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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El admirador de Flopy

Dejo que mi hija sea vista por el vecino.

El deseo no nació de repente; se incubó en mí como una enfermedad silenciosa, un parásito que se alimentaba de cada mirada ajena que posaba en mi hija, Flopy. Como padre soltero, mi mundo se había reducido a ella, y en ese microcosmos, mi admiración por su belleza comenzó a torcerse. Tenía solo 2 años, una criatura perfecta cuya existencia era mi único propósito. Ver cómo los hombres mayores, en el supermercado o en el parque, desviaban la vista para seguir su figura diminuta con sus ojos, se convirtió en mi única validación. Era una prueba de que lo que yo había creado, lo que yo criaba en soledad, era excepcional. Su pelo, tan rubio que parecía hilos de oro trenzado, caía liso y sedoso sobre sus hombros. Su piel no tenía el color de una persona, sino el tono de la leche fresca, tan blanca que las venas finas de sus muñecas se adivinaban como mapas azules. Era mi angelito, y yo, su único padre, sentía una arrogancia perversa al saber que era mi angelito.
Pero el orgullo se curvó, se torció y se convirtió en otra cosa. La soledad de las noches, el silencio de la casa después de acostarla, me dejaba solo con mis pensamientos. Empecé a anhelar no solo la mirada, sino la reacción. Empecé a fantasear con el efecto que su inocencia tenía en la mente de los demás. Quería ser el catalizador, el arquitecto de ese deseo oculto. Y así, el plan comenzó a gestarse en mi mente, no como un acto de pasión, sino como un proyecto meticuloso y fríamente calculado, el único proyecto que parecía darle un sentido más oscuro y excitante a mi paternidad.
El día elegido fue un miércoles. El cielo estaba despejado, el sol de la tarde calentaba pero no abrasaba. Perfecto. Ese día, el vestuario de Flopy no fue elegido al azar. La bañé con un jabón de leche y miel para que su piel brillara. La vestí con una camiseta blanca de algodón tan fina que se podía adivinar el color de su pezón a través de ella. Pero la obra maestra era la parte de abajo. Un vestido de algodón azul celeste, corto, liviano, con un vuelo amplio que se movía con la más mínima brisa. No llevaba nada debajo. Excepto por la prenda final, el clímax del vestuario: una bombacha. No era una bombacha cualquiera. Era de algodón blanco, tan suave como una nube, y en el centro, justo en la parte trasera, tenía un lazo de satén rosa. Un lazo perfecto, simétrico, como el que ponen en un regalo. Era la firma, el punto focal que yo quería que vieran.
La llevé al patio trasero. Mi corazón latía con una fuerza y un ritmo que no eran míos, como si un tambor de guerra estuviera sonando dentro de mi pecho. La senté en la manta verde que había extendido sobre el césped, a la vista perfecta desde la ventana de la cocina y, más importante, desde el patio de mi vecino. Le di sus muñecas, su tesoro. «Juega, mi amor», le susurré, mi voz un poco temblorosa. «Papá va a adentro a preparar algo de cenar».
Mentira. Me refugié en la penumbra de la cocina, mi rostro pegado al cristal frío de la ventana. Afuera, Flopy era pura inocencia. Se arrodilló, el vestido azul celeste formando un charco a su alrededor. Sus rodillas blancas se hundieron en la manta. Agarró a su muñeca favorita, una rubia como ella, y comenzó a hablarle en su idiameleé de balbuceos y risas. Se inclinó hacia adelante para ponerle un zapatito a la muñeca. Y entonces, sucedió. El vestido se deslizó. El cielo azul se retiró para revelar el blanco inmaculado.
Y allí estaba. La promesa. La piel de su espalda baja, suave y sin un solo defecto. Y el contraste nítido de la bombacha blanca. Y en el centro, el lazo rosa. Un punto de color intenso y deliberado en un mar de blancura y pureza. Mi respiración se cortó. Sentí una descarga eléctrica recorrerme, desde la base de mi columna vertebral hasta el cuero cabelludo. Era poder. Eres mía, pensé, mirando a mi hija, la única cosa que me pertenece en este mundo. Y tú también, pensé, mirando hacia el patio de al lado.
Él estaba ahí. Mi vecino. Siempre estaba ahí a esta hora, sentado en su silla de mimbre con un libro que nunca leía. Pero hoy el libro estaba boca abajo sobre la mesa. Su cuerpo estaba rígido, inclinado hacia adelante, como un depredador que ha avistado a su presa. Sus ojos estaban fijos, completamente absortos en el pequeño escenario que yo había montado. No parpadeaba. Vi cómo se tragaba saliva, un movimiento lento y visible de su manzana de Adán. Su mano, que antes descansaba sobre el reposabrazos, ahora estaba tensa, los nudillos blancos.
Luego, su mano derecha descendió. Fue un movimiento lento, casi reverencial. Se posó sobre su muslo, la palma hacia arriba. La observé durante un largo momento, inmóvil. Luego, los dedos comenzaron a caminar, arrastrándose lentamente hacia su entrepierna. Sentí un nudo de calor en mi propio estómago. Se ajustó en el asiento, abriendo las piernas un poco más. Su mano ahora se frotaba suavemente sobre la tela de su pantalón corto. No era un gesto torpe, era un acto de posesión. Estaba reclamando esa visión, haciéndola suya.
Dentro de mí, la bestia se liberó. Mi propia mano se deslizó hacia mi pantalón, imitando su movimiento. La tela de mi mezclilla se sentía áspera, irritante. Me desabroché el cinturón, el botón, el cremallera. El sonido fue un trueno en el silencio de mi cocina. Saqué mi miembro, ya erecto y palpitante. La humedad me sorprendió. Estaba tan excitado como él. Más.
Afuera, Flopy cambió de posición. Se sentó, con las piernas abiertas en forma de «W», una postura natural para un niño de su edad. El vestido se amontonó en su regazo, dejando todo expuesto. El lazo rosa parecía sonreír. Vi a mi vecino emitir un jadeo, un sonido ahogado que apenas alcanzamos a oír. Su mano se movió con más rapidez, más urgencia. Ya no se frotaba; ahora se agarraba, apretaba, movía la mano arriba y abajo con un ritmo frenético. Su otra mano se aferró al brazo de la silla, los nudillos completamente blancos. Su rostro era una máscara de concentración y éxtasis. Sus ojos, vidriosos y desenfocados, seguían clavados en mi hija.
Yo me masturbaba al mismo ritmo. Cada movimiento de su mano era un eco en la mía. Cada jadeo suyo era una orden para mi propia respiración. Estábamos sincronizados, unidos por el cordón umbilical perverso de nuestro deseo compartido. Yo veía a mi hija, a mi Flopy angelical, y a través de los ojos de mi vecino, la veía como un objeto de deseo carnal. Y esa dualidad, esa contradicción, me estaba volviendo loco. Apoyé mi frente contra el frío del cristal, cerré los ojos un segundo y vi el lazo rosa ardiendo como una brasa.
Vi cómo el cuerpo de mi vecino se arqueaba. Su cabeza se echó hacia atrás, exponiendo su garganta. Su mano se convirtió en un borrosa. Un gutural, un sonido animal, escapó de sus labios. Y luego se quedó inmóvil, temblando, mientras una mancha oscura se extendía en la tela de su pantalón. Había eyaculado. Se había derramado mirando a mi hija.
Esa imagen fue mi detonante. Mi propio orgasmo me golpeó como una ola, violento y abrumador. Me apoyé con toda mi fuerza en el marco de la ventana para no caer, mientras el placer me recorría en espasmos. Me derramé en mi mano, en el alféizar de la ventana, en el suelo. Fue la liberación más intensa, más sucia y más satisfactoria que jamás había experimentado.
Me quedé allí, jadeando, con el cuerpo temblando y el corazón desbocado. Afuera, mi vecino se recostó en su silla, exhausto, con una expresión de paz y satisfacción en su rostro. Afuera, mi hija Flopy, ajena a todo, le daba un beso a su muñeca y se reía. El sol continuaba su viaje, el mundo seguía girando. Pero dentro de mí, algo se había roto y algo se había completado. Y sabía, con una certeza absoluta, que esto no era el final. Era apenas el principio.
104 Lecturas/9 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: hija, leche, mayores, orgasmo, padre, parque, vecino, viaje
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