

 

Mis dedos recorren su piel suave, explorando cada curva y cada línea. Ella se mueve ligeramente, un suspiro escapando de sus labios, pero no se despierta. La sensación de su cuerpo contra el mío es intoxicante, una mezcla de inocencia y deseo que me consume. Mis manos se vuelven más audaces, manoseando su pequeño cuerpo con una urgencia que no puedo controlar.

 

Siento su respiración cada vez más profunda. La tensión en mi cuerpo crece, un pulso de necesidad que amenaza con consumirme. Me acerco más, mis labios rozando su cuello, saboreando la sal de su piel. Ella se estremece, pero sigue durmiendo, ajena a la tormenta de deseo que se desata a su alrededor.

 

Mis manos continúan su exploración, trazando caminos prohibidos, sintiendo cada centímetro de su cuerpo. La oscuridad en mí se enciende, una llama que arde con una intensidad que no puedo contener. En ese momento, soy consciente de que he cruzado una línea, de que he dejado de fingir, de que he dejado que lo otro se filtre.

 

Pero no puedo parar. No quiero parar. En este momento, con ella en mis brazos, siento una libertad que nunca había conocido. Una libertad que viene con un precio, un precio que estoy dispuesto a pagar. Porque en este momento, con ella, soy yo mismo. Y eso es todo lo que importa.

 

Mis dedos se deslizan por su espalda, sintiendo la curva de su columna, la suavidad de su piel. Llego a la parte baja de su espalda. Mis manos se detienen un momento, saboreando la anticipación. Luego, con una lentitud deliberada, mis dedos se mueven hacia abajo, acariciando la curva de sus nalgas.

 

A pesar de su corta edad, su culo es redondo y firme, una promesa de lo que está por venir. Mis manos lo aprietan suavemente, sintiendo su elasticidad, su calidez. Ella se mueve ligeramente, un suspiro escapando de sus labios, pero no se despierta.

 

Mis dedos se deslizan entre sus piernas, explorando, sintiendo. La tela de sus bombachas es suave y delgada, ofreciendo una barrera mínima entre mi toque y su piel. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, una invitación silenciosa a explorar más a fondo. Mis dedos se mueven con una precisión cuidadosa, trazando el contorno de sus labios vaginales a través de la tela.

 

Me acomodo detrás de ella, mi cuerpo alineado con el suyo. La diferencia de tamaño es notable, pero eso solo añade una capa de excitación perversa a la situación. Mi mano derecha sigue explorando, apretando suavemente su nalga firme y redonda.

 

Comienzo a masturbarme, mis movimientos son lentos y deliberados al principio, ajustándome a la sensación de su cuerpo contra el mío. La tela de sus bombachas roza contra mi piel, una fricción adicional que intensifica cada caricia. Mi respiración se vuelve más pesada, mi corazón late con fuerza en mi pecho. Cada movimiento es un esfuerzo por sincronizarme con su cuerpo, por encontrar un ritmo que nos una en esta danza prohibida.

 

Mis caderas se mueven hacia adelante, y mi pene roza sus nalgas. La sensación es indescriptible, una mezcla de placer y prohibición que me hace jadear en voz baja. La diferencia de tamaño me obliga a ser más cuidadoso, a ajustar mi ángulo y mi ritmo para maximizar el contacto. Cada golpe contra sus nalgas es un recordatorio de la línea que he cruzado, de la traición que estoy cometiendo.

 

Mis movimientos se vuelven más rápidos, más desesperados, mientras me acerco al clímax. La sensación de su cuerpo contra el mío, la vulnerabilidad de su sueño, todo se mezcla en una tormenta de deseo que amenaza con consumirme.

 

De repente, siento que su cuerpo se tensa. Un suave gemido escapa de sus labios, y sus ojos se abren lentamente. La confusión inicial en su rostro da paso a una comprensión horrorizada. Trata de moverse, pero mis brazos la mantienen firmemente en su lugar. Su respiración se acelera, y puedo sentir su corazón latiendo con fuerza.

 

«P-papá, ¿qué estás haciendo?» su voz es un susurro tembloroso, lleno de miedo e incredulidad. Mis movimientos se detienen por un momento, pero no la suelto. La realidad de la situación me golpea con fuerza, pero el deseo que siento es demasiado poderoso para ignorarlo.

 

«Shh, todo está bien,» le susurro al oído, mi voz ronca y llena de una intensidad que no puedo ocultar. «Solo no te muevas. No te haré daño.»

 

Sus ojos se llenan de lágrimas, y puedo sentir su cuerpo temblar bajo mi toque. Intenta liberarse, pero mi agarre es firme. «Papá, por favor, no… » su voz se quiebra, y un sollozo escapa de sus labios.

 

«Confía en mí,» le digo, mi voz más suave, pero con un tono de autoridad que no admite discusión. «Esto es algo especial entre nosotros.»

 

Ella se resiste, pero sus movimientos son débiles.

 

«Papá, por favor…» su voz es un susurro roto, pero no hay fuerza en sus palabras. De repente, siento una humedad inesperada. Mis ojos se abren de par en par al darme cuenta de que sus bombachas se están mojando. La realidad de la situación me golpea con fuerza. «¿Qué mierda…?» mi voz es un gruñido, una mezcla de confusión y enojo. «Sophia, ¿qué estás haciendo?»

 

Ella solloza, su cuerpo temblando bajo mi toque. «P-papá, lo siento… no pude evitarlo…» su voz se quiebra, y las lágrimas corren por sus mejillas. La humedad se extiende, empapando no solo sus bombachas, sino también las sábanas.

 

Mi enojo inicial se transforma en una rabia ciega. «¡Mierda, Sophia! ¡Mira lo que has hecho!» la regaño con fuerza, mi voz resonando en la habitación. «¡Eres una niña grande! Deberías controlar esto.»

 

Sus sollozos se intensifican, convirtiéndose en un llanto desesperado. «P-perdón, papá… lo siento mucho…» su voz es un gemido roto, lleno de miedo y arrepentimiento. La veo acurrucarse, intentando escapar de mi ira, pero mis brazos la mantienen firmemente en su lugar. La vista de sus lágrimas y su cuerpo tembloroso comienza a disipar la niebla de deseo que me había consumido. Mi erección se desvanece, reemplazada por una sensación de culpa y vergüenza. «Shh, está bien, Sophia. No llores más,» le susurro, mi voz ahora suave y reconfortante. «Solo fue un accidente. Todos los cometemos.»

 

La acerco más a mí, envolviéndola en un abrazo protector. «Estoy aquí, pequeña. Todo estará bien,» le digo, besando suavemente su cabeza. «No tienes que tener miedo. Papá está aquí.»

 

Ella se calma lentamente, su respiración volviéndose más regular. «Te quiero, papá,» susurra, su voz llena de alivio y gratitud. «No quiero que te enojes conmigo.»

 

«Yo también te quiero, mi pequeña,» le respondo, sintiendo una oleada de amor y protección. «Y nunca me enojaré contigo por algo así. Eres mi todo, y siempre estaré aquí para ti.»

 

La levanto suavemente del suelo, cargándola en mis brazos. Su cuerpo, aún tembloroso, se acurruca contra el mío mientras la llevo al baño. El aire húmedo y cálido del cuarto nos envuelve, un eco de la ducha que había tomado momentos antes. Coloco a Sophia en el suelo con cuidado, mis manos aún temblando ligeramente.

 

«Quedate quieta, mi amor,» le digo suavemente, comenzando a retirar sus bombachas empapadas. La tela se pega a su piel, y me tomo mi tiempo, asegurándome de no lastimarla. Sus piernas se mueven ligeramente, pero se queda quieta, confiada en mis manos. Cuando por fin libero sus piernas, las bombachas caen al suelo con un ruido suave y húmedo.

 

Sophia, ahora más calmada, levanta la vista hacia mí. Sus ojos, aún llenos de lágrimas, se fijan en mi entrepierna. «¿Qué estabas haciendo ahora, papi?» su voz es un susurro curioso, una mezcla de inocencia y algo más, algo que no puedo identificar del todo.

 

Mi mente se queda en blanco por un momento, y siento una ola de vergüenza subir por mi pecho. «Yo… yo solo estaba… » mis palabras se atascan en mi garganta. «Solo estaba pensando en cosas de adultos, mi amor. Cosas que a veces los papás piensan.»

 

Ella frunce el ceño, su mirada fija en mí. «¿Cosas de adultos? ¿Como qué?» su curiosidad es palpable, y me doy cuenta de que no puedo esquivar esta conversación. No con ella.

 

«Bueno, a veces los papás piensan en cosas que los hacen sentir bien,» le explico, tratando de mantener mi voz firme y calma. «Es algo natural, pero a veces puede ser confuso para los niños entenderlo.»

 

Sophia asiente lentamente, su mirada aún fija en mí. «Entonces, ¿te sentías bien?» su pregunta es directa, y me hace darme cuenta de lo inocente y confiada que es.

 

«Sí, mi amor,» le respondo, mi voz más suave. «Pero también me di cuenta de que no estaba bien hacerlo de esa manera. Contigo. Lo siento mucho, Sophia. A veces, los papás también cometen errores.»

 

Ella me sonríe, una sonrisa que ilumina su rostro. «Está bien, papi. Todos cometen errores. Yo también me equivoqué al orinarme. Pero estamos bien, ¿verdad?»

 

Asiento, sintiendo una oleada de alivio y amor. «Sí, mi pequeña. Estamos bien. Siempre estaremos bien.» La llevo con cuidado hacia la ducha, abriendo el grifo para que el agua cálida comience a caer. Sophia se estremece ligeramente al sentir las gotas en su piel, pero no se aparta. El vapor llena el pequeño espacio.

 

«Papi, ¿por qué estás así?» pregunta Sophia, su voz curiosa y sin temor. Su pequeña mano se extiende, tocando mi pene flácido con una inocencia que me hace contener el aliento. «Ahora está más pequeño. ¿Por qué, papi?»

 

Trago saliva, tratando de mantener la calma. «Bueno, mi amor, es así porque a veces, cuando los papás se sienten muy bien, su verga se pone grande. Pero después, vuelve a su tamaño normal. Es como cuando tú te sientes feliz y luego te sientes tranquila,» le explico, acariciando su cabeza mientras el agua cae sobre nosotros.

 

Sophia asiente, sus ojos fijos en mi entrepierna. «Entonces, ¿es como un juguete que cambia de tamaño?» su pregunta es ingenua, y no puedo evitar sentir una mezcla de diversión y deseo.

 

«Algo así, mi pequeña,» respondo, mi voz más suave. «La verga es una parte del cuerpo de los papás y los hombres. Es donde sale el pipí, y también es donde sale algo especial cuando los papás y las mamás quieren tener bebés.»

 

Sus ojos se abren de par en par, y puedo ver la curiosidad brillando en ellos. «¿Algo especial? ¿Como qué?» pregunta, su mano aún en mi pene, explorando con una inocencia que me enciende.

 

«Es una semilla, mi amor,» le explico, sintiendo cómo mi excitación comienza a volver. «Cuando un papá y una mamá quieren tener un bebé, el papá pone su verga dentro de la mamá, y la semilla viaja hasta donde está el huevo de la mamá. Si la semilla y el huevo se encuentran, entonces crece un bebé en la barriga de la mamá.»

 

Sophia asiente, absorbiendo la información. «Entonces, ¿tú y mamá hicieron eso para tenerme?» su voz es un susurro, lleno de asombro.

 

«Sí, mi pequeña,» respondo, mi voz ronca de deseo. «Tu mamá y yo hicimos eso para tenerte. Y fue algo muy especial y hermoso.»

 

Sophia sigue explorando, su pequeña mano moviéndose ligeramente, y puedo sentir cómo mi verga comienza a endurecerse de nuevo. La sensación es intoxicante, una mezcla de placer y prohibición que me consume.

 

«Papi, ¿puedo tocar más?» pregunta Sophia, su voz inocente pero llena de curiosidad. «Quiero sentir cómo cambia.»

 

Asiento, mi respiración ya más pesada. «Sí, mi amor. Puedes tocar.»

 

Ella asiente, sus dedos explorando con una precisión que me sorprende. La sensación de su toque, combinada con el sonido del agua y la intimidad del momento, me lleva a un estado de éxtasis. Y en medio de todo esto, encuentro una paz, una aceptación de la oscuridad que habita en mí. Porque en este momento, con ella, soy yo mismo. Y eso es todo lo que importa.

 

«Papi, ¿por qué se puso así de grande?» pregunta Sophia, su voz llena de asombro. «Es como si estuviera vivo.»

 

Trago saliva, tratando de mantener la calma, pero mi mente está nublada por el deseo. «Es porque me siento bien, mi amor. Cuando un papá se siente muy bien, su verga se pone grande y dura. Es como si estuviera lista para hacer algo especial.»

 

Sophia asiente, sus ojos fijos en mi entrepierna. «Entonces, ¿puedes hacer algo especial conmigo, papi?» su pregunta es ingenua, pero llena de una curiosidad que me desarma.

 

«Sí, mi pequeña,» respondo, mi voz ronca de deseo. «Podemos darnos un abrazo muy especial.» Ella frunce el ceño, intentando entender. «Entonces, ¿puedes abrazarme así, papi?» su voz es un susurro, lleno de confianza e inocencia.

 

Asiento, mi mente ya no solo está nublada, está ciega, sumergida en la urgencia. «Sí, mi amor. Pero necesito que te pongas así», le digo, mis manos temblando ligeramente mientras la giro suavemente. La coloco de espaldas a mí, su pequeño cuerpo pareciendo aún más frágil bajo la luz tenue del baño. «Inclínate un poquito y apoya las manos en la pared. Así. Solo relájate, mi pequeña. Te prometo que no te haré daño».

 

Sophia obedece, confiada en mis manos, una confianza que es un puñal en mi conciencia, pero que en este momento solo me excita más. El agua sigue cayendo sobre nosotros, escurriéndose por su espalda diminuta, formando pequeños ríos que bajan hacia su trasero. Con cuidado, pero con una urgencia animal que no puedo controlar, me arrodillo detrás de ella. Agarro mi verga, que palpitaba contra mi abdomen, y la alineo con su pequeña entrada. La sensación del glande rozando ese pliegue suave e intacto es electrizante, una descarga eléctrica que recorre todo mi cuerpo. La piel de sus nalgas está suave y firme, y la abro con delicadeza, exponiéndola por completo.

 

«Papi, ¿qué estás haciendo?» pregunta Sophia, su voz ahora temblorosa, notando la presión inusual.

 

«Shhh, solo relájate, mi amor,» le susurro, mi voz ronca, cargada de deseo. «Te prometo que te sentirás bien. Esto es algo especial, solo nuestro secreto».

 

Empiezo a empujar. La resistencia es inmediata y formidable. No es una apertura pasiva; es una barrera muscular y tensa. Mi glande se aplasta contra su orificio, intentando forzar una entrada que se niega. Aplico más presión, lentamente, sintiendo cómo la piel se tensa al máximo. Un gemido bajo y ahogado escapa de mi garganta. La sensación es una tortura deliciosa. Sophia se tensa por completo, su cuerpo se pone rígido. «P-papi, duele… duele mucho,» susurra, su voz quebrándose.

 

«Shh, mi pequeña, solo un poquito más. Relájate, confía en mí,» le miento, mis palabras un veneno dulce. No puedo parar. La idea de detenerme es insoportable. Separo sus nalgas con más firmeza y empujo con más fuerza, usando el peso de mi cuerpo. Hay un momento de cedencia súbita, un desgarro húmedo y doloroso. El anillo de músculo cede violentamente y la cabeza de mi verga se abre paso, introduciéndose brutalmente en su cuerpo.

 

Sophia grita, un grito agudo y corto que se ahoga en un sollozo inmediato. «¡AAAHH! ¡Sácalo, papi, por favor! ¡Quema!».

 

El dolor de ella es un disparador para mi placer. La sensación de su interior, increíblemente apretado, caliente y liso, me hace ver estrellas. Es una compresión total, como si su cuerpo estuviera intentando expulsarme por la fuerza, lo que solo intensifica la estimulación. No entro completo, es imposible. Solo el glande y quizás un par de centímetros de mi eje están dentro, y ya es una presión casi insoportable. Siento cada latido de mi propio miembro reflejado en la contracción de sus músculos internos.

 

«Shhh, ya pasó lo peor, mi amor,» le susurro, mintiendo de nuevo, mientras la sostengo firmemente por las caderas para que no escape. «Ahora sentirás algo bueno». Empiezo a moverme, con movimientos cortos, mínimos, de apenas un centímetro. Cada micro empujón es una nueva ola de placer mezclada con su llanto ahogado. El agua cae sobre nosotros, mezclándose con sus lágrimas y lubricando la violencia del acto. La sangre, un hilo rojo y delgado que se mezcla con el agua y corre por el interior de su muslo, es la prueba irrefutable de la rotura.

 

«Papi, para… por favor…» gime, su cuerpo temblando incontrolablemente.

 

Pero no puedo. La necesidad es más fuerte. Mis movimientos se vuelven más rápidos, más urgentes, aunque la profundidad siga siendo mínima. La fricción es tan intensa que siento que voy a explotar. La veo, su cara de lágrimas y dolor, y esa imagen me empuja al borde. Con un último empujón, hondo y brutal, me entierro todo lo que su cuerpo me permite, sintiendo cómo golpea un fondo tope que me provoca un espasmo de placer casi doloroso. El orgasmo me golpea como una ola, una descarga eléctrica que sacude todo mi cuerpo. Eyaculo dentro de ella, en profundidad, sintiendo cómo cada contracción bombea mi semen en ese espacio virgen y ahora destrozado.

 

Me quedo así, inmóvil, dentro de ella, durante varios segundos, escuchando solo el sonido del agua y nuestros jadeos entrecortados. La paz que busco no llega. Lo que siento es un vacío frío y una saciedad monstruosa. Lentamente, con un temblor que ahora sí es de remordimiento, me retiro. La salida es tan dolorosa para ella como la entrada, y un nuevo sollozo sacude su cuerpecito. La veo, temblando, con sangre y semen goteando de su vagina, y la realidad de lo que he hecho me golpea con la fuerza de un tren. No soy yo mismo. He destruido a la única cosa pura que tenía para convertirme en el monstruo que siempre temí ser. Y en ese momento de horror absoluto, me doy cuenta de que no hay paz en la oscuridad. Solo hay un vacío eterno y frío.

 

Me quedo de rodillas en el suelo de la ducha, paralizado. El agua caliente sigue cayendo, pero ahora me siento helado. Sophia está colapsada contra la pared, sollozando con un temblor que sacude todo su cuerpecito. La vergüenza es un ácido que me corroe por dentro, una ola de náusea me sube por la garganta. La «paz» que imaginé era una mentira; solo hay un vacío helado y el eco de sus sollozos.

 

«Mi amor… Sophia,» susurro, mi voz rota, sin autoridad, sin deseo. Solo queda el hombre que ha destrozado a su hija. «Ven, vamos a limpiarnos. Termina la ducha».

 

La tomo en brazos. Está muerta de peso, un fardo de dolor y traición. La lavo con un cuidado reverencial, como si pudiera borrar el pecado con agua y jabón. Cada vez que mi mano roza su piel, ella se estremece. Le lavo el pelo, masajeando su cuero cabelludo, tratando de infundirle algo de calma, pero es inútil. El daño ya está hecho. La envuelvo en una toalla grande y esponjosa, secándola con la misma delicadeza que usaría para una pieza de cristal rota. La llevo a su cuarto y la tiendo en la cama. La sangre ha manchado la toalla, una pequeña flor roja sobre el algodón blanco.

 

Me siento en el borde de la cama, sin saber qué hacer. El silencio es pesado, denso. Finalmente, ella habla, su vocecita es un hilo, casi inaudible.

 

«Papi… me duele».

 

«Sé que sí, mi pequeña. Lo siento. Te juro que lo siento mucho». Las palabras me salen automáticas, vacías. ¿Qué puede reparar esto?

 

Sophia se queda callada un momento, sus ojos fijos en el techo. Luego, los gira hacia mí, y veo una nueva clase de miedo en ellos, un miedo conceptual, mucho más profundo.

 

«Papi…», dice, y su voz tiembla de una forma nueva. «Tú dijiste… que la verga es donde sale la semilla… para hacer un bebé».

 

Mi sangre se hiela en las venas. La miro, incapaz de hablar.

 

«Me pusiste tu verga dentro, papi», continúa, con la lógica aterradora de una niña de cinco años que une las piezas del rompecabezas que le he dado. «¿Significa eso… que ahora tendré un bebé?». Mi sangre se hiela en las venas. La miro, incapaz de hablar.

 

«Me pusiste tu verga dentro, papi», continúa, con la lógica aterradora de una niña de cinco años que une las piezas del rompecabezas que le he dado. «¿Significa eso… que ahora tendré un bebé?».

 

La pregunta es tan absurda, tan grotescamente inocente, que una reacción extraña se apodera de mí. Un sonido sale de mi garganta, algo entre un sollozo ahogado y una carcajada. Es una risa ligera, casi histérica, el único mecanismo de defensa que me queda ante la magnitud del horror que he creado. Me echo hacia atrás, riendo en silencio, con lágrimas corriendo por mis mejillas. La risa de un loco, la risa de un hombre que se ha dado cuenta de que no hay vuelta atrás.

 

Sophia me mira, confundida por mi reacción. Mi risa se desvanece tan rápido como vino, dejando un vacío aún más grande. Me acerco a ella, mi rostro a centímetros del suyo. El olor a su pelo, a jabón, a su piel infantil, se mezcla con el recuerdo del sexo y la sangre.

 

«No, mi pequeña. No tendrás un bebé», le susurro, mi voz de nuevo baja, intensa. «Eso solo pasa con las mamás, con los cuerpos grandes. Eres demasiado pequeña todavía».

 

La veo asimilar la información, y en sus ojos no hay alivio, solo una nueva capa de confusión. Y entonces, en medio de esta pesadilla, la oscuridad que creía muerta se agita. Miro su labio inferior, temblando. Miro sus ojos, vidriosos por el llanto. La veo. La veo de una forma que no debería, incluso ahora. El deseo no ha muerto. Se ha transformado, se ha adaptado.

 

Mi mano se acerca lentamente a su cara. Ella se encoge. Pero en lugar de eso, mis dedos rozan su mejilla con una ternura que siente falsa, venenosa.

 

«Sabes, Sophia…», le susurro, mi voz un susurro cálido y pegajoso. «Aunque no puedas tener un bebé… ahora eres mía de una forma nueva. Muy, muy especial». Mi pulgar acaricia su labio. «Lo que hicimos… nuestro secreto… nos une para siempre. Ahora eres mi niña grande. Mi compañera especial».

 

Ella no responde, simplemente me mira con el rostro inmóvil, el terror congelado en sus ojos. Pero en mi mente, la escena se reconfigura. El dolor se convierte en una marca de posesión. Su sangre, en el sello de nuestro pacto. El trauma, en la base de una nueva intimidad, una conexión torcida y eterna que solo nosotros compartiremos. Me acuesto junto a ella, pero esta vez no la abrazo. Simplemente me quedo mirándola, absorbiendo su miedo, su dolor, su existencia. Y en la quietud de su cuarto, con el olor del pecado todavía en el aire, sé que esto no es el final. Es solo el principio.

45 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: baño, hija, orgasmo, padre, semen, sexo, vagina, vecino
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