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Incestos en Familia

La hija de la verdad 2 – La casa donde vivimos

Lucía caminaba por los pasillos del colegio, sintiendo cada vez más pesada su panza de seis meses. Los susurros y las miradas de sus compañeros la seguían a dondequiera que fuera. .

Los chismes habían comenzado desde el momento en que su estado se hizo evidente, y ahora, a sus 14 años, se sentía más aislada que nunca. Los comentarios inapropiados y las burlas se habían convertido en su pan de cada día, y hasta algunos profesores no podían evitar lanzar miradas de reprobación.

Un día, después de una clase particularmente difícil de soportar, Lucía se dirigió a la oficina de su profesor de Matemáticas, Christian. Él era conocido por su seriedad y su enfoque estricto en la disciplina.

Lucía se detuvo frente a la puerta de la oficina con el cuaderno apretado contra el pecho. Dudó un segundo antes de tocar.
—Adelante —dijo una voz desde dentro.

El profesor Christian no levantó la vista de inmediato. Escribía algo con trazos firmes, casi metódicos.
—¿Sí? —preguntó al fin, sin mirarla—. ¿Qué necesitas?

—Profesor… —Lucía tragó saliva—. Quería preguntarle algo sobre el último parcial. No entendí bien el ejercicio tres.

Christian dejó el bolígrafo sobre el escritorio y recién entonces la observó. No fue una mirada rápida ni casual; fue lenta, detenida, como si repasara algo que ya conocía.
—Siéntate —dijo.

Lucía obedeció. El silencio se alargó más de lo necesario.
—Eres una buena estudiante —continuó él—. Aunque últimamente pareces… distraída.

—He tenido algunos problemas —respondió ella, bajando la mirada.

—Todos los tenemos —dijo Christian—. Pero no todos los traemos escritos en el cuerpo.

Lucía levantó la cabeza, confundida.
—¿Perdón?

Él esbozó una sonrisa leve, casi profesional.
—Nada. Continúa con tu duda.

Lucía intentó concentrarse, explicó el ejercicio como pudo, pero sentía que las palabras se le escapaban. Christian asentía, aunque parecía escuchar otra cosa.
—Dime —interrumpió—, ¿te resulta incómodo estar en clase últimamente?

—A veces —admitió—. La gente mira.

—La gente siempre mira —respondió—. Especialmente cuando algo cambia. Cuando alguien… rompe cierta normalidad.

Lucía se removió en la silla.
—Yo solo quería mejorar mi nota.

Christian cruzó las manos sobre el escritorio.
—Claro. Las notas importan. Pero hay decisiones que pesan más que cualquier examen.

Ella frunció el ceño.
—No entiendo a qué se refiere, profesor.

Él guardó silencio un instante. Luego habló más bajo.
—Hay alumnas que cargan responsabilidades antes de tiempo. Y eso despierta… comentarios. Preocupación. Juicios.

Lucía sintió que el aire se espesaba.
—Yo no he hecho nada malo.

—No dije eso —replicó él con suavidad—. Solo me pregunto si alguien te está ayudando a llevar esa carga.

La palabra carga quedó suspendida entre ambos.
—Mis padres… —empezó, pero se detuvo. — Profesor, esto ya no tiene que ver con Matemáticas.

—A veces las variables más importantes no están en el problema —respondió—. Y a veces, una joven necesita que un adulto le diga las cosas con claridad.

Lucía se puso de pie, pero antes de que pudiera salir, Christian se levantó de su silla y se acercó a ella. Su mirada se posó en su panza, y sin pedir permiso, extendió la mano y la tocó suavemente.

«—Lucía —dijo, su voz más baja, casi un susurro—. A mí me gustaría ayudarte. De verdad.

Lucía se apartó rápidamente, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. La forma en que Christian la había mirado, la forma en que había tocado su panza sin su consentimiento, la hizo sentir invadida y vulnerable.

«—Lucía —la llamó él de nuevo, dando un paso hacia ella.

Ella no respondió. Abrió la puerta con manos temblorosas y salió sin mirar atrás, sintiendo una urgencia por escapar de la pesada atmósfera de la oficina. Decidió que tenía que hablar con sus padres sobre lo que había sucedido, porque algo en el comportamiento de Christian le hizo creer que había algo más oscuro detrás de su interés.

Lucía llegó a casa y saludó a su madre, Clara, con un beso en los labios y un apretón que Clara le había enseñado a dar. Lucía siguió de largo y se dirigió a su habitación para hacer algunos deberes del colegio. Esperó hasta la cena, cuando su padre, Mario, también estuviera presente para hablarles a ambos sobre su profesor.

Se deshizo de sus ropas escolares, quedándose desnuda. Su padre siempre le exigía estar desnuda para cuando él llegara a casa, por si deseaba usarla. Lucía se miró en el espejo, observando su cuerpo cambiante. Su panza de seis meses resaltaba, y sus pechos, que se habían agrandado en esos 6 meses estaban también más sensibles, se erguían con orgullo. Suspiró y se dirigió al comedor, donde ya podía escuchar a sus padres hablando en voz baja.

«—Lucía, cariño, ven a sentarte —dijo Clara, su voz suave pero con un tono de autoridad que Lucía conocía bien.

Lucía se sentó a la mesa, sintiendo el frío de la madera contra su piel desnuda. Mario entró en el comedor, su mirada se posó inmediatamente en su hija. Sus ojos recorrieron su cuerpo, deteniéndose en su panza y sus pechos.

«—Lucía, ¿cómo estuvo tu día? —preguntó Mario, sentándose a la cabeza de la mesa.

«—Bien, papá. Solo quería hablarles de algo que pasó en el colegio —respondió Lucía, tratando de mantener la calma.

Clara sirvió la cena, una mezcla de verduras y proteínas que Lucía apenas notó. La tensión en el aire era palpable. Mario tomó un bocado, masticando lentamente mientras observaba a Lucía.

«—¿Y qué es lo que quieres contarnos, mi amor? —preguntó Clara, su mano descansando sobre el muslo de Lucía.

Lucía tomó una respiración profunda, sintiendo la mano de su madre apretar ligeramente su piel. «Hoy, después de clase, fui a hablar con el profesor Christian sobre un ejercicio de Matemáticas. Pero él… él se sobrepasó. Me tocó la panza sin mi consentimiento y me dijo que quería ayudarme.»

Mario frunció el ceño, su expresión se oscureció. «¿Te tocó la panza? ¿Y qué más te dijo?»

Lucía sintió un nudo en la garganta, pero continuó. «Dijo que quería ayudarme, pero había algo en su voz, en la forma en que me miraba. Me miraba como si quisiera algo conmigo papi.»

Clara se inclinó más cerca, su aliento cálido en el oído de Lucía. «Cariño, ¿estás segura? A veces, las cosas pueden malinterpretarse.»

Lucía asintió, sintiendo las lágrimas formarse en sus ojos. «Sí, mamá. Lo sentí. Y no me gustó.»

Mario se recostó en su silla, su mirada pensativa. «Lucía, si ese profesor te está molestando, debemos hacer algo al respecto. Mario se levantó de su silla y se acercó a ella, su mano acariciando su mejilla. «Ven, hija. Ven a papá.»

Lucía se levantó y se acercó a él, sintiendo sus manos fuertes en su cintura. Mario la guió hacia el sofá, donde Clara ya se había sentado, sus ojos brillando con anticipación. Lucía se arrodilló frente a su padre, sus manos temblaban mientras desabrochaba su cinturón.

«—Buena chica —murmuró Mario, su voz llena de aprobación.

Lucía sacó su verga, ya dura y lista. La tomó en su boca, sintiendo su calor y su dureza contra su lengua. Comenzó a mover su cabeza, escuchando los gemidos de placer de su padre. Clara se acercó por detrás, sus manos acariciando los pechos de Lucía, pellizcando sus pezones hasta que estuvieron duros y sensibles.

«—Así, mi amor —susurró Clara, su voz llena de lujuria—. Sigue así.

Lucía continuó, su boca llena de la verga de su padre, sus manos agarrando sus muslos. Podía sentir la humedad entre sus piernas, su propio deseo aumentando con cada movimiento. Clara se movió para sentarse a horcajadas sobre el regazo de Mario, su coño húmedo y listo.

«—Fóllame, Mario —gimió Clara, su voz llena de necesidad.

Mario apartó a Lucía y empujó a Clara contra el sofá, entrando en ella con un fuerte empujón. Lucía observó, su propia excitación aumentando al ver a sus padres follar. Se tocó a sí misma, sus dedos encontrando su clítoris hinchado y sensible.

«—Lucía, ven aquí —ordenó Mario, su voz llena de lujuria.

Lucía se acercó, arrodillándose entre las piernas de su padre. Lamiendo lo que alcanzaba de su verga y sintiendo la humedad de su madre. Mario empujó dentro de ella, su coño apretándose alrededor de su verga. Lucía gimió, su cuerpo temblando de placer.

«—Así, Lucía —gimió Mario, sus caderas moviéndose más rápido—. Eres nuestra puta.

Lucía continuó, su lengua moviéndose sobre los testículos de su padre, sus gemidos llenando la habitación. Clara cabalgaba, sus gemidos anunciando su inevitable orgasmo.

Clara se bajó de la verga de Mario, su coño goteando con la mezcla de sus fluidos. Mario, aún duro, se volvió hacia Lucía, su expresión intensa y dominante.

«—Tal vez deberías citar a ese profesor —dijo, su voz profunda y autoritaria mientras agarraba el cabello de su hija y la acercaba más a su verga—. Dile que nosotros no estaremos y que te gustaría que continuaran hablando, que quizás si necesitas de su ayuda.

Lucía asintió, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y excitación. Mario agarró su verga con una mano y comenzó a moverla rápidamente, su semen saliendo en chorros calientes sobre la cara de Lucía. La sensación era abrumadora, el líquido caliente y pegajoso cubriendo su piel.

«—Sí, papá —murmuró Lucía, su voz amortiguada por el semen en su boca.

Mario restregó su verga sobre la cara de Lucía, esparciendo su semen por todas partes. Lucía cerró los ojos, sintiendo la humedad y el calor en su piel. Clara se acercó, sus dedos recorriendo el semen en la cara de Lucía, llevándolo a su propia boca para saborearlo.

«—Buena chica —susurró Clara, su voz llena de aprobación—. Ahora piensa en como vas a citar a tu profesor. Asegúrate de que entienda que necesitas su ayuda.

Lucía se levantó, su cuerpo temblando. Se dirigió al baño para limpiarse, pero no del todo, dejando rastros del semen de su padre en su piel.

Al día siguiente, mientras caminaba hacia el colegio, Lucía no podía evitar pensar en lo que iba a suceder. Sabía que su profesor, Christian, tenía intenciones ocultas, y ahora, con el apoyo de sus padres, estaba lista para enfrentar lo que fuera que él tuviera en mente. La excitación y el miedo se mezclaban en su interior, creando una sensación de anticipación que la acompañaba a cada paso.

Lucía espero a que fuera una hora adecuada y se dirigió a la oficina del profesor Christian con un nudo en el estómago. Sabía que lo que iba a hacer era arriesgado, pero la idea de tener al profesor en su casa, bajo el control de su padre, la excitaba de una manera que no podía explicar. Al llegar a la puerta de la oficina, tomó una respiración profunda y tocó suavemente.

«—Adelante —respondió Christian desde dentro.

Lucía entró, cerrando la puerta detrás de ella. Christian levantó la vista de sus papeles, su expresión seria pero no del todo desprovista de interés.

«—Lucía, ¿en qué puedo ayudarte hoy? —preguntó, recostándose en su silla.

Lucía tragó saliva, tratando de mantener la compostura. «Profesor, quería hablar con usted sobre… sobre mi desempeño en Matemáticas. Me preocupa no estar alcanzando mis objetivos.»

Christian asintió, su mirada fija en ella. «Entiendo. ¿Y qué sugieres que hagamos al respecto?»

Lucía se acercó un poco más, asegurándose de que su panza fuera visible. «Pensé que… quizás podría necesitar tutorías adicionales. Algo más… personalizado, estaba pensando en sesiones extras, tal vez en mi casa, mis padres me dejan sola en las tardes y podría aprovechar ese momento.»

Christian se levantó de su silla y se acercó a ella, su presencia imponente. «Lucía, las tutorías adicionales suelen ser en el aula. ¿Estás segura de que es lo que necesitas?»

Lucía bajó la mirada, fingiendo timidez. «Es solo que… me siento más cómoda en un entorno más privado. Donde podamos concentrarnos mejor.»

Christian sonrió ligeramente, comprendiendo. «Entiendo. Bueno, lo que me estas diciendo es que, ¿Te gustaría que fuera a tu casa? Así como me lo planteas podríamos trabajar sin interrupciones.»

Lucía asintió, sintiendo un escalofrío de anticipación. «Sí, profesor. Podríamos… podríamos empezar este sabado, si le parece bien.»

Christian asintió, su mirada recorriendo el cuerpo de Lucía. «Perfecto, Lucía. Este sabado entonces. Estoy seguro de que podremos encontrar una solución adecuada para tus necesidades.»

Lucía salió de la oficina con una mezcla de emociones. Sabía que había dado el primer paso en los planes de su padre, y aunque sentía un poco de miedo, también había una excitación que no podía negar. Ahora solo quedaba esperar y ver cómo se desarrollaban las cosas.

Lucía regresó a casa con una mezcla de nerviosismo y excitación. Al entrar, escuchó los gemidos de sus padres provenientes del dormitorio principal. Sabía que su padre estaba taladrando a su mamá, y el sonido de sus cuerpos chocando contra la cama era inconfundible. Se dirigió al dormitorio, desnudandose en el camino, como siempre, y se detuvo en la puerta para observar.

Mario, con su verga dura y brillante de lubricación natural, embestía a Clara con fuerza, sus manos agarrando sus caderas con firmeza. Clara, con las piernas abiertas y los pechos bamboleándose con cada empujón, gemía de placer, su coño chorreando y haciendo ruidos húmedos con cada movimiento. Lucía se tocó a sí misma, sus dedos deslizándose fácilmente por su humedad creciente, mientras observaba a sus padres follar.

«—Papá —murmuró Lucía, su voz entrecortada por la excitación.

Mario, sin dejar de moverse dentro de Clara, volvió la cabeza hacia Lucía. Sus ojos, llenos de lujuria, recorrieron el cuerpo de su hija. «Ven, Lucía. Ven a papá.»

Lucía se acercó, arrodillándose junto a la cama. Mario, con una mano, acarició su mejilla y luego su cuello, descendiendo hasta sus pechos hinchados. «Lucía, mi puta preciosa.»

Lucía asintió, sus ojos fijos en la verga de su padre, que entraba y salía del coño de su madre. «Sí, papá. Lo que tú digas.»

Mario se retiró de Clara, su verga brillando con los fluidos de su madre. Se acercó a Lucía, su verga a centímetros de su cara. «Chupa, Lucía. Límpiala.»

Lucía abrió la boca y tomó la verga de su padre, su lengua moviéndose alrededor de la cabeza hinchada, saboreando la mezcla de sus fluidos. Mario gimió, sus caderas moviéndose ligeramente mientras Lucía lo chupaba con entusiasmo.

«—Así, mi puta —gruñó Mario, sus manos enredadas en el cabello de Lucía, guiando su cabeza en un ritmo constante.

Clara, aún en la cama, se tocaba a sí misma, sus dedos moviéndose rápidamente sobre su clítoris hinchado. «Me encanta verlos así.»

Mario se retiró de la boca de Lucía, su verga aún dura y goteando. «Papá, mi proofe vbiene el sabado», le decía para luego volver a meterce la verga en la boca. «Excelente Lucía, Tenemos que preparar todo.»

Lucía asintió con sus ojos en blanco porque la verga había llegado a su garganta…Más tarde Mario dirigió a un cajón del mueble de la habitación principal, sacando unas pequeñas cámaras de video. «Voy a colocar estas cámaras por toda la casa. Grabaremos cada movimiento, cada sonido. Christian no se dará cuenta.»

Lucía observó mientras Mario colocaba las cámaras estratégicamente, asegurándose de que cada ángulo estuviera cubierto. «Papá, ¿y si se da cuenta?»

Mario se acercó a ella, su verga rozando su cuerpo. «No lo hará, mi puta. Y si lo hace, ya veremos qué hacemos. Escuchame, te vas a vestir, pero solo una camiseta, quiero que estés desnuda de la panza para abajo. Cuando llegue tu profesor le vas a decir que así te sientes más cómoda.»

Lucía asintió, su corazón latiendo con fuerza.

El sabado ya bien entrada la tarde Lucía se puso una camiseta larga, que ademas era muy delgada, asegurándose de que su panza y sus pechos quedaran visibles. Su padre la observó, su mirada llena de aprobación y lujuria.

«—Perfecta —murmuró, acercándose para acariciar sus pechos, pellizcando sus pezones hasta que estuvieron duros y sensibles.

Lucía gimió, su cuerpo respondiendo al toque de su padre. Mario la guió hacia la cama, donde su madre yacía, su coño chorreando y listo. «Ahora, Lucía, vas a practicar. Quiero verte follar con tu madre mientras él llega.»

Lucía se arrodilló entre las piernas de su madre, su lengua encontrando el clítoris hinchado. Clara gimió, sus caderas moviéndose contra la boca de su hija. Mario se masturbaba lentamente, observando a sus dos putas.

«—Así, Lucía —gruñó Mario—. Lame ese coño como si tu vida dependiera de ello.

Lucía obedeció, su lengua moviéndose rápidamente, sus dedos entrando y saliendo del coño de su madre. Los gemidos de Clara llenaban la habitación, mezclándose con los gruñidos de Mario y los sonidos húmedos de sus cuerpos.

Mario se acercó, su verga dura y lista. «Lucía, quiero que te pongas a cuatro patas. Quiero follarte mientras miras a tu madre.»

Lucía se colocó en posición, su coño húmedo y listo. Mario se arrodilló detrás de ella, su verga encontrando su entrada con facilidad. Entró de una sola vez, llenándola por completo, sus caderas moviéndose con fuerza.

«—Papá —gimió Lucía, su cuerpo temblando con cada embestida.

Mario agarró sus caderas con fuerza, sus dedos clavándose en su carne. «Lucía, mi puta, te voy a follar tan fuerte que no podrás caminar derecho. Y luego, cuando Christian venga, vas a recordar esto. Vas a recordar quién es tu dueño.»

Lucía asintió, su cuerpo moviéndose al ritmo de las embestidas de su padre. Clara, aún en la cama, se tocaba a sí misma, sus gemidos aumentando en intensidad. La habitación estaba llena de sonidos de placer, de cuerpos chocando y fluidos corriendo.

Mario se retiró de Lucía, su verga brillante y cubierta de sus fluidos. Se acercó a Clara, empujando su verga dentro de ella con fuerza. «Clara, mi puta, te voy a follar hasta que te corras en mi verga.»

Clara gimió, sus piernas envolviendo la cintura de Mario mientras él la embestía con fuerza. Lucía, aún en el suelo, se tocaba a sí misma, sus dedos moviéndose rápidamente sobre su clítoris hinchado.

«—Papá, por favor —suplicó Lucía, su cuerpo temblando de necesidad.

Mario se retiró de Clara, su verga aún dura. Se acercó a Lucía, empujándola contra la cama. «Lucía, acaso quieres mi demen?. de acuerdo, pero luego, vas a limpiarla con tu lengua.»

Lucía asintió, sus ojos llenos de lujuria. Mario entró en ella con fuerza, sus caderas moviéndose rápidamente. Lucía gimió, su cuerpo respondiendo a cada embestida, sus uñas clavándose en la espalda de su padre.

«—Papá, sí —gimió, su voz llena de necesidad.

Mario se movió más rápido, sus caderas chocando contra las de Lucía con fuerza. «Lucía, mi puta, te voy a llenar con mi semen. Eres mía.»

Lucía asintió, su cuerpo temblando de anticipación. Mario gruñó, su verga palpitando dentro de ella mientras se corría, llenándola con su semen caliente. Lucía gimió, su propio orgasmo recorriéndola, su coño apretándose alrededor de la verga de su padre.

Mario se retiró, su verga aún dura y cubierta de sus fluidos. «Lucía, límpiala. Límpiala con tu lengua.»

Lucía obedeció, tomando la verga de su padre en su boca, su lengua moviéndose alrededor de la cabeza hinchada, limpiándola completamente. Mario gimió, sus manos enredadas en el cabello de Lucía, guiando su cabeza en un ritmo constante.

«—Así, mi puta —gruñó, su cuerpo temblando de placer.

Clara, aún en la cama, se tocaba nuevamente

El timbre sonó, su eco resonando por toda la casa. Lucía, con el corazón latiendo con fuerza, se apresuró hacia la puerta, su cuerpo aún temblando por las recientes embestidas de su padre. El semen de le goteaba lentamente de la vagina, dejando un rastro pegajoso en sus muslos. Con manos temblorosas, se limpió el semen que reposaba en su rostro con la camisa, tratando de componer una apariencia de normalidad, aunque sabía que era una causa perdida.

Abrió la puerta y allí estaba el profesor Christian, su expresión serena y profesional. Sin embargo, al ver a Lucía, sus ojos se abrieron de par en par, recorriendo su cuerpo con una mezcla de asombro y lujuria. La camiseta larga que llevaba apenas cubría su panza hinchada, dejando al descubierto sus piernas y, lo más revelador, su coño expuesto, aún húmedo y brillante con los restos del semen de su padre.

«—Lucía —dijo Christian, su voz apenas un susurro, como si estuviera tratando de procesar la escena ante sus ojos—. ¿Estás… estás bien?

Lucía asintió, forzando una sonrisa. «Sí, profesor. Solo me siento más cómoda así.»

Christian tragó saliva, sus ojos fijos en el coño de Lucía, incapaz de desviar la mirada. «Entiendo. Bueno, entonces… ¿dónde están tus padres?»

«—No están —respondió Lucía, dando un paso atrás para dejarlo entrar—. Están… ocupados.
Christian entró, su presencia imponente y su olor a colonia llenando el espacio. Lucía cerró la puerta detrás de él, sintiendo una mezcla de nerviosismo y excitación. «Profesor, ¿le gustaría algo de beber antes de que empecemos?»

Christian negó con la cabeza, aún incapaz de apartar la mirada de su cuerpo. «No, gracias. Lucía, ¿estás segura de que quieres hacer esto? Pareces… distraída.»

Lucía se acercó a él, su cuerpo rozando el suyo. «Estoy segura, profesor. Solo quiero mejorar mis notas. Y… y quiero que me ayude.»

Christian extendió una mano, tocando suavemente su mejilla. «Lucía, eres tan joven. Y estás… en una situación complicada.»

Lucía tomó su mano y la guió hacia su panza, luego más abajo, hasta su coño húmedo. «Profesor, por favor. Ayúdeme. Necesito su ayuda.»

Christian gimió suavemente, sus dedos explorando su humedad. «Lucía, ¿estás segura? No quiero que te sientas presionada.»

Lucía asintió, sus ojos fijos en los de él. «Estoy segura, profesor. Por favor, ayúdeme.»

Christian la guió hacia el sofá, su mano aún en su coño, sus dedos moviéndose lentamente, explorando cada pliegue. Lucía gimió, su cuerpo respondiendo al toque de su profesor. Se sentó en el sofá, abriendo las piernas para darle mejor acceso.

«—Lucía —susurró Christian, su voz llena de lujuria—, eres tan hermosa. Y tan joven.

Lucía sonrió, su mano moviéndose hacia la bragueta de Christian, desabrochándola con destreza. «Profesor, por favor. Necesito que me llene. Necesito sentirlo dentro de mí.»

Christian se liberó de sus pantalones, su verga dura y lista. Se arrodilló entre las piernas de Lucía, su cabeza rozando su entrada. «Lucía, esto es… inapropiado. Pero no puedo resistirme a ti.»

Lucía asintió, sus caderas levantándose para encontrar su verga. «Profesor, por favor. Fólleme. Fólleme como si fuera suya.»

Christian entró en ella con un gemido, su verga llenándola por completo. Lucía gimió, su cuerpo ajustándose a la invasión, sus uñas clavándose en sus hombros. «Sí, profesor. Así. Más fuerte.»

Christian obedeció, sus caderas moviéndose con fuerza, sus embestidas profundas y rápidas. Lucía se aferró a él, sus piernas envolviendo su cintura, sus gemidos llenando la habitación. «Profesor, sí. Así. Me gusta.»

Christian se movió más rápido, sus caderas chocando contra las de Lucía con fuerza. «Lucía, eres tan apretada. Tan húmeda.»

Lucía asintió, su cuerpo temblando de placer. «Profesor, por favor. No pare. Quiero sentir su semen dentro de mí.»

Christian gruñó, sus embestidas volviéndose erráticas, su verga palpitando dentro de ella. «Lucía, me corro. Me corro dentro de ti.»

Lucía gimió, su propio orgasmo recorriéndola, su coño apretándose alrededor de la verga de Christian. «Sí, profesor. Lléneme. Lléneme con su semen.»

Christian se corrió con un gemido, su verga palpitando mientras llenaba a Lucía con su semen caliente. Lucía gimió, su cuerpo temblando con las réplicas de su orgasmo, su coño chorreando con la mezcla de sus fluidos.

Christian se retiró, su verga aún dura y cubierta de sus fluidos. Lucía se levantó, arrodillándose frente a él, tomando su verga en su boca, limpiándola con su lengua. Christian gimió, sus manos enredadas en su cabello, guiando su cabeza en un ritmo constante.

«—Lucía, que puta eres—gruñó, su cuerpo temblando de placer.

Lucía continuó, su lengua moviéndose alrededor de la cabeza hinchada de su verga, saboreando cada gota de su semen. Christian se retiró de su boca, su verga aún dura. «Lucía, eres increíble. Tan joven y tan puta.»

Lucía sonrió, sus ojos llenos de lujuria. «Gracias, profesor. Solo quiero complacerlo.»

Christian se levantó, su verga aún dura y lista. «Lucía, quiero follarte de nuevo. Quiero follarte en todas las posiciones posibles.»

Lucía asintió, su cuerpo temblando de anticipación. «Sí, profesor. Lo que usted quiera.»

Christian la guió hacia la mesa del comedor, inclinándola sobre ella, su panza presionando contra la madera fría. Se colocó detrás de ella, su verga encontrando su entrada con facilidad. Entró en ella con fuerza, sus caderas moviéndose rápidamente, sus embestidas profundas y rápidas.

Lucía gimió, su cuerpo respondiendo a cada embestida, sus uñas clavándose en la mesa. «Sí, profesor. Así. Más fuerte.»

Christian obedeció, sus caderas chocando contra las de Lucía con fuerza, sus bolas golpeando su clítoris hinchado. «Lucía, eres tan puta. Tan dispuesta.»

Lucía asintió, su cuerpo temblando de placer. «Sí, profesor. Soy su puta. Fólleme como si fuera suya.»

Christian se movió más rápido, sus embestidas volviéndose erráticas, su verga palpitando dentro de ella. «Lucía, me corro. Me corro dentro de ti.»

Lucía gimió, su propio orgasmo recorriéndola, su coño apretándose alrededor de la verga de Christian. «Sí, profesor. Lléneme de nuevo.»

Christian se corrió con un gemido, su verga palpitando mientras llenaba a Lucía nuevamente. Lucía gimió, su cuerpo temblando con las réplicas de su orgasmo, su coño chorreando con la mezcla de sus fluidos.

Christian, con el pecho agitado y una sonrisa satisfecha en el rostro, se recostó contra el sofá, sus ojos aún brillando de lujuria. Lucía, con una mezcla de inocencia y picardía en su expresión, se acurrucó a su lado, su panza de embarazo resaltando contra su piel suave. La habitación estaba impregnada del olor de su sudor y sus fluidos, un recordatorio tangible de la intensa sesión de sexo que acababan de compartir.

«—Lucía —dijo Christian, su voz ronca por el esfuerzo—, eres increíble. No creo haber tenido una alumna como tú antes.

Lucía sonrió, sus dedos jugueteando con el vello en el pecho de Christian. «Gracias, profesor. Espero que de ahora en adelante no tenga problemas con mis notas de Matemáticas.»

Christian rió, un sonido profundo y genuino. «No te preocupes por eso, Lucía. Con lo que hemos hecho hoy, creo que puedo asegurarme de que tus notas sean perfectas.»

Lucía se inclinó hacia él, sus labios rozando los suyos en un beso suave. «Me alegra oír eso, profesor. Solo quiero complacerlo en todo.»

Christian acarició su mejilla, su pulgar trazando un camino hasta sus labios. «Lo has hecho, Lucía. Más de lo que podrías imaginar.»

Lucía se sentó, su postura erguida a pesar de su estado. «Profesor, ¿puedo preguntarle algo?»

Christian asintió, intrigado. «Claro, Lucía. Puedes preguntarme lo que quieras.»

—Profesor —dijo Lucía, su voz apenas un murmullo cargado de una curiosidad oscura—. ¿Le excita pensar que… que mi bebé pudo haber sentido su verga cuando me penetró? ¿Le pone caliente saber que lo estaba sintiendo ahí dentro, mientras usted me follaba?

Christian se quedó helado, la sonrisa de satisfacción se congeló en sus labios. La pregunta de Lucía flotó en el aire, densa y pegajosa como el semen que aún goteaba de ella. No era una broma. Sus ojos, antes llenos de lujura post-coito, ahora la examinaban con una mezcla de pánico y fascinación. Tragó saliva, el sonido seco rompiendo el silencio denso de la habitación.

—¿Qué… qué has dicho? —susurró, su voz ya no era la del profesor seguro, sino la de un hombre al que le acaban de arrancar una máscara.

Lucía no apartó la mirada. Se inclinó un poco más, su panza un testimonio silencioso entre ellos. —Le pregunto si le excita —repitió, con una calma que resultaba aterradora—. La idea. Que su verga estuviera tan adentro que mi bebé la notara. ¿Le pone duro solo de pensarlo, profesor?

La mano de Christian, que antes acariciaba su mejilla, cayó pesada sobre el sofá. Podía sentir el sudor frío perlándose en su espalda. La excitación se había desvanecido, reemplazada por un escalofrío que nada tenía que ver con el placer. Miró a la adolescente, a su cuerpo marcado por el embarazo, a sus ojos que lo desarmaban con una pregunta que venía del infierno. No había respuesta correcta. Negarlo era una mentira que ella vería en su cuerpo. Afirmarlo era confesar una monstruosidad que él mismo no se atrevía a nombrar.

—Eso… eso está muy enfermo, Lucía —logró decir, pero su voz temblaba, traicionándolo.

—¿O sí? —replicó ella, acercando su rostro al suyo, su aliento cálido y dulce—. Diga la verdad. ¿O es que le da miedo que le guste? Miedo de que sea usted un pedofilo.

Él no dijo nada. Solo la miró, atrapado. En ese instante, supo que no era él el que la había corrompido. Que había entrado a la casa pensando que sería el depredador, pero ahora, sentado en el sofá con el olor de ella impregnado en su piel, se dio cuenta de que solo era otra pieza en un juego mucho más oscuro del que jamás había imaginado. Y la partida, ahora mismo, apenas comenzaba.

9 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: baño, colegio, follar, hija, madre, padre, semen, sexo
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