El hijo que espera mi madre es de mi hermano mayor
Esta es la historia de como descubro que el hijo que espera mi madre le pertenece a mi hermano mayor.
Esta es mi historia. Me llamo Edgar, tengo 18 años y vivo en una ciudad pequeña cerca del mar. Vivo con mis padres: mi madre, Emily, que tiene 38 años, y mi padre, Arturo, que es mi padrastro y con quien he crecido desde que era un niño pequeño, tengo un hermano mayor Ricardo de 20 años, cuando mi hermano mayor nació mi padre dejo a mi madre, después de un tiempo regreso y mi madre le dio otra oportunidad de ese reencuentro nací yo, pero mi padre biológico una vez más nos dejó pero esta vez ya no regreso, con el pasar del tiempo mi madre conoció Arturo.
Mi madre tiene 38 años. Mide como 1,68, es bajita pero con unas curvas que me vuelven loco. Su piel es de tez blanca, tiene el cabello largo, oscuro y rizado, cayendo como una cascada hasta la mitad de la espalda.
Sus senos son enormes, pesados y perfectos, sus pezones son enormes y rosados, siempre duros, como fresas maduras que piden ser mordidas a través de cualquier prenda de ropa. Tiene una cintura que se puede acercar con una mano, pero se expande hacia unas caderas anchas y voluptuosas. Su culo es una pera perfecta, redondo y suave, que se ve imponente cuando está de pie o se inclina. Sus piernas son largas y delgadas, con músculos firmes.
Por otro lado, Arturo es un hombre mayor, 68 años. Él es quien ha cuidado de mí, de mi hermano y de mi madre desde que era un niño pequeño, un hombre alto, con canas en las sienes pero una barba gris siempre recortada. Lo veo como mi padre, la persona que me ha dado todo. Mi madre y Arturo, a pesar de que nunca se casaron, se ven como una pareja inseparable y llevan años compartiendo esta casa. Pero la realidad es que la edad de mi padre ya empieza a notarse. Ya sabes a qué me refiero, la energía baja, esa falta de «vida» nocturna que se nota en el aire.
Comenzaron a dejar de tener intimidad hace tiempo. Arturo prefiere descansar después del trabajo, tomando un vaso de leche tibia y sentado en el sillón, sumido en sus viejos libros que no deja de leer.
Hacía que no notaba lo que pasaba, pero sé que aunque mi mamá no lo mencionaba en voz alta, le faltaba la atención de mi padrastro. Ella es una mujer llena de vida y pasión, y verlo tan apagado, solo con su leche y sus libros, la debe de estar molestando mucho, aunque mantenga una sonrisa amable para no arruinar la tranquilidad de la familia. A veces la veo suspirando al verlo tan quieto, como si quisiera algo más, algo de movimiento y calor humano que él ya no le da.
Los días pasaban y la rutina parecía mantenernos en un equilibrio tenue, monótono. Una noche, sin embargo, el silencio de la casa se rompió violentamente. Me despertó mi hermano mayor entrando a nuestra habitación de golpe, con la puerta que se cerraba con un golpe seco al azotarse contra el marco. Él se acostó de inmediato en su cama, dándome la espalda y no volviéndose.
¿Todo está bien? – le pregunté.
Si todo está bien – respondió él, y se cubrió con su cobija con un movimiento brusco.
Aproveché la oportunidad para levantarme. Sali de mi cuarto y me dirigí al baño. En el pasillo oscuro, me encontré con mi madre en el pasillo. Llevaba su bata de dormir, pero la tenía desalineada, dejando ver el hombro desnudo y una curva de su pecho. Su cabello estaba despeinado, suelto, aleteando en el aire frío, y tenía los ojos rojos como si acabara de llorar.
Mamá, ¿qué pasa? – me detuve.
Ella me miró con tristeza, barriendo con la vista el pasillo. – Hice algo malo – dijo, su voz quebrada.
¿A qué te refieres? ¿Qué hiciste? – pregunté, pero mi mente estaba confundida. Pensé inmediatamente en mi hermano. ¿Sería que por eso entró bruscamente y me despertó? ¿Se habría enojado con él?
Ya se les pasará – me dije, intentando sonar tranquilo.
Dejé que mi mamá se fuera a su dormitorio al ver que no quería hablar del tema, y yo me dirigí al baño, dejando a tras mí la confusión y esa sensación de que algo iba a cambiar.
Después de esa noche, comencé a notar un cambio drástico en el comportamiento de mi madre. Se veía rara, como si estuviera escondiendo un secreto terrible. Llevaba una expresión de preocupación y angustia constante en su rostro, incluso cuando intentaba sonreír. Si yo osaba preguntarle qué le pasaba o si todo estaba bien, se ponía extremadamente nerviosa, tartamudeando, y pronto cambiaba el tema de conversación, evitándome con una mirada que decía «no ahora».
Por otro lado, mi hermano se notaba mucho más seguro. Comenzó a salir más con sus amigos, y a veces llegaba a casa de noche, se ponía a beber con sus amigos en la casa. Lo más extraño era la dinámica entre él y mi madre. Parece que ella lo protegía de cualquier regaño. Incluso cuando Arturo le reclamaba por su actitud o por el ruido que hacía, Mi madre se ponía a su lado inmediatamente, defendiéndolo, casi como si él tuviera un privilegio especial.
Mi hermano se portaba cada vez más como un idiota, incluso me hacía bromas pesadas que me hacían sentir incómodo, y mi madre parecía no importarle en absoluto. Hasta que un día, mi madre se veía más preocupada de lo que ya era costumbre. Estaba sentada en el sillón frente a Arturo, y estaban hablando. Me acerqué sigilosamente detrás de la cocina para escuchar.
Escuché todo: mi madre le confesó a mi padrastro que le había sido infiel y que llevaba ya varias semanas siéndole infiel. Pero lo que más me dejó helado fue cuando mi madre le dijo que estaba embarazada. Arturo estaba conmocionado, impactado por la noticia. Mi madre, sabiendo que eso significaba una ruptura segura, le suplicó a mi padrastro que él se hiciera cargo de mí y que ella se iría de casa junto con mi hermano mayor. Argumentaba que él ya no estudiaba y ya se podía buscar cómo ganar la vida, pero que yo aún podría seguir mis estudios.
Al final, mi padrastro le preguntó: «¿Quién es el padre?». Pero ella no quiso decirlo. Él se levantó y solo le pidió que no se fuera, que él seguiría cuidando de nosotros. Y si le preguntaban por el bebe, que ella dijera que él era el padre. Era de admirar cómo tomó las cosas mi padrastro, con una fuerza que no esperaba. Pero eso sería solo el comienzo.
Pasaron los meses y las cosas parecían no cambiar en la rutina diaria de la casa, pero había una evidencia incuestionable delante de mis ojos: el estómago de mi madre. Cada mes, esa protuberancia crecía más y más, estirando su piel blanca como un tambor, revelando la vida que llevaba dentro. Sus senos, ya inmensos antes, se volvieron aún más pesados y bajos, llenos de leche en potencia, y tenía que sujetarse con más fuerza para evitar que se le cayeran.
Mi hermano seguía comportándose como un idiota, no lo soportaba cuando se emborrachaba en casa con sus amigos, asi que prefería salir de casa para no tratar con ellos, incluso cuando veia que se la iban amanecer tomando me iba a casa de un amigo a dormir, Mi hermano,seguía interactuando extrañamente con ella. Además de su comportamiento de rebeldía comenzó a tener más contacto físico con mi madre. En la vida vi a mi hermano abrazarla y de la nada comenzó hacerlo, pero era un abrazo que a simple vista a mi madre le incomodaba. Mi hermano la abrazaba por detrás, acariciando sus curvas sensuales mientras sus manos subían a su estómago en crecimiento. Luego comenzaba a besar sus hombros, y ella solo le decía «basta, deja de hacer eso», pero él seguía hasta besar su cuello. El solo respondió «estoy siendo un hijo cariñoso», para luego darle un mordisco en la oreja. Mi madre terminaba apartándose, dejando a mi hermano sonriendo mientras la seguía con la mirada, con una intensidad que parecía fijarse en cada movimiento de su cuerpo.
Traté de hablar con mi hermano y decirle que no tocara a nuestra madre de esa forma, pero él me contestó que no me metiera en sus asuntos y, con una sonrisa retadora, se acercó a donde estaba mi madre. Ella estaba sentada en el sillón con los pies dentro de un balde de agua, buscando alivio a la hinchazón del embarazo. Mi hermano se sentó a su lado, y antes de que ella me viera, le dijo: «Hoy no, Ricardo, me siento cansada,” dijo mi madre, “solo quiero sentirte un poco» Respondió mi hermano. Me frené en seco al oír eso desde atrás del sillón, poco a poco me acerqué sigilosamente. Allí, vi que mi hermano ya tenía una de sus manos en la pierna de mi madre, la cual vestía un vestido totalmente holgado por su embarazo. Él estaba acariciándola con suavidad y lentitud, deslizando su mano incluso bajo el tejido del vestido mientras le besaba el hombro, un contacto físico que ella permitía, aunque su cuerpo parecía tensarse ligeramente bajo su tacto.
«Por cierto, mamá, mis amigos vendrán el próximo viernes», dijo mi hermano.
«No, Ricardo, necesito descansar y dormir bien», respondió mi madre.
«Podrás dormir lo que quieras, solo quiero que nos des el mismo trato que la vez pasada», dijo mi hermano, bajando su mano más bajo el vestido, rozando su piel sensible.
Yo no entendía a qué se refería. Acaso quería que mi madre los estuviera atendiendo? Pense. Pero Ricardo no dio más explicaciones. Solo la molestia de mi madre era evidente. Ella intentó sacudirse su mano, pero él la sujetó con fuerza.
Yo me quedé paralizado detrás del sillón, observando cómo sus dedos jugaban con la tela de su ropa interior. Ella intentó ponerse de pie para alejarse, retirando el balde de agua, pero él la detuvo jalándola suavemente, obligándola a quedarse sentada.
No, Ricardo, esta vez no va a ser así», dijo ella con voz temblando, tratando de mantener la compostura. «Recuerda que mi embarazo está más avanzado y no me permite aguantar… todo aquello que pasó aquella vez».
«Si puedes, nosotros lo seguimos haciendo y no pasa nada», respondió él con una sonrisa de suficiencia, como si fuera el dueño de la situación. Ella lo miró con ira contenida. «No hables de eso», dijo, pero sus ojos mostraban una mezcla de vergüenza y miedo. «Además, es muy diferente hacerlo con uno que hacerlo con varios…» dijo mi madre.
Me encontraba aún más confundido, me di la vuelta y me fui a mi habitación, dejándolos ahí a medio descubrir. Solo había una forma de saber qué era aquello. Ese día tendría que quedarme en casa, a pesar de que no soportaba a los amigos ebrios de mi hermano y el caos que provocaban.
Cuando llegó el viernes, apenas escuché las voces y el ruido de los amigos de mi hermano, fui a mi habitación y me quedé ahí, vigilando, esperando el momento adecuado para salir y ver a mi madre.
Más tarde baje y la vi en la cocina, Llevaba un vestido rosa, y un mandil, se encontraba preparando bocadillos para los visitantes. Al verme, me acerqué a ella con una mezcla de frustración y curiosidad.
«¿Cómo puedes prepararle bocadillos a ellos? Deberías estar descansando», le dije, observando cómo servía a los hombres que mi hermano había traído.
«No es para tanto», respondió ella, sonriendo con un cansancio que no lograba ocultar. «En cuanto termine aquí, me iré a descansar».
Luego, me miró fijamente y me preguntó: «¿Pasarás la noche con tu amigo? ¿Cómo es tu costumbre cuando llegan los amigos de tu hermano?».
Le mentí, diciéndole que sí, que me quedaría con mi amigo, pero que más tarde me marcharía, luego me alejé de la cocina dirigiéndome a mi habitación, sin dejar de asomarme constantemente.
Cuando anocheció, fingí que me iba. En realidad, salí para hacer tiempo, luego me fui a cenar en un puesto callejero y caminé por un centro comercial hasta que empezaron a cerrar. Pensé que ya era suficiente y me regresé a casa. seguía escuchando música baja desde la calle. Entré con cuidado, ya todo estaba apagado. Subí a la habitación de Arturo y mi Madre y estaba abierta; solo vi a mi padrasto profundamente dormido, roncando. «¿Dónde están?» pensé. De repente escuché el ruido de unas latas al caer. Me asomé a la cocina y vi a dos amigos de mi hermano sacando cervezas del refrigerador. Los esperé. Se dirigieron al sótano. Traté de seguirlos, pero cuando cerraron la puerta, pusieron el seguro por dentro. Al no tener las llaves, no podía entrar. Recuerde las ventanas del sótano, justo tras un arbusto, y fui ahí. Con algo de dificultad, pude asomarme hacia adentro.
Bajé la vista para ajustarme a la ventana y asomarme con cuidado. La iluminación en el sótano era tenue, un solo foco colgando del techo que proyectaba sombras largas sobre las paredes de ladrillo. Al principio no vi a nadie, solo vi las cajas de cerveza apiladas en una esquina. Luego escuché una risa suave y conocida. Desde el fondo de la estancia, vi a Ricardo sentado en un viejo sofá, con los ojos fijos en el centro de la habitación. Frente a él, sobre una cama con un colchón viejo, estaba mi madre.
Ella llevaba puesto solo el vestido rosa que había puesto por la tarde, y el mandil ya estaba en el suelo. Sus piernas estaban abiertas, una de ellas apoyada en la cama, mientras los amigos de Ricardo se acercaban a ellas. Comenzaron a manosearla por todos lados, mientras uno desabotonaba su vestido. Mi madre cerró los ojos y apartó la mirada de ellos, mientras tocaba su estómago como protegiendo que ellos lo tocaran.
De inmediato le quitaron el vestido, dejándola en su ropa interior. Sin dejar de manosear, avanzaron más a sus partes íntimas. No pasó mucho cuando su brasier salió volando, dejando a la vista sus senos. Eran enormes, hinchados y pesados, con las venas marcadas en un tono púrpura, y los pezones oscuros y endurecidos, ya comenzando a mancharse con el líquido que brotaba de ellos ante los apretones. Cuando los apretaron, las gotas de leche se escaparon, dejando visibles las manchas húmedas en sus pezones. Mi madre, con incomodidad, gritó: «Dejen mis pezones, los tengo bastante sensibles, inútiles», pero ellos siguieron sin importarles, mientras mi hermano seguía mirando con fascinación.
En seguida, comenzaron a chupar sus pezones; un tipo en cada uno de sus senos. Ella parecía que le incomodaba, pero ellos succionaban con fuerza, dejando ver cómo la leche materna escurría de sus bocas y se mezclaba con su saliva, mientras otros le acariciaban el trasero a mi madre, apretándolo y dándole de nalgadas. No tardó uno de los amigos de mi hermano en empezar a besarla y escupirle en la boca, una mezcla de saliva que ella tragaba a fuerza mientras sus ojos se abrían y cerraban.
La pusieron en 4 patas sobre la vieja cama, exponiendo su culo y vagina abiertos para seguir jugando con ella. Comenzaron a introducir sus dedos dentro de su vagina y su ano, desgarrándola suavemente mientras ella se quejaba y trataba de defenderse, pero se dejaba hacer de todo en sus partes íntimas, completamente a su merced. Mientras tanto, otro tipo, cansado de la espera, se acercó y sin avisar le metió su pene en la boca. Ella, de sorpresa, lo recibió entero, chupando hasta el fondo de su garganta. Intentó apartarse, tosiendo y luchando, pero el sujeto precionaba su cabeza contra su pene con fuerza, obligándola a tragar su saliva y semen. Cuando el tipo retiro su pene, mi madre comenzó a toser violentamente, su garganta roja y hinchada por el trago forzado, mientras retorcía las sábanas con las uñas.
Fue en ese preciso momento cuando ella recibió la primera penetración por parte de uno de los amigos de mi hermano. Él la penetró por la vagina con facilidad, entrando sin esfuerzo, y comenzó a moverse con movimientos rápidos y furiosos, llenándola completamente mientras todos los demás observaban cómo era fornicada. Poco después, otro se unió a la acción, colocándose frente a ella e introduciendo su pene en su boca una vez más. Ella, sin más opción, tuvo que chuparla a su propio ritmo, tragando profundamente su miembro. Mientras observaba la escena, me di cuenta de que mi hermano estaba con su pene fuera de sus pantalones, masturbándose con furia mientras veía a sus amigos follar a nuestra madre.
Con sus fuertes movimientos, los senos y el estómago de mi madre se movían bruscamente. Ella, con dificultad, tomó su estómago con una mano para proteger su embarazo mientras recibía las fuertes embestidas del amigo de mi hermano. Él, después de unos minutos, se vino dentro de ella diciendo en forma de burla: «No creo que importe, ya está embarazada». Se retiró de ella, dejando el espacio libre para que otro tomara su lugar.
Pero este nuevo amigo le ordenó que se recostara y abriera las piernas; ella lo hizo sin protestar. Incluso le pusieron una de las almohadas viejas detrás de su cintura para que estuviera más cómoda mientras la penetraban. Mi madre ponía sus manos como escudo frente a su vientre, protegiendo la vida que llevaba dentro a medida que el nuevo tipo la follaba de nuevo.
Uno por uno pasaron los amigos de mi hermano a follársela. Algunos se venían dentro de ella, otros en su boca y otros sobre su cuerpo. Así transcurrió hasta que vi que habían pasado todos. Pensé que había terminado, pero mi hermano se levantó y puso nuevamente a mi madre en 4 patas. Ella exaustada y ya adolorida obedeció y dejó que mi hermano la penetrara. Me llevé una sorpresa al ver que mi hermano estaba fornicando a nuestra madre. Él le daba duras embestidas y le dejaba las nalgas rojas de las nalgadas que le daba mientras la follaba.
A diferencia de los demás, mi hermano no solo se la follo por la vagina. En cuanto se aburrió de darle por ahí, sacó su miembro y se lo introdujo por el ano. Empezó empujando con fuerza, forzando la entrada hasta introducirlo por completo. Ella gritó, sus ojos se abrieron de golpe y sus manos se cerraron en la cama, gritando que era demasiado, pero pronto, con los movimientos rítmicos de él, los gritos se transformaron en gemidos ahogados. Mi hermano no se detuvo, siguió con un ritmo más lento pero profundo, sentiendo cómo su ano se abría para recibirle, permitiéndole poseerla de esa forma tan íntima y salvaje, mientras yo observaba cómo mi propia madre era dominada de esa manera tan visceral.
Mi hermano después de follarsela por un rato se corrió dentro de su ano, luego se aparto de ella ordenó a sus amigos que salieran y regresaran a la sala ellos se vistieron y obedecieron dejando a mi madre al último. Mi madre se agachó para tomar su vestido, dejándome ver su vagina llena de brillos por sus propios fluidos y el semen de los que se corrieron dentro de ella. Su ano, levemente dilatado, se veía rojo y hinchado. Se dirigió a la sala, y yo hice lo mismo, escondiéndome detrás de la puerta. Algunos de los amigos de mi hermano me vieron, pero pasaron de mí, ignorándome en la oscuridad.
Fue ahí que escuché a mi madre decirle a mi hermano: «No podemos volver a hacer esto, debemos cuidar a nuestro bebe». Mi hermano rió, burlándose de ella: «Dires tu bebe, yo siempre te dije que te cuidaras cuando follábamos». Me quedé en shock, entonces el bebe que espera mi madre es de mi hermano me dije a mi mismo, una certeza que me heló la sangre y me hizo dudar de todo lo que creía saber sobre mi familia.
A partir de ese momento, mi vida cambió por completo. Ya no podía ver a mi madre con los mismos ojos, cada gesto que hacía me recordaba la escena en el sótano. No podía dejar de pensar en que mi hermano se la estaba follando, en cómo la usó como si fuera suya sin ningún tipo de remordimiento. No podía olvidar la imagen de él terminándola, expulsando su semen dentro de su ano después de que los demás se la hubieran llenado. Solo estaba pensando obsesivamente en lo que estarían haciendo ahora, cuando yo no estaba en casa. ¿Se la está follando en este momento? pensaba mientras caminaba por la calle. Ahora tenía sentido todo, comprendía por qué mi madre no le dijo a mi padrasto con quién le fue infiel; no quería que se enterara de que su esposa y su hijastro mayor estaban teniendo sexo. Me preguntaba angustiado si mi padrasto sabía de esto, si estaría al tanto de la traición de su propia esposa y de los juegos de su hijo. Era un mar de pensamientos en mi cabeza, una tormenta que me impedía ver claro y que solo me traía más dudas y deseo.
Poco a poco me di cuenta de que mi deseo por ella se había convertido en una obsesión. Ya no podía verla solo como a mi madre; la veía como a una mujer sexualmente disponible, como lo había sido para mi hermano. Recordaba con lujuria cómo sus senos rebotaban cuando mi hermano y sus amigos se la follaron. No podía evitar que mi mano se bajara a mi pene cada vez que la veía moverse, recordando cómo se la follaban por todos lados. Comprendí que la deseaba, que quería poseerla como mi hermano la había poseído en el sótano.
Un día, al ver que mi madre se disponía a tomar un baño, vi mi oportunidad. Su embarazo ya estaba en su punto más alto, casi lista para dar a luz, lo que la hacía incómoda y lenta. Siempre caminaba con dificultad, sosteniéndose el vientre con una mano y quejándose de cómo le dolía la espalda. Al verla avanzar hacia el baño con toalla en mano, ofrecí mi ayuda. Entré al baño con ella y metí una silla para que se sentara a descansar un momento. Ella me agradeció y se sentó, todavía con toda su ropa puesta.
«Con eso es suficiente, hijo. Ya puedes salir», dijo ella, intentando sonar indiferente, Pero yo me negué. Le dije que quería ayudarla a desvestirse para que estuviera cómoda para el baño. Ella se puso roja, mirándome con confusión y vergüenza. «No hijo, no es necesario… no te preocupes», me respondió, bajando la mirada y tratando de cubrirse un poco más con las manos.
«No pasa nada mamá, solo quiero ayudarte,» respondí. En ese momento, solo llevaba una bata de dormir. Así que comencé a desabrocharla mientras mi madre seguía intentando cubrirse. Retiré sus manos y le bajé la bata por los hombros, sacándola por completo. Se quedó delante de mí, totalmente desnuda. El vello de su entrepierna ya había crecido más que aquella vez que la vi. Mi pene se puso duro inmediatamente; deje de poner atención a lo que mi madre me decía, estaba totalmente fascinado con su cuerpo.
Tomé el jabón y, abriendo un poco la regadera, lo pasé por su cuello y hombros. Luego tomé cada uno de sus brazos y los enjabone. Ella estaba roja totalmente de la cara, pero me dejó enjabonarla. Cuando pasé el jabón por sus senos, no perdí la oportunidad y los apreté un poco. «Hijo, no los presiones,» dijo ella, pero no hice caso. «Esto no está bien,» dijo ella, pero seguí.
Bajé por su abdomen y luego volví a subir a sus senos para pasar a su espalda. La ayudé a levantarse para enjabonar su trasero. Ella ya no me decía que me detuviera. Le pedí que abriera un poco las piernas y ella lo hizo. Pasé el jabón entre sus nalgas mientras enjabonaba su trasero, incluso pasando por encima de su vagina. Ella dio un ligero brinco al sentir mi mano en su intimidad. «Hijo, yo me lavo ahí,» dijo, más avergonzada. Me quitó el jabón y se empezó a lavar su vagina. Luego se lo devolvió y se sentó nuevamente en la silla, levantando levemente una pierna. «Ayúdame con las piernas y mis pies, hijo. No alcanzó muy bien con esta panza,» dijo ella.
Me puse de frente a ella mientras enjabonaba sus pies, pero no dejaba de mirar hacia su vagina. Ella se dio cuenta y dijo: «Hijo, deja de verme ahí y termina de lavar mis piernas», cosa que hice.
Luego abrí más la regadera y nuevamente pasé mis manos sobre su cuerpo enjuagando el jabón de su piel, solo que ella se me anticipó enjuagando sus senos y vagina. Cuando terminamos, la ayude a secarse sintiendo nuevamente sus curvas a través de la toalla.
«Hijo, te puedo hacer una pregunta,» dijo ella.
«Si mamá, dime,» respondí.
«Tu hermano te ha dicho cosas raras de mí,» preguntó.
«No mamá, no ha dicho nada. ¿Por qué preguntas?» pregunté.
Ella me miró pensativa: «Por tu comportamiento… nunca habías hecho esto de entrar al baño y solo usarlo como pretexto para tocarme».
«Me quede helado por sus palabras. Solo te quería ayudar,» dije.
«No creo que solo haya sido eso hijo,» dijo. «Pero no olvides que soy tu madre. Por esta ocasión lo dejaremos así,» me dijo. Sería… pero no molesta.
Luego me pidió que la ayudara a ir a su habitación. Ella entró y cerró la puerta detrás de ella.
Al pasar unos días, la labor de parto comenzó y finalmente mi madre dio a luz un niño. Mi padrasto estuvo con ella hasta que regresaron a casa con el nuevo integrante de la familia. «Ven a ver a tu hermano», me dijo mi madre desde la puerta de la habitación. Pero yo no sabía si en realidad debía decirle hermano o si debía decirle sobrino. Solo me acerqué tímidamente.
Los días pasaron, y mi hermano Ricardo le dio igual su hijo. Nunca lo vi preocupado por él, estaba más entretenido en pasar tiempo con sus amigos, saliendo por la noche y volviendo tarde. Un día, escuché una fuerte discusión entre ellos desde la cocina. Mi madre discutía con él. «Es tu hijo, mínimo ve a comprarle los pañales», le decía con voz quebrada, «No te pido más, ten el dinero». Pero mi hermano no le recibió el dinero, se dio vuelta y se retiró, diciendo: «Eso pasa por no cuidarte como se debe. Ahora hazte cargo de él». Y salió de casa. Podía ver la frustración y la tristeza en los ojos de mi madre. ¿Cómo es que se deja follar por él sabiendo como la trata?, pensé con rabia.
Ese día, ofrecí ir yo a comprar lo que hacía falta. Cuando regresé, mi madre estaba en la habitación, dándole pecho al bebé. Me quedé en la puerta, admirando sus senos, que eran enormes y llenos de leche, moviéndose suavemente mientras amamantaba. Ella se dio cuenta de mi presencia y siguió amamantando al hijo de Ricardo, sin dejar de verme.
«Hijo, ‘son solo senos’, deja de verme así», dijo mi madre, intentando poner atención en la lactancia.
Armando de valor, le respondí: «Son hermosos, mamá».
Ella se sorprendió por mi honestidad y mi mirada llena de lujuria, pero solo me dijo: «Sal de la habitación».
Esa misma tarde, mi madre estaba en la cocina al verme y me dijo: «Oye hijo, ven necesito hablar contigo». Me acerqué y pregunté: «¿Qué pasa, mamá?».
«No soy tonta y sé cómo me miras. Ya dime que tanto te ha dicho tu hermano de mi», me respondió.
«No entiendo a qué te refieres», respondí.
«Si me dices la verdad podemos hablarlo», me dijo ella. «No se cuantas ideas te ha metido tu hermano, pero por eso necesito que me digas», insistía mi mamá diciendo.
«Te juro que no me ha dicho nada», respondí.
«Entonces, por qué me ves con deseo hijo, ¿porque aquella vez en el baño me tocaste?» preguntó.
Me quede callado, no sabia si decirle que la vi follando con mi hermano y sus amigos.
Me quedé callado, sin saber qué decir. No era capaz de articular palabra, mis pulmones se habían quedado sin aire. Sus ojos me escrutaban, buscando la verdad que yo escondía detrás de mi cortina de silencio. Sabía que si le confesaba que la vi follando con mi hermano, el equilibrio de la familia se rompería, y no quería que ella sufriera más de lo que ya sufría con Ricardo. Pero su mirada era tan intensa, tan penetrante, que sentía que no podía seguir mintiéndole.
Ella dio un paso más adelante, invadiendo mi espacio personal, y el aroma de su piel me invadió. «Mientes,» dijo ella, su voz bajando un tono, haciéndose más profunda y confiada. «Te veo, Edgar. Veo cómo me miras, veo la lujuria en tus ojos cuando te asomas en la cocina. Esa vez en el baño no fue solo un accidente, de eso estoy segura.
Sabía que si admitía que la vi follando con Ricardo, ella se iba a enojar, o quizás se sintiera humillada, pero también… ¿quizás aliviada? No lo sabía. Me quedé mirando sus labios, deseando besarla, deseando decirle la verdad.
«Mi hermano, no me dijo nada. Yo los vi en el sótano, vi cómo tenías relaciones con sus amigos y con él». Al oír esto, ella se dio la vuelta y se pegó contra la pared, con una cara de terror. «¿Cómo es posible? Tú te habías ido con tu amigo esa noche», preguntó.
Lo primero que se me ocurrió al ver su reacción fue abrazarla. «Descuida mamá, tu secreto está a salvo conmigo, pero no voy a negar que a partir de ese día te veo con otros ojos».
En cuanto dije eso, ella se apartó. «Eso no puede ser hijo. No cometeré el mismo error que cometí con tu hermano». A pesar de escuchar lo que dijo, me acerqué a ella. Ella daba pasos hacia atrás para alejarse hasta chocar con la pared. Solo le di un beso en la mejilla y la volví a abrazar. «Yo no soy mi hermano, y me cuesta pensar cómo te entregaste a él», cuando vi que se calmó un poco acaricie su cabello, sus mejillas no me parte de ella, hasta que le hice la proposición de que quería tener una relación de pareja con ella, ella se negó varias veces pero no se apartaba de mi.
Luego, la besé en la boca. Ella no me respondió al primer beso. Lo volví a intentar, pero esta vez besando su cuello mientras mis manos bajaban por su espalda, mientras intentaba besarla nuevamente, al final nuestras bocas se encontraran en un beso que esta vez sí fue correspondido. Luego mi madre se apartó. «Espera hijo, no podemos llegar a más. No es porque no quiera, pero acabo de dar a luz. Esperemos unas semanas y…», se quedó callada.
«Está bien mamá, esperaré», le dije, luego la solté. Pasaron los días y las semanas. Mi madre se volvió muy cariñosa en ese tiempo, aunque rara vez nos besábamos, era algo que disfrutaba mucho, hasta que un día llegó de su revisión posparto. Mi hermano estaba dormido ya que un día antes se había ido a tomar a una fiesta. Mi padrastro no estaba.
Ella se acercó a mí y me dijo: «Ya podemos. ¿Aún quieres hacerlo?». Me acerqué y la besé, y ella sonrió diciendo: «Lo tomaré como un sí. Te espero en mi habitación».
Yo subí de inmediato, nervioso. Me di un baño rápido y tomé una caja de condones que había comprado unos días antes. Me dirigí a la habitación de mi madre, solo en calzoncillos. Al entrar, ella estaba sentada en la cama, totalmente desnuda. Me acerqué a ella y de inmediato nos besamos.
«Qué diferente eres tú y tu hermano», dijo. «Él es más brusco y tú más romántico».
Me quito los calzoncillos. Me miró a los ojos y dijo: «Estás seguro de esto. Las cosas no volverán a ser iguales entre nosotros». Le dije que sí, que estaba muy seguro de que la deseaba tanto.
En eso, ella se inclinó hacia adelante, su mano acariciando la base de mi miembro mientras su boca abría paso hacia la punta. Sentí su lengua lamiendo el glande con suavidad, luego bajando por el tronco, tomando todo en su boca con una succión caliente y húmeda que me dejó temblando de placer. Sus labios rozaban mi piel mientras mi pene vibraba en su boca, una sensación única y eléctrica que me hacía gemir con fuerza.
Cuando mi pene ya estaba totalmente erecto, duro y vibrante, ella me tomó la caja de condones. Tomó la tira, sacó uno lo abrió con sus dientes y se lo puso en la boca, abriendo sus labios para deslizarlo sobre mi miembro y comenzó a ponermelo usando su boca, chupando con devoción hasta asegurarse de que estuviera bien puesto.
Luego, ella se incorporó y se dejó caer suavemente sobre la cama, abriendo las piernas con esa invitación desafiante y deseada. «Ven hijo, ponte encima de mí», me ordenó. Yo lo hice de inmediato, subiéndome sobre ella. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, entrelazando sus manos en mi nuca, y envolvió sus piernas fuertemente alrededor de mi cintura, apretándome hacia ella. Me comenzó a besar con pasión.
Fue entonces cuando sentí cómo ella tomó mi pene y lo dirigió hacia su vagina. «Ahora empujalo dentro», dijo mi madre. Y sentí cómo entraba a su vagina caliente.
Era una sensación inmersiva, una húmeda y suave pared de carne que se abrió instantáneamente para engullirme. El calor de su interior se fundió con el mío, envolviéndome completamente en una intimidad que me provocó un estremecimiento eléctrico por todo el cuerpo. Estaba apretada y caliente, una cuna perfecta donde se sentía mi virilidad enterrada hasta el fondo, llenando ese espacio que tanto había soñado conquistar.
Comencé a mover mis caderas con un ritmo constante y profundo contra ella, sintiendo el calor de su vagina mientras su lengua entraba en mi boca en cada beso. Nuestros cuerpos se unían y se separaban con una cadencia hipnótica, mientras los besos se volvían más salvajes, nuestras lenguas bailando en una lucha por la supremacía que solo servía para aumentar la excitación mutua.
«Dime amor, ¿es tu primera vez?» preguntó mi madre. Le respondí que sí. Dijo entre gemidos: «Qué feliz que mi niño perdió su virginidad conmigo. No te exijas mucho, solo disfrútalo», añadió ella mientras seguía fornicandola.
Me sentía como un niño en juguetería, con tantas ganas de hacer tantas cosas con mi madre en su cama y probar todo lo que tenía que ofrecer. Lo primero que pedí fue que se pusiera en 4 sobre la cama y ella accedió. Así que, el cachorrito de mamá quiere montar a su mamá por detrás, dijo ella sonriendo mientras se ponía en posición. Al ver su culo frente a mi, la acaricié y me atreví a darle una nalgada. Ella gritó levemente.
Así que a mi nene le gusta nalguear a mami, comentó ella. Entonces nalgueame cuanto quieras, me dijo mi mamá. Le di otra nalgada en la misma nalga y luego otra en la otra. No perdí más el tiempo y metí mi pene de nuevo en su vagina.
Era fascinante ver cómo mis bolas golpeaban contra ella con cada embestida, un sonido crudo y animalístico que llenaba el cuarto. El roce de nuestros cuerpos chocando con fuerza era fascinante, un ritmo hipnótico y salvaje que aumentaba de velocidad. Sus gemidos bajos y ahogados se mezclaban con mis suspiros, volviéndome loco de deseo. Sentí cómo su vagina se abría y cerraba en mi contra, atrapándome con fuerza, y sin control, empecé a ir más rápido, clavando mi miembro hasta el fondo con cada golpe, sintiendo la carne cálida y suave de mi madre envolverme por completo, llevándonos hacia la cima del placer.
Saqué mi pene de su vagina con un sonido húmedo, dejándola expuesta y brillante entre sus nalgas rosadas. De inmediato, me incliné hacia adelante, abriendo sus nalgas con mis manos para tener mejor acceso a su centro. Mi lengua exploró sus labios húmedos, saboreando su sabor salado y dulce de su vagina. Lamiendo con furia, pasé mi lengua por su entrada y su clítoris, provocando que ella soltara un gemido gutural y arqueara su espalda hacia atrás, presionando su culo contra mi rostro.
Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando de él para obligarme a seguir, mientras sus gemidos llenaban la habitación. «¡Sí, así, bebé! ¡Lameme más!», gimió ella, entregándose completamente a la sensación de mi boca sobre su intimidad, su cuerpo temblando con cada roce de mi lengua mientras yo exploraba cada rincón de su pasión.
Cuando menos lo esperaba, ella se levantó y me empujó hacia atrás hasta que quedé tumbado de espaldas sobre la cama, con las manos ocupadas para sostenerme. Ella se subió sobre mí, ocupando el espacio entre mis piernas, con su piel sudorosa rozando la mía. Tomó mi miembro erecto, guiándolo hacia su entrada húmeda y caliente. Lentamente, comenzó a descender, dejándose penetrar por completo, sintiendo cómo sus paredes musculosas se abrían para acogerme una vez más.
Una vez que se acomodó, comenzó a cabalgar sobre mí. Sus caderas se movieron con un ritmo hipnótico, subiendo y bajando, dejando que mi pene saliera casi por completo y luego volviera a sumergirse en lo profundo de su calor. Sus senos grandes y pesados se balanceaban con cada movimiento, y ella miraba fijamente a mis ojos, una mezcla de poder y pasión, guiando el ritmo de nuestra unión con sus propias manos en mis muslos. El sonido de su sexo chocando contra el mío llenaba la habitación, un susurro húmedo y excitante que se mezclaba con sus gemidos de placer mientras se entregaba a esta nueva posición, tomando el control del momento.
Sus movimientos se volvieron frenéticos, saltando sobre mí con una fuerza imparable. La cama rechinaba violentamente con cada golpe, y yo sentía que ella se dejaba caer sobre mi, aplastando mi cuerpo bajo su peso. Sin poder contenerme más, sentí la carga estallar dentro del condón, eyaculando con tal fuerza que se llenó por completo. Ella notó la contracción interna, y se detuvo, quedándose quieta solo para mover sus caderas en círculos lentos.
«¡Debemos calmarnos, estamos muy agitados!», dijo ella, apoyándose contra la cabecera del colchón, dejando caer unas gotas de sudor fresco de su frente y cabello sobre mi pecho. Eso fue muy rico, añadió ella admirando la escena.
Se levantó para dejar que mi pene saliera de ella, resbaladizo y brillante. Sacó el condón lleno. Luego, frente a mí, inclinó la cabeza y bebió el semen que había dentro. «Mmm que rico sabes hijo», dijo, cerrando los ojos para saborear la mezcla, sonrojada de placer. Se acostó a mi lado, sus senos presionados contra mi brazo, y comenzó a pasar su lengua desde mi estómago hasta mi boca, bajando hacia mi ombligo y subiendo de nuevo para besarme, intercambiando sabores y aliento, en un momento de pasión absoluta y ternura.
Nos terminamos bañando juntos después de recuperar el aliento. Por la noche cenamos todos: mi hermano, mi padrasto, yo y mi mamá. La cena fue tranquila, pero yo ya tenía ansias de volver a estar con ella en la cama. Cuando nos fuimos a dormir, dejé pasar las horas. Mi deseo me llevó a salir en busca de mi madre. Fui a su habitación, pero estaba vacía; solo mi padrasto roncaba como siempre en su cama, atrapado en su sueño profundo.
«¿Dónde estará?», pregunté para mí mismo, y enseguida entendí la situación. Fui al mismo lugar donde espié a mi madre la primera vez que la descubrí follando con los amigos y mi hermano. Al ver hacia adentro, como pensaba, estaba en el sótano. Mi hermano la estaba follando duro y sin piedad, jalándole el cabello mientras ella gritaba de placer. Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de celos recorriendo mi cuerpo. Pero me calmé, sabiendo que esto es ahora parte de la relación que tengo con mi madre. Ella antes de ser mía, seguía siendo de mi hermano. Con el tiempo, me acostumbre a saber que ella era de los dos,. No fue hasta que mi hermano decidió dejar la casa para irse con una chica que conoció. A partir de ese día, ya no hubo más preocupaciones. Mi madre solo era mía.


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