El admirador de Flopy 7
Mientras ella duerme.
Habían pasado unos días desde la última vez que mi vecino había estado en casa. El silencio entre nosotros era un pacto no escrito. No nos veíamos, y solo nos saludábamos con un gesto fugaz cuando nos encontrábamos en el barrio. Los dos entendíamos que lo nuestro se restringía a mi casa, al único espacio donde teníamos la privacidad y la libertad de jugar con Flopy o Catalina, de explorar los límites de nuestra oscura complicidad.
En sábado por la noche, ya era algo tarde, escuché que tocaban mi puerta. Era mi vecino. Me saludó con una nerviosidad que no le era habitual y me pidió si podía entrar. Con algo de curiosidad lo dejé pasar y nos sentamos en el sofá del living. La atmósfera era densa, cargada de palabras no dichas. Me pregunta por Flopy, a lo que respondo que ya estaba durmiendo. Pude notar su decepción en su mirada, un velo de tristeza que cruzó sus ojos. Me dice que si podíamos hablar más abiertamente. «Claro», le dije, «somos amigos y podemos decirnos lo que sea».
Mi vecino, con algo de nerviosismo, jugando con ansias con un lápiz de color rojo que Flopy dejó en la mesa, dijo: «Quería hablar de Flopy y de lo que está pasando. Sabes que verla me calienta y sé que a vos no te molesta». «Sí», respondí, manteniendo la calma, «podés verla cuando quieras y ella quiera, siempre que respetemos dos límites. Los que ponga Flopy. Es decir, que si te estás masturbando y ella desea retirarse, nadie la retiene. Y nunca vulnerar su inocencia. Ella jamás tiene que saber lo que está pasando». Me respondió que en eso estábamos de acuerdo. «Le tomé un cariño grande a Flopy y cuidarla también es una de mis prioridades». «Es un pacto que nunca tenemos que romper», respondí, sintiendo el peso de mis propias palabras.
«Bueno, te digo a lo que vine», me dice, otra vez se había puesto nervioso. «Estoy algo caliente y me gustaría ver a Flopy. No existe nada más que me haga acabar como lo hago en su presencia». Le dije que ahora estaba dormida, pero que podíamos hacer algo. «No la voy a despertar, pero podés hacerlo mientras duerme. Es más, si me prometes hacerlo con cuidado y no la despertas, te dejo que le quites la ropa vos». Pude notar cómo se iluminaron sus ojos, un fuego de codicia y gratitud que los consumió. «Por supuesto», respondió, su voz ronca de emoción.
Entonces fui a su habitación y ahí estaba. Era un ángel dormido. Era ella en su momento más vulnerable, donde se entregaba en sueños a mí, que era su protector. La tomé en mis brazos, sintiendo su peso liviano y su calor, y la llevé al sofá del living. Ahí me estaba esperando mi vecino, como un perro fiel esperando a su amo. Flopy llevaba su pijama de dos piezas, una remera rosa con pequeñas nubes azules y un pantalón corto de igual diseño. Él la vio y se emocionó, su respiración se cortó.
Le dije que ya era hora de empezar. Él, algo ansioso, le acarició la cara y muy delicadamente le quitó su remera, deslizando la tela por su piel suave. Luego le quitó el pantalón, dejándola en una bombacha muy desgastada que ya había usado en otra ocasión. Se la dejaba usar para dormir, porque sabía que era la más cómoda y con esa tenía un sueño más reparador. Ahí lo detuve. Noté su erección, un bulto prominente bajo su pantalón, y le dije: «Podés estar desnudo si querés, pero cuida de no despertarla». Él se quitó su camisa, los zapatos y el pantalón. Al momento de quitar su bóxer, su pene saltó hacia arriba, erecto y fuerte, con la cabeza roja y brillante. Yo sabía que se venía algo bueno, así que me senté a unos dos metros a observar todo.
Prosiguió a quitarle su bombacha, deslizándola con una lentitud reverencial por sus piernas. Dejándola desnuda. En ese momento me miró como pidiendo permiso y con un movimiento de cabeza lo dejé avanzar. Comenzó acercando su enorme pene al pecho de Flopy, frotando su glande por sus pezones, que se endurecieron al contacto, y bajando hacia el ombligo. Era tanta su lubricación que dejaba un rastro brillante de fluidos por donde tocaba. Luego volvió a subir, tocando con su pene la mejilla rosada y suave de mi bebé de 3 años. Ya animado, apuntó su glande a la boca de Flopy, introduciéndolo un poco. Cuando lo quitó, un hilo de fluido se tendió entre su pene y el labio inferior de Flopy, un puente de deseo que brillaba bajo la luz de la lámpara.
Se sentó a su lado y la tomó suavemente, recostándola en sus piernas, de manera tal que su vagina quedara muy abierta y apuntando hacia él. Dejó que su pene tocara su vagina y la frotó suavemente, esto está muy cerca del límite pensé, pero estaba muy excitado por lo que veía. Comenzó a masturbarse, me mira y me dice: «¿Puedo chupársela?». «Sí», respondí. Ya no cabía en mí de la excitación.
La depositó nuevamente en el sofá y comenzó a chupar su vagina infantil. Su lengua iba y venía por sus labios vaginales, despertándolos levemente. Su vagina de 3 años era una maravilla en desarrollo. Los labios mayores, antes casi invisibles, ahora eran dos pequeños pliegues carnosos de un color rosa pálido, que se abrían ligeramente bajo el estímulo de su lengua. Los labios menores, más delicados y finos, como pétalos de rosa, se ocultaban en el interior. Y en el centro, su clítoris, ya no era una mota invisible, sino un pequeño botón rosado, sensible y prominente, que se hinchaba con cada toque de su lengua. Él estaba al límite de eyacular. Comenzó a gemir un poco fuerte cuando se vino, un torrente de semen que descargó sobre el cuerpo de Flopy. Era tanta la cantidad que podría haberla bañado de cuerpo entero con él.
Ahí estaba mi angelito, mi bebé, llena de fluido blanco en su cara, su pecho y su pancita. Se escurría por todos lados, bajando por la línea de su vagina que estaba un tanto abierta y por allí se metía algo de semen, un rastro blanco que se mezclaba con su inocencia. Decidí secarla con unas servilletas mientras mi vecino estaba rendido en el sofá, su pene ya colgaba sin fuerza. Tomé a Flopy y la llevé desnuda a su cama. Apestaba a semen y estaba pegajosa. Pero no la iba a bañar para no perturbar su sueño. Cuando volví al living, ahí estaba todavía, aún recuperando sus fuerzas. Me agradeció que le haya permitido eso. Se levantó y, desnudo, me dio un abrazo, como si fuéramos dos hermanos que se extrañaban. Sentí su pene en mi pierna y respondí al abrazo. Al cabo de unos minutos se vistió y se fue a su casa.
Al día siguiente, cuando Flopy despertó, fue a la cocina donde estaba yo. Aún desnuda y con el olor a semen más fuerte, llena de costras blancas de semen seco en su cara, pecho y el monte de Venus. La dejé desayunar así, después del desayuno la bañé y nos fuimos a pasar un lindo día en el parque. Mi ángel necesitaba un día de actividad al aire libre.


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