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Incestos en Familia, Orgias, Sexo con Madur@s

Haciendo turismo sexual

Otra experiencia de mi amigo en sus viajes por el mundo……

Mi marido tiene un amigo que nos estuvo contando cuando fue a un país sudamericano por temas de negocios y acabó haciendo turismo sexual, junto con otro socio. A los dos nos contó ciertas cosas, pero a mi marido le contó otras en privado más íntimas, y luego él me las contó a mí.

Con todo esto he hecho este relato contado por él en primera persona para darle mayor agilidad a la historia, y es esta:

“A mis 48 años, cada vez me tenían más loco las adolescentes, al igual que a mi socio; ya lo habíamos hablado alguna vez que era algo normal que nos sintiéramos muy atraídos por ellas, aunque muchos hombres no lo reconocieran para no sentirse culpables, o para que no se les tildara de algo que ellos no se sentían. Así que cuando nos salió la oportunidad de viajar a este país, lo primero que se nos vino a la cabeza fue su fama de que allí acudían muchos turistas buscando lo que no podían conseguir en sus países, aunque al principio lo comentamos medio en broma, la verdad es que no podíamos parar de pensar en que allí podríamos tener alguna de esas experiencias que hasta ese momento sólo soñábamos.

Al llegar al hotel, como en todos los sitios, nos informaron de los lugares de interés de la ciudad, monumentos y esas cosas, a lo que añadieron otros detalles, quizás porque ya estaban acostumbrados a que les preguntaran:

—Y si quieren divertirse con mujeres, las pueden encontrar en la c/ Olivares, esquina con Ezequiel Castillo, pero si les gustan más jovencitas —dijo el recepcionista, con sonrisa pícara—, en el Parque Alameda, al anochecer pueden encontrarlas.

Antes de llegar allí ya nos habíamos informado de que en las inmediaciones de los Hoteles solía haber unas personas que se dedicaban a ofrecer a los turistas, las mujeres que fueran de su gusto, para ganarse algún dinero en la intermediación y suponíamos que el propio Recepcionista o empleados del Hotel podrían recomendarnos algún lugar más específico para encontrar lo que queríamos, pero en ese momento optamos por no mostrarnos demasiado interesados en ciertas cosas, porque nuestra prioridad eran los asuntos de trabajo que nos habían llevado allí y si surgía lo demás, ya iríamos viendo, aunque estaba claro que nos costaba quitarnos esa idea de la cabeza.

Así que como íbamos a estar varios días por allí, preferimos llevarlo con calma y observar primero por nuestra cuenta el panorama, por lo que al día siguiente, como teníamos la mañana ocupada con reuniones, la tarde la teníamos libre y nos fuimos a echar una ojeada por las zonas indicadas por el Recepcionista del Hotel.

Al llegar a esas calles, ya empezamos a ver las primeras chicas apoyadas en la pared, sentadas en las escaleras de entrada a las casas o en pequeños grupos hablando, vestidas de forma provocativa, marcando esas formas de la típica mujer sudamericana, mientras nos miraban desafiantes.

También nos sorprendió ver a muchos extranjeros como nosotros pasear por esas sórdidas calles, donde el único interés para ir era encontrarse con esas mujeres, aunque no faltaban tampoco las miradas de otros lugareños mal encarados, que también pululaban por allí, por lo que si hubiera tenido que ir sólo por esos lugares, me hubiera dado algo de miedo andar por esas calles a esas horas, pero ese miedo se mezclaba con la excitación y el morbo de sentir esa atmósfera turbadora que se apropiaba de nuestra voluntad.

Las chicas que veíamos eran generalmente jóvenes, rondando los 20 años o algo más, y algunas que parecían menores no podríamos especificar a ciencia cierta la edad que tendrían, porque allí se desarrollan precozmente y fácilmente alguna podrían tener 15 o 16 años, aunque sus cuerpos fueran igualmente de escándalo.

También las había más maduras, supongo que para abarcar todos los gustos, y porque serían mujeres que llevarían toda la vida en eso sin otra forma de subsistir, aunque nos habían dicho que también solía haber amas de casa, casadas, en busca de un suplemento económico para costearse algún capricho, no sé si con el consentimiento o no de sus maridos.

Ante la visión de todas esas chicas, cada vez estábamos más excitados, pero quizás por prudencia, preferimos esperar a decidirnos por alguna, a pesar de que se nos insinuaban directamente para que nos fuéramos con ellas, y también porque lo que teníamos en nuestra cabeza era ese otro lugar que nos habían indicado, así que la curiosidad nos llevó a darnos una vuelta por el Parque Alameda, y allí ya pudimos comprobar como bajaba la edad de las chicas y lo raro era ver alguna mayor de 18 años, a simple vista.

Resultaba realmente turbador ver a aquellas chicas, casi niñas, mostrarse de esa forma tan impúdica, prácticamente desnudas ante nuestros ojos, siendo inevitable sentir un plus especial de excitación, que a mí al menos, ya me provocaba una cierta erección.

Mientras las mirábamos embelesados, se nos acercó un tipo, que nos preguntó:

—¿De qué edad las buscan?

—No se…, solo estamos mirando —contestamos, un poco desconfiados..

—Yo les puedo conseguir las que quieran. Algunas no se muestran en la calle. Están más protegidas, ya me entienden….. Esperan a los clientes en las casas por ser más seguro, —insinuándonos en voz baja al oído— alguna puede ser hasta virgencita todavía, esperando ser estrenada.

Supongo que este hombre como nos vio un poco desconfiados de sus palabras, sacó el teléfono del bolsillo, y nos mostró unas fotos de unas chicas jovencitas que pasaba rápidamente con su pulgar, a la vez que nos comentaba:

—Las que les puedo conseguir son como estas, de estas edades, pero ahora solo tengo disponible a esta… Miren, que preciosura.

Nos enseñó, ahora con más detenimiento, las fotos de una nena morenita, de pelo largo, delgadita, vestida con un uniforme de Colegio, y luego, en las siguientes fotos estaba con menos ropa, hasta que vimos una en la que estaba únicamente con unas braguitas, enseñando sus lindos pechitos, y al ver él que la estábamos mirando con mucha atención, finalmente nos mostró otra de la nena con las piernas abiertas dejando a nuestra vista su vaginita.

—No me digan que no se les apetece. En confianza les digo que pocas vergas le han entrado todavía, porque su mamá no la dejaba putear todavía, pero cuando vio el dinero que pagaban por ella, ya aflojó, jaja. —nos dijo él, para intentar convencernos.

—¡Buufff! —resopló mi socio—, que cosa más rica. ¿Cuántos años tiene? —Le preguntó.

—Acaba de hacer 13. Ahora tiene más tetas que en las fotos y está más rica todavía. Si quieren pueden estar los dos con ella, que ella les va a aguantar bien. Pueden hacerle anal también, lo que quieran.

Lo que nos proponía era demasiado tentador, pero en principio ese dinero nos parecía demasiado, mucho más del que pedían las chicas a las que habíamos preguntado, y además, tendríamos que repartírnosla entre los dos. Y como tampoco nos fiábamos mucho de él, preferimos seguir mirando nosotros por nuestra cuenta, ya que nos habían dicho que a veces trataban de engañar a los turistas para robarles.

Seguimos paseando por allí hasta que mi socio se quedó prendado de una preciosa morena, de largas piernas que mostraba con una falda muy corta y ajustada, y con unas buenas tetas, marcándose sus pezones en su ajustada camiseta. Nos dijo que se llamaba Lidia y aunque decía tener 15 años, quien sabe los que tendría, pero tras una breve negociación, nos metió el morbo en el cuerpo y mi socio quiso irse con esa ricura, así que empezamos a caminar detrás de ella de forma discreta.

Yo también aproveché para hablar con otra con la que me había quedado hipnotizado mirando sus espléndidas tetas, prácticamente a la vista en su amplio escote. Cuando me dijo que tenía 14, no me lo podía creer que pudiera tener ese cuerpo, así que solo me quedaba acordar el precio con ella para ir detrás de mi amigo con la otra chica a una especie de Hostal, en el que a la entrada, una señora mayor nos pidió otra cantidad por dejarnos entrar, justificándose en que también había que pagar la habitación, no solo a la chica y que usáramos la habitación que estuviera libre, donde había condones y de todo, a nuestra disposición.

Como tampoco era demasiado dinero, aceptamos, y al ir por el pasillo nos encontramos con otras chicas con sus clientes, y entre risas y gritos, se escuchaban los gemidos que salían de las otras habitaciones, muchas de ellas con la puerta entreabierta, según nos dijeron luego, por seguridad de las chicas.

Cuando entramos en la habitación, la chica que estaba conmigo se dio cuenta de que me había quedado algo paralizado y atemorizado por un ambiente al que no estaba acostumbrado, pero que me excitaba terriblemente, por lo que ella misma se encargó de desabrocharme el pantalón, para agarrarme la polla, para después de unos cuantos meneos, metérsela en la boca, y se puso a hacerme una deliciosa mamada, con la que no iba a aguantar mucho tiempo sin correrme. A pesar de su edad, era ya una experta mamadora y adivinó el momento en el que me iba a correr, recibiendo con ganas el abundante semen que llenó su boca y sus labios.

Sin darme tiempo a recuperarme, ella se fue desnudando, por lo que empecé a acariciarla por todos los lados, deteniéndome en esos pechos que me tenían loco, de gran dureza, a pesar de su tamaño, sin que estuvieran caídos todavía por la edad. Le chupé sus exquisitos pezones, hasta que la erección de mi polla, me permitió empezar a penetrar esa estrecha vagina que se adaptaba como un guante a mi pene, proporcionándome una sensación como nunca había tenido, y de la que puede disfrutar durante más tiempo de lo que hubiera sido normal, debido a mi anterior eyaculación.

Así que antes de que llegara a correrme otra vez, ella me ofreció su culo para que la penetrara y eso ya me enloqueció. Ella misma se echó un poco de gel para facilitar la penetración anal, dándole unas buenas embestidas sujetándolas por las caderas hasta acabar corriéndome otra vez dentro.

Desde luego, esa chiquilla sabía cómo tratar a un hombre aparentando tener la experiencia de una de 30, y me dejó prácticamente agotado de la sesión sexual con ella.

Cuando salimos de la habitación, me volví a encontrar con mi amigo, que me contó entusiasmado como había sido su experiencia y nos marchamos de allí, con una de nuestras fantasías cumplida, y ya de vuelta al hotel, porque al día siguiente teníamos otra vez reuniones de trabajo.

Al día siguiente, el Recepcionista del Hotel nos preguntó cómo habíamos pasado el día, pero más que interesándose por nuestro trabajo lo hacía por si habíamos visitado las zonas que nos había indicado, a lo que le respondimos:

—Pues sí, muy bien, unos lugares muy interesantes de visitar, jaja.

—¿Han visto todas las chavitas que hay por allá? ¿Se les apeteció alguna en especial?

—Sí, las hemos visto a todas y es difícil decidirse, pero hemos podido disfrutar de alguna de ellas.

A mí me sorprendió tanta curiosidad por nuestras andanzas en ese lugar, pero en esta ocasión, él si quería indicarnos algún sitio más concreto donde podríamos encontrar lo que él pensaba que buscábamos, y nos escribió en un papel una dirección a la que debíamos ir:

—Si quieren disfrutar de las niñitas más tiernas, vayan aquí de mi parte, que serán bien atendidos.

Yo me guardé el papel, pero aprovechamos para preguntarle y saciar nuestra curiosidad:

—¿Cómo es que acá empiezan a montar a las nenas tan pronto?

—Siempre ha pasado así, es algo cultural. Para nosotros el sexo es parte de la Naturaleza y lo vivimos así desde siempre. Ni siquiera la Religión ha conseguido parar eso. Somos de sangre caliente, jeje.

—Así que aparte de las que se dedican a putear, todas pierden pronto la virginidad ¿no?

—Así es. Casi todos los que tienen hijas no se privan de ello y las mujeres lo saben y consienten. Están enseñadas así. Pero ellas, cuando son mayores también les dan a los nenes ¡eh! A mí, cuando no levantaba un palmo, una tía mía ya me metía en su cama cuando su marido no estaba en la casa.

Después de esa conversación, volvimos por la zona, ya más confiados, y el morbo era cada vez mayor por lo que veíamos y lo que nos había contado, y cuando llegamos a la dirección indicada por el Recepcionista del Hotel, vimos que era una especie de club de putas, normal, como tantos otros, pero como el recepcionista nos había indicado, le dijimos al de seguridad que estaba en la puerta, qué queríamos ir al piso de abajo, por lo que nos mandó pasar por otra puerta, donde bajamos unas escaleras hasta encontrarnos con una estancia poco iluminada, y las pocas luces que había era rojas, y de otros colores parpadeantes al ritmo de la música.

Cuando nuestra vista se adaptó al lugar, ya empezamos a ver a la chicas, todas muy jóvenes, menores de edad, evidentemente, vestidas provocativamente, con tacones y muy maquilladas, lo que les daban un aspecto de lo más tentador.

Unas estaban sentadas con algún cliente, que ya empezaba a meterlas mano y a besarlas, mientras otras se movían por allí, mirándonos, pero sin llegar a acercarse a nosotros, como esperando a que diéramos nosotros el primer paso.

Cuando estábamos en la barra, tomándonos nuestra copa, se nos volvió a acercar otro tipo para ofrecernos algo especial, según él, por lo que esta vez decidimos hablar más y que nos explicara, aunque volvió a decirnos algo parecido a lo del hombre del día anterior:

—Si quieren algo más discreto, puedo llevarles a algunas direcciones donde las propias familias permiten pasar un rato con las niñas, aunque ya les advierto que es más caro que lo que pueden encontrar por aquí. Pero ya he llevado a otros hombres y al final puedo conseguirles un buen precio.

—¿Las familias lo permiten, dice? —le pregunté yo.

—Bueno, sobre todo son las madres o las abuelas que se hacen cargo de las crías, porque el padre les ha abandonado, son divorciadas o madres solteras. Ya saben cómo son estas cosas. Se necesita dinero para vivir.

Para acabar de convencernos, ante nuestras lógicas dudas, este hombre nos insistió diciéndonos:

—Es algo muy diferente a cogerse a una chava de estas en una habitación mugrienta, y que ya están manoseadas y folladas por muchos hombres. Algunas de estas chicas pueden llegar a follar hasta con 10 al día…. Pero imagínense cogerse a una chiquita en su propia cama rodeada de sus muñecos y juguetes. Es algo exclusivo para hombres muy morbosos, por lo que están dispuestos a pagar mucho dinero. Yo les veo interesados, no se arrepentirán de haber gastado esos billetes.

Como el hombre de la vez anterior nos había enseñado fotos, le pregunté por ello:

—¿Tiene fotos de las crías para ver cómo son?

—¿Qué dice? Eso es muy riesgoso. Yo no soy un cafiche —(«cafiche» es un término que puede tener connotaciones negativas, refiriéndose a la explotación y abuso de la confianza de otros, ya sea en el contexto de la prostitución, como proxeneta)— como otros. Les voy a llevar con dos niñas que son como de mi familia y les ofrezco discreción y seriedad. Trabajo con americanos o europeos de alto nivel que vienen por aquí, y que buscan lo mejor. Ustedes son así, ¿no?

—Bueno, no sé a qué nivel se referirá, pero si, buscamos lo mejor…

—Pues vamos, antes de que se haga más tarde, porque las niñas tienen que dormir para ir al Colegio mañana.

A mí me parecía increíble la conversación que estábamos teniendo con ese hombre, y lo que nos estaba ofreciendo, pero mi amigo ya no podía más con la excitación y me convenció para que fuéramos con él, aunque yo no estaba muy seguro de lo que nos esperaría allí, pero tenía claro que si veía que esas niñas lo hacían de forma obligada o amenazadas, yo no haría nada con ellas, dando mi dinero por perdido sin que me importara.

Mientras caminábamos, este hombre hablaba por teléfono y al colgar nos dijo:

—Tenemos el terreno despejado. Las niñas acaban de cenar y tienen un ratito para ustedes. Les están esperando.

Después de recorrer varias calles, ese hombre nos llevó a una casa de planta baja en una zona más alejada que no suelen frecuentar los turistas, recibiéndonos una señora mayor, que se presentó como Rosana, que nos mandó pasar amablemente mientras ella se quedaba aparte hablando con nuestro intermediario.

Luego nos llevó a una sala, donde estaban dos niñas que nos dijo que eran sus nietas, Diana, la mayor, de 13 años y la pequeña Amira, de 11, según nos dijo su abuela. Las dos eran morenitas, de pelo negro, siendo la mayor más culoncita y caderona, como dicen allí y la pequeña más menudita, pero con sus formas ya, lo que la hacían deliciosa a nuestros viciosos ojos.

Llevaban unos ligeros vestidos cortos que dejaban ver sus cuerpos, mostrando la mayor unos torneados muslos que atraían mi mirada, mientras ella no rehuía la nuestra, observándonos la pequeña con unos ojos pícaros y alegres llenos de inocencia, y aunque al verlas me parecieran de lo más apetecibles, no dejaban de ser unas niñas, lo que me hacía tener una lucha interior entre el morbo que me hacía estar cada vez más excitado y entre mis escrúpulos que me decían que debería marcharme de allí.

Cuando la señora Rosana, después de hablar con el que nos había llevado hasta allí, nos dijo el dinero a pagar, nos pareció excesivo, pero nuestro nuevo amigo nos convenció diciéndonos que una oportunidad así no era fácil de conseguir y que haciendo tratos con él, teníamos la seguridad de no ser molestados por las autoridades, porque la Policía estaba al tanto de lo que pasaba y que también se llevaban su parte.

Se notaba que ese hombre sabía de lo que hablaba y tenía experiencia en ese mundo, del que siguió contándonos:

—A veces pasan hombres por el barrio con sus autos, y cuando ven a una cría de estas, las abordan en la calle y se las llevan a algún lugar para tener sexo con ellas, pero eso tiene más riesgos, porque a veces ellas les roban, o les asaltan otros cuando están con las niñas.

—Sí, ya nos dijeron que tuviéramos cuidado en donde nos metíamos.

—Por eso les digo. Aquí están seguros y no les va a pasar nada. Pueden irse tranquilos a la habitación con las niñas, que no les molestará nadie.

Luego de volver a mirar a esas crías que nos observaban expectantes, su abuela nos dijo al oído:

—No se van a arrepentir. Hasta ahora no han venido muchos hombres a la casa, pero ellas saben lo que se hacen. Las hemos criado nosotros, y mi marido les ha enseñado algunas cosas, y mi hijo viene a veces a visitarnos y también se entretiene con ellas.

—¿Y su madre dónde está? —le pregunté.

—Su madre, desde bien jovencita también se dedicó a trabajar puteando para traer dinero a casa. Anda por la calle Olivares y también va a una casa de la Plaza Almansa. La mayoría de las noches ni viene a dormir. Este es un barrio pobre y mucha gente no tiene otra forma de vida.

Mientras hablábamos, la señora nos invitó a unos licores típicos del lugar, algo fuertes, la verdad, pero que nos ayudaron a relajar el ambiente y empezar a hablar con las niñas, con las que me animé un poco más porque vi que no tenían ningún problema por estar con nosotros pasándolo bien rico, como decían ellas, mientras yo recorría con la mano los muslos de la mayor sin que ella pusiera oposición.

Las niñas empezaron a calentarnos, empezando Diana a buscar mi boca para que la besara, mientras le pequeña le preguntaba a mi amigo si quería verle la cuquita, con una sonrisa llena de picardía.

Su actitud con nosotros no se diferenciaba mucho de las prostitutas dominicanas que me gustaba frecuentar de vez en cuando, por su melosidad y trato cariñoso con el cliente, pero en este caso se trataba de dos crías, que efectivamente, a la mañana siguiente tendrían que madrugar para ir al Colegio, como les correspondía por su edad.

Al ver como estábamos ya con ellas, manoseándolas en presencia de su abuela y del hombre que nos había llevado hasta allí, la señora nos dijo:

—Váyanse mejor a la habitación. Allá tendrán más privacidad.

Mi amigo prefirió quedarse con la pequeña Amira, supongo que porque vería que era una oportunidad única de estar con una cría de esa edad sin tener ningún problema con ello. Se metió con ella en su habitación mientras yo me iba con la otra a la que debía ser también su habitación, con una decoración infantil y algún muñeco de peluche sobre la cama y por el suelo. Ella rápidamente empezó a quitarse el vestido que llevaba, quedándose solo con unas braguitas que dejaban a la vista el buen culo que tenía, permitiéndome acariciar su suave piel y sujetándola por las nalgas la puse sobre mí para chuparle esos pezones oscuros que culminaban sus pequeños, pero duros pechos, sacándole sus primeros gemidos, lo que todavía me encendió más.

Al quitarle las braguitas me dediqué a saborear su gordita vagina sin pelos, obteniendo unos jugos como nunca antes había probado. Mientras, ella ya buscaba mi polla para metérsela en la boca, dejando de chuparla yo a ella, para poder contemplar la morbosa visión de ver como una niña así pasaba su lengua por el glande hinchado de mi pene y se lo metía en la boca hasta el final, entrando y saliendo de ella, ofreciéndome una sensación similar a estar penetrando una húmeda vagina, mientras me miraba con unos ojos como queriendo adivinar cuando iba a echar mi semen en su boca, lo que no pude evitar al poco tiempo saliendo parte de él por las comisuras de sus labios, continuando ella con la lengua limpiando los restos de semen de mi polla.

Diana se quedó sonriendo con malicia, sabiendo que había hecho un buen trabajo, y se tumbó luego en la cama con las piernas abiertas, para ofrecerme la penetración de una jugosa vagina. Me puse entre sus piernas y froté mi polla con su mojada rajita hasta que apretando ligeramente se introdujo entera, y empecé a moverla dentro de ella, agarrando sus caderas para manejarla a mi antojo, haciendo que sus gemidos fueran cada vez más fuertes hasta que sentí como le hacía llegar al orgasmo presionando con sus muslos para que no se la sacara.

Luego, ella misma se dio la vuelta, poniéndose en posición de 4, como le gustaba a su abuelo, según me dijo ella, y me ofreció su culo para metérsela por atrás, lo que me dio un poco de reparo al pensar que la haría mucho daño, pero ella misma me dijo que no pasaba nada, que las primeras veces cuando era más chica, empezaron a hacérselo por ahí y que ya estaba acostumbrada.

Al meter mi dedo, vi como fácilmente se dilataba su ano y pude meter mi polla, dura como nunca; y lentamente, pero de forma suave, fue entrando hasta el fondo, llevándome a un placer desconocido para mí, sintiendo que la niña estaba obteniendo más placer todavía con la penetración anal que con la vaginal, sin poder ya contenerme para correrme otra vez dentro de ella, mientras con sus dedos se frotaba la vagina para acabar en un nuevo orgasmo que la hizo gritar como para que la escucharan en toda la casa.

Cuando terminamos, al salir de la habitación, la señora nos sorprendió al decirnos:

—¿No quieren intercambiarse a las niñas? Tenemos tiempo todavía y el dinero pagado les da para las dos. Las han tratado muy bien y ellas quieren continuar.

—¡Ah! Vaya, pues muchas gracias, señora. Después de tanto hablar, creía que solo teníamos derecho a una de ellas —le respondió, agradecido, mi amigo.

—Quiero que se vayan satisfechos de esta casa y que vean que han acertado al venir. Me gustan los hombres como ustedes para mis nietas, educados y respetuosos con ellas. Por eso no quiero que anden por las calles y que las pueda coger cualquiera.

Dicho esto, me fui con la pequeña Amira a su habitación para continuar con un rato más de placer, que esta vez iba a ser más especial todavía, porque enseguida me di cuenta de que Amira era muy diferente a su hermana, que se había comportado conmigo de una forma más “profesional”, pudiéramos decir, ya que se dedicaba a que el sexo con ella fuera lo más placentero posible para el cliente, pero de una forma más mecanizada.

En cambio, Amira era más habladora y risueña, con ese punto de picardía de una niña de su edad, para la que el sexo no dejaba de ser un juego más y se divertía con ello, diciéndome nada más entrar en su habitación:

—Mi abuela es una mentirosa.

—¿Y eso por qué?

—Porque dijo que tenía 11 años y no los cumplí todavía, jaja.

—¡Ay, Dios! —Pensé para mí—. Bueno, eso da igual, eres una niña preciosa, tengas la edad que tengas —le dije, para intentar disimular mi turbación—. ¿Y por qué miente tu abuela?

—Porque siempre le preguntan la edad que tengo y a algunos les dice que tengo menos y a otros más, como a vosotros.

—¡Ah, ya! Qué lista tu abuela. Debió de pensar que si nos decía la verdad, no querríamos estar contigo, porque ella notó que era nuestra primera vez y que podríamos asustarnos, jaja.

—Sí, jaja.

—Pero tú has empezado hace poco con esto, ¿no?

—Sí, solo estuve con dos hombres americanos que han venido a casa, y bueno, con mi abuelo y mi tío desde siempre. Mi hermana sí estuvo con más hombres.

—¿Y a tu padre no le conociste?

—No, mi madre me dice que no sabe quién es, pero la oí hablar una vez con los abuelos y creo que es mi abuelo o mi tío, pero que mi mamá no sabía.

—Ya, o algún otro cliente de ella….. ¿y a ti que te parece todo eso?

—No sé, me da igual…..

Mientras tenía esa interesante conversación con la niña, la tenía sentada encima de mí, acariciándola mientras hablábamos y cada vez me parecía más deliciosa aquella chiquilla, llena de un encanto especial que yo no querría mancillar, pero ella respondía a mis caricias abriendo sus piernas y dejándose tocar la cuquita, como la llamaba ella, lo que cada vez me encendía y me incitaba más para disfrutar de esa cría todo lo que pudiera, por lo que acabé desnudándola completamente, llamándome la atención sus pezones en punta, empezando a formarse unos pequeños pechos que ya se notaban bajo su ropa, y los que lamí como la flor más hermosa, provocándole nuevos estremecimientos que la dejaban a mi merced, por lo que le pregunté:

—¿Te gustan los besos, Amira?

—Sí, son muy ricos.

—Dame la lengua, cariño, a ver lo rica que está.

Amira sacó su sonrosada lengua y yo besé esa boquita, saboreándola entera. Lógicamente, nunca había besado de esa forma a una niña de esa edad, y eso disparó mi erección hasta casi dolerme por la presión en mi pantalón, por lo que ella puso su mano sobre el bulto que se formaba, y me preguntó:

—¿Quieres que te la chupe?

—Sí, claro, tómala.

Al sacar mi polla del pantalón, ella abrió los ojos con sorpresa, diciendo:

—Qué grande, jaja.

En ese momento pensé que quizás le hiciera daño cuando la penetrara, y le pregunté:

—¿No las has visto así?

—Sí, pero esta es más gorda. No me cabe en la boca, jaja.

Casi todas sus frases las acababa con una pequeña carcajada, llena de inocencia, que me hacían ver que realmente estaba con una niña “de verdad”, disfrutando de su espontaneidad y simpatía, lo que convertían esos momentos en inolvidables y por nada del mundo quería que viera el sexo como algo desagradable para ella, sino como lo había sido hasta ahora, como un juego divertido que le servía para obtener un placer que quizás no le correspondería por su edad, pero que era algo natural por su mentalidad y la de su familia.

Amira empezó a pasar su lengua por mi glande, totalmente hinchado, con una delicadeza extrema, que hacía aumentar todavía más mi erección, si eso era posible ya, porque sentía mi polla con una dureza que no había tenido nunca, palpitando a punto de estallar.

Lo más que pudo hacer la chiquilla fue meterse mi glande entero dentro de su boca, pero yo tampoco quería forzar más la situación y hacerla daño metiéndosela más a fondo, hasta que el calor y la humedad que me daba su boca fue suficiente para que mi semen saliera disparado con una fuerza que me sorprendió hasta a mí, lo que provocó unas nuevas carcajadas de Amira, divertida por ello, sin que le importara saborear ese semen y tragarse lo que pudiera, pero enseguida ella siguió dirigiendo esa especial sesión de sexo:

—Ahora chúpame tú la cuquita.

Realmente era una cría para comérsela allí mismo, en todos los sentidos. Pero de momento me dediqué a cumplir sus deseos, y los míos, claro, y me puse entre sus pequeñas piernas a lamer aquel abultado bollito entreabierto para que pasara mi lengua por ese delicioso manjar, encontrándome con la sorpresa de los restos de semen que le había dejado mi socio al haberla follado, lo que aumentó todavía más mi morbo.

Amira se retorcía de placer mientras le comía el coño, teniendo pequeños orgasmos que le provocaban intermitentes expulsiones de sus jugos, aunque la verdad, me seguía pareciendo demasiado pequeño como para que mi polla entrara en él, pero a la vista estaba que mi amigo la había estado jodiendo sin ningún problema, incluso por el culo, ya que también parecía más dilatado de lo normal.

Pero cuando llegó el momento de penetrar ese pequeño cuerpo, poniendo mi polla entre sus piernas, fui empujando con sumo cuidado, viendo como mi glande iba entrando poco a poco en su vagina, que se iba dilatando milagrosamente a su paso, hasta que pude meter mi polla completa en su interior, sin atreverme todavía a moverla con más intensidad, por los gestos que hacía ella de dolor, aunque me decía con toda su ternura que no pasaba nada, que siguiera despacito.

Una vez acoplada perfectamente mi polla en el interior de su vagina, comencé a follarla poco a poco, sujetando ese pequeño cuerpo entre mis manos y moviéndolo a mi antojo como si fuera una pequeña muñequita.

Pero los gemidos de Amira, en vez de ser los de una niña de esa edad, parecían tan intensos y prolongados como los de una mujer ávida de placer cuando la están follando, no pudiendo dejar de pasar por mi mente esos lascivos pensamientos sobre desde cuando estarían montando a aquella chiquilla, imaginándome todo el placer que habían tenido con las dos hermanas su abuelo y su tío en aquella casa de ese barrio olvidado.

Ante todos esos pensamientos y la visión que tenía delante de mí, mi corrida no se hizo esperar y nuevamente mi semen salió con fuerza hacía el interior de Amira, teniendo que sacársela para seguir echando chorros de semen sobre su cuerpo, que ella recogía con sus dedos y se lo llevaba a la boca, como le habían enseñado para excitar más a sus clientes.

Pero igualmente, a ella la habían enseñado a dar el servicio completo y ella misma me ofreció el agujerito que faltaba, el de su gordito culito que tampoco era virgen ya, pero yo tendría que recobrar la erección suficiente después de todas las corridas que ya llevaba en esa casa, a lo que Amira colaboró, llevándose nuevamente mi polla a su boca, para que pudiera cumplir con ella.

Con cualquier otra mujer me hubiera sido difícil follarla otra vez, pero Amira era especial y no tardó en poner de nuevo mi polla en forma, algo inaudito ya a mi edad, pero la cría me ofrecía su culito para que lo penetrara y eso no podría perdérmelo, así que se la metí con más facilidad de lo que suponía y prácticamente pude follarla como si fuera una vagina, pero deliciosamente tan estrecha que pareciera que quisiera extraerme las últimas gotas de semen que me quedaran.

Y efectivamente, debían de ser las últimas, porque apenas un líquido viscoso salió de mi polla, lo que ayudo a lubricar más todavía su ano y ofrecerme más placer todavía, mientras ella alcanzaba un nuevo orgasmo, de los que yo ya había perdido la cuenta.

Al terminar con ellas, seguimos hablando un rato con la abuela, que nos volvió a agradecer nuestra visita, y nos dijo que volviéramos cuando quisiéramos, pero ella sabía que eso iba a ser difícil, porque estábamos de paso.

Mientras, yo le decía:

—Me imagino como su marido ha estado disfrutando de sus nietas todo este tiempo.

—Desde muy niñas ya jugaba con ellas…, a mi no me importaba, porque se divertían y yo sé que nunca les haría daño. Siempre las respetó mucho, y bueno, ahora que las necesitamos para ganar algo de dinero, él comprende que puedan estar con otros. No nos juzgue mal, la vida aquí es difícil y hay que salir adelante como cada uno puede.

—Lo entiendo, señora, no se preocupe. Usted ha cuidado a sus nietas y se nota que las quiere mucho. Nos ha encantado venir a esta casa y creemos que ha sido un dinero bien gastado.

—No lo duden. Me alegro de que tengan un buen recuerdo de este lugar.

—Es usted encantadora, y sus nietas igual. No podemos pedir más…..

Finalmente salimos de esa casa, acompañados nuevamente por el hombre que nos había llevado, para cuidar de nuestra seguridad, queriéndonos demostrar que el dinero pagado había merecido la pena, y después de salir de allí agotados pero satisfechos, pero antes de despedirnos de él, le preguntamos:

—¿Tú también las has probado?

Y él dedicándonos una sonrisa, nos contestó:

—Quién puede resistirse a degustar esos pastelitos…..

Cuando nos quedamos solos, mi socio me comentó que a partir de ahora, ya nada sería igual en su vida, y que la mayor pena que tenía, era el marcharse de allí sin saber cuándo volvería a disfrutar de esa manera.»

37 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por Veronicca
Etiquetas: anal, colegio, hermana, madre, mayor, mayores, padre, sexo
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