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Incestos en Familia

El hombre inevitable

El diagnóstico llegó un martes. Cuando el médico pronunció “terminal”, Clara escuchó “complicado”. Cuando dijo “irreversible”, entendió “difícil, pero no imposible”. Lucía, en cambio, sí escuchó bien. .

Tenía dieciséis años y una serenidad impropia de su edad, pero no siempre había sido así. Antes de la enfermedad, Lucía era ruido: reía fuerte.

Desde la camilla, tomó la mano de su madre con una firmeza inesperada.

—Mamá —susurró—, está bien.

Clara negó con la cabeza.

No estaba bien. No podía estarlo.

Las semanas siguientes se llenaron de papeles, llamadas, foros en internet a las tres de la mañana y frascos con nombres impronunciables. Clara convirtió la sala en una extensión del hospital: horarios pegados en la nevera, alarmas en el teléfono, carpetas clasificadas por colores. La palabra “terminal” quedó prohibida en la casa. También “despedida”. Y, sobre todo, “aceptar”.

Lucía observaba en silencio. A veces sonreía con ternura; otras, miraba por la ventana como si esperara algo. Pero no esperaba la muerte: esperaba días buenos.

Había empezado una lista en un cuaderno azul:

  1. Ver el amanecer desde el techo.
  2. Comer mango con sal y limón hasta que se me entumen los labios.
  3. Terminar el libro que dejé a la mitad.
  4. Oír reír a mamá.

No se lo había dicho a Clara. Sabía que su madre aún estaba luchando contra un enemigo invisible. Lucía, en cambio, estaba aprendiendo a elegir batallas distintas: quería energía para conversaciones largas, no para quimioterapias que la dejaban sin fuerzas.

Clara organizaba medicamentos en la mesa cuando sintió una ráfaga de aire frío y seco, como el que sale de una cripta. Era una ausencia de calor que se le pegó a la piel, levantando los vellos de sus brazos. Escuchó un golpe suave contra el vidrio.

Era un hombre grande, de pelo oscuro. Sus ojos eran negros. No tocaba la puerta. No parecía tener prisa. Solo esperaba.

Lucía levantó la mirada primero.

Junto a la ventana estaba un hombre que Clara no había visto antes. Tendría unos cuarenta y cinco años. Alto, de hombros anchos, el cabello oscuro ligeramente encanecido en las sienes. Vestía de manera sencilla: pantalón negro, camisa gris sin arrugas. Sus ojos eran negros.

No tocaba la puerta.

No parecía tener prisa.

Solo esperaba.

—¿Sí? —preguntó Clara, acercándose con el ceño fruncido.

El hombre no respondió de inmediato. Miró primero a Lucía y luego sostuvo la mirada de Clara. No había ninguna amenaza en su expresión. Tampoco calidez. Había una serenidad imposible.

Clara sintió un escalofrío.

—Buenas tardes —dijo él al fin. Su voz era grave, clara, y extrañamente cercana, como si resonara más dentro del cuerpo que en el aire—. Disculpe la interrupción.

—¿Qué necesita? —preguntó Clara, instintivamente colocándose un poco delante de su hija.

El hombre la observó con una atención casi respetuosa.

Lucía dio un paso hacia la ventana, aunque su cuerpo se movía con lentitud.  Clara vio el vaho de su propia respiración condensarse en el aire, un testigo fantasmal del poder que estaba frente a ellas.

Ella sí lo entendió.

No necesitaba presentación formal. Algo en su presencia era inequívoco, como una palabra que uno reconoce aunque nadie la pronuncie.

—Todavía no —dijo Lucía en voz baja.

Clara la miró, confundida.

—¿Lo conoces?

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—Nos conoceremos mejor con el tiempo —respondió, sin apartar los ojos de Clara ahora.

Y fue entonces cuando Clara sintió, por primera vez desde el diagnóstico, una comprensión que no quería aceptar.

Era la visita que nadie nombra.

Clara apretó los labios.

Lucía apoyó la frente contra el vidrio.

—Tengo cosas pendientes —le dijo.

El hombre asintió.

—Lo sé.

Clara sintió que el aire regresaba a sus pulmones, aunque no sabía en qué momento lo había retenido.

—Entonces váyase —dijo, más súplica que orden.

El hombre no se movió.

—No he venido a llevármela hoy —repitió con calma—. He venido porque hay algo que ella necesita vivir… y sola no podrá hacerlo.

Clara sintió que el suelo se inclinaba.

—No necesitamos nada de usted.

—Mamá —susurró Lucía.

Había algo distinto en su voz. No resignación. Curiosidad.

El hombre la miró.

—Tu lista —dijo—. No está completa.

Lucía frunció el ceño.

—¿Por qué no?.

Él negó levemente.

—Lo que escribiste son momentos. Pero hay algo que estás evitando.

El silencio se volvió más denso que el aire.

Clara miró a su hija.

—¿Qué está evitando?

Lucía bajó la mirada.

En el cuaderno azul, entre “terminar el libro” y “oír reír a mamá”, había una línea en blanco. Una que había empezado muchas veces y siempre tachaba.

El hombre habló con suavidad:

—No quieres irte pensando que dejaste algo sin sentir.

Clara sintió un golpe seco en el pecho.

Lucía cerró los ojos. Con una mezcla de vergüenza y determinación, miró a su madre. Sus ojos reflejaban una madurez que no correspondía a sus dieciséis años. Clara, a pesar de su resistencia, sintió una punzada de curiosidad y preocupación.

—Mamá —susurró Lucía, su voz apenas audible—, hay algo que… que quiero experimentar. Algo que… —su voz vaciló, pero continuó con valentía— …que tiene que ver con el amor, con la intimidad. Con el sexo.

Clara sintió un nudo en la garganta. La palabra resonó en su mente, cargada de connotaciones y miedos. Negó con la cabeza, incapaz de procesar la idea.

—No —dijo Clara, su voz un cascabel roto—. No. No hay forma. Te protegeré de esto. Te protegeré de todo.

El hombre observaba su negación con una paciencia infinita, como un biólogo estudiando a un animal enjaulado.

—Clara —dijo, su voz suave pero cortante como el vidrio—. ¿De qué la estás protegiendo? ¿Del dolor? El dolor ya la tiene. ¿Del final? El final está garantizado. La estás protegiendo de vivir. La estás protegiendo de la única cosa que le queda: la elección.

—¡Ella no sabe lo que pide! ¡Tiene dieciséis años! —gritó Clara, aferrándose a la lógica como un clavo ardiendo.

—Y tú, ¿sabes lo que le pides? —replicó el hombre, dando un paso que llenó la habitación de sombras—. Le pides que pase sus últimas semanas en una cama, oliendo a hospital, ahogándose en su propio moco. Le pides que se desintegre lentamente, que pierda el control de su cuerpo, que se convierta en un recuerdo borroso de sí misma antes de que yo llegue a recoger los restos. Eso es lo que tú quieres, Clara. Una muerte limpia y ordenada que tú puedas controlar. Pero no es su muerte. Es la tuya.

Las palabras golpearon a Clara con más fuerza que cualquier puño. Se dio cuenta de que su lucha no era por la vida de Lucía, sino contra su propia impotencia. Su negación a aceptar el diagnóstico era una negación a perder el control.

El hombre se acercó más, su voz bajando a un susurro conspirativo.

—Yo le ofrezco un final. Un momento de éxtasis tan absoluto que borrará todo lo que vino antes. Un instante de poder sobre su propio cuerpo, sobre la vida misma. No seré yo quien la tome, Clara. Será ella quien se entregue. Y en esa entrega, será libre. Por primera vez, será libre de ti, de la enfermedad, del miedo.

Clara miró a su hija. Vio la serenidad en los ojos de Lucía, una calma que nunca había entendido hasta ahora. No era la resignación de una víctima. Era la certeza de alguien que ha visto más allá del velo.

Y entonces, la revelación golpeó a Clara, fría y terrible. Si Lucía iba a morir, prefería que muriera en una explosión de vida que en una lenta agonía. Prefería que su último recuerdo fuera un orgasmo y no la cara de un médico. Prefería que su cuerpo se rompiera por el placer antes de que se desmoronara por la enfermedad. Era una elección egoísta, una forma de aliviar su propio dolor futuro viendo a su hija «triunfar» sobre la muerte.

Su consentimiento no sería un regalo para Lucía. Sería su último acto de maternidad retorcida: elegir el veneno que creía que la salvaría del sufrimiento.

Con lágrimas silenciosas, Clara asintió. Su voz, cuando salió, era firme y clara, libre de la vacilación.

Lucía, con una sonrisa que iluminó la habitación, abrazó a su madre.

—Gracias, mamá —susurró Lucía, con una voz que era un eco de gratitud y amor. Luego, con una mezcla de vergüenza y determinación, y sin soltar a su madre continuó:

—No conozco a nadie — su voz apenas un susurro—. No sé a quién pedirle esto.

El hombre, que había observado la escena con una serenidad imperturbable, dio un paso adelante, traspasando la ventana. Su presencia, imponente y misteriosa, llenaba el espacio con una energía que era a la vez reconfortante y aterradora. Asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Sus ojos, negros como la noche, brillaron con una comprensión que iba más allá de las palabras.

—Para eso estoy aquí, Lucía. He venido a ofrecerte mi presencia, mi guía, en este momento crucial de tu vida.

Clara, que había estado observando en silencio, tembló de anticipación. La incredulidad y la negación se apoderaron de ella, formando un nudo en su garganta.

—¿Qué? —exclamó, su voz aguda y desesperada—. ¿Tú? ¿Tan grande, tan adulto? ¿La… ¿la muerte misma? Esto es una locura. No puedo permitirlo.

El hombre, con una calma que parecía inmutable, se acercó a Clara. Su altura, su presencia, todo parecía abrumador. Pero en sus ojos, Clara encontró una pizca de compasión, una chispa de entendimiento.

—Clara —dijo, su voz suave pero firme—, entiendo tu miedo. Pero debes confiar en mí. Lucía necesita esto. Necesita sentir, necesita vivir. Y yo estoy aquí para guiarla, para asegurarme de que esta experiencia sea significativa para ella.

Clara, con lágrimas en los ojos, negó con la cabeza. La idea de su hija con este hombre, con la muerte misma, le parecía una pesadilla de la que deseaba despertar. Pero la serenidad en los ojos de Lucía, la determinación en su voz, la hicieron dudar.

—Lucía —dijo, su voz temblando—, ¿estás segura? ¿Realmente deseas esto?

Lucía asintió, con una firmeza que sorprendió incluso a su madre.

—Sí, mamá. Quiero sentir. Quiero vivir. Y él me está dando esta oportunidad.

El hombre, con una inclinación de cabeza, señaló hacia la habitación al final del corredor.

—Allí —dijo, su voz un susurro que resonaba en el silencio—. En ese lugar, Lucía. Y tú, Clara, debes estar presente. Debes apoyarla, guiarla. Este es un momento de unión, de amor y comprensión.

Clara, con el corazón latiendo con fuerza, miró a su hija. En los ojos de Lucía, encontró una determinación que la hizo asentir, a pesar de sus miedos, a pesar de la incredulidad.

—Está bien —dijo, su voz apenas un susurro—. Estaré contigo, Lucía. En cada paso, en cada momento.

El aire en la habitación se sentía denso, cargado de anticipación. El hombre, con su presencia imponente, guió a Lucía y Clara hacia el centro, donde la cama amplia y acogedora donde Clara solía dormir estaba.

—Lucía, este es un momento de descubrimiento. Debes desnudarte, entregarte a la experiencia.

Fue Clara quien tuvo que ejecutar el acto. Sus manos, temblorosas y traicioneras, desabrocharon la delgada camisa de su hija. Cada contacto de sus dedos con la piel pálida de Lucía era una traición. Lucía no la miraba, pero sentía el calor de las lágrimas de su madre caer sobre sus hombros.

—Mamá… —susurró Lucía, no como una pregunta, sino como una confirmación.

—Sí, mi amor. Estoy aquí —respondió Clara, su voz un hilo roto.

El hombre observaba, un consumidor de su desesperación. —No solo la desvistas, Clara. Siéntela. Memoriza cada centímetro de la piel que estás entregando.

Lucía, con una mezcla de nerviosismo y anticipación, permitió que su madre la desvistiera. Su cuerpo, delgado y pálido, se reveló lentamente. Sus pechos, pequeños y firmes, se elevaban con cada respiración, sus pezones rosados y sensibles, erguidos por el frío y la expectativa. Su vientre, ligeramente redondeado, era un mapa de vulnerabilidad y fuerza.

Clara cerró los ojos mientras sus manos deslizaban el pantalón de Lucía por sus caderas. Sintió la textura de la piel, la ligera curva de sus caderas que nunca llegaron a desarrollarse del todo. Era un acto de intimidad pervertido en un ritual de sacrificio. Ella no estaba desvistiendo a su hija; la estaba preparando para el altar. Y entre sus piernas, su vagina, cubierta por un vello oscuro y descuidado, era un portal hacia lo desconocido, una promesa de placer y descubrimiento.

La muerte, con una calma que parecía eterna, observaba cada movimiento.

—Lucía, cada parte de ti merece ser explorada. Clara, tu hija es hermosa, en su fragilidad y su fuerza.

Clara, con lágrimas en los ojos, asintió. La visión de su hija, desnuda y vulnerable, era a la vez dolorosa y hermosa. La fragilidad de Lucía, su cuerpo delgado y pálido, le recordaba constantemente la fragilidad de la vida. Pero también veía la determinación en sus ojos, la valentía en su corazón.

Lucía, con una mezcla de miedo y deseo, se entregaba a la experiencia. Su cuerpo, débil y cansado, temblaba ligeramente. Sus pechos, sensibles al más mínimo roce, se erizaban con cada movimiento. Y entre sus piernas, su vagina, había comenzado a humedecerse solo con la expectativa, palpitaba con un deseo que nunca había sentido. Lucía, con una valentía que nacía de la desesperación y el anhelo, se preparó para entregarse a esta experiencia, para sentir, para vivir, para explorar cada rincón de su ser, guiada por la presencia imponente y sabia de la muerte.

El hombre no se movió para desvestirse. Simplemente, la tela de su ropa se disolvió en sombras, revelando un cuerpo que no parecía hecho de músculo, sino de materia oscura y compacta. Su verga no era simplemente grande; parecía una escultura de obsidiana, viva y palpitante, con vetas que brillaban con una luz pálida y fría, como estrellas lejanas.

Se acercó a Lucía, pero no la tocó. Extendió una mano sobre su cuerpo tembloroso, a centímetros de su piel. Lucía contuvo la respiración, no por miedo, sino porque el aire mismo se había vuelto denso, pesado. Sintió un frío intenso recorrer su espina dorsal, un frío que no era temperatura, sino la esencia misma del fin.

—Mírame —ordenó. No fue un grito, fue una resonancia directa en la mente de Lucía. Ella obedeció, sus ojos encontrando los abismos negros de los de él.

—Tu cuerpo es un préstamo —continuó, su voz un susurro que parecía arrancar pedazos de la realidad—. Un frágil recipiente de agua y tiempo. Ahora, te enseñaré lo que siente el recipiente cuando es llenado hasta romperse por el océano.

Mientras hablaba, Clara, que estaba al lado de la cama, sintió un peso aplastante en su pecho. Se ahogaba. Miró hacia la ventana y vio que el mundo exterior se había detenido. Las hojas de los árboles estaban inmóviles en el aire. Un pájaro permanecía congelado a mitad del vuelo. El tiempo mismo se había postrado ante él.

El hombre finalmente tocó a Lucía. Sus dedos no eran calientes ni fríos, sino de una neutralidad imposible, como el mármol pulido. Pero la textura era lo inquietante. Clara, observando desde la distancia, pudo ver que la piel del hombre no era lisa. Era sutilmente áspera, como la superficie de una piedra de río erosionada durante milenios. Un solo dedo en su clítoris. Lucía no gritó. Un orgasmo violento e instantáneo la sacudió, una convulsión seca y poderosa que la dejó jadeando, sin un solo sonido de placer. No había sido estimulación; había sido una orden. Su cuerpo había obedecido.

—Ves —dijo la Muerte, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Tu placer no te pertenece. Es mío. Tu dolor es mío. Cada latido de tu corazón a partir de ahora late con mi permiso.

Luego se dirigió a Clara sin apartar la mirada de Lucía.

—Y tú, madre. Tú sentirás cada cosa que ella siente. No como empatía. Como una marca. Cada centímetro de piel que yo toque en ella arderá en la tuya. Cada lágrima que derrame saldrá de tus ojos.

Clara abrió la boca para protestar, pero solo un sollozo ahogado escapó. Sintió una punzada aguda y fantasma en su propio pecho, exactamente donde el hombre acababa de posar su mano sobre el seno de su hija. El dominio no era solo sobre Lucía; era sobre la realidad de ambas.

Lucía, con una mezcla de miedo y excitación, se arrodilló frente a él, su cuerpo delgado y pálido contrastando con la robustez del hombre. Sus manos, temblorosas, se posaron sobre los muslos fuertes y definidos de él, mientras su mirada se dirigía hacia su verga, en erección, una obra de arte intimidante. No era grotescamente grande, sino perfectamente formada y desproporcionada para un hombre mortal. Tenía una longitud y grosor que llenaban la visión, una pieza de carne oscura y surcada de venas prominentes que parecían latir con un pulso propio

Cuando se posicionó para penetrar la boca a Lucía, no hubo necesidad de que Clara la sujetara. Lucía estaba inmóvil, no por miedo, sino porque su voluntad había sido extinguida. Era un altar vivo, esperando el sacrificio. La Muerte no la forzó. Simplemente se unió a ella, y el universo de Lucía se contrajo hasta ser solo ese punto de unión imposible y absoluto.

La muerte, con una paciencia eterna, guió la verga hacía su interior, sus manos grandes y suaves sosteniéndola con firmeza pero gentileza.

Lucía, con una mezcla de timidez y curiosidad, sientio como sus labios se cuarteaban por el grosor del pene, sintiendo su calor y su firmeza. El hombre, con un control magistral, comenzó a mover su cadera suavemente, guiando la cabeza de Lucía en un movimiento rítmico, enseñándole a adaptarse a su tamaño y profundidad.

Lucía, con los ojos cerrados, permitió que su instinto tomara el control. Su lengua, húmeda y cálida, comenzó a explorar cada centímetro de la verga, lamiendo desde la base hasta la punta con una dedicación que reflejaba su deseo de aprender. Sus labios, estirados al máximo, se cerraron alrededor del glande, chupando con una desesperación que nacía de su anhelo por sentir y vivir.

El hombre, con una paciencia infinita, guió su cabeza con firmeza, moviéndola rítmicamente, enseñándole a recibir la polla hasta el fondo de su garganta. Lucía, a pesar de su inexperiencia, se adaptó rápidamente, su cuerpo respondiendo con una naturalidad que sorprendió a ambos. Sus mejillas, hincadas, se movían al compás de sus chupadas, creando un vacío que intensificaba cada sensación.

La saliva de Lucía, cubrió la verga, facilitando el movimiento. Sus manos, que antes temblaban, ahora se movían con una seguridad nacida de la confianza en sí misma y en la guía del hombre. Una de sus manos sostenía la base del pene, mientras la otra acariciaba suavemente los testículos, sintiendo su peso y textura.

El hombre, con un gemido profundo, permitió que Lucía explorara cada rincón de su ser. Su verga, ancha y venosa, palpitaba con un deseo contenido, mientras Lucía, con una valentía nacida de la desesperación y el anhelo, se entregaba completamente a la experiencia. Su cabeza, inclinada hacia atrás, permitía que la verga se deslizara más profundamente en su garganta, adaptándose a su tamaño con una facilidad que heló a su madre.

El hombre, con una sonrisa que era a la vez reconfortante y misteriosa, retiró su verga de la boca de Lucía, dejando un hilo de saliva que conectaba sus labios con la punta hinchada. Con un movimiento suave pero firme, comenzó a golpear suavemente la cara de Lucía con su miembro, dejando que la piel cálida y suave de su rostro sintiera cada venosa protuberancia y cada latido de su excitación. Lucía, con los ojos cerrados, permitió que cada golpe suave la preparara para lo que vendría, su respiración acelerándose con cada contacto.

—Lucía —murmuró el hombre, su voz un susurro que resonaba en su mente—, ahora es tu turno de recibir. Déjame mostrarte un placer que trasciende lo físico.

Lucía, con una mezcla de anticipación y nerviosismo, asintió, su cuerpo temblando ligeramente mientras se recostaba en la cama, sus piernas abiertas en una invitación silenciosa. El hombre se posicionó entre sus piernas, su cuerpo imponente contrastando con la fragilidad de Lucía. Sus ojos negros, profundos y misteriosos, se clavaron en los de ella, transmitiendo una promesa de éxtasis y descubrimiento.

Clara, con una mezcla de preocupación y apoyo, se acercó a la cama, sus manos acariciando suavemente el cabello de Lucía, susurrándole palabras de aliento y amor. Lucía, con una confianza renovada, se entregó completamente a la experiencia, su cuerpo relajándose bajo las caricias suaves de su madre.

El hombre, con una sonrisa que prometía placeres indescriptibles, bajó su cabeza hacia el sexo de Lucía. La lengua de la Muerte fue una contradicción sensorial. Era inmensamente caliente, como una brasa viva, pero húmeda y suave al mismo tiempo. La presión que ejercía sobre el clítoris y los labios de Lucía no era la de un músculo, sino la de un órgano vivo y poderoso, firme y adaptable. Lucía sintió cómo el calor se irradiaba desde su sexo hacia el resto de su cuerpo, una ola creciente que derretía el frío inicial de la enfermedad. Cada movimiento de la lengua era una combinación de una textura aterciopelada y una presión rítmica y abrumadora que la obligaba a sentir, a negarle a su cuerpo cualquier escape.

Su lengua, que se alargó y bifurcó de forma sobrenatural, comenzó a lamer simultáneamente su vagina y su ano, creando un remolino de sensaciones que dejaron a Lucía sin aliento. La lengua, húmeda y cálida, se movía con una precisión y habilidad sobrehumanas, explorando cada pliegue, cada rincón, cada centímetro de su ser.

Lucía, con un gemido que nacía de lo más profundo de su ser, se arqueó contra la lengua del hombre, sus caderas moviéndose con un ritmo primitivo y desesperado. La sensación de ser lamida en dos puntos tan sensibles a la vez la llevó a un estado de éxtasis que nunca había experimentado. Su vagina, húmeda y palpitante, se contraía con cada movimiento de la lengua, mientras su ano, relajado y receptivo, se abría a las caricias suaves y firmes.

Clara, observando con una mezcla de asombro y preocupación, continuó acariciando a Lucía, susurrándole al oído, guiándola a través de cada oleada de placer. Sus manos, suaves y reconfortantes, se movían por el cuerpo de Lucía, ayudándola a relajarse y a entregarse completamente a la experiencia.

—Respira, mi amor —susurró Clara, su voz temblando con una emoción contenida—. Déjate llevar. Estoy aquí contigo.

Lucía, con los ojos cerrados, asintió, su respiración acelerándose con cada caricia de la lengua del hombre. El placer, intenso y abrumador, la consumía por completo, llevándola a un lugar donde solo existían sensaciones y éxtasis.

El hombre, con una habilidad que trascendía lo humano, continuó lamiendo y penetrando con su lengua bifurcada, moviéndose con una sincronización perfecta que llevaba a Lucía al borde del orgasmo una y otra vez, sin permitirle caer, manteniéndola en un estado de éxtasis constante.

Lucía, con un grito ahogado, sintió cómo la lengua del hombre se adentraba más profundamente, penetrando su vagina con una intensidad que la dejó sin aliento. Cada movimiento, cada caricia, cada lamida, era una promesa de placer, una exploración de su ser que la llevaba a un estado de éxtasis indescriptible.

Clara, con lágrimas en los ojos, observaba cómo su hija se entregaba completamente, cómo su cuerpo se movía con un ritmo primigenio, cómo su respiración se volvía jadeos de placer. Con una voz temblorosa, continuó guiándola, susurrándole palabras de amor y apoyo.

—Déjate ir, Lucía —murmuró Clara, su voz un eco de amor y aceptación—. Estoy aquí. Siempre estaré aquí.

Y así, en ese momento de unión y descubrimiento, Lucía, guiada por la lengua sobrenatural del hombre y el amor incondicional de su madre, alcanzó un orgasmo intenso y devastador. Su cuerpo se convulsionó, sus músculos se tensaron, y un grito de éxtasis escapó de sus labios, resonando en la habitación, un testimonio de su entrega y su placer.

El hombre, se separó lentamente de la vagina de Lucía, dejando un rastro de saliva. La vagina de Lucía, chorreante y peluda, brillaba con una mezcla de sus fluidos y los restos de la saliva del hombre. Los labios de su sexo, hinchados y rojos, se abrían en una invitación silenciosa, revelando los pliegues húmedos y sensibles de su interior. El vello oscuro y descuidado que rodeaba su sexo se movía con cada respiración, un contraste erótico con la piel pálida y suave de su cuerpo.

Lucía, con los ojos cerrados y el cuerpo temblando, sus piernas abiertas en una oferta de vulnerabilidad y deseo. El hombre, con una imponente presencia, se posicionó encima de ella, su cuerpo musculoso y fuerte cubriendo el de Lucía completamente. Su verga, robsuta, se erguía orgullosa, lista para reclamar lo que le pertenecía.

—Lucía —murmuró el hombre, su voz grave y profunda—, Ahora serás mujer de verdad.

Lucía asintió, su respiración acelerándose con cada palabra. Clara, con lágrimas en los ojos, sostuvo la mano de su hija con una fuerza que reflejaba su apoyo incondicional. Sus dedos, temblorosos, se entrelazaron con los de Lucía, ofreciendo un ancla en medio de la tormenta de sensaciones que estaba por venir.

El hombre, con una firmeza que no admitía rechazo, alineó su verga con la entrada de Lucía, sintiendo cómo los pliegues húmedos y cálidos de su sexo lo envolvían. Con un movimiento lento pero inexorable, comenzó a penetrarla, su descomunal miembro abriéndose paso a través de la resistencia inicial de su himen.

El hombre no permitió que Clara se quedara al margen. —Acércate —ordenó—. Toma su mano. La otra ponla en su vientre. Quiero que sientas cómo me abro paso dentro de ella.

Clara obedeció, moviéndose como una autómata. Sin soltar los dedos de su hija que sudaba de pánico, la otra mano, la posó sobre el bajo vientre de Lucía. A través de la piel delgada y caliente, sintió una presión anormal, un bulto desplazándose hacia adentro. Cada vez que el hombre embestía, sentía el impacto reverberar en la palma de su mano.

—¿Sientes eso? —susurró el hombre a Clara, sin dejar de mirar a Lucía—. Es la vida siendo forzada a aceptar su fin. Es tu linaje siendo marcado por mí.

Un gemido escapó de Lucía. Clara sintió el aliento de su hija, pues su rostro estaba a solo centímetros. El gemido no era solo de Lucía; era un eco en el alma de Clara. En ese momento, la línea entre ellas se disolvió. El dolor de Lucía era suyo. La humillación de Lucía era suya. Y, de una forma monstruosa y retorcida, el éxtasis que empezaba a nacer en su hija también era suyo. Sintió los músculos del vientre de Lucía contraerse bajo su palma su propio orgasmo, y una onda de náusea y un placer oscuro y culpable recorrió su propio cuerpo.

Lucía, con un grito ahogado, sintió cómo el dolor inicial se mezclaba con una oleada de placer. Su cuerpo, tenso y tembloroso, se adaptaba a la invasión, sus músculos internos apretando la verga del hombre con una fuerza que lo sorprendió. La sangre, cálida y roja, fluyó de su himen roto, mezclándose con los fluidos de ambos, creando una lubricación que facilitaba cada movimiento.

El hombre, con una paciencia infinita, continuó penetrándola lentamente, permitiendo que Lucía se adaptara a su tamaño y profundidad. Cada centímetro que ganaba era un triunfo, una conquista que lo acercaba más a su éxtasis. Lucía, con los ojos llenos de lágrimas y deseo, se aferró a la mano de su madre, buscando consuelo y fuerza en su contacto.

—Respira, mi amor —susurró Clara, su voz temblando con una emoción contenida—. Estoy aquí contigo. Siempre.

Lucía, con un gemido de revelación, asintió, su cuerpo relajándose ligeramente con cada palabra de su madre. Fue como si su sistema nervioso… quemara su propio interruptor de dolor y fundiera ese circuito con el del placer.» Cada penetración profunda, la llevaba a un estado de éxtasis que nunca había conocido.

El hombre, con un control magistral, comenzó a mover sus caderas con un ritmo que era a la vez rudo y gentil. Su verga, ancha y venosa, llenaba completamente a Lucía, estirando sus paredes internas, creando una fricción que la llevaba nuevamente cerca al orgasmo. Lucía, con un grito de placer, se arqueó contra él, sus caderas moviéndose al compás de sus embestidas, buscando más, necesitando más.

Clara, sin dejar de llorar, observaba cómo su hija se entregaba completamente, cómo su cuerpo se movía con un ritmo primigenio, cómo su respiración se volvía jadeos de placer. Con una voz temblorosa, continuó guiándola, susurrándole palabras de amor y apoyo.

Lucía, guiada por la verga del hombre y el amor incondicional de su madre, alcanzó un orgasmo intenso y devastador. Su cuerpo se convulsionó, sus músculos se tensaron, y un grito de éxtasis escapó de sus labios, resonando en la habitación, un testimonio de su entrega y su placer. La verga del hombre, profundamente enterrada en su interior, palpitaba con su propio deseo, llevándola a un éxtasis que traspasaba lo físico, un éxtasis que era una promesa de vida y transformación.

El hombre, con una sonrisa que mezclaba el triunfo y una crueldad ancestral, retiró su verga del sexo de Lucía. Un hilo de sangre y fluidos brillaba uniendo sus cuerpos antes de romperse. Lucía no gritó cuando la volteó con fuerza sobre la cama. Su cuerpo, liviano y dócil, se movió como el de una muñeca de trapo, colocándose de cuatro patas con una naturalidad que aterrorizó a Clara.

No estaba desmayada. Estaba en otro lugar.

El orgasmo anterior no la había vaciado; la había roto. La había fracturado en mil pedazos y ahora, en ese estado post-éxtasis, su mente flotaba en una neblina dorada y dolorosa. La enfermedad, el dolor crónico, la debilidad constante… todo se había disuelto en ese clímax, dejando un vacío que la Muerte llenaba con su presencia abrumadora.

—Tú —dijo, su voz baja y autoritaria—. Tu saliva. Ahora.

Clara parpadeó, confundida. —¿Qué…?

—Moja tus dedos. Prepárala para mí. Quiero que sea tu mano la que la abra para mí.

La orden golpeó a Clara como un latigazo. La humillación era tan absoluta que su cuerpo reaccionó antes que su mente. Con lágrimas silenciosas corriendo por su rostro, llevó sus propios dedos a la boca y los mojó profusamente, el sonido húmedo resonando en el silencio de la habitación. Se sentía sucia, degradada, pero incapaz de desobedecer.

El hombre tomó la muñeca de Clara y guió su mano hacia el trasero de Lucía. —No temas. Tócala.

Con un temblor que la recorrió entera, Clara posó la yema de su dedo índice húmedo sobre el pequeño y cerrado anillo de su hija. Lucía sollozó, un sonido de sorpresa y vergüenza. Pero no se movió.

—Empuja —ordenó el hombre, su voz un susurro hipnótico directamente en la mente de Clara—. Siente cómo cede. Es tu sangre. Es tu carne. Abrela para mí.

Clara obedeció. El dedo entró con una resistencia inicial, una tensión muscular que luchaba contra la invasión. Pero la saliva y la presión persistente lograron su propósito. Sintió el anillo muscular ceder, abrirse, permitir su entrada. Era una sensación íntima y terrible, sentir el interior de su hija de esa manera. La movió suavemente, como el hombre le indicaba con una presión sutil en su muñeca, estirando, preparando el camino.

Luego, el hombre hizo algo peor. Liberó la mano de Clara y le ordenó: —Ahora usa la lengua. Limpia y abre. Enséñale a tu hija a ser entregada por ti.

Con un grito ahogado de desesperación, Clara bajó la cabeza. El olor era íntimo, el sabor a sal y a su propia hija. Con una sumisión que la quebró por dentro, comenzó a lamar el orificio que acababa de abrir con su dedo. Cada lamida era un acto de traición, una profanación del amor materno. Y Lucía, sintiendo el calor y la humedad de su madre, sintiendo cómo su cuerpo era preparado por la persona que más amaba, alcanzó un nuevo orgasmo, silencioso y devastador, provocado no por el dolor o el placer, sino por la absoluta ruptura de todos los tabúes.

Solo entonces, cuando el ano de Lucía estaba relajado, húmedo y marcado por la saliva de su madre, el hombre se posicionó detrás de ella. La preparación estaba completa. El sacrificio, consagrado.

—Sujétala —ordenó el hombre a Clara, su voz un trueno lejano para los oídos de Lucía.

Clara se acercó, sus manos temblando mientras posaba una en la nuca de su hija. La piel de Lucía ardía, pero no con fiebre. Ardía con vida, con una energía prestada, con el fuego de la consumación.

Lucía sintió la presión del glande contra su ano, un punto de resistencia firme y tembloroso. Pero en su neblina mental, la sensación era diferente. No era solo una invasión; era una marca, una posesión final. El dolor inicial no fue un grito, sino un silencio blanco y cegador en su cerebro. Su cuerpo se tensó, una convulsión eléctrica y violenta, pero no de rechazo. Era el shock de un sistema nervioso sobrecargado, redirigiendo cada señal de dolor.

Clara sintió la resistencia del ano de su hija. Era un anillo muscular tenso, cálido y vivo. Pero cuando el hombre entró, la sensación que Clara percibió fue de una presión inmensa y desproporcionada. No sentía solo un bulto; sentía una fuerza que ocupaba todo el espacio, una presión que parecía empujar contra las paredes del útero de Lucía desde adentro. Era una sensación de estar completamente llena, de que sus órganos internos se desplazaban para acomodar la presencia invasora, una presión profunda y abrumadora que era a la vez dolorosa y extrañamente completa.

La sangre que se mezcló con la lubricación no fue una señal de daño, sino un sello. Un bautismo.

Cuando el hombre comenzó a moverse, cada embestida brutal no la sacó de su trance. Al contrario, la hundió más profundamente. El ritmo violento se convirtió en el único latido que existía, la única realidad. El dolor agudo se transmutó en una calidez profunda y expansiva que se irradiaba desde su centro, una extraña y oscura forma de placer que solo se podía encontrar al borde del abismo.

Un gemido escapó de sus labios, pero no era un gemido de sufrimiento. Era el sonido de alguien que finalmente comprende. No estaba siendo violada; estaba siendo reclamada. Cada movimiento era una palabra en un lenguaje primordial que su alma, en su último acto, entendía perfectamente. Su cuerpo, antes débil y frágil, ahora respondía con una fuerza que no le pertenecía, empujando hacia atrás, buscando esa fusión de dolor y éxtasis que la aniquilaba y la completaba al mismo tiempo.

El hombre, con un control magistral, continuó penetrando el ano de Lucía con una fuerza brutal, llevándola al borde del colapso. Con cada embestida, Lucía se convulsionaba, su cuerpo temblando con la intensidad del placer y el dolor que la consumían. El hombre, con una verga aún erecta y palpitante, se retiró lentamente del ano de Lucía. Con una orden brutal, hizo que Clara se acostara junto a su hija, sus rostros levantados hacia él en una posición de sumisión total. El hombre, con una mano firme, comenzó a masturbarse, su puño moviéndose rápidamente sobre su miembro hinchado y venoso.

—Tú —dijo, mirando a Clara—. Ábrele la boca a tu hija. Quiero que la ayudes a recibir mi regalo.

Clara, con la visión borrosa por las lágrimas, se acercó al rostro inerte de Lucía. Sus dedos temblaron mientras tocaban los labios de su hija, abriéndolos con una delicadeza que era una parodia de su amor materno. Fue la mano de una madre la que preparó a su hija para ser profanada por última vez. Cuando el semen cayó sobre la boca abierta de Lucía, Clara sintió el salpicar en su propio rostro como si le latigazearan el alma. No había escapatoria. Estaba unida a su hija en la degradación, unidas en el acto final de entrega.

El semen del hombre fue un shock térmico. No estaba cálido. Era tibio, casi frío, con una textura espesa y gelatinosa que se sentía extrañamente pesada sobre la piel. Para Clara, que esperaba el calor de un hombre, esa temperatura tibia y casi clínica fue la confirmación final de que no estaba con un ser humano. Era la firma de la Muerte, un líquido vital que no portaba vida, sino la marca de la consumación.

Clara, con un sollozo ahogado, intentó tragar el semen que también entraba en su boca, pero la cantidad y la fuerza del chorro la hicieron toser, forzándola a dejar que parte de él se derramara por sus labios.El hombre, con una sonrisa sádica, usó la cabeza de su verga para esparcir su semen por los rostros de ambas mujeres, como si firmara una obra de arte. Penetró incluso la boca de Clara con sus dedos, forzando más semen en su garganta, obligándola a tragar hasta la última gota.

—Trágatelo todo, perra —murmuró, su voz un susurro oscuro y peligroso.

Clara, con lágrimas corriendo por su rostro, obedeció, tragando el semen con dificultad, su garganta trabajando con cada bocado. El sabor amargo y salado del semen del hombre llenaba su boca, una prueba de su sumisión y entrega total.

Y así, en ese momento de clímax y sumisión, el hombre liberó su carga sobre las mujeres, marcándolas con su semen, asegurándose de que cada centímetro de sus rostros estuviera cubierto, cada poro lleno de su esencia. Lucía, completamente desmayada, yacía inerte, su rostro una tela blanca para la lujuria del hombre, su cuerpo una ofrenda a su placer. Y Clara, con lágrimas y semen mezclándose en su rostro, se entregó completamente, aceptando su destino, aceptando el dominio del hombre, aceptando la marca de su semen como una señal de su sumisión incondicional.

La habitación quedó en silencio. El aire, denso y pesado por el acto que acababa de consumarse, parecía solidificarse alrededor de ellas. Clara, con el rostro pegajoso por la mezcla de lágrimas y semen, se quedó inmóvil junto a su hija.

El hombre, la Muerte, se vistió con las sombras que lo habían desvestido. Su forma era la de un hombre común, aunque sus ojos negros seguían guardando la profundidad de eones. No dijo nada. No hubo despedida, ni palabras de consuelo o condena. Su obra estaba terminada. Se volvió hacia la ventana, y con un paso que no hizo ruido, traspasó el cristal y se disolvió. Un pájaro, que había estado congelado en el aire, aleteó y continuó su vuelo.

Clara se quedó con su hija semidormida. El shock la mantenía anclada en el presente, pero su mente ya empezaba a fracturarse. Miró sus manos, las mismas que habían desvestido a Lucía, las que la habían preparado, las que habían ayudado a abrirla para su violador sagrado. Un horror helado comenzó a trepar por su espina dorsal, pero no era el horror del arrepentimiento. Era algo mucho más oscuro. En el fondo de su alma, en un lugar que nunca supo que existía, una semilla de orgullo había germinado. Había sobrevivido. Había participado. Había sido la ancla en el éxtasis de su hija. Era cómplice del acto más hermoso y terrible que una madre podría imaginar.

Pasaron las horas. El sol del amanecer, el que Lucía había querido ver desde el techo, tiñó la habitación de un naranja pálido. Clara no había dormido. No había llamado a nadie. Simplemente había observado a su hija, que ya no parecía frágil ni enferma. Parecía una escultura perfecta y desnuda.

Clara se levantó lentamente, sus músculos rígidos. Miró su reflejo en el espejo oscuro de la ventana. Vio a una mujer que ya no reconocía, pero cuyo poder sentía vibrar en sus venas. La Muerte no se había llevado solo a Lucía. La había marcado a ella también. Le había abierto una puerta a un universo de transgresión y dominio que ahora sabía que existía. Y el hombre, su guía oscuro, le había prometido una cosa más con su mirada final antes de desaparecer: que esto no era un final. Era un comienzo.

11 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: hija, madre, metro, orgasmo, polla, semen, sexo, vagina
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