El pene de mi hermano
Mi papá ya nos había dicho que se iba a morir..
No usó esa palabra. Dijo otras, pero yo entendí igual. Dijo que su cuerpo estaba fallando por dentro, que los médicos ya no podían arreglarlo y que no iba a estar con nosotras todo el tiempo que él quería. Dijo que no era culpa de nadie y que nos quería más que a nada. Yo miré el piso para no llorar.
Después dijo que Nicolás se iba a hacer cargo de nosotras.
Eso lo dijo mirando a Lucía, no a mí.
Era verano y hacía tanto calor que el aire parecía pegajoso. Yo estaba acostada en el piso de la sala, con una camiseta vieja que me quedaba grande y un short que se me subía cuando caminaba y ya no me gustaba. Tenía el pelo recogido con una colita floja que siempre se me cae y la espalda pegada a las baldosas frías. Mi voz no salió cuando quise preguntar algo.
Afuera, la gente pasaba por nuestro jardín riéndose. Se escuchaban sandalias, una pelota rebotando, una radio con música alegre. El sol entraba por la ventana y hacía brillar el polvo en el aire. Afuera todo seguía igual.
Adentro no.
Adentro la casa estaba callada. Lucía estaba sentada en el sillón, con las piernas largas dobladas y los brazos cruzados, mirando un punto que no era la pared.
Mi papá estaba en la otra silla, transpirando. Tenía la camisa pegada por el sudor. Sonrió un poco, como solía hacerlo siempre.
Dijo que mi hermano Nicolás venía ese mismo día.
Hacía años que no lo veía. No sabía si iba a reconocerme.
Para mí, Nicolás era más una idea que una persona. Alguien de quien hablaban en pasado. Yo lo recordaba alto, con una voz gruesa. No sabía si iba a reconocerme. Yo ya no era tan chica como antes, pero tampoco era grande. Estaba justo en el medio.
Lucía preguntó cosas prácticas: horarios, colegio, dinero. Yo no pregunté nada. Pensé en quién me iba a peinar por las mañanas cuando mi pelo se enreda y me duele, en quién iba a acordarse de que no me gusta el arroz blanco, en sí Nicolás sabría que hablo bajito y que a veces hay que inclinarse para escucharme. De repente me puse a llorar.
El calor no se iba. El ventilador hacía ruido pero no ayudaba.
Esperamos.
Yo me levanté y fui a mi cuarto. Me miré en el espejo rápido, sin querer mirarme mucho. Tenía la cara roja por el calor. Me cambié la camiseta por otra más limpia, una con un dibujo que ya estaba un poco borrado. Pensé que Nicolás iba a verme así. Pensé si eso importaba.
Cuando volví, Lucía seguía igual. Mi papá estaba con los ojos cerrados. Nadie hablaba.
Entonces escuchamos el ruido del portón.
No pasó nada más de inmediato, pero todo se tensó, como cuando uno aguanta la respiración debajo del agua. Yo me paré derecha sin darme cuenta, aunque seguía siendo más baja que la mesa. Me alise el short con las manos sudadas. Sentí mi corazón rápido, como si hubiera corrido.
Nicolás todavía no entraba, pero ya estaba ahí.
El portón se cerró con un golpe seco.
Después, pasos. Pesados. Lentos. Yo me quedé quieta, con los pies descalzos sobre el piso caliente, mirando la puerta.
Nicolás entró arrastrando una maleta. Era más alto de lo que recordaba, o tal vez yo era más chica de lo que creía. Tuvo que agacharse un poco para pasar. Tenía la cara cansada, los ojos hundidos y la barba mal hecha.
Miró primero a mi papá. Después a Lucía. Después a mí.
—Hola —dijo.
Su voz era más grave de lo que yo esperaba. No sonó como un saludo, sonó como una pregunta.
Lucía se levantó. Yo no. Nicolás la abrazó y ella no se soltó enseguida. Yo miré cómo sus brazos la rodeaban, cómo su mano le tocaba la espalda. Cuando se separaron, Lucía tenía los ojos brillantes, también lloraba. Yo seguía en el piso.
Nicolás me miró otra vez. Sonrió, pero no se acercó.
—Estás… grande —dijo.
Yo asentí, aunque no sabía si eso era bueno.
Después de eso, todo pasó rápido y lento al mismo tiempo.
Mi papá se fue apagando. Nicolás aprendió dónde estaban las cosas. Y un día, mi papá ya no estuvo más.
No recuerdo exactamente cómo fue ese día. Recuerdo la camisa negra que me picaba en el cuello. Recuerdo que nadie sabía qué hacer conmigo. Recuerdo que Nicolás me puso una mano en el hombro y la quitó enseguida, como si se hubiera equivocado.
Después de eso, quedamos los tres.
El verano no se había ido y yo sentía que el calor era cada vez más insoportable. Las vacaciones habían llegado sin pedir permiso. Afuera, los días eran largos y ruidosos. Adentro, la casa funcionaba distinto, como si hubiera aprendido a respirar sin una parte importante.
Nicolás mandaba.
No gritaba. No era malo. Pero todo tenía reglas nuevas. Él salía temprano a trabajar y volvía cansado, igual que la de mi papá, pero sin la sonrisa. A veces se sentaba con Lucía en la mesa y hablaban bajo, como si yo no estuviera. Yo comía despacio para no terminar primero.
Un día, Nicolás nos sugirió que podíamos andar desnudas en casa. Dijo que el calor era demasiado para que tuviéramos que estar vestidas. Yo me alegré mucho porque además todos mis shorts sentía que ya me quedaban pequeños. Empecé a andar en mis braguitas por la casa, y Lucía también se adaptó a esto. Al verla desnuda más seguido, me di cuenta de que ya era diferente a mí. Lucía tenía curvas que yo no tenía, y sus pechos eran más grandes y redondos, mientras que yo aún era plana y delgada. Me sentía pequeña a su lado, como si estuviera viendo a una versión mayor de mí misma.
Lucía y Nicolás se parecían más de lo que yo quería admitir. Se entendían sin explicarse demasiado. A veces se reían de cosas que yo no escuchaba bien. Lucía lo llamaba por su nombre sin pensarlo. A mí me costaba decirlo en voz alta.
Yo sabía por qué.
Lucía se acordaba de él. Cuando Nicolás se fue, ella tenía más o menos la edad que yo tengo ahora. Yo no. Yo era casi un bebé.
Por eso, tal vez, Nicolás no se acercaba tanto a mí.
Eso pensaba cuando los veía juntos en la cocina y yo estaba en mi cuarto. Cuando Lucía le pedía ayuda con algo y él iba sin dudar. Cuando a mí me decía “espera un momento” y el momento se hacía largo.
No me gustaba sentir eso en el pecho. Era como una puntada chiquita, pero insistente.
Extrañaba a mi papá por cosas tontas. En la manera cómo me llamaba. En cómo sabía cuándo yo no quería hablar. Nicolás siempre preguntaba “¿estás bien?” y yo siempre decía que sí, porque no sabía qué otra cosa decir.
Ese día estaba dibujando en el piso de mi cuarto. Tenía hojas viejas y colores gastados. Dibujaba la casa desde arriba, como si fuera un mapa. Dibujé el jardín, la mesa, los cuartos. Dibujé a mi papá. Me quedé mirándolo un rato largo.
Desde el pasillo escuché voces.
La de Lucía. La de Nicolás.
Me levanté despacio. Caminé sin hacer ruido, apoyando solo la punta de los pies, como cuando no quieres que te descubran. La puerta del cuarto de Lucía estaba mal cerrada.
No entré.
Me acerqué y miré por la abertura. Vi a Lucía sentada en la cama, con las piernas dobladas, y a Nicolás frente a ella. Lucía solo usaba unas bragas naranjas que tenían un moño pequeño al frente. Sus pechos, pequeños pero redondos, se movían suavemente con su respiración. Sus pezones, rosados y erectos, contrastaban con su piel bronceada. Nicolás, por otro lado, usaba una pantaloneta larga, casi siempre usaba esa, seguro que le gustaba mucho.
Él hablaba y ella escuchaba. Hablaban pasito, pero reían, y yo no alcanzaba a entender por qué. Nicolás se inclinaba hacia adelante, como si eso importara. No pude escuchar lo que decían, pero vi sus caras.
De repente, Nicolás colocó su mano sobre las bragas de Lucía. La tocaba de una manera extraña, como si estuviera buscando algo. Lucía no se movió, pero vi cómo su respiración se aceleraba. Empezó a respirar muy rápido, casi jadeando. Nicolás la miraba fijamente. Lucía, con una sonrisa tímida, tomó la mano de Nicolás y la metió dentro de su propia bragas. Vi cómo sus dedos se movían, explorando, y cómo Lucía cerraba los ojos, disfrutando.
Luego, Lucía se enderezó y metió su mano dentro de la pantaloneta de él. Pude notar que, desde adentro, ella la movía. Nicolás echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, y dejó escapar un suspiro profundo. Lucía, con una mezcla de curiosidad y placer, continuó moviendo su mano.
No entendía muy bien lo que estaba viendo, pero sentía que era algo importante. Me quedé ahí, quieta, mirando.
Lucía deslizó sus bragas por sus piernas, dejando al descubierto su vagina, que tenía algunos pelos que yo no tenía. Nicolás, sin perder tiempo, se deshizo de su pantaloneta, revelando su pene. Yo sabía lo que era, papá me había hablado de eso, pero no imaginé que fuera algo tan grande. Se veía duro y erecto, apuntaba hacia Lucía, que lo miraba mucho.
Lucía, con una mano temblorosa, tomó el pene de Nicolás, acariciándolo suavemente. Nicolás gimió, un sonido gutural que resonó en la habitación. Lucía, con una sonrisa pícara, se inclinó hacia adelante y lo tomó en su boca. Vi cómo sus labios se deslizaban sobre su longitud, cómo metía en su interior cada centímetro.
Nicolás, con las manos enredadas en el cabello de Lucía, guiaba sus movimientos, empujando suavemente su cabeza hacia adelante y hacia atrás. Lucía, con los ojos cerrados, se entregaba completamente, sus gemidos amortiguados por el pene en su boca.
De repente, Nicolás retiró a Lucía, colocándola de espaldas en la cama. Se posicionó entre sus piernas, separándolas con sus rodillas. Con una mano, guió su pene hacia su entrada, y comenzó a empujar lentamente.
Lucía jadeó, parece que le dolía mucho, mientras Nicolás se hundía en ella. Comenzó a moverse, sus caderas empujando rítmicamente, entrando y saliendo de ella. Lucía, con las uñas clavadas en el cubrelecho de su cama, hacía tanto ruido que hasta yo temía que desde fuera de la casa los fueran a escuchar.
Nicolás, con el sudor corriendo por su frente, aumentó el ritmo, sus embestidas más profundas y rápidas. Su cuerpo chocaba con las nalgas de Lucía y generaba un sonido muy particular. Nicolás, con un último empujón, se tensó, y se quedó completamente quieto dando unos quejidos más sonoros en ese momento.
Luego se botó sobre ella, tapando completamente el cuerpo de Lucía. Se quedaron así, juntos, Nicolás, con una sonrisa satisfecha, besó a Lucía suavemente en su mejilla, sus manos acariciando su cuerpo mientras se acostaba a su lado, en ese momento pude ver nuevamente su pene, ahora se veía muy brillante y me pareció que tenía sangre pintada en él, había lastimado a mi hermana pero ella se lo había permitido, estaba muy confundida. También note que se veía menos grande que antes y más blandito.
De repente, un ruido en el pasillo me sobresaltó. Había hecho un movimiento y mi pisada había producido un crujido que ahora en su silencio sonó como un trueno, una tonta tabla suelta. Me quedé congelada, mi corazón latiendo rápido. Lucía y Nicolás, aún entrelazados, se separaron rápidamente, sus ojos buscando la fuente del ruido. Nicolás, con una mueca de preocupación, se puso de pie, su pene se balanceaba mientras se acercaba hacia donde yo me encontraba.
«¿Dayana?» preguntó, su voz firme pero temblorosa. Lucía, al tiempo tomó sus bragas en sus manos, se levantó de la cama, sus pechos desnudos temblando con cada movimiento. Me quedé allí, paralizada, sin saber qué hacer. El miedo me invadió. Nicolás abrió la puerta de golpe. Allí estaba yo, con mis ojos llenos de lágrimas. Nicolás, con una expresión de sorpresa y enojo, me miró fijamente. Lucía, detrás de él, se tapó la boca con las manos, sus ojos llenos de vergüenza.
«Dayana…» susurró Lucía. Nicolás, con una mezcla de ira y confusión, me agarró del brazo, tirando de mí hacia el interior de la habitación.
«¿Qué estabas haciendo aquí?» preguntó Nicolás, su voz dura mientras Lucía, se colocaba rápidamente las bragas, para luego acercarse a mí, con sus manos temblando. «Dayana, no debiste ver eso…» murmuró.
Nicolás, con una expresión de enojo, me soltó el brazo, dándome un empujón. «¿Cuánto tiempo llevas ahí?» preguntó, su voz llena de acusación.
Me quedé allí, quieta, sin saber qué decir. Las lágrimas corrían por mi rostro, mi corazón latiendo rápido. Nicolás, con una expresión de enojo, se acercó a mí, su mano levantada. Lucía, con un grito, se interpuso entre nosotros, protegiéndome.
«No, Nicolás, por favor…» suplicó. Nicolás se dio cuenta de que, mientras lloraba de miedo, no podía evitar mirar su pene, que por la diferencia de tamaños se balanceaba justo frente a mi cara. «Parece que a nuestra hermanita le gusta espiar,» dijo Nicolás, una sonrisa perversa curvando sus labios. «Acaso te gusta lo que ves, Dayana?» preguntó, su voz burlona. «Puede que sea tan pervertida como tu, Dayana.»
Lucía, con los ojos muy abiertos, miró a Nicolás, luego a mí, su expresión una mezcla de shock y vergüenza. «Nicolás, por favor, no hagas esto…» murmuró, pero su voz fue ahogada por la risa oscura de Nicolás.
«Vamos, Dayana,» continuó Nicolás, su tono más suave pero aún cargado de insinuación. «No te avergüences. Todos somos curiosos, ¿verdad?» Se acercó a mí, su pene semierecto, y lo tomó en su mano, acariciándolo lentamente. «¿Quieres tocarlo?» preguntó, su voz un ronroneo.
Lucía, con un grito ahogado, intentó intervenir, pero Nicolás la detuvo con una mirada. «Déjala, Lucía. Tal vez nuestra pequeña Dayana quiera aprender un poco más sobre el mundo de los adultos.»
Me quedé allí, paralizada, mi corazón latiendo rápido. Nicolás, con una sonrisa, se acercó aún más, su pene ahora completamente erecto, apuntando hacia mí. «Vamos, Dayana,» susurró, «tócalo. No muerde.»
Con una mano temblorosa, extendí la mano y toqué su pene. Era caliente y duro, la piel suave y tensa. Nicolás gimió, un sonido gutural que resonó en la habitación. «Así, Dayana,» murmuró, «así se hace.»
Lucía observaba, su respiración acelerada. Nicolás, con una mano en mi nuca, guió mi cabeza hacia su pene. «Chúpalo, Dayana,» ordenó, su voz firme. «Muéstranos lo que has aprendido.»
Con una mezcla de miedo y curiosidad, abrí la boca y tomé su pene, mis labios deslizándose sobre su longitud. Nicolás gimió, sus caderas empujando suavemente. «Así, Dayana,» murmuró, «así se hace.»
Lucía, con una mano en su propia entrepierna, se tocaba, sus dedos moviéndose rápidamente. Nicolás, con una sonrisa, la miró. «Te gusta, ¿verdad, Lucía?» preguntó, su voz burlona. «Te gusta ver a nuestra pequeña hermanita chupándome la verga.»
Lucía, con un gemido, asintió, sus dedos moviéndose más rápido. Nicolás, con una mano en mi cabeza, guiaba mis movimientos, empujando suavemente mi cabeza hacia adelante y hacia atrás. «Así, Dayana,» murmuró, «así se hace.»
De repente, Nicolás retiró su pene de mi boca, su respiración agitada. «Lucía, ven aquí,» ordenó, su voz firme. Lucía, con una sonrisa tímida, se arrodilló, sus pechos desnudos temblando con cada movimiento.
Nicolás, con una mano en su nuca, la guió hacia su pene. «Chúpalo, Lucía,» ordenó, su voz firme. «Muéstrale lo que sabes hacer.»
Lucía, con una sonrisa, tomó su pene en su boca, sus labios deslizándose sobre su longitud. Nicolás gimió, sus caderas empujando suavemente. Yo podía ver que mi hermana podía meter más de su pene en su boca de lo que lograba yo. Luego le pregunté a mi hermano si lo que tenía su pene era sangre y él me contestó que sí, pero que no me preocupara por eso, era una muestra de que Lucía ya no era una niña, que ahora era una mujer.
Nicolás, con una sonrisa perversa, agarró mi cabeza y me guió hacia lo que colgaba de su pene. «Esto se llama huevos,» dijo, su voz ronca. «Lámelos, Dayana. Muéstrame lo que puedes hacer.»
Con un poco de asco, extendí mi lengua y lamí sus huevos. Eran suaves y cálidos, con un sabor salado extraño. Nicolás gimió, un sonido gutural que resonó en la habitación. «Así, Dayana,» murmuró, «así se hace.»
A veces, la cabeza de mi hermana chocaba con la mía, pero yo me concentraba en el sabor de sus huevos, en la sensación de su piel suave contra mi lengua. El sabor era intenso, una mezcla de sal y algo más.
Nicolás, con una mano en la nuca de Lucía y otra en mi cabeza, guiaba nuestros movimientos, empujando suavemente nuestras cabezas hacia adelante y hacia atrás. Lucía, con los ojos cerrados, se entregaba completamente al acto, sus gemidos amortiguados por el pene en su boca.
Nicolás, gemía profundamente, sus caderas moviéndose contra nuestros rostros. «Así, así, mis pequeñas putas,» murmuró con su voz ronca. «Chupen esa verga como si sus vidas dependieran de ello.»
Lucía, con una mano en su propio pecho, masajeaba su pezón. Yo, hacía lo que me pedía pero todavía estaba asustada, me concentré en los huevos de Nicolás, lamiendo y chupando con mucha intensidad hasta que en un punto me sorprendí disfrutándolo.
De repente, Nicolás retiró su pene de la boca de Lucía, su respiración agitada. «Lucía, quiero que te des la vuelta y te inclines hacia adelante,» ordenó, su voz firme. Lucía, sin dudar, obedeció, colocándose en la posición que le indicaba, su culo expuesto y vulnerable.
Nicolás, con una sonrisa perversa, se acercó a ella por detrás, su pene erecto y goteando. «Dayana, ven aquí,» me llamó, su tono autoritario. Me acerqué, mis piernas temblando, Nicolás me tomó y me colocó en el suelo boca arriba con mi rostro debajo de la vagina de mi hermana, tan cerca que pude notar cierto olor que no me agradaba. Sin embargo no pude evitar mirar, su vagina se veía abierta y maltratada, las mismas manchas de sangre que tenía el pene de nuestro hermano así que deduje que ahí era donde había metido su pene.
«Mira, Dayana,» dijo Nicolás, su voz suave pero firme. «Esto es lo primero que una verdadera mujer debe aprender. Lucía, muéstrale a Dayana cómo se hace.»
Lucía, con una mano entre sus piernas, comenzó a masturbarse, sus dedos moviéndose rápidamente entraban y salían de su vagina, por sus quejidos creo que no le gustaba mucho o que debía de dolerle lo que ella misma se hacía, pero seguía. «Así, Dayana,» murmuró, su voz llena de placer. «Tócalo, siente cómo se siente.»
Con una mezcla de curiosidad y excitación, extendí mi mano y toqué su sexo. Estaba caliente y húmedo, los labios resbaladizos y sensibles. Lucía gimió, un sonido gutural que resonó en la habitación, y movió sus caderas, frotándose contra mi mano.
Nicolás, con una sonrisa, se posicionó detrás de Lucía, su pene alineado con su entrada. «Mira, Dayana,» dijo, su voz ronca. «Ahora si mira cómo follo a nuestra hermana.»
Con una embestida firme, Nicolás entró en Lucía, su pene desapareció completamente en su interior. Lucía gritó, muy fuerte, y comenzó a moverse con él, sus caderas encontrándose con cada empuje. El sonido de sus cuerpos chocando, los gemidos y jadeos, todo se mezclaba. Yo estaba inmovilizada, no tenía para donde moverme y los huevos de Nicolás comenzaron a golpearme la barbilla, comencé a sentir mucho calor y a sentir como el olor se hacía cada vez más fuerte. Me entraron ganas de vomitar pero estaba entre las piernas de ambos y solo cerraba los ojos mientras aguantaba.
Su pene entraba y salía continuamente y yo veía todo solo a centímetros.
Mi hermano Nicolás tenía los ojos cerrados y respiraba fuerte, como si hubiera corrido mucho. Movía sus caderas muy rápido, metiéndose dentro de Lucía. Se oía un ploc, ploc, ploc cada vez que sus cuerpos se chocaban. También gemían, como si les doliera y gustará al mismo tiempo.
Yo estaba en medio, atrapada Sentía mucho calor y cada vez que mi hermano entraba o salia de ella gotas de la humedad, creo que de Lucía me caían en la cara. Olía a raro, no podía sacarme ese olor, era como si me llenara por completo.
De repente, Nicolás hizo un ruido muy raro, como un gruñido, y se puso tieso. Empujó una última vez muy fuerte y se sacó de adentro de Lucía. Rápido, agarró su cosa y la apuntó hacia mi cara. Salió un chorro de algo caliente y pegajoso que me golpeó en la mejilla y la frente.
Yo me asusté y abrí los ojos bien grandes. Sentía la cosa pegajosa resbalándose por mi cara.
«Mierda, sí», dijo Nicolás con la voz ronca. «Así, así, así», siguió diciendo, mientras su cuerpo temblaba un poquito. La cosa blanca me cubrió media cara, y me cayó un poquito en la barbilla y el cuello.
Lucía se apartó de mí, jadeando. Me dejó en el suelo con la cara toda manchada.
Nicolás se inclinó y me pasó un dedo por la mejilla, recogiendo la cosa pegajosa. «Límpiate, Dayana», me dijo. Me llevó su dedo a la boca. «Sabe a hombre». Obedecí y abrí la boca, chupando su dedo. Sabía salado y un poco amargo.
Nicolás pareció contento. Se paró y su cosa ya no estaba tan tiesa. «Muy bien, Dayana. Ahora ya sabes lo que es ser una mujer», dijo, y sonó raro, como si estuviera orgulloso.
Lucía ya se estaba recuperando y se paró. Se acercó a ayudarme a levantarme. «¿Te sientes bien, verdad?», me preguntó con una sonrisa. «Es muy intenso al principio, pero te acostumbras».
Yo solo pude mover la cabeza para decir que sí. Todavía estaba pensando en lo que había pasado. Mi cara debía de estar rara, con una mezcla de no entender nada.
Viendo mi cara, Nicolás agarró una toalla y me la limpió. Su toque fue suave, no esperaba eso. «Ahora, Dayana, eres parte de nuestro mundo», susurró, y eso me hizo latir el corazón muy rápido.
Lucía se volvió a colocar sus bragas, y me miraba. «Es un paso grande, pero te prometo que te sentirás más segura con el tiempo», me dijo, y me pasó la mano por el pelo.
Nicolás también se puso su pantaloneta y nos abrazó a las dos. Fue un abrazo tierno. «Somos una familia, y ahora, Dayana, ya lo sabes todo», dijo con una sonrisa rara.
El cuarto se quedó en silencio, solo se oía cómo respirábamos. Parecía que el aire había cambiado. Yo, con la cara ya limpia pero sintiendo todo en mi cabeza, miré a mis hermanos. Les tenía un poco de miedo y un poco de respeto.


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