• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...
Incestos en Familia

El cuerpo como ancla

Recuerdo que cuando el sexo con mi hermano dejó de ser una imposición de nuestros padres para convertirse en una decisión propia, mía y suya, mi cuerpo aún no había terminado de desarrollarse. .

Pasaba el tiempo semidesnuda por la casa, usando solo los brasieres que le hacía comprar a mi madre, más porque me hacían sentir grande que por cubrir unos pechos que aún no poseía. Además, ni en ese momento ni después mis senos fueron del encanto de mi hermano. Recuerdo que le gustaba mucho mi abdomen; de niña era muy plano y le encantaba dejarme la leche ahí.

Desde pequeña viví en una familia donde todo tenía un lugar claro: los afectos, las responsabilidades, incluso los silencios. Aprendí temprano que el verdadero equilibrio depende de saber cuándo actuar y cuándo no. Con el tiempo entendí que ese aprendizaje no era solo una forma de crianza, sino una manera de habitar la familia: con firmeza, pero también con una atención constante a lo que no se dice.

Recuerdo, por ejemplo, las tardes en que mi hermano Miguel y yo compartíamos el mismo espacio, no específicamente hablando. Él tendía a ser el centro del acto, incluso sin proponérselo; había en su forma de estar una intensidad que me atraía y desordenaba a la vez. Yo, en cambio, aprendí a complacer sin detenerme a pensar mucho en mi propio placer.

Nuestra relación no estaba hecha solo de sexo, en eso quiero ser honesta y completamente clara. Era también una especie de entendimiento tácito. Sabía cuándo Miguel estaba a punto de cruzar un límite, aunque ese límite nunca hubiera sido nombrado. Y él, de algún modo, sabía que yo lo sabía. Nunca hablamos de ello directamente. No era necesario. En nuestra casa, las cosas no se prohibían, pero tampoco se explicaban: simplemente ocurrían dentro de un marco que cada uno aprendía a interpretar por su cuenta.

Pero reducir lo que fuimos a esa dimensión sería incompleto, incluso injusto. Miguel fue, durante mucho tiempo, mi único espacio de cercanía real. Antes que cualquier otra cosa, fue mi compañero. Con él aprendí a habitar el tiempo de otra manera, a sostener conversaciones que no necesitaban un propósito claro, a compartir silencios que no resultaban incómodos.

Fue con él con quien empecé a construir una idea de complicidad. Nos escapábamos sin avisar, no siempre para hacer algo concreto, sino por el simple hecho de salir de un entorno que sentíamos demasiado contenido. Caminábamos sin rumbo fijo, prolongando el regreso más de lo necesario, como si en ese desplazamiento encontráramos una forma de libertad que no existía dentro de la casa.

También fue con Miguel con quien probé mis primeros tragos, en una mezcla de curiosidad y desafío que ninguno de los dos terminaba de asumir del todo. No era el alcohol en sí lo que importaba, sino el gesto compartido, la sensación de estar accediendo juntos a algo que marcaba un antes y un después, aunque no supiéramos nombrarlo.

Las noches tenían su propio ritmo. Nos desvelábamos hablando de cosas que, vistas desde fuera, podían parecer menores, pero que para nosotros eran centrales. Había una confianza que no necesitaba validarse constantemente. Podíamos pasar horas sin llegar a ninguna conclusión, y aun así sentir que algo importante había ocurrido.

Miguel no era solo alguien con quien compartía experiencias; era el punto desde el cual empecé a entender cómo se construye un vínculo. Incluso en medio de la ambigüedad que nos atravesaba, había una forma de cuidado, de presencia constante, que definió mi manera de relacionarme con los demás mucho más de lo que fui capaz de reconocer en ese momento.

 

Con el tiempo, comprendí que esa mezcla —de cercanía, silencio, transgresión y compañía— no era circunstancial. Era, en muchos sentidos, el núcleo desde el cual ambos aprendimos a leer el mundo y a movernos dentro de él.

Con el tiempo, esa forma de vínculo nos definió más de lo que cualquier conversación habría podido hacerlo. Aprendimos a movernos dentro de una lógica compartida, donde las caricias tenían más peso que las palabras.

 

Fue en ese contexto donde entendí que ser su hermana mayor no significaba protegerlo de todo, sino reconocerlo, incluso ante situaciones que ninguno de los dos estaba en condiciones de nombrar todavía.

Cuando llegué a la pradera el día del cumpleaños de Pedro, tuve la certeza de estar entrando en un espacio que, aunque familiar, no me pertenecía del todo. No era una exclusión explícita, ni una incomodidad abierta, sino algo más sutil: una organización ya consolidada en la que yo no había participado.

Miguel había construido allí su vida junto a Pedro. Desde fuera, su relación se sostenía con una solidez difícil de cuestionar: había afecto, estabilidad, incluso una forma de cuidado mutuo que resultaba evidente en los gestos más simples.

Sin embargo, esa misma estabilidad estaba sostenida sobre una forma particular de entendimiento. No era solo lo que compartían, sino también lo que decidían no poner en circulación. Había zonas de su vínculo que permanecían deliberadamente fuera del lenguaje, no porque fueran desconocidas, sino porque ambos parecían coincidir en que nombrarlas implicaría alterar algo que preferían conservar intacto. Era como la forma en que yo había visto a Pedro observar el pene de mi hermano, una posesión silenciosa que no necesitaba palabras para reafirmarse. O la manera en que mi propia boca se había convertido en un instrumento de esa paz frágil, un espacio donde los secretos se sellaban sin ser pronunciados.

Con el tiempo entendí que ese “acuerdo tácito” no era un vacío, sino una estructura. Una forma de equilibrio construida no solo a partir de lo que se decía y se hacía, sino también de lo que ambos decidían dejar en suspenso. No incomodarse no significaba ignorar, sino administrar cuidadosamente el punto en el que la verdad podía volverse disruptiva. La verdad de un pene erecto en medio de una cena familiar, o de una boca abriendose para recibir lo que no se debía dar, eran verdades que solo podían existir en el suspenso.

Por eso, al entrar en la pradera, no sentí que llegaba a un lugar ajeno, sino a un sistema que ya había resuelto, a su manera, cómo sostenerse. Y su estabilidad no dependía de la ausencia de tensiones, sino de la forma en que habían aprendido a convivir con ellas sin obligarlas a tomar forma completa.Tomás, mi hijo, corrió hacia el campo sin mirar atrás. Pedrito ya lo esperaba, como si ese encuentro se repitiera en cada ocasión con la misma naturalidad. En ellos no había dudas, no había tensiones heredadas ni preguntas postergadas. Solo juego.

Fui recibida con flores, un gesto que agradecí, aunque entendí de inmediato su dimensión simbólica: no era solo bienvenida, era también reconocimiento. En esa familia extendida, mi lugar no necesitaba explicación. Yo era, de algún modo, una referencia de orden. La que sabía que ciertas cosas, como la dureza de un pene bajo la mesa o el sabor en la boca después de un beso inapropiado, simplemente no se mencionaban. Eran el cimiento invisible sobre el que se construía toda esa apariencia de normalidad.

Sin embargo, la escena empezó a desplazarse casi imperceptiblemente. Julián llegó sin anunciarse. El padre de Pedro no traía consigo una intención clara de integrarse, sino algo más denso, más difícil de ubicar. Su presencia no alteró el espacio de forma visible, pero sí lo tensó. Pedro cambió. Miguel lo notó. Yo también.

Laura y Miguel habían sido criados en una familia donde la sexualidad era tratada abiertamente, a tal punto que en su entorno siempre hubo depravación e incesto, pero también abuso de poder y sumisión. Esta educación los había preparado para entender las dinámicas complejas y a menudo ocultas de la vida familiar que compartían. La tensión en la pradera ese día no era más que una manifestación de las corrientes subterráneas que siempre habían existido, pero que ahora emergían a la superficie.

Observé cómo Julián, interactuaba más de lo normal con Miguel. Había un brillo en sus ojos, una intensidad que no pasaba desapercibida. La forma en que Julián miraba a Miguel era posesiva, casi predadora. Miguel, por su parte, mostraba una mezcla de resentimiento y deseo, una lucha interna que yo conocía demasiado bien.

No era la primera vez que veía esa forma de mirarse. Había en ese cruce algo demasiado preciso para ser casual, una repetición de gestos que no pertenecía al presente, sino a una historia que nunca se había puesto en palabras. Lo reconocí sin esfuerzo: no era solo tensión, ni un malestar momentáneo, sino el eco de un vínculo anterior, construido en un tiempo donde los límites no estaban definidos y las jerarquías se confundían con el deseo.

Recordé entonces cuándo todo había comenzado, o al menos cuándo se hizo visible para mí. Mucho antes, en el momento en que Pedro entró por primera vez en la vida de mi hermano y, con él, el espacio donde Julián ejercía una influencia que iba más allá de lo evidente. Allí, en ese primer encuentro, se habían trazado las líneas de una dinámica que no desaparecería, solo cambiaría de forma.

Miguel no me lo contó de una sola vez. Su forma de narrar siempre fue fragmentaria, como si incluso al recordar necesitara dosificar lo ocurrido para no enfrentarlo del todo. Pero hubo una escena que se repetía, con pequeñas variaciones, cada vez que volvía sobre ese primer encuentro.

Pedro siempre estuvo cercano, facilitando el ingreso, pero no era el protagonista. Ese lugar lo tenía Julián.

Dijo que lo primero que le llamó la atención no fue lo que Julián hacía con él, sino cómo lo hacía. No había prisa en sus movimientos, ni necesidad de imponerse de manera evidente. Sin embargo, todo en él producía un efecto de orden inmediato. Como si las reglas ya existieran antes de ser formuladas.

La sensación era la de haber entrado en un espacio donde su margen de acción ya estaba delimitado.

—No sentí que me obligara —me dijo—. Pero tampoco sentí que pudiera salir de ahí como si nada.

Esa ambigüedad fue, con el tiempo, lo que más peso adquirió en su relato. No había un límite claro que pudiera identificar como transgredido en ese momento.

Cuando Miguel me lo contó, todavía hablaba desde la fascinación más que desde la distancia. Le costaba separar lo que había sentido como atracción de lo que, más tarde, empezaría a reconocer como una forma de influencia más profunda.

 

Yo, en cambio, al escucharlo, entendí algo distinto. No se trataba de un hecho aislado, sino de la instalación de una dinámica. Una forma de vínculo que no necesitaba imponerse abiertamente porque operaba desde un nivel más difícil de cuestionar: aquel en el que uno cree estar decidiendo, sin advertir del todo cómo ha sido llevado hasta ese punto.

Miguel intentó describirme esa sensación varias veces. No era incomodidad, exactamente. Tampoco confianza. Era algo más complejo.

—No me hace nada que papá no me haya hecho antes —me aclaró en una de esas conversaciones—. Pero no hacía falta.

Lo que sí recuerdo con claridad fue que me decía que Pedro no se ausentaba durante esos encuentros. Su novio actuaba como un observador mientras su padre follaba a mi hermano.

—Sentí que tenía que decidir algo —me dijo alguna vez—, pero no sabía exactamente qué.

Ese fue el punto que más se repitió en su relato. No la acción, sino la disposición. La idea de que, sin haberlo acordado, ya estaba participando en una lógica que no le era del todo ajena, pero que tampoco había elegido conscientemente.

Cuando Pedro cogía con él, era dentro de la apariencia de normalidad. Para Miguel, según me lo explicó después, fue algo que lo marcó mucho. No en lo visible, sino en la forma en que empezó a entender su lugar dentro de ese espacio.

—No pasó nada extremo —insistió en más de una ocasión—. Pero al mismo tiempo, ya había pasado todo.

En una ocasión, Miguel mencionó algo que me dejó pensativa. «A veces,» dijo, «cuando Julián me obligaba a orinar en su presencia, sentía que estaba perdiendo algo más que mi dignidad. Era como si mi pene, mi propio cuerpo, se convirtiera en un instrumento de su control.» Esta revelación me hizo entender aún más la complejidad de la dinámica en la que estaban envueltos. La humillación de ser obligado a orinar frente a él, especialmente en un contexto donde el poder y la sumisión estaban tan claramente definidos, era una forma de reforzar su dominio.

 

En su primer encuentro no hubo definiciones ni límites explícitos. Solo una estructura implícita que empezó a organizarse desde entonces. Y Miguel, aun sin nombrarlo, había comenzado a moverse dentro de ella

En la celebración de cumpleaños, Pedro, atrapado en medio de esta dinámica, intentaba mantener la calma, pero su incomodidad era palpable. Yo sabía que Pedro amaba a Miguel, pero también sabía que la presencia de su padre complicaba todo. La pradera, que debería haber sido un lugar de celebración, se había convertido en un campo de batalla emocional.

Decidí intervenir, no con palabras, sino con acciones. Me acerqué a Pedro y le ofrecí una copa de vino, un gesto pequeño pero significativo. Pedro la aceptó con una sonrisa agradecida, y por un momento, la tensión se alivió. Entonces me dirigí a Julián, manteniendo una distancia respetuosa pero firme.

«Julián, ¿te importaría ayudarme a preparar la mesa?» le pregunté, sabiendo que cualquier distracción sería bienvenida.

Julián asintió y me siguió, dejando a Miguel y Pedro con un momento de respiro. Mientras preparábamos la mesa, mantuvimos una conversación ligera, evitando cualquier tema que pudiera desencadenar más conflictos. Julián, a pesar de su comportamiento anterior, parecía relajarse en mi presencia.

En la cocina, mientras preparábamos la mesa, Julián se acercó a mí con una sonrisa que delataba sus intenciones. «Laura, tu hermano está cada vez más rico,» comentó, su voz cargada de un doble sentido que no necesitaba explicación. Yo sabía exactamente a qué se refería.

«Señor, Pedro no parece cómodo con su actitud,» respondí, manteniendo la distancia pero sin evitar el tono desafiante. «Al menos no hoy, que es el cumpleaños de su hijo.»

Julián se rió, una risa profunda y ronca que resonó en la pequeña cocina. «Pedro es un hombre adulto, Laura. Sabe cómo manejar sus emociones. Además, no le hace daño.»

Me acerqué a él, reduciendo la distancia entre nosotros. «¿Y qué hay de mí, señor? ¿Cree que no sé manejar mis emociones?»

Julián me miró de arriba abajo, su mirada deteniéndose en mis curvas. «Tú, Laura, eres una mujer diferente. También muy interesante.»

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, pero no aparté la mirada. «¿Y eso qué significa exactamente?»

Se acercó aún más, su aliento cálido en mi rostro. «Significa que tu culito debe ser igual de estrecho que el de tu hermano. ¿O me equivoco?»

Sentí cómo mis mejillas se sonrojaban, pero no retrocedí. «Tal vez, señor. Pero no lo sabrá a menos que lo descubra por sí mismo.»

Julián sonrió, una sonrisa depredadora que prometía mucho más de lo que yo podía imaginar. «Esa es una invitación que no puedo rechazar, Laura.»

Su mano se movió rápido, agarrando mi nalga con fuerza. A través de la tela del vestido, sentí el calor de su palma, la presión de sus dedos. «Julián…» gemí, más por la sorpresa que por el dolor.

«Shh, Laura,» susurró, su voz ronca en mi oído. «Solo déjate llevar. Déjame mostrarte cómo se siente.»

Su otra mano se unió a la primera, ambas amasando mi carne, explorando cada curva. El vestido que llevaba, un sencillo vestido de verano, no ofrecía mucha protección. Sentí cómo la tela se tensaba, cómo sus dedos se clavaban en mi piel. Cerré los ojos, dejándome llevar por la sensación, por el dominio que ejercía sobre mí.

«Julián, alguien podría entrar,» murmuré, más por instinto que por verdadero miedo.

«Que entren,» respondió, su voz firme. «Que vean cómo un hombre de verdad trata a una mujer como tú.»

Sus manos se movieron con más urgencia, levantando la falda de mi vestido, exponiendo mis nalgas. Sentí el aire frío en mi piel, seguido rápidamente por el calor de sus palmas. «Julián…» gemí de nuevo, esta vez con un tono de necesidad.

«Eres perfecta, Laura,» murmuró, sus dedos trazando la línea de mi ropa interior. «Absolutamente perfecta.»

Sentí cómo sus dedos se movían, deslizándose bajo la tela, explorando mi carne. «Julián, por favor,» supliqué, sin saber si estaba pidiendo más o menos.

«Shh, Laura,» susurró de nuevo.

«Serás mía, Laura,» murmuró, su voz firme. «Mía para hacer lo que quiera, cuando quiera.»

Asentí, incapaz de formar palabras, incapaz de pensar en nada más que en la sensación de sus manos en mi cuerpo, en el dominio que ejercía sobre mí. «Sí, señor,» susurré, mi voz apenas audible.

Julián me giró lentamente, colocándome de espaldas a él. Sentí cómo sus manos se movían con seguridad, bajando la cremallera de mi vestido. El sonido del metal deslizándose por la tela me hizo estremecer. Con un movimiento fluido, Julián me despojó del vestido, dejándome en ropa interior. Mis bragas, de encaje negro, apenas cubrían mis nalgas, y mi sujetador, a juego, realzaba mis senos.

Sus manos se posaron en mis caderas, apretando con firmeza. Sentí cómo sus dedos se deslizaban bajo la tela de mis bragas, tirando de ellas hacia abajo. Me incliné ligeramente, permitiéndole deshacerse de la prenda. El aire frío de la cocina rozó mi piel desnuda, haciendo que se me pusiera la carne de gallina.

«Arrodíllate,» ordenó Julián, su voz autoritaria. «Quiero ver ese culito perfecto.»

Obedecí, bajándome lentamente hasta quedar de rodillas. Se agachó también conmigo y sentí sus manos en mis nalgas, amasando, explorando.

Sentí cómo sus dedos se movían, separando mis nalgas, exponiendo mi entrada más íntima. «Te ves tan apretada, Laura,» murmuró, su voz llena de anticipación. «Voy a disfrutar mucho de esto.»

Con una mano, Julián se desabrochó el cinturón, el sonido del metal resonando en la cocina. Sentí cómo se bajaba los pantalones, liberando su erección. «Mira qué duro me pones, Laura,» dijo, su voz llena de orgullo.

Giré ligeramente la cabeza, en una posición donde pudiera ver su miembro. Era grande, duro, y palpitaba con deseo. «Tócame,» ordenó, su voz firme.

Obedecí, envolviendo mi mano alrededor de su longitud. Sentí cómo latía en mi palma, cómo el calor de su piel se transfería a la mía. «Más fuerte, Laura,» instruyó, su voz ronca de deseo.

Apreté más fuerte, moviendo mi mano arriba y abajo, siguiendo el ritmo que él marcaba. «Así, Laura,» murmuró, su voz llena de aprobación. «Así es como me gusta.»

De repente, Julián me soltó, colocando sus manos en mis caderas. «Inclínate hacia adelante, Laura,» ordenó, su voz firme. «Quiero verte bien.»

Obedecí, inclinándome hacia adelante, apoyando mis manos en el suelo. Sentí cómo Julián se posicionaba detrás de mí, su miembro duro y listo. «Relájate, Laura,» murmuró, su voz cálida en mi oído. «Voy a ser suave, al principio.»

Sentí cómo la cabeza de su miembro presionaba contra mi entrada, cómo empujaba lentamente, abriéndose paso. La sensación de plenitud casi abrumadora.

Con un movimiento lento y constante, Julián se deslizó dentro de mí, llenándome completamente.

Comenzó a moverse, lentamente al principio, permitiéndome adaptarme a la sensación.

«Más fuerte, Laura,» ordenó, su voz firme. «Dime qué sientes.»

«Me siento llena, señor,» respondí, mi voz apenas un susurro. «Completa.»

Julián aumentó el ritmo, sus embestidas más profundas, más intensas. «Así, Laura,» murmuró, su voz ronca de deseo. «Así es como me gusta.»

Sentí cómo el placer crecía, cómo mi cuerpo respondía a cada movimiento. Obedecí a Julián, como obedecía a mi padre de niña, dejándome llevar por el placer, por la sensación de su verga dentro de mi cuerpo. En ese momento, recordé las noches en que mi padre llegaba del trabajo, cansado y exigente. Era mi obligación atenderlo, ser la primera en recibirlo, en satisfacer sus necesidades más primarias. Procuraba siempre chuparlo, sentir su miembro endurecerse en mi boca, saborear su semen era algo que realmente disfrutaba, preparándome para lo que vendría después.

Cuando mi padre me penetraba, era porque, por algún motivo, no podía hacerlo con Miguel. A veces, era porque mi hermano estaba ocupado, otras, porque mi padre simplemente prefería la variedad. Pero lo que más recuerdo, lo que me hizo estremecer en ese momento con Julián, era cómo mi padre siempre prefería meterme su verga por el ano. «Es más apretado,» solía decir, su voz ronca de deseo. «Y así sé que eres completamente mía.»

No recuerdo la primera vez que lo hizo. Porque tendría apenas dos años……pero recuerdo la sensación. No como un recuerdo puntual, sino como una constante que definió mi infancia. Era el calor, la presión, la forma en que mi cuerpo se adaptaba para recibirlo. Mi madre decía que era una «niña muy avanzada», que entendía cosas que otras no. Lo que ella no decía, pero todos sabíamos, es que mi adelanto era el resultado de haber sido moldeada desde antes de poder formular una pregunta.

Mi padre nunca usó la fuerza, al menos no de la manera que uno imagina un golpe o un grito. Su poder era más sutil, más corrosivo. Era la imposibilidad de decir que no, no porque lo prohibiera, sino porque la idea misma de un «no» no existía en mi vocabulario emocional. Cuando entraba a mi habitación por la noche, su presencia llenaba todo el espacio. No necesitaba pedir nada; yo ya sabía lo que esperaba de mí. Me giraba en la cama con una delicadeza que casi parecía cariñosa, y sus manos, siempre grandes y calientes, se deslizaban por mi piel hasta encontrar mi pequeño culo.

El dolor de las primeras veces se convirtió en un umbral. Después de cruzarlo, solo quedaba la sensación de ser usada, de ser un recipiente para su deseo. Aprendí a relajar los músculos, a respirar de una manera específica que él había enseñado, a encontrar un extraño consuelo en la rutina. Era mi función, mi propósito en esa casa. Mientras mi madre se ocupaba de mantener las apariencias Miguel y yo éramos el ancla de la sexualidad paterna, el terreno donde sembraba su control.

Con los años, esa dinámica se volvió más compleja. Empecé a anticiparme a sus deseos, a buscar su aprobación no solo con mi sumisión, sino con una iniciativa que él celebraba como «lealtad». A veces, cuando llegaba del trabajo, yo ya lo esperaba en la puerta, no con un beso en la mejilla, sino arrodillada, lista para recibirlo. Él se reía, un sonido bajo y satisfecho, y me acariciaba el pelo como si fuera un animal doméstico que ha aprendido un truco perfecto.

«Mi niña», me decía, mientras su verga se endurecía en mi boca. «Siempre tan dispuesta a complacer a tu papá.»

Y era verdad. Lo estaba. No porque lo deseara, sino porque su placer era la única forma de afecto que conocía, la única moneda con la que podía comprar un momento de paz en aquella casa. Su semen en mi garganta era el sello de un cumplimiento, la prueba de que había hecho lo correcto durante ese día.

Ahora, con Julián dentro de mí, mientras el cumpleaños de Pedro continuaba afuera, sentía cómo ese pasado y el presente se fusionaban en una misma sensación. El ritmo de Julián, su forma de agarrarme las caderas, su respiración entrecortada… todo era un eco de mi padre. No era Julián a quien estaba entregando mi cuerpo, era a esa figura masculina, autoritaria y posesiva, que había definido mi sexualidad desde que tenía uso de razón.

«Aprieta más, Laura», jadeó Julián, y yo obedecí sin pensar, contrayendo los músculos de mi ano alrededor de su verga con la pericia de quien ha practicado ese movimiento durante toda una vida.

«Así, mi niña», susurré para mis adentros, las palabras de mi padre resonando en mi cabeza. «Así le gusta a papá».

Cerré los ojos y me dejé llevar, no por Julián, sino por la memoria. Por el recuerdo de mi padre moviéndose dentro de mí, por la seguridad contradictoria que me daba saber que, aunque me estuviera destrozando por dentro, estaba cumpliendo con mi rol. Estaba siendo útil. Estaba siendo amada, a la única manera que me habían enseñado a entenderlo.

Con el tiempo, aprendí a anticipar sus deseos, a preparar mi cuerpo para él. Usaba mis dedos, a veces pequeños juguetes, para mantenerme abierta, lista. Y cuando mi padre me tomaba, era con una intensidad que me dejaba marcada, físicamente y emocionalmente. «Eres mi niña,» solía murmurar, su voz llena de posesión. «Mi pequeña puta perfecta.»

Ahora, con Julián, sentía esa misma dinámica, esa misma sensación de ser usada, de ser poseída. Y en ese momento, mientras Julián me follaba el culo, recordé a mi padre, recordé cómo me enseñó a obedecer, a complacer, a ser completamente suya. Y supe, en ese instante, que Julián y mi padre eran dos caras de la misma moneda, dos hombres que sabían exactamente cómo manejarme, cómo hacerme sentir completa a través de la sumisión y el placer.

Julián continuó moviéndose, sus embestidas más rápidas, más intensas.

De repente, Julián se detuvo, retirándose lentamente. Con un movimiento fluido, me giró, colocándome boca arriba sobre el suelo de la cocina. Mis piernas colgaban y Julián las levantó, casi hasta mis hombros. La posición me dejó completamente expuesta, mi agujero anal abierto y vulnerable. Sentí una mezcla de vergüenza y excitación, sabiendo que Julián tenía una vista perfecta de mi intimidad más profunda.

Se inclinó, y para mi sorpresa, comenzó a lamerme la vagina. Su lengua, caliente y húmeda, se movía con una precisión que me hizo gemir de placer. Al mismo tiempo, sentí cómo sus dedos, húmedos de mi excitación, se deslizaban hacia mi ano, explorando, preparando.

Sus dedos se movieron con más urgencia, deslizándose dentro de mí, estirándome aún más. La sensación de su lengua y sus dedos trabajando en conjunto me llevó al borde del éxtasis.

Con un último lametón, Julián se retiró, su rostro brillante de mi excitación.

Se posicionó de nuevo entre mis piernas, su miembro duro y listo. «Vamos a hacerlo de nuevo, Laura,» dijo, su voz firme. «Pero esta vez, quiero verte mientras te follo el culo.»

Asentí, incapaz de formar palabras. Julián se deslizó dentro de mí con mucha facilidad, llenándome completamente. La sensación de plenitud era increíblemente placentera.

Comenzó a moverse, lentamente al principio, pero luego cada vez más rapido, sus embestidas más profundas, más intensas.

De repente, Julián se detuvo y se retiró lentamente. Sentí un vacío instantáneo, pero antes de que pudiera procesarlo, mebajó las piernas y colocó una mano en mi frente, me mantuvo en posición mientras se movía para sentarse sobre mis tetas. Su miembro, duro y brillante con nuestros fluidos, se cernía sobre mi rostro.

«Chúpame, Laura,» ordenó, su voz ronca de deseo. «Quiero correrme en tu boca.»

Obedecí, tomando su miembro en mi boca. Saboreé el agrio de su semen cuando explotó casi con el primer contacto de mi lengua, una mezcla de nuestros fluidos que me recordaba mi sumisión aprendida en casa. Chupé con avidez, queriendo complacerlo, queriendo sentir todo su semen en mi garganta. Julián gimió, sus caderas moviéndose ligeramente mientras yo trabajaba con mi boca.

«Así, Laura,» murmuró, su voz llena de aprobación. «Eres una buena puta.»

Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su miembro palpitaba en mi boca. En un momento mi boca estaba completamente llena con su semen. Tragué todo lo que pude, saboreando cada gota, recordando las lecciones de mi infancia: nunca desperdiciar.

Cuando Julián se retiró, me limpié la boca con el dorso de la mano, sintiendo el sabor agrio persistente. También capté un leve olor a mierda, mi propia mierda, pero no le di importancia. Ahora, como mi hermano, era también la puta de Julián.

Nos tomamos un momento para recuperar el aliento, Julián acariciando mi cabello con una mano mientras yo me recostaba contra él.

Nos levantamos lentamente, ajustando nuestra ropa lo mejor que pudimos. Julián me ayudó a alisar mi vestido, sus manos deteniéndose un momento en mis caderas antes de soltarme. «Vamos,» dijo, su voz firme. «Regresemos antes de que alguien note nuestra ausencia.» Arreglamos la mesa y volvimos.

Cuando regresamos, la atmósfera había cambiado. Miguel y Pedro estaban riendo, y Tomás y Pedrito jugaban a lo lejos, ajenos a la tormenta emocional que había estado a punto de desatarse. Me sentí aliviada, pero también consciente de que esta era solo una tregua temporal.

Pedro se acercó con una copa en la mano, aún con esa risa leve que le quedaba después de haberse permitido, por fin, bajar la guardia. Su expresión ya no estaba atravesada por la tensión de antes; había en él una ligereza contenida, casi prudente, como si no quisiera romper el equilibrio recién recuperado.

—Oye —dijo, inclinándose apenas hacia mí con complicidad—, ¿a dónde te llevaste a mi padre?

Lo dijo en tono ligero, casi juguetón, pero no del todo exento de intención. Había en la pregunta una curiosidad genuina, sí, pero también una forma indirecta de medir el terreno, de entender qué había ocurrido en ese breve desplazamiento que, sin ser evidente para todos, había modificado la escena.

Sostuve su mirada un instante antes de responder. No había motivo para dramatizar, pero tampoco para trivializar del todo.

—A un lugar donde podía ser útil —contesté, con una leve sonrisa—. A veces basta con cambiar de tarea para cambiar de actitud.

Pedro soltó una pequeña risa, esta vez más franca. Asintió, como si reconociera en esa respuesta algo más amplio que la anécdota inmediata.

—Debería aplicarlo más seguido —murmuró, mirando por un segundo hacia donde Julián conversaba ahora con Miguel, en una distancia que, aunque breve, ya no resultaba invasiva.

No añadí nada. No era necesario.

Pedro volvió a mí con una expresión distinta, más abierta.

—Gracias, Laura. En serio.

Lo dijo sin énfasis excesivo, pero con una claridad que no dejaba lugar a ambigüedades. No se trataba solo del momento, sino del efecto. Había percibido el desplazamiento, aunque no necesariamente todas sus implicaciones.

Le respondí con un gesto mínimo, suficiente.

A nuestro alrededor, la pradera recuperaba su ritmo: las voces, el viento, las risas de los niños. Todo parecía encajar de nuevo, aunque de una forma ligeramente distinta, como si las piezas hubieran sido movidas apenas unos centímetros.

Miguel, por su parte, parecía haber soltado un peso que no sabía que cargaba. Su risa era más genuina, y su forma de tocar a Pedro —una mano en la nuca, un roce en la espalda— había recuperado la espontaneidad que Julián había amenazado con robar. Me observó un par de veces desde la distancia, con una expresión que no lograba descifrar del todo. No era gratitud, ni siquiera alivio. Era más bien un reconocimiento. Un asentimiento silencioso que decía: «Entiendo. Sé lo que hiciste. Y sé por qué lo hiciste». En nuestra familia, ese era el máximo grado de agradecimiento que se podía expresar.

Fue Pedro quien rompió la magia del momento, aunque sin querer. Se levantó para buscar más vino y, al pasar junto a mí, me susurró: «Ha funcionado. No sé cómo, pero ha funcionado». Su aliento olía a vino y a liberación. Yo solo sonreí, un gesto vacío que él interpretó como modestia. No tenía forma de explicarle que no se trataba de «cómo», sino de «qué». Se trataba de ofrecer el mismo sacrificio que nuestras madres nos habían enseñado a ofrecer: el cuerpo como moneda de cambio para la estabilidad emocional de los padres.

Mientras recogíamos las cosas, Julián se acercó a mí una última vez. Los demás estaban distraídos, doblando mantas y guardando la comida. Su presencia a mi espalda era idéntica a la de hacía unas horas en la cocina, pero ahora no me estremeció. Me sentía tranquila, cumplida.

Su mano rozó mi nalga, un gesto rápido y dueño de su totalidad. «No te preocupes», añadió. «La próxima vez, seré yo quien sostenga a Miguel». La frase colgó en el aire, llena de promesas y amenazas. No estaba hablando de apoyo emocional. Estaba hablando de la misma moneda que yo había usado hoy, pero invertida. La próxima vez, él sería el centro de la tormenta y mi hermano el objeto que la calmara.

Asentí, sin palabras. Entendía las reglas del juego. Había aliviado la presión hoy, pero para hacerlo había confirmado su poder. Le había demostrado que su método funcionaba, que su dominio era efectivo. No había ganado una batalla; simplemente había pospuesto la guerra.

El viaje de vuelta en coche fue silencioso, pero un silencio distinto. Miguel conducía, y Pedro iba en el asiento del copiloto, con la mano reposando en el muslo de mi hermano. Yo me senté atrás con Tomás, que dormía profundamente en mi regazo y con Pedrito, el hijo adoptivo de mi hermano y de Pedro. Miraba por la ventana las luces de la ciudad que se encendían, puntos anaranjados contra un cielo ya oscuro. Me sentía vacía, pero de una manera serena. Como después de una larga enfermedad, cuando la fiebre por fin baja y solo queda el agotamiento.

En casa, la rutina nos devolvió la normalidad. Miguel y Pedro se encargaron de llevar a los niños a sus camas. Yo me quedé en la cocina, preparando un té que probablemente no bebería. El olor a pasto y a vino aún impregnaba mi ropa, pero debajo de eso, yo sabía que olía a Julián. A su sudor, a su semen, a su control.

Miguel entró en la cocina justo cuando yo apagaba el fogón. Se quedó en el umbral, observándome. No dijo nada durante un largo minuto. El silencio entre nosotros nunca había sido incómodo; estaba lleno de palabras no dichas, de secretos compartidos que no necesitaban ser nombrados.

«¿Estás bien?», preguntó por fin.

«Estoy bien», respondí, y era verdad. Estaba bien porque había cumplido mi función. Había mantenido el barco a flote, como siempre.

Él apretó el abrazo. Sabía que me refería a las noches en que nuestro padre entraba en mi habitación y él, desde su cama, escuchaba todo. O a las veces en que yo lo ayudaba a prepararse para las «visitas» de sus amigos, tranquilizándolo con una mentira sobre lo que iba a ocurrir. Nos habíamos sostenido mutuamente en esa oscuridad, usando nuestros cuerpos como escudos el uno para el otro.

Me fui a mi habitación y me miré en el espejo. Mi reflejo me devolvió la mirada de una mujer cansada, pero intacta. Me quité la ropa y me duché, dejando que el agua caliente llevara el olor a Julián, pero no la sensación. Sabía que esa sensación, esa mezcla de humillación y propósito, permanecería en mí. Era parte de mi arquitectura, el cimiento sobre el que se había construido toda mi vida.

Mientras me secaba, pensé en la próxima vez. Porque la habría, sin duda. Julián había probado sangre, o más bien, había probado mi sumisión. Y ahora que sabía que podía contar conmigo, que mi cuerpo era otro instrumento más en su orquesta de control, no dudaría en usarlo de nuevo. Y yo, probablemente, se lo permitiría. Porque en esa entrega, en ese acto de ser usada para proteger a los míos, era donde encontraba el único sentido de mi existencia. Era la pradera y la cocina, mi padre y Julián, todo fundido en una sola verdad ineludible: yo estaba aquí para sostener a la familia cuando todo comenzaba a desbordarse. Y ese era mi lugar en el mundo.

6 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigos, anal, cumpleaños, hermana, hermano, incesto, mayor, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
JUEGO DE PALABRAS
A0 LA NIÑA CESI, EL INICIO DE TODO PARTE 1/2
¡Si es por orden del doctor! … Décima Parte
Todo empezó en una fantasía primera parte
La visita del tío Mateo (parte 3)
Disfrutando de mi excompañero de clases e íntimo amigo….
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.440)
  • Dominación Hombres (4.407)
  • Dominación Mujeres (3.224)
  • Fantasías / Parodias (3.597)
  • Fetichismo (2.916)
  • Gays (22.731)
  • Heterosexual (8.746)
  • Incestos en Familia (19.057)
  • Infidelidad (4.666)
  • Intercambios / Trios (3.271)
  • Lesbiana (1.199)
  • Masturbacion Femenina (1.072)
  • Masturbacion Masculina (2.044)
  • Orgias (2.171)
  • Sado Bondage Hombre (475)
  • Sado Bondage Mujer (201)
  • Sexo con Madur@s (4.575)
  • Sexo Virtual (276)
  • Travestis / Transexuales (2.526)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.664)
  • Zoofilia Hombre (2.292)
  • Zoofilia Mujer (1.705)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba