El admirador de Flopy 3
Hoy se suma mi sobrina Catalina.
Las dos semanas siguientes fueron un juego de poder, un ballet de negación y anticipación. Todos los días, a la misma hora, veía a mi vecino salir a su patio. Ya no llevaba libro. Se sentaba, y su mirada barría mi patio trasero con una expectativa palpable, como un animal que espera a que su dueño le deje salir. Yo, sin embargo, le negaba el espectáculo. A veces salía, y él me saludaba con una falsa cordialidad, una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Yo le devolvía el saludo, sabiendo el secreto que compartíamos, sabiendo el deseo que consumía sus tardes. Disfrutaba de su espera, de esa necesidad que había cultivado en él. Lo estaba entrenando.
Llegó el sábado. La oportunidad que había estado esperando, casi sin buscarla, se presentó en mi puerta. Mi hermano había venido de visita y, con él, mi sobrina Catalina. El universo conspiraba a mi favor. Catalina tenía 8 años, una edad perfecta, un puente entre la inocencia total de Flopy y el amanecer de la feminidad. Su presencia era una chispa en la pólvora de mi plan.
Su cabello era una cortina de noche negra, lacia y pesada, que le caía hasta la mitad de la espalda. Sobre su piel blanca, casi translúcida como la porcelana, el contraste era dramático. Su carita sonriente era un sol en sí misma: unos ojos oscuros y vivaces, brillantes de inteligencia y alegría, enmarcados por pestañas largas y densas. Su nariz pequeña y recta y sus labios, de un rosa natural, siempre parecían a punto de soltar una carcajada. Su silueta era la de una niña que estaba dejando de serlo. Era delgada, con piernas largas y finas que aún no habían desarrollado las curvas de una mujer, pero que ya habían perdido la torpeza rolliza de un bebé. Su cintura empezaba a definirse, sutilmente, bajo la tela de su vestido de verano.
Mi hermano, ajeno a la tormenta que se gestaba en mi mente, se sentó en el sofá. «Daniel, voy a ir a comprar unas cervezas para los dos, ¿te apetece algo más?». La excusa me la servía en bandeja de plata. «No, hermano, solo eso. Pero espera, ¿podrías pasarme por la farmacia? Se me acabó el jarabe para Flopy». Era una mentira, pero una mentira necesaria. «Ah, venga, qué rollo. Bueno, vale, iré a la farmacia y luego al supermercado. Tardaré una hora, quizás». «Perfecto, tómate tu tiempo». Una hora. Un paraíso de sesenta minutos.
En cuanto su coche salió de la calle, puse mi plan en marcha. «Catalina, Flopy, ¿queréis jugar con agua en el patio? ¡Hace un día perfecto!». Las dos gritaron entusiasmadas. «Catalina, cariño, como vas a jugar con agua, mejor quítate el vestido para no mojarlo, ¿vale? Ponte solo la bombacha». Ella, sin la menor inhibición, se quitó el vestido y lo dejó en una silla. Ahora estaba ante mí en solo su ropa interior. Su bombacha era una delicia. Rosa claro, de un algodón suave que se adaptaba a su forma. Y en el centro, justo encima del monte de Venus, había un moño de satén del mismo color, hecho con tantas vueltas que parecía una flor de rosas pequeña y perfecta. Era el anuncio, el prólogo de lo que estaba debajo.
Llamé a Flopy, que ya estaba corriendo desnuda por el césped. «¡Flopy, ven! ¡Catalina va a jugar contigo!». La escena estaba lista. Mi hija, de 2 años, completamente desnuda, y mi sobrina, de 8, en su delicada bombacha rosa. Me refugié en mi puesto, la ventana de la cocina, mi corazón martilleando con una fuerza que me mareaba.
Mi vecino ya estaba allí. Se había sentado tan pronto como vio el coche de mi hermano marcharse. Cuando vio a dos niñas en lugar de una, su reacción fue visible incluso desde la distancia. Se incorporó bruscamente, su cuerpo tenso, sus ojos fijos en el nuevo espectáculo. Catalina, llena de energía, comenzó a perseguir a Flopy por el césped. Su cuerpo, más desarrollado, se movía con una gracia que Flopy aún no poseía. Sus piernas largas se estiraban, su espalda recta, y el moño de su bombacha bailaba con cada salto.
Luego, el accidente perfecto. Catalina, corriendo tras a mi hija, tropezó con un juguete y cayó de lleno sobre un charco de barro que había formado la manguera. Se manchó de head to toe. «¡Ay!», gritó, riendo. Se levantó, cubierta de tierra húmeda. Su bombacha rosa era ahora una mancha marrón. «¡Mira qué sucia estoy!», exclamó. «No te preocupes, Cati», le dije desde la ventana, «quítatela y déjala aquí, luego la lavo. Sigue jugando con Flopy». Ella, sin pensar dos veces, se deshizo del elástico, se bajó la bombacha y la dejó tirada en el césped. Ahora las dos estaban desnudas. La escena era completa, una diada de inocencia desnuda bajo el sol de la tarde.
Mi vecino estaba hipnotizado. Su mano ya había bajado a su entrepierra, se estaba frotando con una urgencia que no había visto la vez anterior. Y tenía razón. El cuerpo de Catalina era un universo nuevo por explorar. Sus pechos eran solo dos pequeños montículos, dos pequeños hemisferios con el pezón oscuro y erecto, como dos pasas pegadas en la masa de su pecho. Sus caderas aún eran estrechas, pero sus nalgas habían comenzado a tomar forma, dos pompas firmes y redondeadas que se tensaban cuando corría.
Pero el verdadero tesoro, el foco de su mirada voraz, estaba entre sus piernas. A diferencia de la hendidura sellada de Flopy, la vagina de Catalina era una flor que comenzaba a abrirse. Tenía labios mayores visibles, dos pliegues suaves y carnosos, de un color rosa intenso, casi vibrante, como el interior de una concha. Y entre ellos, asomaba el clítoris. No era una mota, sino un pequeño botón rosado, ligeramente hinchado, que sobresalía, prometiendo sensaciones que ella aún no comprendía. Su ano, también más visible que el de Flopy, era un anillo perfectamente formado, de un color marrón suave, rodeando una entrada diminuta y misteriosa.
Las dos niñas jugaron, completamente libres. Corrieron, se rodaron por el césped, se persiguieron. En un momento, se tumbaron boca arriba, una al lado de la otra, riendo mientras el sol las calentaba. Sus cuerpos desnudos, uno infantil y el otro pre-puberal, creaban una imagen de una belleza casi insoportable.
Vi a mi vecino sacarse el pene. Estaba completamente erecto, más grande y más oscuro que en mi recuerdo. Comenzó a masturbarse con una ferocidad bestial. Su mano era un borrón, su cuerpo arqueado en tensión. No había disimulo, no había vergüenza. Solo un deseo animal, crudo y absoluto. Sus ojos saltaban de la vagina rosa de Catalina al ano diminuto de Flopy, consumiendo ambos, devorando la escena que le había servido.
Su orgasmo fue un evento sísmico. Se levantó de la silla, su cuerpo temblando. Un grito ronco y ahogado escapó de su garganta. La eyaculación fue explosiva, una serie de chorros potentes que salpicaron la mesa de su patio, el suelo, incluso la valla que nos separaba. Se derrumbó de nuevo en la silla, con el miembro todavía en la mano, jadeando como si hubiera corrido una maratón.
Mi propio orgasmo fue casi simultáneo, una respuesta involuntaria a su éxtasis. Me derramé contra la ventana, el calor corriendo por mi muslo. Me quedé allí, sin aliento, mirando las dos niñas reír en el sol.
Pero el espectáculo aún no había terminado. Flopy, de pie y con las piernas ligeramente abiertas, se quedó quieta por un momento. Frunció el ceño con concentración y luego, un chorro de oro claro y brillante brotó de ella, salpicando el césped verde. Estaba orinando. Un arco perfecto de orina infantil que regaba el pasto. Fue el acto final, la muestra última de inocencia animal, de un cuerpo que funciona sin vergüenza ni control. Vi a mi vecino, que ya se había guardado el pene y se estaba limpiando con un pañuelo, quedarse completamente inmóvil, su mirada fija en ese último acto de exhibición involuntaria.
Fue en ese preciso instante cuando Catalina, que había estado tumbada en el césped, se incorporó. Su curiosidad la llevó a mirar hacia donde mi vecino estaba tan fijamente. Y entonces lo vio. Lo vio todo. Vio al hombre sentado, con el pañuelo en la mano, y su mirada, que no era una mirada casual, sino una mirada de posesión, de deseo consumado.
El cambio en Catalina fue instantáneo y cataclísmico. La alegría se evaporó de su cara, reemplazada por una máscara de horror y confusión. Un profundo y violento rubor se apoderó de ella, no un rubor dulce, sino una inundación de color rojo intenso que subió desde su pecho, quemó su cuello y consumió sus mejillas, dejándolas tan rojas como tomates. Sus ojos, antes brillantes, se abrieron de par en par, llenos de pánico. La conciencia de su propia desnudez la golpeó como una ola. Cruzó sus brazos sobre su pecho de forma torpe y desesperada, y luego intentó cubrir su entrepierna con sus manos, un gesto inútil y patético. Se sentía expuesta, violada, aunque él no la hubiera tocado. La mirada de él había sido un toque.
Se puso de pie de un salto, tropezando con sus propios pies. «¡Tío! ¡Tío!», gritó, su voz rasgada por la vergüenza. Y corrió. Corrió como nunca, con las nalgas blancas y tensas, directamente hacia la casa, hacia la seguridad de las cuatro paredes. Llegó a la cocina temblando, con lágrimas brotando de sus ojos. Se abrazó a mi pierna, escondiendo su rostro ardiente contra mi pantalón.
«El vecino… el vecino me vio desnuda», sollozó. «Me estaba mirando… y me dio mucha vergüenza». La sentí temblar contra mí. La abracé, sintiendo el calor de su piel avergonzada. «No pasa nada, Cati, es un tonto, no le hagas caso», le dije, acariciando su cabello negro. Pero mientras la consolaba, sentí una punzada de triunfo. Ella me contaba su vergüenza, pero esa vergüenza solo existía porque él la había visto. Ante mí, su tío, en la seguridad de la casa, la vergüenza se transformaba en otra cosa. En la necesidad de ser protegida, de ser consolada. Ante mí, su desnudez no era motivo de vergüenza, sino de confianza. Y yo, el arquitecto de su humillación, era también su refugio. La dualidad era embriagadora.



Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!