• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (7 votos)
Cargando...
Fantasías / Parodias, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Emma, un amor prohibido 2

Sigue esta historia de amor entre un tío y su sobrina de 10 años.
  La voz de mi esposa me despierta. Eran las 11 de la mañana. Me había acostado tarde. ¿Era verdad o fue un sueño? Todavía sentía en mis fosas nasales el olor de la bombachita de Emma. Sentía en mi piel la sensación de haber tocado la suya.

 

—Amor, tengo que irme a comprar ropa con los chicos y Emmita no se despierta. ¿La podés cuidar? —Dijo mi esposa.

 

—Ahh… sí, obvio, amor, yo la miro, si se despierta le hago la leche para el desayuno, tranqui. Espero no se aburra.

 

—Sos un sol, amor, gracias, si no voy hoy no voy más. Y no se va a aburrir, le encanta estar con vos —Dijo ingenuamente.

 

Se fueron a los 15 minutos, iban a tardar por lo menos dos o tres horas, si no es que terminaban comiendo algo fuera de casa por el horario. Emma debía estar muerta de cansancio. Por el trajín de anoche. Tal vez no fue mi imaginación, tal vez todo pasó.

 

Me fui a verla, estaba acostada destapada, se le había levantado el vestidito y se veía la bombacha de corazones con unos lamparones oscuros que eran de mi semen. Me acerqué y le olí el culito, tenía un olorcito a sexo y transpiración, no quería despertarla. Quería disfrutarla así, recorrí su piel con mi nariz, oliendo todo su cuerpo hermoso que yacía acostado en la cama de mi hija. Entraba algo de luz del sol, que iluminaba su cuerpito, su figura de muñequita, su barriguita infantil, su pechito plano con dos pezoncitos que empezaban a tener forma de conito. Me moría por ella.

 

Llegué a su rostro y olí su aliento, sentí el olor a sexo en su rostro, todavía olía a sexo, a la transpiración de nuestro encuentro. Besé sus labios, aun dormida, saboreé su saliva, acaricié su hermoso pelo, mi pija empezó a despertar, a ponerse dura y a necesitar salir. Me saqué el bóxer, y la dejé salir, respirar. La acerqué a su cara, a sentir su temperatura con mi verga, le acaricié el rostro con ella, mi precum empezó a aparecer enseguida dejando su rastro en esos rasgos de muñeca rusa. Pasé mi glande por sus labios rojos, y su nariz, dejando mi rastro en ese rostro inocente. Era un ángel dormido, la belleza de Emma no podía compararse con ninguna mujer que conociera. ¿Cómo era posible que esa niña despertara lo peor de mí, y a la vez me generara tanto amor? ¿Alguien duda que la amo? ¿Que la amo con locura?

 

Me arrodillé al lado de ella en la cama y refregué despacio su rostro con mi pija, ella estaba tan dormida que babeaba, así que recogí parte de su saliva y la esparcí con mi precum, dejando surcos brillosos por su rostro. Dejando el rastro invisible de mi olor. Ahora era mi novia, y estábamos solos, iba a disfrutar de mi novia incluso dormida. Muchos dirán que esto es abuso, pero no, es admiración, fascinación por tanta belleza, ganas de disfrutar de un ser tan puro y bello en todo momento y de todas las formas.

 

  Baje mi mano y empecé a acariciar su vulva por arriba de la bombachita, la misma que había olido y lamido en la madrugada, y disfrutado de darle placer. Corrí con mis dedos el borde y toqué sus labios buscando su clítoris. Cuando lo toqué, lanzó un suspiro dormida y se acomodó abriendo las piernas; incluso dormida me facilitaba darle mi cariño.

 

La posición no era muy cómoda, pero estaba muy contento disfrutando poder sentirla así, usando su inocencia incluso dormida. Me masturbaba despacio, frotándome con sus mejillas, su nariz y sus labios que dejaban salir parte de su saliva. El olor de mi pija, al ser acariciada, y de mi précum mezclados con su saliva, empezó a invadir mi nariz y la habitación. Yo, arrodillado en el colchón, pasándole la chota por la cara de angelito, y acariciando su conchita suavemente.

 

Se sentía cómo su vagina se humedecía de a poco incluso dormida; a pesar de estar dormida, su cuerpo respondía al amor del tío. Su respiración se aceleraba y su piel volvió a ponerse caliente como la noche anterior. Se retorcía despacio, y se le escapaba algún que otro gemido. Hacía algunos gestos con la boca; se veía tan hermosa con mi pija pegada al rostro, su sudor, los restos de fluidos que se iban juntando por su rostro. No tenía pensado acabar rápido, era mi novia, iba a disfrutar el tiempo, hacerle sentir el olor de mi chota, y disfrutar de esta forma de su inocencia, de su belleza.

 

—¡Tan linda sos, Emma! Dios, qué belleza sos. Mira cómo me pones la pija. Sos mi novia hermosa, mi hembrita, mi putita… Te amo tanto, reina, sos mi sueño hecho realidad —decía en voz baja para no despertarla y no romper ese mágico momento.

 

Yo seguía arrodillado, la dura y caliente cabeza de mi pene se frotaba con lentitud en el rostro de angelito de Emma. Deslizaba mi glande primero por su mejilla, recogiendo los restos de saliva y précum ya secos, y luego por sus labios rojos, deteniéndome un instante para sentir la suave humedad de su boca entreabierta, sin llegar a introducirme, solo un roce tibio, una caricia húmeda que buscaba su saliva para humedecer mi propia punta. Cada roce era una descarga eléctrica, una confirmación de que esa niña, incluso dormida, era mía.

 

—Mi dulce hembrita, ¿ves cuánto te ama el Tío? —susurré, mi voz baja y ronca, mientras mi pene hacía un surco brillante sobre su nariz, mezclando su saliva con mi excitación.

 

Mi otra mano no dejaba de trabajar en su entrepierna. Con el pulgar, trazaba círculos lentos y expertos sobre el diminuto botón de su clítoris, el cual ya se sentía firme y turgente bajo la tela húmeda de su bombacha de corazones. Su vagina, debajo, se había abierto como una flor en verano, su humedad empapando el algodón.

 

Al tocarla con más firmeza, el gemido de Emma fue más audible, un suave «mmmmm» que se ahogó en su garganta. Su pequeño cuerpo se arqueó levemente en un espasmo casi imperceptible, sus piernitas se tensaron y sus caderas se movieron, buscando la presión que yo le daba. Respiraba ahora con una agitación que rompía la calma de su sueño. Su rostro, bañado en el brillo de mis fluidos y su propio sudor, se veía aún más hermoso.

 

El olor en la habitación era un afrodisíaco embriagador. La mezcla era densa: el dulzor íntimo y ligeramente ácido de su excitación infantil, el aroma fuerte, salado y almizclado de mi pene caliente, y un toque de la saliva fresca y la transpiración. Era el perfume de nuestra conexión, de nuestra necesidad, y yo lo aspiraba con avidez, sintiendo cómo me hundía más en mi obsesión.

 

Aumenté la presión en su clítoris, y ella soltó un pequeño grito ahogado, una nota aguda que me hizo temblar.

 

—¡Ahí, mi amor! ¡Que lo disfrutes, mi reina! —dije, acelerando mi masturbación y frotando mi glande contra su boca abierta, apenas sintiendo su pequeña lengua, cálida y blanda, que se movía instintivamente.

 

Su rostro se retorcía en una expresión de placer dormido, sus cejas fruncidas, su respiración agitada. Yo no buscaba mi orgasmo, solo prolongar este momento de posesión total. Quería llenarla de mi esencia, manchar su inocencia con mi amor, grabarle a fuego la marca de su Tío. El précum seguía saliendo a borbotones, goteando sobre su cuello y la almohada.

 

Me detuve un instante, solo para admirar mi obra: la princesa dormida, su rostro inocente ahora un lienzo de deseo, sus labios entreabiertos, su vulva palpitando bajo mi mano. Me acerqué y besé sus labios de nuevo, un beso húmedo y lento, saboreando el dulce sabor de su boca con el rastro de mi excitación.

 

—Sos mi vida, Emma. Mi razón, mi deseo, mi amor eterno —susurré, y volví a mi juego, la masturbación lenta en su rostro, la caricia experta en su entrepierna, escuchando sus suaves gemidos de placer que se perdían en el sueño. Ella era la prueba viviente de mi amor y mi fantasía.

 

El ritmo se volvió febril, un martilleo sin tregua que buscaba la liberación y la posesión definitiva. Dejé de susurrar y me concentré en la sincronía perversa de mi mano y la suya. Mi masturbación se hizo violenta, un movimiento frenético que hacía que mi pene restregara con fuerza la superficie de su rostro. Las mejillas de Emma, la nariz, sus labios, todo se convirtió en un lienzo de fricción, un molinillo de placer y fluidos. La cabeza de mi verga, caliente y babeante, se deslizaba en un ciclo incesante sobre su boca entreabierta, recogiendo su saliva y esparciendo mi précum.

 

Mi otra mano, la que estaba sobre su entrepierna, también aumentó la presión. Había sentido que la humedad de su vulva era abundante; aproveché esa misma lubricación infantil. Con el pulgar, recogí el fluido resbaladizo que salía de su pequeña vagina y lo usé para masajear con una intensidad experta su clítoris. El aroma, esa mezcla de dulzor, sudor y su excitación, me golpeó. No pude evitarlo: por un instante fugaz, levanté mi pulgar y lo llevé a mi nariz, aspirando con una avidez brutal el perfume íntimo de mi «hembrita». El gusto en el aire, el olor en mi nariz, todo era una droga que me impulsaba a más.

 

Y no me detuve ahí. Con el dedo medio, untado de su propia humedad y de mi précum, me deslicé hasta su pequeño ano, apenas rozando la diminuta abertura, esparciendo parte de nuestros fluidos en ese pliegue prohibido. Era mi marca de posesión total.

 

El cuerpo de Emma se tensó de golpe, la calma del sueño se rompió por una electricidad violenta. Su piel, antes solo ruborizada, se puso de un rojo intenso, casi febril. Sus gemidos, hasta entonces suaves, se transformaron en jadeos agudos que se ahogaban contra mi pene. Ella no estaba solo soñando un placer; su cuerpo estaba siendo sacudido por una tormenta real.

 

Apreté mis labios y aceleré mi masturbación hasta la locura. Mi pene chocaba con su cara, ahora con el sonido húmedo de la fricción de mis fluidos y los suyos. Los círculos en su clítoris se volvieron frenéticos, un bombardeo sin tregua.

 

El temblor de su cuerpo se intensificó, un espasmo violento que la hizo arquearse en la cama, casi lanzándome lejos. Sus ojos se abrieron de golpe, verdes y vidriosos por el éxtasis y la confusión. El orgasmo fue tan intenso que la despertó por completo: un grito agudo, un gemido cortado que me hizo perder el control total.

 

En ese instante de pánico y éxtasis, mi cuerpo no aguantó más. Un gemido gutural salió de mi garganta, y sentí la contracción final, la liberación violenta.

 

¡Pum!

 

El chorro de mi semen, abundante, espeso y caliente, salió disparado. La inercia del movimiento lo dirigió con una puntería brutal. Impactó en el rostro de Emma, recién despertada, sorprendida por verme desnudo y tocándola. El líquido blanco y viscoso se esparció por su carita: le llenó una mejilla, le manchó el cabello castaño claro, y la mayor parte fue a parar a su boca abierta en el grito ahogado. Sentí el impacto, el calor, y luego la pegajosidad del semen resbalando por la piel de su rostro.

 

Una porción del semen también manchó el camisón de lunares a la altura del pecho, dejando un lamparón húmedo y blanco sobre la tela.

 

Emma se quedó inmóvil, con el rostro, el cabello y parte de la boca cubiertos de mi amor pegajoso. Sus ojos, ahora plenamente despiertos, me miraban con una mezcla de sorpresa, miedo y, de fondo, el aturdimiento post-orgásmico.

 

—¡Tío! ¿Qué…? —Su voz era un hilo, apenas audible por la sorpresa y el semen.

 

Me desplomé a su lado, jadeando. Mi cuerpo temblaba por el placer y el pánico. La miré, mi respiración cortada.

 

—¡Emma, mi vida, perdón! ¡Perdón! Yo… yo no quería que te despertaras.

 

Pero ella no me escuchaba. Su mirada se desvió de mi pene, de mi cuerpo desnudo y agitado, hacia el camisón manchado y hacia la puerta.

 

—¡La Tía nos va a ver! —susurró con terror, su voz quebrada—. ¡Estaba dormida, Tío, yo no vi nada, yo no… no quería que me vieras así! ¡No esperaba que hicieras eso!

 

El pánico infantil era real. La culpa me golpeó con la fuerza de un rayo al ver su rostro cubierto de mi semen, su miedo a la figura de su tía, y la sorpresa en sus ojos por mi acción. El terror en sus ojos era un espejo de mi propio horror. Verla así, despertada por el impacto de mi semen en su rostro, la hizo regresar de golpe a la realidad. No a la realidad del «juego especial» de la noche, sino a la realidad de una niña de diez años vulnerable ante la desnudez y los fluidos de un adulto.

 

—¡Tío, la cara! ¡La cara! —chilló, intentando limpiarse con las manos, esparciendo el slime pegajoso por su mejilla y cabello—. ¿Qué es esto, Tío? ¡Está pegajoso y me mancha! —Su voz estaba al borde del llanto, una mezcla de asco y pánico.

 

Me acerqué, sintiendo un nudo de culpa asfixiante, mi cuerpo aún vibrando por la descarga, pero mi mente ya estaba en modo pánico y defensa. Tenía que controlar la situación, tenía que borrar ese terror de su rostro.

 

—Shhh, Emmi, mi amor, tranquila. No es nada, no te lastimó —dije, tratando de sonar calmado mientras me ponía el bóxer a toda velocidad, mis manos temblando—. Es el juguito nuevo que te dije, el semen, mi amor. Salió porque te amo mucho, muchísimo.

 

Ella no escuchaba mis palabras. Solo veía el desastre. Se sentó de golpe en la cama, y sus ojos, grandes como platos y llenos de lágrimas contenidas, se fijaron en la puerta.

 

—¡Nos va a ver la Tía, Tío! ¡Me va a retar mucho! ¡No quiero que sepa que estamos así! ¡Yo no hice nada! —Su cuerpo temblaba, no por el placer que acababa de experimentar, sino por el miedo puro a ser descubierta y castigada. No sabía que estábamos solos, y la amenaza del regreso de su tía y mis hijos era para ella la catástrofe inminente. El rostro manchado, la bombacha húmeda, el hombre desnudo a su lado: era una escena extraña, sucia y aterradora para su mente infantil. El «juego» se había convertido en un peligro real y palpable, algo que rompía la normalidad y la ponía en riesgo.

 

—No, no, mi amor, ¡tranquila! —Me arrastré hasta su lado, abrazándola con desesperación, cubriendo su cuerpo con el mío—. ¡No va a venir nadie! La Tía y tus primos se fueron de compras, mi vida. ¡Estamos solos! Tenés que calmarte. ¡Es nuestro secreto! Nadie, nadie nos va a descubrir.

 

La sostuve con fuerza, sintiendo el pegajoso residuo de mi semen en su piel. Era la evidencia de mi depravación y el precio de su inocencia. Tenía que limpiarla, tenía que tranquilizarla y, sobre todo, tenía que reconstruir el puente de complicidad que acababa de dinamitar con mi egoísmo.

 

—Emma, amor, perdón, me dejé llevar, no quería asustarte, amor. Vení que te abrazo, vida. ¿Querés que te limpie? Tranquila, amor, es como nuestro juego de anoche, nada más…

 

—-¡Nooo, tío! Me dejaste toda pegajosa, me asusté. ¡Quiero ir con mi mamá!

 

Por un lado, me sentía asustado. Si su mamá o mi esposa se enteraban, yo iba preso, mi vida se terminaba. Pero por otro lado, su llanto me rompió el alma, no podía permitirme asustarla, no era lo que quería, quería darle amor, no hacerla sentir asustada.

 

Emma temblaba como una hoja, sus lágrimas se fundían con los manchones de semen fresco en su cara, incluso llorando, era hermosa. La tomé fuerte entre mis brazos, y la abracé fuerte en silencio, sin hablarle, dándole pequeños besos en su cabello. Al principio su cuerpo estaba rígido, lloraba, pedía por su mamá. Yo no traté de decirle nada, mientras siguiera llorando así, no iba a poder calmarla. Solo la acurruqué y apreté fuerte, hasta que sentí que su llanto se calmaba. Cuando por fin dejó ese llanto desconsolado, me separé un poco y la miré a sus ojos, sus ojitos verdes vidriosos, hinchados por el llanto, y su cara toda sucia de semen, precum y su propia saliva la hacían ver aún más tierna e irresistible. Me decidí a hablarle.

 

—- Emmi, perdón, te amo, no quise asustarte, y no pensé que no te iba a gustar, es que como anoche la pasamos tan bien, y dijiste que ibas a ser mi novia secreta, no me contuve, pero estuve mal, amor, tendría que haberte despertado y pedirte permiso para tocarte —ella solo me miraba, en silencio todavía gimoteaba, la tomé de su manito con fuerza y la puse en mi corazón— sentí mi corazón, Emmi, estoy asustado yo ahora, pero no porque le digas a tu mami, sino porque te puse triste… No quise asustarte, ¿puedo pedir que me perdones? Prometo no volver a hacerte algo así nunca más.

 

Se hizo un silencio incómodo para mí, ella me miraba, como si no esperara que le pidiera perdón. Como si no esperara que un adulto le dijera que era importante lo que ella sentía. Le sostuve la mirada un rato, ella por momentos miró al piso, y se secaba una lágrima, lo que hacía que el semen la enchastre aún más. Le levanté la mirada tomándola de su barbilla, ella medio quiso bajar los ojos, pero yo le devolví una sonrisa.

 

—Emmi, sos tan hermosa, ¿me dejás abrazarte de nuevo? ¿Hacemos las paces? — Ella solo asintió levemente, despacio, sin emitir sonido. Yo la levanté a upa, la senté sobre mis piernas y la abracé fuerte, dándole besitos en su cuello, y acariciándole la espalda como cuando era chiquita y se golpeaba o se asustaba. —Ya está, mi amor, perdón, el tío estuvo mal, pero te amo, no quise asustarte, prometo no asustarte más. ¿Me perdonás? ¿Querés seguir siendo mi novia? — Ella me abrazó aún más fuerte, y sentía que movía su cabeza asintiendo.

 

—Sí, tío, yo quiero, pero me asusté mucho, me dio miedo. También me dio miedo lo que pasó anoche. Si mi mamá se entera me van a retar mucho. No quiero que se enojen conmigo, ni con vos, mi seño dice que si alguien hace lo que hicimos anoche está mal, que no me tienen que tocar así, pero yo no quiero que nadie nos rete — Ahí entendí, Emma estaba con culpa y miedo, había sido mucho lo que había pasado la noche anterior. Era una niña después de todo, ella estaba procesando demasiado.

 

— Amor, Emma, el tío te ama, y no voy a dejar que te reten, lo que hizo el tío está mal, pero te amo. Si no querés volver a hacerlo, no lo hacemos más, vida. Prometo que nadie va a enterarse, pero nunca voy a dejar que te hagan nada por esto, te lo prometo. —Dije abrazándola muy fuerte, ella se apretó más fuerte contra mi cuerpo, y se puso a llorar de nuevo.

 

—¡Nooo, tío, no quiero que no lo hagamos! ¡Me gusta ser tu novia, tío! ¡No quiero dejar de serlo, no me dejes, tío! — Lloró desconsolada de nuevo— No me dejes de hacerlo, me gusta que me huelas, que me des besos, me gusta tocar tu pito, o que me chupes la coneja, ¡me gusta mucho cómo hacer sentir mi coneja!

 

—Shhh, princesa, shh, tranquila, yo te amo, Emma, tanto que por ahí no te das cuenta todavía. Y no voy a dejarte nunca, y voy a hacerte sentir todas las cosas lindas que quieras cuando podamos. Sí, tenemos que guardar el secreto, porque hay gente como la seño o tu tía, o tu mami que no nos van a entender. Pero sos lo más hermoso y especial del mundo, y nunca voy a dejarte —Le dije arropándola y abrazándola fuerte.

 

—- ¿Me lo prometés, tío? ¿Nunca voy a dejar de ser tu novia? — Casi me muero de amor, cuando esa muñeca de 10 añitos me pedía que le confirme nuestro amor eterno.

 

—Nunca voy a dejar de ser tu novio, mientras vos quieras. Te amo — La separé un poco, vi su rostro sucio de fluidos, los lamparones pegajosos de semen seguían ahí, algunos secándose en su pelo, otros chorreando por sus mejillas y su cuello. Me acerqué y la besé en la boca con ternura, ella me devolvió el beso, todavía algunas lágrimas caían por su cara y daban a nuestro beso un sabor salado. De repente se separó de mí.

 

—Tío, tu juguito está en mi cara, ¿no te molesta?

 

—-jaja, no amor, no me molesta ni me da asco, además te queda hermoso, me encanta verte la carita así manchada.

 

—¡Sos un cochino, tío! —soltó con una expresión graciosa.

 

—Soy un cochino cuando se trata de mi novia, me encantan las cochitanadas a mi novia hermosa, mi sobrinita preferida, mi princesita Emma. —Junté algo de semen con un dedo, y se lo ofrecí en la boca, ella miró y entendió que podía probar como la noche anterior, así que le pasó la lengua.

 

— mmm, estaba más rico anoche… — dijo haciendo una cara de haber comido algo que no le agradaba, que fue muy graciosa.

 

—jajaja, sí, por ahí es más rico cuando está recién salido del pito de tío, jajaja.

 

—-Me pasás el espejo de la prima, me quiero ver —señaló un espejo pequeño para maquillaje sobre la mesa de luz. Lo tomé y se lo puse enfrente— ¡Tío, estoy toda suciaaa! ¡Es un asco mi cara, me quiero lavar, dale, estoy re fea!

 

—¡Noooo, amor, estás re linda, me encanta como te queda, es como un maquillaje, una cremita especial para que se te ponga más linda la piel, estás muy bonita! ¡Parecés una payasita! Jajaja —Dejé el espejo y le hice cosquillas bajo sus costillas, y en su pancita infantil.

 

—¡Jajaja se rió! ¡Tío! ¡Pará, jajaja, en serio te gusta? ¿Por qué? ¡Estoy sucia!

 

— Me gusta porque, por más que te haya asustado, esos rastros en tu cara son restos de mi amor por vos, y me parece hermoso verte así, igual que me gusta oler tu bombachita. Porque me gusta todo con vos —Volví a besarla, esta vez mi mano bajó entre sus piernas, y ella sin problemas se abrió para que yo pueda sentirla.

 

— Estás loco, tío… jijiji, mmmm tío — reaccionó cuando mi mano acarició su conchita por sobre la bombachita de corazones.

 

—-mmm Emma, sos tan hermosa, perdón por asustarte, pero el tío te ama, siempre decime cuando te hago sentir incómoda, el tío chanchito a veces no se controla, pero vos sos lo más lindo que me pasó.

 

—mmm tío, aaahhh — respondió mientras mis caricias y besos iban estimulándola, todavía ella a upa mío, pero de pronto me agarró la mano. — ¡Ahhh, pará, tío, pará, me meo! ¡Tengo que ir al baño!

 

—jajaja, dale, meoncita, andá rápido. —Le di un pico, que ella me devolvió y me miró con sus ojos verdes sonriendo otra vez, con esa carita toda enchastrada. Volví a besarla, esta vez con más pasión y profundidad, ella me siguió devolviendo el beso. No sé de dónde sacaba esa naturalidad, pero empezamos a besarnos como si nada hubiera pasado.

 

—Mmmm, me meo, Tío, jajaja.

 

—Sos vos la que no se va.

 

—Es que son ricos los besos de grandes.

 

—Vos sos rica, princesa… —le dije dando un último beso—. Dale, andá.

 

Emma se levantó y salió de la habitación, el camisón de lunares se le balanceaba con el movimiento. Yo la seguí de cerca, sintiendo que mi deseo no me daba tregua. La vi dirigirse al baño, y una nueva fantasía se encendió en mi mente: verla en su intimidad más básica, un nuevo nivel de cercanía y amor con ella.

 

—¡Tío, no, pará! —dijo Emma, intentando cerrar la puerta del baño justo cuando yo llegaba. Su cara, todavía un lienzo de fluidos secos y lágrimas recientes, se veía entre el marco y la puerta.

 

—Pará, mi amor, esperame —dije, poniendo el pie para impedirle cerrar, con esa sonrisa juguetona que buscaba la complicidad—. ¿A dónde vas con tanta urgencia, princesa?

 

—¡Al baño, Tío! ¡A hacer pichín, jajaja! —dijo, riéndose un poco, su urgencia infantil mezclada con la familiaridad de nuestro juego.

 

—¿Y por qué no me dejás pasar? Yo quiero verte.

 

Ella abrió los ojos, su risa se detuvo, y me miró con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

 

—¿Para qué, Tío? ¡Voy a hacer pichín! ¡Es una mugre!

 

—¡Ay, mi amor! —Me incliné, acercando mi boca a su oído, mi voz un susurro de confesión sincera—. Porque el Tío es tu novio, ¿viste? Y a tu novio le encanta todo de vos, todo. Hasta cómo hacés pichín.

 

—¡Ay, Tío! ¡Qué cochino que sos! —exclamó, con una mezcla de vergüenza y un atisbo de esa curiosidad que la hacía ceder siempre. Soltó un poco la puerta, dejando que mi brazo pasara.

 

—Soy cochino, sí, pero solo por vos, mi vida. Es que me gusta verte, Emma. Me gusta ver a mi novia haciendo sus cositas. Para mí no es asqueroso, es hermoso. Es solo otra parte de vos que el Tío ama. ¿Me dejás, porfi? ¡Por favor, princesa! Prometo que solo miro.

 

Ella dudó, sus ojos verdes fijos en mi rostro. El conflicto entre la vergüenza y el placer de mi atención era palpable. Se mordió el labio inferior.

 

—Es muy, muy raro, Tío. Nunca nadie me ve cuando hago pichín.

 

—Yo sí te vi, mi amor. Te vi un montón de veces, ¿te acordás cuando eras bebé? —le dije, forzando la puerta suavemente hasta abrirla un poco más, sonriendo con esa complicidad que me desarmaba—. Es más, no solo te vi, ¡sino que me measte la cara!

 

Emma soltó una carcajada, una risa cristalina que resonó en el pasillo. —¡¿Quéee? ¡No, Tío, dale! ¡Mentira!

 

—¡De verdad, mi vida! Vos tenías un año o dos, estabas en el cambiador, ¡y yo cambiando el pañal! Eras una bala, ni bien te lo sacaba, pffft, ¡un chorro directo al techo, y a la cara de tu Tío! ¡Me bañaste en pichín! Y te reías como una loca.

 

—¡Ay, Tío, sos un asco! ¡Qué vergüenza! —dijo Emma, aunque su tono era más de diversión y picardía que de verdadero disgusto. Se tapó la cara con las manos, riéndose.

 

Me acerqué, poniendo mis manos sobre las suyas para que me mirara. —Y a tu Tío, ¿sabés qué? No le dio asco. Me reí con vos. ¿Y por qué no me iba a dar asco? Porque te amo, Emmi. Y nada de vos, nada, le da asco a tu Tío. Ni tu pichín de bebé, ni tu coneja mojada, ni tu cola ni tu carita manchada por el jugo del pito. Nada. Todo de vos es perfecto. ¿Entendés?

 

Ella me miró, la risa se apagó, dejando esa expresión reflexiva y madura. —Es que… no sé, Tío. Es raro. Que me mires haciendo pichín… no sé. No estoy segura.

 

—Mi amor, es parte de nuestro juego. ¿Te da cosa? Si querés, para que no te dé tanta vergüenza, yo te dejo que después vos me mires a mí, ¿dale? Yo también hago pichín en el inodoro. Nos miramos los dos, y listo.

 

Emma sacudió la cabeza, su pelo con restos de semen se movió. —Ay, no, Tío. ¡Qué asco! ¡No quiero verte a vos! ¡Capaz que me salpica! Y no sé si quiero mirarte yo. Es muy… muy extraño. Pero… —Se mordió el labio, y me miró con esos ojos verdes llenos de la necesidad de complacerme y de ser el centro de mi atención—. Pero si vos querés tanto… dale. Te dejo. Pero ¡por favor, Tío! ¡No digas nada a nadie! Y mirá para otro lado cuando me baje la bombachita, ¿dale? Es muy incómodo.

 

Me incliné y le di un beso rápido en los labios, un beso de complicidad y triunfo. —¡Prometido, mi amor! ¡Te amo, princesa! El Tío solo mira lo hermosa que sos. Rápido, hacé, que ya te vas a mojar encima.

 

Emma se deslizó rápidamente al interior del pequeño baño, el camisón de lunares balanceándose y la puerta intentando cerrarse con un clic suave. Yo, por supuesto, mantuve mi pie justo en el borde, impidiendo el cierre.

 

—¡Tío! ¡Mirá para otro lado! —me pidió, con la voz entrecortada por la vergüenza y el apuro.

 

Obedecí a medias. Me giré, poniendo la espalda contra la puerta, pero mi atención seguía clavada en el reflejo deforme del espejo. Sentía cómo la tela se movía detrás de mí. Un momento de silencio.

 

—Listo, Tío. Ya estoy sentada —avisó Emma, y me di la vuelta para encararla.

 

Estaba sentada en el inodoro, la tapa levantada, su cuerpito pequeño encajando en la porcelana. Sus piernas, un poco tensas y nerviosas, estaban cerradas con modestia, dejando ver apenas la bombacha de corazones, ahora bajada hasta sus rodillas, y la parte más íntima de su «coneja» oculta. El rubor seguía en sus mejillas, el rastro de mi semen aún visible bajo la luz del baño.

 

—¡Eh, Emma! ¡No seas tramposa! —la reproché, con una sonrisa exagerada, acercándome un paso—. ¿Para qué me dejás pasar si me vas a esconder todo? ¡Así no puedo ver nada, mi amor!

 

Ella soltó una risita nerviosa, tapándose la boca con la mano para ahogar el sonido.

 

—¡Ay, Tío! ¡Me da vergüenza! —dijo, pero, obediente, abrió un poquito más sus piernas. No mucho, solo lo suficiente para que la visión de su vulva infantil fuera apenas parcial, un vislumbre del montículo de Venus.

 

—¡Así me gusta! ¡Sos una picarona! —le dije, y me arrodillé a su lado. Mi rostro quedó a la altura de sus muslos, y el aire tibio del baño, cargado con el vapor de su cuerpo, me trajo el aroma que tanto amaba. Podía sentir el olor a pis fresco que empezaba a salir, mezclado con ese dulzor íntimo y ligeramente ácido de su vagina. Era un perfume embriagador.

 

—Sabés, Emmi, sos mi sobrina favorita. Y te amo un montón —le dije, hundiendo mi nariz en el espacio entre su muslo y el inodoro.

 

—¡Y vos sos mi tío favorito! —dijo ella, con un tono más firme, y luego bajó la voz, conspiradora—. ¡Pero tenés que hacer silencio! ¡Nos pueden escuchar!

 

—Tranquila, mi vida. Nadie nos escucha. Y mirá qué cosa más hermosa tenés acá —dije, bajando mi mirada hasta el centro, la piel suave, el vello rubio casi invisible. Le di un beso rápido en la parte interna del muslo, justo al lado de su «coneja»—. Tenés una coneja muy, muy hermosa, ¿sabías?

 

El rubor en sus mejillas se intensificó, un tono cereza que la hacía ver irresistible.

 

—Tío… ¿De verdad te meás la cara cuando era bebé? —preguntó, volviendo a la historia, como si la vergüenza le diera valor para hablar de otra cosa.

 

—¡Re de verdad, Emmi! ¡Te lo juro! Estabas en el cambiador, yo te saqué el pañal, ¡y puuuum! —Hice el sonido de un chorro—. ¡Directo a mi cara! Y vos, esa risa que tenés, que me vuelve loco, ¡te reías a carcajadas!

 

—¡Ay, Tío, sos un asco! —dijo, riéndose a su pesar.

 

—¡Nada de asco! Me reí con vos. Y ese día, como castigo por mojarme la cara —me acerqué más, mi nariz casi tocando su muslo—, te llené de besos toda la pancita, las piernas, y sí, ¡también te di besitos en tu conejita! Para que aprendas a no mojar al Tío.

 

—¡¿Qué?! ¿Y no te dio asco mi coneja con pichi? ¡Dale, Tío! ¡Mentira!

 

—¿Por qué me iba a dar asco? Si ya te dije que amo tu olor. Y hasta me gusta el sabor de tu coneja, mi amor. Todo lo tuyo es rico.

 

Ella intentó hacer pis, pero solo salió un hilito tembloroso, que se detuvo de inmediato.

 

—Ay, Tío, ¡no me sale! —se quejó, haciendo un puchero—. ¡Me ponés nerviosa mirándome!

 

—Jaja, ¡sos una meoncita nerviosa! No pasa nada, mi amor. Tranquila. El Tío tiene una idea para ayudarte. —Me levanté y busqué en el estante superior.

 

—¿Qué cosa, Tío?

 

—Vas a tener que confiar en tu Tío, mi amor —le dije, sacando una toallita húmeda del estante superior. Ella me miró, con esa expresión de pícara sorpresa en sus ojos verdes, como si supiera que venía la chanchada grande.

 

—¿Confiar para qué, Tío? ¿Qué vas a hacer? —preguntó, con un tono de voz que ya denotaba la mezcla de intriga y nervios.

 

—Ay, mi vida, es que si no confiás en tu Tío, va a ser re difícil que la meoncita pueda hacer pis tranquila. Tenés que dejarte ayudar, ¿dale? Pero es parte de nuestro secreto, de nuestro juego.

 

Emma se mordió el labio, un puchero se dibujó en su carita. Luego, esa sonrisa traviesa regresó.

 

—Pero… ¿qué vas a hacer? —insistió.

 

—Voy a tocar una parte de tu coneja, acá adelante, para que sepas dónde tenés que hacer la fuerza para que salga el chorro. Pero necesito que no te muevas, ¿sí?

 

Ella abrió los ojos, asustada. —¡Nooo, Tío, no me toques ahí\! ¡Te voy a mear la mano, de verdad\! ¡Es asqueroso\!

 

—¿Y qué tiene, mi amor? —le dije, con una sonrisa de lobo—. ¿Te olvidaste que ya me measte la cara de bebé? ¡Y me encantó\! Tu pichín de bebé era un regalo. Ahora no va a ser diferente. Solo te voy a ayudar.

 

Emma dudó un instante más. La vergüenza luchaba contra la necesidad de hacer pis y la audacia de mi propuesta. Finalmente, con un suspiro de rendición, dijo:

 

—Bueno, dale. Pero si me meás la mano, es tu culpa, Tío. Y prometé que solo tocás un poquito.

 

—¡Trato hecho, mi amor\! —le dije, acercándome a ella.

 

Me arrodillé de nuevo a su lado, mi rostro a la altura de su vulva. El précum y el semen seco de la noche anterior aún se notaban en los pliegues de su coneja, y el aroma a sexo reciente era tenue pero presente. Ella se retorció un poco, incómoda por la exposición.

 

—Qué linda estás, mi amor. Mirá qué conejita más tierna —susurré.

 

Mi dedo índice se acercó a su coneja, resbalando sobre la humedad de su propia excitación y los restos pegajosos. Primero, con una suavidad extrema, lo posé sobre la abertura de su clítoris. Luego me moví un poco más abajo, justo donde la abertura de la uretra marcaba el inicio del pliegue, y la caricia fue apenas un roce, pero su efecto fue inmediato.

 

—¡Mmm, cosquillas, Tío\! ¡No, no ahí\! —gimoteó Emma, cerrando sus piernas instintivamente, lo que hizo que mi dedo se presionara un poco más.

 

—¡Ves, mi amor\! Tenés que relajarte. Así no te va a salir. Confía en el Tío —le dije, retirando el dedo y dándole un beso rápido en la parte interna de su muslo, justo donde la piel se une a su coneja.

 

Me acomodé un poco. Sabía que la uretra era demasiado sensible para empezar. Mi dedo se deslizó un poco hacia arriba, buscando el botoncito que me había dado la gloria la noche anterior. Y lo encontré.

 

Empecé a acariciar su clítoris con la yema del pulgar, muy despacio al principio, un roce rítmico sobre la piel ya sensible y tibia. Emma soltó un suspiro largo, su cuerpo se relajó un poco, cediendo al placer.

 

—Mmm… tío… así sí… —murmuró, sus ojos se cerraron, su respiración se aceleró.

 

Aumenté el ritmo de la caricia, un masaje circular sobre su botoncito hinchado. La humedad en mi dedo se hizo notoria, una mezcla de su propia excitación y un flujo que empezaba a salir. Su coneja se abría, roja y húmeda, bajo mi mirada.

 

—¡Ay, Tío\! ¡Mmm… más fuerte\! ¡Qué lindo\! —jadeó, y sus caderas empezaron a hacer pequeños movimientos, buscando la fricción.

 

El placer la inundó por completo. Su cuerpo se tensó, una vibración empezó a recorrer sus muslos. Y entonces, sin aviso, el grifo se abrió.

 

El chorro de su orina salió disparado del inodoro, una corriente tibia y abundante que me salpicó la cara con una ráfaga. Pero el placer en su rostro era la única cosa que importaba. Ella temblaba, sus ojos vidriosos, su clítoris vibrando bajo mi dedo. El gemido se convirtió en un grito ahogado de placer y alivio.

 

—¡Tío\! ¡Salió\! —gritó, con la voz entrecortada, una carcajada nerviosa—. ¡Te dije que te iba a mear\!

 

La orina seguía saliendo a borbotones, el chorro caliente cayendo ruidosamente en el inodoro y salpicándome más. Yo estaba arrodillado, la cara y parte del torso empapados de su pichín caliente.

 

En un gesto rápido e impulsivo, digno de mi fantasía, la levanté del inodoro a upa. Su cuerpito se arqueó en mis brazos, el chorro de orina no se detuvo, sino que ahora caía con una trayectoria nueva y brutal: directamente sobre mi boca y mi cara.

 

—¡Nooo, Tío\! ¡Me voy a mear toda\! —chilló Emma, pero su voz no era de pánico, sino de asombro y una excitación perversa. No se soltó, ni intentó cortar la orina; al contrario, se agarró a mi cuello, mirando con fascinación cómo su pichín me inundaba.

 

El chorro de orina, caliente y salado, me golpeó la boca y la barbilla. Abrí mi boca, dejando que parte del líquido se mezclara con mi saliva. El sabor era fuerte, salado y ácido, el aroma a pis fresco me llenó las fosas nasales, un afrodisíaco inesperado.

 

Mientras la sostenía en mis brazos, con su orina cayendo sobre mí, mi pulgar no dejó de estimular su clítoris, ahora más sensible y expuesto. Ella sintió la caricia incluso en medio de la micción.

 

—¡Ay, Tío\! ¡Más\! ¡Mmm\! —jadeaba, su orina mojándome por completo, mientras su clítoris se excitaba aún más. Su cuerpo se convulsionaba en una mezcla de placer, alivio y la humillación exquisita de mearme en la boca.

 

—¡Así me gusta, mi amor\! ¡Mee al Tío\! ¡Haceme tuyo\! —gruñí, mi voz ahogada por el pichín caliente, mientras saboreaba el líquido de su inocencia en mi boca. El camisón de lunares se había empapado con la orina, y ella, asida a mi cuello, veía con ojos brillantes cómo su pichín nos unía en el acto más cochino y prohibido de nuestro amor.

 

La urgencia se hizo carne en mí. Sostenerla en brazos, con su cuerpo caliente y tembloroso por el alivio de la micción, y su orina tibia bañándome, era la cumbre de mi perversión. Ella estaba pegada a mí, sus piernas abiertas y desnudas a la altura de mi rostro. El chorro se detuvo con el último temblor de su cuerpo.

 

Rápidamente, la bajé del inodoro y la senté en el borde de la bañera, sin soltarla, mis manos en sus muslos. Mi cara y mi ropa estaban empapadas de su pichín, un olor fuerte que me volvía completamente loco.

 

—¡Tío, estás todo mojado! ¡Sos un asco! —dijo Emma, riéndose nerviosa, pero su voz se quebró cuando mi rostro, húmedo y determinado, se acercó a su entrepierna.

 

—Ahora te toca mimar a esta conejita que me mojó la cara —susurré, y hundí mi nariz en su pequeña vulva. El olor era intenso: pis fresco, sudor, los restos de semen de la madrugada y esa acidez dulce de su excitación infantil. Era la esencia de mi adicción.

 

—¡No, Tío, pará! ¡Está sucio! ¡Recién hice pichín! —me dijo, intentando cerrar las piernas. Su vergüenza era palpable, pero no hizo un esfuerzo real por alejarme, solo un intento tímido.

 

—Shhh, mi amor, no está sucio. El pichín de mi princesa no está sucio. Es mi amor. Y tu Tío lo ama —dije, y mi lengua se deslizó.

 

Primero, limpié con avidez los restos de orina de sus labios menores y su muslo. El sabor salado y fuerte de la orina se mezcló con el dulzor íntimo de su vagina. Emma soltó un gemido que me hizo temblar.

 

—¡Mmm! ¡Tío! ¡Cosquillas! ¡Pará! —me pedía, pero su cadera se movía inconscientemente, buscando el roce de mi lengua.

 

Ignoré su súplica y centré mi atención en el botoncito hinchado. Lo succioné con fuerza, aplicando la presión que sabía que la llevaba a la locura.

 

—¡Ahhh! ¡Tío, así no! ¡Así no me toqués! —jadeó, y su cuerpo se arqueó, sus manos se aferraron a mis cabellos, atrayéndome con una fuerza instintiva.

 

—¿Así no, mi vida? ¿Y cómo es, Emmi? Decile al Tío qué te gusta, mi princesa —murmuré, sin dejar de succionar y lamer, mi lengua trabajando con un ritmo experto.

 

—¡Mmm! ¡Así sí! ¡Así me gusta! ¡Más fuerte, Tío! ¡Me hacés sentir re rico! —confesó, su voz temblaba, ya no por miedo, sino por el placer.

 

Mientras mi boca la devoraba, mi mano libre se deslizó por su pierna hasta su pequeño culito. El camisón, mojado y pegado a su piel, no era obstáculo. Sentí el contorno firme de sus nalgas y el pliegue entre ellas, la zona que había marcado con mi semen horas antes. El aroma allí era diferente: piel limpia, un poco de sudor infantil, y ese olor a inocencia que era mi droga.

 

Con la audacia de quien ya no tiene nada que perder, bajé mi lengua por su coxis y llegué al diminuto agujero. Hundí la punta, un movimiento rápido y profundo.

 

Emma pegó un grito ahogado. —¡Tío! ¡No! ¡Ahí no! ¡Sos un cochino, Tío! ¡Por ahí hago caca! ¡Sacá, sacá! —me dijo, entre risas histéricas y el espasmo de su cuerpo por la doble estimulación.

 

—Shhh, mi amor. El Tío es tu cochino —gruñí, sin retirar la lengua, saboreando el calor y el olor puro y salvaje de su culito—. Tu cola huele riquísimo, Emmi. El Tío la ama, ama todo de vos.

 

Ella se retorcía sobre el borde de la bañera, luchando entre el asco por mi cochinada y la oleada de placer que le daba el sentir mi lengua.

 

—¡Tío, pará! ¡Pará, ya! ¡Jajaja! ¡Es muy asqueroso! ¡Pero… pero no pares! ¡Mmm! ¡Haceme así, en la coneja, Tío! —Su voz era un hilo de mandatos confusos, un diálogo de placer contra vergüenza.

 

—Sí, mi vida, el Tío te da todo lo que quieras. La coneja… y la colita. El Tío te ama toda —dije, y regresé a su clítoris con una intensidad renovada, mi mano acariciando su ano y mis labios absorbiendo su esencia.

 

Emma no aguantó más. Un gemido fuerte y gutural resonó en el baño, seguido de un temblor violento de su cuerpo, un orgasmo largo y convulso que la dejó sin aliento. Se aferró a mi cabeza, su fuerza era la de una pequeña leona.

 

Cuando la convulsión cesó, su cuerpo se desplomó sobre mí, exhausta y completamente mojada. Mi cara estaba embadurnada en orina, saliva, y su jugo de placer. El olor en el baño era denso, un perfume de sexo, transpiración, pis, inocencia. El éxtasis químico y emocional me hizo sentir la victoria.

 

—Tío… ¡sos un asco! —dijo Emma, con la voz temblorosa, pero una sonrisa de satisfacción pura iluminó su rostro—. Pero… ¡me hiciste sentir re, re lindo! ¡Gracias!

 

—Todo por vos, mi amor. Sos la más hermosa. Ahora sos toda mía, mi hembrita. Mi pequeña. —La besé en la boca, transmitiendo el sabor de nuestro pacto en cada labio húmedo. 

El rostro de Emma, aún húmedo por el éxtasis y la orina, se tensó levemente cuando mi cara, también empapada y brillante, se acercó para besarla de nuevo. Sentí el olor fuerte de mi aliento, a los fluidos que acabábamos de intercambiar.

 

—¡Tío! ¡Pará! Estás todo… lleno de pichín y de mi coneja —dijo, intentando apartarse, pero la detuve suavemente, mis manos en sus caderas.

 

—Shhh, mi amor. Mirá. —Hundí mi nariz en su mejilla, justo donde se mezclaban mi semen de la mañana y los restos de su orina y su sudor. El aroma era una bomba que me hacía sentir culpable y a la vez, el hombre más afortunado del mundo. —No huele feo, mi vida. Huele a vos. Huele a nuestro juego. Huele a nuestra chanchada —susurré.

 

Ella dudó, sus ojos verdes fijos en los míos, la inocencia y la curiosidad luchando. Lentamente, inclinó su cabeza, aspirando con su pequeña nariz. La vi fruncir un poco el ceño, procesando el cóctel de olores.

 

—Mmm… huele… raro. Pero sí… huele rico. Es fuerte, Tío, ¡pero es mi olor! —dijo, con esa satisfacción infantil de quien descubre algo propio.

 

Y entonces, su timidez se desvaneció. Se acercó ella, sus labios encontraron los míos, y el beso fue una explosión. No fue un roce; fue un beso de boca abierta, de lenguas que se buscaban, cálidas, húmedas y saladas. Mi barba, empapada de su orina y con restos de mis fluidos, raspaba su piel suave, y ella, lejos de quejarse, movió su cabecita, buscando más. Su pequeña lengua, que minutos antes me había dado tanto placer, exploraba mi boca con una naturalidad pasmosa.

 

Ella se separó apenas, respirando agitada, y su nariz se hundió en mi cuello. Olía mi piel, mi transpiración masculina, el aroma fuerte de la excitación.

 

—Huele fuerte Tío. Aapichín —dijo, riéndose a carcajadas.

 

Yo me reí con ella, sintiendo el placer de su desinhibición. —Vos también sos una chanchita, Emmi. Una chanchita de diez años que le gusta hacer chanchaditas de novios.

 

—¡No soy chanchita! ¡Soy tu novia, Tío! —me corrigió, poniendo una mano en mi pecho, su boca hinchada y brillante por nuestros besos y fluidos.

 

—Mi chanchita y mi novia, mi vida. La chanchita más hermosa del mundo. Una chanchita con una coneja que huele riquísimo, un culito que me vuelve loco, y un pichín que me gusta más que nada.

 

Ella soltó otra risita cristalina. —¡Sos un loco, Tío! Pero me gusta.

 

Me incliné y le di un beso tierno en la coronilla, justo donde su pelo estaba pegoteado por el semen y su sudor.

 

—Bueno, mi amor. Ahora le toca al Tío. ¿Viste? Yo te dejé que me mearas la cara. Ahora, si querés, andate, mi vida. Es mi turno de hacer pichín. Capaz que no te gusta, mi amor, no sé. Yo no te voy a obligar a que te quedes a mirarme.

 

Me puse de pie, tambaleándome un poco, mi cuerpo magullado por el éxtasis. Me acerqué al inodoro, desabrochando mi pantalón y bajando el bóxer, que estaba mojado y pegajoso. Mi pene, aunque ya menos duro, palpitaba con el recuerdo de su boca y su coneja.

 

Emma seguía sentada en el borde de la bañera, el camisón mojado. Me miró, su rostro un mapa de emociones que iban del cansancio al deseo renovado.

 

—Tío… —me llamó, su voz tímida, casi un murmullo.

 

—¿Sí, mi amor? ¿Qué pasa?

 

Ella se puso de pie, su cuerpito pequeño y vulnerable bajo la luz del baño. Se acercó con pasos dudosos, sus ojos fijos en mi ingle.

 

—¿Puedo… puedo mirar? —preguntó, con esa inocencia que siempre era la perdición. —Yo sé que te dije que no, y que me da asco. Pero… pero quiero ver a mi novio haciendo pichín. ¿Puedo, Tío?

 

Me quedé inmóvil, mi corazón dando un vuelco. La victoria era total.

 

—Obvio que sí, mi vida. Todo lo que vos quieras. Sos mi novia. Y este es nuestro juego. —Le sonreí, una sonrisa de triunfo absoluto.

 

Me acerqué al inodoro, dispuesto a orinar, con Emma observándome, y una sonrisa perversa se dibujó en mi rostro.

 

—Che, Emmi, ¿querés que te lo tire en la boca? Es un juguito de Tío que sale calentito, ¿querés probar? —le dije, en tono de broma, sacando mi pene, que se infló con el recuerdo de su mano y su boca.

 

Emma pegó un saltito hacia atrás, los ojos verdes bien abiertos.

 

—¡Ay, no, Tío, dale, pará! ¡Qué asco! ¡Nooo, eso es una cochinada espantosa! ¡Te lo juro que te mato si hacés eso! —gritó, con una risa nerviosa que delataba la mezcla de asco y curiosidad excitada.

 

Yo me reí a carcajadas, sintiendo el placer de su reacción.

 

—¡Jajajaja! ¡Tranqui, mi vida! Era un chiste, mi chanchita hermosa. Quería hacerte enojar, viste.

 

Ella infló las mejillas, el rubor subiéndole por el cuello. —¡Malo, Tío! ¡Sos un cochino!

 

—El más cochino por vos, mi vida. Pero bueno, ahora el Tío tiene que hacer pichín en el inodoro, ¿dale? Mirá si querés.

 

Me puse en posición frente a la porcelana. El chorro salió fuerte, abundante, con el ruido característico del agua golpeando el fondo del inodoro, un sonido que a ella le pareció fascinante.

 

—¡Guau, Tío! ¡Qué chorro grande! —exclamó Emma, y luego se tapó la nariz con un gesto gracioso—. ¡Dejás un olor muy, muy fuerte y raro! ¿Cómo hacés para tener tanto pichín adentro? ¡Parece que es un montón!

 

Gemí un poco, dejando que el alivio de vaciar la vejiga, mezclado con la excitación de tenerla ahí mirando, me recorriera.

 

—Ahhh… Sale mucho porque mi pito está muy contento, mi amor. Viste que a tu pito le encanta cómo jugás con él. Cuando está contento, hace mucho pichín y le sale con fuerza.

 

Ella se acercó un poco más, los ojos fijos en la base de mi pene.

 

—Tío… —me llamó, la voz baja y pícara—, ¿puedo… puedo agarrarlo? ¿Mientras hacés pichín? ¿Puedo tocar a mi novio?

 

La miré, mi corazón dándome un vuelco.

 

—Obvio que sí, mi amor. Vos podés agarrarlo y tocarlo cuando vos quieras. Sos mi novia y te encanta.

 

Ella se acercó, su mano pequeña y tibia envolviendo la base de mi pene, justo donde se unía a mi cuerpo. El contraste de su tacto suave y mi piel caliente fue una descarga.

 

—¡Ahhh… sí! ¡Mmm! —Gemí, el placer recorriendo mi cuerpo con el último chorro de orina—. ¡Se siente re bien, Emmi! ¡Tus manos son re ricas, mi vida! ¡Tocame, tocame!

 

El chorro se detuvo, dejando solo un goteo. La sensación de su mano apretando suavemente mi pito era gloriosa.

 

—Listo, mi vida. Ya casi está. ¿Me hacés un favor a tu Tío? —le dije, suavemente, guiando su manito para que sacudiera el glande, el gesto habitual para que saliera la última gota—. Haceme así, mi amor.

 

Ella entendió el movimiento y sacudió mi pene con su mano, riéndose un poco.

 

Estiré mi mano hacia el rollo de papel higiénico, pero Emma no soltó mi pene, de hecho, lo apretó más fuerte y me detuvo.

 

—¡Esperá, Tío! ¡No te limpies todavía! —me dijo, su voz titubeando, el rostro encendido de un rojo intenso que la hacía ver irresistible.

 

—¿Qué pasa, mi amor? —pregunté, observando su vergüenza palpable.

 

Ella bajó la mirada a mi pito, donde una gotita brillante, el último rastro de orina, se asomaba en la punta. Luego me miró, y la audacia le ganó a la vergüenza.

 

—¿Puedo… puedo probar esas gotitas? ¿Las últimas? —dijo, casi susurrando.

 

El triunfo me inundó. Me incliné, mi voz ronca de excitación.

 

—¡Obvio que sí, mi vida! Si querés, podés limpiarlo con tu lengua. Así no hace falta papel higiénico.

 

Ella dudó un instante, el conflicto grabado en sus ojos. Luego, como si tomara una decisión irreversible, sacó su pequeña lengua. Lamió la punta, recogiendo la última gota de pichín tibio, luego cerró los ojos y, con una avidez pícara, lamió toda la cabeza, limpiándola por completo. Aprovechó el movimiento y hundió su nariz en el tronco de mi verga, aspirando mi aroma.

 

—Mmm… Huele fuerte a Tío… —murmuró, su voz apenas audible. —Pero… pero el sabor es rico, Tío. No tanto como el juguito blanco, pero no es feo.

 

—¿Querés pasarle la lengua despacito por todo el tronquito? —le dije, guiando su cabecita. —Y si querés, Emmi, podés abrir la boca, mi amor. Y te lo metés un poquito. Despacito. Como chuparas un chupetín, o un heladito.

 

 

 

Ella asintió con la cabeza, su pequeña lengua se deslizó tímidamente por el tronco de mi verga, desde la base hasta la punta, recogiendo cualquier rastro de orina y mi précum. La sensación de su lengua suave y cálida sobre mi piel hipersensible fue una descarga eléctrica, una caricia que me hizo arquear la espalda y gemir.

 

—¡Mmm, sí, mi amor! ¡Qué bien se siente eso! ¡Sos la mejor, Emmi! —jadeé, sosteniendo su cabecita con una mano, guiando el movimiento, mientras la otra acariciaba su cuello suave.

 

Ella me miró, con los ojos verdes brillantes y la punta de su lengua asomando por la comisura de sus labios, brillante con mis fluidos.

 

—¿Te gusta el sabor, mi vida? ¿Te gusta lamer el pito de tu Tío? —le pregunté, mi voz baja y ronca.

 

—Sí, Tío. Es re rico. Es como… fuerte, y salado, pero dulce a la vez. Y el olor… es raro, huele a vos, a Tío. ¡Me encanta! —dijo, y volvió a lamer con más confianza, como si estuviera probando un helado.

 

—¡Ay, mi amor! —Me incliné, dándole un beso rápido en la frente. —Sos una chanchita hermosa. Escuchame, desde ahora, vos podés oler y chupar el pito de tu Tío cuando vos quieras. Es tuyo, mi vida. Pero… —Hice una pausa, mi voz conspiradora—. Pero a cambio, tu Tío necesita que vos dejes que te huela esas bombachitas tuyas, y que te pueda chupar la coneja y ese culito tan rico que tenés. ¿Es un trato?

 

Emma soltó una risita cristalina, tapándose la boca con la mano, el rubor volviendo a sus mejillas.

 

—¡Jajaja! ¡Tío, sos un cochino! Pero… sí. Es un trato. Me gusta que me hagas esas chanchadas —dijo, asintiendo con la cabeza.

 

—¡Genial, mi amor! ¡Es un trato de novios secretos! Pero recordá, nadie, nadie puede saber de este juego, ni de la bombachita sucia, ni del pito en tu boca. Es nuestro secreto, ¿dale? Si alguien se entera, el Tío se va a meter en problemas, y a vos te van a retar mucho.

 

—Prometido, Tío. ¡Nadie se va a enterar! —dijo, poniendo su dedo índice sobre sus labios en señal de silencio.

 

Ella regresó a mi pene, acariciándolo y lamiéndolo con esa mezcla de inocencia y atrevimiento. Yo me concentré en el placer de su boca, cerrando los ojos.

 

—Mi vida, sos tan chiquita y ya sabés hacerle unos mimitos tan ricos al pito de tu Tío… Sos increíble.

 

—Tío… —me llamó, deteniendo el movimiento—. ¿Y puedo probar el jugo blanco? ¿El que me tiraste en la cara? ¿Quiero probarlo recién salido, para ver si es más rico que anoche? —preguntó, con la voz llena de curiosidad pícara.

 

Mi corazón dio un vuelco.

 

—Sí, mi amor. Podés probar todo lo que quieras. Y si querés, tu Tío te enseña cómo hacer para que salga, ¿querés que te enseñe a sacarlo con la boca?

 

Ella dudó, su pequeña mano envolviendo mi pito con más fuerza, sus ojos grandes fijos en mi rostro. El conflicto entre el miedo y el deseo estaba en su mirada.

 

—Mmm… No sé, Tío. Me da un poquito de cosa. ¿Y si es feo? ¿Y si no me gusta el sabor directo de tu pito?

 

—No, mi vida, te prometo que no. Es lo más rico que vas a probar. Es el mejor jugo del mundo, mi amor, tiene el sabor del Tío para vos. Vos solo tenés que seguir chupando como si fuera un chupetín y el Tío te va a ayudar.

 

Ella mordió su labio, y luego sonrió, esa sonrisa que era mi perdición.

 

—Bueno, Tío. Dale. Enseñame a sacar el jugo blanco con la boca.

  

 

Ahí estaba Emma, mi muñequita rusa, con su cabello castaño todo despeinado, con su camisón que estaba algo meado, su carita toda sucia de semen, saliva, precum y lágrimas. Pidiendo que le enseñe a tomar la lechita. A pesar del tenor de morbo de la situación, no dejaba de ser mi sobrina de 10 años, llena de ternura, de frescura, de belleza. Esa nena tan seductora que sabía que cuando me decía que era su tío favorito y me abrazaba, lograba que me derrita.

 

Acaricié su rostro, la miré, me detuve en cada detalle de su perfección, en cómo le brillaban los ojitos, cómo se había ido el miedo y había dejado a esa pequeña hembrita dispuesta a todo. Le saqué la pija de las manos despacio, y la tomé de la mano.

 

—Tío, para, ¿a dónde vamos? Me dijiste que me ibas a dar el juguito blanco.

 

—Sí, amor, pero vamos a un lugar que estés más cómoda. —La llevé a mi habitación y le ofrecí sentarse en la cama— Acá, amor, así es más cómodo. ¿Me dejas sacarte el camisón?

 

Me miró extrañada, y con un poco de vergüenza, como si no lograra relacionar lo que hacíamos con que la vea toda desnuda. —¿Pero, tío, toda desnuda me vas a ver?

 

—Sí, amor, es lo que quiero: verte toda desnuda, verte lo hermosa que sos. —Me miró pensativa un momento, pero finalmente se relajó.

 

—Bueno, tío, me quedo desnuda si vos querés. —Me respondió y se sacó rápidamente el camisón, dejando ver ese cuerpito hermoso, bien formado, su culito paradito y duro, y sus piernas torneadas por la gimnasia y el baile. —¿Así está bien?

 

—La bombachita, amor… ¿Me la das así puedo olerte? —

 

—Jaja, tío cochino… bueno, te la doy, pero no tengo otra, ¡me la tenés que devolver! Jajaja —

 

—Mmm, no sé, si te portás bien te la devuelvo, mi rubia hermosa. —Le decía rubia desde bebé, porque cuando era pequeña tenía un cabello dorado que se oscureció hasta el castaño claro brillante que tiene en este momento.

 

Me alcanzó la bombacha, y yo la tomé en mi mano mientras me desnudaba completamente y sin pudor frente a ella. Mi pija seguía dura, el hecho de tenerla tan cerca y de forma tan íntima era un afrodisíaco incontrolable.

 

—Tío, la tenés re grande, como anoche…

 

—Sí, amor, y es toda para vos. —Se la acerqué a la cara, y se la pasé por las mejillas. Ella solo se dedicó a disfrutar de la sensación de mi miembro acariciándola. Olí profundamente el aroma de su bombachita, con restos de nuestro encuentro la noche anterior, de sus fluidos y transpiración de esta mañana, y su pis. Lo inhalé como quien inhala cocaína de forma frenética. Otra vez ese olor me taladraba desde la nariz al cerebelo, alterando mi poca cordura.

 

—Tío cochino… ¿De verdad te gusta tanto el olor de mi coneja? Mis papás dicen que eso es sucio. —Dijo mientras seguía pasándose la pija por su cara, como si ella tampoco pudiera evitar disfrutar la sensación del precum en su rostro, o el olor a pene de macho adulto en su cara.

 

—Emmi, tus papás no saben nada… ¿O a vos no te gusta el olor del pito del tío y sentir cómo te dejó mojadita la cara y toda pegajosa? —Me miró con los ojos abiertos pero sin dejar de pasarse mi pija por la cara, poniéndose toda roja de vergüenza.

 

—Que no te dé vergüenza, amor, si te gusta, podés compartirlo, no es algo malo, no está mal que lo disfrutes.

 

—Sí, tío… me gusta, no sé por qué pero el olor me gusta mucho, es como a veces que me toco la coneja o la cola, y me huelo los dedos, pero mucho más fuerte, y me hace sentir rico, es como si mi cabeza se llenara de cosquillas. —Me confesó como una catarata mientras seguía masajeándome la chota, la cual le correspondía poniéndose más dura y mojada. Emma con 10 añitos me confesaba que le gustaba olerse sus propios orificios, esta nena era perfecta para mí.

 

—Eso es porque sos una hermosa chanchita, y me encanta, ¿sabes? —Me agaché hasta ella y levanté su barbilla, nos encontramos en un beso tierno— Te amo, te amo mucho, Emma. ¿Querés que te enseñe a sacar juguito blanco? —Ella solo asintió sin dejar de buscar mis labios y acariciar mi pene con su hermosa mano suave. —Ok, lo importante, ese jugo blanco tiene nombre, se llama semen, también le decimos leche, o lechita, o chechona.

 

—Jajaj, chechona suena gracioso. ¡Jajaj! —Empezó a carcajear pero sin soltarme la pija. Nadie se puede imaginar lo hermosa que era su sonrisa relajada en esa situación, donde claramente la confianza hacia mí había vuelto, y donde disfrutaba de esta intimidad tan prohibida.

 

—Jaja, sí, es gracioso, pero no vas a decirlo frente a mamá y papá, ¿eh?

 

—¡No, tío! ¡No soy tonta, sabés! ¡Soy rubia pero no tarada! Jajaja.

 

—Jajaja, bueno, ok, jajaja. —Empecé a reírme, casi pierdo el control al verla gesticular y bromear con mi pija en la mano. —Ok, perfecto. El semen, o la “chechona” sirven para cuando las mujeres son más grandes puedan tener un bebé, ¿te lo enseñaron en la escuela?

 

—Ehhh… sí, algo así, pero no dijeron que era eso, o sea, era con un gusanito que se metía dentro de nuestra panza… ¿Voy a tener un bebé?

 

—Dios, qué mal enseñan en las escuelas… No, amor, no vas a tener un bebé, para tener un bebé tenés que ser más grande, y además te tengo que meter el pito por la coneja y dejarte el semen adentro. El semen está lleno de esos gusanitos que son muy chiquitos y sirven para que un hombre y una mujer hagan un bebé. —Ella me miraba fascinada.

 

—¡Pero, tío, esto no me entra en mi coneja! ¡Me va a doler! A veces me meto un dedo y me duele. —Dijo como sorprendida.

 

—No te preocupes por eso ahora, amor, si un día vos querés probar, yo voy a enseñarte cómo se hace para que entre o en tu coneja o en tu culito. Se siente muy rico pero hay que prepararte bien.

 

—¿En mi culito? ¡Pero si tengo caca! —Me miró con cara de asco— ¡Puaaaj… es muy cochino eso!

 

—Jajaja, no amor, tranquila, hay forma de limpiarse para que no salga caca, además, se siente muy bien, lo prometo. Igual, ahora no vamos a hacer eso, ¿qué querías hacer vos?

 

—Quería ver el juguit… digo, ¡la chechona! Jajaja —Dijo riéndose de la palabra.

 

—Bueno, ¿entonces empezamos? —Ella asintió con la cabeza mientras yo me acomodé dejándole la pija puertando su boquita.

 

Me acomodé en el borde de la cama, abriendo un poco las piernas para que mi miembro quedara perfectamente accesible para Emma. Ella me miraba con una mezcla de fascinación y timidez.

 

—Ahora, mi amor, vamos a la parte más importante del juego, ¿dale? Te voy a enseñar a chupar la chechona para que se sienta re, re rico.

 

Emma asintió, su rostro todavía un collage de fluidos secos y una excitación infantil.

 

—Bueno, Tío. Dale. Yo quiero probar la chechona calentita.

 

—Primero, mi vida, la tenés que agarrar. Pero suave, ¿viste? No la podés lastimar. Sos mi novia y la vas a tratar con mucho amor. —Guié su pequeña mano para que envolviera el tronco de mi pene. Ella lo hizo con una dulzura inesperada, mi tacto era una caricia.

 

—Así, Tío?

 

—Así, mi amor. Y ahora, mirá, tenés que olerla. Como hiciste con la bombachita, pero más cerquita, para que la chota sepa que la querés.

 

Ella acercó su nariz, aspirando con un pequeño fruncido de sus cejas.

 

—Mmm… Huele fuerte, Tío.

 

—Huele a tu novio, mi vida. Y mirá, el Tío ya está largando juguito de nuevo, ¿ves? Eso es précum, mi amor. Y a eso lo vas a limpiar con tu lengua. Despacito.

 

Emma lamió la punta, sus ojos fijos en mí.

 

—Ahora, mi amor, mirá cómo hace el Tío. —Simulé el movimiento con mi mano—. Tenés que abrir la boca. Grande, como si fueras a morder una manzana, ¿dale? Y tenés que meterla. La boca tiene que estar llena de babita, para que resbale. Si la tenés seca, la vas a raspar y la chota se pone triste. ¿Me entendés?

 

—Sí, Tío. Tengo que hacer babita.

 

—Exacto, babita o saliva, como le quieras decir. Eso ayuda a que sea rico.

 

Emma se acercó, su boca humedecida y un poco temblorosa. Intentó envolver la cabeza, pero mi pene, duro como una piedra, era demasiado para su boca pequeña. Solo logró meter la punta.

 

—¡Mmm! ¡Tío! ¡Es muy grande! —murmuró, con la chota en su boca, sus ojos verdes grandes y asustados.

 

—Sí, mi amor. Es grande, pero vos sos valiente. ¡Y mirá qué bien se siente! Es calentito, ¿viste?

 

—Sí, Tío. ¡Es re caliente! Pero… me ahogo un poco. No sé cómo respirar con esto.

 

—Respirá por la nariz, mi vida. Como si olieras una flor, pero no sueltes la chota, ¡eh! No te la voy a sacar. —La animé, guiando el ritmo con mi mano en su nuca.

 

Ella siguió las instrucciones, inhalando profundamente por la nariz. Se concentró, moviendo sus labios en un intento torpe de succionar.

 

—¡No puedo, Tío! ¡Es muy gruesa! ¡Y me duele acá, en la encía!

 

—¡Ay, mi vida! No uses los dientes, mi amor. Solo la lengua, como si fuera un chupetín que tenés que derretir. La lengua se mueve arriba y abajo, ¿viste?

 

Emma retiró la boca, tosiendo un poco. La punta de mi pene estaba brillante con su saliva.

 

—¡Ay, Tío! ¡Me cuesta un montón! ¡Y sabés qué? ¡El sabor es más rico adentro de la boca! Es como… como más dulce que el de anoche, Tío. ¡Me gusta!

 

—Entonces, seguí, mi chanchita linda. No importa si es difícil. El Tío te enseña. ¡Vos podés!

 

Ella volvió a intentarlo, esta vez con más babita y más decisión. Se concentró en usar solo la lengua y los labios. Sus movimientos eran rítmicos, aunque lentos, pero la sensación era gloriosa.

 

—¡Así, mi vida! ¡Qué bien me hacés sentir! ¡Más babita, más babita!

 

Emma obedeció, su boca llena de saliva, lo que permitió que se deslizara un poco más. Logró meter casi la mitad de mi pene. Pero el movimiento, sin ser profundo, la hizo jadear.

 

—¡Mmm, Tío! ¡Es muy, muy grande! ¡Me llega a la garganta! ¡Ay, Tío, es re rico sentirla así de duro!

 

—¡Sos una genia, Emma! ¡Sos re valiente! ¡Mirá, mirá hasta dónde llegaste!

 

Tomé su cabeza con mi mano y, con delicadeza, la empujé un poco más adentro, justo hasta que sentí el reflejo de náusea en su garganta.

 

—Aguantá ahí, mi amor. Uno… dos… tres… cuatro… cinco. ¡Listo! —La saqué de golpe, dejando mi pene empapado y babeante, y su boquita húmeda y abierta.

 

Ella tosió, su rostro ruborizado y los ojos llorosos por la presión.

 

—¡Uf, Tío! ¡Qué asco, Tío! ¡Casi me vomito! ¡Pero se sintió re rico cuando la pusiste hasta el fondo!

 

—¡Sos la mejor, mi amor! ¡Una genia! ¡Lo hacés re bien! Me hiciste sentir re rico, ¿viste? Y fuiste re valiente, mi vida. ¿De verdad sentiste que te llegaba a la garganta?

 

—Sí, Tío. ¡Re de verdad! ¡Y es re grande! ¿Vos decís que lo hice bien? ¿De verdad soy valiente?

 

—¡Sos muy hermosa, sos valiente y aprendés rapidísimo porque sos una genia! ¡Te amo! Ahora, mi amor, contale al Tío, ¿qué es lo que querés? ¿Qué querés de este pito?

 

Emma me miró, mi respiración agitada, la boca entreabierta, sus ojos verdes encendidos por la excitación y el placer.

 

—Yo… yo quiero seguir probando tu pito, Tío.

 

—Sí, mi amor. Pero ¿qué es lo que querés del pito de tu Tío? —insistí, con voz ronca, saboreando el momento.

 

Ella se arrastró un poco más cerca, su mano tocó mi pene con una avidez renovada. Su voz, que hasta ahora había sido de niña, se transformó en un susurro grave, lleno de descaro.

 

—Quiero… ¡Quiero la chechona, Tío! ¡Quiero la chechona calentita de mi novio!

 

—Ufff, princesita… es hermoso verte y escucharte, ¿sabes que vuelves loco al tío, no? ¿Cuando le dices así o cuando dices que soy tu «favor-tío»…? Prometo hacerte muy feliz, reina…

 

—¿Sí, tío? ¿Muy feliz? ¿Y me vas a dar ‘chechona’? ¡Jiji! —dijo con un tono de voz que parecía buscar provocarme, mientras acariciaba mi pene. Entonces surgió lo impensado: sola volvió a meterse mi pija en la boca hasta donde más pudo, haciéndome sentir el fondo de la garganta. Tuvo como una arcada, pero sola vi cómo contaba con sus deditos: 1, 2, 3, 4, 5… y soltó, dejando salir baba y tos, pero orgullosa de cómo me robaba un profundo gemido de placer.

 

—¡¡¡¡Aahhhh, mierda, Emma, qué rico, amor!!!! ¡¡¡¡Ahhhhh!

 

—Shhh, no digas malas palabras, tío, jiji. Mm, ¿de verdad te gustó? —dijo con ronquera, los ojos llorosos y toda babeada.

 

—Sí, mi vida, ¡me encantó! ¡Sos una genia, Emmi! ¡La mejor novia del universo! —jadeé, mi voz hecha un desastre, la cabeza de mi pene brillando por su saliva y el esfuerzo.

 

Ella sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto, y se acercó de nuevo. Esta vez no esperó mis instrucciones. Su pequeña mano tibia volvió a envolver mi tronco, apretándolo con una decisión que me quitó el aliento. Sus ojos, verdes y ahora completamente abiertos, me miraron una última vez, buscando mi aprobación o mi placer, y yo solo pude asentir, perdido en el delirio.

 

Emma se concentró. Abrió la boca, grande, y en lugar de intentar la succión torpe de antes, usó su lengua con una destreza inesperada. La punta de su lengua lamió mi glande, limpiando la saliva anterior. Luego, con un movimiento rápido y decidido, introdujo la punta de mi pene, succionando suavemente y retirando, como probando el sabor.

 

—Mmm… Chechona… —murmuró, la palabra convertida en un jadeo lascivo que me hizo arquear la espalda contra el colchón.

 

Dejé de guiarla. Mi mano, que antes estaba en su nuca, ahora se aferraba a su pelo, sin forzarla, solo sintiendo la textura de su cabello contra mis dedos. Ella, al sentirse sin la presión de mis indicaciones, se soltó por completo.

 

El juego se volvió un frenesí de placer: la introducía hasta donde podía, apenas por encima de la mitad, y luego, en lugar de sacarla de golpe, la rotaba con la lengua, masajeando la parte inferior de mi glande con una precisión asesina. La sensación de su lengua suave y caliente en ese punto sensible me arrancó un grito de placer ahogado.

 

—¡Aahhh, Emma, sí! ¡Así, mi vida! ¡Sos una bestia! —gruñí, mi cuerpo vibrando.

 

Ella lo tomó como un cumplido. Retiró mi pene para tomar aire y, en un acto de cochinada suprema, lo escupió en su mano, mojando el tronco con su propia saliva para que resbalara mejor. Luego, sin dejar de mirarme con esa expresión orgullosa y descarada, se lo volvió a introducir. Esta vez, el roce húmedo y la saliva abundante le permitieron ir más profundo.

 

El movimiento se volvió un ciclo perverso y adictivo: succionaba hasta la mitad, sus labios trabajando mi piel sensible, luego me sacaba para tomar aire, y en ese breve lapso, su mano, la que estaba abajo, aumentaba la fricción, masturbándome con una velocidad sorprendente, mientras su nariz se acercaba a mi base, oliendo mi transpiración y mi aroma.

 

—¡Huele fuerte, Tío! ¡Me gusta! ¡Mmm! —decía, con mi pito en la mano y la saliva chorreándole por la barbilla.

 

La combinación de la succión profunda y el handjob de su mano era demasiado. Mis caderas empezaron a dar pequeños saltos involuntarios, buscando la presión que me daba.

 

—¡Más, Emmi! ¡Dame más! ¡Quiero tu boca, quiero tu boca! —le imploré, mi voz hecha jirones.

 

Emma sonrió con esa mirada de «misión cumplida». Se puso de rodillas frente a mí, su pequeña figura brillando en el borde de la cama, completamente desnuda salvo por el camisón mojado que dejó en el piso.

 

—¿Querés chechona de tu novia, Tío? ¿Me la vas a dar si te hago sentir re, re lindo? —me desafió, con esa voz grave y ronca que ahora le salía, llena de lujuria infantil.

 

—¡Sí, mi amor! ¡Toda la que quieras! ¡Tomá, tomá toda mi chechona! —respondí, moviendo mis caderas.

 

Ella se concentró, sabiendo que estaba cerca. En un esfuerzo final, empujó mi pene hasta el fondo de su garganta, aguantando el reflejo con una fuerza de voluntad que me asombró. La succión profunda y constante, sin pausa para respirar, fue la gota que colmó el vaso. Mi cuerpo se tensó, sentí el temblor en la base de mi columna y la oleada inconfundible del orgasmo.

 

—¡¡¡Ahhhhh!!! ¡Ahora, Emma! ¡Tomá! —grité, mis caderas lanzándose hacia adelante con el impulso final.

 

El chorro de semen salió con violencia. Ella intentó tragarlo, forzándose a recibir la carga completa. Sentí el calor del semen en su boca, la presión de sus labios y la desesperación de su garganta.

 

Emma se retiró, tosiendo y jadeando, con la boca y la barbilla cubiertas de mi espeso y abundante semen. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre por el esfuerzo y el placer.

 

—¡Tío! ¡Re rico! ¡Más caliente! ¡Y más dulce que anoche! —dijo, lamiendo sus labios con un gesto de satisfacción absoluta, limpiando los restos de mi chechona con su lengua.

 

Me desplomé en la cama, exhausto, mi respiración agitada. Ella me miró, mi semen escurriéndole por el mentón, y se veía como una pequeña hembrita victoriosa.

 

—¿Te gustó, Tío? ¿Soy la mejor, Tío? ¿Me vas a dar más chechona después?

 

—¡Sos la mejor, mi amor! ¡La más chanchita de todas! ¡Y sí, te voy a dar toda la chechona que quieras! —dije, riéndome por la mezcla de placer, culpa y locura. Ella se había apoderado de mí.

 

Emma se inclinó, y sin una pizca de asco, me dio un beso de boca abierta, mezclando mi semen, su saliva y la orina que aún quedaba en mi barba. La chanchita era yo.

 

—Ahora, Tío, estoy toda sucia… ¿Me limpiás? —preguntó, con esa voz tierna y de niña que regresaba después de la tormenta.

 

La tomé de la cintura y la acosté arriba mío, su vagina caliente en mi vientre, sintiendo cómo escurría jugo y calentura. La miré y la besé, con mi lengua fui lamiendo su rostro sucio, lleno de semen seco, y también semen recién exprimido, llevándolo a su boca en un beso en extremo lujurioso. Ella, lejos de decir que no quería, devolvió el beso con movimientos propios de una mujer madura. Emma aprendía rápido, o disfrutaba mucho.

 

El beso parecía no tener fin, yo la tenía agarrada de la cola, disfrutando sentir esos glúteos duritos e infantiles en mis manos, su piel suavecita. Nuestras lenguas se enfrentaban, se compartían los fluidos; después, empecé a lamerle su cara. Ella se iba acomodando para dejar que pasara mi lengua, dejando un rastro de saliva, sus gemidos parecían el ronroneo de una gatita cachorra. El calor de su piel era una sensación hermosa, que me daba la pauta de que ella seguía con ganas de seguir jugando.

 

De repente siento que llega un mensaje de celular, nos miramos los dos, y me levanto a agarrar el teléfono. Ella se quedó desnudita en la cama, mirándome. Era de mi esposa: «Amor, me encontré con la mamá de los compañeros de los chicos y nos invitó a jugar a casa y quedarnos ahí un rato, seguro vuelvo a la noche, pero así se divierten. Espero no te joda, mi hermana seguro busca a Emma en una hora más o menos». Me desilusionó un poco que estuviera llegando la hora en que Emma se tuviera que ir, pero mientras, iba a disfrutar un poco más de ella. «Tranqui, amor, Emma se levantó recién y tomó la leche, ahora se tiró en nuestra cama a ver una peli y me iba a ayudar con algunas cosas, está re entretenida. Cualquier cosa que tu hermana me escriba cuando esté por venir, ustedes diviértanse». «Ok, amor, le digo, gracias, sos un sol».

 

—Parece que la tía no vuelve hasta tarde, y que tu mamá te va a venir a buscar en un ratito —le dije mientras me acostaba al lado de ella, mirándola, embobado con esa belleza. Puso una leve cara de desilusión.

 

—No quiero ir a casa, ¿no me puedo quedar con vos? ¡Porfi, prometo portarme bien! —Se me acercó y me abrazó como siempre que quería algo, pero esta vez con el detalle de que estaba desnudita y oliendo a sexo. Yo me quedé mirándola en silencio, sus ojitos brillantes, con expectativa. ¿Era real? ¿Emma, a la que deseé en secreto durante años, estaba queriendo quedarse sola conmigo para seguir disfrutando de estos juegos prohibidos? Por supuesto, sabía que estaba mal, pero todo era tan natural, nuestra conexión era tan profunda. Pero ahora, solo a disfrutar, a mirarla, y así veo cada detalle de su pelo, de su piel, su hermosa sonrisa, su bello cuerpo—. Tío, ¿qué te pasa? Contestame, jajaja, ¿por qué me miras así…?

 

—Emma, te amo, yo sé que por ahí no te das cuenta lo que significa, y espero no hacer nada que te haga mal, pero yo te amo. De verdad, sos lo más hermoso que vi en mi vida —dije tomándola de la mano y apretándola. Ella miró para abajo un momento, toda colorada, pero levanté su barbilla—. Tu tío es un señor grande que dice cosas tontas, perdón, no quiero que sientas vergüenza. —Esta vez me sostuvo la mirada un momento y se mantuvo en silencio.

 

—Tío… —dijo tímidamente.

 

—¿Qué pasa, mi amor?

 

—Yo también te amo, sos mi persona favorita —lanzó con esa vocecita tímida e infantil.

 

—Y vos la mía —le di un beso tierno. Cuando nos separamos, ella me sonrió.

 

—¿Podemos decirle a mi mamá que me venga a buscar más tarde? ¿Le decimos que vamos a ver películas? ¿Que en casa me aburro? ¿O que me invitás a salir y hacemos salida de novios? —»Salida de novios» mandó la enana, era increíble cómo se sentía cómoda en ese papel.

 

—Jaja, si le llegás a decir «salida de novios» a tu mamá, me va a matar.

 

—Jaja, bueno, decile que no sé, que vamos a ir al parque… —Se me acercó y me abrazó otra vez, sabiendo que su piel me vuelve loco. La pendeja era compradora, sabía que tenía poder sobre mí, aunque no tuviera claro por qué.

 

—Jajaja, ¡paraaa, tranquila! No es necesario que le mientas a mamá, decile que te querés quedar conmigo, que vamos a ver películas, que te venga a buscar más tarde. Seguro que le va a venir bien porque si no va a estar a las corridas con tus hermanos. Llamala vos, cuando te diga si me molesta, me pasás que yo hablo con ella. Y tranquila, así no sospecha nada.

 

—Bueno, tío, ¡voy a buscar mi celular! —Verla correr desnuda por la casa era hermoso, me imaginé poder tenerla así toda la tarde, disfrutando ver ese monumento a una hembrita, ese monumento a la sensualidad, la inocencia y la ternura. Enseguida volvió con el celular en la oreja.

 

 

 

—¿Mami?

 

—Hola, mi vida. ¿Estás bien? ¿Te levantaste ya?

 

—Sí, Ma, hace un rato. Estaba jugando con el Tío.

 

—Qué suerte, Emma. Escuchame, te llamo porque en un ratito te voy a buscar yo, ¿dale? Estoy acá con los chicos y tu papá, y ya estoy saliendo para allá.

 

—¡Nooo, Ma! ¡No quiero ir! —El rostro de Emma, que segundos antes era felicidad, se transformó en un puchero.

 

—Emma, ya estuviste mucho tiempo en la casa del Tío. Él tiene cosas que hacer y no lo queremos molestar más.

 

—¡Pero no le estoy molestando, mami! ¡Él me dijo que me puedo quedar! ¡Quiero ver películas con el Tío! ¡Acá me aburro! No tengo con quién jugar…

 

—Emma, basta. No hagas berrinche. Ya dijimos. Dale, pórtate bien. Andá preparándote, que en un toque llego.

 

—¡No! ¡No me quiero ir! ¡Sos mala, mami! —El llanto de Emma se encendió de golpe, un berrinche infantil, fuerte y desconsolado. Sus lágrimas se mezclaron con el semen seco que aún le quedaba en la cara.

 

—¡Emma, no me hables así! ¡Qué vergüenza con tu Tío! ¡Ya te dije que no! Dale, pórtate bien, dejate de llorar que me ponés nerviosa. ¡Estás insoportable!

 

—¡Pero yo quiero quedarme! ¡Quiero ver pelis! ¡En casa no hay nada para hacer! ¡Déjame, mami, porfi! ¡Porfi, porfi, porfi! —El grito se intensificaba, la niña se tiró a la cama, pataleando y agitando sus brazos, un drama teatralizado por la necesidad de quedarse a seguir con su juego prohibido.

 

—¡Ya está, Emma! ¡Basta! ¡No me gusta que me grites! Por favor, pásame con el Tío. ¡Ahora!

 

Emma, con un último sollozo, le entregó el celular. Su rostro era una máscara de lágrimas, mocos y fluidos.

 

—Tío… dice que te hable… —murmuró, con la voz rota.

 

El Tío tomó el teléfono.

 

—Hola, ¿qué pasó? —dijo, mirando a Emma con ternura, pero con una adrenalina que le recorría el cuerpo por la situación.

 

—Hola. Perdóname, te juro que es una intensa. Acabo de escuchar el berrinche que está haciendo. Ya la estoy yendo a buscar porque no quiero que te moleste más, en serio. Ya estuvo un montón de tiempo, y mirá cómo te pone la cabeza.

 

—No, no, ¡pará! ¿Qué decís? ¿Molestarme? Para nada. Dejame que te diga algo: la estoy re disfrutando. Estábamos por ver una película y hacer pochoclos. Se levantó re tarde, le hice la leche y ahora estábamos acá tirados charlando. De verdad, no me molesta en lo absoluto.

 

—¿Seguro? Es que la escucho llorar así y me da mucha cosa, no quiero que te arruine la tarde.

 

—¡Dejame de joder! ¿Arruinarme la tarde? ¡Me la alegra! En serio, dejala. Que se quede tranquila, que vea todas las películas que quiera. Le dije que si se aburría me ayudaba con unas pavadas, pero de verdad, prefiero que se quede y se divierta. Ya está, ya me dijiste que venías, no vengas.

 

—Pero… ¿de verdad no te jode? No quiero que después tengas que ir a las corridas a limpiar la casa por ella, o que te corte planes.

 

—No tengo planes. Y acá no hay nada que limpiar. Es un placer tenerla. Dejame que la consienta un rato, que es mi sobrina favorita. Dale, aprovechá, terminá de hacer las cosas que tengas que hacer en casa. Yo me encargo de Emma. ¿Dale? Te la cuido.

 

—Ay, sos un sol, en serio. Te juro que si me entero que se porta mal o que te hizo algún drama, la mato.

 

—Quedate tranquila, es un angelito. Está chocha acá. Dale, dejala.

 

—Bueno. Mil gracias. Si me decís que de verdad no te jode, la dejo. Así de paso puedo terminar de hacer cosas en casa. Nos vemos a la noche, entonces.

 

—Perfecto. Chau, te quiero.

 

—Yo también te quiero. Dale un beso a la enana de mi parte.

 

El Tío colgó el teléfono, su corazón palpitaba con la mezcla de triunfo y la excitación de saber que tenía toda la tarde por delante con Emma. Miró a la niña, que lo observaba con ojos curiosos y aún húmedos.

 

—¿Y, Tío? ¿Qué te dijo?

 

El Tío le sonrió, una sonrisa de oreja a oreja.

 

—Me dijo que te podés quedar, mi amor. Nos ganamos la tarde, princesa. Ahora… ¿dónde nos quedamos? ¿Acá en mi cama a ver pelis?

 

 El rostro de Emma se iluminó. Se lanzó a los brazos del Tío, su cuerpito desnudo pegado al mío. Nos dimos un beso, un beso de novios, esos largos que dan los príncipes a las princesas. Luego me separé un poco y acaricié su hermoso rostro, pasé mi nariz por su cuello y la olí.

 

—Te dejé bien limpia —dije.

 

— ¿Eh? ¿Qué decís, tío loco? ¡Estoy toda pegajosa, jajaj!

 

—A mi chechona me dijiste que te la limpie, y te la limpié con mi lengua, y la compartimos —le recordé, y se acordó cuando me pidió que la limpiara y nos compartimos mi semen con la lengua.

 

—¡Ahhh, sí, jajaja! Me gustó mucho la chechona… ¿Puedo tomar más?

 

—Obvio, y tenés toda la tarde para hacerlo… pero con tres condiciones —le dije, y ella me miró extrañada.

 

— ¿Qué condiciones? ¿Qué tengo que hacer?

 

— Me tenés que dar muchos besitos, tenés que quedarte desnudita toda la tarde para que vea lo hermosa que sos, y me tenés que dejar comerte a besos la coneja y el culito… —dije mientras le daba un pico en su naricita.

 

—¡Jaja, tío loco y cochino! Bueno, hago eso… ¡pero me das mucha chechona! jiji —Ella se divertía, era feliz, y su sonrisa me hacía más feliz.

 

—Tenemos un trato. Te amo, princesa, vamos a buscar algo de comer, y después seguimos jugando si querés.

 

—¡Siii, tengo hambre!

 

—Y eso que te tomaste la leche, jajaja —me burlé de ella.

 

—¡Jajaj, basta, tío cochino!

 

Caminó delante mío divertida hasta la cocina, yo miraba ese culito desnudito moverse orgulloso de su belleza, deleitándome y poniéndome al borde de la locura por mi deseo. De repente se paró y me miró sonriente.

 

—Tío, perdón por asustarme hoy a la mañana, prometo no asustarme de nuevo, podés despertarme así cuando quieras, y darme chechona, pero que no te vea la tía, eh…

 

Y así mi princesa terminaba de matarme de amor. Y el día recién arrancaba.

 

 Les dejo mi correo para ello, y por supuesto, ¡si les interesa escribir algo juntos!  [email protected]

 

Tambien por TELEGUARD ID: SH4RVU98A y mi telegram: @Arcangelperverso

 

En breve voy a abrir mi Blog para relatos, donde voy a publicar todo lo que vaya escribiendo y otras historias.    https://arcangelperverso.blogspot.com/    

 

122 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por arcangel_perverso
Etiquetas: baño, hermana, hermanos, hija, madura, mayor, primos, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
MI SUEGRITA QUERIDA
Yo y mis gallinas
VIVO UNA RELACION DE INCOGNITO SOY TV EN LA INTIMIDAD
Familia Corrupción y Sexo I8
La Cofradía Xl
La tarde de las pollas
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.397)
  • Dominación Hombres (4.286)
  • Dominación Mujeres (3.152)
  • Fantasías / Parodias (3.458)
  • Fetichismo (2.838)
  • Gays (22.497)
  • Heterosexual (8.541)
  • Incestos en Familia (18.738)
  • Infidelidad (4.596)
  • Intercambios / Trios (3.206)
  • Lesbiana (1.179)
  • Masturbacion Femenina (1.044)
  • Masturbacion Masculina (1.996)
  • Orgias (2.135)
  • Sado Bondage Hombre (465)
  • Sado Bondage Mujer (196)
  • Sexo con Madur@s (4.496)
  • Sexo Virtual (272)
  • Travestis / Transexuales (2.484)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.608)
  • Zoofilia Hombre (2.263)
  • Zoofilia Mujer (1.684)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba