Family inc.
Historias candentes de amor filial en toda su expresion.
Eran las cinco de la tarde en un barrio de la ciudad de Mexico, y el calor de asfalto se metía hasta los huesos. En la vecindad del Chino, el ambiente era denso, un guiso de olores a chiles fritos, a sudor y a deseos reprimidos. Karen, con sus siete meses de embarazo luciendo como dos sandías bajo una blusa de tirantes, se recostaba en el sofá de tela raída de su casa. El aire acondicionado era un lujo de pendejos, así que solo el abanico de mano movía el aire viciado, pero a ella no le importaba. El calor le daba ganas de follar.
—¡Andrés, cabrón! ¿Dónde chingados dejaste los refrescos? —gritó, con una voz que era puro puré de fritanga. Se pasaba una mano por el vientre sudoroso, imaginando cómo se vería reventado de leche.
Andrés salió del regaderón con una toalla pequeña envuelta en la cintura, su torso moreno y marcado goteando. —¡Ya bajo, güera! No te pongas así, que te da un coraje y se te antoja una verga.
Y como si lo hubiera convocado, Picaro, el chiquito de siete años, entró corriendo desde el patio, seguido de su hermana Anita, de cinco. Estaban sucios de tierra, con las rodillas raspadas y los ojos brillantes de travesura. Picaro ya tenía ese aire de machito que se le veía a los niños del barrio, una mezcla de insolencia y ternura. Anita, en cambio, era muñeca de trapo, con su carita redonda y sus piernitas torcidas que prometían ser un deleite en unos años.
—¡Mamá, Papá! ¡El Perico se escapó! —gritó Picaro, refiriéndose a la tortuga que tenían en el patio.
—¡Ya me vale verga! —dijo Karen, pero sonrió. Se sentó, con esfuerzo, y los abrazó a los dos, oliendo a tierra mojada y a niño caliente. Se frotó la cara en el cabello de Anita, suspirando. —Huelen a coños sucios, mis chamaquitos. Hay que bañarlos.
Andrés se acercó, y su mirada se cruzó con la de Karen. Fue una mirada eléctrica, llena de años de complicidad y de puteríos. Sabían exactamente en lo que el otro estaba pensando.
—Yo me encargo de la hembrita —dijo Andrés, su voz ronca. Agarró a Anita de la mano y la levantó sin esfuerzo. —Ven, mi chiquita. Vamos a enjabonarte bien para que te veas bien rica.
Karen observó cómo se llevaban a su hija. Se frotó el coño por encima del pantalón de mezclilla. Sí, eso era. Picaro se quedó mirándola, con esa cabecita ladeada.
—¿Y yo, mamá? —preguntó, con su vocecita de niño que ya empieza a cambiar.
Karen lo miró de arriba abajo, una sonrisa de loba dibujándose en su cara. —Y tú, mi machito… tú te vienes conmigo. Vamos a jugar un juego nuevo en la cama. Un juego de «quién se ahoga más».
Lo llevó a la habitación. El cuarto olía a Karen, a su perfume barato y a su olor íntimo, a coño maduro y caliente. Cerró la puerta con pestillo. Se quitó la blusa y el pantalón, quedándose en calzones y sostén, que eran dos trapos sucios a punto de reventar. Su vientre enorme dominaba la escena, una montaña de carne llena de vida.
—Mírame, Picarito —le ordenó, sentándose en el borde de la cama. Se abrió de piernas, mostrando el bulto húmedo de sus calzones. —¿Sabes qué hay aquí, mi hijo? ¿Sabes qué es lo que te hizo?
El niño negó con la cabeza, pero sus ojos estaban clavados en la entrepierna de su madre, fascinado.
—Esto es la choza de donde saliste. Es la choza mágica. Y hoy te va a dar de beber algo muy especial. Algo mejor que un Jumex.
Se quitó los calzones lentamente. Su coño era una selva, un bosque oscuro y espeso, con los labios mayores carnosos y hinchados, abriéndose como una flor exótica y sedienta. Un hilito de baba brillante ya se deslizaba por su muslo interior.
—Ven aquí. Arrodíllate —susurró.
Picaro obedeció, su carita a centímetros de aquella maravilla. El olor era intenso, a mariscos, a sudor, a mujer.
—Mete la carita, mi vida. Huele bien. Huele a tu mamá.
El niño, dubitativo, acercó su nariz. Karen agarró su cabeza por el pelo y la empujó suavemente contra su carne. —Así… huele, mi amor. Ah… eso es… ahora mete la lengua. Limpia a mamá. Limpia toda esa miel que te tengo guardada.
La lengua pequeña y nerviosa de Picaro comenzó a explorar. Era torpe, pero ansioso. Lamió los labios, el clítoris hinchado, se metió por el agujero. Karen se echó hacia atrás, arqueando la espalda. Un gemido largo y bajo salió de su garganta.
—¡Sí, hijito de tu chingada madre! ¡Así me gusta! ¡Mete toda esa lengua adentro! ¡Ah, carajo! ¡Sí! —gritaba, sin importar si la oían en toda la vecindad. Que oyeran. Que se murieran de envidia.
Mientras tanto, en el baño, Andrés tenía a Anita de pie en la tina, bajo el chorro de agua fría. La enjabonaba con una lentitud pecaminosa. Sus manos recorrían cada centímetro de aquel cuerpecito perfecto. Sus pechos eran dos botones rosados, casi invisibles, pero sus pezoncitos se ponían duros como canicas al contacto con sus dedos.
—¿Te gusta cómo te toca papá, Anita? —le susurraba al oído, mientras su otra mano se deslizaba por su colita suave y redonda.
La niña temblaba, asintiendo. No entendía la sensación, ese calor que le crecía en la pancita, pero le gustaba. Le gustaba mucho.
—Papá te quiere enseñar un secreto. Un secreto para que seas una mujer de verdad —dijo él, y se quitó la toalla. Su verga era un monstruo, gruesa, oscura, con las venas marcadas como serpientes. Se balanceaba pesada, con la cabeza morada y brillante. —Esto es lo que hace a las mujeres felices, mi niña. Esto es lo que te va a hacer gritar.
Tomó su manita y la envolvió alrededor de su miembro. La mano de Anita era diminuta, apenas alcanzaba a rodearlo. Le enseñó a moverla arriba y abajo, un movimiento rítmico y lento.
—Así… sí, mi princesa… báñala bien. Haz que papá se sienta rico.
Anita lo miraba con ojos de admiración, como si estuviera adorando un ídolo. Se acercó y, por iniciativa propia, pasó su lengua por la cabeza de aquella cosa gigante. El sabor era salado, un poco amargo, pero no le disgustó. Volvió a hacerlo, esta vez con más confianza.
—¡Ah, puta mía! ¡Sí! ¡Chúpala, chiquita! ¡Mete la boquita! —gimió Andrés, perdiendo todo control.
Abrió la boca de Anita con cuidado y comenzó a meterle la cabeza de su verga. La niña se ahogó un poco, pero él la calmó. —Tranquila, mi vida… respira por la nariz… así… toma un poco más… un poco más…
En la habitación, Karen estaba a punto de reventar. El orgasmo la golpeó como un tren, una ola de calor que la hizo gritar y temblar. Se vino en la boca de su hijo, inundándola con un torrente de su néctar espeso y salado. Picaro se ahogó, tosió, pero Karen lo mantuvo firme, agarrado por el pelo. —¡Trágala todo, cabrón! ¡No desperdicies una gota de la leche de tu madre! ¡Es para que crezcas fuerte y perverso!
El niño tragaba con dificultad, lágrimas de esfuerzo mezcladas con los jugos de su madre rodando por sus mejillas. Cuando Karen finalmente lo soltó, él jadeaba, con la cara brillante y el pecho subiendo y bajando. Se la quedó mirando, con una mezcla de asombro, miedo y una devoción absoluta.
—Ahora te toca a ti, mi rey —dijo Karen, con la voz ronca por los gritos. Lo tiró suavemente sobre la cama. Se quitó el sostén, y sus dos tetas enormes, llenas de leche, salieron disparadas, con los pezones oscuros y duros apuntando al techo. —Mamá tiene mucha hambre. Mamá quiere comerte entero.
Se abalanzó sobre él como una pantera, besándolo con una ferocidad que no era de madre, sino de amante. Su lengua invadió su boca, haciéndole probar su propio sabor mezclado con el de ella. Bajó por su cuello, por su pechito plano, mordisqueando sus pezones diminutos hasta que él gritó de dolor y placer. Siguió bajando, lamiendo su pancita, hasta llegar a su verga. A diferencia de la de su padre, la de Picaro era pequeña, un palito de apenas unos centímetros, pero duro como una piedra.
—Mira qué cosita más rica tienes, mi hombre —dijo ella, antes de tragársela entera. La chupó con avidez, como si fuera un caramelo salvavidas, metiéndola y sacándola de su boca, jugando con sus huevitos diminutos con la punta de la lengua. Picaro se retorcía en la cama, sin entender qué era lo que sentía, una electricidad que recorría todo su cuerpecito, un cosquilleo en los huevos que lo volvía loco.
En el baño, la escena era igualmente depravada. Andrés tenía a Anita agachada, con sus manitas apoyadas en la pared de la tina. Su colita de cinco años se abría frente a él, un orificio pequeño, rosado y perfecto. Se arrodilló y, sin previo aviso, enterró su cara en ese culo infantil. Su lengua exploró, lamió, humedeció. Anita gemía, un sonido agudo y dulce como el de un pajarito.
—Papá… me siento rara… —dijo ella, con la voz temblorosa.
—Es que te vas a venir, mi amor. Te vas a venir como una mujer grande —dijo él, entre lameduras. Metió un dedo, luego dos. Estaba tan apretadita, tan calientita… Se puso de pie, y con su verga en la mano, la frotó por toda esa ranura resbaladiza. —¿Quieres que papá te meta su cosita, Anita? ¿Quieres que te llene de amor?
La niña, perdida en la niebla de sensaciones nuevas, solo pudo balbucir: —Sí, papá… por favor…
Con la paciencia de un depredador, Andrés comenzó a introducirse. La cabeza de su verga abrió paso lentamente, desgarrando aquella ternura. Anita gritó, pero era un grito de placer puro, de dolor que se transformaba en éxtasis. Él la fue metiendo poco a poco, hasta que la tuvo hasta los huevos dentro de su culito. Se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara, sintiendo las contracciones de su ano apretándolo como un anillo de plata.
—¡Mira qué bien te queda! ¡Eres toda una mujer, mi chiquita! —gritó él, y comenzó a moverse. Lentamente al principio, luego más rápido, más fuerte. Cada embestida hacía que sus nalguitas rebotaran contra su pelvis. El sonido de sus cuerpos chocando, mezclado con los gemidos de la niña y los rugidos de él, era la música más hermosa del mundo.
De vuelta en el cuarto, Karen se había montado sobre la cara de su hijo. —Ahora sí vas a ahogarte, pendejo —le dijo, y se sentó con todo su peso. Su coño inundaba la boca y la nariz de Picaro, que se debatía, buscando aire. —¡Respira de aquí adentro! ¡Respira el coño de tu madre!
Se movía sobre su cara, restregándose, usándolo como un objeto para su placer. Se agarró de sus tetas, apretándolas, haciendo que chorros de leche salpicaran el cuerpo del niño. La leche se mezclaba con el sudor y los fluidos, creando una pegajosa y deliciosa mezcla.
—¡Andrés! ¡Cabronazo! ¡Trá a la hembrita! ¡Quiero verla! —gritó Karen, sin poder contenerse.
Andrés, con un último y profundo gemido, se vació dentro del culito de su hija. La sintió contraerse, sacándole hasta la última gota. Se retiró lentamente, y un río de semen blanco y espeso comenzó a brotar de aquel agujero diminuto y ahora rojo. Tomó a Anita en brazos, temblorosa y cubierta de su semen, y la llevó a la habitación.
La escena que encontraron era dantesca. Karen, montada en su hijo, con el cuerpo cubierto de leche y sudor, y Picaro, casi ahogado bajo el coño de su madre, pero con una sonrisa de satisfacción en su cara.
—Pásamela —ordenó Karen.
Andrés le entregó a Anita. Karen la acostó boca arriba en la cama, al lado de su hermano. Se arrodilló entre las piernitas de su hija y, con la lengua fuera, comenzó a lamerla. Lamía sus muslos, su pancita, su pecho. Pero su objetivo era otro. Lamió todo el semen que se escapaba de su culito, saboreando la mezcla de su leche y la sangre de la desfloración. Luego, bajó hasta su coñito, que todavía no tenía pelo, un pequeño pliegue perfecto.
Lo abrió con sus dedos y metió la lengua. Anita gritó, arqueando la espalda. Era demasiado. Demasiado estímulo. Karen la chupó con frenesí, como si quisiera devorarla. Metió dedos, lamió, mordisqueó el clitoris. Hizo que su hija se viniera una y otra vez, hasta que la niña quedó hecha un mar de lágrimas y temblores, sin poder articular una palabra.
Andrés, viendo aquella escena, se había puesto duro como un palo. Se acercó por detrás de Karen y, sin decir nada, la penetró de un solo embestirón. Su verga entró hasta el fondo, golpeando el útero que cargaba a su tercer hijo.
—¡Así, pendejo! ¡Cogeme mientras le como el coño a nuestra hija! ¡Úsala! ¡Úsanos a todas! —gritaba ella, con la voz rota.
Y así lo hicieron. Los cuatro, en una montaña de cuerpos sudorosos y pecaminosos. Andrés follando a su esposa embarazada, mientras ella le hacía un cunnilingus a su hija de cinco años, y Picaro, recuperándose, se acercó y metió su pequeña verga en la boca de su hermana, que la succionó con la última energía que le quedaba. Era un círculo perfecto de incesto y lujuria, una máquina de placer infernal y divina.
El clímax fue colectivo, una explosión simultánea que sacudió la casa y, seguramente, despertó a media vecindad. Los cuatro se vinieron al mismo tiempo, en un coro de gritos, gemidos y blasfemias. Se quedaron así, un amasijo de carne y fluidos, jadeando en el calor de la habitación, oliendo a sexo, a leche, a sudor, a familia.
Karen, tumbada de espaldas, con los pechos echando leche y el coño goteando, miró el techo y sonrió. Se sentía completa. Era una diosa. Una diosa perversa y embarazada, rodeada de su rebaño, de su familia, de los amantes que ella misma había creado. Esa noche, dormidos todos juntos en la misma cama, supo que no había nada más sagrado, más real, que aquel momento. El sueño los envolvió como un manto sucio y cálido, un sueño poblado por los mismos fantasmas con los que habían estado jugando.
A la mañana siguiente, el sol entraba a raudales por la ventana sin cortina, despertando a Karen primero. Se sentó en la cama, el cuerpo dolorido pero vibrando con una energía nueva. Miró a su alrededor. Andrés roncaba a su lado, boca abierta, un hombre satisfecho. A su otro lado, Anita y Picaro dormían abrazados, como dos gatitos, sus cuerpecitos todavía marcados por las aventuras de la noche anterior. Un amor tan feroz, tan posesivo, le oprimió el pecho que casi no podía respirar. Eran suyos. Eran su creación, su obra de arte, su pecado favorito.
Sintió una punzada en la vejiga. Tenía que mear como una loca. Se levantó con cuidado, sin despertar a nadie, y caminó desnuda hacia el baño. Su cuerpo era un mapa de la noche: moretones en los muslos, la piel irritada, el vientre pesado. Se sentó en el excusado y, mientras el chorro dorado y caliente caía con fuerza, cerró los ojos y sonrió. Recordó la lengua de su hijo, el culo de su hija, la verga de su marido. Se sentía una perra, una sucia, una aberración… y se sentía la mujer más dichosa del mundo.
Cuando terminó, no se limpió. Volvió a la habitación, con un plan en mente. Se arrodilló junto a la cama y despertó a Picaro con un beso en la frente.
—Despierta, mi rey —susurró—. Mamá tiene un regalo para ti.
El niño abrió los ojos, adormilado. Karen lo guio hacia el baño. —Mira, mi amor. Mamá acaba de hacer pipí. Y quiero que tú la limpias. Con tu lengua. Quiere que mi machito la lama hasta dejarla perfecta.
Picaro, todavía medio dormido, asintió. Era una orden, y las órdenes de su mamá eran sagradas. Se arrodilló frente al inodoro, donde el charco dorado aún brillaba. Karen se agachó y, con las manos, se abrió de piernas, mostrándole su coño todavía húmedo de orina. —No el de ahí, pendejo. El de aquí. Limpia a mamá.
La lengua de Picaro, ya experimentada, fue a su encuentro. El sabor era agrio, salado, intenso. La lamía con devoción, limpiando cada pliegue, cada labio. Karen gemía, agarrándose del lavamanos. —Así… así, mi hijo… qué bueno eres… qué buen hijito de tu chingada madre tienes…
El ruido despertó a Anita, que se sentó en la cama, frotándose los ojitos. Vio la escena en el baño y su carita se iluminó de curiosidad. Andrés también se despertó, y al ver lo que pasaba, su verga se levantó como poseída. Se acercó a Anita y la sentó en sus piernas.
—¿Ves, mi amor? Tu hermanito está ayudando a mamá. Tú también puedes ayudar a papá —dijo, y le pasó su mano por su coñito todavía sensible—. Papá tiene mucha leche otra vez, y quiere que se la bebas toda.
Anita sonrió, una sonrisa inocente y pícara. Se bajó de las piernas de su padre y se arrodilló frente a él. Abrió la boca como un pajarito esperando el gusano. Andrés no se hizo de rogar. Metió su verga hasta el fondo y comenzó a mear. Un chorro caliente y fuerte llenó la boca de Anita. La niña se sorprendió, se ahogó un poco, pero se tragó obedientemente, la mayor parte saliendo por los lados de su boca, mojándole el pecho y el estómago. Era un bautismo de oro, una marca de propiedad.
—¡Buena hembra! ¡Trágala toda! ¡Toda la orina de tu padre! —gritaba él, mientras seguía llenándola.
Cuando terminó, Anita estaba empapada, oliendo a orina y a sexo. Karen y Picaro salieron del baño, y los cuatro se miraron. No hacía falta decir nada. Se entendieron.
Esa mañana, el desayuno no fue en la mesa. Fue en el suelo del salón. Karen se acostó de espaldas, con las piernas abiertas. Andrés se sentó en su cara, y ella se lo comió entero, metiéndole la lengua en el culo hasta que él gritó. Mientras, Anita y Picaro se dedicaron a su vientre. Lamiaban la leche que se escapaba de sus pechos, mordisqueaban su ombligo, peleaban por quién lamía el coño de su madre. Era un festín, una orgía de leche y saliva.
Karen, en medio de aquel caos, sentía que podía morir de felicidad. Era el centro del universo, la diosa que alimentaba a sus devotos. Vio cómo su hija, con su carita todavía mojada de orina, se montaba en la cara de su hermano, cómo Picaro la lamió con la misma ferocidad con la que había lamido su coño a ella. Vio cómo su marido, ya satisfecho, se acercaba por detrás y se metía un dedo en el culo a su hija mientras ella se venía en la boca de su hermano.
Era perfecto. Era su familia. Era su vida.
La historia de aquella mañana se convirtió en leyenda dentro de ellos. Un nuevo estándar de perversión y amor. Ya no había secretos, no había límites. Cada día era una nueva página para escribir su propio libro de placer prohibido. Y mientras su vientre seguía creciendo, Karen sabía que pronto habría un nuevo miembro para unirse a la fiesta. Un nuevo pez para este acuario de locura y deseo. Y sonrió, porque ya estaba pensando en todas las cosas nuevas y sucias que les enseñaría cuando naciera.



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