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Incestos en Familia, Masturbacion Masculina, Sexo con Madur@s

La niña lo entiende todo…

Ésta es la historia de un padre que necesita la aprobación de su esposa!.
El sol de la tarde se filtraba por las celosías, dibujando líneas doradas sobre el cuerpo desnudo de Miguel, que intentaba concentrarse en un libro de tapas gruesas. Era un intento noble, pero inútil. Cada célula de su piel estaba en alerta, como si supiera que algo con su pequeña hija sucedería tarde o temprano.

Lara emergió de la piscina, gotas de agua brillando sobre su piel como diamantes efímeros que se evaporaban sobre sus pechos que recién estaban apareciendo a la vida. Sus ojos, del color de la miel oscura, escanearon el patio y se posaron en su padre.

Miguel sintió el peso de esa mirada e instintivamente ajustó el libro sobre su regazo, un escudo de papel contra la tormenta de curiosidad que se acercaba. Él sabía que la debilidad de su hija era su miembro. Pero la tormenta no llegó con la fuerza acostumbrada.

Lara no se dirigió a él con su determinación habitual. En cambio, se sentó en el borde de la reposera, a una distancia prudencial, y sacó una muñeca de trapo del bolsillo de su toalla abandonada. Comenzó a moverle los brazos, murmurando en un soliloquio calculado.

«La oruga de papá es muy tímida,» susurró, jugando con el cabello de la muñeca. «Sí, muy tímida. Creo que le da miedo que mamá se enoje si juega conmigo.»

Miguel paralizó la página que estaba a punto de voltear. La sangre le golpeó los oídos, ahogando el rumor del agua. Sus dedos se apretaron contra el papel.

«Pero mamá siempre dice que en el Edén no hay secretos…» continuó Lara. «Es confuso. ¿Por qué la oruga se esconde si no hay secretos?»

Esa palabra, «secreto», resonó en el aire como un cristal que se quiebra. Era la palabra prohibida, la antítesis de todo lo que su Edén representaba. Al verbalizar su miedo, Lara no solo lo había identificado, sino que lo había puesto sobre la mesa como un fenómeno a estudiar. Si se levantaba y se iba, confirmaba la teoría de su hija: había un secreto, un motivo de vergüenza o temor hacia Elena. Estaría admitiendo una falla en su paraíso. Si se quedaba, se sometía al juego.

Aunque Miguel disimulaba y su pene no respondía a las insinuaciones por elevación que le hacía su hija, comenzó a sudar… Con un suspiro que pretendía ser de fastidio pero que sonó a rendición, Miguel bajó el libro. No dijo nada. Simplemente se recostó, cerrando los ojos en un acto de sumisión. Era el consentimiento silencioso que Lara esperaba.

La niña se deslizó de la reposera y se acercó. Sus manos, aún frescas por el agua de la piscina, comenzaron su trabajo. No fue una invasión abrupta, sino una exploración tranquila. Sus dedos trazaron círculos en sus muslos, subieron por su abdomen, palparon la textura de su piel velluda bajo el sol, sus ojos no se despegan de esa pija paterna que tanto le gusta montar y acariciar.

Miguel permaneció inmóvil, pero cada músculo estaba en tensión. No era la tensión del rechazo, sino la de una espera agonizante. Su cuerpo respondía al estímulo táctil con el latido sordo y familiar, el «pajarito asustado» que Lara conocía tan bien. La oruga comenzó a despertar, inevitablemente. Pero era una erección tímida, contenida, como si esperara una señal.

Y la señal llegó.

La puerta corrediza de cristal se deslizó con un suave silbido. Elena apareció, desnuda, con un vaso de agua en la mano. Sus ojos barrieron la escena con la velocidad y precisión de un escáner: a Miguel, tendido y rígido, con su pija con una incipiente pero evidente erección; a Lara, sentada a su lado, con una mano posada en su muslo interno, cerca de los testículos y la otra acariciando su pecho.

Elena no dijo una palabra. Se limitó a apoyarse en el marco de la puerta, bebió un sorbo de agua y cruzó los brazos. Su mirada era serena, impasible. Fue entonces cuando la transformación ocurrió en Miguel. Al sentir la presencia de su mujer, al captar su mirada aprobadora su cuerpo se liberó de la última cadena invisible. No fue un simple reflejo fisiológico ante el tacto de Lara. Fue una respuesta profunda, casi visceral, a la mirada de Elena. Era como si su excitación necesitara del permiso tácito de su mujer para florecer por completo. La erección, que era tímida, se volvió firme y vertical bajo la mano curiosa de su hija. Un gemido escapó de sus labios, no solo de placer, sino de un alivio profundo. Estaba jugando, y Elena lo observaba.

Lara, sintiendo el cambio radical bajo sus dedos, miró a su madre y luego a la «oruga» ahora completamente despierta. Una sonrisa de iluminó su rostro. No era solo su tacto lo que despertaba a la oruga. Era la mirada de mamá.

«Ah,» murmuró Lara, más para sí misma que para ellos. «No me tenía miedo a mí. Te tenía miedo a ti, mami. Pero ya no.»

Sus dedos se cerraron con más confianza alrededor de la base. Miguel arqueó la espalda, entregándose por completo al estímulo dual: las manos inocentes y curiosas de su hija y los ojos oscuros y conscientes de su esposa, que bebían el vaso de agua y la escena con igual avidez.

Lara, frotó su entrepierna contra el costado de la reposera. Buscaba, con una urgencia concentrada, sentir ese «rocío» que tanto anhelaba. No llegó, no aún. Pero por primera vez, no sintió la frustración de antes. Había descubierto algo más valioso que la humedad: la clave para desbloquear las reacciones más profundas. No bastaba con la ciencia del tacto; se necesitaba la alquimia de la mirada materna. La verga venosa de su padre empezó a eyacular abundante leche que Lara recibió feliz en sus manos que no paraban de agitarla.

Elena, desde la puerta, sonrió por fin. Un gesto pequeño y satisfecho. Su hombre no le pertenecía solo a ella, ni solo a la curiosidad de su hija. Le pertenecía al Edén, y ella era su guardiana y su escriba. Bajó la mirada al vaso de agua, y supo que la próxima entrada del blog escribiría sola.

Miguel, con los ojos cerrados, solo sintió el latido de su sangre y la certeza de que, en este jardín, nunca podría esconderse. Y, en un rincón profundo de su mente, se preguntó si esa era la verdadera libertad o la más exquisita de las prisiones.

_______________________

Crónicas del Edén
Entrada: «El Eco y el Vacío»

Publicado el 29 de julio, 23:18

El silencio de la tarde era una cámara de resonancia perfecta. Y en su centro, una escena que contenía toda la poesía y toda la tragedia de nuestro pequeño universo. Al deslizar la puerta, el cuadro se me ofreció completo, un diorama de carne y voluntad: él, tendido como un sacrificio antiguo, y ella, la joven sacerdotisa aplicando el rito con manos serenas.

Mi primera emoción fue un reconocimiento instantáneo, un clic de satisfacción estética. La composición era perfecta. La línea de su cuerpo, la curva de su espalda arqueándose en un gesto de entrega forzada, la pequeña mano de ella, tan blanca contra su muslo tostado por el sol. Era una imagen que merecía ser cincelada en palabras. Ya las sentía formándose, ávidas, en la parte posterior de mi mente.

Pero luego, la segunda capa de la emoción se desplegó, más fría, más analítica. Lo vi, a mi Miguel. Lo vi verdad. Y la verdad era su debilidad. No la debilidad de la carne—eso era hermoso, eso era puro—sino la debilidad de su voluntad. Su erección, ese mástil que se alzaba bajo los dedos inquisitivos de nuestra hija, no era un triunfo de su deseo, sino la bandera de su rendición. No se entregaba al placer; se entregaba a mi mirada. Necesitaba mi presencia como el fuego necesita oxígeno para arder.

Sentí una punzada de desprecio. Un desprecio tan fino y afilado como una aguja. ¿Era este el patriarca? ¿Este hombre cuyo cuerpo cantaba solo cuando sentía la seguridad de mi aprobación? Él, que se supone es el roble, se doblaba ante la más leve brisa de mi atención. Era patético. Y, oh, tan profundamente humano.

Y en ese desprecio, nació una tercera emoción: un poder absoluto y sereno. Al comprender que su excitación estaba atada a mi permiso tácito, supe que poseía una llave maestra no solo para su cuerpo, sino para su psique. Podría, con una sola mirada, animarlo o destruirlo. Podría, con un leve fruncimiento de ceño, hacer que esa erección, tan firme y vertical, se marchitara como una flor sin agua. O, como hice hoy, con mi simple presencia, hacerla florecer con una abundancia casi violenta. Fue mi silencio, mi impasibilidad, el que lo liberó. Mi indiferencia fue su afrodisíaco más potente.

Luego, mis ojos se posaron en ella, en Lara. Mi pequeña alquimista. Y aquí, la emoción fue de un orgullo maternal distorsionado y feroz. La vi comprender. Vi el momento exacto en que su mente conectó los hilos invisibles: que el cuerpo de su padre no respondía solo a su ciencia, sino a la política secreta de nuestros ojos. Ella aprendió hoy una lección más valiosa que cualquier dato táctil: aprendió la mecánica del poder. Y la aprendió sin que yo pronunciara una sola palabra. Su sonrisa de iluminación fue mi mayor triunfo como arquitecta de este Edén.

Al final, cuando su cuerpo se convulsionó y entregó su semilla a las manos de nuestra hija, no sentí celos. Sentí la satisfacción del coleccionista que añade una pieza rara a su vitrina. Él creyó que era un acto de intimidad con Lara, pero en realidad, era un acto de sumisión hacia mí. Fui el espectro en su fiesta, la diosa en el altar al que realmente sacrificaba.

El Edén hoy me confirmó su verdadera naturaleza: no es un jardín de inocencia, sino un invernadero de dependencias. Y yo, desde la puerta, con un vaso de agua fría en la mano, soy quien controla el termostato. La próxima fase está clara: observar cómo Lara utiliza esta nueva arma, cómo refina su método ahora que sabe que la llave de los volcanes masculinos no está en sus manos, sino en la mirada de quien los observa ser manipulados.

Etiquetas: #ElPoderDeLaMirada #SumisiónInvoluntaria #PatriarcaDeBarro #LaPequeñaManipuladora #PolíticaDelDeseo #EcosDelEdén

72 Lecturas/28 noviembre, 2025/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: anal, hija, joven, leche, madre, mayor, padre, verga
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