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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El admirador de Flopy 2

Continuamos con el deseo del vecino.

La semana que siguió a nuestro primer ritual fue una lenta combustión de anticipación. El recuerdo de la imagen de mi vecino, con su rostro contorsionado en éxtasis y la mancha oscura en su pantalón, se reproducía en mi mente una y otra vez. Era un logro, una obra de arte que yo había creado. Pero la obra, me di cuenta, podía ser más grande, más audaz. La bombacha con el lazo rosa había sido el prólogo; ahora era hora del acto principal. La idea me golpeó con la fuerza de una revelación: desnudez. Pura, sin filtros, sin la coquetería de un lazo o la sugerencia de un vestido. Solo la inocencia cruda de mi hija de 2 años.
El siguiente miércoles, el plan se puso en marcha con una precisión casi militar. El sol, una vez más, fue mi cómplice. Esta vez, no hubo vestuario que ensamblar, ni detalles que elegir. Después de su siesta, bañé a Flopy. La sequé con una toalla suave, su piel ruborizada por el calor del agua. No le puse ni una sola prenda. «Vamos a jugar al aire libre, mi amor», le dije, mi voz sorprendentemente firme. Ella rió, encantada por la extraña libertad de sentir el aire en todo su cuerpo. La llevé en brazos al patio trasero, su piel desnuda y perfecta brillando bajo la luz de la tarde. La senté sobre la manta verde.
Me refugié en mi puesto de observación, la oscuridad de la cocina. El escenario era aún más impactante que la semana anterior. Allí estaba mi Flopy, mi angelito, completamente desnuda. Su cuerpo era un estudio de perfección infantil. Su piel, de un blanco lechoso, casi translúcido en los lugares donde se estiraba, como sus mejillas y su abdomen, contrastaba con el rosa pálido de sus pezones, apenas dos motas de color fresa en su pecho plano. Su vientre era suave y redondeado, con el ombligo como un pequeño ojo en el centro. Sus hombros diminutos sostenían la delicada estructura de su clavícula, y sus brazos, finos y regordetes, terminaban en manos pequeñas que exploraban el mundo con una curiosidad insaciable. Sus piernas, cortas y torpes, eran como columnas de marfil, con rodillas redondas y canosas que se hundían en la manta cuando se sentaba.
Pero la obra maestra de su anatomía, el foco absoluto de mi plan, estaba en otra parte. Su espalda baja se curvaba suavemente hasta encontrarse con el pequeño, perfecto monte de Venus, una leve protuberancia de piel suave, lisa y sin un solo pelo. Y justo debajo, la grieta perfecta que dividía su trasero en dos mitades simétricas y llenas.
Mi vecino no tardó en aparecer. Oí el chirriar de su silla de mimbre y su figura se recortó contra el sol de su patio. Al principio, se quedó inmóvil. Luego, vi cómo se inclinaba hacia adelante, su postura rígida de disbelief. Su libro, si es que lo tenía, estaba olvidado. Sus ojos se abrieron de par en par, bebiendo la escena. Vi cómo se pasaba la lengua por los labios, un gesto seco y animal. Su reacción era más visceral, más primitiva que la vez anterior. La desnudez de mi hija lo había despojado de toda su fachada de civilización.
Luego, su mano comenzó su viaje descendente, pero esta vez había una diferencia. No hubo timidez, no hubo disimulo. Su mano fue directamente a su entrepierra. Se frotó sobre la tela de su pantalón corto por solo unos segundos, como si calentara el motor. Luego, con una decisión rápida, deslizó la mano por la cintura del pantalón y por debajo de su boxer. Vi el bulto de su mano moverse bajo la tela, agarrándose, liberándose.
Y entonces, lo hizo. Sacó su pene.
Lo hizo sin vergüenza, sin mirar a su alrededor. Estaba completamente cautivado, perdido en su propio mundo de deseo, donde solo existía él y la visión de mi hija. Su miembro estaba erecto, oscuro y poderoso en contraste con la tela clara de su pantalón. Lo sostuvo en su mano, mirándolo por un instante como si lo estuviera saludando, y luego comenzó a masturbarse. A plena luz del día, sin ningún velo. Su movimiento era firme, rítmico, deliberado.
Dentro de mí, la excitación fue una avalancha. Mi propia mano se deslizó hacia mis pantalones, liberándome de inmediato. El placer era agudo, casi doloroso. Mientras lo miraba, me masturbaba al mismo ritmo, nuestros cuerpos sincronizados en el acto, separados por una valla pero unidos por el mismo objeto de deseo. Flopy, ajena a todo, seguía jugando. Se había puesto de pie y ahora daba pequeños saltos, riendo. Su pequeño cuerpo se movía con una gracia natural, cada salto un movimiento que hacía que sus partes íntimas se mostrarán y ocultaran en una danza inocente.
Y entonces, se agachó. Se agachó de cuclillas para examinar una hormiga que caminaba por una hoja. Esa postura abrió su cuerpo al mundo de una manera que me quitó el aliento. Y le quité el aliento a mi vecino. Vi cómo su mano se detenía, su cuerpo se rígida. Desde mi ángulo, y desde el suyo, podíamos verlo todo.
Su vagina era una hendidura perfecta, una línea vertical estrecha y delicada, casi imperceptible entre los pliegues suaves y grasos de su monte de Venus. No había labios visibles, solo una sutura impecable, una promesa sellada. El clítoris estaba completamente oculto, enterrado en esa perfección lisa. Era una flor que aún no se había abierto, un capullo cerrado herméticamente. Y justo arriba, donde la espina dorsal terminaba, su ano. No era más que un pequeño anillo perfectamente formado, de un color rosa pálido, casi invisible contra la blancura de su piel. Estaba contraído, diminuto, un asterisco en la página en blanco de su cuerpo. Era la personificación de la pureza anatómica.
Vi los ojos de mi vecino. Ya no solo miraba, devoraba. Sus pupilas estaban dilatadas, absorbían cada detalle. Su boca estaba entreabierta. Su mano, que se había detenido, reanudó su movimiento, pero ahora era más frenético, más desesperado. Se estaba masturbando a la vista de esa anatomía perfecta, de esa vagina sellada y ese ano diminuto. Estaba eyaculando en su mente, solo con verlo.
Vi cómo se acercaba al clímax. Su respiración se hizo más rápida, más aguda. Su mano se movía con una furia desesperada. Su otra mano se aferró a su pierna, las uñas hundidas en su propia piel. Su cabeza estaba ladeada, sus ojos fijos en el pequeño cuerpo agachado en el césped. Emitió un gruñido bajo y profundo. Y luego, el orgasmo. Vi cómo su cuerpo se tensaba, cómo la eyaculación salía en chorros, cayendo sobre el pasto de su propio patio, un testimonio blanco y pegajoso de su pasión. Se quedó así por un momento, con el miembro todavía en la mano, temblando, el rostro lleno de una satisfacción agotada.
Esa visión fue mi perdición y mi salvación. Mi propio orgasmo me arrancó un gemido que ahogué contra el cristal de la ventana. Me derramé con una violencia que me asustó y me deleitó a la vez. Me apoyé en la pared, sintiendo cómo mis piernas temblaban, el corazón martilleándome contra las costillas.
Cuando recuperé el aliento, miré afuera. Mi vecino se había guardado el miembro y ahora se recostaba en su silla, con los ojos cerrados, como si se estuviera quedando dormido. Y Flopy, mi Flopy, ahora estaba sentada en el césped, ocupada en intentar atrapar una mariposa que revoloteaba cerca de una flor. No había visto nada. No había sido perturbada. Su mundo de inocencia seguía intacto, blindado por su propia inconsciencia. Y en ese momento, entendí mi rol. Yo era el guardián de esa inocencia y, al mismo tiempo, el que la ofrecía en sacrificio al mundo de los adultos. Podía permitir que la miraran, que desearan, que se masturbaran con su imagen, siempre y cuando el velo de su ignorancia nunca se rasgara. Era una línea delgada y peligrosa, pero caminar por ella era lo más vivo que me había sentido en toda mi vida.
68 Lecturas/9 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: hija, maestra, militar, orgasmo, pene, vagina, vecino, viaje
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