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Incestos en Familia, Infidelidad, Sexo con Madur@s

Infidelidad incestuosa

gracias a la infidelidad de mi padre hago mía a mi madre.
Me llamo Héctor, todo comenzó cuando tenia 18 años y vivía con mis padres y mi hermana mayor Ana de 22 años, mi mamá se llama Elizabeth, en ese entonces tenia 40 años. Mide 1.64, es bajita pero con un cuerpo que me mata mirarla. Su piel es blanca y suave, el cabello castaño largo le queda perfecto. Su cuerpo es un verdadero manjar: sus senos son grandes y perfectos, con una forma redonda y firme pero con una textura suave que pide ser toqueteados, con los pezones de un rosa intenso que se ven a través de la ropa. Tiene una cintura fina que se une a unas caderas muy anchas, creando una curva espectacular. Lo mejor es su culo, redondito y suave, con esa forma de pera que hace que cualquier pantalón se le vea increíble, y sus piernas son largas y delgadas. Sus labios son muy jugosos y rojos, y cuando sonríe todo su cuerpo parece vibrar de sensualidad.

Mi hermana Ana tiene un físico que comparte una gran similitud con el de mamá, separadas solo por unos años de diferencia. Mide 1,60, pero eso solo hace que su figura se vea más compacta, adorable y curvilínea. Tiene la misma piel blanca y suave, y el cabello castaño largo que suele llevar suelto o en una coleta casual que le queda perfecto. Su cuerpo es un reflejo directo de la herencia materna: sus senos son grandes y perfectos. Tiene la misma cintura fina que se une a unas caderas muy anchas, creando una curva espectacular. Lo más parecido a mamá es su culo, redondito y suave, con esa forma de pera que hace que cualquier pantalón se le vea increíble, y sus piernas son largas y delgadas. Sus labios son muy jugosos y rojos, y cuando sonríe, todo su cuerpo vibra con una sensualidad muy similar a la de nuestra madre.

Éramos una familia normal, aunque con sus propios detalles y dinámicas. Mi padre, un hombre trabajador, pasaba la mayor parte del día en su taller de mecánica, mientras mi hermana mayor Ana, era la que más lo consentía. Siempre estaba pegada a él, rodeándolo de abrazos, besos y pidiéndole regalos, ropa cara o zapatos de marca. Mi mamá, Elizabeth, era el pilar de la casa. Ella se dedicaba a cuidarnos a todos, velando porque estuviéramos unidos y cuidándonos en todo aspecto. Lavaba nuestra ropa, la planchaba con esmero para que luciera impecable y siempre tenía la comida lista a la hora justo cuando llegábamos del colegio o del trabajo, asegurándose de que no nos faltara nada.

Yo, por mi parte, era el solitario de la familia. Me encantaba estar en mi habitación, con los auriculares puestos, evitando a todos, pero había una excepción: mi mamá. Ella era la única persona a la que le permitía molestarme, comencé a depender de su presencia. Fue entonces cuando comencé a buscar videos por internet sobre relaciones familiares. Al principio solo era curiosidad, pero al ver a esas madres y a sus hijos juntos, viendo la intimidad que compartían, algo cambió en mí. Empecé a ver a mi mamá de una forma totalmente diferente. Ya no era solo mi madre que me daba de comer y cuidaba de mí; empecé a verla como una mujer hermosa, de la cual sentí una atracción irresistible que crecía con cada día que pasaba.

Me acercaba mucho a mamá, aprovechando cualquier oportunidad para estar pegado a ella. Si ella estaba frente al fregadero en la cocina, yo me colocaba detrás de ella, fingiendo ayudarla en algo trivial, solo para poder rozar su cintura con mis manos, sentir el calor de su espalda y acariciarla suavemente sin que ella notara demasiado. Me encantaba esa cercanía física y el contacto casual.

Pero lo mejor era cuando salíamos al jardín a regar las flores. Mamá siempre vestía muy ligero esos días, con prendas que dejaban mucho a la imaginación. Mientras ella se inclinaba sobre las plantas, yo me quedaba de pie detrás de ella, disfrutando de la vista de sus piernas alargadas y del escote donde se veían sus senos. Sus movimientos al trabajar la tierra hacían que sus caderas se movieran arriba y abajo, y cuando se agachaba profundamente para regar una planta, su ropa se tensaba sobre su culo, dejando ver esa forma redondita y suave que tanto me gustaba contemplar.

Me fascinaba abrazarla por la espalda, tocando sus caderas o acariciando sus brazos mientras ella trabajaba en la cocina o miraba la televisión. A veces, tiraba de ella suavemente para darle un beso en el cuello, justo donde el cabello comienza a caer. Para ella, esos contactos eran pura ternura materna, una muestra de cariño de su hijo que ella correspondía con una sonrisa comprensiva. Pero para mí, esas acciones eran una tortura y una promesa a la vez. La deseaba tanto que a menudo me quedaba despierto toda la noche, imaginando escenarios donde el afecto se transformara en pasión, preguntándome si algún día tendría el valor de darle un paso más allá y hacer algo más intimo con la mujer a la que amo más en este mundo.

Pero la oportunidad llegó mucho antes de lo que pensaba. Era un sábado al medio día, salí con mi mamá a comprar la despensa de la semana. Íbamos rumbo al supermercado pero en el camino mi mamá se dio cuenta que había olvidado su cartera, así que dimos vuelta y regresamos a casa. Íbamos platicando de la despistada que fue mi mamá sin saber lo que nos esperaba al llegar.

Llegamos y mi mamá estacionó el carro frente a la casa. Yo me bajé para ir por la cartera, así que entré rápido a casa y me dirigí a la habitación de mis padres. Abrí la puerta lento para no despertar a mi padre y me encontré con una sorpresa que me dejó congelado. Mi padre y mi hermana estaban desnudos, Ana en 4 patas sobre la cama y mi padre detrás de ella, tomandola por la cintura mientras la penetraba lento, entrando y saliendo con movimientos lentos. Ellos no se habían percatado de que los estaba mirando.

En eso escuché un grito detrás de mí, era mi madre. Mi hermana saltó del susto y al vernos se cubrió con las sabanas. Mi padre reaccionó de la misma forma. Mi madre empezó a discutir con mi padre dándole cachetadas. Mi hermana estaba en la cama en un rincón, aun cubriéndose con las sabanas. En eso, por el enojo, mi madre quiso igual golpearla, pero alcancé a detenerla. La saqué de la habitación al ver que estaba perdida totalmente en su enojo y rabia.

La agarre del brazo con fuerza para impedirle que golpeara a mi hermana, y la saqué de la habitación arrastrándola suavemente hacia el pasillo. Su piel estaba caliente y sudorosa, y sentía que temblaba violentamente. Al salir al pasillo, la solté y ella se apoyó de espaldas en la pared, respirando agitada, con los ojos desorbitados y llenos de shock.

«¿Qué… qué fue eso? ¿Qué estaban haciendo ahí adentro?» su voz temblando, no era solo confusión, era una mezcla de enojo, sorpresa y vergüenza. Intenté consolarla, pero mi mente estaba explotando con la imagen que acababa de ver: a mi hermana de cuatro patas y a mi padre sobre ella, en pleno acto. 

«Ella… ella y él… desnudos? ¿Estaban… follando?» preguntó, y su voz se quebró en un grito ahogado. Se sintió humillada, no solo por el descubrimiento, sino por haber llegado justo en el momento menos adecuado. La abracé desde atrás, sintiendo su cuerpo tembloroso contra el mío, y la dejé llorar un momento en mi pecho, tratando de mantener la calma mientras yo mismo estaba confundido y con el corazón latiéndose furiosamente.

Mientras yo seguía ahí parado con mi mamá, mi padre y mi hermana se apresuraron a vestirse. Hicieron una maleta, se despidieron y salieron de la casa. Mi padre me hizo una señal que me marcaría y se fue con Ana, dejándonos solos con el caos que habían dejado atrás.

Mi mamá estaba totalmente desconsolada. Se sentía traicionada y confundida, llena de ira y dolor. Intentaba golpear la pared, pero yo la sostuve firmemente, impidiendo que se lastimara. Ella derramó lágrimas amargas, maldecía en voz alta, preguntándose por qué le había pasado eso, pero yo la dejé llorar, sintiendo el peso de mi silencio sobre la situación.

La noche se hizo eterna. Yo me quedé despierto a su lado, en la sala, esperando que el sueño la calmara. Mientras ella lloraba o dormía intermitentemente, mi mente trabajaba a mil por hora. Vi a Ana y a mi padre disfrutándose, y sentí una mezcla de envidia y deseo desbordante. Pensé con ansiedad: «Si mi hermana y mi padre follan, ¿por qué no yo? ¿Por qué no puedo tener yo a mi mamá?». Mi deseo se afianzó más que nunca. Pero al verla tan rota, tan vulnerable, supe que no era el momento de intentar nada. Me dije a mí mismo que debía esperar.

Cuando amaneció, el sol entró por la ventana, pero mi mamá seguía dormida en el sofá. Su cabello estaba desordenado, su rostro hinchado por las lágrimas de la noche anterior. Yo estaba de pie frente a ella, observándola con lujuria contenida. La miré en silencio, admirando cada rincón de su cuerpo mientras dormía. Veía su pecho subir y bajar suavemente bajo la tela de la camisa de dormir, las caderas pronunciadas y el calor de su piel que tanto deseaba. Me sentía a punto de estallar con deseo, pero me quedé quieto, sumiso a su sueño.

Cuando mi madre despertó, parecía un zombie desanimada y decaída. Se levantó y se dirigió al baño para lavarse la cara, buscando refrescarse, pero solo me lanzó una mirada vacía y dijo «buenos días hijo». Me quedé esperando a que saliera. En cuanto lo hizo, corrió a su habitación, se quitó las sabanas y la cobija y las tiró a la basura. Volvió a hacerlo con la ropa que había dejado mi padre. Si no fuera por mí, por qué la detuve, habría hecho lo mismo con las cosas de mi hermana. Así que, para evitar que destruyera más cosas, preferí cerrar su habitación con llave utilizando las llaves de repuesto que guardaba en el pasillo.

Más tarde, preparé el desayuno, pero ella ni siquiera probó nada. Todo el día estuvo en ese estado, sin hablar, sin comer, sumida en su dolor y en la soledad que el descubrimiento le había traído. Llegó la noche y ella se fue a su habitación. Yo, viendo que se había encerrado y que parecía necesitar su espacio, me retiré a la mía.

Pasaron un par de horas y escuché cómo salía mi mamá de su habitación asotando su puerta. Luego tocó mi puerta y preguntó: «hijo puedo pasar». Adelante, pasa, respondí. Ella entró con su camisón, se veía que había estado llorando.

«Hijo, puedo dormir aquí contigo, no me siento bien, no me quiero quedar sola», dijo. Me hice a un lado e invité a que se subiera a la cama. Ella entró y se cubrió con la cobija.

«Perdona hijo», me dijo mientras abrazaba mis manos en mi cara. «Descuida mamá, no pasa nada», dije. Ella se acostó y cerró los ojos para tenerla así de cerca en mi cama. Me puso al 1000.

«Mamá, estás despierta», pregunté. Pasado unos minutos, «Si hijo no logró dormir” me respondió. Amándome de valor le dije puedo abrazarte. Ella asintió con lentitud, sus labios rozando ligeramente los míos antes de darme una sonrisa triste pero reconfortante.

«Claro cariño, abrázame,» respondió, abriéndome más sus brazos y acercando su cuerpo entero al mío.

Me dejé caer hacia ella, envolviéndola en mis brazos con fuerza, y ella apretó su cuerpo contra el mío con desesperación. Sus senos presionados contra mi pecho, sus piernas entrelazadas con las mías, el calor de su piel radiando hacia mí. Podía sentir su pulso acelerado contra el mío, y por un momento, todo el dolor y la confusión de ese día se desvanecieron, reemplazados por una fiebre creciente que solo podía ser satisfecha acercándome más y más a ella.

Perdido por el calor del momento, comencé a acariciarle la espalda, mis manos recorriendo su piel suave y caliente hasta llegar a sus hombros, bajando luego por sus brazos. Luego tomé su cabello entre mis dedos, jugando suavemente con las mechas castañas. Nuestras miradas se cruzaron, quedándonos enganchados el uno en el otro sin dejarnos, un momento de tensión sexual carcomiendo el silencio en la habitación.

«Descuida mamá, ahora yo soy el hombre de la casa y cuidaré bien de ti», le dije con una voz ronca y firme.

Ella me sonrió, elevando un poco sus cejas. «¿Cuidaras de mi?», preguntó, una interrogante cargada de expectación.

«Sí, cuidaré de ti en todos los sentidos», respondí sin dudarlo.

Ella me dio un beso en la frente, una caricia suave que me hizo estremecer por dentro. «Entonces sí… sé mi hombre de la casa», dijo ella, aflojando la tensión de sus hombros y acercándose más a mí.

De forma inconsciente, mi mano bajó por su espalda, suavemente, hasta encontrar la curva de su trasero y empezar a acariciarlo. Ella se sobresaltó, su cuerpo tensándose instantáneamente. «¿Qué ocurre?», preguntó, pero de inmediato me levanté un poco y la besé en la boca.

Ella intentó apartarme, empujándome la cara con la mano, pero yo no me dejé. «No hijo», me dijo con voz temblorosa y una negativa evidente en sus ojos. «No pienso hacer lo mismo que tu padre y hermana. No destruiré de esa forma… nuestra relación», añadió, intentando poner distancia entre nosotros.

Pero yo estaba perdido en el calor del momento. El deseo me ganó. Me fui encima de ella y volví a besarla, esta vez con más urgencia y pasión, sosteniendo sus manos para que no pudiera alejarse más. Seguí besándola bajando por su cuello hasta llegar a su pecho. Abri el camisón, dejando sus senos grandes y perfectos a mi disposición. Comencé a chupar sus pezones con avidez, sin detenerme, moviendo mi lengua sobre ellos.

Ella seguía pidiendo que parara, sus manos empujando suavemente mi cabeza. En medio de eso, le pregunté: «¿Qué crees que están haciendo mi padre y mi hermana en este momento?».

Mi madre puso una cara de tristeza. «No tiene nada que ver eso con lo que estás haciendo», respondió.

«Ellos se burlan a tus espaldas, por que no pagarles con la misma moneda», le dije y bajé nuevamente para chupar sus pezones. Noté cómo ella dejó de poner resistencia y se dejó hacer con sus pechos lo que yo quisiera.

Seguí con más intensidad, mordisqueando y succionando sus pezones con avidez, mientras mis manos masajeaba sus senos redondos y suaves con movimientos rítmicos. Ella comenzó a gemir, su respiración se aceleró y su cuerpo se arqueó hacia mí. Sus manos se posaron en mi nuca, presionándome suavemente pero firmemente hacia ella, abandonándose por completo al placer que yo le provocaba, olvidándose por un momento de sus preocupaciones y de la vergüenza de que yo la estaba tocando así.

Al ver que estaba mi mamá a mi disposición total, le saqué el camisón por completo, dejándola totalmente desnuda frente a mí. Seguí bajando por su abdomen sin dejar de besarla, recorriendo cada curva con mis labios, hasta llegar a su entrepierna, donde la tenía cubierta de vello púbico.

Sin perder el tiempo, le ordene a mi mamá que abriera las piernas. Ella lo hizo de inmediato, abriendo y mostrándome todo lo que había que descubrir. Bajé mi cabeza y la metí entre ellas, buscando su vagina con mi boca y comencé a pasar mi lengua sobre su vagina, lamiendo con suavidad pero con intención.

Seguí besando y lamiendo su entrepierna con más intensidad, buscando el centro de su deseo. La textura de su vello se mezclaba con mi saliva, y el olor a mujer se volvió insoportablemente intenso. Sus manos se agarraron a mis cabellos, guiándome con fuerza hacia donde más le gustaba sentir mi lengua.

Sus gritos se convirtieron en gemidos ahogados, su cuerpo se arqueó y luego se relajó, sus piernas cerrándose momentáneamente alrededor de mi cabeza antes de abrirse de nuevo para invitarme a entrar más profundo. «Sí… así… Héctor… no me dejes», susurraba entre jadeos, perdiéndose en el placer que yo le estaba regalando.

No tardé en bajar mi mano en busca de su calor, encontrando su entrada húmeda y caliente, la cual envolvió mi dedo entero, abriéndose para recibirme con una presión maravillosa. Introduje mis dedos en ella con lentitud al principio, sintiendo cómo su vagina se iba acostumbrando a mi presencia, y luego comencé a moverlos con movimientos circulares, estimulando su interior. Ella gimió fuerte, su cuerpo se arqueó contra mi boca y sus manos se apretaron en mi cabello, pidiéndome que no parara, gritando mi nombre con voz rajada de placer, entregándose totalmente a la acción que le estaba dando.

Retiré mis dedos lentamente de su interior, cubiertos ahora por la viscosidad caliente de su propio deseo. Se los acerqué a los labios de mi mamá, ofreciéndoselos como un gesto de máxima intimidad. No hubo duda ni rechazo en ella; abrió su boca de par en par y comenzó a chupar los dedos con devoción, su lengua lamiendo con avididad cada centímetro de piel para recoger todo el sabor de su propia excitación. Sus ojos se cerraron, y con un gemido entrecortado, disfrutó de esa mezcla de sabores, probándose a sí misma a través de mí, una muestra perfecta de su entrega total y de la conexión que estábamos creando.

Su vagina estaba totalmente húmeda por fuera, su vello cubierto de sus fluidos y mi saliva. Con facilidad le entraban tres dedos me retire y baje de la cama, me quité la ropa con rapidez mientras ella permanecía tendida boca arriba, sus piernas abiertas en una invitación tácita. Ella me observó fijamente, viendo mi miembro erecto y ansioso, y luego me subir sobre ella. Colocé la punta de mi pene contra el orificio húmedo, frotándolo vigorosamente contra su sexo, untando mi erección con la abundante y caliente lubricación que brotaba de su interior.

Comencé a introducir mi pene dentro de ella despacio. «Hijo, hazlo despacio,» dijo mi mamá mientras entraba en ella. «¿Qué apretada y caliente tienes tu vagina, mamá?» respondí. Entró mi pene por completo. «Se siente tan bien,» dije. Comencé a mover mis caderas, estaba follando a mi mamá en posición misionero. «Hijo, me siento rara. No deberíamos hacer esto, soy tu madre,» dijo ella. Pero ya era muy tarde.

A pesar de su arrepentimiento, ella no me apartó. Me dejó seguir, entregándose complaciente a los movimientos de mi pene dentro de ella. Incluso, inclinó la cabeza para darme un beso rítmico en los labios, mientras sus manos se deslizaban hacia sus propios pechos, acariciándolos y alisándolos con pasión, respondiendo a mi cariño y permitiendo que el placer superara el tabú.

Mientras la penetraba, noté que sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar débilmente. Le pregunté preocupado: «Mamá, ¿te estoy lastimando o estás bien?».

«Solo follame», respondió ella entre sollozos.

«Hazlo con más fuerza», me ordenó.

Así que dejé de lado sus lágrimas y le presté atención solo a su orden, aumentando el ritmo de mis movimientos y la intensidad de mis embestidas para que ella sintiera mi fuerza y mi deseo.

«No puedo creer que lo estoy haciendo con mi hijo», decía valbuseando mientras recibía mis embestidas. Abrió los ojos y me miró fijamente. «Metelo más adentro, llega hasta mi útero», dijo entre gemidos y sollozos.

Sin dudarlo, aumenté el impulso de mis caderas, buscando lo que ella tanto pedía. Pude sentir cómo mi cabeza golpeaba su entrada interna, profundizando hasta tocar su cerviz, esa pequeña protuberancia que se abría para recibirme con cada embestida. Su cuerpo se tensó al máximo en ese instante, sus manos se apretaron en mis hombros con fuerza, marcándome, mientras ella soltaba un gemido gutural que era una mezcla de dolor y un placer inagotable.

La velocidad aumentó drásticamente, convirtiéndonos en una sola entidad de carne y deseo, moviéndonos al compás de un ritmo salvaje. Sus uñas se hundieron en mi espalda, dejándome marcas rojas que apenas sentía frente a la explosión de placer que sentía al enterrarme en ella. Finalmente, cerró los ojos y su boca se abrió en un grito silencioso mientras su cuerpo se contraía violentamente alrededor de mi miembro, apretándolo con una fuerza insoportable, llevándonos ambos hacia el abismo de una pasión prohibida.

Mientras la penetraba, comencé a deslizar mi mano hacia abajo, encontrando su clítoris y acariciándolo con el pulgar, frotándolo con movimientos circulares rítmicos. Sus ojos se abrieron de golpe y soltó un gemido ahogado, su cuerpo arqueándose hacia mí. Sentí cómo su vagina se apretaba aún más, un músculo que no paraba de contraerse, intentando tragarme por completo mientras yo jugaba con ese punto tan sensible que ella tanto amaba. «Sí… así… Héctor…», susurraba entre lágrimas y jadeos, abandonándose por completo a la doble estimulación que yo le estaba dando.

Su cuerpo se estremeció violentamente, convulsionando en ondas eléctricas de placer hasta el punto de no poder moverse. Sentí cómo su vagina se cerraba implacablemente alrededor de mi pene en una contracción muscular desesperada y luego, de repente, hubo una explosión de líquido caliente que me bañó la barriga y el pecho. «Vaya mamá, te estás chorreando, te veniste», le dije, admirado y excitado por lo que acababa de sentir, mientras ella, aún en esa ola de placer, se sonrojó intensamente, tratando de recuperarse de su increíble orgasmo.

Me recosté a su lado y, sin dejar que su respiración se calmara del todo, tomé su cintura y levanté su pierna, abriendo suavemente su entrada. Me acomodé detrás de ella, en la posición de cucharita, y penetré su vagina con fuerza. Volví a entrar y salir con movimientos rápidos y profundos, bombeando su cuerpo con una necesidad desesperada. Ella gemía, su cabeza apoyada en el almohadón, masajeando sus senos con las manos. Podía sentir cómo su vagina se expandía y se contraía al ritmo de nuestra unión, sintiendo cada centímetro de ella y dejando que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenara la habitación.

Sentí la presión acumularse en mi base, sabía que mi límite se estaba acercando peligrosamente. Sin avisar ni darme el tiempo de retirarme, solté mi carga directamente dentro de su interior. Con una fuerza bruta, mi miembro se tensó y disparó torrentes de semen caliente, llenando su vientre por completo mientras mis caderas seguían golpeando la suya con impaciencia y deseo, vertiendo mi semen hasta quedarme vacío.

Me quedé un momento más en la misma posición, hasta que mi pene se bajó lentamente. Lo saqué flácido de su vagina, la cual dejó escapar parte de mi semen. Mi mamá, sin decir nada, bajó su pierna y se quedó inmovil, comenzando a llorar de nuevo. La traté de abrazar, pero gritando me ordenó que no la tocara.

Se quedó así, inmóvil, como una hora aproximadamente, antes de levantarse y dirigirse al baño. Al parecer, le había caído mal el hecho de que hubiéramos tenido sexo. Solo escuché cómo no paraba de llorar. Finalmente, volvió del baño, pero estaba pálida. Me acerqué y la llevé de vuelta a la cama, le di agua y luego la abracé.

«Eres todo lo que tengo», dijo ella, aun con lágrimas, y se acurrucó en mí, quedándose dormida inmediatamente.

Por la mañana del día siguiente me desperté con ella a mi lado, ambos desnudos. Al incorporarme, mis movimientos la despertaron. «Buenos días, hijo,» dijo ella, y yo le respondí: «Buenos días». Me levanté y me estiré. Ella me miraba como si no pudiera creer lo que había sucedido. «¿Cómo puedes estar normal después de lo de ayer?» me preguntó. «En realidad, estoy feliz,» respondí. «¿Por qué estás feliz? Cometimos un pecado. No debía pasar eso. Nunca debe volver a suceder,» dijo. Simplemente no le respondí. Ella se levantó, cubriéndose con las sábanas, y se dirigió al baño. Dejó caer la sábana en la entrada del baño y entró desnuda. Yo me comencé a tocar. «Estás listo, amiguito, para probar de nuevo a mamá,» dije, mirando cómo mi pene se ponía duro mientras me tocaba. Me levanté y me dirigí al baño.

Me metí al baño y la encontré sentada en el inodoro, con las piernas ligeramente abiertas, orinando. Se dio cuenta de mi presencia y se detuvo un segundo, lanzándome una mirada de vergüenza mezclada con enojo. «¿Qué haces aquí dentro?», me preguntó me acerqué más al inodoro, disfrutando de la vista de su desnudez y el olor natural que impregnaba el aire del baño.

«Hijo, por favor, para,» dijo ella, recordándome que no debíamos volver a hacerlo. «Te dije que no podemos hacer este tipo de cosas,» añadió, intentando poner resistencia con su voz.

Sin embargo, la levanté del inodoro y noté lo fácil que se dejaba controlar. La di vuelta y la empujé hacia atrás, levantándole las caderas. Introduje nuevamente mis dedos dentro de ella. Ella de inmediato empezó a gemir, pidiéndome que me detuviera entre gemidos, pero sin hacer caso, estimulé su vagina, mojándola y ablandándola con mis dedos, sus paredes interiores se apretaban con fuerza alrededor de mis dedos, mojadas y calientes, yo las acariciaba con suavidad pero con intención, buscando aumentar aún más su excitación antes de retirar mis dedos y guiar mi pene hacia su entrada. Ella se tensó, sus manos buscaron mis hombros pero no para empujarme, sino para aferrarse, y al sentir la cabeza de mi miembro presionando su entrada, soltó un gemido ahogado, su cuerpo entrecogiéndose de emoción mientras la empujaba hacia mi profundidad de golpe.

Sentí cómo se abría para mí, la humedad que ya tenía me permitió entrar sin esfuerzo, llenándola por completo en un solo movimiento. Sus ojos se cerraron, su respiración se volvió entrecortada y ruidosa. Le di unos empujones iniciales para que se acostumbrara a mí, sintiendo la elasticidad de su carne envolviéndome, y ella comenzó a mover sus caderas en respuesta pidiendo que la poseyera de nuevo con esa urgencia prohibida que nos unía.

Mi mamá no puso resistencia ni me volvió a pedir que me detuviera, solo gemía mientras recibía mis embestidas. La incopore y la puse contra la pared, entrando en su vagina nuevamente. «Hijo, espera, déjme orinar, ya no aguanto», dijo, pero yo seguí embistiendo. «Hazlo», le dije. «No puedo, si me estás follando», respondió. «Claro que puedes», le respondí.

No tardo mucho cuando sentí el líquido caliente brotar con fuerza contra mi pelvis y bajar por mis muslos, mezclándose con nuestra unión. Su cuerpo se tensó y luego se relajó completamente mientras soltaba su orina, lo cual me provocó una exitacion aún mayor. Era una mezcla extraña y totalmente excitante, sentir su orina bañándome mientras yo la llenaba de placer, esa sensación húmeda y caliente sobre mi piel me volvió loco, y no pude evitar intensificar el ritmo de mis embestidas. Sus gritos se convirtieron en gemidos guturales mientras su cuerpo se arqueaba y se contraía, 

Sentí la presión acumularse en la base de mi miembro, una mezcla de placer y la excitación provocada por sentirla orinando mientras yo la poseía. No pude controlar más y llegué al clímax. Mi pene se tensó y disparó torrentes de semen caliente directo dentro de su vagina, mezclándose con sus fluidos de ella. Su cuerpo se arqueó y sus músculos se cerraron fuertemente alrededor de mi erección, atrapándome mientras ella soltaba un grito ahogado de placer, inundada por mi liberación.

Ambos agitados por la explosión de placer, nos separamos un poco para recuperar el aliento. Le di un beso apasionado en el cuello, recordándole lo intenso que habíamos sido. Me dispuse a salir del baño, pero ella me detuvo suavemente por la mano. «Hijo, vamos a bañarnos juntos», dijo con una voz que temblaba ligeramente. «¿Estás segura?», pregunté, mirándola a los ojos. Ella bajó la mirada, sintiéndose avergonzada, pero respondió con firmeza: «Es lo que hace el hombre de la casa, bañarse con su mujer».

En ese momento, me sentí lleno de una felicidad tan profunda que casi me dolió. Por fin, mi mamá había entendido que ahora ella sería mía, que sería mi mujer. Esa pequeña frase encapsulaba todo el cambio que había ocurrido en nuestra relación.

Desde ese día, la rutina cambió drásticamente. Ya no había separación entre las horas de trabajo y el tiempo libre; cada momento se convirtió en una oportunidad para estar juntos. Me follaba a mi mamá casi todos los días. A la mañana, por la tarde, mientras ella hacía las tareas de la casa; y por la noche, en nuestra cama, disfrutando de una intimidad que nunca antes había experimentado.

 

42 Lecturas/11 marzo, 2026/0 Comentarios/por lordlunatico
Etiquetas: colegio, hermana, hijo, infidelidad, madre, mayor, padre, sexo
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