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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El admirador de Flopy 8

Un día relajado.

Al día siguiente, cuando Flopy despertó, fue a la cocina donde estaba yo. Aún desnuda y con el olor a semen más fuerte, llena de costras blancas de semen seco en su cara, pecho y el monte de Venus. La dejé desayunar así, después del desayuno la bañé y nos fuimos a pasar un lindo día en el parque. Mi ángel necesitaba un día de actividad al aire libre, y yo necesitaba verla correr, libre y sin el peso de mis secretos sobre sus pequeños hombros.
La noche siguiente, el silencio de la casa era pesado. El olor a semen se había disipado, reemplazado por el aroma a cena y a el limpiador que usé para el sofá. Flopy, después de un día lleno de sol y juegos, estaba radiante pero cansada. La hora del baño llegó como un ritual sagrado, un momento para calmar la energía de mi hija y, quizás, la mía. La llené una bañera de plástico que usaba en algunas ocaciones es para bañarla con agua tibia, añadiendo su jabón de burbujas favorito, que olía a fresas y a miel. Pronto, el aire del baño se llenó de un vapor dulce y espeso.
La desnudé y la metí en la bañera. El agua la recibió con un chapoteo alegre. Se sentó, y el agua le llegaba hasta la mitad de su pechito. Sus mejillas se sonrojaron por el calor, y su pelo rubio se pegó a su frente y a su cuello. Por un momento, fue solo mi hija, mi bebé, jugando en la bañera. Estaba desnuda, y en ese momento, era la criatura más bella que había visto. Su piel, blanquecina y suave, brillaba bajo la luz cálida del baño, cubierta por un manto de burbujas blancas y rosadas que se adherían a sus hombros diminutos y a su espalda. Sus brazos finos se movían en el agua, creando remolinos que atrapaban la espuma. Su pecho plano, con dos pezones del tamaño de un guisante, se erizaba levemente con el contacto del aire. Su pancita redonda se hinchaba y deshinchaba con cada respiración. Y bajo el agua, sus piernecitas cortas y regordetas se doblaban y se estiraban, sus pies pequeños dando patadas que salpicaban el agua con un sonido delicado. Era una estatua de marfil viviente, una ninfa en su propio estanque privado.
Tomó su patito de goma y lo hizo nadar, creando olas diminutas que salpicaban el borde de la bañera. La observaba, y una calma extraña me invadió. Era perfecta. Era mía.
Y entonces, su cara se puso seria. Su risa se detuvo. Sus cejas se fruncieron, y sus labios se apretaron en una línea fina y determinada. Sus ojos azules se fijaron en un punto invisible en el agua delante de ella. Era la concentración pura, la de un genio que está a punto de resolver una ecuación compleja o la de un atleta que se prepara para un esfuerzo máximo. Su cuerpo se tensó ligeramente, sus hombros se encogieron y su espalda se arqueó.
Y luego, el sonido. No fue un simple pedo. Fue un evento. Una explosión profunda y resonante que retumbó en el agua, creando una burbuja gigante que creció y creció hasta que rompió la superficie con un «blup» sonoro y juguetón. El sonido era tan inesperado, tan visceralmente cómico en el silencio del baño, que me hizo soltar una carcajada.
Y Flopy, mi Flopy, se rio conmigo. No fue una risa tímida. Fue una carcajada de puro y absoluto deleite infantil. Se rio tanto que se agachó, y otra explosión, esta vez más corta y aguda, salpicó el agua. Se rio de su propio ruido, de la sorpresa en mi cara, de la absurda maravilla de poder hacer sonidos con su cuerpo. Era la reina de su propio reino acuático, y su poder era el sonido. Nos divertimos con sus pedos, cada uno era un nuevo descubrimiento, una nueva fuente de alegría. Ella aprendió que podía controlarlos, y se dedicó a hacer una sinfonía de pedos cortos y largos, mientras yo reía a carcajadas, con lágrimas en los ojos.
La escena fue tan pura, tan libre de cualquier otra cosa, que me golpeó con una fuerza abrumadora. En ese momento, no era el objeto de deseo de mi vecino. No era la protagonista de mis fantasías oscuras. Era una niña de tres años, descubriendo las alegrías simples y grotescas de ser humana. Y en esa pureza, en esa alegría sin filtros, encontré una excitación diferente. No era la excitación aguda y perversa de la noche anterior. Era algo más profundo, más primario. Era el poder de ser el único testigo de su inocencia, el guardián de su mundo privado.
La miré reír, su cuerpo temblando de gozo, las burbujas pegadas a su piel. Su risa era la música más hermosa que había escuchado. Y en ese momento, supe que la amaba con una ferocidad que me aterraba. La amaba más que a mí mismo. Y esa misma ferocidad era la que me permitía compartirla, la que me permitía observarla desde la distancia mientras otro la deseaba. Era una contradicción que vivía en mi alma, una dualidad que definía cada uno de mis latidos.
La saqué de la bañera y la envolví en una toalla suave y cálida. La sequé, mis manos moviéndose sobre su piel con una ternura que casi me dolió. La vestí con su pijama de nubes y la llevé a su cama. Se quedó dormida casi al instante, con una pequeña sonrisa en los labios, como si todavía estuviera riéndose de sus pedos en la bañera.
La observé dormir, mi angelito, mi bebé. Y supe que, sin importar a qué oscuridad me llevaran mis deseos, siempre volvería a este momento. A la pureza de su risa en el agua. Era mi ancla, y mi perdición.
22 Lecturas/13 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: baño, desnuda, hija, parque, semen, vecino
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