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Incestos en Familia

La grieta

Sona había creído que la maternidad sería un refugio, un muro firme contra sus vacíos. Convencida de que su cuerpo solo servía para alimentar. Pero en diciembre, con su hija de diez meses dormida en la cuna y Cristian ocupado en el papel de padre amoroso.
Sona había creído que la maternidad sería un refugio, un muro firme contra sus vacíos. Convencida de que su cuerpo solo servía para alimentar. Pero en diciembre, con su hija de diez meses dormida en la cuna y Cristian ocupado en el papel de padre amoroso, comenzó a descubrir que no era solo madre ni solo pareja: dentro de ella latía otra mujer, peligrosa y deseosa, que esperaba ser liberada.

La casa modesta que habían conseguido se alzaba pared con pared con una fraternidad universitaria. En cada fiesta, la música, las risas y el olor a cuerpos jóvenes la atravesaban como un recordatorio cruel de todo lo que la vida le había arrebatado. Sin embargo, lo que comenzó como molestia pronto se transformó en un estímulo. Cada carcajada al otro lado del muro parecía despertar en ella un calor inesperado, un cosquilleo en la piel, un pulso que no se apagaba ni con el llanto de su hija ni con los abrazos cansados de Cristian.

Y en ese terreno prohibido, Sona se sorprendía a sí misma ardiendo, latiendo como si el deseo fuera una corriente imposible de contener, sintiéndose por primera vez esa putica oculta que siempre había callado, liberada al fin en el calor de su entrega. Con la respiración entrecortada, metía sus manos dentro de la blusa y se masajeaba los pechos con ansiedad, como si quisiera arrancar de su propio cuerpo todo lo que había callado durante años.

No quería ser esa mujer. No quería traicionar la calma que tanto había intentado construir.

Así comenzó la grieta. Un quiebre íntimo, silencioso, que pronto la llevaría a vivir aventuras prohibidas, encuentros personales que le enseñarían que el sexo no solo podía desarmarla, sino también enamorarla de su propia fiereza.

Aquella noche de diciembre, Sona volvió antes de lo habitual del turno. El frío la obligaba a caminar más rápido por las calles silenciosas, y cuando abrió la puerta de la casa, la tibieza del interior la envolvió como un alivio. No hizo ruido. Había aprendido a entrar en silencio, porque muchas veces encontraba a Amanda ya dormida o a Cristian medio vencido frente al televisor.

Pero esa noche fue distinta.

Desde el pasillo vio la escena: Cristian en el sofá, la televisión encendida con algún programa sin importancia. Amanda, acurrucada sobre él, envuelta en una manta, con la cabeza apoyada en su hombro. El brazo de él rodeándola con naturalidad, como quien quiere darle calor, y ella encajando perfectamente contra su pecho, respirando tranquila, como si ese abrazo fuera el lugar más seguro del mundo.

Sona se detuvo en seco. Fue solo un segundo, pero la imagen se le quedó grabada con la fuerza de una revelación. No era que hubiera algo indebido en ese gesto: era la inocencia de lo cotidiano, la complicidad de un padre y una hija. Sin embargo, en sus ojos cansados, en su piel sensible, aquello se transformó en otra cosa.

Sona tragó saliva. No quiso mirar más, pero no pudo apartar la vista. El contraste era insoportable: ella, en la penumbra del pasillo, invisible, con la respiración contenida; ellos, iluminados por el resplandor del televisor, unidos en una imagen que parecía intocable. Y sin embargo, lo que Sona vio no fue solo ternura: fue la sensualidad infantil inconsciente de  de Amanda rozando la madurez tranquila de Cristian.

Sona cerró los ojos, pero la imagen se quedó adherida en su mente como un tatuaje. Esa noche, mientras se encerraba en su habitación y se tumbaba en la cama, el calor de aquella visión volvió una y otra vez, mezclado con fantasías que no se atrevía a confesar. Y supo que la tentación había encontrado su puerta de entrada.

 

Esa noche, cuando Cristian ya dormía, la imagen regresaba una y otra vez: Amanda acurrucada en su pecho, envuelta en una manta, encajada. Inocente, sí. Pero para ella, había sido como ver encenderse un fuego secreto. Se sentía excitada, un calor intenso le recorría el vientre mientras mordía su labio inferior. Volteó su mirada hacia Cristian y, en la penumbra, lo observó respirar profundo, ajeno a su tormenta. La tentación la atravesó de inmediato: pensó en despertarlo, en deslizar su mano bajo las sábanas y acariciarle la verga como en tantas ocasiones anteriores, buscando allí un escape a esa ansiedad húmeda que la quemaba por dentro.

Contuvo el aliento un instante, miró a Cristian dormido a su lado, y luego sonrió con picardía. Se giró despacio, de espaldas a él, y deslizó la mano por debajo de su pantalón de dormir. El roce fue suficiente para arrancarle un suspiro. Sus caderas se alzaban apenas con el movimiento de sus dedos, sus piernas torneadas se abrieron en busca de espacio, su cintura se curvó bajo la tensión, y sus tetas —grandes, naturales, algo vencidas por la gravedad— se mecían suavemente con cada jadeo, como si también participaran del secreto placer que iba creciendo dentro de ella. Sintió su clítoris palpitando entre sus dedos, sensible y húmedo, y no pudo evitar que un pensamiento la atravesara con perverso contraste: en apenas unas horas, al despertar, estarían todos en la iglesia.

No había prisa. Sona se tocaba como quien se conoce desde siempre, explorando su cuerpo con la alegría de una mujer que no siente culpa de su propio placer. Cerró los ojos y la imagen volvió: Cristian, fuerte y protector; Amanda, la bebe tibia contra su pecho… y ella, desde el pasillo, observando, ardiendo.

El orgasmo llegó en oleadas, obligándola a morder la almohada para no despertarlo. Se estremeció, con la espalda arqueada, y al terminar quedó tendida, sonriendo como una niña traviesa.

Abrió los ojos y miró a Cristian, aún dormido, ajeno a todo. Y pensó, con la tranquilidad de quien no carga secretos: mañana se lo cuento. Porque Sona no temía a la verdad de su cuerpo; al contrario, celebraba poder compartirla.

 

La mañana entró tibia por la ventana. Cristian ya estaba levantado, con el torso desnudo y el pantalón flojo de pijama, preparando café en la cocina. Sona lo observó desde el marco de la puerta, apoyada con los brazos cruzados. Sonrió: le gustaba mirarlo así, sin poses, con la calma de lo cotidiano.

—¿Dormiste bien? —preguntó él al verla entrar.
—Más o menos… —respondió ella, ladeando la cabeza con un gesto travieso—. Aunque tuve una noche bastante… intensa.

Cristian arqueó una ceja, divertido.
—¿Intensa? ¿Y yo me la perdí?

Sona se acercó despacio, le acarició el hombro y bajó la voz como si compartiera un secreto delicioso.
—Me toqué —susurró—. Aquí, a tu lado, mientras dormías.

Él soltó una risa suave, entre sorprendido y excitado.
—¿En serio? ¿Y no me despertaste?

—No quise —dijo ella, con una sonrisa maliciosa—. Fue… mío. Una de esas ganas que no se negocian.
—Me hubieras sacado la leche —le contestó él, con una dureza que le erizó la piel—. Eres una zorra.

Cristian la abrazó por la cintura, acercándola hacia él. Le gustaba esa transparencia, esa libertad con la que ella hablaba de su cuerpo. Sin embargo, Sona, al sentirlo tan cerca, bajó la mirada y dejó que un tono distinto, más vulnerable, se le escapara.

—Es que no me alcanza para lo que quiero… —murmuró, con un dejo de tristeza.

Cristian la miró con seriedad, tratando de descifrar más allá de sus palabras.
—¿Qué es lo que quieres, Sona? —preguntó con voz baja, cargada de una paciencia inquieta.

 

Ella bajó la mirada, con un gesto que mezclaba melancolía y una represión apenas sostenida. Los labios se le curvaron en una sonrisa débil, como si quisiera suavizar lo que en realidad pesaba en su interior, pero en los ojos había un brillo húmedo que la delataba: quería más de lo que se atrevía a decir en voz alta.

Ella se mordió el labio, sin responder de inmediato. Lo abrazó fuerte, escondiendo la cara en su pecho. No era que no amara lo que tenía: era que algo en su interior pedía más. Más de la vida, más de su cuerpo, más de sí misma.

—Todavía no lo sé —confesó finalmente—. Pero sé que no quiero seguir apagando esa parte de mí.

 

La familia se alistó temprano: Vistieron a Amanda con un vestido ligero, Sona con una blusa ajustada que dejaba ver la curva natural de sus pechos generosos, Cristian con su camisa planchada. El trayecto a la iglesia era corto, apenas unas cuadras caminando.

Cristian avanzaba junto a ellas, escuchando las conversaciones sueltas, pero su mente estaba en otra parte. La confesión de Sona lo había dejado dando vueltas. No me alcanza para lo que quiero… La frase se le repetía con un eco que no podía callar.

¿Qué era lo que ella quería? ¿Más caricias, más riesgo, más deseo? ¿O algo que él no podía darle? La amaba, la deseaba, pero también sabía que el tiempo, las rutinas y los silencios habían cambiado la forma en que se encontraban en la cama.

Miró a Sona de reojo: caminaba con una sonrisa ligera, llevando el coche de Amanda, riendo de algo banal. Parecía feliz, pero en su interior escondía un fuego que a él se le escapaba de las manos. Y mientras entraban al templo, Cristian se preguntó en silencio:

 

¿Cómo complacer a una mujer que ya no sabe dónde poner sus deseos?

La misa transcurría con la solemnidad de siempre: cantos pausados, rezos repetidos, miradas recogidas. Sona, sentada con Amanda sobre ella, intentaba seguir el ritmo de las oraciones, pero sus ojos vagaban entre los rostros de los jóvenes dispersos en las bancas.

Y entonces lo vio.

Era imposible no reconocerlo: alto, de cabello despeinado, la piel bronceada por el sol de diciembre, con ese aire despreocupado que delataba a los chicos de la fraternidad vecina. Lo había visto un par de veces entrando con otros a la casa de al lado, cargando bolsas de cerveza o tocando la guitarra en el patio. Ahora estaba allí, vestido con una camisa clara, el gesto serio que exigía la misa, pero la juventud latiéndole en cada movimiento.

El corazón de Sona dio un vuelco. No era el chico en sí, era lo que representaba: un puente, una posibilidad, la primera grieta entre su mundo de obligaciones y ese otro mundo lleno de música y desenfreno que vibraba al otro lado del muro.

Ella bajó los ojos al instante, mordiéndose el labio, pero no lo suficiente como para evitar que Cristian lo notara. Su pareja, rígido a su lado, siguió la dirección de su mirada y comprendió sin necesidad de palabras.

 

El silencio se volvió espeso. Mientras el sacerdote alzaba la voz en el altar, Cristian apretó los labios, con la pregunta de la mañana anterior aún vibrando en su mente: ¿Qué es lo que quiere Sona? Y allí, viendo el brillo encendido en sus ojos al posarse sobre aquel joven, sintió un nudo que no era celos, sino una fuerza contenida. Cristian no era hombre de huir ni de replegarse; él mandaba, él guiaba, y sabía que lo que su mujer deseaba tarde o temprano lo obtendría… pero bajo sus reglas. La dominación empezó a hervir en su interior como un pacto silencioso. Y en medio de la misa, casi sin mover los labios, murmuró para sí:

 

—Cómo extraño a mi Sona de antes, la mujer que era mía por completo… Pero la voy a traer de vuelta… a mi manera. Mi hembrita.

Al terminar la misa, la gente comenzó a levantarse lentamente de las bancas, cruzando saludos y sonrisas cordiales. Cristian tomó a Amanda para salir.

El joven estaba de pie junto a la puerta lateral, saludando con cortesía a una anciana que lo palmeaba en el hombro. Cuando levantó la vista, sus ojos se cruzaron con los de Sona. No hubo titubeo. Fue una mirada sostenida, franca, con esa intensidad descarada que solo tienen los muchachos que saben que atraen. Y en medio de ese cruce silencioso, un pensamiento fugaz y ardiente le atravesó la mente: ¿Cuánta leche tendrá este muchacho?

Ella sostuvo el contacto un instante más, hasta que sintió que Cristian tiraba de su brazo, reclamando su atención. Pero fue tarde: el muchacho ya se había acercado.

—Buenas tardes —dijo, con una sonrisa educada, inclinando apenas la cabeza—. Creo que somos vecinos. Los he visto por allá, en la casa de al lado.
La mirada, sin embargo, se clavó en Sona con un descaro hiriente, recorriéndola de arriba abajo como se mira a una puta, despojándola de cualquier formalidad en un segundo.

Cristian asintió con un gesto rígido, apenas cortés.

Sona, en cambio, notó el detalle: la mirada de él nunca se apartó de la suya, incluso mientras hablaba al conjunto de la familia. Había un magnetismo explícito, descarado, como si la conversación entera estuviera dedicada solo a ella.

—Sí —respondió Sona, con una voz más suave de lo que esperaba—, vivimos justo ahí.

—Entonces estamos más cerca de lo que pensaba —replicó él, dejando que las palabras quedaran suspendidas, como una invitación velada.

 

Cristian carraspeó y dio un paso hacia adelante, cortando la tensión con un “mucho gusto” seco. El muchacho se despidió con una sonrisa rápida, pero antes de marcharse, sus ojos volvieron a encontrarse con los de Sona. Y esa segunda mirada fue aún más larga, más clara: una promesa. Cristian, entonces, giró hacia ella con una mirada penetrante e inquisidora, como si quisiera arrancarle la verdad en silencio, como si la desnudara con solo los ojos.

Esa tarde, de vuelta en casa, Amanda dormía y Cristian encendió el televisor como de costumbre. Estaba desnudo, despreocupado, como si su piel misma formara parte del descanso; su cuerpo era firme, con un pecho ancho que aún guardaba la fuerza de sus años de obrero, el vello oscuro extendiéndose en un camino natural hacia una verga grande que reposaba entre sus muslos abiertos. Para Sona, esa visión era muy especial, un recordatorio brutal de que la vida que compartían se sostenía también en ese cuerpo que conocía tan bien, pero que ahora parecía más ajeno, más provocador. Se refugió en la cocina, preparando café, aunque sus manos se movían solas, mecánicas, mientras su mente se mantenía en otro lugar, atrapada en la maraña de imágenes que no lograba expulsar de sí.

El joven. Su sonrisa descarada. Esa segunda mirada.

Se dejó caer en la silla junto a la ventana, con la taza entre las manos. Cerró los ojos apenas un instante y lo imaginó entrando en la casa de la fraternidad, esperándola en el patio con esa seguridad insolente. Lo vio acercarse despacio, sujetarle la cintura, bajar la voz hasta rozarle la oreja con un “te estaba esperando”.

El calor le subió por el pecho, le tensó los pezones bajo la blusa. Cruzó una pierna sobre la otra, y en ese gesto sintió el roce húmedo que confirmaba que ya estaba ahí: deseándolo.

—¡Sona! —la voz de Cristian llegó desde la sala, firme pero serena.

Ella respiró hondo antes de salir de la cocina, con la taza aún en la mano. Lo encontró recostado en el sofá, con los brazos abiertos como si la esperara. Tenía el televisor encendido, pero lo había puesto en silencio.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, aunque sabía muy bien de qué se trataba.

Cristian la observó en silencio unos segundos. Sonrió apenas, con esa mezcla de ternura y malicia que tanto lo caracterizaba. Luego lo dijo, sin rodeos:

—Lo noté, Sona. En la misa. La forma en que lo miraste… —hizo una pausa breve, como si le saboreara el peso a cada palabra—. Te lo quieres coger, ¿verdad?

El corazón de ella se detuvo un instante. Lo miró a los ojos, sorprendida por la crudeza y, al mismo tiempo, fascinada por la libertad que había en su voz. No había juicio, no había celos. Solo un compañero fiel, un amante y un amigo que la conocía demasiado bien.

Sona dejó la taza sobre la mesa y se sentó a su lado. La sonrisa le nació sola, lenta, mientras ladeaba la cabeza y jugueteaba con el borde de su falda.

—Sí —respondió al fin, sin evasivas, con la honestidad que la quemaba por dentro—. Me lo quiero coger.
Lo dijo mientras pasaba una mano por su vagina, con los dedos temblorosos pero ansiosos, acariciándose como si al pronunciar esas palabras su cuerpo exigiera confirmarlas con placer.

Cristian soltó una risa baja, contenida, y pasó su mano por la pierna de ella, apretándola con suavidad.

 

—Entonces… —murmuró, inclinándose hacia su oído—, habrá que ver cómo hacemos para que lo consigas.

La casa estaba en calma. Amanda seguía dormida, y en la sala, Sona y Cristian con una copa de vino en la mano. La luz cálida de la lámpara los envolvía en una penumbra cómplice.

Cristian la miró fijamente, con esa sonrisa que decía más que cualquier palabra.

—Ya lo decidiste —dijo él, acariciándole la rodilla—. Ahora falta lo más sencillo: dar el primer paso.

Sona mordió su labio inferior. El eco de la misa, la mirada del joven, todo volvía a encenderla.

—¿Y si me acerco mañana? —preguntó, en voz baja, como si temiera romper el pacto secreto.

Cristian asintió despacio, deslizando sus dedos hasta su muslo.

—Mañana —repitió, con firmeza—. No más fantasías. Lo saludas, le sonríes… y dejas que te lea en los ojos lo que ya ardes por decirle.

Sona levantó la copa, chocándola suavemente contra la de Cristian.

 

—Mañana —susurró, con una chispa peligrosa en los ojos.

A la mañana siguiente, Cristian ya había salido. Sona permanecía en casa con Amanda cuando escuchó voces en la calle. Desde la ventana lo vio: el joven, con una mochila al hombro, riendo con dos amigos antes de despedirse de ellos.

El corazón le golpeó fuerte. No dudó. Salió

—Hola —dijo ella, firme, sosteniendo su mirada.

Él se sorprendió apenas un instante, luego sonrió como si lo hubiera esperado.

—Hola… Sona, ¿verdad? —respondió, mostrando que ya la había registrado más de una vez.

Ese reconocimiento la atravesó. Ella asintió, con una sonrisa lenta, casi peligrosa.

—Sí…

 

El silencio breve entre ambos ardió más que cualquier palabra.

Sona no lo pensó demasiado. Lo invitó con un gesto hacia su casa.

—Pasa, si quieres. Estoy con mi hija nada más, Cristian salió temprano.

El joven dudó apenas un segundo, pero su sonrisa lo delató. Entró, mirando de reojo el interior modesto, la calidez del hogar. Amanda estaba en la sala, entretenida en una cuna

—Muy bonita tu casa —dijo él, educado, con esa voz grave que se le quedó vibrando a Sona en el pecho.

—Ella es Amanda —aclaró Sona, apoyando una mano en la cuna. Luego, con naturalidad, le indicó la mesa—. Siéntate, ¿quieres un café?

El joven aceptó, y mientras Sona servía, él la observaba en silencio. No disimulaba la forma en que sus ojos recorrían sus piernas descubiertas bajo la bata ligera.

—Eres una mujer muy hermosa… —comentó él, con tono casual, pero la mirada fija en sus caderas.

Ella, girando apenas la cabeza, con media sonrisa.

El silencio se volvió cómplice.

—La verdad es que sí me habías… llamado la atención —admitió él, en voz baja, inclinándose sobre la mesa.

Ella le devolvió la mirada, sosteniéndola unos segundos más de lo debido, y con un tono entre juguetón y peligroso soltó:

 

—Entonces… vamos a ver hasta dónde llega esa atención.

El café quedó olvidado sobre la mesa cuando Sona, inclinándose un poco más de lo necesario para alcanzarlo, dejó que su bata se abriera apenas, revelando la curva natural de sus pechos; él no apartó la mirada, y fue entonces cuando ella, con una decisión descarada, apoyó la mano en su muslo al pasar junto a él, lenta, firme, lo bastante arriba para que supiera que no era un gesto inocente; el joven contuvo el aire, pero no retrocedió, al contrario, inclinó el cuerpo hacia ella y sus labios quedaron peligrosamente cerca, respirándose mutuamente.

Él reaccionó con un movimiento tan natural como atrevido: atrapó la mano de Sona contra su muslo y la guió un poco más arriba, hasta que ella sintió el calor y la dureza creciente bajo la tela; el contacto la estremeció, y sin pensarlo se inclinó lo suficiente para rozar sus labios con los de él, un beso rápido, húmedo, pero cargado de toda la electricidad contenida; cuando se separaron, apenas un instante, ella se mordió el labio y murmuró con picardía: —Esto no se queda aquí.

El mandato cayó como un golpe seco en el aire: “Arrodíllate, puta.”
Sona no respondió, ni con palabras ni con gesto; lo único que hizo fue dejar que esa palabra la atravesara, encendiendo en su vientre un fuego que no recordaba haber sentido con tanta intensidad. Sus piernas se aflojaron solas, y el piso frío bajo sus rodillas se volvió un altar secreto. Lo miró desde abajo, con la respiración agitada, descubriendo que en esa sumisión momentánea no había vergüenza, sino poder: el poder de elegir entregarse, el poder de explorar su propia hambre sin miedo. La excitación le recorrió la piel en oleadas, haciéndola vibrar. Y entonces lo notó, tan cerca de su rostro que apenas podía evitarlo: la verga dura y grande de su joven vecino, erguida con descaro frente a ella, reclamando un lugar dentro de esa rendición que acababa de aceptar. La sostuvo con una mano, pesada, cálida, y la llevó a su boca. El primer roce de su lengua fue húmedo, reverente, y al sentir cómo él se estremecía, la excitación se multiplicó. La fue tomando cada vez más hondo, dejando que la dureza se hundiera en su garganta, que su boca fuera un refugio, un escondite ardiente en el que lo envolvía con placer. Cerró los ojos y dejó que el gemido contenido de él la llenara de orgullo.

La boca de Sona se volvió un remolino de deseo: lo lamía, lo besaba, lo tragaba con hambre creciente, disfrutando cada gemido que arrancaba de su pecho. Sus labios se abrían y cerraban con ritmo firme, y cada vez lo recibía más profundo, hasta sentir cómo él temblaba contra su garganta. El joven intentó contenerse, sujetando su cabeza con fuerza, pero su cuerpo lo traicionó: las caderas se impulsaron solas y en un espasmo final derramó todo su semen en su boca. El calor espeso y abundante la sorprendió, pero Sona no apartó la mirada, lo sostuvo hasta el último estremecimiento, tragando con un gesto decidido, orgullosa de haberlo llevado al límite sin darle respiro. Cuando se incorporó, tenía los labios húmedos.

Sona estaba aún encendida cuando Cristian llegó a casa. La esperaba en la sala, con las piernas recogidas bajo la manta y una sonrisa que él conocía demasiado bien: mezcla de travesura y de confesión pendiente. Apenas se sentó a su lado, ella apoyó la cabeza en su hombro y, sin rodeos, le susurró al oído:

—Lo hice. Hoy dejé que él entrara a casa… y me arrodillé frente a su verga.

Cristian giró el rostro, sorprendido, aunque no con celos sino con esa chispa de interés que lo atravesaba siempre que ella le hablaba así.
—Su semen fue demasiado —susurró Sona, con una sonrisa torcida, pasando un dedo por su barbilla húmeda—. Se me regó por aquí… y sé que le parecía una puta. En fin… eso está en mi naturaleza.

—¿Y? —preguntó en voz baja, acariciándole el muslo—. ¿Cómo fue?

Sona soltó una risa entrecortada, casi nerviosa, y lo miró directo a los ojos:

 

—Grande, fuerte… no me alcanzaban las manos. No pude detenerme, lo quise entero dentro de mi boca. Sentí cómo se rendía, cómo me llenaba… y me excitó tanto que pensé en ti todo el tiempo, en cómo ibas a querer escuchar cada detalle.

Esa noche, en la penumbra de la habitación, Cristian tomó a Sona por la cintura y la recostó sobre la cama. Ella, aún con el fuego de la confesión latiéndole en la piel, lo miró con una sonrisa húmeda de deseo.

—¿Así te arrodillaste? —le susurró él, empujándola suavemente hacia el suelo.

 

Sona obedeció sin titubear, se arrodilló a los pies de la cama y abrió los labios como si aún guardara la memoria de la verga ajena. Cristian, excitado por esa imagen, la tomó del cabello y la guió con fuerza hacia la suya, disfrutando de verla repetir en él lo que antes le había narrado. La puerta de la habitación estaba abierta, siempre lo estaba, atentos por si Amanda despertaba.

—Quiero que te calles y obedezcas —le ordenó con un murmullo grave, mientras ella lo miraba desde abajo con los labios húmedos.

Sona, con la respiración agitada, sintió la vibración de esa orden recorrerle todo el cuerpo: no era solo el sexo. Cristian notó el brillo en los ojos de Sona y lo usó en su favor, empujando un poco más, sujetándola sin piedad. Fue entonces cuando, desde el otro cuarto, un quejido de Amanda irrumpió con suavidad:

Ese sonido, tan cotidiano y tan peligroso en medio de lo prohibido, la atravesó como un rayo. La tensión le explotó en su vagina, y sin entender del todo por qué, se humedeció aún más. El corazón le palpitaba con fuerza, entre la culpa y la excitación, y Cristian, al ver el estremecimiento que recorría a su mujer, comprendió que aquella mezcla de riesgo y deseo la estaba llevando más lejos de lo que nunca habían imaginado.

El aire se espesó. Sona quedó con la boca llena de la verga de Cristian y los ojos abiertos como platos, mientras él, lejos de apartarla, la sostuvo con más fuerza. El silencio de la casa se volvió insoportable: era Amanda. El corazón de Sona latía con violencia, pero no se movió, no se apartó. La sensación era la excitación más pura. Cristian, con un destello perverso en la mirada, le susurró en un hilo de voz:

—No te atrevas a soltarme… las mulas solo obedecen.

 

El murmullo fue una orden y un reto, una cadena invisible que la ató aún más a su entrega.

—Ve por ella. —Sona se puso de pie y fue por su hija, llegó con ella en brazos de nuevo. Amanda no lloraba, solo se había despertado. Sona se arrodilló de nuevo, y de nuevo atrapó la verga de Cristian con su boca, esta vez con Amanda en brazos, sintió un estremecimiento recorrerle la espalda, como si la mirada de su hija la empujara aún más hondo en el abismo de lo prohibido. Cristian giró apenas la cabeza, consciente, y un destello eléctrico le cruzó el pecho. El silencio pesaba, y la habitación abierta se transformó en un escenario donde nada volvería a ser igual. Cristían levantó a Sona del suelo y tomó a Amanda mientras sona se quitaba toda su ropa. Le entregó a Amanda y Sona la colocó contra su pecho. Amanda se pegó a su pezón como un becerro, al tiempo Cristian agarró su otro pecho y la leche comenzó a salir, él bebía con devoción. Los dedos de Cristian se incrustaron al tiempo en la vagina ya muy húmeda de Sona. Cristian la empujó con suavidad, Sona entendió rápidamente y se acostó boca arriba, Amanda permanecía recostada en sus tetas. Cristian clavó la verga hasta el fondo y empezó a moverse. Sona gemía como una puta, como la puta que ya no deseaba ocultar, quería tenerlo dentro de ella.

Amanda gateó con sus manitas por el cuerpo de su madre casi hasta donde la penetración se hacía arte. El corazón de Sona se aceleró de golpe, como si estuviera a punto de estallar en el pecho; una parte de ella quiso detenerla, detenerlo todo, pero otra —la más profunda y peligrosa— se encendió con la cercanía de Amanda. Cristian permaneció expectante, mientras Amanda se acercaba él seguía penetrando a Sona, pero ahora mirando a su pequeña hija. Le daba duro y Sona no dejaba de gemir. Una mano de Amando llegó hasta la vagina de Sona, sus deditos rozaban la vega de su padre mientras entraba y salía con velocidad. Cristian no aguantó y se vació dentro de Sona invadiendo de leche su interior. La leche que había quedado impregnada en los labios vaginales de Sona se pegó abundantemente en la manito de Amanda.

Entre los dos la limpiaron y la llevaron de nuevo a su cuna. Amanda estaba feliz.

Y en ese instante, con la respiración entrecortada y la mente hecha un torbellino de deseo y miedo, comprendió que ya no había retorno. Lo que había dejado escapar de sí misma era más fuerte que cualquier promesa, más voraz que cualquier fe. Bastó para que Sona sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

114 Lecturas/27 agosto, 2025/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigos, hija, madre, padre, semen, sexo, vecina, vecino
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