Esto es un relato de mi hermano
Nuestra abuela acostumbraba visitarnos y a menudo se quedaba a dormir.
Yo tenía ocho años por entonces. Mi padre había fallecido y en casa éramos tres personas. Mi mamá, mi hermana, de once años, y yo. Regularmente nos visitaba la abuela. Ella es una atractiva mujer que por entonces rondaba los 50. Recuerdo que, como en otras veces, se le hizo tarde para viajar a su casa y decidió alojar con nosotros. Habían llamado mi atención anteriormente ciertos sonidos que se escuchaban en esas noches desde mi dormitorio, vecino al de mamá. Con una curiosidad propia de un niño, para esta ocasión ya había decidido averiguar de qué se trataba. Perforé un pequeño agujero en la pared de la pieza de mamá, que comunicaba con el interior de mi closet. Era imperceptible pues el papel mural presentaba diversas flores y tuve el cuidado de hacerlo de modo que formase parte del diseño.
Esa noche me instalé en el interior del closet, dispuesto a descubrir cual era la causa de aquellos sonidos. Eran como si una persona estuviese muy emocionada, no sé si apenada o feliz. Momentos después, mi madre salió del baño envuelta en una gran toalla. La afirmaba con una de sus manos pero resbaló de su hombro dejando a la vista unas tetas grandes, coronadas por pezones que sobresalían unos dos centímetros desde el centro de unas areolas oscuras, pobladas por pequeñas protuberancias parecidas a diminutos pezones. Se recostó en su cama, ya desnuda. Desde mi posición podía observar todo su cuerpo. Me sorprendió ver que en la parte baja del vientre, una tupida cantidad de pelos negros cubría su entrepierna. Momentos después ingresó la abuela, preguntando si su nieto y nieta estarían ya dormidos. La mami, sonriendo le dijo que no se preocupara, que tenían toda la noche por delante.
La abuela procedió a sacarse la bata que vestía, dejando a mi vista un cuerpo algo más grueso que el de mamá, en el cual resaltaban unas tetas también grandes, un poco caídas. Pero sin duda hermosas. Se recostó junto a mamá y le dió un beso en la boca. Un beso largo, en el cual podían verse lenguas entrecruzándose.
– ¿Me habías echado de menos, mijita? -preguntó la abuela terminado el beso, mientras con una mano separaba los muslos de mamá.
– Creo que sí, agregó – mostrándole los dedos que habían recorrido la entrepierna. Lucían húmedos, una substancia ligeramente densa colgaba de uno de sus dedos. A continuación los acercó a la nariz, al parecer disfrutando el aroma. Luego los succionó con evidente placer.
– Mi niña otra vez me recibe con sus líquidos, sabrosos y aromáticos- comentó sonriendo. Acercó sus labios a uno de los pezones y empezó a chuparlo y morderlo con suavidad.
– ¡Oh, mamita, No sabes cuanto te necesitaba! Dos semanas sin verte me tenían desesperada. Sabes que tus labios no pueden ser reemplazados por mis dedos.
– Chúpamela mamita, pasa la lengua por mi concha. Desde el clítoris hasta mi hoyo trasero, juega allí, hazme cositas ricas.
La abuela la colocó de modo que, arrodillada en el suelo, podía atender los deseos de su hija. Posición en la cual me brindaba una perfecta vista y, como tenía las piernas algo separadas, toda sus zona íntima se ofrecía plenamente a mis ojos.
Hay que tener presente que siendo yo un niño, no entendía aún que era lo que estaba sucediendo. Pero no obstante, algo empezó a suceder. Mi pequeño miembro empezó a erguirse y sentí la necesidad imperiosa de acariciarlo.
– Quiero que me hagas gozar como tu puta hija que soy. Así, así. Chúpamela mamá, chúpamela. Hazme gozar. Voy a acabar mamita, que rico, que rico, acabo, gozo, gozo- exclamó la mami, retorciéndose violentamente en la cama, con las piernas alrededor de la cabeza de la abuela.
Entonces sucedió algo que me ocasionó un placer nuevo, desconocido e intenso. No me había percatado de que, observando esa curiosa escena, había incrementado la velocidad con la que acariciaba mi pequeño aparato. Luego caí desvanecido al piso del closet y me quedé dormido.



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