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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El admirador de Flopy 6

El vecino se descarga.

Pasaron dos días del baño y el orgasmo de Catalina. Dos días de un silencio denso y cargado, donde la ausencia de mi vecino en su patio era más ruidosa que su presencia. No había vuelto a verlo. Hasta la tarde del martes, cuando llegué de trabajando y lo vi. Estaba parado en la puerta de su casa, no haciendo nada en particular, solo mirando hacia la calle. Parecía estar esperándome. Su postura era rígida, sus hombros tensos, y se balanceaba ligeramente sobre sus pies, un gesto de ansiedad pura que no podía disimular. No le di mayor importancia, o al menos eso intenté. Lo salude con un gesto de cabeza y fui a mi casa, dejé mis cosas y partí inmediatamente a la casa de mi tía, quien cuidaba a Flopy.
Ella me recibió con la alegría habitual a ella. Salto, risas y ese grito de «Papá» cuando corrió a abrazarme. Su cuerpo pequeño y cálido contra mí era el ancla que me mantenía cuerdo. Cuando llegamos a casa, ahí estaba aún el vecino. Lo saludé nuevamente y lo invité a casa, si quería tomar algo fresco. Flopy lo saludó con la misma alegría de siempre y corrió a sus brazos. Él la tomó y la llevó en sus brazos hacia dentro. Como de costumbre, puso su mano en sus nalgas. Pero hoy era diferente. Hoy Flopy no llevaba uno de sus habituales vestidos sueltos, sino un pantalón corto flojo, de algodón gris, que dejaba entrever los elásticos de su bombacha.
Pude notar cómo su dedo índice se clavó en el medio de sus nalgas, a través de la tela del pantalón. Lo hizo frente a mí, como probando hasta dónde lo dejaba llegar. Detallé en mi mente cómo se incertaba el dedo en las nalgas, cómo la tela del pantalón y el elástico de la bombacha cedían bajo su presión, creando un pequeño canal que terminaba en el centro. Parecía rozar el ano de Flopy, un contacto indirecto pero deliberado que le hacía apretar la mandíbula. Era una provocación, una pregunta sin palabras.
Llegamos a la cocina, él dejó a Flopy y tomamos una bebida fresca. Charlamos de cosas triviales mientras Flopy, con mucha energía, corría por toda la casa. A sus 3 años tenía una energía imparable. La noté transpirar, así que la llamé y ella corrió hacia mí. Le quité su remera, el pantalón. Hoy traía una bombacha rosa con elásticos blancos y el dibujo de una princesa justo delante. Donde estaba lo más preciado. Miré a Flopy y luego a mi vecino. Y entendí lo que esperaba. Quiere la bombacha de Flopy.
Con una calma que no sentía, me arrodillé frente a ella. Le puse los dedos en la cintura, sintiendo el calor de su piel y la suavidad del elástico blanco. Con un movimiento lento, empujé la bombacha hacia abajo. La tela se deslizó por sus caderas, luego por sus muslos, revelando su vientre suave y su monte de Venus. La tiré hasta sus tobillos y ella, con un movimiento instintivo, levantó un pie para salir de ella. Quedó desnuda frente a él y ella, con su enorme sonrisa, se echó a correr desnuda por la casa. Hoy estaba especialmente bella, su piel brillaba bajo la luz de la cocina.
En lugar de tirarla al suelo como haría normalmente, dejé la bombacha de Flopy sobre la mesa de la cocina, justo a su alcance. Esta estaba ligeramente amarillenta en la parte de su vagina por las gotas de orina que absorbía día a día. Era una mancha sutil, un testimonio de su humanidad infantil. Él la miró con gran atención, sus ojos fijos en esa pequeña prenda. Mientras yo me distraía buscando un vaso para Flopy, vi, por el rabillo del ojo, cómo su mano se deslizaba furtivamente. La tomó, y la llevó a su cara, ocultándola con su cuerpo. La olió, absorbiendo cada gota del olor a orina mezclado con transpiración, un perfume que solo un adicto a la inocencia podría apreciar. Luego la dejó, volviéndola a poner sobre la mesa con una delicadeza reverencial, y continuó como si nada, disimulando lo que acababa de hacer a mis espaldas.
Entendí que mi vecino necesitaba tal vez descargar algo de tensión. Así que llamé a Flopy, la tomé en mis brazos y la senté en la mesa. De espaldas a mí pero de frente a él, con las piernas abiertas y sus nalgas apoyadas en la madera de la mesa. Su postura, al ser tan abierta, dejaba ver cada detalle de su vagina infantil a mi vecino.  Ya no era la hendidura sellada de antes. A sus 3 años, su cuerpo estaba cambiando. Se veían sus labios superiores, dos pliegues suaves y carnosos que ya se definían, y sus labios inferiores, más delicados y ligeramente abiertos. Y ya se apreciaba un diminuto clítoris, una motita rosa casi invisible, pero ahí estaba, el centro de su naciente sexualidad.
Él la miró hipnotizado y yo lo dejé. Luego me miró a los ojos como pidiendo permiso. Yo asentí con la cabeza y él sacó su pene fuera de su pantalón. Se comenzó a masturbar mirando la vagina de Flopy a tan sólo 10 centímetros de su cara, y miraba alternadamente a Flopy a los ojos. Ella jugaba distraídamente con un pequeño elefantito de plástico, sin notar nada. Yo me levanté para ver mejor la situación y vi cómo masajeaba su pene muy erecto debajo de la mesa. Muy cerca de mi bebé.
En el clímax, eyaculó un poco en el piso y un poco en su mano. Lanzó un gemido fuerte que dejó a Flopy mirándolo atentamente a los ojos. Él, en completo éxtasis, y ella, solo por curiosidad, se miraban a los ojos. Él, con las manos empapadas en semen, tocó el pecho de Flopy y su cara. Dejando rastros de semen donde la tocaba. Tocó sus labios, dejando gotas de semen en ellos. Ella, al sentir sus labios húmedos, sacó su lengua, saboreando un poco del semen, pero al no disgustarle el sabor, siguió en su mundo infantil. Él la abrazó y le dijo «Flopy, te amo». Ella respondió el abrazo y sólo sonrió.
Él se levanta de la silla, me mira a los ojos y me dice «gracias». Los dos sabíamos que algo cambió y nuestra complicidad ahora era más explícita. Luego se despidió y se fue a su casa. Yo bañé a Flopy, quieta y ajena a nuestro mundo perverso. Ella era sólo una niña de 3 años viviendo en sus pensamientos infantiles.
6 Lecturas/13 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: amo, baño, mayor, orgasmo, pene, semen, vagina, vecino
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