La historia de Mariam (capítulo IV)
Este capítulo forma parte de un proyecto en el que a través de una saga, varios autores hemos ido escribiendo sus capítulos contando la historia de la familia de Mariam, reconstruida a partir de unas cartas antiguas encontradas por una de sus descendientes en la actualidad..
La familia de nuestra protagonista, Mariam, procedía de una región no determinada, que podría estar situada en esas tierras que desde hace siglos, se disputan árabes y judíos, pero por las que también pasaron otros pueblos, que en algún momento llegaron a tener un imperio.
En medio de ese crisol de culturas, etnias y religiones, surgió esa familia, que siguiendo tradiciones bíblicas, se vio inmersa en prácticas incestuosas que provocaron diversas disputas familiares con un final trágico, debido a lo cual, partes de la familia emigraron a otras regiones cercanas hacia el norte, ocupadas por los Otomanos o hacia el sur, en tierras de Egipto, aunque posteriormente siguieron emigrando a otros lugares del mundo, donde todavía mantienen esa semilla incestuosa entre sus descendientes.
Debido a esos trágicos sucesos, en parte provocados por una enfermedad que se llevó a varios de sus miembros, hace unos 200 años, Mariam se ve obligada a marcharse de su casa con sus dos nietos mellizos, un niño y una niña todavía bebés, de los que tiene que hacerse cargo tras haber perdido a sus padres, hacia una ciudad lejana de Egipto, en donde espera encontrarse con unos parientes que la ayuden a comenzar una nueva vida.
Para el largo viaje, no contaba con recursos para hacerlo, ya que había sido despojada de todo, y tan solo la piedad de una vecina, recordando tiempos pasados, hizo posible que le facilitara secretamente algunos suministros, una bolsa con monedas, que apenas llegaban para pagarse el viaje, comida para varios días y dos bolsas de piel llenas con leche, algo que iba en contra de las leyes de su Comunidad, que había proscrito a su familia y les negaban todo tipo de ayuda. Aunque también pudo contar con la generosidad y valentía de Matías, un amigo de la familia, que se ofreció a llevarla hasta la ruta por donde pasaban las caravanas rumbo a Egipto, a través de un duro y polvoriento camino por el que iba a pasar múltiples penalidades hasta llegar a su destino.
Durante el trayecto, fueron recordando los tiempos en los que Mariam era una niña, y se juntaban con su padre y su hija Zoraída para tener diversos juegos entre ellos. Su padre y Matías eran muy amigos y compartían a sus hijas entre ellos en una época de la que iban hablando con nostalgia, mientras Matías le decía:
—Ahora eres toda una mujer, una abuela muy joven debido a tus tempranos embarazos, pero en esa época eras una niña muy rica y cuando tu padre te trajo por primera vez, ya te había abierto y te entraba la polla muy fácilmente. Él estaba enamorado de mi hija Zoraida y disfrutó mucho de ella también. Fueron unos tiempos muy felices para todos.
—Yo también recuerdo esa época que ahora me parece tan lejana, después de todo lo que pasó. Yo era la más pequeña de mis hermanos y todos querían estar conmigo. Por la noche me metía en sus camas, pero mi padre venía a buscarme para llevarme con él —le decía Mariam.
—Sí, jaja, menuda pilla estabas hecha. Eras apenas una cría y ya te gustaba disfrutar de los hombres, y ellos contigo, claro. Tu padre me decía que eras su favorita entre tus hermanas.
—Bueno, eso sería porque ellas se fueron haciendo mayores y el prefería a las más niñas, para jugar con ellas e irles metiendo el vicio poco a poco —le dijo Mariam, justificándose, ya que en aquellos momentos no era muy consciente de ello.
—Cuando te quedaste preñada, todavía pude disfrutar un tiempo de ti. Eras una delicia, como lo echo de menos… Yo le preguntaba a tu padre si tú bebé podría ser mío, pero él me decía que no, aunque no sé por qué estaba tan seguro.
—Yo tampoco sé de quién me quedé embarazada. En ese tiempo me follaban muchos, pero supongo que sería de alguien de la familia.
Cuando llegaron a unas de las paradas donde se detenían las caravanas para recoger a los viajeros, todavía tuvieron que esperar un tiempo, que Matías aprovechó para cobrarse ese viaje, y Mariam tuvo que dejarse sobar bajo sus ropas por ese viejo pervertido, al que todavía se le ponía la polla dura recordando los viejos tiempos, y le pidió a Mariam que abriera las piernas para follarla, porque llevaba mucho tiempo sin estar con una mujer. Su mujer ya no le atraía, sus hijas eran ya mayores y estaban casadas, por lo que su único entretenimiento era alguna de las niñas del poblado que se dejaban meter mano a cambio de algún regalo.
Cuando pasó la primera caravana que tenía un sitio libre para ellos, se subió con los bebés, pero al poco rato no paraban de llorar, hambrientos, al estar acabándose la leche que intentaba dosificar, lo que molestaba al resto de pasajeros, pero también provoco la compasión de una madre que viajaba con su bebé y al que iba alimentando de su pecho hasta que volvía a dormirse, que le dijo a Mariam:
—Yo tengo mucha leche y mi niña no se la toma toda, así que es una pena que se derrame bajo mis ropas. Si quieres yo puedo dársela a tus niños.
—¡Oh! Muchas gracias, en realidad son mis nietos, porque han perdido a su madre y me encargo yo de ellos.
—Dame a los dos, les daré de un pecho a cada uno.
La joven madre colocó a los mellizos en su regazo y les ofreció sus pezones para que chuparan ante la vista del resto de los viajeros, entre los cuales, los hombres no podían evitar el morbo de ver como esa mujer amamantaba a esas criaturas, aunque solo uno de ellos se atrevió a comentar:
—¿Puedo ser yo el siguiente, jajaja?
Quizás la presencia de más mujeres en la caravana evitó un mayor acoso a esa buena mujer que tan solo estaba ofreciendo su leche sobrante a esos bebes que chupaban con ansiedad esos pechos que les reconfortaban y les permitiría sobrevivir quién sabe cuanto tiempo más.
Una vez que parecieron quedarse satisfechos, se los devolvió a Mariam, para que al menos pudieran dormir durante un trecho de ese largo viaje, pero sabiendo que el viaje iba a durar varios días, le ofreció unas monedas a esa mujer para que siguiera alimentando a sus nietos hasta que ellas llegaran a su destino, lo que esa madre finalmente aceptó agradecida.
Mariam llevaba su segundo día de viaje, en los que había podido observar al resto de acompañantes, entre ellos, un hombre mayor que viajaba solo con una niña, que podía suponer que fuera su nieta, pero ese hombre hablaba poco y tan solo abrazaba a esa niña asustada, percibiendo en ocasiones como la acariciaba bajo un ligero vestido que dejaba a la vista sus piernas y según la posición que adoptara en el asiento, enseñaba sus pequeñas braguitas rotas que dejaban ver su intimidad, lo que sin duda iba excitando al resto de los viajeros que no apartaban su vista de ella, intrigados por la relación que tendría con ese viejo.
Cuando la oscuridad y el frío se hacía más intenso, se tapaban bajo una manta y no paraban de moverse de forma sospechosa, escapándose algún gemido por parte de la niña, que se abrazaba a ese hombre buscando calor, pero también recibiendo placer.
Obviamente, eso no pasó desapercibido para otro de los viajeros, un hombre que aparentaba una mejor posición social por su forma de vestir, y al que Mariam vio como le daba unas monedas al viejo, que acto seguido le pasó a la niña bajo la manta, momento en el que ese hombre empezó a manosearla ante la indiferencia del resto de los viajeros, incluso cuando él le puso a mamar su polla a la cría, hasta que acabó corriéndose, y se la devolvió al viejo que viajaba con la niña.
Después de eso, se quedaron hablando entre ellos:
—No me vendría mal conseguir una esposa como esta niña —comentó el hombre, después de su encuentro sexual.
—Se llama Alisa. Es mi sobrina y yo la cuido desde que su padre murió y su madre se fue a trabajar a los campos del Nilo. Pero en el Mercado de esclavos de Alejandría podrá conseguir muchas niñas entre las que elegir una esposa de su gusto.
—Sí, lo sé, pero esas niñas ya no son vírgenes. Son difíciles de encontrar incluso entre las más pequeñas. Yo lo que deseo es comprársela directamente a una familia que la haya cuidado bien y protegido de manos libidinosas.
—Jaja. Dificil lo veo. Tendría que haber solo eunucos a su alrededor….
—No pierdo la esperanza de encontrarla, pero mientras tanto, cuando lleguemos en la noche a la Granja, le daré más monedas para poder follar a la niña.
Ese suceso tampoco llamó excesivamente la atención a Mariam, ya que en su familia era habitual ver y practicar ese tipo de actos, algo que recordaba de su feliz niñez, por lo que no entendía como pudo acabar en ese desgraciado matrimonio, al que se vio abocada al entregarla sus padres a ese hombre mucho mayor que ella, a causa de sus necesidades económicas; un recuerdo que por momentos la entristecía, pero ahora se había liberado de su despótico marido y ante la vista de ese hombre disfrutando de la niña, volvía a recordar con morbo esas anécdotas de su niñez, al comentarle una mujer, que iba sentada a su lado, y que también se había fijado en esa escena:
—Parece que la niña ya está muy acostumbrada a esas cosas….
—Supongo que sí. Ese hombre con el que va la tiene bien aleccionada. No ha dejado de manosearla en todo el viaje y creo que hasta se ha masturbado con ella.
—Y no la ha follado porque le parecerá muy descarado, aquí, delante de todos, pero seguro que se lo hace también.
—Bueno, yo no digo nada. En mi familia, mi padre empezó a follarme bien pronto también, como había hecho con mis hermanas antes —continuó diciéndole Mariam.
—En mi caso, era mi tío, hermano de mi madre, que venía a casa a dormir cuando mi padre estaba fuera y me llevaba a la cama con él, lo que mi madre le permitía sabiendo lo que pasaba —añadió esa mujer, con una cierta complicidad.
—¡Ay, las madres! Siempre les consentimos todos los caprichos a los hombres. Así nos enseñan desde niñas a complacerles.
Al llegar la noche, la caravana se detuvo para pasar la noche en una Granja en el camino, donde podrían dormir más cómodamente en el establo, adecentado para ello, con unos camastros de paja.
El hombre que había estado con la niña del viejo, se fijó en Mariam, al ver que viajaba sola con sus pequeños, y le preguntó con curiosidad sobre sus circunstancias. También se dio cuenta de que uno de sus nietos era una niña y no pudo evitar comentarle a ella:
—Es una pena que su nieta sea una bebé. Todavía tienen que pasar unos años para poder gozar con ella. Me encantaría tenerla a mi cuidado hasta que ese momento llegara.
Mariam le escuchaba con recelo, ya que tenía miedo de que ese hombre le arrebatara a su nieta sin que pudiera impedirlo, aunque no fuera su intención, ya que sus destinos eran diferentes, y seguramente tendría oportunidad de encontrar lo que buscaba en otras ocasiones más favorables, y le dijo:
—Ya sé que algunas madres venden a sus hijas siendo bebés, por tener ya muchos hijos y no poder mantenerlos a todos, pero no es mi caso. Soy su abuela y vamos al encuentro de unos familiares, donde podrán tener una buena vida, espero.
—¡Mmmm! Lástima… Mi objetivo es encontrar a una nena así para ir creándola a mi manera y poder disfrutar juntos durante unos cuantos años, hasta que ella decida casarse o seguir conmigo, si lo prefiere.
—Yo he conocido a algún hombre que hacían eso. Recogían a alguna cría que se quedaba huérfana y la criaban como si fuera una hija suya, aunque ya me entiende…., la metían con él en la cama desde un principio.
—Claro, me lo imagino. Son hombres afortunados que disfrutan de sus dulces tentaciones….
Ese largo viaje se había convertido para Mariam en un pequeño mundo, con personajes de todo tipo, que en cada parada bajaban y subían dando lugar a nuevas anécdotas y situaciones en las que debía buscar nuevas oportunidades de supervivencia para ella y sus bebés. La mujer que había amamantado a sus nietos se había bajado en su destino y debía buscar nuevo sustento para ellos, así que le pidió al granjero leche fresca para el viaje, y como ya no le quedaba dinero para pagarle, ella le ofreció el pago con su cuerpo, ya que sabía que cuando ya nada se tiene, el sexo es la mejor moneda de cambio, que fluctúa de valor según la oferta y demanda, así como la exclusividad de lo que se ofrece.
Ella no podía ofrecer a una niña como el viejo de la caravana, pero su cuerpo todavía era joven y apetecible para cualquier hombre, y tampoco era la primera vez que tenía que satisfacer a alguien por necesidad, así que dejó que ese granjero la desnudara y disfrutara de ella a su antojo, como seguramente habría hecho con otras muchas mujeres y niñas que habrían pasado por allí.
Pero gracias a ello, consiguió leche para alimentar a sus nietos algún día más y pudo dormir tranquila en ese establo, aunque no faltó movimiento por la noche entre los que viajaban en esa caravana, ya que pudo ver como la niña que era alquilada por el hombre que la acompañaba, iba pasando por otros dos viajeros que no habían querido perder la oportunidad de desahogarse y pasar un momento agradable con ella.
El sexo es el pasatiempo más barato y habitual entre los pobres y se aprovechaba cualquier momento para practicarlo, sin importar edades ni vínculos familiares, por lo que durante esas noches de descanso en el viaje, podía observarse fácilmente situaciones de ese tipo, como el de una familia, que viajaba con sus hijos pequeños y se juntaban todos bajo una manta, para protegerse del frío de la noche.
El movimiento bajo la manta vislumbraba que no solo dormían, y las criaturas se movían bajo ella entre los cuerpos de su padre y su madre, que aprovechaban esos momentos para darse placer.
Luego, durante el viaje, esa misma familia, volvió a llamar la atención de Mariam, ya que en cierto modo, le recordaba a su propia familia, y volvieron a su mente esos momentos en los que compartía cama con sus padres, llevando su mano a su vagina para masturbarse con discreción, mientras la niña de esa familia jugaba con la polla de su padre, lo que intentaban disimular sin mucho éxito, debido al reducido espacio en el que viajaban, y algunas manos aprovechaban para sobar las tetas de la mujer, que se dejaba llevar por ese cúmulo de sensaciones que hacían más llevadero el largo viaje.
Los demás viajeros iban cambiando y ya no estaba el hombre que viajaba con la niña, pero si una madre acompañada de su hija pequeña, que era más habladora y contaba que iban al encuentro de su marido, al que hacía tiempo que no veía y que casi no conocía a su hija, a la que le dijeron:
—Su padre se llevará una agradable sorpresa al encontrarse con una hija tan bonita.
—Sí, ha crecido mucho desde que no la ve, y yo he tenido que hacer de todo durante su ausencia, para poder alimentarla y sobrevivir las dos.
—Ya me imagino. La vida siempre es dura para una mamá sola y tiene que recurrir a todo…. —insinuándole que contara algo sobre ello.
—Claro, pero por suerte, un hombre mayor nos protegió y nos proveyó de todo lo que necesitábamos, aunque tuviera que entregarle a mi hija.
—¡Ummmhh! Desde tan pequeña, ya colaborando al bienestar de la familia —comentó morbosamente, uno de los viajeros.
—Como tantas otras hemos tenido que hacerlo….—decía, mientras miraba al resto de las mujeres que viajaban en la caravana, que bajaban la cabeza y callaban, aunque seguramente tendrían mucho que contar al respecto.
—¿Así que estaría dispuesta a aceptar unas monedas mientras nos divertimos con ella en el viaje…..? —le insinuó uno.
—No me vendría mal, nos quedan varios días de viaje y tenemos que comer —dijo ella, resignada.
—La niña ya tiene una mirada de vicio. Su padre se va a encontrar con una buena putita, y va a poder disfrutarla por un tiempo, hasta que no la entreguéis en matrimonio —le dijeron.
—Al lugar a donde vamos hay pocas mujeres, y mi marido ya me dijo que nos va a prostituir para ganar el dinero suficiente para poder establecernos en la ciudad y tener un futuro mejor.
—¡Mmmm! Espero que esos hombres os traten bien. Yo no entregaría mi hija a cualquiera, tan solo a alguien de confianza que sepa cuidarla y tratarla bien.
—Eso espero. El hombre que nos acogió se comportaba muy bien con ella y le enseñó todo lo que sabe.
Esa conversación estaba excitando a los hombres que escuchaban a aquella mujer y uno de ellos le dijo:
—¿Me la dejas un rato para hacer más llevadero el viaje? Sabré recompensarte….
La mujer aceptó la proposición, y se la pasó a ese hombre, que tras ponérsela encima, empezó a acariciarla, buscando entre sus muslos su tierna vagina, y tras pasarle sus dedos, pronto empezó a rezumar sus jugos haciéndola estremecer, mientras aprovechaba para besarla y saborear sus labios y su pequeña lengua, que buscaba a su vez, la lengua de ese hombre, aumentando su grado de excitación, lo que también se contagió a otro que iba a su lado, que alargó su mano para manosear igualmente a la niña cada vez de forma más intensa, lo que les llevó a sacarse su polla para masturbarse con ganas evidentes de follarla, pero esperarían a la noche, en la siguiente parada, para poder disfrutarla con más tranquilidad aunque fuera bajo la vigilancia de su madre.
Pronto se hizo de noche y la caravana se detuvo en una de sus paradas habituales, donde todos podrían descansar hasta emprender de nuevo el viaje al amanecer.
Buscaron acomodo en el habitáculo preparado para ello, en donde dormían todos sin ninguna intimidad ni privacidad, como solía suceder en esos lugares. Los hombres interesados en la niña con la que habían jugado en la caravana, se pusieron junto a ella y su madre, con la que estuvieron negociando el precio a pagar por pasar la noche con la cría, y tras recaudar las monedas acordadas, les insistió en que era todavía una niña y la trataran con el debido cuidado, pero ellos ya estaban acostumbrados a disfrutarlas de esas edades y sabían como hacerlo.
Las madres solían fijarse en las pollas de los hombres que solicitaban a sus hijas, porque si eran excesivamente dotados, los descartaba, y aunque alguno trataba de convencerlas diciéndoles que solo se la meterían un poco, ellas sabían que casi nadie lo cumplía y acababan metiéndosela entera, con el posible daño para la cría, si era demasiado pequeña todavía.
En este caso, ella había visto que sus pollas eran más bien pequeñas, por lo que su hija podría disfrutarlas sin problema y ellos poder satisfacerse plenamente.
La oscuridad del lugar y la esquina que habían escogido, les propiciaba la discreción necesaria para que el resto de pasajeros no se percataran excesivamente de lo que hacían con ella, aunque todos se lo imaginaban, porque era algo habitual en esos descansos nocturnos.
El primero de los hombres empezó a calentarla, sobándola y besándola con la experiencia de los años y la práctica en esos encuentros, para que la cría se sintiera cómoda y disfrutara también de todo eso, a lo que se unía que esa niña era fácilmente excitable y pronto se mojaba su vagina para facilitar esos contactos, lo que a su vez, excitaba todavía más al hombre que estaba con ella, que le inducía a lamer esos jugos que brotaban de la tierna vagina, para luego ponerla a mamar su polla, evidenciando todo lo aprendido y su dulzura natural para hacerlo, que haría expulsar el semen de una forma bastante rápida a todos los hombres que metían la polla en su boca, aunque su coño y ano ya habían aprendido también a adaptarse a todo tipo de penes para hacer más placentera esa jodienda infantil.
Luego de eso, se la fueron pasando los demás hombres, hasta que llegó el momento de empezar a follarla uno tras otro, a veces de forma compartida con otra polla practicando el sexo oral. Los gemidos que salían de aquella zona evidenciaban lo que allí estaba pasando, aunque otros pasajeros estaban más ajenos a ello, porque estaban haciendo lo mismo con alguna mujer o niña de las que viajaban en otra de las caravanas que habían decidido hacer noche allí.
Había hombres no las buscaban especialmente tan niñas, y las preferían más mayores, incluso mujeres adultas, pero esas era difícil encontrarlas de su gusto, porque debido a los múltiples embarazos y las duras condiciones de vida, su belleza se marchitaba pronto y dejaban de ser tan deseables, incluso para sus maridos, pero los que tenían una esposa joven y bonita, en caso de necesidad, no dudaban en prostituirla para salir de algún apuro económico, incluso en esos largos viajes, en los que muchas veces, el sexo era la única moneda de pago.
Por la mañana emprendieron de nuevo el camino, aprovechando la luz del día, hasta llegar a un nuevo descanso para los animales y pasajeros, que podrían aprovisionarse de más comida para el viaje.
En esta parada tuvieron la oportunidad de bañarse en un río cercano, lo que siempre venía bien después de tantos días de viaje. Todos se fueron desnudando con total naturalidad, por lo que quedaron a la vista de todos sus cuerpos, aunque Mariam se fijó especialmente en los niños de esa familia y en otros de esas edades, que también eran el centro de atención de las miradas morbosas, aparte de que buscaran un acercamiento hacia ellos.
Eso sirvió para que Mariam volviera a recordar episodios de su niñez, cuando acudían al río a bañarse y todos jugaban desnudos en el agua junto a los adultos, que buscaban ese contacto con ellos que las circunstancias permitían, a veces también con la complicidad de todos en ese trance de excitación que llevaba a esos encuentros.
Ella sabía por experiencia, desde cuando las niñas empiezan a despertar el interés de los hombres adultos, quizás desde ese momento en que ellas empiezan a ser autónomas y tomar sus primeras decisiones, empezando a moverse con libertad entre unos y otros llevadas por esa curiosidad de la edad.
Los hombres empiezan a jugar con ellas y acaban excitándose cuando pueden manejarlas a su antojo, llevándolas a ese punto en el que ese contacto se hace más intenso y pueden empezar con sus primeras prácticas. Es un proceso que depende de la receptividad de cada niña, que ponga mayor o menor interés en esas primeras sensaciones de placer que las lleven a repetirlas. Mariam había conocido muchos casos así, niñas muy precoces, capaces de volver loco a cualquier adulto, que se envician con ellas en base a ese instinto animal que florece en todos nosotros.
También los niños eran objeto de esas iniciaciones, ya que siempre había alguien que los prefería, por morbo, o por tener más fácil acceso a ellos. A final de cuentas, a esas edades, es igual un niño o una niña. A los dos se les iniciaba analmente y daban la misma satisfacción, según el pensamiento de la Comunidad a la que pertenecía, en la que la bisexualidad era un hecho asumido por todos, y así se transmitía desde la niñez, donde prácticamente todos llegaban a tener contacto sexual con su propio sexo.
En medio de esos pensamientos, se fijó en una zona del río, donde dos hombres tenían a una niña entre ellos. Uno de ellos la sujetaba para que el otro la penetrara y luego se cambiaban de posición, mirando hacia los lados intentando que se notara lo menos posible, y con la complicidad de esa cría que se dejaba hacer lo que ellos querían, a pesar de lo cual, no querían llamar mucho la atención, porque aunque esas cosas sucedieran habitualmente, tampoco era algo que se exhibiera ante desconocidos, pero en determinados ámbitos más familiares no solían guardarse tanto las apariencias.
A ella también, cuando era niña e iba al río a bañarse, se le acercaban muchos hombres, que aprovechando las zonas más profundas buscaban esos roces y ese contacto con su cuerpo, haciéndola sentir sus pollas duras entre sus piernas, con las que se frotaban, a veces hasta correrse, algo que a ella le divertía especialmente a causa de esa picardía que le habían inculcado en la familia.
En el río, un adolescente que se bañaba cerca de ella, le enseñaba su polla, orgulloso, algo que a ella le halagó especialmente, por haberse fijado en ella en lugar de alguna de la chicas de su edad que había alrededor. Mariam acabó acercándose a él, y le dijo al oído:
—¿Estás buscando que te hagan una pajita?
El chico asintió con la cabeza, y ella se puso a su espalda agarrándole su polla erecta, empezando un suave vaivén que empezó a darle placer, por lo que se agarró a ella, tocando sus tetas mientras le hacía la paja, lo que hizo exclamar al chaval:
—¡Ay, mami! ¡Ay!
—¿Qué rico, mi niño! ¿Así te las hace tu mamá?
—Sí, me gusta mucho…..
Se notaba que era un chico inexperto, porque pronto se corrió entre las manos de Mariam, y no pudieron continuar porque otros hombres, quizás al ver la escena, también se acercaron a ellos.
Durante algunas partes del trayecto de ese largo viaje, Mariam era la única mujer entre varios hombres, y cuando eso sucedía, como en todos los ámbitos de la vida, tenía que soportar esas miradas lascivas por parte de ellos, que actuaban con ese instinto de las manadas, que degustan o saborean mentalmente a su presa antes de cazarla.
Aunque Mariam ya está acostumbrada a esas situaciones, esas miradas fijas en su cuerpo llegaban a intimidarla, sobre todo cuando se trataba de hombres desconocidos, y como suele suceder en otras ocasiones, una mano empieza a tocarla, luego otra, y así, se van sumando manos que la manosean por todo su cuerpo, llegando incluso a desnudarla, sin que ella apenas pueda resistirse.
De pronto, esos hombres la rodearon empezando a manosearla con más intensidad y decisión, altamente excitados, haciendo que una polla ocupara su boca, con otras en sus manos, mientras otro busca ponerla en su coño, adoptando la posición más cómoda. Eran 4 hombres rodeándola, abusando de su cuerpo, pero por momentos parecían multiplicarse, con manos masajeando sus tetas, bocas chupándolas. Su coño y su boca no dejaban de estar ocupados por pollas que entraban y salían. De pronto, chorros de semen empiezan a caer sobre ella de forma continuada, ya que cuando una polla se ha corrido en su vagina, otra ocupa su lugar, al igual que en la boca, ya incapaz de albergar más semen, cae por las comisuras de sus labios, sobre sus pechos. Su culo tampoco se salva y es usado cuando sus otros agujeros ya están ocupados.
Entre esos hombres, los había de todas las edades, desde uno bastante mayor, que ante ese espectáculo consiguió poner su polla en condiciones para poder penetrarla, y hasta un chico que no llegaría a los 14 años, que observaba un poco asustado la situación, fue animado por el resto para que se sumara a ellos, sujetando las piernas de la mujer exponiendo su vagina abierta para que entrara en ella y cuando introdujo su polla en el coño de Mariam, apenas pudo resistir su eyaculación, pero fue invitado a repetir, aprovechando que su polla continuaba dura como un palo. Como esos hombres se dieron cuenta de la inexperiencia del chico, le permitieron que siguiera disfrutando a su antojo del cuerpo de esa mujer, al que le decían entre risas:
—¿Es tu primera vez? ¿No tenías a ninguna hermanita para estrenarte?
Pero él no contestaba y seguía follando a Mariam con ese entusiasmo adolescente, una vez que tuvo la confianza necesaria para disfrutar de lo que hacía.
Después de casi una hora siendo el objeto sexual de aquellos hombres, esa especie de gangbamg acabó dejando exhausta a Mariam, a la que solo el llanto de los mellizos, la hizo salir de ese embotamiento sexual y se puso a atenderlos. Ella era muy consciente de que a una mujer sola le podían suceder esas cosas y tan solo le quedaba asumirlo y disfrutar de ello en la medida de lo posible, cuando esos hombres no se empleaban con demasiada violencia, por lo que era preferible dejarse hacer e intentar que ellos acabasen satisfechos lo antes posible, para que la dejaran en paz y seguir su camino.
En su cultura, los hombres consideraban que una mujer sola no tenía dueño y cualquier hombre podía hacer uso de ella para satisfacerse, por lo que ellas siempre intentaban viajar acompañadas, cuando eran pequeñas, por sus padres o hermanos y más adelante, por sus maridos, pero en muchos casos no era posible, al ser viudas o madres solteras que quedaban expuestas a la libidinosidad masculina.
Después de pasar noche en otra de las Granjas del camino, nuevos viajeros traerían nuevas anécdotas y situaciones de las que sería partícipe Mariam, para la que el bienestar de sus nietos era su principal objetivo.
Las caravanas solían viajar en grupo para protegerse mejor de los asaltantes que podían encontrarse en el camino y de los peligros que siempre acechaban en esas aventuras inciertas en las que se convertía cada viaje de larga duración.
A pesar de ello, esos asaltos acababan produciéndose, y así fue como en una ocasión, un grupo de hombres armados interrumpió el paso de la comitiva, y fueron revisando cada caravana, buscando algo de valor que llevarse, como joyas que pudieran tener alguno de los viajeros más pudientes, aunque también buscaban mujeres jóvenes y niñas para comerciar con ellas en los mercados de esclavas, y las que consideraban menos cotizadas, se las llevaban a sus campamentos para divertirse con ellas, ya que las mujeres escaseaban en esos lugares, y tenían que nutrirse de nuevas mujeres que iban capturando.
Por suerte, los mellizos de Mariam, eran demasiado pequeños todavía para que despertaran su interés, ya que solo les traerían problemas, pero se fijaron en una niña de unos 12 años que viajaba con ellos, hija de un matrimonio, que viajaban también con su hijo más pequeño.
La belleza de la niña atrajo la mirada del hombre que revisaba todo, y cuando hizo ademán de agarrarla por el brazo para llevársela, su padre trató de impedirlo, pero ese hombre, en tono amenazante, le dijo:
—¿Que pasa? ¿Que no te ha dado tiempo todavía para follártela? ¿O es que no quieres perder su compañía durante las noches?
Y mirando a la mujer, le dijo a su esposo:
—Tienes un esposa joven todavía, para que la puedas preñar, y con suerte, te dé otra hija.
Sin que se atreviera a contestar a ninguna de sus preguntas, el padre tuvo que resignarse a que se llevaran a la niña, que lloraba y gritaba, al ser separada de ellos.
Cuando consiguieron su botín de unas cuantas muchachas jóvenes y bellas, más todo lo de valor que encontraron, les dejaron marchar, haciendo su viaje más duro todavía en esas condiciones, pero pronto llegaron a un oásis en medio de su ruta, que era una especie de ciudad, con mucha más vida y recursos que las pequeñas Granjas en las que solían parar, y el descanso en ese lugar sería más largo, para reponerse del duro viaje.
Al conocer la desgracia del asalto que sufrieron, fueron atendidos de una forma especial, ya que esas caravanas solían dejar mucho dinero en ese lugar, y era una forma de compensarles. Les llevaron a un lugar donde podrían descansar, y donde ya se alojaban otros viajeros procedentes de otras expediciones, que aprovechaban para pasar unos días en ese estratégico lugar.
Mariam tuvo que compartir estancia con otra familia allí alojada, que ya estaban acostados por haberse hecho la noche y la mujer se levantó para recibirla, pero Mariam se dio cuenta de que estaba en la cama con un chico adolescente que lucía una visible erección, que no ocultó ante su presencia. Al lado dormían un niño y una niña de menor edad y en la cama de al lado, un hombre mayor compartía su cama con otra muchacha jovencita, apenas iniciada su adolescencia.
La mujer se afanó en buscarle un lugar a Mariam y sus nietos donde estuviera cómoda, aunque le insinuó que podría compartir cama con alguno de sus hijos, ya que al viajar sola, percibió que le gustaría satisfacer sus necesidades, después de ese largo viaje.
Mariam no pudo evitar fijarse en el chico que hacía compañía a esa mujer, por lo que ella le dijo:
—¿Te gusta mi hijo Marco….? —ella misma se contestaba esa pregunta— Jaja, ya me imagino que sí. Él es un gran amante y sabrá satisfacerte en lo que le pidas. Te vendrá bien un rato de placer después de las penalidades que has debido pasar.
Mariam se ruborizó al sentir expuestos sus deseos, Hacía tiempo que no disfrutaba de un chico tan guapo y apetecible, después de abandonar su pueblo y esa mujer le ofrecía esa posibilidad de forma generosa, por lo que tuvo que agradecérselo:
—Muchas gracias, señora. La verdad es que ya echaba de menos algo así. Usted es afortunada de poder disfrutarlo todos los días.
—También me gusta compartirlo, y para que él tenga experiencia con otras mujeres —dijo la mujer, que tras hacerle una una indicación a su hijo, se cambio de cama y se metió desnudo junto a Mariam, sin que se le hubiera bajado su erección ni un momento.
Se notaba que el chico estaba acostumbrado a estar con mujeres mayores que él y se desenvolvía con soltura, acariciando el cuerpo de Mariam, mientras observaba como ella reaccionaba a esos manoseos, y como desde el primer momento, Mariam echó mano a la polla del chico, con muchos deseos de metérsela en la boca, algo a lo que no le hizo esperar, acomodándose para esa primera mamada que sacara la deliciosa leche de ese muchacho.
La madre del chico les miraba, orgullosa de su hijo, al lado de su marido, que seguía acariciando a su hija pequeña, muy excitados todos con el ambiente que se había creado, con otras escenas parecidas que sucedían no muy lejos de allí.
Durante esos largos viajes por esas tierras inhóspitas, llenos de calamidades, a veces también se encontraban pequeños paraísos como contrapunto a esas penalidades pasadas, en donde las personas disfrutaban del día a día, como si fuera el último, porque muchas veces, en realidad lo era.
Marco había follado con ganas a Mariam, lo que le había hecho recordar nuevamente los felices tiempos pasados en su poblado de origen, con la larga tradición incestuosa de su familia, en la que el sexo se producía sin ninguna limitación entre sus miembros, ya que desde que tuvo uso de razón, se acostumbró a ver como su madre dormía con sus hermanos mayores hasta que su padre empezó a llevarla a su cama junto al resto de sus hermanas, algo que podía contemplar ahora en los distintos camastros de aquella estancia.
Pero Mariam debía seguir su camino, junto a sus nietos, para llevarles a un lugar seguro en el que puedan desarrollar sus vidas de una forma estable y feliz, y ya faltaba menos para llegar a su destino.
Los siguientes días pasaron sin demasiados sobresaltos, quizás debido a que por al cansancio de tantos días de viaje, Mariam ya veía con más normalidad todo lo que pasaba entre los pasajeros y lo que le proponían a ella, incluso la compra de sus nietos, cuando se daba un paseo por el mercado de esclavos que había en una de las paradas de la caravana, pero ella se negó atemorizada.
Debido a las miradas y el acoso de los hombres, Mariam tuvo miedo de que le arrebataran a sus nietos y se alejó un poco para buscar la protección de un hombre, que viendo la situación, se ofreció a ayudarla y la llevó a su casa, con su mujer y sus hijos, que la acogieron con gran amabilidad, para que pasara la noche con ellos, en vez de tener que ir con los demás pasajeros, antes de partir nuevamente.
Ella se lo agradeció, porque hacía días que no dormía en esas condiciones de tranquilidad y seguridad, pero también era consciente de que debería pagárselo de alguna forma, ya que pronto descubrió las perversiones de esa familia, en la que todos compartían el sexo de forma conjunta desde que sus hijos iban naciendo, según le explicaron, y ella también les habló de sus experiencias personales con su familia de origen y las que había ido teniendo con tras personas, ya muy variada y extensa, a pesar de su edad, joven todavía para ser ya abuela.
En realidad, todos dormían en una especie de sala con varias camas, todos a la vista de los demás, y en una de esas camas tuvo que ponerse junto a sus nietos, mientras veía como los padres empezaban a tener sexo con sus hijos, así como entre ellos mismos.
Eran una familia numerosa, con 6 hijos de los dos sexos y diferentes edades. La mujer se llamaba Samala, y estaba en la cama con su hijo mayor, que aparentaba tener sobre los 16 años, que se puso encima de ella para empezar joderla con ímpetu, entre los jadeos de su madre, El padre, llamado Simón, estaba en otra cama con las niñas, incluida la más pequeña, de 6 años, según le había comentado su padre, y que estaba muy despierta al ver a sus hermanas mayores desde pequeña.
Él estaba tumbado, con la pequeña sentada sobre su cara, para chuparle la vagina, mientras otra jugaba con su pene erecto, que chupaba en ocasiones, junto a otro hermano pequeño, lo que sorprendió a Mariam, al ver la bisexualidad de toda la familia, ya que la otra hermana compartía cama con su madre y el hermano mayor, que luego fueron intercambiándose entere ellos a lo algo de una noche de sexo que parecía no tener fin.
Samala observó como Mariam se masturbaba al verlos y envió a uno de sus hijos con ella para que disfrutara con él, y Simón le envió a la pequeña, al darse cuenta del morbo que despertaba en ella, a la que puso entre las piernas de Mariam para que le comiera el coño, mientras ponía a su alcance a otra de sus hijas para que se diera el gusto de comerse una vagina infantil, a la que su padre punteaba con su polla, sin llegar a metérsela del todo, a pesar de sus ganas.
Su excitación llegó al grado máximo, y pronto necesitó tener una polla entre sus piernas, así que primero uno de los chicos la jodió y luego el propio Simón se puso sobre ella para ofrecerle su polla de buen tamaño, que la hizo correrse varias veces, antes de que él le regalara su semen.
Después de haber dormido poco, tuvo que madrugar para seguir su viaje en la caravana, a la espera de su destino final, al que después de dos días de viaje, acabaron llegando.
Mariam se sorprendió al ver que era una gran ciudad, con gente deambulando por todas partes, y en donde le iba ser difícil encontrar a sus parientes, ya que tenía pocas referencias sobre en que zona de la ciudad podrían vivir, y tan solo le quedaba ir preguntando por sus nombres a la gente que se fuera encontrando.
Enseguida se hizo de noche y poco podría hacer ya, así que buscó un lugar donde alojarse con sus nietos, pero debido a que no le quedaba ya dinero con que pagar, pocas opciones le quedaban, más que una casa que parecía abandonada, pero donde solían dormir los vagabundos.
Mariam estaba muy cansada y sus nietos dormidos, por lo que no pensó en ese momento sobre la peligrosidad de ese lugar para una mujer como ella, Se colocó en un rincón, tratando de pasar desapercibida, pero una mujer mayor se acercó a ella y le dijo:
—Ese lugar ya está ocupado.
—No veo a nadie por aquí —le contestó Mariam.
—Siempre hay alguien dispuesto a pagar por un lugar donde poder dormir.
—¿Me está pidiendo dinero por dormir aquí?
—Dinero o lo que tengas, que puedas dar. Eres una mujer joven y atractiva. Es extraño verte por aquí, además, con dos bebés. Este no es lugar para vosotros.
—Estoy de paso. Busco a unos familiares. No sé si los conocerá….. Se llaman Osama y Amina, y tienen varios hijos.
—Hace años conocía a mucha gente. He trabajado en casas de los más ricos de la ciudad. No siempre he estado aquí, pero la vida me ha traído a este lugar. Pero déjate de charla. Si no tienes dinero, te puedo alquilar a alguno de los que duermen aquí. Supongo que no será la primera vez que te dejas follar por algún viejo.
—Tiene razón. En mi vida he pasado por muchas situaciones, ya desde niña. Si es necesario, haré lo que tenga que hacer.
—Alguno ya te ha echado el ojo, El que más pague, te tendrá, pero puede que permita que algunos de sus amigos te folle también. Serás de su propiedad durante una hora.
—Está bien, pero ahora quiero dormir un poco. Estoy muy cansada de un largo viaje.
Una vez que pudo dormir, Mariam ya tuvo que empezar a pagar su estancia en ese lugar. Por la mañana, los manoseos de un hombre que tenía al lado, la despertaron, y cuando quiso protestar, la mirada de la mujer que le había permitido dormir allí con sus nietos, le hizo recordar su trato y tuvo que dejar que ese hombre le quitara la ropa y se pusiera entre sus muslos para que se echara sobre ella y la penetrara. No era habitual que una mujer tan joven y bella estuviera en ese lugar y ese hombre la disfrutó muy excitado. Sus generosos pechos eran manoseados y chupados una y otra vez, mientras la penetraba acelerando su ritmo hasta que se corrió dentro de ella y se salió, pero otro hombre ocupó su lugar y se puso igualmente a follarla, sin importarle que estuviera llena del semen del anterior.
Una vez que terminó, se apartó, y tuvo la suerte, en cierta forma de nadie más de los hombres que la miraban con deseo, tuvieran el dinero suficiente para estar con ella.
Mariam le dijo a esa mujer, que parecía tener el control de ese nauseabundo lugar, que lo que necesitaba era encontrar un trabajo para ganar dinero con el que poder mantener a sus nietos, más allá de esa ocupación temporal de puta, que ella consideraba solo para emergencias.
La mujer la envió a una casa, donde necesitaban servidumbre, y allí se presentó con sus nietos, a pesar de lo cual, fue aceptada y se le asignó una habitación compartida con otra mujer y su hija, apenas una adolescente, que ya trabajaba también en ese lugar, que pronto la puso al tanto de las costumbres y hábitos que imperaban allí.
Esa mujer se presentó como Graciela, y su hija Nila. Eran de piel oscura, seguramente, provenientes del sur de Egipto o alguna región limítrofe. La belleza de ambas todavía no se había apagado por el duro trabajo que tenían, a pesar de que la madre le confesó que Nila no era su única hija, y que había tenido otros tres embarazos desde los 14 años, en la que la preñaron por primera vez, aunque esa vez no llegó a término. Sus otros dos hijos, varones, ya estaban trabajando en otro lugar.
Mariam comprendió que el sexo también formaría parte de las prestaciones que tendrían que ofrecer en esa casa, al ser informada de los gustos particulares de cada miembro de la familia, y de los que incluso sus nietos, con 2 años ya, no iban a estar a salvo de sus depravaciones, y ante su sorpresa, Graciela le detalló:
—A Leocadia, —la matriarca de la familia, que superaba los 60 años—, le encantan los críos, incluso de corta edad, a los que les gusta manosear y excitar, masturbando sus pollitas hasta causarles un espasmo, aparte de lamérselas como un dulce caramelito. Tampoco rechaza a las nenas de esas edades.
A pesar de que para Mariam, ese tipo de prácticas no le eran ajenas, lamentó tener que dejar en manos de esa mujer a sus nietos, y tan solo esperaba que les tratara bien, sin hacerles ningún daño.
Y por supuesto, ellas recibirían las visitas de los hombres de la casa, y aunque Nila fuera su preferida, a los hijos adolescentes, les encantaban sus maduras carnes, algo a lo que Mariam ya estaba acostumbrada.
A la mañana siguiente, A Mariam le fue asignado un trabajo en la cocina y servicio de la casa, junto a otras dos mujeres, mayores que ella, teniendo que dejar a sus nietos al cuidado de la asistente de la Sra. Leocadia, que enseguida se los llevó a ella, temiendo Mariam lo que pudiera pasar.
Al término de la jornada, le fueron devueltos, y Mariam preguntó como se habían portado, a lo que la Asistente respondió con una sonrisa:
—Han colmado los gustos de la señora y ellos se lo han pasado muy bien. Mañana los quiere de vuelta en sus aposentos.
Mariam se imaginaba todas las prácticas a los que habían sido sometidos, pero ellos tenían buen aspecto y un semblante risueño, que alivió en cierta forma a su abuela. Habían sido alimentados por amas de cría, y así, al menos, ella podía centrarse unicamente en su trabajo.
Durante la jornada, a Mariam no le pasaron desapercibidas las miradas y hasta algún manoseo de los miembros de la familia, sobre todo, de su culo, que les llamaba la atención. Y en cierto momento, tuvo que dejar que uno de los críos, de apenas 12 años, la manoseara por debajo de su ropa, ante la mirada divertida de uno de los adultos, que veía como su sobrino se iba haciendo un hombre. La madre, quizás por no tener todavía la confianza necesaria con la nueva empleada, reprendió a su hijo, pero el padre, excitado por la calentura de la situación, le dijo a Mariam que le haría una visita después de la cena, una vez terminado su trabajo, ante la mirada resignada de su esposa, a la que dijo con sarcasmo, su marido:
—No pongas esa cara, que antes de irme, te dejaré en la cama a alguno de los chiquillos, para que te diviertas con él.
—Eres un descarado, siempre tienes que avergonzarme —le contestó ella, enfadada..
Lo que provocó la risa en su suegra, que le dijo a su hijo:
—Tu mujer no acaba de adaptarse a nuestras costumbres, pero es normal, viene de una buena familia, aunque seguro que no eran tan santos como ella se piensa….., jaja. Nunca nos cuentas como tu tío te metía mano cuando eras una nena y mojabas las braguitas, jaja —le dijo a su nuera, avergonzada por su descaro.
Mariam escuchaba esa conversación para acabar de conocer bien a esa pintoresca familia, que vivía entre la mayor depravación y las buenas formas ante los demás, con la hipocresía típica de las gentes de su nivel.
Esa misma noche, el señor de la casa entró en la habitación donde dormían Mariam con sus nietos y Graciela con su hija. Primero charló con esa mujer mientras manoseaba a su hija, acostada en la cama semidesnuda, a la vez que chupaba sus generosos pechos. Graciela sacó su polla del pantalón, deseando que la follara, aunque en este caso, prefería reservarse para la nueva empleada, a la que miró y vio cómo intentaba mantenerse al margen de lo que estaba sucediendo en la cama de al lado.
Finalmente se acercó a ella y le arrancó la ropa para contemplar su cuerpo desnudo, sin importarle la presencia de los críos dormidos al lado. Empezó a sobarla por todos lados, deteniéndose en sus pechos, que saboreó delicadamente, comprobando como su coño se humedecía al instante, por lo que le dijo:
—Eres una abuela muy joven. Se ve que te preñaron muy jovencita y a tu hija también. Es una pena que no esté contigo.
—Mi hija murió, por eso me hice cargo de los niños.
—Es una desgracia, pero tus nietos pronto crecerán y harán las delicias de la familia. A los hombres siempre nos gusta tener carne fresca, jaja.
Mariam se dio cuenta de que en esa casa no tendrían ningún respeto a la edad, aunque esperaba que su estancia allí, no fuera más larga de lo necesario, para encontrar a su familia.
Cuando el hombre se desahogó con ella, salió de la habitación, ante la mirada de Graciela y su hija, que en esta ocasión se quedaron con las ganas……
Pero Mariam solo tuvo que estar en esa casa durante unos días, porque le llegó una información sobre sus familiares, que vivían en una granja, a las afueras de la ciudad, y hacia allí se dirigió con sus nietos.
Al llegar y explicarles quién era, el recibimiento no fue tan efusivo como esperaba y tan solo le dijeron que si quería quedarse allí, debería trabajar para ganarse la comida para ella y sus nietos, lo que ella aceptó, porque no era su intención que la mantuviera nadie.
La familia era bastante numerosa, lo que junto a todas las personas que trabajaban y vivían allí, le daba al lugar una sensación de agitación constante, donde hasta por las noches había alguna actividad, por lo que era difícil encontrar un lugar con un poco de tranquilidad.
En principio, le encontraron acomodo en una especie de almacén, al lado del establo, donde se amontonaban varias familias, que tenían su lugar para dormir y descansar un poco en unos camastros hechos de paja, entre los que tuvo que ponerse al lado de una familia con dos niñas y un niño, que era el mayor.
Al tener que compartir varias familias un mismo espacio, se producían ese tipo de relaciones entre ellas, que ya le eran tan familiares a Mariam, por lo que no le sorprendió en exceso lo que empezó a ver allí.
Cuando iban a empezar a dormir, un hombre se acercó al padre de la familia que estaba próxima a ella, y le dijo:
—¿Me dejas llevarme a la niña esta noche?
Al padre, parece que no le sorprendió en exceso esa pregunta, y le contestó:
—¿A la mayor, dices?
—Sí, aunque a la pequeña deberías empezar a iniciarla también. Ya va teniendo edad….
—Ya tendrás tu tiempo con ella —le contestó él, un poco molesto.
—Pues anda con cuidado de que alguien de la casa del patrón no se te adelante y la abra sin muchos miramientos.
—Lo tendré, y te aseguro que yo seré el primero en disfrutarla.
Después de una breve conversación, ese hombre se llevó a su hija mayor a la zona donde él dormía y yo me quedé con la intriga de saber que le debería la familia a ese hombre para que se produjera ese hecho, aunque supongo que sería algo normal entre ellos, como una especie de contraprestación de favores pasados, de todo tipo.
Luego, durante la noche, pudo comprobar como ese padre de familia jugaba con su hija pequeña, y a pesar de la oscuridad, pudo ver como era estimulada sexualmente, y aunque se la puso encima de él, no pareció que la llegara a penetrar, porque ella no se quejó en ningún momento. Y aparte de eso, también le pareció habitual escuchar esos gemidos entremezclados con algún llanto, también, de alguna niña que estuviera siendo forzada contra su voluntad, aunque seguramente con el consentimiento de su padre o madre, nada nuevo tampoco para Mariam, que ya había vivido todo tipo de circunstancias relacionadas con el sexo.
Al día siguiente, cuando Mariam fue a la casa para que le indicaran el trabajo que tenía que hacer, el patriarca de la familia se disculpó con ella por haberle enviado con sus nietos a dormir junto a los empleados, ya que siendo familia, hubiera merecido un mejor trato y consideración.
Debido a ello, le indicó cual sería su nueva habitación, donde podría dormir con más tranquilidad y dignidad, aunque tendría que compartirla con alguno de sus nietos mayores. Después de eso, tuvieron una conversación donde Mariam le puso al corriente de las calamidades que habían tenido que sufrir donde vivían y las causas de que ella se marchara de ese lugar.
El Patriarca recordó con ella su niñez, cuando había tenido más contacto con esa parte de la familia, aunque también le preguntó a Mariam, si en la actualidad seguían con esas costumbres sexuales en las que él también se inició cuando vivía con ellos, confesándole que en su familia también eran habituales ese tipo de relaciones.
Mariam le confirmó que todo había seguido igual hasta que ella se marchó de allí, y él, entre risas de complicidad, le dijo que todas las noches, alguna de sus nietas compartía la cama con él, que era la mejor forma de mantenerse joven y con buena salud.
No hacía falta que el patriarca le diera más detalles sobre esas relaciones, porque ella se lo imaginaba perfectamente, y lo único que quería era un poco de estabilidad para poder criar a sus nietos con esa nueva familia que le había acogido.
Mariam fue recibida con curiosidad por esos chicos adolescentes, que hasta ese momento se entretenían con una hermana que dormía junto a ellos, pero la presencia de su nueva familiar hizo que fijaran su atención en ella, alegrándose de tener otra mujer en su habitación.
La primera noche ya la invitaron a compartir cama con alguno de ellos y ante las disputas entre los para acogerla, al final tuvo que acordar con ellos ir compartiendo cama con cada uno de ellos, incluido el más pequeño, que no se esperaba que a él le tocara también.
Empezó con el más mayor, que pronto comenzó a tocarla buscando ese primer encuentro, ante lo cual ella tuvo que pedirle calma para encauzar esa excesiva ansiedad típica de la adolescencia, y tras unos breves preliminares, ella ya se dejó joder por el impulsivo chico, que solo buscaba correrse en su coño, mientras eran observados por los demás.
Al ver la brevedad del acto, otro de los hermanos quiso aprovechar el momento y se metió en la cama con ella también, para ponerse encima, entre sus piernas y buscar su desahogo, igualmente.
Dos de los hermanos se habían corrido en su coño en un breve espacio de tiempo, y cuando ella pensaba que ya la dejarían descansar, los mayores le metieron al más pequeño en la cama con ella, que empezó a manosearla con más calma y ternura, lo que aprovechó Mariam para disfrutar con él a lo que no había podido llegar con los anteriores, a los que ni siquiera le había dado tiempo a chuparles la polla, algo en lo que si pudo recrearse con el hermano pequeño, que se dejaba hacer por la experimentada mujer, de una forma más inteligente que sus hermanos mayores, que al ver eso, se olvidaron de ella, fijándose de nuevo en su hermana pequeña, con la que ya estaban más habituados a disfrutar.
Y así continuaron hasta que les llegó el cansancio que les hizo dormir el resto de la noche.
Durante los siguientes días, Mariam pudo recuperar la rutina del día a día, en los que parecía que unicamente se llenaban con trabajo por el día y sexo por las noches, lo que no evitaba que si había oportunidad se diera durante el día, igualmente, ya que siempre debían estar receptivas ante el requerimiento de alguno de los varones de la familia, e incluso, si les apetecía, de los empleados de la Granja.
Aquí tenéis el primer capítulo de esta saga: https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/heterosexual/una-historia-de-incesto-01/
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