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Fantasías / Parodias, Incestos en Familia, Orgias

La Bendi de Papa. Parte 5, Compartiendo secretos

Romina y Alejandro comparten sus «códigos de amor» y desatan una orgía infantil con Sophia y los gemelos. Una tarde de juegos y mimos secretos y mágicos. Mucho morbo de principio a fin..
Romina y Alejandro comparten sus «códigos de amor» y desatan una orgía infantil con Sophia y los gemelos. Una tarde de juegos y mimos secretos y mágicos. Mucho morbo de principio a fin.

Le di a Sophia un hermoso vestido de verano cortito verde, y una bombachita muy apretadita que marcaba el papo y el maravilloso orto de Sophia. Mi princesa olía a pis de su papá, le había dejado sus trenzas, que la hacían mucho más sensual. Sus ojitos verdes se fijaban en cada detalle frente a un espejo, yo miraba maravillado cómo ese ser tan pequeño podía despertarme tanta lujuria, ternura y amor. Y estaba por compartirlo.

No dejaba de pensar en la seño Romi. Sabía que tenía dos hijos, gemelos de la misma edad de Sophia, que estaba embarazada de una niña, y que su marido casi nunca estaba en casa. Ahora tenía un dato nuevo: probablemente era una pedófila, una de verdad, que trabajaba en un lugar lleno de niños y niñas, y por el símbolo que usaba, probablemente se dedicaba a cazar víctimas en su trabajo. Sí, como policía debería denunciarla, incluso podría yo mismo meterla presa, pero no. Era alguien que compartía mis gustos. Además, era hermosa; su cabello castaño largo, dos tetas hermosas grandes, un culote paradito, duro, redondo, y esa panza que era un atractivo sexual extra, una pancita de cinco o seis meses, bastante llenita, sobresaliente, pidiendo que le den lechita y la ensucien toda.

Miré a Sophia que tomaba jugo mientras se ponía unos brillitos en los ojos para ir a jugar con sus amiguitos, y me pregunté cómo había descubierto que no tenía bombachita. ¿Acaso ella habría querido tocar a mi hija y me descubrió?

—Sophia, amor, antes de que vayamos a la casa de Seño Romi, quiero hacerte una pregunta.—Me miró mientras tomaba un sorbo de jugo.

— ¿Cómo se dio cuenta la maestra de que no llevabas bragas? ¿Te hizo algo?

—No, Papi. La Seño Romi es re buena —dijo, dejando el vaso de jugo sobre la mesada, y su sonrisa se desvaneció un poco—. ¿Estás enojado conmigo, Papi?

Me arrodillé frente a ella, tomando sus manitas. —No, mi amor, Papi nunca se va a enojar con vos. ¡Nunca! Solo quiero que seamos los mejores espías del mundo. Si la Seño Romi descubrió que no tenías bombachita, es porque nuestro juego no fue tan secreto. Si alguien más lo descubre, vamos a tener problemas con la bruja, ¿entendés? Y Papi no quiere eso. Papi quiere que estemos siempre juntos, vos y yo.

Los ojos de Sophia se llenaron de lágrimas al escuchar la palabra «problemas» y la idea de no estar conmigo.

—¡No, Papi! No quiero tener problemas con la bruja! ¡Y no quiero que te vayas! —susurró, aferrándose a mí.

—Por eso, mi amor, Papi necesita saber la verdad. ¿Te tocó la Seño Romi? ¿Te revisó la ropa? ¿Cómo se dio cuenta? Contame todo, mi amor, despacio.

Se secó una lágrima con el puño. —No, Papi. Es que… yo estaba jugando al túnel con un aro grande, en el rincón de las casitas —confesó, con voz temblorosa—. Me agaché mucho, Papi, para pasar el aro, y se me levantó el pintorcito hasta arriba.

—¿Y qué pasó, mi vida? ¿Ella estaba cerca?

—Sí, Papi. Estaba justo al lado, mirando, y me llamó. Me llevó a un costado del aula, donde está el armario de los juguetes. Ahí me puso contra la pared y me dijo: «Ay, Sophia, ¿por qué no tenés puesta tu ropita mágica? Las princesas se enferman si no tienen su bombachita».

—¿Y ella te tocó ahí, mi amor? ¿Para ver si tenías la bombachita?

—Sí, Papi. Ella me agarró de la cintura y me levantó el pintorcito despacito. Y me puso un dedo en el sapito. Me hizo un poco de cosquillas ahí.

Mi cuerpo se tensó. Ella la había tocado, había traspasado la línea.

—¿Y qué te dijo ella mientras te tocaba, mi vida? Contame.

—Me preguntó si yo estaba cómoda sin bombachita. Me dijo que mi duraznito estaba muy suave. Yo le dije que no tenía bombachita porque Papi me la había guardado para que la pomadita esté segura.

El corazón me dio otro vuelco. Romina estaba usando la situación para obtener información y contacto físico.

—¿Y qué te dijo ella cuando le contaste eso?

—Ella se rió, Papi. Y me dijo que los secretos de papá y la princesa son lindos, pero que a ella también le gustaba jugar a los secretos. Me preguntó si yo jugaba a ponerle pomadita a mi sapito, y si esa pomadita era rica.

—¿Le dijiste que sí, mi amor?

—Sí, Papi. Le dije que sabía a palito de queso salado y que me gustaba cuando vos me la dabas. Y ella me dijo que su marido también le daba besitos para que su panza se ponga fuerte. Y me preguntó si en casa a veces jugábamos a poner besitos en mi sapito.

Me acerqué y la abracé con más fuerza. —¡Sos la espía más inteligente del mundo, mi amor! Y mirá, la Seño Romi nos invitó para que vos le enseñes el juego secreto de la pomadita. Pero vos tenés que ser la princesa más secreta. ¿Dale? Si ella te pide algo, vos me mirás a Papi. Y solo le contás los secretos a Papi. ¿Me prometés?

—¡Te lo prometo, Papi! ¡Voy a ser la más secreta!

—¿Y qué más hicieron, mi vida? ¿Te volvió a tocar o te preguntó algo más?

—Sí, Papi. Me dijo que a ella le gustaba que las princesitas le dieran besitos mágicos en su panza para que el bebé sepa que es querido. Me preguntó si yo quería darle un besito a su panza gorda, para que nazca fuerte. Yo le dije que sí. Y me alzó en upa. Me puso cerca de su panza y le di un besito chiquito ahí, en el ombligo.

—¿Y te dijo algo más de nuestro juego secreto de la pomadita?

—Sí. Me preguntó si a veces le dábamos pomadita a mi sapito. Le dije que vos siempre me ponés pomadita para que vuele. Y después me dijo que si le daba un besito ahí, ella me iba a mostrar un secreto de sus tetitas que hacen mucha leche para el bebé.

—¿Y te mostró ese secreto, mi amor?

—Sí, Papi. Me bajó de upa, pero se quedó arrodillada. Me agarró las manitas y me dijo que pusiera una manita en su tetita. Me dijo que eran mágicas, que hacían leche. Y me preguntó si yo le daría besitos a su tetita para ayudarla a sacar la leche. Yo le dije que no, que solo quería la pomadita de Papi.

La imagen de Romina, la pedófila, cazando a mi hija, tocándola y utilizando mi propia simbología me llenó de una excitación fría y un deseo de dominio. Ella era una jugadora, y acababa de ganarse un lugar en mi juego perverso.

—¡Me parece perfecto, mi amor! ¡Actuaste como la mejor de las espías! Y mirá, la Seño Romi nos invitó para que vos le enseñes el juego secreto de la pomadita a sus hijos.

—¡Me encanta ir a jugar a la casa de la Seño Romi, Papi! —dijo, olvidando las lágrimas, radiante con la promesa de la tarde.

—¿Y te gustaría probar la «leche mágica» de la seño? ¿Pudiste ver sus tetas? Deben ser más grandes que las de mami…—dije un poco ansioso—Sí, Papi. Son re grandes, como dos melones —dijo Sophia, mirando sus manitas para compararlas—. Y sí, me gustaría probar la leche mágica. ¿Vos me dejás, Papi?

—Claro, mi amor. Es un juego más. Vas a ver que la leche mágica de la Seño Romi te va a dar mucha más fuerza para el perreo. Pero acordate: si te la da, me tenés que contar todo, ¿dale? Es nuestro secreto de espías. Ahora, a cambiarse y a jugar.

—¡Sí, Papi! ¡Vamos a merendar!

La casa de la seño Romi era relativamente cerca. Vivía en una casita pequeña con patio, que debía quedar a unos 10 minutos de casa en auto. Sophia viajó en el asiento de al lado mío, y yo fui acariciando su conchita por arriba de su bombachita mientras viajábamos, por lo que llegó toda roja y un poquito transpirada, obviamente mojada en la entrepierna. Tocamos el timbre, y nos abrió Romina, que estaba tremenda; se había puesto una malla de dos piezas. La parte de arriba apenas podía sostener sus enormes tetas llenas de leche, incluso se veía que estaban chorreando, se le marcaban sus pezones por debajo de la tela. Se veían unos hermosos tatuajes que estaban distribuidos por todo su cuerpo; por su panza y hombro bajaba una enredadera de rosas muy bien tatuada; en su pierna también subía una serpiente que se enredaba y se perdía por sus glúteos. Entre sus pechos, más abajo, había una flor de loto tatuada de la cual caían rosarios de gotas que bajaban por su panza. La pieza inferior de su ropa de baño era una micro tanga que se clavaba bien en el papo y se perdía dentro de su culo. Quedé impactado, mudo frente a semejante hembra, oculta bajo un disfraz de maestra. La seño pedófila siguió luciendo el colgante de mariposa entre sus enormes pechos.

—¡Hola, Alejandro, Sophia! ¡Qué puntualidad! Pasen, pasen —dijo Romina, con su voz dulce, pero con un tono que ahora sonaba cargado de malicia y promesa. Su sonrisa se curvó, y sus ojos se clavaron en mi entrepierna por un segundo, luego en mi cara.

—Gracias, Romi. Trajimos facturas —respondí, sintiendo el calor del jugo amarillo que mi hija llevaba puesto. Le devolví la mirada, sin disimular mi asombro por su atuendo.

Ella se rió, una risa baja y sensual. —¡Ay, Ale, qué detalle! Justo a tiempo para el mate. Y no mires mucho, que el calor me mata y no quiero que pienses que ando cazando papis por el barrio —dijo, mordiéndose el labio y enfatizando la palabra «cazando», haciendo un guiño directo a su colgante y a nuestra conversación anterior. Luego, su mirada se posó en Sophia, que se veía radiante con su vestido de verano.

—¡Sophia, mi amor! ¡Estás bellísima! ¡Y qué rico perfume traés hoy! ¿Me contaste que hoy te diste un baño de princesa?

Sophia asintió, orgullosa. —¡Sí, Seño Romi! Papi me dio mucho jugo amarillo para que huela a princesa caliente —dijo, sin filtro.

Romina soltó una carcajada que hizo temblar sus enormes pechos. —¡Qué dulce sos, mi vida! Papi sí que te mima.

En ese momento, dos niños idénticos de unos cuatro años, con pelo rubio y ojos claros, salieron corriendo de la casa. Eran Bauti y Benja, los gemelos. Llevaban camisetas de fútbol sucias y pantalones cortos.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Quiero teta! ¡Tengo sed! —chilló uno de los mellizos, Bauti, mientras el otro, Benja, se acercaba a la pierna de Romina, frotando su cara contra su muslo.

Romina se agachó con dificultad por su panza, atrayendo a los niños con un gesto. —¡Ay, mis pollitos revoltosos! ¡Ahora no! Miren quién vino a jugar. Ella es Sophia, y él es su papi, Alejandro.

—¡Hola, Sophia! —dijo Benja, con menos timidez.

—¡Hola! —respondió mi bendi, encantada de tener nuevos compañeros de juego.

—Mamá, ¿por qué viniste con ese traje tan raro? —preguntó Bauti, señalando el bikini de Romina.

—Es un traje de baño, mi amor, porque hace mucho calor. Ahora, escúchenme bien. Tenemos una amiguita nueva que vino a jugar.

Los mellizos abrieron los ojos, emocionados. —¡Sííííí!

—Bueno, entonces… ahora tienen una misión. Llévenla a la habitación de ustedes y enséñenle todos sus juguetes. Y después, si se portan bien, mamá les da teta antes de que se vaya la amiguita.

Los ojos de Bauti y Benja se iluminaron ante la promesa. —¡Sí, mamá! ¡Vamos, Sophia! —dijo Bauti, tomándola de la mano y tirando de ella hacia adentro.

—¡Dale, Papi! ¡Preguntale por la leche mágica de la Seño! —me susurró Sophia antes de desaparecer con los mellizos, riendo.

Romina se enderezó, suspirando. —Uf, la maternidad. Es una guerra constante. Ahora, Ale, vení a la cocina. Ponete cómodo que voy a calentar el agua para el mate, así charlamos tranquilos.

La seguí hasta la cocina. La casa, aunque pequeña, olía a sahumerio y a humedad, un contraste con el olor a orina y sexo que llevaba mi hija, ella caminaba moviendo ese culote que pedia a gritos mordidas, mientras se acariciaba la panza. Romina puso el agua en la pava eléctrica y se apoyó contra la mesada, justo donde la luz resaltaba su panza y el tatuaje de la flor de loto.

—Así que… ¿un baño de princesa caliente con jugo amarillo? —inició Romina, su voz volviendo al tono serio de la profesional, aunque su cuerpo invitaba a todo lo contrario—. Alejandro, tenemos que hablar de esto seriamente.

—Lo sé, Romi. Y te agradezco la honestidad. Sophia repite lo que escucha, lo que vive. Y hoy, después de lo que me contaste, le pregunté. Y… me dijo lo que pasó en el armario de los juguetes —le dije, midiendo mis palabras.

Romina no se inmutó. Su mano, casualmente, se dirigió a su pecho y acarició el colgante de la mariposa. —Yo tuve que asegurarme, Alejandro. Cuando un niño aparece tan… expuesto y con esa simbología, es mi deber. Me preocupó que viniera sin ropa interior. Una nena tan linda… es un imán para el peligro. Yo solo quise crear un vínculo con ella, usar su mismo código, para que me contara. Es mi forma de protegerla.

—¿Y tocarla? ¿Pedirle que toque tu… leche mágica? —pregunté, sintiendo un nudo de excitación y rabia.

Ella sonrió, una sonrisa tensa. —La leche mágica, Alejandro, es el amor más incondicional que una madre puede dar. Y mi panza, mi estado… genera en los niños una fascinación con la fertilidad. Yo solo busqué una conexión de madre a hija, una forma de decirle estoy aquí para vos. Además, yo también busco ese contacto, esa ternura, de la que hablamos. Mi marido no está, y a veces… es difícil. No te miento: yo busco el amor incondicional en mis hijos.

El clic de la pava interrumpió el momento. Romina preparó el mate con una destreza hogareña, sin dejar de mirarme.

—Entendeme, Alejandro. Mi intención nunca es hacerle daño. Mi intención es darle a Sophia un refugio. Pero si vamos a ser aliados en esto, tenés que ser más discreto. Por eso te invité. Para que veas que yo soy una madre de verdad, que solo busca amor, y para que vos y yo hablemos de esta tensión que te está quemando.

Me pasó el mate, mirándome profundamente. —Así que, Alejandro. Contame más de esa pomadita mágica. Mientras los nenes juegan, yo te escucho. Y te aseguro que, en esta casa, lo que hablemos es secreto. Más secreto que el jugo amarillo de Sophia.

— Romi, de verdad me dejaste sin palabras. Amo a Sophia desde el momento en que nació, y el vínculo que tenemos es único, va más allá del amor habitual de un padre. De hecho, mi matrimonio se está derrumbando precisamente porque solo tengo ojos para ella. ¿Viste a Sophia? Es irresistible, tan dulce… Te juro que jamás la lastimaría; además, ella es feliz. —Mientras hablaba, mis ojos iban de sus hermosos ojos a sus pechos y su vientre. La cocina era pequeña, estábamos muy cerca. Moría de ganas de tocar su enorme panza, pero no sabía si teníamos la suficiente confianza.

Vos me entendés, ¿verdad? A veces es muy difícil para mí, me siento un monstruo, pienso que es una niña, pero la tengo cerca y me desespero por tocarla… y bueno, el viernes pasado todo se fue al demonio…

Romi, me alcanzo un mate. Sin dejar de sonreir, me miraba con sus hermosos ojos claros, iguales que el de los gemelos. Lo tome y lo sorbi con un nudo en la garganta, realmente me sentía descubierto y expuesto, aunque sospechaba que no era un problema, era una situacion muy extraña.

—Te entiendo perfectamente, Alejandro. Mirá, un mate más —dijo Romina, sirviéndome el agua y devolviéndome el mate. Su mirada era una mezcla de complicidad y lástima.

—Vos no sos un monstruo. Sos un padre que ama a su hija más allá de lo socialmente aceptable. Y te voy a ser sincera: a mí me pasa algo parecido con mis gemelos, y con la beba que viene en camino. De hecho, es exactamente lo mismo que te pasa con Sophia, la necesidad de ese amor incondicional me ha llevado a cruzar límites que nadie entendería.

Se acarició la panza con ambas manos, haciendo que su escote se abriera un poco más. Las gotas de leche se veían brillantes sobre la tela.

—Mi marido, como te dije, es un buen padre, pero no está. Es un fantasma. Yo tengo veintidós años, tres hijos —bueno, dos y medio— y una soledad que me come. Los gemelos son mi todo. A veces, de noche, cuando el vacío es insoportable, los traigo a la cama. Duermen a mi lado, los abrazo fuerte, y a veces… ellos me tocan la teta. Buscan el calor, el consuelo. Yo no les digo nada. Dejo que lo hagan. Que toquen, que sientan el pecho que les dio vida. Es una forma de mantener esa conexión mágica, esa que te da la leche.

Romina me miró, y sus ojos se humedecieron.

—Y mirá, Alejandro, ¿sabés por qué les digo a mis hijos que mi leche es mágica? Porque lo es. Es el único amor que no se va. A veces, si están muy nerviosos, o si me piden algo especial, les doy un poquito de teta. Se prenden un ratito, prueban la leche mágica, se calman y vuelven a jugar. No es algo sexual, es un consuelo, una ternura que solo una madre puede dar. Es el código de amor que tienen con su mamá para sentirse seguros. Al igual que Sophia con tu pomadita.

Señaló su pecho, con las gotitas de leche brillando.

—Cuando Sophia me dijo lo de la pomadita y lo del palito de queso salado, supe que no era maldad. Era su código de amor. Y cuando vi que no llevaba bombachita, entendí que tu juego es intenso. Pero te juro que no la toqué con malicia, sino para asegurarme de que no se lastimara, y para entrar en su juego, para ser su aliada. Si ella confía en mí, me va a contar todo. Y yo te cubro, Ale. Yo la entiendo porque busco lo mismo que vos: amor incondicional, una conexión que me haga sentir viva.

Me pasó otro mate. —Tranquilizate, Alejandro. Sophia está bien. Está feliz. Y ahora que sabés que yo también soy una mujer con necesidades y códigos de amor propios, podemos trabajar juntos. Yo te ayudo a proteger el secreto, y vos me ayudás a sentir que tengo un aliado en esta soledad. ¿Entendés? Tu pomadita y mi leche mágica no tienen por qué ser un problema. Son un puente.

La mire fijo, mientras resonaba en mi cabeza su ultima frase “ son un puente”. Y empece a reirme con muchas ganas, casi se me cae el mate de las manos.
—¡Un puente! ¡Jajajaja! ¡Romi, sos genial! —exclamé, devolviéndole el mate. Mi risa era genuina, cargada de alivio y una excitación brutal. La idea de que mi perversión se había convertido en un pacto secreto con una pedófila embarazada, con la bendición de la niña, era surrealista y perfecta.

—¿Te parece gracioso? —preguntó Romina, levantando una ceja, aunque sus labios temblaban en una sonrisa contenida.

—Claro que sí. Un puente. Es la mejor definición que he escuchado en mi vida. Mi pomadita y tu leche mágica. Romi, sos la única persona que me entendió. Mi mujer me mira como a un depravado, y vos… vos me das un mate y me decís que es un código de amor. Es increíble.

Me incliné sobre la mesada, acortando aún más la distancia entre nosotros. Ella olía a tiza, a sahumerio y, sutilmente, a esa dulzura lechosa que emanaba de su pecho.

—Me hace sentir… no sé… más normal —confesé en voz baja, mi mirada fija en el tatuaje de la flor de loto en su vientre, la panza enorme, vibrante de vida.

—Y vas a ver que juntos, vamos a estar más normales todavía —respondió Romina, su voz ahora suave y seductora. Su mano se dirigió de nuevo a la panza, esta vez con un gesto más posesivo.

—Mira, Alejandro. Mi compromiso es este: yo me encargo de que Sophia guarde el secreto en el jardín. Le voy a enseñar a usar su código solo para vos. Y a cambio… vos me ayudás a sentir que no estoy sola. Que tengo un aliado.

—¿Y ese aliado qué tiene que hacer, Romi? Aparte de ser discreto.

—Tiene que ser sincero. Tiene que venir a merendar, a tomar mate… y si un día mi soledad me pide algo más… tiene que estar dispuesto a ser ese padre que me dé un poco de ternura, que me mime. Que me ayude a sentir que soy una mujer deseada, y no solo una máquina de hacer hijos. Y si de paso, le mostramos a Sophia cómo dos personas se dan amor con códigos especiales… bueno, eso es educación—dijo, y su sonrisa se convirtió en una expresión de pura depravación, su mirada descendiendo hasta mi entrepierna.

—Me parece un trato excelente, Romi. Me parece que tu código de amor es tan fuerte como el mío. Pero no es solo eso verdad? Vos no solo tenes esta relacion con tus hijos, se lo que significa ese simbolo de tu colgante, la mariposa….

—Romi, me parece un trato excelente. Creo que tu código de amor es tan fuerte como el mío. Pero, aclaremos algo: ¿no es solo esto, verdad? Sé que tu relación no se limita a tus propios hijos… Conozco el significado de ese símbolo en tu colgante, la mariposa… No son solo ellos, ¿cierto? Lo has estado haciendo con más niños del jardín, lo intentaste con Sophia y te diste cuenta de que ella no era tan “inocente”… —La miré fijamente, mi expresión se volvió seria, demostrando que este era un tema de mucha gravedad.
Romina mantuvo mi mirada, y la sonrisa cómplice se borró de su rostro. Sus ojos claros se volvieron duros, como si acabara de ser atrapada, pero con una resignación que denotaba que ya estaba acostumbrada al riesgo. Se tomó un momento antes de responder, su mano acariciando lentamente el tatuaje de la flor de loto en su panza.

—Alejandro, ya te dije que acá no hay lugar para juicios de valor. Ambos estamos en el mismo juego, aunque con diferentes piezas. Y sí, tenés razón. La mariposa… no es un adorno. Es mi forma de comunicarme con la gente que entiende. Con los padres, a veces. Con los amantes de la inocencia.

Se encogió de hombros, asumiendo su identidad con una frialdad perturbadora.

—No te voy a mentir: mi trabajo me da acceso a lo que deseo. Y sí, cuando la vi a Sophia, me di cuenta de que era especial, de que estaba marcada. Tu bombachita, tu pomadita… No fue casualidad que yo intentara entrar en su juego, ni que la tocara. Quería ver qué tan profundo era el código. Y con vos acá, Alejandro, confirmás que tu bendi no es la única que tiene un secreto.

Romina apoyó las manos en la mesada y se inclinó hacia mí, el movimiento resaltando sus pechos y el olor dulzón de su leche.

—Pero acá está la diferencia entre vos y yo, Ale. Yo soy una mujer, y si me descubren, pierdo todo. Vos sos un hombre, y un policía. Si yo te delato, se arma un quilombo mediático y a mí me liquidan. Si vos me cubrís, tenemos el jardín, tenemos a mi casa, y tenemos un puente donde podemos compartir códigos. Yo no quiero cazar a tu hija, Alejandro. Quiero que seamos cómplices. Que vos me des la posibilidad de estar cerca de la inocencia que deseo, y yo … yo te ayudo para que Sophia pueda guardar bien el secreto.

Me devolvió el mate, sus ojos fijos en los míos, desafiándome a retroceder.

—Así que, sí. Soy lo que pensás que soy. ¿Y ahora qué? ¿Me vas a denunciar, o vas a tomar otro mate con la única persona en este puto mundo que te entiende y que te va a ayudar a ser un mejor padre para Sophia, controlando su secreto?

Sentí una oleada de poder. Ella estaba a mi merced, y al mismo tiempo, me ofrecía la libertad total para mi perversión.

—Me gusta la sinceridad, Romi. Y no, no te voy a denunciar. Al contrario. Me parece que sos el mejor engranaje que podría haber encontrado para mi código de amor. Y tenés razón: yo soy un policía. Sé cómo manejar los riesgos. Y si vamos a ser cómplices, el trato tiene que ser justo.

Me incliné, acercando mi rostro al suyo, sintiendo su aliento caliente.

—Vos me asegurás la discreción de Sophia en el jardín y el acceso a tus códigos, y yo te doy ese escape que tanto necesitás. Y si tu soledad es tan grande, Romi, tal vez podamos compartir algo más que mates.

Mi mano, sin permiso, se dirigió a su vientre y acarició el tatuaje de la flor de loto. Su piel, húmeda y tibia, se sintió increíblemente suave bajo mis dedos. Romina jadeó, su seriedad desapareció, y una expresión de rendición y lujuria apareció en su rostro.

—Ay, Ale… qué atrevido sos. Sabía que ibas a entender —susurró, su voz apenas audible. Me agarró la mano y la presionó con fuerza contra su panza—. Tocá, Ale. Sentí el calor. Sentí que no estoy sola.

Acaricié su panza, estaba dura, tal vez por la excitación. Su respiración se estaba agitando, sus pezones eran dos pequeñas piedras que amenazaban con romper la tela del corpiño. Sus pechos parecían hincharse más. ¿Cómo una chica con esa cara de inocente podía esconder ese nivel de depravación?

Mi mano subió por su espalda y desabroché el corpiño del traje de baño, el cual enseguida cayó, dejando ver esas dos enormes tetas duras. Romina me miraba fijo, sus ojos pedían que la la tomara, que la hiciera mía. Subí despacio mi mano entre sus pechos y acaricié su colgante de mariposa.

— Quiero ser más atrevido, quiero conocer el mundo que significa este símbolo con vos… ¿Me enseñás? Envidio a tu marido, y no sabés cómo me gustaría que fueras mi esposa y no Mariana. Quiero… quiero ir con vos hasta donde me dejes y compartir nuestros secretos…

—¡Ay, Alejandro! ¡Qué rápido sos! —jadeó Romina, su voz se cortó con un gemido al sentir mi mano sobre su pecho desnudo. Las gotas de leche se hicieron más evidentes, humedeciendo mis dedos. Su respiración era agitada, sus ojos brillaban con una mezcla de rendición y triunfo. Me agarró la mano y la presionó con fuerza contra su teta izquierda, la que tenía más leche.

—Mi marido, Ale, él no está. Y cuando está, me mira como si fuera un electrodoméstico. Vos, en cambio… vos me mirás como una mujer, como una hembra. Y te juro que la mariposa… es un símbolo que solo busca a los que son sinceros, a los que se atreven. Y vos te atrevés.

Se inclinó hacia mí, juntando su boca a mi oído. El olor a leche y perfume floral me invadió.

—Alejandro, yo también quiero ir hasta donde me dejes. Te voy a mostrar mi mundo. Y vos me vas a enseñar el tuyo. Mirá, los chicos están jugando. Tenemos la cocina para nosotros. El mate está caliente. La tarde es larga.

Deslizó sus manos por mi cintura, su tanga micro clavada en su papo rozando mi pantalón.

—Vos querés que te cuide, ¿verdad? Querés que te mime. Y yo te digo: Romi te va a cuidar. Pero necesito que me muestres ese secreto que tenés entre las piernas. Porque si vamos a compartir códigos, yo necesito sentir tu energía cerca. Necesito que me hagan temblar.

Me empujó suavemente hacia la pared, acorralándome entre la mesada y su cuerpo voluptuoso. La panza dura de embarazada se apretó contra mi abdomen. Su boca se acercó a la mía, y me dio un beso cargado de deseo, abriendo sus labios con una urgencia brutal, mezclando el sabor del mate, el tabaco y su propia dulzura lechosa.

—Dame un beso más, Ale. Un beso de aliados. Y después, vamos a ver qué tan atrevido sos. Yo te cubro con Sophia, pero a cambio, esta putita embarazada necesita una mamada de vida de vos. Y la quiere ahora mismo.

—Uff, seño Romi… qué ganas de hacerte temblar acá ahora mismo, a vos y a la beba que tenés adentro. Quiero que me lo digas, es lo único que quiero ahora: que me digas que ibas a abusar de mi hija, que abusas de tus hijos, que querés abusar de la bebé que tenés en la panza. Decime que sos una pedófila y prometo que voy a protegerte como policía, y que además… vamos a ser aliados, vamos a compartir nuestro “secreto” siempre. —La tomé de la barbilla y volví a besarla—. Me re gustás, pendeja… no quiero que sea un polvo solamente, quiero algo con vos… quiero que me muestres las cosas que hacés con tus hijos, las que hacés con tus alumnos, las que querés hacerle a Sophia… y quiero que lo hagamos juntos… —La levanté en la mesada, con cuidado para no lastimarla, pero la altura daba justo para que mi pija quede en la entrada de su vulva.

—¡Ay, Alejandro! ¡Me volvés loca! —gimió Romina, agarrando mi rostro entre sus manos. Sus ojos, llenos de lujuria y esa oscuridad que yo tanto admiraba, me miraron fijamente. Estaba sentada en la mesada, con sus piernas abiertas, su micro tanga hecha a un lado y su papo expuesto justo a la altura de mi pija palpitante.

—Vos sabés la respuesta, Ale. Soy tu reflejo. Soy la mariposa que busca la inocencia. Sí, quería tocar a tu bendi, porque el olor a tu pomadita me confirmaba que ella ya era mía de alguna manera. Y sí, mis hijos son mi fuente. Los toco, los consuelo con mi leche mágica, porque su amor me da poder. Y la beba que viene… ella va a ser mi obra maestra. La voy a moldear desde la cuna para que sea una princesita como tu Sophia. No es abuso, Alejandro, es amor en su estado más puro. Es el código de la mariposa y la pomadita.

Romina deslizó sus manos por mi cuello y me atrajo hacia ella. Su voz se hizo un susurro áspero y cargado de excitación.

—Prometo que no solo voy a ser tu aliada, Ale. Voy a ser tu maestra. Te voy a enseñar los códigos más profundos, los que solo una seño como yo conoce. Y a cambio… quiero que me hagas sentir que sigo siendo una mujer. Que me des esa leche que mi marido me niega. Y sí, quiero que me mires mientras estoy con mis hijos, quiero que me dirijas, que me digas qué hacer. Quiero que seamos un solo monstruo que protege a Sophia y a mis gemelos, para que nadie, nunca, descubra nuestro juego.

Me agarró la pija con una mano, su palma ya húmeda por su propia excitación.

—Meteme tu Chota en la concha, Alejandro. Hacelo sin forro, acá mismo, en mi cocina. Que mi beba sienta el poder de su nuevo aliado. Y decime que es verdad: que me vas a proteger, que vamos a ser los dueños de este jardín de inocencia.

Su voz se quebró en un ruego desesperado.

—¡Dale, Ale! ¡Penetrame y jurame que vamos a ser cómplices para siempre! ¡Quiero sentir tu calentura hasta que mi beba sepa que tiene un nuevo papi que nos va a dar amor!

Acaricie su panza mientras con la punta de mi pija estimulaba su clitoris, provcandloa buscando encender aun mas su deseo. Acaricie sus pechos, mientras mis labios recorrian su cuello, su rostro.

–¿ Como se va a llamar tu princesa, me contas?—

—Se va a llamar… Delfina —jadeó Romina, su voz rota por la excitación, mientras se retorcía en la mesada. Me agarró el pelo y tiró de él, acercando mi boca a su oído— Emepece a meter mi pija dentro de ella despacio, disfrutando la humedad de ese papo jugoso de preñada.

—Delfina… me encanta ese nombre, mi amor. Tu princesita va a ser tan caliente como su mamá —susurré, y sin más preámbulos, la penetré con un empuje fuerte y profundo.

 

Romina soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor, sorpresa y un placer descontrolado. Su cuerpo se arqueó, y la panza dura chocó contra mi pelvis.

—¡Ayyy, Ale! ¡Sííí! ¡Dame más, Ale! ¡ahhh, que ganas de sentirte que tengo! —chilló, aferrándose a mis hombros.

La concha de la maestra pedófila estaba increíblemente caliente y apretado, una mezcla de mujer y madre. Sentí su humedad al instante, una lubricación que olía fuerte y almizclada, a diferencia de la dulzura fresca de mi bendi. La fricción sin forro era cruda, excitante, un acto de pura posesión y dominio.

—¡Sos mía, Romi! ¡Esta concha es mía, pendeja! ¡Y tu beba será nuestra! —embestí con un ritmo brutal, mis ojos fijos en el tatuaje de la flor de loto en tu panza—. Pendeja perversa, sabes que el poli te va a castigar, te voy a enseñar a no abusar de pibitos… le voy a dar leche de mi pija a tu beba antes de que nazca, así ya empiezo a educarla a ella también.
te voy a enseñar a recibirme mostrandome esas tetotas…

—Ahhh, Dale, ¡qué lindo se siente una pija adulta dentro! ¡Qué rico me haces sentir, por fin un macho! Sí, cogeme, dale, que tu pija llegue a Delfi. Sé que Sophia es virgen todavía. Cogeme, yo prometo ayudarte para que le puedas coger esa conchita tan tierna, porque sos su papito y es tuya.—La hija de puta me estaba buscando, quería darme lo que sabía que deseaba, pero no hacía por miedo.

—¡Hija de puta, te haces garchar por los gemelos, no? ¡Contestame! —le grité mientras la tomaba del pelo y le metía la pija al punto de sentir su fecundado útero. —No importa el tamaño de la pija, vos te coges a los dos pendejos, y los tenés reeducados para que no digan nada.
—¡Sí, Alejandro! ¡Sí, papi! Me cogen… Mis pollitos me maman la teta mágica hasta que chorrea… Y a veces, cuando estoy solita… me meten sus palitos chiquitos. No son como la tuya, no me llenan la concha como vos, pero me dan su amor… Es puro, Ale, es el código… Me hacen sentir que no soy solo una madre, sino su princesa… Y sí, la beba, Delfina, también será mía… ¡Hacé que tu leche llegue a ella, Alejandro! ¡Quiero que tu secreto sea su primer alimento!

La penetré con más fuerza, sintiendo cómo se tensaba bajo mí, su deseo era un abismo de depravación.

—¡Me gustás así de sucia, Romi! ¡Sos re enferma “seño romi” !! Sabes que ahora no te vas a liberar de mi no? Que me va a chupar un huevo tu marido, que ahora voy a cogerte cuando yo quiera?—Le dije cogiéndola con fuerza, desencajado

La levanté un poco, cambiando la posición para penetrarla contra la mesada. Sus pechos al aire se balanceaban, la leche goteaba mezclándose con el sudor. Ahora estaba detrás de ella, admirando el tatuaje en su cintura y cómo el del brazo se extendía por la parte alta de su espalda. Me pegué a su nuca para que sintiera mi aliento mientras le hablaba, y con mis manos acariciaba su vientre. Mis dedos encontraron a la pequeña Delfina, acurrucada a un lado de la barriga de su mamá, sintiendo las sensaciones de su madre cada vez que la penetraba y la hacía gemir.

—¡Sí, Ale! ¡Acá y ahora! ¡Soy tuya, mi amor! ¡Haceme sentir esta chota bien adentro, hasta el fondo! ¡Castigame, papi, castigame fuerte! Decime que no me vas a soltar nunca más, que esta concha es tuya y la vas a usar cuando se te cante. ¡Sí, soy una re-enferma, una pedófila y una puta que se muere por un policía que la coge en la cocina mientras mis nenes juegan!

—¡Dale, Alejandro! ¡Meteme tu leche en el útero, que la Delfi sepa quién es su nuevo Papi Caliente! Decime que vamos a ser cómplices en esto, que el jardín es nuestro, que yo te enseño a cazar y vos me cazás a mí. ¡Juralo, Ale, juralo mientras me la ponés, que vas a ser mi dueño y mi aliado para siempre! ¡Dame más, que me estoy por venir! ¡Ahhhh!

La pendeja estalló en gritos de placer y me sorprendió que los niños no aparecieran por la puerta. Sentí el semen hirviéndome en el glande; mis huevos se endurecieron. La abracé con fuerza, apreté sus pechos y eyaculé dentro de ella.

—¡Ahhh, Dios, Romi… toma, toma para vos y para Delfi! ¡Toma leche… tomala toda, es nuestra alianza! ¡Sos una pendeja hermosa, mmmm, tomaaaaa! —le grité. Mi semen llenó su concha; varios chorros espesos se depositaron dentro de su cuerpo, golpeando la puerta de su útero, donde estaba creciendo la pequeña Delfina. Salí despacio y la di vuelta besándola y abrazándola. Nos miramos todos sudados, yo con la ropa toda desalineada y la pija afuera, ella sin su corpiño, la tanga corrida y la concha lecheada. Y reímos, reímos cómplices.

Nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aliento, el olor a sudor, sexo y leche fresca inundando la pequeña cocina. Romina se deslizó de la mesada, con una pierna temblando un poco, y se bajó la micro tanga. Con la mano, limpió suavemente el semen de su vulva y abdomen, sin ninguna vergüenza, esparciendo mi «alianza» por su panza.

—Vení, Alejandro. Sentate. El mate sigue caliente, y tenemos muchas cosas que contarnos, ¿no te parece? —dijo, con una voz ahora más relajada, casi maternal, mientras recogía del suelo la parte superior de su bikini chorreante. Se puso una remera suelta que encontró por ahí, cubriendo a medias sus tetas todavía goteantes. Yo me subí la bragueta, tratando de disimular la erección persistente.

Nos sentamos en la pequeña mesa de la cocina. Ella me pasó un mate recién cebado. La mirada de Romina era de una satisfacción profunda, de una calma perturbadora.

—Ahora que ya sellamos el pacto… quiero que me cuentes tu historia, Romi. Contame cómo esta seño tan linda se convirtió en la mariposa. ¿Cómo empezó todo con tus pollitos? Quiero detalles, Romi. Contámelo como un cuento, solo para mí —le pedí, tomando un sorbo de mate y sintiendo el nudo de excitación y curiosidad en mi garganta.

Ella sonrió, sus ojos claros se clavaron en los míos, como si estuviera a punto de compartir un secreto sagrado. Se acarició la panza y luego, el tatuaje de la mariposa.

—Es un cuento triste, Ale, pero también muy mágico. Los gemelos nacieron muy prematuros. Yo era una pendeja, tenía dieciocho años y me encontré sola con dos bebés que no querían prenderse a la teta. Mi marido… ya sabes, estaba ausente. Lloraba de frustración, me sentía un fracaso como madre. Los médicos decían que estaban bien, pero yo los sentía tan frágiles, tan dependientes…

Hizo una pausa, como reviviendo el momento.

—Una noche, Benja lloraba sin parar. Yo estaba agotada. Lo abracé, lo pegué a mi pecho y, no sé por qué, le destapé la teta. Solo quería que sintiera mi piel, mi calor. De repente, él dejó de llorar y se prendió. No succionaba fuerte, pero se quedó ahí, aferrado. Y yo sentí… la conexión más fuerte de mi vida. Algo que iba más allá del alimento. Sentí que ese bebé me necesitaba de una forma que nadie más podía. Era amor puro, Alejandro. Incondicional.

—Y Bauti… ¿él también? —pregunté, hipnotizado.

—Sí. Al principio, solo era de noche. Era mi secreto, nuestro ritual para dormir. Después, a medida que crecieron, esa conexión se mantuvo. A los dos años, cuando mi marido se iba por semanas, la teta mágica se convirtió en su consuelo. Si tenían un golpe, un miedo, o si yo me sentía sola… venían y pedían un poquito de leche mágica. No es comida, Ale. Es un remedio, un código. Es el único momento donde son completamente míos, donde yo tengo el poder de calmarlos. Y con el tiempo, se hizo más íntimo. Ellos tocan, yo dejo. Es su forma de decir te amo, mami. Y mi forma de decir soy tuya, mi amor.

Ella me miró, con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa torcida.

—El quiebre fue cuando cumplieron tres. Bauti, mi pollito más sensible, un día me tocó el sapito por encima de la ropa, mientras le daba teta. No fue con malicia, fue con la misma curiosidad pura con la que tocaba mi pecho. Y ahí… ahí entendí el poder. Entendí que la inocencia no juzga. Que mi cuerpo era un templo para ellos, y yo… yo era su diosa. Dejé que lo hiciera. Y sentí un placer tan grande, tan prohibido, que me asusté. Pero la soledad y la necesidad de ese amor me ganaron. Y así se convirtió en nuestro juego. Su palito chiquito es la llave a mi jardín.

Romina deslizó la punta de sus dedos por el colgante de plata.

—Y la mariposa, Alejandro… la mariposa es el símbolo de la metamorfosis. De la belleza y la fragilidad de la inocencia. Pero en nuestro mundo, la mariposa es el código que usan los que buscan a los menores. Es un símbolo que se popularizó en ciertos foros, y que yo adapté para reconocer a mis aliados. Yo me convertí en mariposa porque soy una cazadora que se esconde a plena vista. En el jardín, busco a las princesitas como Sophia, que ya vienen marcadas o que son susceptibles al código. No para hacerles daño, Ale. Para protegerlas, para darles ese amor que nadie les da, y para que sus códigos me alimenten. Soy una pedófila, Alejandro. Y no me arrepiento. Porque yo doy amor y lo recibo sin límites.

Me tomó la mano y la besó.

—Vos, Ale, entendiste la mariposa al instante. Por eso sos mi aliado.

—Quizás tengas razón en que soy tu aliado, y que soy un pedófilo, pero no reconocí tu mariposa por eso, Romi… yo soy…

—¿Qué decís, Alejandro? —preguntó Romina, su voz volviéndose repentinamente cautelosa. Retiró su mano de la mía, su sonrisa se congeló—. ¿Cómo que no por eso? ¿Entonces por qué? ¿Estuviste investigando? ¿Acaso esto no es un código? No me digas que me equivoqué con vos, Ale. No me digas que me garchaste para denunciarme.

Me miró con miedo, pero había una chispa de desafío en sus ojos. Ella sabía que si yo era un policía, estaba a su merced.

—Relajate, Romi. Tomá mate —dije, ofreciéndole el termo—. No te garché para denunciarte. Te garché porque me calentaste, porque sos la única que me entiende, y porque me diste el permiso para que mi perversión salga a la luz. Y tenés razón, soy tu aliado.

Me incliné sobre la mesa, acortando la distancia de nuevo.

—Pero te voy a ser sincero, Romi. Yo conozco la mariposa no por esos foros, sino por mi trabajo. Yo soy policía, pero no soy un uniformado de calle. Mi especialidad… es el cibercrimen. Hace un tiempo, estaba investigando una red de pedofilia que operaba en la Dark Web, y el código de la mariposa es uno de los símbolos que usan para identificar a las víctimas o a los amantes. Es un símbolo de inocencia que usan para señalar a los niños abusados, pero también lo usan para cazar o para reconocerse entre ellos.

Su rostro pasó del miedo a un asombro genuino, luego a una excitación maliciosa.

—¿Sos… sos un topo? —susurró, con la boca abierta.

—Algo así. Yo entro en sus chats, en sus foros. Me hago pasar por uno de ellos. Pero la verdad, Romi… la verdad es que mientras más investigaba, menos actuaba. La inocencia se volvió… un fetiche. La necesidad de sentir lo que ellos sentían me carcomía. Y un día, me encontré a mí mismo actuando el código con Sophia. Tuve que elegir entre ser el policía que castiga o ser el padre que ama. Elegí el amor, mi amor por ella.

Romina soltó una carcajada, una risa profunda y liberadora. Se lanzó sobre mí y me dio un beso lleno de lujuria y amor.

—¡Alejandro! ¡Sos perfecto! ¡Sos un monstruo con placa! ¡Sos el cazador que caza a otros cazadores! No me equivoqué, sos mi espejo. Y ahora lo entiendo: la mariposa te llamó a mí. Te juro que yo vi tu código en Sophia, y supe que eras mi dueño… mi salvador. Yo te puedo enseñar todo lo que aprendí en el jardín, los trucos para que los pollitos y las princesitas se te acerquen sin miedo. Y vos… vos me vas a enseñar cómo ser invencibles. Un policía pedófilo y una maestra pedófila embarazada… somos el secreto más grande del puto mundo.

Me abrazó fuerte, su vientre palpitando contra el mío.

—Alejandro, ¿sabés qué es lo mejor de todo? Que vos tenés acceso a los registros. Vos podés protegernos de verdad. Si alguien me denuncia, vos podés borrar las pruebas. Si un padre se da cuenta de algo, vos lo silenciás.

—Romi, no tengo drama en hacer la gamba, pero no es tan sencillo. Por más que sea como decís, debemos ser cautelosos. Hay muchas investigaciones que son secretas incluso para mí, pero bueno, juntos podemos darnos una mano… Sin embargo, sí tenés que ser cuidadosa —le advertí con un tono serio, aunque acariciándole la mano.

—Sí, te entiendo. Vos también, eh… ¡Dale, boludo! ¿Cómo se te ocurre mandar a Sophia al colegio sin bombacha? Si la celadora la hubiera descubierto, habría sido un quilombo. Sophie es muy inocente, tenés que saber cómo enseñarle a guardar un secreto. …Pero bueno, ya fue, yo te voy a dar una mano con eso. Los mellizos no dicen ni mu fuera de casa, y cuando está mi marido se portan de diez. Hay que enseñarles a entender cuándo se puede joder y cuándo no, ¿me entendés? —Me miró, reprochándome mi estúpida idea.

—Tenés razón, seño… pero por suerte Sophia tiene a la seño más bomba del mundo que nos va a ayudar, ¿viste?

—Totalmente. Y mirá, ahora que estamos tan compinches, ¿por qué no vamos a ver qué están haciendo nuestros pollitos? Llevamos el mate y los espiamos un rato. Así ves lo bien que enseño yo el código de juego —dijo Romina, agarrando el termo y el mate y haciéndome un guiño.

Salimos de la cocina y caminamos por un pasillo corto que daba a un pequeño living. La casa era modesta y se notaba el trajín de los niños. El olor a sahumerio y humedad se mezclaba ahora con el tenue aroma a jugo amarillo que flotaba en el aire.

La puerta de la habitación de los gemelos estaba apenas entornada. Romina se acercó con sigilo, me hizo un gesto para que me pegara a la pared y se asomó primero, pegando el ojo a la rendija.

—Mirá, Ale —susurró, con una excitación contenida—. Justo a tiempo.

Me acerqué y pegué el ojo junto al suyo. La escena en el interior me golpeó con una mezcla de ternura y escalofrío.

La habitación era un caos de juguetes. En el centro, sobre una alfombra desordenada, estaban los tres: Bauti, Benja y mi Sophia. Los gemelos estaban en ropa interior, con sus camisetas de fútbol tiradas a un lado. Sophia, con su vestidito corto verde, estaba sentada con las piernas cruzadas.

Estaban jugando al «Doctor y la Princesa Enferma».

Bauti tenía un estetoscopio de juguete alrededor del cuello y una pequeña linterna. Se inclinaba sobre Sophia, que estaba tumbada en el suelo y tenía la falda de su vestido levantada hasta la cintura. No llevaba bombachita, claro.

—A ver, Princesa Sophia —dijo Bauti con voz seria, tocándole suavemente la entrepierna con el estetoscopio—. Parece que tu sapito está muy calentito y necesita pomadita mágica para curarse.

Benja, el otro mellizo, estaba sentado al lado de Sophia, con una botellita de plástico vacía.

—Yo soy la enfermera —dijo Benja, mientras usaba el pico de la botella para simular que le ponía algo en el duraznito a mi hija—. Papi dijo que esta pomadita hace que vuele.

Sophia sonreía radiante, disfrutando del juego.

—Sí, doctor. Pero el sapito de la Princesa no vuela si no tiene un besito de su príncipe —contestó mi hija con esa inocencia perversa que me volvía loco.

Bauti se acercó y, sin dudarlo, apoyó su boca sobre la entrepierna de Sophia, dando un beso casto pero directo en la conchita de mi hija, mientras Benja reía y simulaba seguir aplicando la «pomadita».

Romina y yo nos miramos. Sus ojos brillaban, y su respiración se aceleró contra mi oído. No había miedo en su rostro, solo una inmensa satisfacción.

—¿Ves, Ale? —susurró, su voz cargada de orgullo—. Yo les enseñé que el amor y la curiosidad no tienen límites. Les di las herramientas. Ella ya es parte de su código.

Me agarró el brazo, clavando sus uñas en mi piel.

—¡Son unos artistas! ¡Miralos, Ale! Es puro juego, pura inocencia. Es el código funcionando a la perfección.

—Son increíbles —respondí yo, mi corazón latiendo a mil, no por rabia, sino por la excitación de ver mi perversión siendo continuada por otros niños. Romina no solo había entrado en mi juego, sino que lo había expandido con los suyos.

Romina se pegó más a mí, su aliento caliente en mi cuello. Abrí un poco más la puerta para verlos mejor; era una hermosa escena de juego inocente y lujurioso. En un momento dado, sin entender por qué razón, o no la escuché porque estaba muy concentrado en el aromita que venía de la piel de Romina, Sophia se sacó el vestidito, quedando desnudita frente a sus amigos.

Mientras mirábamos el juego de los niños, apoyé la pija en el monumento al orto que tenía Romi, acariciaba morbosamente su panza desde atrás, mientras la manoseaba. Empecé a darle besos en el cuello; ella, ni lerda ni perezosa, empezó a mover su culo, refregándose. Era re calentona la pendeja, y la escena dentro de la habitación entre los niños daba un clímax de morbo enorme; éramos dos padres espiando un juego prohibido de niños. Sí, claramente deberíamos haber intervenido y cortado el juego, pero no, no éramos papás normales: ella era una maestra jardinera pedófila, y yo un enfermo que abusaba de su hija y estaba al borde de cruzar todas las líneas.

—Me re calienta espiar a las bendis y a vos poniéndome el culo así en la pija. Tus dos pollitos se están zarpando, se están aprovechando de mi bebita… —le hablé despacio al oído mientras volvía a desabrocharle el corpiño y lo revoleaba lejos, dejándola en tetas.

—Sí, esos dos guachos son re zarpados, pero tu hija no se rescata, Ale; mira, ya les está mostrando ese culo que tiene. Felicitaciones a la genética de la mamá, algo bueno le heredó la boluda de tu mujer. ¡Tiene un culito increíble la Sophia! —

—Sí, el culito de mi hija es hermoso, no veo la hora de hacerle lo que le quiero hacer al tuyo ahora…

—Mmm, es chiquita, boludo, tenés que hacerlo tranqui… Pero no te preocupes, la seño te va a ayudar a que puedas jugar con tu bendi sin lastimarla, tengo muchos secretos para mostrarte —dijo mientras se desataba los hilos de la parte de abajo de la malla, y esta caía al piso—. Pero ahora te vas a tener que sacar las ganas con mi cola.

—¡Uf, Seño… qué pedazo de ojete tenés…! —Me agaché y clavé la nariz en su agujero, aspirando su concha y su culo. El olor a hembra preñada era increíble, y el calor ayudaba a resaltarlos. Empecé a darle lengua en el orto mientras acariciaba su conchita. La pendeja se mordía el labio para no gritar, pero se retorcía ahí, en el pasillo, al lado de la puerta donde nuestros hijos jugaban. Nosotros, los adultos, jugábamos a cosas de adultos, y los niños, con su inocencia, también estaban jugando a cosas de adultos.

Romina se agarró de la pared, sus uñas marcando la pintura. Sus gemidos eran bajos, animales, un contraste exquisito con las risitas infantiles que se filtraban por la rendija.

—¡Ay, Ale… sííí! ¡Así me gusta! ¡Chupame el orto y mirá a nuestros pibes jugar! ¡Delfina se pone re caliente con tu lengua en mi culo, siente todo desde adentro! —jadeó, empujando su culo cada vez más contra mi cara.

Me levanté un poco, manteniendo mi boca cerca de su muslo. Usé mi pija dura para frotar suavemente el borde de su ano, sin meterla del todo, solo presionando y deslizando la punta contra su agujero caliente y húmedo. Me volví a agachar, y Romina bajó un poco las rodillas. Seguí lamiéndola con fervor, combinando el clítoris con el ano, disfrutando de su olor y de la escena a través de la rendija.

—¡Más, Ale… no pares… mirá, mirá lo que hace el Benja! —jadeó Romina, su voz casi un ronroneo perverso.

Miré hacia la habitación. El juego había subido de tono. Benja, la «Enfermera», ahora usaba su boca para «dar un besito» a la conchita de Sophia, imitando el gesto que había hecho Bauti. Sophia se reía, con su inocencia desarmante, completamente quemada en el juego. Bauti, el «Doctor», se había girado y ahora observaba fijamente el reflejo de la escena en el espejo que colgaba de la pared.

—¡Ves cómo se tocan nuestros pibes, Romi! ¡Les encanta ese jueguito del Doctor y la Princesa y Sophia está disfrutando! —gruñí, clavando mi lengua con más fuerza en su orto, sabiendo que la imagen y la sensación la estaban llevando al límite.

—¡Sí, Ale! ¡Mirá, mirá, es lo que aprendieron… es la intimidad! ¡Tienen que aprender a descubrirse! ¡Que tu lengua me haga gritar y que Delfina lo sienta todo! —gritó, su voz apenas un susurro roto, mientras se inclinaba, dándome más ángulo.

Sentí la necesidad de hacerla explotar en el pasillo, sin dejar de acariciar su panza de embarazada con una mano. Romina se arqueó, sus manos aferrándose al marco de la puerta.

—¡Ay, me vengo, Ale! ¡Sí, ahí! ¡El Benja le está dando besos a Sophia! ¡Ay, mi macho, síííí! —gritó, su cuerpo temblando en un orgasmo violento mientras yo seguía lamiéndola sin piedad.

Me levanté despacio, la punta de mi pija rozando la entrada de su culo. Romina estaba jadeante, pegada a la pared.

—Te gusta verme cómo Sophia se mete en el juego, ¿verdad, Romi? Te gusta ver que ya está metida en esto —le susurré al oído, mientras jugaba con la punta de mi verga en su raja.

—¡Sí, Alejandro! ¡Me encanta que el jueguito funcione! ¡Ahora, mi macho tengo ganas de sentir tu pija! ¡Meteme solo la punta, un toque, que me muero! —rogó, empujando su orto hacia mi pija.

Cambiamos de posición. La empujé suavemente contra la pared y la tomé por detrás, deslizando solo la cabeza de mi erección en su culo. No la metí por completo, solo presionaba y retiraba la punta, jugando con la resistencia y el placer que provocaba ese roce íntimo. La sensación era de un calor sofocante, un apretón brutal que solo permitía la punta.

—¡Acá, Romi, en el pasillo! ¡Aca la cana te va a educar por cochina! —embestí con movimientos cortos y superficiales, aumentando el ritmo gradualmente, sin penetrarla, solo rozando.

La escena en la habitación de los niños seguía desarrollándose: Sophia estaba ahora de rodillas, con Benja frente a ella. Bauti, el «Doctor», se había acercado y ahora los tres estaban en una pila confusa de extremidades desnudas. El juego era claramente una representación de la intimidad que habían presenciado o imaginado.

—¡Mirá cómo te tocan mis pibes, Romi! ¡Están descubriendo a Sophia! —gruñí, clavándola con la punta de mi pija en el pasillo, el placer y el morbo por la escena infantil intensificando la calentura.

—¡Sí, Ale! ¡Mirá, mirá! ¡El Bauti está dirigiendo a Sophia con su juego… Papi Caliente, entrá y salí, no te vengas todavía, quiero ver más de lo que hacen! —gritó, su voz casi inaudible por la rendija, mientras se inclinaba, pidiéndome que continuara el juego.

Seguí entrando y saliendo con la punta, sintiendo el espasmo de su orto. La tensión era insoportable. Ella quería más, yo quería ver más. La perversión era total.

—¡Decime que sos mía, Romi! ¡Que no podés vivir sin mi poronga! —le exigí, mientras la clavaba de nuevo superficialmente.

—¡Sí, Alejandro! ¡Soy tuya! ¡Solo vos me hacés sentir así! ¡Dame pija! —gimió. Sabiendo cómo hacer sentir a un macho único. Sabía que me mentía, probablemente ninguno de sus hijos sea hijo del marido, pero la pendeja me re calentaba.

.—¡Qué bien te aprieta el trasero, chiquita! Me encanta cómo eres. A ver cómo gimes, zorra. ¡Vamos, señorita putita, grita para que todos sepan que te estoy dando por el culo! —le dije, penetrándola con fuerza mientras le acariciaba el vientre.

—¡Ayyy, qué bien me apretás el culo, mi amor! ¡Me encanta cómo sos! A ver cómo gemís, zorra. ¡Vamos, señorita putita, gritá para que todos sepan que te estoy dando por el culo! —le dije, penetrándola con fuerza mientras le acariciaba el vientre.

Sentí cómo Romina se arqueaba contra la pared, sus uñas raspando la pintura. Sus gemidos se volvieron más agudos, una súplica gutural que intentaba contener pero que el placer le arrancaba de la garganta.

—¡Sí, Alejandro! ¡Así, fuerte! ¡Soy tuya, tu putita embarazada! ¡El culo de tu seño es tuyo! ¡Dale más, que los pollitos están jugando y no nos van a escuchar! ¡Ahhhh! ¡Me voy a venir! ¡Meteme tu leche en el orto! ¡Ahora!

Romina se retorcía, alcanzando un segundo clímax brutal, justo cuando yo sentí el mío acercarse con una fuerza demoledora. Mis embestidas se volvieron desesperadas, al borde de la explosión.

—¡Tomá, Romi! ¡Tomá para vos y para Delfi! ¡Toma leche del macho! ¡Tomá! —grité, y en el instante exacto en que mi semen hirviente comenzó a fluir en su culo apretado, escuchamos un chirrido a nuestras espaldas.

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Romina y yo nos quedamos paralizados. Yo, con mi pija enterrada hasta el tope en su orto, la mano apretándole el vientre. Ella, desnuda de cintura para arriba y de la mitad de las piernas hacia abajo, jadeante, con las rodillas flojas contra la pared.

Benja, el mellizo más tímido, estaba parado en la rendija, con su palito de niño colgando, mirando la escena con sus ojos claros y redondos, llenos de la misma curiosidad inocente que antes había usado en Sophia. Detrás de él, asomaron Bauti y mi Sophia. Los tres estaban desnudos.

El pasillo se llenó de un silencio espeso, solo roto por mi respiración agitada y los jadeos de Romina.

Benja no lloró ni se asustó. Simplemente señaló mi pija entrando y saliendo del culo de su mamá, y luego el pecho de Romina, que seguía goteando leche.

—¡Mamá! ¿Qué están haciendo? —preguntó Benja, con voz de asombro.

Bauti, el «Doctor», se adelantó, menos sorprendido. Sus ojos fueron directos a la escena sexual, luego a mi cara.

—¡Ah! ¿Ustedes también están jugando a la pomadita? —dijo Bauti, inocentemente.

Sophia, que estaba detrás, se acercó, radiante al vernos.

—¡Papi! ¡Seño Romi! ¡Miren, nosotros también estamos jugando a que yo soy la Princesa y ellos me dan besitos! ¡Y la seño está recibiendo lechita del macho! —gritó mi bendi, usando la terminología que nos había escuchado usar.

Romina, en lugar de taparse o avergonzarse, se quedó como estaba. Me miró, con una sonrisa triunfal en el rostro, una mezcla de lujuria y descaro. Me empujó un poco más el culo para que la penetrara más profundo.

—¡Sí, mis pollitos! ¡Ale le está dando lechita a su seño! ¡Estamos jugando a compartir secretos de amor, como los que comparto con ustedes hijitos! —jadeó Romina, su voz cargada de excitación.

Yo, con la pija todavía en su culo, miré a los tres niños desnudos, observando. La perversión alcanzó su punto máximo. Esto no era solo sexo, era una clase práctica de códigos.

—Sí, Sophia, mi amor. Tu papi le está dando lechita a la seño para que su culito se ponga fuerte. Es nuestro juego secreto de adultos —dije, y le di una última estocada a Romina.

Benja dio un paso adelante, la curiosidad superando la timidez.

—¡Yo también quiero lechita! ¡Y el palo del señor es más grande que el mío! —dijo, señalando mi erección que aún no había retirado.

—¡Y a mí me gustaría darle un besito mágico en la teta a mamá,! —dijo Bauti, señalando mis labios que habían estado en el cuello de Romina.

Romina se rió, una risa de liberación absoluta.

—¡Claro que sí, mis amores! —exclamó Romina, separándose de mí, aunque yo mantuve mi mano firmemente en su vientre—. ¡Miren qué bien! ¡Papi Alejandro y yo estamos jugando a los códigos secretos de los adultos, y ustedes a los de los niños! Y como ya somos todos cómplices… ¿por qué no jugamos todos juntos a la Familia Feliz en la habitación?

Miró a los gemelos y a Sophia, que estaban fascinados.

 

—¿Qué pasa, bebita? ¿No querés jugar? ¿Estás incómoda? —

—No, Papi, es que es raro. Siempre me dicen que no podemos estar así con nadie ni dejarnos tocar, pero ahora estamos todos desnudos.

—Tenés razón, Sophi, está mal que te toquen, más si vos no querés. Y si no querés jugar, decinos. Pero tu papá me contó que tenían este secreto de jugar a darse pomadita, y eso es mucho amor si se hace bien y si nadie más se entera. Y tu papi comparte un secreto con vos, de mucho amor, que es igual al que yo comparto con Benja y Bauti. ¿Entendés? —

—No, o sea, Papi, vos dijiste que no podía contarle a nadie, que era solo nosotros dos.

—Sí, amor, lo sé, pero la seño se dio cuenta de que te había dado pomadita y tuve que contarle. Pero desde ahora ella nos va a ayudar para que nadie más nos descubra. Además, vas a poder jugar con los gemelos, ¿no te gustó jugar con ellos? —

—Sí, mucho. Ellos me mostraron todos los juegos que hacen con la seño cuando les pregunté por la «peche mágica», y yo… — Volvió a gimotear — Perdón, pa, no sé si estuve mal, pero les conté también de la pomadita, y ahí me dijeron de jugar al doctor y la princesa. —

—No, amor… no llores, es re lindo el juego que hicieron. ¿Verdad, Romi? — Le dije, mirando a la seño Romi que estaba abrazada a sus dos hijos mientras seguía la conversación. Los mellis acariciaban a su mamá de una forma que solo un adulto pajero lo hace: acariciaban su panzota de embarazada, tocaban sus pezones, disfrutando ver salir gotitas de leche que ensuciaban la hermosa piel de la seño.

—Claro que es lindo, mi vida —intervino Romina, atrayendo a Sophia hacia el abrazo grupal, sin dejar de acariciarle la cabeza—. No hiciste nada malo, princesa. Y tu Papi también hizo bien en contarme, porque ahora somos un equipo secreto.

Me miró, pidiéndome apoyo.

—¿Ves, Ale? La inocencia no juzga. No hay que tener miedo de lo que sentimos, sino de la gente que no entiende el secreto.

Luego se dirigió a Sophia con su voz más dulce, casi hipnótica:

—Sophia, mi amor. Papi y yo vamos a compartir este secreto y vamos a guardarlo todos. Y tus amiguitos, Benja y Bauti, también son tus cómplices. Lo que pasa en esta casa, lo que jugamos con la pomadita o la leche mágica, es nuestro secreto de la Familia Feliz. Si lo hacemos con amor y sin contárselo a la gente que no tiene nuestro secreto, nadie nos va a separar. No estás mal. Estás llena de amor que tenés que aprender a compartir con la gente correcta. Y nosotras, las princesas, necesitamos a nuestros machos para que nos den esa lechita que nos hace fuertes. Y a mí, tu papi ya me dio la suya. Ahora, ¿jugamos juntos a que yo soy la Princesa Grande y tu papi es mi Príncipe Valiente que me cuida? Y vos y los mellis van a ser mis guardianes de secretos. ¿Te gustaría, Princesa Sophia?

Sophia dudó un segundo, mirando la sonrisa de su maestra y la desnudez compartida. Luego, la promesa del juego y el título de «guardiana de secreta» la ganaron.
—¡Sí, Seño Romi! ¡Quiero ser guardiana secreta! ¿Puedo tomar un poco de la leche mágica que rechacé esta mañana? —dijo Sophie, con el rostro lleno de emoción.

—Mami, ¿Sophie también va a tomar leche mágica? —preguntó Bauti, curioso.

—Sí, ahora van a compartir la leche, Sophia. Al igual que la compartirán con su hermanita, Sophia compartirá con ustedes el amor de su papá, si ustedes y Ale también quieren… —No podía creerlo, la Seño quería que les diera semen a sus hijos. La joven no tenía reparos en que sus hijos probaran mi pene.

—¿Sí? ¿Vamos a poder probar la pomadita? ¿Nos va a poner pomadita en la cola, como hace con Sophie, señor? —preguntó Benja, acercándose y apoyando su mano en mi pierna.

—Ehh… si ustedes quieren… ¿Estás segura, Romi? ¿No te preocupa que ellos…? —Romi me miró y se rió.

—¿Que se hagan putos? ¿Que les guste la pija? No, no me preocupa. Todo lo contrario, creo que lo mejor que pueden hacer es disfrutar del sexo sin límites… Nadie entiende eso, Ale. Eso es lo que representa esta mariposa que llevo en el colgante… que no hay límites si hay amor. Y vos y yo les vamos a mostrar todo el amor. —Luego miró a Bauti y Benja—. Escúchenme, pollitos, Ale ahora será un adulto con el que podrán hacer lo que quieran. En este círculo de amor y secretos, podemos contarnos todo los cinco, pero solo los cinco. Ni Sophie puede hablarlo con otra maestra o con mamá, ni tampoco ustedes con papá o los abuelos. ¿Les parece?

Los tres niños asintieron con la cabeza graciosamente, con cierta ansiedad. Benja se acerco al pezon de su mama y empezo a succionar. Era obvio que Romina nunca habia dejado de darles teta a sus hijos.

—Sí, amor, tenías hambre, ¿verdad? Querías lechita mágica… Sophia, vení a tomar vos también —Con sus manos, empezó a acariciar la pijita de Benja, que respondió poniéndose como una piedrita, y el sapito de mi bendi, la cual abrió las piernas, dejándola acceder—. Ahhh sí, qué rico cómo toman lechita mágica, es toda para ustedes.

—¡Pero mami, yo también quiero lechita mágica! —Dijo enojado y lagrimeando Bauti, al ver que Sophia ocupaba el lugar en los actos de amor que solía compartir con su mamá y su hermano.

—Amor, tranqui, vos podés probar lo que tiene Ale. Por ahí Ale necesita ayuda con la pomadita —Me miró sensualmente—. ¿Por qué no te sacás toda esa ropa y le enseñás cómo sacar pomadita?

Sin pensarlo dos veces, empecé a desnudarme. Quedé completamente expuesto ante los niños. Mi pene era de un tamaño considerable, estaba orgulloso de tener una buena verga lechera, y en esa situación estaba a reventar. Ya me había corrido varias veces ese día, pero la situación era de una perversidad extrema. ¿Cómo habíamos pasado de un momento en el que pensaba que la maestra de mi hija me iba a denunciar por abusador a estar en una orgía con tres niños?

—Vení, Bauti, ¿querés tocarla? ¿Te cuento un secreto? La pomadita también está hecha con leche mágica, pero leche de papá… ¿Te molesta si me dicen «papá Romi»? – Dije, mirándola con morbo y calentura mientras ella había empezado a oler a mi hija y a darle besos en su hermosa boca.

—No, para nada. Si mis pollitos quieren, cuando hagamos nuestros juegos secretos pueden decirte como quieran. Benja, ¿le das unos besitos ricos a mami ahí abajo, porfi, en mi chuchita? — Benja entendió el mensaje enseguida y se agachó entre las piernas de su mamá, sacando la lengua. Era increíble cómo un nene de esa edad había aprendido a chupar una concha con tanta precisión. Claramente, las habilidades de maestra de jardín de infantes de Romi le habían dado recursos para enseñar estas cosas. — Mmm, Sophia, qué rico el perfumito que tenés, papi te bañó con su pipí, ¿no?

—Sí, papi dijo que así iba a oler más rico, y vos, seño, lo ibas a disfrutar, que iba a estar más linda.

—Papi tenía razón, olés muy rico y sos muy bonita cuando estás bañada así. Y tu duraznito es hermoso, ¿sabés? Está re paradito y redondito, por eso Bauti y Benja querían llenarlo de besitos — Le acarició lascivamente el culo a mi nena, mientras Benja le chupaba la concha hinchada de embarazada.

Bauti estaba entretenido sintiendo mi pija en sus manos, acariciaba la punta y recorría las gotas de precum que salían, y las olía. Acariciaba mis huevos. El movimiento de su mano era una forma juguetona de masturbarme, que hacía que me diera electricidad cada vez que la movía. Sus ojos azules puestos en cada detalle de mi pija, y sus manitos curiosas me estaban volviendo loco.

—¿Querés probar, amiguito? Podés chupar como si fuera un helado o un chupetín Pico Dulce. – El olor de mi pija no era a caramelo, olía al sexo anal que había tenido con Luisa por la mañana, y a la cogida de culo que acababa de darle a Romi en el pasillo. Eso no impedía que Bauti tocara y acariciara mi pene, oliera, y de a poco empezara a pasar la lengua cada vez con más seguridad. — Mmm, sí, bebé, lo hacés muy bien, ¿sabés?
—¿De verdad hay lechita acá en su pito? —me dijo mientras saboreaba—. Tiene un sabor raro, como cuando mamá me hace comer verduras, pero es rico…

—Yo también quiero leche del pito del señor —dijo Benja, sacando la boca de la concha de Romi y acercándose.

—¡No, mami! ¡Estoy yo! —se quejó Bauti.

—No, no… pueden compartir los dos, la lechita de Ale, y díganle Papi que le gusta… Sophia, ¿me dejás darle besos a tu duraznito? —dijo, pasando del tono severo a su hijo, a un pedido muy tierno a mi hija.

Mientras Benja tambien se acerco a pasar la lengua en mi pija, Bauti suspiro pero siguió con su tarea compartiendo con su gemelo. Sophia se acosto en la cama parando su colita, Romi la miraba con ternura y morbo mientras acariciaba su panzota a la altura de la flor de loto.

—Sí, Seño Romi. Dale, dame besitos —contestó mi hija, girando la cabeza para mirar a su maestra con los ojos llenos de confianza.

Romina sonrió con esa mezcla de dulzura maternal y picardía depravada. Se arrodilló entre las piernas de mi hija, su enorme panza rozando el muslo de Sophia, que estaba recostada y con el duraznito expuesto. Los mellizos, Bauti y Benja, que ya estaban chupándome la pija con total soltura, se detuvieron un instante para observar la nueva dinámica.

—Ay, qué hermoso tu duraznito, princesa. Mirá qué sano está. La cremita de Papi te hace muy bien, ¿viste? —susurró Romina, y sin más preámbulos, empezó a lamer la conchita de mi hija. Su lengua, que minutos antes había estado en mi culo, ahora exploraba el sapito virgen de mi bendi con una ternura y una precisión perversas.

Sophia soltó una risita ahogada y se retorció un poco, más por cosquilleo que por dolor.

—¡Me hace cosquillas, Seño! —chilló, riendo.

—Aguantá, mi amor. Es que a la seño también le gusta el sabor de tu conchita —dije yo, volviendo a concentrarme en la mamada doble de los gemelos, que reanudaron su tarea con renovado fervor, probablemente excitados por ver a su mamá en acción.

Mientras Romina le daba lengua a Sophia, miré a la seño con morbo y le hablé, sintiéndome el macho dominante.

—¡Dale, Romi! ¡Chupale bien ese sapito a mi bendi, decile que su conchita es la más rica de todas! —le grité, mientras Bauti me lamía el glande y Benja me chupaba el tronco de la pija.

Romina levantó la cabeza un segundo, con la conchita de mi hija brillante por su saliva. Sus ojos, llenos de lujuria, me lanzaron una mirada de desafío y complicidad.

—¡Tranquilo, Alejandro! ¡La princesa está en buenas manos! La seño le va a dar un besito mágico para que aprenda a disfrutar sin miedo —dijo, y volvió a su tarea, metiendo más lengua y absorbiendo el clítoris de Sophia con un gesto profesional.

Sophia, que al principio se reía, ahora solo jadeaba. La excitación se reflejaba en su carita roja y sus ojitos cerrados.

—¡Ay, Romi, qué bien que la quemás! ¡Sos una pervertida bárbara! —dije, sintiendo cómo mi pija se bombeaba con una urgencia brutal en la boca de los gemelos, pero conteniéndome. —¿ Les gusta? ¿huele rico mi pito? tiene el gusto de la colita de mama, yo le meti mi pito en la cola a mami, para darle pomadita por atras…un dia si quieren les voy a dar pomadita dentro de la cola a ustedes. mmm…si chupen disfruten el sabor que me dejo mami en el pito.

Los dos agarraron un hermoso rito de chupar y pasar la lengua, por momentos se tocaban con sus lenguas y, lejos de molestarles, en su inocencia se buscaban y se miraban. El recelo inicial por tener que compartir se estaba yendo para convertirse en un juego de complicidad fraternal. Eran muy bien entrenados por su mamá.

Romi seguía atendiendo el culito y la conchita de Sophi, empezó a meter suavemente el dedo pequeño en su culito, despacito, sin lastimarla mientras le estimulaba el clítoris. Sophi estaba como ida, decía algunas incoherencias y pedía más, estaba babeando de placer. Romina tenía una maestría en estimular niños, sabía cómo tocarlos, y ahí estaba, teniendo regalada a una nena de 4 años. Yo no me atrevía nunca a penetrar ninguno de sus agujeros por miedo a lastimarla, ella la hacía retorcerse de placer.

—Esta nena está pidiendo que le metas cositas en su duraznito y su sapito, Ale. Así que voy a enseñarte cómo hago con mis pollitos, para que sepas cómo prepararla, sos su papá, tenés que enseñarle y tenerla lista —me dijo con un tono severo pero juguetón.

—Ahhh, Romi, tus pollitos, Dios, cómo chupan la chota estos dos, no es la primera vez, ¿verdad? No me mientas, estos nenes ya probaron el pito —

—Jaja, sí, es la primera vez, pero mami les fue enseñando cuando los chupa a ellos, o cuando vemos pelis juntos, además de unos juguetitos especiales que tenemos guardados.

 

—Mami, ¿de verdad tiene sabor a tu culo? Está muy rico —dijo Bauti.

—Síii, más rico que cuando nos haces chuparlo. Además, huele raro, pero me gusta —dijo Benja, aspirando el olor con fuerza.

—Mmm, ¡qué nenes tan chanchitos! Me encanta. Ahora vamos a jugar otro jueguito por turnos —les dije, acariciando la cabeza a Bauti. Suavemente lo agarré del pelo, haciendo que soltara mi chota. Lo alcé a upa y le indiqué a Benja que siguiera haciendo lo que hacía. Eran muy livianos y yo tenía fuerza para manipularlos. Lo apoyé en el aire, de espaldas contra la pared, y empecé a darle lengua en su colita y su pequeño pitito. Enseguida empezó a retorcerse de placer y a gemir, diciendo que se sentía muy rico, mientras su hermano esperaba por darme placer, esperando su turno de sentir lo mismo.

 

—¡Papi Ale, qué rico\! ¡El besito en la cola me hace cosquillas en la panza\! —gimió Bauti, intentando agarrar mi rostro mientras yo lamía con fervor su pequeño orificio, combinando la lengua en el ano y el prepucio de su pitito erecto.

—Sí, mi amor. La cola también necesita mimitos secretos, ¿viste? —respondí, dándole un mordisquito suave antes de bajarlo y devolverlo a la altura de mi pene. Benja soltó mi verga para mirar a su hermano, excitado por lo que acababa de experimentar.

—¡Ahora yo, Papi Ale\! ¡Yo quiero mimitos secretos en la cola\! —chilló Benja, empujando a su hermano para colocarse él en posición.

Romina, que había levantado la cabeza de la conchita de Sophia, me miró con una sonrisa de absoluta perversión y aprobación. Tenía la cara húmeda y sus ojos brillaban al ver a sus hijos pidiendo ese placer que ella les había enseñado. Sophia, ajena a todo, solo emitía pequeños jadeos de satisfacción.

—¡Ay, Ale! ¡Mis pollitos ya aprendieron a pedir lo que les gusta\! ¡Ponete a trabajar, macho! ¡Que tus mimitos secretos en la cola van a ser un código especial para ellos\! —me ordenó Romina, volviendo a concentrarse en la conchita de mi hija, metiendo de nuevo su dedo pequeño en el ano de Sophia, con una maestría que me desarmó.

Me agaché de nuevo, agarré a Benja y lo alcé como a su hermano, ignorando sus pequeñas protestas por el cambio de posición. Lo pegué contra la pared, y empecé a darle lengua en la colita, sintiendo el mismo apretón caliente y el aroma a niño. Benja gemía y se retorcía con la misma intensidad que Bauti.

—¡Sííí, Papi Ale\! ¡Dáme más, dame más mimitos secretos\! —gritaba, mientras Bauti, celoso, se acercó a mi pierna y empezó a morderme el muslo, pidiéndome atención.

Mientras lamía la cola de Benja, con una mano masajeaba mis testículos para evitar el clímax, y con la otra agarré la cabecita de Bauti, que seguía mordiendo mi muslo, y la pegué a mi pija dura.

—¡Tranquilo, Bauti, mi amor\! ¡Los mimitos secretos de Papi Ale son para todos\! Ahora, Papi necesita que me ayudes a no mojarme todavía. Chupale la cola a tu hermano, a ver si le gustan los mimitos secretos que le está dando Papi… ¡Dale, vos sos el Doctor\! ¡Revisá la cola de Benja\!

Bauti, ante la nueva tarea, soltó mi muslo y se acercó a su hermano con curiosidad, lamiendo la colita de Benja, justo donde yo había estado. Los dos gemelos se miraron, el placer compartido sellando su complicidad.

Romina soltó una carcajada cargada de lujuria desde el suelo.

—¡Qué buena idea, Ale\! ¡Los mimitos secretos se comparten\! ¡Así se hace equipo\! —dijo, y vi que le había metido dos dedos a Sophia en su conchita, abriéndola suavemente para un examen más profundo.

El espectáculo era total: los tres niños desnudos, jugando a la intimidad; Romina con la boca de mi hija y mis dedos en el culo; y yo, lamiendo un gemelo mientras el otro me mamaba y el segundo gemelo era lickteado por su hermano.

Dejé a Benja. Ahora, los dos gemelos estaban en una pila confusa de placer infantil, lamiéndose y acariciándose mutuamente, excitados por el placer que habían experimentado y la escena adulta que seguían observando. Mi pija palpitaba, dura como una piedra, pero el control era absoluto. Quería que esto durara para siempre.

Me acerqué a Romina y Sophia, las dos en el suelo, la seño dándole código a mi bendi. Me arrodillé a su lado.

—¡Qué hermosa clase de código de amor, Romi\! Mirá lo bien que aprendieron los pollitos a compartir los mimitos secretos y la cola —le susurré, metiendo mi mano libre bajo la cabeza de mi hija, acariciándole el pelo, mientras ella seguía babeando de placer.

Romina sacó la cabeza de la conchita de Sophia.

—Gracias, Ale. Pero el Doctor necesita un descanso. Es tu turno de atender a la Princesa. Yo me voy a encargar de mis pollitos…

Romina se levantó, su enorme panza balanceándose. Se dirigió a los gemelos, que seguían en su juego mutuo, y se arrodilló entre ellos. Los tomó a los dos de la cabecita y empezó a besarlos con total descaro, metiéndoles la lengua en la boca, mezclando el sabor del semen de su ano y el sabor a leche fresca.

—¡Vení, Papi Ale! ¡Terminá la clase con la Princesa! ¡Yo me encargo de que los guardianes de nuestro secreto estén felices! —me dijo Romina, con su boca llena de olor a culo de Sophia, mientras se acostaba en el suelo, atrayendo a los gemelos a su pecho desnudo para que volvieran a mamar. Enseguida, empezó a masturbar a sus hijos tomando sus pequeños penes, mientras yo tomé su lugar detrás de mi princesa, que estaba con la colita paradita, jadeando, esperando más. Verla así me dio ganas de meterle la pija en esos agujeritos chiquitos, romperla toda ahí. Pero me contuve. A pesar de que Romi había abierto un poco ese anito, no había posibilidad de que metiera mi pija dentro de ella sin lastimarla. Olí ese ano tan rico, nada se comparaba con ese culito, eso era innegable, nada podía compararse con mi hija.

—Empecé a estimular su pequeño ano marrón oscuro. Estaba todo babeado por Romi, ella estaba abierta, como esperando recibirme adentro. Era un suplicio controlar la tentación de llenarla de chota. Pero siempre lo primero es que ella disfrute, que se sienta a gusto conmigo. Frente a mi pregunta, solo asintió con la cabeza, moviendo la cola.

—Amor, por ahí duele un poquito al principio, pero Papi va a hacerlo con cuidado. Vos respirá hondo —volvió a asentir, ida por el disfrute de las formas en que la tocaba. Escupí su ano, y empecé despacio pero sin pausa a meter mi dedo medio izquierdo mientras con la otra mano acariciaba su clítoris con un masaje lento pero profundo.

 

—¡Ay, Papi! ¡Duele un poco! ¡Sacá, sacá! —gimió Sophia, con el rostro contra la alfombra, su pequeña colita tensándose. La carita, que antes estaba roja de placer, ahora se fruncía en una mueca de molestia y algunas lágrimas asomaban en sus ojos.

—Shhh, mi amor, despacio —susurré, retirando el dedo suavemente, pero manteniendo el contacto con el borde de su sapito para calmarla—. Tenés que respirar como te enseña la Seño Romi, mi vida. Solo un poquito de dolor al principio, para que tu culito aprenda a ser fuerte, ¿dale? Es el secreto más grande, Princesa.

Mientras la consolaba, Romina, que estaba en el suelo con los mellizos mamando de sus pechos y gimiendo de placer, levantó la cabeza y me hizo un guiño cómplice. Luego se dirigió a sus hijos, con un tono de voz que era puro vicio.

—Mmm, pollitos de mamá, ¿les gusta la lechita mágica? Bauti, vení, mi amor, mamá te va a dar un besito especial en tu pitito… —dijo Romina. Soltó el pecho de Bauti y con un movimiento experto, se inclinó y empezó a lamer y chupar su pequeño pene con un fervor y una concentración que demostraban su maestría en el código.

Benja, que seguía prendido a la teta, miraba la escena con ojos golosos.

—¡Mamá, yo también quiero besito especial! —protestó Benja, soltando el pezón por un segundo.

Romina se rió, su boca llena del sabor de su hijo.

—¡Tranquilo, mi amor! ¡Mamá tiene dos manos y dos caminos para dar besitos! ¡Ahora te toca a vos, pero primero dejame mimar a mi Bauti!

Mientras Romina le daba lengua al pito de Bauti, yo volví a meter la punta de mi dedo en la colita de Sophia, con más suavidad, sintiendo cómo el esfínter cedía apenas con el roce.

—¿Ves, mi vida? Si respirás hondo, ya no duele tanto. Es un secreto que solo tu papi puede darte. Y mirá a la seño Romi, es la maestra de los secretos… ¿Ves cómo le da besitos al pitito de Bauti? Eso es amor también. ¿Querés que sigamos un poquito más, mi amor? Así tu culito aprende a recibir otros mimitos secretos.

Sophia, hipnotizada por la escena de su maestra mamando a su amiguito y sintiendo la caricia lenta en su sapito, asintió, su resistencia vencida por la promesa del placer compartido.

—Sí, Papi. Despacio, porfi… —susurró, y volvió a cerrar los ojos. Sentí mi dedo hundirse en ella, de a poco. Su esfínter apretaba, buscando repeler mi dedo, como si buscara ahorcarlo. Iba ya casi la mitad de la segunda falange cuando se le escapó un pequeño pedo por accidente. No pude evitar reír, ella se puso muy colorada por la situación. —Perdón, Papi, fue sin querer…

—No pasa nada, mi chanchita hermosa, Papi va a jugar con tu colita porque es hermosa, no le da asco. Si se te escapa no pasa nada, amor, solo quiero enseñarte a disfrutar esos mimos especiales, supersecretos. —Podía sentir ese calorcito especial de su ano, esa textura rasposa, incluso restos de su caquita, pero no me importaba. Lamí mi mano derecha y la volví a llevar a su clítoris para estimularla más.

La imagen de Romi era todo lo que el morbo de cualquier mortal imagina: ella chupando el pene del pequeño Bauti, mientras que con una mano palpeaba el anito del niño, el que debía estar acostumbrado porque, lejos de mostrar incomodidad como Sophia, movía su culito hacia atrás esperando recibir más de ese dedo. La otra mano de Romi masturbaba a Benja mientras este seguía chupando los pechos de su mamá, no como los chupa un niño hambriento, sino como los chuparía un macho adulto. Ese contraste de ver a ese pequeño niño rubio ser masturbado por semejante potranca adulta, chupando con lujuria, era una de las imágenes más eróticas de mi vida.

Sophia, de a poco, empezó a mover la cola, gimiendo. Sus ojos, otra vez, estaban en blanco, disfrutando el ser tocada en esos dos puntos a la vez: su duraznito hermoso, ese culo maravilloso que la naturaleza le había dado, y su sapito, la vagina tierna, rellenita y con ese clítoris sobresaliente dispuesto a ser tocado. Su aliento y respiración tenían un ritmo agitado; estaba sudada por el placer. Empujaba más para atrás su cola, y más para atrás, hasta que tuve medio dedo adentro. Se sentía algo de su caquita y ese calorcito anal tan maravilloso. Sin avisar, saqué el dedo, que salió un poco sucio, y me lo chupé con mucha saliva junto con el índice. Sí, el dedo tenía algo de caquita de mi bebé, pero no me importaba; su sabor era magia, ternura, era el sabor del amor de verdad, no de la hipocresía del falso amor paternal, sino el de verdad, el que busca dar y recibir placer del cuerpo de una hijita. Metí los dos dedos, esta vez completos. Pegó un grito, hizo un gesto de dolor, pero su cola siguió moviéndose, buscando, pidiendo más.

—¡Ahh, papito, me arde la colita, mmmmm! —Decía en éxtasis. Su carita infantil era un poema; era increíble tanta lujuria en el rostro de esa morochita argentina, tamaño mini.

—¿Querés que saque los dedos, princesita?

—¡No, papito! ¡Nooo! ¡Seguí! Arde, pero es rico, como cuando hago caquita y se sienten cosquillitas ricas… —Dijo moviendo la colita para atrás y haciendo un breve perreo, promoviendo más sensaciones.

—¿Sí? ¿Le gusta a tu Coca-Cola que papi le haga estos mimitos secretos? —El término hace referencia al baile de mover sus nalguitas, es algo que la prendió más. En esa posición me movía la cola y hacía un gemido, como un ronroneo felino. ¿Cómo era posible que tan chiquita, esa nena fuera tan caliente?

— Esa nena va a ser muy putita, Ale… espero que estés preparado para disfrutarla y enseñarle — me dijo Romina sacando el pene de Bauti de la boca, y acomodando a Benja para que reciba el «besito especial» en su pito. Benja no tomó el lugar de Bauti, sino que decidió ir a la concha de su mami y empezó a chupar su clítoris. Otra vez, la misma situación: era un niño, un hermoso ángel rubio con cara de inocente, comiendo la concha de una mujer adulta como si fuera un experimentado actor porno. Pero lo más llamativo era su disfrute. Cualquier niño sentiría por lo menos inseguridad al llevar su lengua a esa parte del cuerpo de otra persona; él estaba sorbiendo jugos como si bebiera el jugo de una fruta dulce.

— Sí, va a ser muy putita, y vos vas a ser la seño que le enseñe… —le dije a Romi. Por primera vez en mucho tiempo, sentí una atracción hacia alguien más allá de lo sexual, al menos alguien que no fuera Sophia. La seño Romi me estaba ayudando a derrumbar todas mis barreras.

—¡Ah, mmmm, sí, me gusta la idea de que compartamos estos secretos juntos los cinco! —dijo jadeante la seño Romi. Bauti estaba moviendo la lengua en su clítoris con una técnica magnífica. Yo me acerqué a la boca de Sophia y empecé a besarla, metiendo mi lengua en su boca jadeante; ella respondió sacando su lengua y jugando con la mía instintivamente.

—Sos tan hermosa, hija; me encanta cómo tu cola aprieta mis dedos. Papi va a darte cosas nuevas, va a darte mucho amor dentro de poco. Te amo, reina, y amo tu duraznito, amo cómo lo movés haciendo «coca cola». ¿A vos te gusta? ¿Te gusta cómo te toca Papi? ¿Te gustan esos mimos secretos?

— Sí, sí, papito, me gusta, me gusta moverte la Coca Cola, y me encantan los nuevos «mimitos» que me haces. Prometo guardar el secreto, pero quiero muchísimos mimos, papi.

— ¡Qué golosa sos! Romi, quiero que uno de tus pollitos me chupe bien la chota… ¿por qué no se acerca? Y quiero que uno de los dos me coma la pija…

—¡Ya lo oyeron, mis pollitos! —exclamó Romina, levantando la cabeza de entre las piernas de Benja. Su rostro, bañado en sudor y saliva, tenía una expresión de éxtasis absoluto. Benja seguía prendido a su clítoris, moviendo la cabeza con ritmo. Bauti, que había estado chupando su pecho con fervor, se separó para mirar a su mamá, con los ojos grandes por la promesa de un nuevo juego.

—Bauti, mi amor —continuó Romina, con su voz dulce y perversa—, Papi Ale quiere sacar más lechita de su pito. Sos el Doctor, ¿verdad? El Doctor tiene que revisar bien el pito de Papi para que no le duela. ¿Y vos, Benja, mi vida? Papi quiere que le des un besito mágico en su pito como le das a mamá. Así Papi nos da su pomadita para que todos estemos felices.

Bauti, siempre más decidido, se levantó enseguida de la teta de Romina. Se acercó a mí, su pequeña erección apuntando hacia arriba. Yo seguía arrodillado junto a Sophia, mi mano acariciando su duraznito húmedo.

—¡Sí, Papi Ale! ¡Yo le voy a revisar bien el pito! —dijo Bauti, y sin asco, agarró mi chota con ambas manos y volvió a lamer la punta con una familiaridad que helaba la sangre.

—Benja, mi amor, andá vos también. Dale, el pito de Papi es para compartir —lo apuró Romina, mientras yo veía a Benja levantarse de la concha de su madre, un hilito de baba colgando de su boca.

Benja se acercó con más timidez, pero obedeció. Se puso al lado de su hermano y, con una mezcla de curiosidad y descaro, empezó a pasar la lengua por el tronco de mi pija al lado de Bauti. La sensación de dos bocas infantiles, tiernas y húmedas, lamiendo mi verga era un pico de morbo inigualable.

Romina sonrió, victoriosa. Se dirigió a mi hija, que seguía gimiendo bajo mis besos y la estimulación digital en su ano.

—Princesa Sophia, mirá qué bien te portás. ¿Ves cómo tus amiguitos te quieren? Ahora, la Seño y tu Papi tienen un secreto más grande: Papi necesita terminar de dar lechita. ¿Querés ayudar a Papi?

Sophia me miró, sus ojos vidriosos de placer.

—Sí, Papi. ¿Cómo te ayudo? —preguntó, moviendo su colita inquieta.

—Mi amor, Papi necesita que tu boca para que salga la pomadita, como la de tus amiguitos, para que me saques toda la lechita que tengo. ¿Te animás?

A Romina le brillaban los ojos. Ella había llegado al punto al que yo no me había atrevido a pedirle a mi hija. Ella quería que Sophia se involucrara por completo en el juego de los gemelos.

—¡Claro, Papi! Yo le doy un besito a tu pito —dijo Sophia, intentando girar su cuerpo para alcanzarme.

Romina se apresuró. Me sacó los dedos de mi hija, cuando lo hizo Sophie dio un largo suspiro, como si le hubiera quitado algo muy valioso, me agarró la cabeza y me obligó a pararme. Luego, con una fuerza sorprendente, levantó a mi hija en sus brazos, posicionándola justo frente a mi pelvis.

—¡Acá, Princesa! Dale el besito más secreto a Papi —ordenó Romina, con una voz autoritaria y excitada.

Los gemelos se separaron de mi pija, expectantes. Yo miré a mi hija, la inocencia y el morbo en su carita. Ella abrió la boca, y con una ingenuidad que era pura perversión, se metió la chota en la boca. Solo la punta, pero fue suficiente. El contraste de su lengua suave y su aliento sobre mi glande era la confirmación de que no había límites.

—¡Ahhh, Sophia! ¡Sos la princesa más hermosa y putita! ¡Dame más, mi amor! —grité, excitado por la mirada de los gemelos y la sonrisa de Romina, que seguía sosteniendo a mi hija.

Romina empezó a moverse, haciendo que la cabeza de mi pija entrara y saliera suavemente de la boca de mi hija. Los gemelos se acercaron de nuevo a mi pene, intentando lamer el tronco y los huevos mientras mi hija me mamaba.

—¡Dale, Ale! ¡Veníte, mi amor! ¡Compartí tu lechita, compartí tu pomadita secreta! —gritó Romina, su cuerpo sacudido por la excitación al ver a sus hijos y a mi hija en una orgía de la cual ella era la Maestra de Ceremonias.

El control se rompió. Las bocas suaves, el calor de la escena y la permisividad de Romina me hicieron estallar.

—¡Tomá, Sophia! ¡Tomá toda la lechita de Papi! ¡Es para vos y para tus amiguitos! —grité, eyaculando con violencia en la boca de mi hija, que se atragantó con el sabor espeso y salado, a pensar de que habia tenido un monton de sexo en el dia, mi explocion de semen fue considerebla, suficiente para ensuciar a los tres niños.

Romina soltó una carcajada. Los gemelos se abalanzaron sobre el chorro de semen, lamiendo los restos que corrían por el mentón de mi hija y mi propia pija.

Sophia tosió un poco, pero luego, siguiendo la dinámica de sus amiguitos, empezó a lamer la leche que le había caído en la boca.

—Mmm, Papi, tu pomadita es muy rica y caliente. Me encanta —dijo Sophia, con la boca llena.

Romina me abrazó, cubierta de mi semen y de su propia leche.

—¡Ves, Ale! ¡Somos invencibles! ¡Ahora, a limpiar a los pollitos! Y Sophia… porque no nos das ese baño amarillo a todos…—Me dijo morobosamente, se agacho entre los nenes acariciando su hermosa barriga tatuada, empezo a besarlos, primero a Benja y Bauti que conocian el juego con su mama y siguieron sus besos morbosos, y Sophia enseguida se sumo al beso, siguiendo el ejemplo de su maestra.
—- Ohh Romi, sos un sueño…eso queres? eso tenes ganas que los bañe a todos?

—Si papi, bañame de nuevo, como hoy antes de venir—Me dijo Sophia con su perversa inocencia—Me gusta mucho cuando me tiras pomadita o jugo amarillo

—-ohhh amor y yo amo dejarte toda sucia de mi, mi chanchita …ok aca va para ustedes…

Romina se agachó más, su cuerpo desnudo y preñado formando un semicírculo protector y obsceno sobre los niños. Los besos que compartía con Benja, Bauti y Sophia eran largos, húmedos, con la lengua, y el olor a semen, leche materna, sudor y el tenue aroma a orina de mi hija se mezclaba en un ambiente de depravación total. Ella acariciaba su vientre tatuado, donde Delfina flotaba, sintiendo cada embestida de lujuria y cada código compartido. Los gemelos y mi hija, con sus cuerpos infantiles cubiertos de mi semen, estaban pegados a ella, tocándose entre sí y a su maestra, esperando, excitados.

—¡Sí, Ale! ¡Bañalos! ¡Bañá a tus pollitos y a tu princesa! ¡Delfina también quiere jugo amarillo! —jadeó Romina, su voz un susurro ronco cargado de excitación, mientras Benja le mordía suavemente el pezón.

Mi pija, hinchada y palpitante por la eyaculación reciente, respondió al instante al morbo de la escena y al ruego de Romina. Sentí la vejiga llena, el deseo de humillar y poseer a mi aliada y a los niños con mi jugo amarillo era irresistible. Me paré firme, mi cuerpo fuerte y desnudo dominando la pequeña habitación.

—¡Acá va, mis amores! ¡Papi les va a dar un baño de jugo de amor! ¡Tomen todo el chorro de pis caliente de Papi! —grité, y abrí las compuertas de mi vejiga.

El chorro fue una explosión. Un arco denso y caliente que impactó de lleno en la pila de carne desnuda y ansiosa. La orina golpeó primero la panza de Romina, deslizándose por el tatuaje de la flor de loto, empapando sus pechos y la boca de Benja, que seguía prendido a la teta.

Romina gritó, una mezcla de sorpresa y placer.

—¡Ayyy! ¡Sííí, Ale! ¡Qué caliente! ¡Delfina lo siente! ¡Más, dame más, mi macho! —Su risa era histérica, mientras el chorro la golpeaba sin piedad, mezclándose con la leche que goteaba de sus pezones y el semen que ya la cubría.

El resto del chorro se dividió, empapando a los tres niños. Sophia soltó un grito de gozo, su carita, que antes había estado cubierta de semen, se llenó ahora de mi orina tibia. Ella sonrió, su pequeña boca abierta.

—¡Qué rico, Papi! ¡Más jugo amarillo! —chilló, intentando beber las gotas que caían.

Benja y Bauti también gritaron. La orina les cayó en la cara, en sus pequeños pititos y en los cuerpos que se apretaban contra su madre. Benja soltó el pezón para lamer el chorro que corría por el cuello de Romina. Bauti, siempre más juguetón, empezó a lamer la orina que caía sobre la espalda de Sophia.

—¡Es salado! ¡Y está caliente! —dijo Bauti, lamiendo a mi hija.

Vacié mi vejiga por completo, sintiendo la liberación y el poder. El suelo de la pequeña habitación se mojó, y el olor a orina, sexo y leche fresca se intensificó, creando el ambiente perfecto para nuestro pacto.

Cuando terminé, Romina me miró, completamente empapada, con los ojos brillando de una lujuria sin límites. Tenía el pelo mojado y la orina de mi pija se escurría de su panza.

—¡Alejandro! ¡Sos el macho más perverso y maravilloso del mundo! ¡Mirá lo que hiciste! ¡Nos bañaste a todos en tu amor! —exclamó, atrayendo a los niños para que la lamieran.

Sophia se acercó a mi pierna y empezó a lamer la orina que escurría por mi muslo.

—¡Papi, me encanta tu jugo amarillo que me baña! ¡Estoy re feliz! —dijo mi hija, su inocencia ahora completamente subsumida en nuestro juego perverso.

Romina se levantó con un esfuerzo, su cuerpo resbaladizo. Me tomó de la mano, con los ojos fijos en mi pija.

—Ahora, Alejandro. La Clase terminó. Es hora de guardar el secreto. Los niños van a ir a ducharse. Y vos y yo… vamos a sellar de nuevo esta alianza… en mi cama, con Delfina entre nosotros.

Los tres niños fueron a bañarse. Romi me dijo uqe dejara de jugar con fuego, que no era necesario que marcara todo el tiempo a Sophia para que terminen descubriendonos, que el juego era un secreto y tenia que quedarse en casa, o donde nadie nos descubra. Me prohibio llevarla meada otra vez a casa, con riesgo a que mi esposa la descubra. DEspues del baño, los niños se pusierona ver television mientras Romi y yo tomabamos mates. Mariana no volvia a casa hasta la media noche o mas tarde, asi que nos quedamos un rato mas disfrutando de nosotros.Los tres niños fueron a bañarse. Romi me dijo que dejara de jugar con fuego, que no era necesario que marcara todo el tiempo a Sophia para que terminaran descubriéndonos, que el juego era un secreto y tenía que quedarse en casa, o donde nadie nos descubriera. Me prohibió llevarla meada otra vez a casa, con riesgo a que mi esposa la descubriera. Después del baño, los niños se pusieron a ver televisión mientras Romi y yo tomábamos mates. Mariana no volvía a casa hasta la medianoche o más tarde, así que nos quedamos un rato más disfrutando de nosotros.

En un momento los niños se quedaron dormidos. Habíamos comido algo rápido, mientras ellos siguieron jugando a cosas más propias de su edad. Romi se había quedado desnuda, yo solo con mi bóxer, cuando tapé a los niños con una manta liviana, me detuve a mirarla. Era realmente hermosa, su cabello rubio, su cara de «pendeja» traviesa, sus enormes pechos, su culo era de infarto, y esa panza de embarazada le daba una sensualidad increíble, sus tatuajes eran una invitación a recorrer una y otra vez su cuerpo.

—¿Qué voy a hacer con vos… porque ahora no voy a poder dejar de pensar en nosotros?— Dije, trayéndola hacia mí y acariciándola.

— Mmm, el que se enamora pierde, dice el dicho.

— Y cómo no enamorarme, dejá a tu marido, yo dejo a Mariana, y vámonos juntos. Prometo cuidarlos, a vos, a los gemelos, a Delfi… Sophia va a venir con nosotros. Podemos ser felices.

— Ale, me re gusta lo que decís, pero recién hoy es la primera vez que estamos juntos, y es complicado. Con el tiempo vas a entender más, lo prometo— Dijo, tapándome la boca con un beso suave.

— Tenés razón… perdón, es que esto que me pasa con Sophia, este vínculo, y encontrar alguien adulto que lo comparta conmigo, que me entienda… Hace mucho tiempo que no tengo la posibilidad de tener esta complicidad con un adulto— le confesé, mientras acariciaba su rostro. Mis manos bajaron por sus pechos, hasta su panza; dentro, Delfina se movía. Apoyé mi mano y me quedé sintiéndola.

— Ella también va a querer la famosa pomadita y los mimitos secretos, y ese baño de jugo amarillo— rió de forma sensual y coqueta.

— Pendeja, ¿vos te das cuenta que si me sonreís así yo no puedo tomarme las cosas con calma?

— Jajaja, sos un chamuyero. Escuchame, no seas bobo, vamos a seguir haciendo esto, mucho más de lo que vos pensás. Y después vemos… y sí, vos también me gustás. Esto por ahora tiene que ser un juego secreto entre los 5, o 6 si contás a Delfina, pero si los nenes pueden jugarlo, vos también… ¿Dale?— me dijo con esos ojos claros, penetrantes, su cuerpo arriba del mío volvió a generarme una erección. Cuando pensé que mi día sexual había acabado, la «Seño Romi» volvió a pararme la pija, y se sentó sobre ella, introduciéndola hasta el fondo.

— Mmm, Romi, no es chamuyo, me volvés loco… me volviste a parar la pija, pendeja… ¡sos terrible!

Nos comimos a besos una hora más. Yo había acabado un montón en el día, así que duré, aguanté y disfruté viendo cómo la pendeja se movía, disfrutaba de tener una pija adentro, me daba la teta. Ella no paraba de acabar, era una máquina sensible que no dejaba de tener orgasmos. Yo le exprimí toda la leche, dejándoselas bien babeadas, todo despacio, lento, amándonos, diciéndonos chanchadas al oído, hablando de los nenes y las cosas que tenemos que enseñarles. Me dijo que Sophia y los gemelos estaban ya para ser desvirgados por la cola, y que tenía que ser yo el que hiciera eso. Fue un momento de mucha ternura y erotismo.

 

Romina se movía con una maestría endemoniada sobre mi chota, su cuerpo preñado subiendo y bajando, una hora después de mi explosión, todavía estábamos unidos en la misma danza húmeda. La sentía venir una y otra vez, su concha latiendo como un corazón frenético alrededor de mi verga. Los niños dormían en la otra cama, en un silencio cómplice que hacía el morbo más exquisito.

—¡Ay, Ale! ¡No parás, papi! ¡No parás de darme más y más! —jadeó Romina, cabalgando sobre mi chota, sus pechos rebotando, húmedos y chorreantes por la leche materna que yo le acababa de exprimir. Su rostro, bañado en semen y sudor, era una máscara de éxtasis.

Me acomodé, disfrutando del vaivén de su concha apretándome. La luz tenue de la lámpara de noche apenas iluminaba la habitación donde los chicos dormían en una pila adorable y desnuda, ajenos a nuestra misa negra.

—Y no voy a parar, Romi, mi amor. Tengo que castigarte por putita que tenés. ¡Dale yegua, seguí! Sentí cómo te llena esta pija hasta el fondo del útero —gruñí, aferrándola de las caderas para marcar el ritmo, empujando desde abajo.

—¡Sí, mi macho! ¡Quiero tu castigo! ¡Dame más de ese semen que me volvés loca! ¡Ay, Dios, Ale, me voy a venir de nuevo! —Su cuerpo se tensó, y sentí cómo su concha me estrangulaba con una ola de espasmos deliciosos. Soltó un grito ahogado contra mi cuello.

Me reí, victorioso, mientras ella se desplomaba sobre mi pecho, jadeando.

—Sos una máquina, Romi. Una hora y ya venís como veinte veces. Te juro que si sigo metiéndole así te va a explotar la concha —le dije, mientras acariciaba el costado de su vientre, sintiendo a Delfina nadar en ese caldo de semen y goce.

Romina se levantó un poco, sus ojos brillantes fijos en los míos.

—La máquina sos vos, Ale. Una chota que me hace temblar el alma. ¡Dale, chupame las tetas! ¡Quiero darte mi leche amor! —Me ofreció su pezón goteante, como si supiera mi debilidad por ser amamantado por semejante hembra.

Me prendí a su teta, succionando con fuerza, bebiendo su leche materna tibia y dulce. El sabor era el néctar de la complicidad y el morbo. Mientras la mamaba, Romina seguía moviéndose, frotando su clítoris con cada empuje mío.

—Romi, mi amor, mientras te como esta teta lechera… quiero que me digas las chanchadas que vamos a hacer con nuestros hijos. —pregunté, separándome para que me escuchara, mi voz un susurro pervertido.

Romina soltó un gemido largo, agarrándome el pelo.

—Mmm, Alejandro. Mirá a nuestros tesoros —dijo, señalando a la pila de niños durmiendo—. Son tan inocentes y calientes al mismo tiempo. Tenés que eyacular en ellos.

—Sí, mi vida. Pero el semen tiene que entrar en el agujero de atrás. En el culo —enfaticé, embistiéndola con una estocada profunda para subrayar mi punto.

Romina suspiró, la excitación mezclada con la ternura en su rostro.

—¡Ay, Ale! ¡Vos siempre con el culo! Me encanta que seas tan macho y tan cochino. Mirá, la Sophia y mis hijos ya están listos, Ale. Re-listos para que les des tu semen por el orto. Te juro que hoy, mientras jugábamos… vi cómo se miraban. Están quemados de curiosidad.

—¿Decís que no va a dolerle a mi princesita? No quiero que se asuste, Romi.

—No, mi amor. Con tu verga no. Yo le estuve abriendo el ano con los dedos, ¿viste? Está blandita, Ale. Y a mis hijos les encanta que les dé estimulación anal. Pero tiene que ser tu chota, mi amor. Tu chota grande.

Romina se bajó de mí y se puso de rodillas, dándome la espalda. Se arrastró sobre mi cuerpo, haciendo un perreo lento, excitante, hasta que mi pija dura rozó su culo apretado.

—Tenés que ser vos, Alejandro. El Papi que abre esos culos, mi amor. ¡Mirá, te juro que los gemelos ya están listos, Ale! Hoy, cuando jugamos… les metí el dedo a los dos, profundo. Y a Sophia también, ¡la abrí un poco con la lengua y el meñique!

—¡Hija de puta! ¿Y qué sentiste, Romi? Contame cómo te apretó ese ano de Sophia —le exigí, dándole un empujón fuerte.

—¡Ay, Alejandro! ¡Qué calor tiene esa cola! La de Sophia es la más chiquita, la más virgen. Pero estaba blandita, ¡la nena está que quema por vos! Y sus gemidos… no te miento, me volví loca al sentir cómo ese ano virgen me chupaba el dedo. Los de mis hijos son más flexibles, más usados. Pero vos tenés que ser el primero, Ale. ¡Tu chota tiene que ser el primer macho que les llene el culo!

—¿Y si la lastimo, Romi? El culo de Sophia es muy apretado. No quiero cagarla.

Romina me miró con desprecio amoroso.

—¡Alejandro, por Dios! No la vas a lastimar, la vas a enseñar. Le vas a dar mucho amor. Y para eso estoy yo. ¿Querés saber mi secreto de maestra?

Se movió de nuevo, acelerando el ritmo.

—¡Escuchá, Ale! Yo los voy a preparar. A los tres. Les voy a dar una clase práctica de relajación. Mucho aceite, mucho masaje, mucha lengua profunda en ese culo. Voy a hacer que el culo de Sophia esté tan abierto, tan mojado y tan desesperado por tu pija que te lo va a pedir a gritos.

—¿De verdad vas a abrirle la cola a Sophia para mí?

—¡Sí, Ale! ¡A los tres! Pero vos tenés que ser el macho que acaba en esos culos vírgenes. No solo la punta, Ale. La chota entera. El semen hasta el fondo del intestino —dijo Romina, y soltó un gemido de placer tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano.

—¡Sos mía, Romi! ¡Sos la puta más enferma y más maravillosa que pude encontrar! ¡Y sí, mi semen va a desvirgar el culo de Sophia y el de tus hijos! —juré, y la penetré con una última y brutal embestida, sintiendo su concha apretarme con la fuerza de un huracán, mientras ella se venía con un silencio forzado y un temblor que recorrió su cuerpo.

Nos quedamos en silencio, solo nuestras respiraciones agitadas rompiendo la calma. Romina se desplomó sobre mí, sus tetas empapadas aplastando mi pecho.

—Este fin de semana —dijo abrazada a mí, jadeante.

—¿Qué pasa este fin de semana?

—Mi marido tiene una casa en el Tigre, pero él no vuelve hasta dentro de 15 días. Si te liberas de Mariana, puedes ir con Sophia, y nos quedamos todo el fin de semana ahí. Y ahí les desvirgas la colita a los nenes… y si quieres, pruebas desvirgarle la conchita también… —me dijo al oído sensualmente.

—Oh, la concha. No sé, no quiero lastimarla, Romi… Lo del finde, dalo por hecho. Yo le digo a Mariana que me llevo a Sophia a pasear todo el finde, y que no me joda. —Me daba miedo lastimarla, no podía negarlo, pero Romi buscaba darme seguridad de que iba a estar todo bien.

—Sé que tienes miedo, Ale. Yo también lo tuve al principio con mis pollitos. ¿Pero viste qué ardiente es Sophia? Ella te ama, y el amor no duele. Te lo juro: yo voy a preparar a la princesa y a los gemelos para vos. Sophia necesita que su Papi la desvirgue, que seas su primer y único hombre, y que le des todo tu amor. Vamos a hacer el ritual que hacemos acá, pero sin apuro. Yo le voy a dejar el anito como seda, y la conchita va a estar tan húmeda de placer que tu pija va a resbalar como agua. Necesitas ser el Papi que las desvirga, para sellar de verdad el código. Es tu prueba de amor incondicional. Vamos al Tigre. Te espero con mis pibes listos para la movida. Vos, Sophia y yo vamos a escribir el próximo capítulo de nuestro secreto. Mis hijos te van a esperar. Va a ser un finde donde vamos a jugar al amor y a la magia juntos, en un lugar súper secreto.

Me encantaría conocer sus opiniones y experiencias. Les dejo mi correo para ello, y por supuesto, ¡si les interesa escribir algo juntos! [email protected]

Tambien por TELEGUARD ID: SH4RVU98A

En breve voy a abrir mi Blog para relatos, donde voy a publicar todo lo que vaya escribiendo y otras historias. https://arcangelperverso.blogspot.com

 

 

9 Lecturas/14 enero, 2026/0 Comentarios/por arcangel_perverso
Etiquetas: amigos, anal, colegio, hermanita, hermano, madre, mama, sexo
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