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Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El admirador de Flopy 9 final

Aquí termina todo.

Los días que siguieron a aquella tarde en la bañera se deslizaron en un silencio denso y pesado. Mi vecino, el cómplice de mis perversiones, parecía haberse evaporado. Su nuevo trabajo, según me enteré por los murmullos del barrio, lo mantenía lejos durante largas horas, y su casa se mantenía a oscuras la mayor parte de la noche. Flopy, en su infinita inocencia, no pareció notar su ausencia. Su mundo giraba en torno a mí, a sus juguetes y a las maravillas que descubría cada día, y el nombre de mi vecino no cruzó sus labios una sola vez.
Mientras tanto, nuestra relación se transformaba en algo más puro y luminoso. Cada día descubría en ella una nueva faceta, una nueva fuente de alegría que me limpiaba por dentro. Sus risas se habían convertido en la banda sonora de mi vida. Era una comediante nata, capaz de sacarme una carcajada con un simple gesto o con un comentario inocente pero brutalmente ocurrente. «Papá, ¿por qué la luna no se cae?», me preguntó una noche con una seriedad tal que casi me hizo dudar de la gravedad universal. Su creatividad no tenía límites; un día usó una caja de cartón como un cohete espacial y otro día se vistió con mis calcetines para ser un pulpo de cuatro patas. Era mi sol, mi pequeña y caótica fuente de luz.
Recuerdo una tarde en particular. Volvíamos de casa de mi tía, y el viaje de vuelta fue extrañamente serio. Flopy estaba sentada en su asiento del coche, mirando por la ventana con una expresión pensativa que no le era habitual. El silencio era tan denso que casi podía cortarse. Pero al cruzar el umbral de nuestra casa, la transformación fue instantánea. Se detuvo bruscamente, se giró hacia mí y, con una solemnidad que no pude evitar encontrar adorable, me dijo: «Papá, esperame». Y sin más, salió disparada hacia su habitación. La esperé en el living, curioso. Cinco minutos después, volvió a aparecer. La imagen me robó el aliento.
Llevaba una remera negra mía enrollada a modo de vincha sobre su pelo rubio, dándole un aire de reina guerrera improvisada. Y vestía solo su bombacha rosa de elásticos blancos, el mismo pedazo de tela que había sido testigo de tantas miradas codiciosas. Pero esa tarde, no había nada de eso en ella. Puso una música imaginaria y comenzó su espectáculo. Cantaba una canción que claramente había inventado, una melodía extraña cuya letra era un collage de palabras que debía haber memorizado de algún dibujo animado y que rellenaba con sus propias obsesiones: «golosina, osito, caramelo, brilla brilla la estrellita…».
Su baile era la cosa más tierna y torpe que jamás había presenciado. Intentaba imitar los movimientos sensuales de alguna cantante que habría visto en la tele, moviendo sus caderas de forma descoordinada, como si fueran dos ruedas sueltas. Sus brazos, en lugar de ser fluidos, se movían con la rigidez espasmódica de un muñeco de cuerda. Un intento de giro terminó en un pequeño tropiezo que casi la manda al suelo, pero ella se recuperó con una sonrisa, como si fuera parte del choreography. No era buena bailarina, lo sabía. Nunca lo sería. No había nacido con esa gracia natural. Pero lo compensaba con una ternura tan abrumadora, una entrega tan absoluta a su arte, que mi corazón sentía que iba a estallar. Había transformado un baile sexy en el himno más puro y conmovedor de la infancia.
El resto de la tarde transcurrió entre la normalidad y la calidez. Cenamos juntos, ella me contó con entusiasmo cómo había construido la torre de bloques más alta del mundo en casa de mi tía, y luego llegó la hora del baño. La llevé a la ducha, aún con su bombacha puesta. Con cuidado, se la quité, dejando su pequeño cuerpo completamente desnudo bajo la luz cálida del baño. Su piel era de una blancura translúcida, casi irreal. Su vientre, redondeado y suave, se elevaba con cada respiración. Sus pechos eran apenas dos pequeños montículos de carne suave, coronados por pezones del tamaño de un grano de arroz, de un rosa pálido. Sus piernas, cortas y regordetas, prometían la fortaleza de la atleta que sería algún día. Y en el centro, su sexo. Su vagina era una obra de arte en miniatura. Una línea vertical, casi imperceptible, se abría paso entre los pliegues suaves y carnosos de su monte de Venus. No había labios mayores definidos, solo una sutura impecable, un capullo cerrado que prometía una flor que aún no debía abrirse. El clítoris estaba completamente oculto, enterrado en esa perfección lisa. Y justo arriba, el anillo diminuto y perfecto de su ano, de un color rosa pálido, casi invisible contra la blancura de su piel.
La estaba a punto de meter en la ducha cuando su cuerpo se tensó. Su cara se puso seria, con la misma concentración que había tenido al empezar su baile. «Papá, caca!», anunció con urgencia. La senté de inmediato en el inodoro, justo a tiempo. Escuché el sonido de su cuerpo liberándose, un alivio audible. Su cara se transformó en una máscara de éxtasis puro, cerrando sus ojitos y soltando un suspiro largo y profundo que parecía venir de lo más profundo de su ser. Yo, frunciendo el ceño en un gesto teatral, le dije: «Hija, ¿qué te dio de comer la tía? ¡Qué olor!». Ella levantó las palmas de las manos en un gesto de inocencia, torció levemente la cabeza y con una media sonrisa culpable, dijo: «No sé, papá».
Como se había ensuciado más de la cuenta, la llevé a la ducha para limpiarla. Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, tomé un paño y comencé a limpiar su ano. Mi mano se acercó, y vi el pequeño anillo muscular, aún un poco manchado. Con una delicadeza que me sorprendió a mí mismo, pasé el paño una y otra vez. Mientras lo hacía, observaba mi mano, con restos de su excremento, jabón y agua, y pensé con una claridad abrumadora que esto, este acto de cuidarla hasta en su suciedad más íntima, era algo que solo haría por ella. Nunca podría sentir esta ternura, esta conexión casi sagrada, al limpiar a otra persona. Era un acto de amor puro y desinteresado.
La ducha terminó, la sequé, la vestí con su pijama de nubes y la llevé a su habitación. Estaba visiblemente cansada, así que me quedé a su lado, acariciándole el pelo hasta que su respiración se volvió lenta y regular. No pasaron más de diez minutos hasta que quedó profundamente dormida.
Horas después, un golpeteo en la puerta me sacó de un ligero sueño en el sofá. Era mi vecino. Sostenía una botella de vino tinto y dos copas. «Amigo, ¿tienes un momento para compartir?». Por un instante, una vocecita en mi cabeza me gritó que le dijera que no. Que ya era suficiente. Que debía sacarlo de nuestras vidas, proteger a Flopy de la sombra que él representaba. Pero antes de que pudiera articular una palabra, él comenzó a hablar. «Tranquilo, hoy vine a compartir un vino con un amigo. No quiero nada con Flopy». Sus palabras me desarmaron. Lo dejé pasar.
Nos sentamos en el living. Sirví el vino y comenzamos a charlar de cosas sin importancia, del trabajo, del tráfico. Pero noté algo extraño. Me sentía anormalmente cansado, más de lo que debería después de dos copas de vino. Y entonces, la pieza del rompecabezas encajó con un horror helado. Yo había bebido mis dos copas. Él, sin embargo, seguía con su primera copa intacta. No había bebido un solo sorbo. Levanté la mirada para enfrentarlo, pero las palabras se me atascaron en la garganta. El mundo comenzó a girar. Perdí las fuerzas, intenté levantarme, pero mis piernas se convirtieron en fideos. Caí desmayado en el suelo de mi propio living.
Abrí los ojos. La primera cosa que vi fue la luz grisácea de la mañana entrando por la ventana. Estaba confundido, mareado. Y entonces, el recuerdo me golpeó como un tren en marcha. Mi vecino. El vino. La droga. Y tuve un golpe de conciencia, una claridad terrible y devastadora. Pero lo siguiente que vi me paralizó por completo. No pude reaccionar, no pude moverme, no pude hablar. Un grito se me ahogó en mi garganta, un sonido silencioso de agonía.
A unos pocos centímetros de mí, en el suelo, estaba Flopy. Estaba boca abajo, completamente desnuda. Una de sus manitas estaba estirada hacia mí, en un gesto final de alcance. Sus ojos estaban abiertos, pero la luz que tanto amaba se había apagado, reemplazada por un vacío vidrioso. Y sangre. Había sangre, mucha sangre, manchando el suelo de madera alrededor de su pequeño cuerpo inerte.
Lo entendí todo de repente, y la secuencia de los eventos llegó a mi mente como si la hubiera estado viendo todo el tiempo, impotente. Mi vecino me drogó. Mientras yo yacía inconsciente, fue a la habitación de Flopy. La tomó mientras dormía, a mi ángel dormido, y la ultrajó con una violencia salvaje. La desnudó, y la penetró, desgarrando su vagina, un órgano que no estaba hecho para semejante brutalidad. Le provocó heridas profundas, internas. Y luego de hacerlo, la dejó tirada en su cama como si fuera un trapo sucio.
El dolor debió ser insoportable. Pero mi bebé, mi guerrera, resistió hasta lo último. Había un camino de sangre, un rastro rojo y brillante que partía desde su cama hasta el lugar donde yacía ahora. Se arrastró. Con el dolor lacerando su cuerpo, con el miedo helándole el corazón, se arrastró desde donde la lastimaron hasta mí. Con sus últimas fuerzas, con una determinación que rompe el alma, trató de alcanzar a papá. Pero sus heridas y la hemorragia fueron más fuertes. Se desangró a solo cinco centímetros de mí. Cinco centímetros. Como pudo, con su dolor y su terror, se arrastró hasta su papá buscando protección, pero no llegó. Le faltaron cinco centímetros y se fue para siempre. Con miedo, con dolor, y sin llegar hasta quien buscó para que la salvara de ese tormento.
Entre la confusión que seguía, pude distinguir los sonidos de la policía entrando a la casa de golpe. Sirenas que rompían el silencio de la mañana. Una mujer de blanco, una paramédica, arrodillándose junto a Flopy, tocándole el cuello, moviendo la cabeza lentamente, como diciendo que ya no hay nada que hacer. Me desmayé de nuevo y no supe más nada.
El tiempo después de eso fue una tortura lenta y sin fin. Supe, a través de un policía que tuvo la amabilidad de suavizar las palabras para no destrozarme del todo, lo que había pasado. Mi vecino había ultrajado a Flopy de una manera salvaje, la había roto por dentro y la había dejado ahí para que se desangrara. Esa misma noche, lleno de un remordimiento que no le serviría de nada, fue a la comisaría y confesó todo.
El juicio fue una pesadilla pública. Él, en el estrado, decía todo con un detalle frío y clínico que me helaba la sangre. Cómo me drogó. Cómo entró a la habitación y la vio dormida como un ángel. Cómo le quitó la ropa, y cómo ella se despertó y empezó a llorar, a pedir a gritos por mí. «¡Papá! ¡Papá!». Sus gritos desesperados resonaban en la sala del tribunal. Y cómo terminó dentro de ella, cómo sintió que se desgarraba la carne de su vagina en la última embestida violenta. Yo no reaccionaba. Estaba vacío. Pero vi su erección cuando relataba todo, una excitación patológica que me confirmó que no había arrepentimiento en él, solo orgullo. Llegó la sentencia: prisión perpetua. La historia legal había terminado. Yo necesitaba que llegara ese momento para cerrar el círculo.
Ahora solo quedaba una cosa. Fui a mi casa, que ya no se sentía como mi hogar. Subí al desván y busqué en un viejo baúl el revólver que había sido de mi padre. Sentí su frío peso en mi mano. Lo cargué con una precisión automática y bajé. Me senté en el piso del living, en el mismo lugar donde había encontrado a mi hija. Puse el frío metal del cañón en mi boca. Y entonces imaginé. La vi a Flopy en el piso, desnuda y chorreando sangre por su vagina, que se arrastraba hacia mí. Y su manito estirada hacia mí. Y yo, en mi mente, estiré mi mano, acortando esos cinco centímetros que nos separaban y agarrándola. «Llegaste, bebé. Acá está papá. Llegaste». Mi mente se fue al día de la bañera, a la risa descontrolada de Flopy y a las burbujas de sus pedos y a las risas de nuevo. Y apreté el gatillo.
18 Lecturas/13 febrero, 2026/0 Comentarios/por noxis9001
Etiquetas: baño, hija, mayor, mayores, padre, sexo, vecino, viaje
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