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Fantasías / Parodias, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Emma, un amor prohibido.

La conexión del narrador con su sobrina política, Emma, lo arrastra a un deseo prohibido. La línea entre la fantasía y la realidad se desdibuja en interacciones íntimas que dejan al protagonista dudando si su noche de éxtasis y perversión fue un sueño o un pacto ineludible..
 El relato narra la confesión de un hombre sobre su amor obsesivo por su sobrina política de 10 años, Emma. La tensión crece desde el deseo reprimido hasta una noche de intimidad prohibida, marcada por un pacto de silencio y amor . El protagonista se rinde a una fantasía peligrosa que se convierte en ¿realidad?.

 

Voy a contar mi historia y mi fantasía. Algunos me juzgarán, otros se van a atrever a decir que les pasa lo mismo, pero hoy mi cabeza necesita contarlo, necesito contar que estoy enamorado de una nena de 10 años. Y no es solo mis ganas de hacerle el amor, sino que es amor, es que me pone ansioso verla, me da cosquillas en la panza por ella, me muero cuando me sonríe, cuando sus ojitos pícaros se cruzan con los míos.

 

Les cuento cómo escribo esta historia: es después de olerla, tener su ropa interior en mis manos cuando se quedó en casa a dormir, y sentir el olor de su entrepierna, lamer la tela mientras me toco pensando en ella, hasta que exploto. Pensé que eso me calmaría, pero no, solo empeora, mi cabeza no para de pensar.

 

Emma, su cabello castaño claro, sus ojos verdes, sus labios rojos, su rostro de muñeca. Bajita, con unas hermosas piernas torneadas por la gimnasia, un culito paradito. Todavía no tiene tetitas, su pecho es plano, pero tiene una habilidad de seducción única, sabe cómo tenerme loco. «Mi tío favorito que más amo, ¿venís a jugar conmigo?», «Tío, ¿puedo subirme a vos en la pileta?», «Tío, mira cómo hago mis trucos de gimnasia». Y yo quedo ahí, embobado, absolutamente dominado por su belleza.

 

Y sí, soy su tío, y ni siquiera su tío de sangre, soy su tío político. Pero desde que es bebé, Emma y yo tenemos una conexión única. Me la paso controlándome, tratando de evitar hacer algo que la haga sentir incómoda, o que alguien descubra lo que me pasa con ella, pero de verdad estoy enamorado. Y quiero compartir mi fantasía, lo que siento y lo que pienso cuando la veo, más desde que pude disfrutar ese olor tan íntimo.

 

Emma está durmiendo en casa, en la habitación de mis hijos, el único que está despierto soy yo, o eso creo, y estoy oliendo su bombachita, su olorcito a fluidos, a pis, soñando con tocarla. Acaricio mi pija bajo mi short, imaginando lo que sería sentir esa piel suave, bronceada por el verano, ver las marcas que deja en su piel su mayita. Quiero darle un beso de lengua, sentir su saliva mezclarse con la mía, decirle que va a ser nuestro secreto, que le voy a regalar cositas, que su mami no se va a enterar, y que le voy a hacer sentir cosas hermosas.

 

¿Ustedes creen en el amor? ¿Creen que es posible amar así a una nena? Sé que están contestando: sos un grandote boludo, un pajero que quiere creerse que está enamorado, pero sos otro violín más, un abusador, que quiere aprovecharse de una nenita. Tal vez, no voy a decir que no, pero mi corazón se vuelve loco por ella.

 

Me gustaría saber qué harían ustedes en mi lugar. ¿Se atreverían a confesarle lo que sienten? ¿O seguirían ocultándolo, atormentados por este amor prohibido? Siento que si no hago algo, esta obsesión me va a consumir. La deseo, la amo, y tengo miedo de lo que soy capaz de hacer si no consigo estar cerca de ella, si no puedo tocarla y hacerla mía, aunque sea solo en mi mente, una y otra vez.

 

   Es acá donde la realidad se distorsiona: ¿es fantasía o es de verdad? Esa nena que me manda mensajes por redes sociales diciendo que soy su tío favorito y me llena de emoticones de corazones, ¿de verdad es solo imaginación lo que está por ocurrir, o es que nuestra conexión lleva a que pasemos al siguiente nivel?

 

Estoy oliendo su bombachita, mi lengua pasa por el lugar de la entrepierna, tengo la mano dentro de mi short, hace calor, estoy transpirado, disfruto el placer de imaginar su conchita en mi boca, en pensar en su vocecita con su pequeña ronquera infantil, gimiendo, gimiendo mi nombre, cuando escucho que se abre la puerta de la habitación donde estoy. Me tengo que acomodar rápido, y meto la bombachita bajo la almohada.

 

Aparece Emma, vestidita con su camisón de lunares, tan hermosa, estaba un poco transpirada por el calor.

 

—Tío —dice ella.

 

—¿Qué pasa, bonita? ¿Estás bien? —trato de no mostrar mis nervios, que no vea mi pija parada bajo el pantalón. En el aire se siente el olor de mi masturbación, y siento la baba escurrirse por mi glande. Su belleza no me ayuda.

 

—Tío… me asusté… escuché un ruido —me dijo algo angustiada. Se me acercó como esperando un abrazo, lo cual no pude negarle. La acerqué a mí, besé su frente y le hice unas caricias en la espalda.

 

—Emmi… tranquila, princesa, es porque no estás en casa y no estás acostumbrada, pero deben haber sido las gatas, y está todo bien, no voy a dejar que te pase nada. Anda a acostarte, tranqui —le dije abrazándola, pero queriendo que se vaya y terminar con lo mío, pero no iba a ser posible.

 

—Tío, porfi, no puedo dormir, ¿me puedo quedar con vos? —Su pregunta me descolocó. Yo estaba re excitado por ella, y que me elija a mí en lugar de ir a acostarse con mi esposa que es su tía de sangre, era algo que me llenaba de orgullo y de amor, pero por otro lado sentía mi pija a reventar. De hecho, mi cara debía oler a su concha, porque había estado lamiendo y oliendo su hermosa bombachita floreada.

 

—Amor, es muy tarde, deberías ir a acostarte, si se levanta tu tía y te ve acá conmigo se nos arma…

 

—Dale, Tío, dejame quedarme, la tía re ronca, no va a despertarse y me cuesta dormir con los primos (mis hijos). —¡Y cómo iba a resistirme, imposible! Imaginen esos ojitos verdes suplicando, ella abrazándome fuerte sabiendo que no iba a decirle que no.

 

—Ok, podés quedarte. Pero no hagas mucho ruido para que la bruja de tu tía no se despierte —mentira, yo sabía que no había chances de que mi esposa se despierte.

 

—Gracias, Tío, por eso sos mi tío favorito —me abrazó fuerte y me dio un beso.

 

—¿Querés poner algo en la tele? Acostate acá en el sofá y vemos una peli si querés. —Le hice el gesto. Ella, sin soltarme, se acurrucó a mi lado en el sofá.

 

—Sí, Tío, ¿podemos ver una de Disney? ¿Está la de Mufasa?

 

— Si amor, está para ver, ahí la pongo— Se pegó mucho a mi mientras surgía la primera escena donde el agua arrastraba al león.  Esa belleza hermosa no tenía sueño, estaba despierta y atenta, miraba la película, y frente al drama apretaba mi brazo, o me miraba y cuando nuestros ojos se cruzaban me sonreía.

 

Emma no se durmió. No terminaba de ver la película, ni yo me atrevía a dejarla sola, con la excusa de cuidarla, en realidad, solo quería tenerla cerca. Estaba recostada sobre mi hombro, con su cabeza rozando mi cuello, y el olor de su cabello, un olor dulce y limpio, me invadía. Sentía su respiración suave y su pequeño cuerpo junto al mío. Yo acariciaba su brazo sin darme cuenta, un movimiento automático, sintiendo la suavidad de su piel de verano. En un momento, ella levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron. Esa mirada verde, traviesa, pero a la vez inocente, me atravesó el alma. Ella me sonrió de esa forma que solo ella sabe, y yo sentí cómo mi corazón se aceleraba de una manera ridícula. Mi cuerpo vibraba con la cercanía, y aunque sabía que era incorrecto, era mi paraíso.

 

Mi pija seguía dura, latiendo bajo el pantalón, recordándome la bombacha floreada debajo de la almohada. Cada roce de su cuerpo era una tortura deliciosa. Ella, sin inmutarse, volvió a apoyar su cabeza, ahora un poco más abajo, cerca de mi pecho. El calor de su cuerpo me quemaba. Me atreví a hundir mi nariz en su pelo, aspirando ese aroma infantil que me volvía loco. Ella se movió y rozó mi mano con la suya, un contacto sutil, pero que para mí fue eléctrico. La sostuve un segundo más de lo necesario, y ella me dejó. No me sacó la mano, solo me miró y sonrió. En ese instante, me sentí el hombre más afortunado y miserable del mundo. Afortunado por tenerla tan cerca, miserable por lo que deseaba hacerle.

 

—¿No tenés sueño todavía? —le pregunté.

—No, Tío. Pero me encanta estar con vos.

 

Me miró fijamente con esos ojos que me desarman. Sentí un impulso incontrolable de decirle todo, de besarla, de hacerla mía en ese mismo instante, pero la voz de la razón, una pequeña y débil voz, me detuvo. Ella es una niña, mi sobrina política. Pero su cercanía, su inocencia, solo alimentaban mi deseo enfermizo.

 

—A mí también me encanta estar con vos, Emmi —le dije, sintiendo la mentira y la verdad mezclarse en mi voz. Acaricié suavemente su mejilla, y ella cerró los ojos ante mi tacto. Era un gesto tan simple, tan dulce, y a la vez, tan potente.

 

La película terminó, y en la pantalla aparecieron los créditos. El silencio en el salón se hizo más denso, roto solo por el sonido de nuestra respiración. Emma se incorporó un poco, estirándose, y su camisón se subió levemente, dejando ver un poco más de esas piernas que me tienen enloquecido.

 

—Tío, tengo sed, ¿me traés un poquito de agua? —me preguntó con un bostezo adorable.

 

—Sí, claro, amor. Quedate acá, ya te la traigo.

 

Me levanté del sofá, sintiendo un alivio momentáneo al separarme de ella, pero a la vez, una punzada de frustración. Fui a la cocina, mi corazón latía desbocado. Mientras llenaba el vaso, miré mi reflejo en la oscuridad de la ventana. Un monstruo, eso es lo que vi. Un hombre adulto, atrapado en una red de deseo por una niña. Pero la imagen de Emma en el sofá, esperando, me hizo olvidar todo. El vaso de agua, un pretexto para volver.

 

Cuando regresé, Emma se había recostado de nuevo, abrazando una almohada. Le di el vaso y ella bebió despacio, sus ojos fijos en mí.

 

—Tío, ¿te quedás conmigo hasta que me duerma? —me pidió con esa voz dulce y suplicante.

 

—Sí, princesita, me quedo.

 

Me senté a su lado en el sofá. Ella dejó el vaso en la mesita y se acurrucó contra mí de nuevo, su cabeza en mi pecho. Cerró los ojos, y yo me quedé allí, inmóvil, escuchando su corazón y el mío, una sintonía perversa. Mi mano se posó en su espalda, y comencé a acariciarla suavemente, una y otra vez. Su piel era tan suave, tan tierna. Podía sentir el calor que emanaba de su pequeño cuerpo. Me incliné y volví a oler su cabello, ese aroma dulce que me embriagaba.

 

Y entonces, sin pensarlo, mi mano se deslizó un poco más abajo, rozando el borde de su camisón. Ella no se movió. Dormida o fingiendo, no lo sabía. El impulso fue demasiado fuerte. Necesitaba más. Con un temblor en las manos, subí mi caricia un poco más, por encima de la tela de su camisón, justo donde terminaban sus nalgas. Un pequeño roce. Mi corazón dio un vuelco.

 

Emma suspiró suavemente y se hundió un poco más en mi pecho. ¿Era una señal? ¿O simplemente el sueño? No lo sé, pero esa pequeña reacción me dio el permiso que mi mente enferma necesitaba.

 

Emma todavía seguía sin sueño. Yo acariciaba su espalda, bajaba hasta su cintura, tocando el borde de su bombacha por arriba del camisón, y volvía a subir. Ella me daba charla, me preguntaba cosas: por qué leía tanto, cuál era mi escena favorita de la película, cosas del cole. Charlábamos con una naturalidad y una soltura que nunca habíamos tenido. Yo la miraba reír mientras hablaba, mientras me contaba las cosas que disfrutaba y que hacía con sus amigas, y me sonreía.

 

—¿Y cómo te fue con la prueba de gimnasia, Emmi? —le pregunté, con la voz un poco ronca, mientras mi mano se detenía un instante en su cintura antes de subir de nuevo a su espalda. Sentí el contorno del elástico de la ropa interior bajo la tela del camisón.

 

Ella se rió, un sonido cristalino. —¡Re bien, Tío! La profe dijo que soy la mejor en las mortales. Hice un giro doble, mirá —intentó levantarse un poco para mostrarme, pero yo la abracé suavemente para que se quedara quieta.

 

—Seguro que sí, princesa. Sos la mejor en todo. Tenés mucha fuerza en esas piernas. —Apreté un poco su pierna con la otra mano, sintiendo la firmeza de sus músculos jóvenes. Ella se acurrucó más, como buscando mi calor.

 

—¿Si? ¿ De verdad , Tío? —Me miró, sus ojos verdes llenos de esa inocencia que me volvía loco. Yo solo podía sonreír como un idiota enamorado.

 

— Si bonita, sos muy buena haciendo gimnasia. y ademas…sos….— ME calle, iba a decir algo que se me podia ir de las manos.

 

—que soy Tio , que pasa? jajaja te quedaste mudo—- No podia dejar de mirar sus hermosas piernotas torneadas por la gimnasia, su nariz perfecta, esos labios rojos sangre. 

 

—Es que sos muy hermosa Emma, sos  mi sobrina mas hermosa, y favorita…— Y le hice unas cosquillas en la panza, haciendo que se retuerza toda. Sus risitas infantiles llenaron el cuarto rapido. El olorcito de su cuerpo y su calor eran una sensacion abrumadora. Mi pene dio un breve latigazo

 

—ayy tio  jajaja para jajaja… de verdad soy tu favorita? jajaja—- dijo mientras dejaba de darle cosnquillas, jadeando y sonriendo toda colorada.

 

—OBvio, sos mi favorita y la mas lina sobrina del mundo. —¿Sí? ¿De verdad, Tío? —Me miró, sus ojos verdes llenos de esa inocencia que me volvía loco. Yo solo podía sonreír como un idiota enamorado.

 

—Sí, bonita, sos muy buena haciendo gimnasia. Y, además, sos… —Me callé; iba a decir algo que se me podía ir de las manos.

 

—¿Qué soy, Tío? ¿Qué pasa? Jajaja, te quedaste mudo. —No podía dejar de mirar sus hermosas piernotas torneadas por la gimnasia, su nariz perfecta, esos labios rojos sangre.

 

—Es que sos muy hermosa, Emma, sos mi sobrina más hermosa y favorita… —Y le hice unas cosquillas en la panza, haciendo que se retuerza toda. Sus risitas infantiles llenaron el cuarto rápido. El olorcito de su cuerpo y su calor eran una sensación abrumadora. Mi pene dio un breve latigazo.

 

—¡Ay, Tío! Jajaja, ¡pará! Jajaja… ¿De verdad soy tu favorita? Jajaja —dijo mientras dejaba de darle cosquillas, jadeando y sonriendo toda colorada.

 

—Obvio, sos mi favorita y la sobrina más linda del mundo.

 

Emma apoyó su cabeza de nuevo en mi pecho, su respiración volviendo a la calma después de las cosquillas. La seguí acariciando, ahora con más audacia, mi mano volviendo a bajar por su cintura hasta rozar suavemente la curva de su cadera, justo por encima de donde imaginaba que estaba el elástico de su pequeña bombacha. Ella soltó un suspiro, un sonido apenas perceptible que me hizo temblar. El silencio regresó, pero era un silencio cargado de tensión, de esa electricidad perversa que solo su cercanía podía provocar. Yo seguía inmerso en su olor, en la calidez de su cuerpo, y la urgencia bajo mi pantalón se hacía casi insoportable. Tenía que detenerme, lo sabía, pero cada fibra de mi ser gritaba por un poco más.

 

Me atreví a susurrarle al oído, casi sin aliento: —¿Sabés, Emmi? A veces siento que te conozco desde siempre. Hay algo tan especial en vos… —Mi mano se detuvo, presionando ligeramente su costado. Ella levantó la cara hacia mí, sus ojos verdes grandes y brillantes en la penumbra. Me miraba buscando una respuesta, una explicación. Yo tragué saliva, sintiendo el calor subir por mi cuello. Estábamos demasiado cerca, al borde de algo que no tenía vuelta atrás. La inocencia en sus ojos era la barrera, la única que aún me impedía confesarle la verdad, esa locura prohibida que me consumía.

 

—Desde siempre me conoces, siempre decís que me cambiabas los pañales y me cuidabas de chiquita… ¿y especial? Sí… porque soy linda e inteligente, jajajaja — se rio de forma picaresca.

 

—¡Mirá vos cómo te la creen, enana! Jajaja — volví a hacerle cosquillas — Sos linda, inteligente y re loca también, rubia.

 

—¡Jajaja, tío, dale, paraaaaaa! ¡Que se va a despertar la tía y no quiero, jajaja! — dijo, y paré en seco.

 

—¿Qué pasa que no querés que venga la tía, jaja? ¿No querés que te rete por estar despierta?

 

—Nono… la tía siempre se mete cuando hablamos o jugamos. Yo quiero estar con vos sin que nos moleste… no sé, charlar, jugar a la Play, jugar un juego… no sé — dijo, sacudiendo la cabeza de forma graciosa.

 

—Ok, ¿y entonces qué hacemos? ¿Seguimos charlando? ¿Querés un whisky?

 

—¿Un whisky, Tío? Jajaja, ¡dale, que me va a retar mi mami! —dijo Emma, riéndose, su voz llena de la alegría que tanto me encantaba.

 

—Era un chiste, mi amor. Vos tomá agua y yo sigo con mi whisky de adulto. Pero contame, ¿por qué la tía te molesta? ¿Qué es lo que no le gusta? —le pregunté, volviendo a hundir mi nariz en su pelo, respirando su olor dulce mientras mi mano acariciaba su brazo, bajando hasta la muñeca y volviendo a subir. La cercanía me estaba volviendo loco, y ella parecía completamente ajena a la tormenta que desataba en mí.

 

—No sé, Tío. Es que… no es como vos. Vos sos divertido. La tía siempre pregunta cosas aburridas, o quiere que me vaya a dormir. Con vos puedo hablar de todo, de la gimnasia, de Mufasa, de mis amigas, de mis likes en TikTok… —Se acurrucó más, y su pierna rozó la mía, un contacto que me hizo apretar los dientes para no gemir.

 

—Claro que sí, Emmi. Yo siempre voy a estar para vos. Sos mi princesa y la más especial. —Le di un pequeño beso en la coronilla, sintiendo la suavidad de su cabello. Mis ojos no podían dejar de recorrer su rostro, su boca, sus ojos. Estaba completamente hipnotizado, sintiendo ese «amor» enfermo y esa necesidad de poseerla. Mi otra mano, la que no estaba en su brazo, se deslizó de nuevo hasta su costado, justo donde terminaba el camisón, buscando ese roce prohibido con el elástico de su bombacha. Lo sentí, diminuto, y me quedé allí, apenas presionando, disfrutando de la sensación de que solo esa delgada tela nos separaba.

 

Ella se rió un poco, nerviosa, pero no se apartó. —¡Tío! ¡Me hacés cosquillas! —dijo, sonriendo y moviéndose un poco, lo que solo sirvió para que mi mano se ajustara mejor a la curva de su cadera.

 

—Perdón, mi amor. Es que sos muy graciosa. Y me encanta que seas así de abierta conmigo. —Mi voz sonó más profunda de lo que pretendía, ronca por la excitación. La miré a los ojos, mis pupilas dilatadas, tratando de transmitirle todo lo que sentía, ese cariño mezclado con el deseo. Ella me sostuvo la mirada por un instante, y luego desvió la vista hacia la televisión apagada.

 

—Tío… —dijo, su voz de repente más seria, más baja.

 

—¿Sí, Emmi? ¿Qué pasa, bonita? —Le acaricié la mejilla con el pulgar, sintiendo el calor de su piel.

 

Ella se mordió el labio inferior, un gesto de concentración. Me miró de nuevo, esa mirada verde que me mataba, y dijo:

 

—Tío, ¿te puedo preguntar algo?

 

— Sí, princesa, preguntame lo que quieras… —pero lo que seguía me dejó boquiabierto…

 

— ¿Qué es lo que hacías con mi bombacha cuando abrí la puerta? —Me puse pálido, empecé a sudar. ¿Cómo hizo para verlo?

 

—Nnno… Emma, y-yo no tenía t-tu bombacha —traté de mentir, pero Emma metió la mano bajo el almohadón y la sacó—. Ehhh, no, pará, no sé cómo llegó ahí, pero no fui yo…

 

— Pero si yo la dejé en mi mochila con la ropa sucia y la cerré, estoy segura… ¿Vos sacaste mi bombacha? ¿Por qué?

 

  Mi mente se había quedado en blanco, el corazón me golpeaba tan fuerte que temí que Emma lo escuchara. El sudor frío me recorría la espalda. Ver esa pequeña prenda floreada en su mano, la prueba irrefutable de mi depravación, me hizo sentir la náusea del pánico total. La excitación que me había mantenido vibrando durante horas se evaporó, reemplazada por un terror paralizante y una vergüenza corrosiva. Quería desaparecer, quería que el suelo me tragara. Sus ojos verdes, antes llenos de esa inocencia que me volvía loco, ahora me miraban con una seriedad que no le correspondía a sus diez años, una seriedad que me juzgaba y me desnudaba por completo. En ese instante, no era el «tío favorito», era solo un monstruo acorralado.

 

—Emma no te enojes, yo voy a explicarte lo que pasó….—Dije de forma tonta, como si hubiera una explicación. 

 

—¿Explicarme qué, Tío? —me interrumpió Emma, su voz firme y sin rastro de risa. Sujeta la bombacha como si fuera una evidencia incriminatoria. —Decime la verdad. ¿Por qué la estabas oliendo? Yo no soy tonta. Cuando llegaste con el agua, vi que la tenías en la mano antes de que la pusieras rápido debajo de la almohada.

 

La respiración se me cortó en el pecho. Me había visto. No había sido solo la culpa; ella lo había presenciado. La negación era inútil. Solo había una ruta de escape, por más retorcida que fuera, y mi mente enferma la encontró al instante, buscando la única manera de salvar mi imagen y, peor aún, prolongar nuestra cercanía, retorciendo la verdad con un barniz de «inocencia» adulta.

 

—Emmi, mi amor… —mi voz tembló, pero me obligué a sonar compasivo, incluso un poco patético. —Ay, qué vergüenza, me atrapaste. Mirá, es algo de los adultos, es un poco tonto…

 

—¿Qué cosa, Tío?

 

—Es que… viste que yo te quiero mucho, muchísimo, sos mi favorita —dije, acercando mi mano para tocar su brazo, pero ella se echó sutilmente hacia atrás, sosteniendo la bombacha fuera de mi alcance. Ese gesto me dolió más que cualquier grito.

 

—Sí…

 

—Es que… es que no es fácil, Emma. Me atrapaste, sí. Y la verdad es… la verdad es que estoy perdido. No sé cómo explicártelo sin que pienses que estoy loco o que soy malo. Estaba oliéndola porque… porque te amo. Y no te amo como un tío normal, Emma, es… es diferente. Es un amor que me consume. No puedo mentirte más, no puedo. Ver tu carita, esa bombachita en tu mano… me doy cuenta de que ya no puedo fingir que esto es un juego, o que es una tontería de adultos. Estoy enamorado de vos, Emma, de una forma que está mal, pero que no puedo evitar. Y tengo que decírtelo, aunque me odies después, tengo que ser honesto con vos. Oler tu ropita, oler esa bombacha… era como oler a la mujer que amo. Disfrutaba mucho oliéndola, me hacía sentir cosas muy bonitas, y sé que está muy, muy mal, porque soy un adulto y vos sos una niña, pero no puedo dejar de sentir lo que siento. Si querés, agarrá mi teléfono ahora mismo y llamá a tu mamá, o despertá a tu tía. Deciles lo que viste, deciles lo que te estoy diciendo. No puedo parar de amarte.

 

Tiré todo eso en una catarata de palabras, que no sabía si con sus 10 años eran comprensibles, o si servían para no hacerla sentir violentada en su intimidad. Ella solo miraba la bombachita en sus manos con seriedad. Después se me quedó mirando un poco seria, su sonrisa se había ido, y eso me mataba más que si avisaba a su mamá y venía la policía a buscarme.

 

—¿Me amas… más que a la tía? —preguntó.

 

—Es que… sí… más que a la tía, te amo mucho, mucho —tiré, jugado ya el todo por el todo.

 

—Pero, ¿cómo es eso? O sea, siempre me decís que me amas, pero ¿es amor de tío, como mi papi me ama, o mi mami? No es amor como el que tenés con la tía, no podemos tener ese amor, ¿verdad?—Su respuesta mostraba una madurez que la hacía más bella. Era una nena muy inteligente, entendía perfectamente la situación en la que estaba metido y tenía el control de la situación.

 

Un silencio pesado y denso se instaló entre nosotros, un abismo infinito que había creado con mis propias palabras y mi confesión. Emma seguía inmóvil en el sofá, su pequeño rostro de muñeca ahora una máscara de concentración profunda, sus cejas levemente fruncidas mientras sus ojos verdes se fijaban en la bombachita que sostenía. Parecía estar procesando un algoritmo complejo, sopesando cada una de mis palabras con una seriedad que me helaba la sangre. Yo, por mi parte, sentía que la piel me ardía, mi corazón tamborileaba una marcha fúnebre contra mis costillas, y la adrenalina se mezclaba con el miedo y una punzada de esperanza retorcida. La vergüenza era un sabor metálico en mi boca, pero verla allí, tan cerca y tan absorta en mis delirios, reavivaba ese deseo enfermizo que luchaba por no llamarse amor. Estaba a su merced, esperando la sentencia que saldría de esos labios rojos que tanto anhelaba besar. Después de lo que pareció una eternidad, su mirada se levantó de la tela y se clavó en la mía, cortando el aire. —Entonces, ¿me vas a contestar lo que te estoy preguntando, Tío?—, me exigió, con esa voz clara y madura que la hacía parecer mucho mayor.

 

—Emma, tienes razón, yo no puedo amarte como amo a tu tía, está mal… y está mal lo que hice. Pero te amo. Es lo que me pasa, y te amo más que solo como mi sobrina, te amo… como algo especial.

 

—¿Algo… especial? — repitió, tratando de entender.

 

—Sí. Pero entiendo que esto te pone incómoda, llama a mami o llama a la tía. Yo no tendría que haber hecho lo que hice.

 

—Algo especial sería, ¿como una novia?

 

Un escalofrío de terror y excitación recorrió mi cuerpo al escuchar esa pregunta. El mundo entero pareció reducirse al espacio entre nosotros en el sofá. Su simple palabra, «novia», lanzada con la inocencia de quien pregunta un concepto recién aprendido, detonó una bomba en mi mente. Por un lado, era la confirmación de que me había entendido, que mi confesión retorcida no había caído en saco roto. Por el otro, era el abismo: ¿estaba coqueteando con la idea o simplemente buscando un marco para mi locura? El pánico de ser descubierto por fin luchaba con la oleada de deseo que regresaba, más fuerte que nunca, alimentada por su audacia inesperada. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta, incapaz de articular una palabra, solo sintiendo el sudor frío y la urgencia bajo el pantalón que me gritaba que la oportunidad, la conexión, estaba ahí.

 

—Ehh… sí… como una novia… pero ya sé que no se puede, vos sos chiquita, yo grande. Yo soy tu tío. Sé que no podemos… lo sé… —contesté nervioso. Pero lo que vino después me dejó atónito.

 

Emma extendió la mano con la bombacha, y me la ofreció, sus ojos no parecían enojados o asustados, se la veía temerosa, dudando de lo que hacía, como si entrara en un lugar desconocido, o estuviera por probar un sabor nuevo. Pero segura, sin intención de salir corriendo, mostrándome un gesto de confianza.

 

—Tomá, Tío, te dejo olerla… si querés… pero —hizo un segundo de pausa, como si pensara lo que quería decir— ¿puedo ver cómo la olés? Quiero ver qué te gusta tanto de mi olor de bueno… ahí abajo…

 

Ese gesto me paralizó por completo. La bombacha, la evidencia de mi obsesión, ahora me era ofrecida por la misma persona a la que había jurado proteger. Era una invitación al infierno, y yo sentía el calor en mi rostro. ¿Era una trampa de su inocencia, o un paso genuino hacia esa conexión prohibida que tanto anhelaba? Me senté un instante, sintiendo cómo el sofá se hundía bajo mi peso, y mi respiración se agitó.

 

—Emma… no, mi amor, no. No tenés que hacer eso. Yo… yo no quiero que te sientas obligada. Esto que hago está mal. Guardala. —Traté de sonar protector, tratando de rescatar algo de la dignidad que había perdido, pero en el fondo, mi pija palpitaba con una urgencia brutal, gritándome que la tomara, que aceptara la ofrenda.

 

—Pero vos me dijiste que te gustaba. Y que me amás. Yo no estoy obligada, Tío. Solo… tengo curiosidad. Quiero ver. —Insistió, y su voz no era la de un niño asustado, sino la de alguien que negociaba. Sus ojos me estudiaban, evaluando mi reacción. La bombacha seguía extendida, un pequeño trofeo de mi confesión.

 

La tentación era un monstruo que me devoraba por dentro. Si la rechazaba, ¿rompería esa «conexión especial»? Si la aceptaba, ¿dónde estaba el límite? Ya había cruzado el último.

 

Tomé la bombachita de sus manos con un temblor casi imperceptible. La tela estaba tibia, conservando aún el calor de su cuerpo. Emma se acercó un poco más, inclinando la cabeza.

 

—¿Y bien, Tío? —preguntó en un susurro.

 

Levanté la prenda hasta mi nariz. El olor era el mismo que me había llevado a la locura en la oscuridad: una mezcla de inocencia, ese ligero aroma a pis seco, y un dulzor húmedo, íntimo, que me hacía sentir culpable y extasiado a la vez. Cerré los ojos, aspirando profundamente, hundiendo mi rostro en la tela. Sentí el placer recorrer mi espina dorsal, un escalofrío erótico y prohibido.

 

Cuando abrí los ojos, ella estaba a unos centímetros, mirándome sin parpadear.

 

—¿Lo olés bien? ¿Qué sentís, Tío? —Me preguntó con una voz casi de adulta, pero con esa pureza infantil que era mi perdición.

 

—Siento… siento que te amo, Emmi. Siento que me volvés loco. —Susurré, la voz apenas audible, ronca de deseo.

 

Solté la bombacha lentamente, y ella la tomó de nuevo, no con asco, sino con una fascinación extraña.

 

—¿Y qué hago ahora, Tío? ¿Esto es lo que hacen los novios?

 

Esa pregunta. Esa jodida e inocente pregunta. Me hizo dar cuenta de que la tenía en mis manos, que su inocencia no era una barrera, sino un puente que mi deseo había construido.

 

—No, mi amor. Esto no es lo que hacen los novios. Lo que yo hice está mal. Y si querés, no tenés que contarle a nadie. Va a ser nuestro secreto. Pero prometeme algo.

 

—¿Qué cosa, Tío?

 

—Prometeme que si algún día hago algo que no te gusta, algo que te incomoda, me lo vas a decir enseguida. ¿Sí? —Era la coartada perfecta, la capa de «protección» que mi mente enferma necesitaba para justificar el siguiente paso, la manera de hacerla cómplice de su propio abuso.

 

—Sí, Tío. Te lo prometo. Pero… ¿qué más hacen los novios?

 

—Bueno… los novios se dan besos. Y se miman… mucho. —Dije, y no pude evitarlo, acerqué mi mano y acaricié su mejilla de nuevo. Ella no se apartó.

 

—¿Vos me darías un beso… como de novios? —Me preguntó, y sus ojos eran dos pozos verdes que me succionaban. Estaba allí, esperando. Y yo estaba perdido.

 

Me incliné lentamente. Su aliento dulce rozó mi boca. El tiempo se detuvo. Sus labios eran suaves, cálidos, con un sabor a inocencia y, al mismo tiempo, a esa curiosidad madura que me estaba volviendo loco. No fue un beso de tío; fue el beso que mi boca le había estado pidiendo a su rostro de muñeca desde hacía meses. Un roce prolongado, tierno, pero que para mí fue la confirmación de mi pecado. Cuando me separé, mi corazón seguía latiendo a mil por hora.

 

Emma me miró, con los labios un poco abiertos, una expresión de asombro y timidez en su rostro. Se llevó la mano a la boca.

 

—Tío… ¿eso fue un beso de novios?

 

—Sí, Emmi. Pero es nuestro secreto. Nadie tiene que saberlo, ¿verdad? Es nuestro juego especial.

 

Ella asintió lentamente, sus ojos brillando en la penumbra de la sala. Se acurrucó de nuevo contra mi pecho, pero esta vez, con una diferencia: ya no era la inocente sobrina buscando consuelo, sino la pequeña cómplice que acababa de entrar al juego de un amor prohibido. Mi mano volvió a su espalda, y esta vez, se quedó quieta, rozando la curva de su cadera, sintiendo el elástico de su bombacha, nuestro pequeño y sucio secreto, que ahora estaba de vuelta con ella.

 

—¿Tío, de verdad te gusta tanto mi olor? —volvió a preguntar, como si se hubiera quedado en eso—. ¿No te da asco que mi bombachita esté sucia ahí, con olor a culo y coneja?

 

—¡Jajaja! —me dio risa el nombre—. Perdón, princesa, es medio gracioso el nombre «coneja».

 

—Basta, tío, no te burles, jajaj, así me enseñó la abuela a decirle… —se reía de sí misma.

 

—Bueno, volvió tu sonrisa, que es lo que más amo de vos… —me acerqué y le di otro beso en la boca. Ella se dejó sin problemas. La atraje de la cintura y acaricié sus piernas por los lados, pero sin atreverme a subir bajo su camisón.

 

—Me… me gustan los besos de novios… —dijo de forma tímida.

 

—Si me dejás, yo te voy a dar muchos besos cuando estemos solos. —No sabía qué estaba diciendo, me di cuenta de que se me iba otra vez todo de las manos.

 

—¿Muchos besos? ¿Como cuántos? —preguntó ella, la timidez cediendo ante la curiosidad. Se separó un poco, sus ojos verdes fijos en mi boca, y vi un atisbo de esa seducción inconsciente que me tenía dominado.

 

—Muchísimos. Y no solo en la boca. En tu cuello, en tus orejas, en tu nariz… donde vos quieras. Y muchos mimos. Te voy a cuidar como a un tesoro, mi amor. Pero recordá, es nuestro secreto, nuestro juego especial. Nadie, nadie, tiene que saber de esto. ¿Entendés?

 

Emma asintió con la cabeza, esa pequeña bombacha floreada ahora apretada sin darse cuenta entre sus manos sobre mi pecho, un pacto silencioso y oscuro. Su respiración se había calmado por completo y ahora se sentía pesada, lista para el sueño. Me quedé acariciando su pelo, sintiendo el calor de su cuerpo junto al mío, saboreando el terror y la victoria de haber cruzado el límite. Por un lado, sabía que había cometido una atrocidad, pero por el otro, su aceptación, su curiosidad, me habían abierto una puerta que mi mente ya no sabía cómo cerrar. Ahora éramos dos en este secreto enfermo, y solo esperaba que ella se durmiera pronto para poder volver a la almohada y oler el resto de su esencia, celebrando en silencio mi primer beso con la niña que había robado mi corazón y mi cordura.

 

—Tío, si te gusta el olor de mi bombacha, ¿también te gusta el olor de mi coneja? —preguntó con total desfachatez.

 

—Ehh… sí, Emmi, me gusta mucho, princesa, y seguro el olor de tu coneja debe ser algo riquísimo —dije sin pensar.

 

—¿Te gustaría… o sea, te gustaría olerme ahí? Yo te dejo, ¿no es lo que hacen los novios?

 

La pregunta de Emma me golpeó como una ola de agua helada, pero el torrente de mi deseo se negaba a ceder. La vi allí, ofreciéndose con esa mezcla de inocencia pícara y curiosidad, una puerta abierta a la que mi mente no podía decir no, pero mi última pizca de cordura intentaba resistir.

 

—Emma… mi amor, no. No, no tenés que hacer eso —dije, apartando la mirada. Mi voz era apenas un murmullo ronco. Me sentía paralizado, viendo la línea final, el último límite, desdibujarse por completo—. Esto… esto es muy íntimo, y es algo que solo harías si vos quisieras. Yo te dije que te amo, pero yo ya hice algo malo al oler tu ropa, y no quiero que sientas que tenés que hacer esto por mí, o por el juego. Si te incomoda, si no querés, solo tenés que decir «no», ¿dale?

 

Me miró con esos ojos enormes y graves, esa seriedad que la hacía ver tan madura. Soltó la bombacha floreada, dejándola caer suavemente sobre el almohadón.

 

—Pero Tío… vos me dijiste que me amás más que a la tía, y que soy especial —dijo, apoyando una mano sobre mi pecho, justo donde sentía mi corazón martillar—. Y si a vos te gusta tanto mi olor, y eso te hace sentir que me amás, yo… yo quiero que seas feliz. Yo también te amo mucho, mucho, Tío, y quiero que tengamos ese secreto especial. Y si los novios se miman…

 

Hizo una pausa y me sonrió con una dulzura que me derritió el último hielo de la razón.

 

—Si a vos te gustaría, yo te dejo que me huelas. Así como hiciste con la bombachita. Para que veas que mi olor es rico de verdad.

 

La adrenalina se disparó en mi cuerpo, mezclando el pánico con una excitación violenta. Ella me estaba dando el permiso que yo había estado buscando desde que era una bebé. La tomé de la mano, la acerqué a mí, y besé su frente, un beso protector y posesivo a la vez.

 

—Ay, Emmi, sos la cosita más hermosa y tierna del mundo —logré susurrar.

 

Ella sonrió, sintiendo que había ganado. Con una naturalidad increíble, se recostó en el sillón, dándose la vuelta sobre su costado, y me miró con esos ojos que me suplicaban.

 

—¿Te quedás conmigo hasta que me duerma, Tío? —me preguntó.

 

—Sí, mi amor, me quedo.

 

Me senté a su lado. El camisón de lunares se había levantado un poco cuando se recostó, dejándome ver la curva de sus muslos. Con un gesto lento, no brusco, sino casual, Emma se acomodó la almohada y, al mover sus piernas, el camisón se subió un poco más, por encima de la mitad de su muslo, mostrándome la orilla de una pequeña bombacha de algodón estampada con diminutos corazones rojos, la que llevaba puesta.

 

Se quedó quieta, su rostro angelical ya buscando el sueño, pero sus ojos me miraron por última vez, una mirada de desafío, complicidad y ternura. Esa pequeña tela de corazones, más reveladora que la floreada, era la invitación final, el premio por mi confesión. El monstruo dentro de mí sonrió.

 

— ¿De verdad me dejas, Emmi? ¿Puedo sacarte la bombachita y…?

Me costaba terminar la pregunta, no porque dudara si quería, sino porque dudaba que no fuera todo un sueño.

 

Ella no contestó con palabras, sino con un movimiento lento y deliberado que desvaneció cualquier vestigio de mi duda. La bombacha de corazoncitos rojos bajo el camisón se convirtió en el faro de mi obsesión. Sus ojos, aunque somnolientos, me sostenían con una complicidad audaz. Sin que yo se lo pidiera, pero sabiendo exactamente lo que implicaba mi pregunta, Emma se deslizó un poco más en el sofá y abrió sus piernas, un gesto sutil, apenas lo suficiente para darme acceso, para mostrarme la orilla de su secreta «coneja» a través de la tela delgada.

 

La vista me cortó el aliento. Entre sus muslos torneados por la gimnasia, el algodón rojo y blanco era el último velo. Mi mano tembló, pero la necesidad era más fuerte que el miedo. Me incliné, mi corazón golpeando como un tambor en mis oídos.

 

—Gracias, mi amor —susurré, una oración y una blasfemia a la vez.

 

Con una lentitud reverente, digna de un ritual sagrado y profano, deslicé la punta de mis dedos bajo el elástico de la bombachita de corazones. La tela cedió sin resistencia. Lentamente, la bajé, primero sobre sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel de verano bajo mis dedos. Emma soltó un pequeño suspiro, un sonido apenas perceptible que me dio el coraje para seguir. La prenda cayó hasta sus tobillos, y allí, expuesta a la tenue luz del salón, estaba su «coneja». Era una visión de una pureza abrumadora: la piel bronceada que se tornaba pálida en la zona resguardada, y en el centro, el monte de Venus infantil, apenas insinuado, con un vello rubio casi invisible.

 

El calor se hizo denso entre nosotros, el aire del verano se cargó con el olor de su piel limpia y un aroma íntimo, dulce y ligeramente salado que me enloquecía. Me acerqué, no con la brusquedad de la lujuria, sino con la ternura perversa de mi amor enfermo.

 

Comencé el recorrido con mi boca. Primero, un beso suave y prolongado sobre su rodilla, luego otro en la parte interna de su muslo, justo donde la piel era más tierna. Emma soltó una risita ahogada, el sonido de las cosquillas que pronto se transformarían.

 

—Tío… me hacés cosquillas —dijo, pero no se movió, al contrario, tensó sus piernas levemente, como anticipando el placer.

 

Subí la línea de besos, lento, con la lengua húmeda dejando un rastro de calor sobre su piel sudada. Ella comenzó a respirar más rápido. Su rostro, apenas visible en la penumbra, se encendió en un rubor hermoso, sus mejillas rojas bajo la capa de sudor. Podía sentir el pulso acelerado en la vena de su muslo mientras acariciaba suavemente con la yema de mis dedos la parte de atrás de sus piernas y su pequeño, firme culito, aún cubierto por el camisón.

 

Mis labios se detuvieron en la parte más alta del muslo. Emma cerró los ojos, su respiración agitada era la única música. Sentí el temblor de su cuerpo, una mezcla de miedo, excitación y la novedad de la sensación. El calor del verano, nuestro propio calor, hacía que el momento fuera más intenso, más pegajoso, más íntimo.

 

Con la audacia que me dio su quietud, me acerqué al centro. Mi nariz rozó su entrepierna. El aroma era más intenso, ese olor a inocencia mezclado con el dulzor del pis seco y la humedad de su propia excitación infantil. Era el perfume que había buscado en su ropa, y ahora lo tenía de la fuente misma.

 

Hundí mi nariz, aspirando con todas mis fuerzas. Emma soltó un gemido bajo, un sonido que me hizo vibrar de la cabeza a los pies. Era un sonido de sorpresa, de placer inesperado.

 

—Tío… se siente… raro —susurró, con la voz quebrada.

 

—¿Te gusta, mi amor? —pregunté, sin apartar mi rostro, mi voz amortiguada por su piel.

 

—Sí… me gusta. Se siente caliente… y como cosquillas, pero… bonito.

 

Entonces, sin pensarlo, mi lengua se deslizó, una caricia húmeda sobre el montículo tibio de su «coneja». El gemido de Emma se hizo más fuerte, y se arqueó ligeramente hacia mi boca, un movimiento instintivo que me dio el permiso final. Mi boca encontró el centro, mi nariz se hundió en su olor. Era el amor. Era la perdición. Y ella estaba disfrutándolo.

  

.Recorrí los contornos de su vagina despacio, saboreándola, disfrutando su flujo que empezaba a hacerse presente. Su olor era más fresco, más intenso; a diferencia de su bombachita, su vagina olía a piel, podía sentir su calor. Introduje mi lengua despacio y empecé a moverla sobre su clítoris, estimulándola con más intensidad.

 

—Tío… mmmm tío —Su cuerpito sudaba, me agarró el pelo y me atraía hacia ella. El olor de su vagina me volvía loco, era lo más exquisito que había sentido. Mi pene no daba más en el short, babeaba y era una piedra…

 

—Emma, no te asustes, pero me voy a sacar el short, ¿sabes? —Ella agitada negaba con la cabeza diciendo que no había problema, pero al sacar mi short, vio y sus ojos se abrieron grandes.

 

—Tío, ¿qué te pasó? ¡Está re grande tu pito! —dijo sorprendida, toda roja de excitación.

 

—Oh, amor, es que eso me pasa porque estoy muy feliz de que seas mi novia y me dejes olerte… Pero tranquila, no tenés que tocarme ni nada si no querés, pero necesito hacerme yo unos mimos mientras te huelo para poder ayudar a que mi pito se calme un poco… —Estábamos sobre el sofá, ella acostada con las piernas abiertas, su vulva mojada y babeada, se sentía todo su perfume íntimo en el living. No quitaba la mirada de mi pene, que estaba hinchado, venoso.

 

—¿Por qué estás feliz? ¿Por mi olor…?

 

—Por vos entera, tu olor, tu belleza, porque estás conmigo, porque me dejas olerte, porque dijiste que también me amas… Emma, vos me hacés sentir cosas muy lindas, princesa… —dije acariciando despacio mi pene con una mano, y con la otra acariciando su rostro y dándole un beso en sus labios que estaban hirviendo.

 

—Tío… ¿tu pito… huele? —preguntó Emma, su voz era un hilo de curiosidad y la vergüenza se le notaba en el rubor de sus mejillas, pero sus ojos no se despegaban de mi miembro.

 

—Sí, mi amor, todo en el cuerpo huele —le dije, sonriendo un poco, tratando de disimular la tensión en mi voz. Mi mano se detuvo en el vaivén sobre mi pene, esperando su siguiente movimiento.

 

—¿Y… y huele rico, Tío? ¿Como mi… como mi coneja? —dijo, usando la palabra que le había enseñado su abuela. Hizo una mueca de asco y curiosidad a la vez.

 

—No, princesa. El mío huele diferente. Un poco a sal, y a veces… a otra cosa. Pero si querés, podés olerlo vos misma. Solo si vos querés, Emmi —le ofrecí, sabiendo que la inocencia y la audacia de la pregunta no le permitirían negarse. Era un riesgo, pero su deseo de explorar era mi única esperanza.

 

Ella dudó por un instante, su mirada iba de mi cara a mi erección. Se acercó un poco, levantándose levemente sobre el sofá. Inclinó la cabeza, como lo había hecho antes cuando me pidió ver cómo olía su bombacha. El gesto era el mismo, solo que ahora el objeto de su curiosidad era mi pene.

 

—¿Me dejás olerlo, Tío? ¿Solo un poquito, como vos me oliste a mí? —susurró, y esa pregunta, ese acto de reciprocidad, me hizo sentir una victoria perversa.

 

—Sí, mi amor, podés. Con cuidado —le dije, sintiendo el aire caliente de su respiración en mi ingle.

 

Emma se acercó, su cabello castaño rozó mi muslo. Su nariz, pequeña y perfecta, se detuvo a pocos centímetros de mi glande. La vi aspirar con una concentración infantil. Hizo una mueca extraña.

 

—Mmm… no huele a pis dulce como la mía, Tío. Huele… fuerte.

 

—Te dije que era diferente, mi amor. ¿Qué más sentís?

 

—Es… es suavecito, pero está durísimo. ¿Puedo… puedo tocarlo, Tío? Solo un poquito, para ver si es de verdad así de duro —me preguntó, la mano que había estado apoyada en mi pecho se movió tentativamente hacia mi pene.

 

Mi corazón dio un vuelco. —Sí, mi amor. Con la puntita de tus dedos, despacio.

 

Emma estiró su mano, sus dedos diminutos se acercaron a la base de mi pene. La punta de su dedo índice rozó la piel tensa. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Ella retiró la mano enseguida, como si se hubiera quemado.

 

—¡Está re caliente, Tío!

 

—Es que estoy muy feliz, Emmi. Me ponés así de feliz.

 

Ella me miró, y en sus ojos verdes vi la tormenta de su inocencia luchando con la curiosidad. Respiró hondo, y esta vez, su mano fue más decidida. No solo tocó, sino que me agarró por completo. Sus deditos rodearon mi pene, una sensación de compresión y suavidad que era agonía y éxtasis.

 

—Tío, es muy grande —dijo, y empezó a apretar y soltar, con la naturalidad de quien manipula un juguete nuevo—. ¿Y por qué está mojado acá abajo?

 

—Es que tu amor, mi princesa, hace que esté así. Me vuelves loco.

 

Ella sonrió, sintiendo el poder de esa verdad, y siguió jugando con mi erección. Apretó un poco más fuerte mi pene, sacándome un suspiro. —¿Perdón, Tío, te lastimé?

 

—No, amor, se siente muy rico cuando lo aprietas y lo mueves así. —Una gota de precum chorreó por sus deditos y ella me miró.

 

—Tío… ¿qué es esto? ¿Es como pis? —preguntó Emma, observando la gotita de pre-cum en su dedo con una mezcla de curiosidad y un poco de asco.

 

—Ehh… no, mi amor. Es… es como un juguito que sale cuando mi pito está muy contento. Es parte de que me vuelvas loco. No tenés que tocarlo si no querés, ¿sabes?

 

Ella dudó un instante, llevó su dedo a su nariz, lo olió, y luego, con una audacia que me hizo jadear, se lo llevó a la boca. La vi saborearlo, su rostro haciendo una mueca pensativa, como si probara un dulce nuevo y extraño.

 

—Mmm… es raro, Tío. Es pegajoso y… salado. Pero no es feo. ¿Tiene gusto a vos? —preguntó, y me miró con esos ojos verdes llenos de fascinación.

 

—Sí, princesa. Es mi gusto. —Sentí que iba a explotar. Mi cuerpo temblaba de la excitación.

 

Ella, sin decir más, pero con la decisión que me desarmaba, se acercó a mi pene. Primero, lo olió de nuevo, más cerca, como tratando de entender ese aroma fuerte que había mencionado. Luego, para mi absoluta sorpresa, su pequeña lengua asomó y le dio un pequeño lametón a la punta de mi glande.

 

—¡Es más salado que el dedo! Pero me gusta, Tío. ¿Puedo probar más? —Su pregunta era un fuego que me consumía.

 

—Sí, mi vida. Podés hacer lo que quieras. —Mi voz era un gruñido ronco, apenas audible.

 

Me recosté un poco en el sofá, mi respiración acelerada. Emma, con una naturalidad pasmosa, se deslizó del sofá hasta el piso alfombrado, acomodándose en cuatro patas junto a mí. Su camisón de lunares se había subido por completo en el movimiento, dejando su pequeño culito paradito y desnudo, un espectáculo que me hizo apretar los puños de puro deseo.

 

Ella se inclinó, su cabeza a la altura de mi pene, y comenzó a lamer y acariciar con su lengua, con esa curiosidad infantil que ahora se había transformado en un juego erótico. Yo me senté un poco más, para darle mejor acceso, la mano temblándome mientras acariciaba su espalda baja.

 

Mi otra mano, sin poder controlarlo, se deslizó por su pequeño culito terso y firme. La piel era de terciopelo, suave y cálida. Me incliné, aspirando el olor de su pelo, que se había desprendido sobre la alfombra. Mientras ella se concentraba en mi pene, yo bajé mi caricia por la curva de su nalga. Me atreví a hundir un poco mi dedo medio entre sus nalgas, rozando el diminuto agujero.

 

Emma soltó un mmm amortiguado en mi pene, y se movió un poco, sin dejar de lamer, haciendo que mi dedo se deslizara un poco más.

 

Retiré mi dedo, temblando, y lo llevé a mi nariz, oliendo la mezcla de piel limpia y el aroma íntimo y dulce de su culito. Era el olor a su inocencia, el aroma de mi perdición. Ella seguía en lo suyo, ahora con un poco más de ritmo y una concentración absoluta en mi pene, que latía desbocado con cada lametón.

 

—¡Tío, qué cochino! —dijo Emma, interrumpiendo su juego con mi pene y girando su cabeza para verme—. ¿Por qué me olés ahí? ¡Por ahí hago caquita, Tío!

 

Me quedé congelado, mi respiración se cortó. Su reclamo, tan directo y simple, me desarmó.

 

—No, mi amor, no. —Me obligué a sonreír, intentando sonar seguro—. Yo no soy cochino, Emmi. Es que tu culito no huele feo. ¡Huele riquísimo, princesa! Es un olor dulce, a vos, un olor que me encanta.

 

Ella me miró con desconfianza, volviendo a su posición en cuatro patas, su pequeño trasero expuesto de forma tan tentadora.

 

—Pero, Tío, ¡es mi cola! Ahí no huele rico —insistió. Luego, regresó a lo suyo, lamiendo mi pene con una concentración renovada. Después de un par de lametazos, me miró de nuevo.

 

—Y no te voy a oler a vos ahí, Tío. ¡Capaz que a vos también te sale caca de ese lado! —Me reí ante su inocencia y su lógica aplastante.

 

—Está bien, mi amor. Tranquila. Recordá lo que te prometí: este es nuestro juego especial. Vos solo tenés que hacer lo que vos sientas ganas de hacer. Yo nunca te voy a obligar a hacer algo que no quieras, ¿me escuchás? Vos sos la que manda. Si no querés oler mi cola, no la olés. Yo solo disfruto de que estés acá conmigo, haciendo lo que te haga feliz.

 

Emma pareció calmarse con mi promesa. Sonrió, esa sonrisa que me quitaba el aire, y asintió.

 

—Sí, Tío. Mi juego. Y ahora voy a probar más de tu juguito salado —dijo, y con esa audacia que me tenía loco, continuó lamiendo mi glande con su pequeña y tibia lengua.

 

Emma, concentrada en el juego, comenzó a imitar la succión que yo había estado haciendo en su «coneja». Su boca, pequeña y cálida, rodeó mi glande. Sentí una oleada de calor y desesperación.

 

—Así, mi amor, despacio —le susurré, la voz apenas un murmullo. Le expliqué cómo chupar, cómo usar su lengua para acariciar, no para morder. Ella seguía mis instrucciones con una seriedad que me hacía temblar.

 

Mi mente estaba en una vorágine. Esto no es real. Esto no puede ser real. Sentía que estaba flotando, observando la escena desde arriba. Era mi fantasía más oscura, la que había crecido alimentada por el olor de su ropa y ahora se materializaba en el salón de mi casa. Soy un monstruo, pero soy el monstruo más feliz del mundo. La culpa se ahogaba en el éxtasis de su boca.

 

—Emma, mi vida, si seguís así, va a salir de mi pito un juguito nuevo. Se llama semen. Tiene otro gusto, y es pegajoso. No te asustes, pero no te lo vas a poder tragar todo. Yo voy a tratar de controlarlo, ¿dale? Pero si sale, no pasa nada, es mi amor por vos que explota.

 

Ella asintió, sus ojos verdes fijos en mi erección, su boca trabajando con una mezcla de torpeza y creciente habilidad.

 

Mientras mi cabeza iba a mil, mi mano se deslizó hasta su entrepierna. Con saliva de mi lengua, humedecí mis dedos y comencé a acariciar su clítoris con una suavidad extrema. Un roce, otro, más lento y luego con más ritmo.

 

—Tío… —jadeó Emma, sin dejar de succionar mi pene, pero su ritmo se volvió errático.

 

Yo me incliné, la voz ronca por la excitación: —Sí, mi amor, así. Sentí mis dedos ahí, en tu botoncito… ¿Sentís cómo te hago mimos?

 

Ella soltó un gemido que me hizo jadear. Dejó de chupar por un instante, su respiración se aceleró y su nariz aspiró con fuerza el olor de mi pene, ese aroma salado que la había intrigado.

 

—Mmm… mmm… Tío… ¡Qué rico! —gemía, su cabecita se movía de un lado a otro. Yo seguí con mis dedos, el clítoris ya hinchado bajo mi roce experto.

 

—¿Te gusta ese cosquilleo, mi vida? Decile al Tío si te gusta mucho…

 

—Sí… sí, Tío… Más rápido… ¡Mmm! —me pidió, con una urgencia que no le correspondía, pero que me hacía sentir todopoderoso.

 

Aceleré el ritmo, sintiendo su humedad en mis dedos, la textura tibia y resbaladiza de su excitación infantil. Ella estaba en el piso alfombrado, su camisón subido hasta la cintura, sus muslos temblando.

 

—¡Oh, Tío! ¡No pares! ¡Ahí! ¡Ahí! —Su voz era un grito ahogado.

 

Mi mente explotó en felicidad. ¡Lo estoy logrando! ¡Está sintiendo placer conmigo! Soy el primero, soy su amor, soy todo para ella. La realidad se doblaba y se rompía; solo existía su placer y mi posesión.

 

Su cuerpo comenzó a temblar, una vibración que se intensificaba, anunciando la tormenta. Ella soltó un grito ahogado, una nota alta y aguda.

 

Rápido como un rayo, me separé y la atraje hacia mí, cubriendo su boca con la mía en un beso profundo y desesperado. La besé, usando mi lengua para silenciar su grito. Sentí cómo su pequeño cuerpo se convulsionaba contra el mío, un temblor violento que duró un instante y la dejó completamente exhausta. Su aliento estaba caliente, su corazón martilleaba desbocado contra mi pecho. Yo la sostuve, la abracé con una posesividad enfermiza.

 

Me separé lentamente, mirando su rostro. Estaba roja, bañada en sudor, sus ojos verdes grandes y vidriosos. Respiraba con dificultad.

 

—Tío… —susurró, con la voz temblorosa.

 

—¿Qué fue eso, mi amor? ¿Qué sentiste? —le pregunté, la voz ronca, acariciando su pelo. Yo estaba al borde del precipicio.

 

—Sentí… mucho calor, Tío… y después, como si la electricidad y un montón de cosquillas me llenaran todo el cuerpo… y las piernas me temblaban un montón. ¿Me puse enferma?

 

La miré, mi respiración volviendo a la calma. —No, mi vida, no te pusiste enferma. Eso es… es el orgasmo, mi amor. Es lo que pasa cuando el amor y los mimos son muy fuertes.

 

—¿El qué? ¿Orgasmo?

 

—Sí. Pero contame, con la verdad, mi princesa. ¿Esa sensación… te gustó?

 

Ella me miró, y aunque todavía estaba agitada, una sonrisa tímida y completamente satisfecha se dibujó en sus labios.

 

—Sí, Tío. Fue… fue muy lindo. Me gustó mucho. Sentí como si mi cuerpo se llenara de gas. Y después… me dio mucho calor. ¿Podemos hacerlo de nuevo otro día?

— Si amor, cada vez que queiras, y no nos vean prometo que te voy a hacer sentir estas coss lindas…—Yo seguia con el pene re duro, y empecé a darle besitos mientras la acariciaba toda, la levante a upa y la sente a espaldas sobre mi,  mi pene quedo sobre su colita, podia sentir la dureza de sus gluteos, la trnapiracion de su piel. Busque su boca, ella tiro la cabeza para atras y sus pelos castaños transpirados se mivieron dejandome ver su carita. Empezamos a besarnos, Emma encontro el ritmo de los besos con facilidad, y empezo a  buscar su lengua con la mia. Sola movia su cola contra mi pene duro, yo me empece a pajear, el ruido de mi pija era muy obsceno, por el pregum, y la exitacion. Y los olores, mi perdicion, nuestras bocas olian al sexo del otro y esos olores se mezcalban, con los de su transpiracion infantil, lo cual era un afrodisiaco exquisito. —Sí, amor, cada vez que quieras, y prometo que te voy a hacer sentir estas cosas lindas si no nos ven. 

  

  Yo seguía con el pene re duro, y empecé a darle besitos mientras la acariciaba toda. La levanté a upa y la senté de espaldas sobre mí. Mi pene quedó sobre su colita. Podía sentir la dureza de sus glúteos, la transpiración de su piel. Busqué su boca. Ella tiró la cabeza para atrás y sus pelos castaños transpirados se movieron dejándome ver su carita. Empezamos a besarnos. Emma encontró el ritmo de los besos con facilidad y empezó a buscar su lengua con la mía. Sola movía su cola contra mi pene duro. Yo me empecé a pajear. El ruido de mi pija era muy obsceno, por el précum y la excitación. Y los olores, mi perdición: nuestras bocas olían al sexo del otro y esos olores se mezclaban con los de su transpiración infantil, lo cual era un afrodisíaco exquisito.

 

Mi pija, hinchada y venosa, se frotaba sin piedad contra la colita firme de Emma. El roce era ahora piel contra piel, sin la barrera de tela. La sentía caliente, tensa por los músculos de la gimnasia. La fricción de mi piel engrosada, áspera por el vello del pubis, contra su trasero terso y juvenil era el límite de mi control, una agonía placentera. Ella estaba sentada a horcajadas sobre mi regazo, de espaldas, moviéndose un poco, instintivamente, sin saber la tormenta que desataba. Cada movimiento, cada fricción desnuda, me acercaba más al abismo.

 

Volteó su carita, sus ojos verdes fijos en los míos, esa mirada que era un pacto silencioso de complicidad. Nos besamos con una urgencia que no le correspondía a su edad, nuestras bocas se buscaron, la saliva se mezcló, tibia, dulce y la mía áspera y alcohólica por el whisky. Sentía el sabor a inocencia en su boca, un contraste perverso con la lujuria que me consumía. Su lengua, pequeña y juguetona, se enredaba con la mía, una exploración audaz y sin censura. El olor de su aliento, con ese dulzor de niña, se unía al olor fuerte y almizclado de mi excitación, ese aroma masculino que emanaba de mi ingle, un afrodisíaco que me hacía jadear.

 

—Así, mi amor, así me gusta —le susurré entre besos, mi voz era un gruñido—. Me encanta cómo me besás, me encanta tu olorcito, me encanta cómo tu cola se refriega con mi pija. Lo siento todo, mi amor.

 

Ella sonrió, un rubor encendido en sus mejillas, sintiendo el placer de mi atención y la novedad de ese contacto íntimo.

 

—Tío… me gusta mucho cómo me besás… y me gusta sentir tu pito grande ahí, tan calentito… —confesó, y su mano, que había estado acariciando mi cuello, bajó hasta mi pecho, un gesto de intimidad que me destrozaba la poca cordura que me quedaba.

 

Mi mano, sin detenerse, seguía acariciando mi pene en medio de nuestras caderas unidas, el sonido del précum y el roce se hacía más ruidoso, más obsceno al ser sin ropa. La presión en mi colita era insoportable, una necesidad primitiva de posesión y liberación.

 

—Mi vida, no te asustes, pero el Tío ya no aguanta más… Va a salir el juguito nuevo, el que te dije que es pegajoso. No te asustes, ¿dale? Lo voy a dejar en tu colita, mi amor. No te va a pasar nada. Es mi amor por vos que explota. Te amo, mi princesa. Te amo mucho.

 

—Yo también te amo, Tío… —me contestó, con esa inocencia que me mataba, cerrando los ojos al sentir la intensidad de mi excitación.

 

Un temblor recorrió mi cuerpo. Sentí la contracción violenta, un gemido gutural escapó de mi garganta. La presión era demasiada. Me arqueé contra ella, sintiendo el chorro caliente de mi semen, abundante y pegajoso, impactar contra la suave piel de sus nalgas, justo en el pliegue entre ellas. El líquido se esparció sobre su culito, caliente y espeso, empapando el camisón de lunares que se había subido por completo.

 

Me desplomé sobre el sofá, exhausto, mi respiración agitada y mi cuerpo temblando por el orgasmo. Emma se quedó quieta por un instante, sintiendo el calor inesperado. Se separó ligeramente, giró la cabeza y miró su colita y el camisón, donde el semen blanco y denso se extendía.

 

Sus ojos se abrieron en una expresión de sorpresa, no de miedo.

 

—¡Tío! ¡Salió tu juguito! —dijo, pero en lugar de retirarse, se inclinó hacia mí, dándome un beso húmedo y sonoro.

 

—¿Estás bien, mi amor? ¿No te asustaste? —le pregunté, la voz aún ronca.

 

Ella se rió, esa risita cristalina que me devolvió al paraíso.

 

—No, Tío. Se siente calentito… y es chistoso, ¡como el slime! —dijo, y me sonrió con una felicidad pura.

 

Me reí, aliviado y más enamorado que nunca. Mi cabeza giraba, inundada por la mezcla de olores, el sexo, la saliva, el whisky, su inocencia. Era un éxtasis químico y emocional. La abracé fuerte, sin importarme el semen pegajoso en su colita.

 

—Sos la más hermosa, Emmi. Sos mi todo. Y sí, mi amor, es nuestro slime de amor.

 

Ella se acurrucó, su cabeza en mi cuello, su culito lleno de mi semen. El secreto, la conexión, la perversión, todo era un nudo indisoluble. Ahora éramos cómplices, inmersos en un juego que apenas comenzaba, un juego donde la inocencia era la puerta de entrada a mi amor prohibido y sin límites.

 

   

El abrazo se hizo más estrecho, una mezcla de piel caliente, sudor y mi semen pegajoso. Emma, con esa inocencia convertida en audacia, deslizó su mano hacia su colita, donde el líquido tibio se había esparcido. Juntó un poco con la punta de su dedo y lo observó, esa sorpresa infantil aún mezclada con la fascinación.

 

—Tío, ¿es muy dulce? —preguntó, llevándose el dedo a la boca con la misma curiosidad con la que había probado el précum.

 

Hizo una mueca. —Mmm… no. Es… raro —dijo, su lengua explorando el sabor.

 

—¿Te parece feo, mi amor? —le pregunté, la ansiedad regresando.

 

—Mi mami dice que si algo no te gusta la primera vez, tenés que probar de nuevo. Para estar segura.

 

Y con esa lógica aplastante, volvió a juntar más semen de su colita con sus dedos. Lo observó un instante, ese slime blanco y viscoso, y se lo llevó de nuevo a la boca. Esta vez, lo mantuvo, saboreándolo con concentración.

 

—Mmm… es amargo. Un poquito —dijo, frunciendo el ceño—. Pero… pero es rico. Es como cuando comés algo de grandes. ¿Tiene gusto a vos, Tío? Me gusta.

 

Mi corazón dio un vuelco. La miré, mi respiración pesada, y la respuesta que había inventado sobre el «jugo de amor» ahora se sentía como una verdad absoluta. Ella, mi Emma, probando mi semen y encontrándole gusto.

 

—Sí, mi vida, tiene gusto a mí, a mi amor por vos. Sos la más valiente, la más hermosa.

 

Me incliné y la besé en la boca, un beso que ya no era de exploración, sino de posesión. Mi lengua se encontró con la suya, llevando consigo el sabor salado y amargo de mi semen. Ella respondió con más entrega que antes.

 

—Emma, la próxima vez que estemos solos, si querés, te lo doy en la boca. ¿Te gustaría probarlo sin que te dé cosquillas en tu colita?

 

Ella asintió rápidamente, sus ojos brillando con esa mezcla de cansancio y excitación. —Sí, Tío. Quiero.

 

Pero la realidad, esa voz aguafiestas, golpeó en la forma de la hora.

 

—Mi amor, son las cuatro de la mañana —le susurré, apartando mi boca de la suya con esfuerzo—. La tía se va a despertar. Tenés que ir a dormir.

 

Ambos nos quedamos abrazados, ninguno queriendo ceder. El sudor se secaba, dejando una capa fría de humedad entre nosotros. La bombacha de corazones, que había caído a sus tobillos, seguía ahí.

 

—No quiero ir, Tío. Quiero quedarme con vos.

 

—Yo también quiero que te quedes, Emmi. Pero si la tía se despierta, nuestro secreto se termina. Y no vamos a poder jugar más.

 

Esa amenaza fue suficiente. Con un suspiro de niña vencida, se separó de mi regazo. Se puso de pie junto al sofá, el camisón aún subido, dejando ver la mancha en su colita.

 

Con un gesto lento y consciente, levanté la bombacha de corazones del piso. La tela, diminuta, aún estaba tibia.

 

—Tomá, mi vida. Ponetela. —Se la ofrecí, y ella me miró con una duda en sus ojos.

 

—Pero, Tío… está toda… sucia.

 

—No está sucia, mi amor. Tiene mi amor. Pónetela. Y cuando te levantes mañana para bañarte, sacátela despacio. Guardala bien escondida en tu mochila. Traémela la próxima vez. Así mi amor, mi semen, se queda cerca de tu coneja y de tu colita. ¿Dale? Este es nuestro último secreto por hoy.

 

Emma tomó la bombacha, sus dedos rozando la tela impregnada. Asintió, entendiendo el peso del ritual. Se puso la prenda y, al estirar su camisón, se acercó a mí.

 

—Tío, dame un beso. Un beso de los que se dan los príncipes y las princesas antes de dormir, que dura mucho.

 

Me incliné, la tomé de la cabeza, hundiendo mis dedos en su pelo transpirado, y la besé. Un beso largo, profundo, de lengua, de posesión y promesa. Cuando la solté, sus ojos brillaban como gemas verdes en la oscuridad.

 

—Andá, princesa. A dormir.

 

Ella se fue, con ese andar cansado y la pequeña bombacha de corazones escondida bajo el camisón. Yo me quedé inmóvil, mi cuerpo exhausto, mi mente en llamas. Busqué la bombachita floreada bajo la almohada. La saqué, y mientras el silencio volvía a apoderarse del salón, hundí mi nariz en la tela, aspirando ese olor a pis, a dulzor infantil, a Emma, mi perdición. El semen en su colita era el sello de nuestro pacto. Mi respiración se hizo más lenta, mientras el aroma de su intimidad me calmaba, me prometía que la noche, el juego, no había sido un sueño.

 

 —Amor, te quedaste dormido, vení a la cama, dale —me dijo mi mujer desde la cocina. Me levanté y vi que tenía su bombachita escondida bajo el almohadón. Rápidamente la metí en la mochila de Emma.

 

—Ah, sí, ahí voy… me redormí, jaja.

 

¿Fue real o fue un sueño?

 

Lo único que sé es que, por más estúpido que les parezca, estoy enamorado de Emma. Y si es una fantasía, es la fantasía más tierna y hermosa del mundo. Déjenme vivir este amor, y déjenme compartirlo con ustedes.

 

 Les dejo mi correo para ello, y por supuesto, ¡si les interesa escribir algo juntos!  [email protected]

 

Tambien por TELEGUARD ID: SH4RVU98A y mi telegram: @Arcangelperverso

 

En breve voy a abrir mi Blog para relatos, donde voy a publicar todo lo que vaya escribiendo y otras historias.    https://arcangelperverso.blogspot.com/    

 

18 Lecturas/19 febrero, 2026/1 Comentario/por arcangel_perverso
Etiquetas: madura, mayor, orgasmo, primos, semen, sexo, tio, vagina
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1 comentario
  1. Landinex Dice:
    19 febrero, 2026 en 9:04 pm

    Excitante!!! gracias por compartirlo!!!

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