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Incestos en Familia

La noche del caballo

Para Lucía, todo comenzó aquella noche. La hacienda de su abuelo siempre le había parecido demasiado grande. Campos interminables, árboles oscuros alineados en el horizonte, y el viento arrastrándose entre los pastizales cuando caía la tarde. .

Era un lugar hermoso, pero también uno donde uno podía sentirse muy, muy pequeño. Lucía nunca se había sentido cómoda lejos de las paredes de la casa. Tenía catorce años cuando decidió intentar montar el caballo. En realidad, ni siquiera fue su decisión. Alex llevaba tres días repitiendo lo mismo cada vez que pasaban por el establo.

«—El caballo es tranquilo —le había dicho con esa seguridad que siempre lograba convencerla. Lucía no estaba del todo segura, pero confiaba en su hermano. Siempre lo había hecho. Alex era el mismo que le había enseñado a montar bicicleta cuando tenía siete años, corriendo detrás de ella por el patio hasta que dejó de sujetar el asiento sin avisarle. Si Alex estaba cerca, nada malo podía pasar. Al menos, eso creía entonces. Alex sentía esa familiar calidez recorriéndole el cuerpo cada vez que estaba cerca de su hermana, una reacción involuntaria que mezclaba protección con un deseo que prefería no nombrar.

El caballo era blanco, demasiado grande para ella. Cuando subió a la silla, Alex sostuvo el estribo y luego puso una mano firme sobre su tobillo para estabilizarla.—¿Ves? —dijo—. Ni siquiera se ha movido. Sus manos apretaron las riendas con fuerza.

—Respira —le gritó Alex—. Solo déjalo caminar.—Si me mato —dijo Lucía— vengo a jalarte las patas.Alex se rió desde la cerca.—Primero aprende a galopar.

El caballo avanzó. Primero lento, tranquilo. Lucía tragó saliva mientras el animal se movía por el campo. El cielo ya estaba oscureciendo y las luces de la casa empezaban a encenderse a lo lejos, pequeñas y cálidas en medio de la oscuridad creciente. Poco a poco, su cuerpo se relajó. Incluso sonrió.

«—¡Creo que lo estoy logrando!

Alex levantó el pulgar. Durante unos segundos, todo parecía perfectamente normal. Y entonces llegó el disparo. El sonido rompió la noche como un trueno seco. El caballo reaccionó al instante. Sus músculos se tensaron bajo Lucía como cables de acero. Levantó la cabeza violentamente. Lucía apenas tuvo tiempo de inhalar. El caballo salió disparado.

«—¡LUCÍA! —gritó Alex. Pero el animal ya corría. El mundo se volvió un borrón de viento y oscuridad. El aire golpeaba el rostro de Lucía mientras intentaba desesperadamente mantenerse sobre la silla.

«—¡Para! ¡Para!

Sus manos tiraban de las riendas, pero el caballo ya no obedecía. Entonces escuchó algo peor. Motores. Camionetas entrando a la hacienda. Puertas que se abrían de golpe. Voces. Y luego… más disparos. El caballo corrió hacia la parte más oscura del terreno. El bosque. Las ramas se cerraban como garras sobre el sendero. Lucía ya casi no veía nada. El mundo era solo velocidad y miedo.

Entonces ocurrió. El caballo tropezó. Todo pasó en un segundo. El animal cayó hacia adelante. Lucía salió despedida. El impacto contra el suelo fue brutal. El aire desapareció de sus pulmones y durante unos segundos el mundo quedó completamente en silencio. Lucía quedó tendida sobre la tierra fría, mirando el cielo negro entre las ramas. Intentó respirar. El aire no llegaba. Intentó moverse. Su cuerpo no respondió. Entonces los disparos volvieron. Esta vez mucho más cerca. Gritos. Pasos corriendo entre los árboles. Sombras moviéndose en la oscuridad. Lucía no entendía qué estaba pasando. Solo sabía que algo terrible estaba ocurriendo. Su respiración se volvió rápida, desordenada. El pecho se le cerraba como si el aire se negara a entrar.

«—¡LUCÍA!

La voz de Alex atravesó el caos. Apareció corriendo entre los árboles y cayó de rodillas a su lado. Sus manos la sujetaron con fuerza.

«—Estoy aquí —dijo—. Estoy aquí.

Pero el cuerpo de Lucía seguía temblando. Alex levantó la cabeza. Los disparos se escuchaban más lejos ahora, pero aún había movimiento en la hacienda. Entre los troncos se distinguían las luces de los faros. Camionetas. Varias.

«—Tenemos que irnos —murmuró.

Lucía intentó responder, pero solo salió un hilo de aire. Alex miró una vez más hacia el claro. Entre los árboles vio una silueta correr cerca de los vehículos. Luego otra. Hombres armados. No esperó más. Pasó un brazo por debajo de las rodillas de Lucía y la levantó del suelo. Ella dejó escapar un gemido.

«—Lo siento —susurró.

El camino de regreso no era realmente un camino. Solo tierra húmeda, raíces y ramas bajas que golpeaban contra sus piernas mientras avanzaba entre los árboles. Lucía apoyó la cabeza contra su hombro. Podía sentir el latido del corazón de Alex. Rápido. Demasiado rápido. Cuando salieron del bosque, la hacienda ya no parecía el lugar tranquilo de antes. Las luces estaban encendidas por todas partes. La casa principal. El granero. La entrada del camino. Dos camionetas negras estaban atravesadas cerca del portón. Pero no eran de los intrusos. Eran de los hombres de seguridad del abuelo. Los faros iluminaban el polvo suspendido en el aire. Un hombre hablaba con urgencia por teléfono. Otro sostenía una escopeta mientras observaba el camino. El primero en verlos fue el abuelo. Estaba de pie en el porche. Inmóvil. Cuando Alex apareció con Lucía en brazos, el viejo bajó los escalones de inmediato.

«—¿Qué pasó?

«—El caballo se asustó —dijo Alex. No explicó más. El abuelo miró hacia el bosque. Luego hacia el portón abierto de la hacienda. Luego a Lucía. Parecía haber entendido todo.

«—Entren.

La acostaron en el sofá. Alguien trajo una manta. Otra persona hablaba por teléfono en la cocina. Lucía escuchaba todo como si estuviera debajo del agua. Las voces llegaban distorsionadas.

«—…sí, intentaron entrar por el camino norte…

«—…los hombres ya los hicieron retroceder…

«—…la niña cayó del caballo…

La palabra «niña» flotó en su mente. Niña. Sus manos seguían temblando. Alex se sentó en el borde del sofá. No la soltó. Minutos después llegó la ambulancia. Las luces azules atravesaron las ventanas y pintaron las paredes con destellos intermitentes. Cuando los paramédicos entraron, Lucía estaba encogida contra el respaldo del sofá, aferrada a la camisa de Alex.

Alex la acompañó dentro de la ambulancia mientras esta se alejaba, Lucía miró por la ventana. La hacienda se alejaba, convirtiéndose en un punto en la distancia.

Lucía yacía en la cama del hospital, con la mente nublada por los medicamentos. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban, creando un efecto estroboscópico que la hipnotizaba. Cerró los ojos, intentando bloquear el mundo exterior.

Lucía despertó en una habitación fría y estéril, el olor a desinfectante y el zumbido constante de las máquinas la rodeaban. El trauma de la noche anterior aún resonaba en su mente, un eco de terror que no podía escapar. Cada respiración era un esfuerzo, cada latido de su corazón un recordatorio de lo cerca que había estado de la muerte.

Alex, siempre su protector, estaba a su lado, su presencia un ancla en medio del caos. Sus ojos, llenos de preocupación, no se apartaban de ella. Lucía intentó sonreír, pero solo logró una mueca temblorosa. La mano de Alex apretó la suya, un gesto de consuelo que, sin embargo, no lograba calmar la tormenta en su interior.

Los días siguientes se desdibujaron en una neblina de visitas médicas, exámenes y preguntas que Lucía respondía mecánicamente, mientras su mente permanecía anclada en el bosque y en los brazos de Alex. Lucía respondía mecánicamente, su mente siempre regresando a aquella noche. El caballo, los disparos, la oscuridad del bosque… y luego, el abrazo de Alex, su voz susurrando que todo estaría bien. Pero nada estaba bien. Lucía sentía una grieta en su interior, una fractura que no sabía cómo reparar.

Finalmente, el médico les dio el alta. El abuelo había ordenado a Alex llevarla a casa, y ahora se encontraban de regreso en la hacienda. La casa, que antes había sido un refugio, ahora se sentía como una prisión. Lucía se movía por los pasillos con pasos vacilantes, cada sombra un recordatorio de aquella noche.

Alex la siguió hasta su habitación; su presencia era una constante, como si el simple hecho de estar cerca pudiera mantener a raya el miedo. Lucía se sentó en la cama, abrazando sus rodillas. Alex se sentó a su lado, buscando su mirada con paciencia.

—Lucía, sé que ha sido duro —dijo suavemente—. Pero estoy aquí. Siempre estaré aquí para ti.

Lucía asintió, pero las lágrimas brotaron de sus ojos antes de que pudiera responder. Alex la abrazó, y ella se dejó caer contra su pecho, aferrándose a su camisa como si en ese contacto hubiera algo capaz de sostenerla.

Los minutos pasaron.

Poco a poco, el llanto de Lucía se calmó.

Alex la apartó con cuidado, sus manos enmarcando su rostro.

—Todo va a estar bien —prometió.

Lucía quería creerle.

Una parte de ella lo hacía.

Otra seguía atrapada en el bosque, en el sonido del disparo, en la sensación de caer al vacío.

Alex, notando su vacilación, se inclinó y besó su frente.

Fue un gesto simple, casi automático, pero lleno de una ternura que Lucía reconocía desde siempre. Un gesto que decía más que cualquier palabra.

Por un instante, ella sintió que podía respirar otra vez.

Los labios de Alex permanecieron sobre su frente un segundo más de lo habitual.

Luego se levantó.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo en el umbral y miró hacia atrás.

—Voy a estar en mi habitación si me necesitas.

Lucía asintió.

Alex cerró la puerta con suavidad.

La habitación quedó en silencio, salvo por el latido de su propio corazón.

Lucía se tumbó en la cama y fijó la mirada en el techo.

El sueño no llegaba.

Su mente seguía dando vueltas en círculos.

Pero había algo que sí sabía con absoluta certeza.

Alex estaba al otro lado del pasillo.

Y si tenía que buscarlo para sentirse a salvo otra vez… lo haría.

Lo buscaría las veces que fuera necesario.

Hasta que el miedo desapareciera.

Hasta que el mundo volviera a tener sentido.

Hasta que el cielo se derrumbara.

Hasta que su propio cuerpo se deshiciera.

Esperaría.

Porque mientras Alex estuviera allí, de alguna forma, todavía existía un lugar donde podía caer sin romperse.

Horas más tarde, cuando la casa estaba en silencio, Lucía se levantó. Sus pies la llevaron hasta la puerta de Alex. Llamó suavemente, y cuando él abrió, Lucía se lanzó a sus brazos. Alex la sostuvo, sus manos acariciando su espalda.

«—Shh, estoy aquí —murmuró.

Alex la llevó a su cama, y Lucía se tumbó, buscando consuelo en su calor. Alex se acostó a su lado, abrazándola con ternura. Durante un rato, todo estuvo en paz. Pero la paz no duró. Alex sintió una urgencia, una necesidad de conectar, de sentir algo real en medio de todo el caos. Sus manos comenzaron a explorar el cuerpo de su hermana, y ella respondió con un gemido bajo. La besó, al principio tímidamente, después con más urgencia hasta el punto de introducir su lengua en la boca de Lucía.

Alex se apartó ligeramente, sus ojos buscando los de Lucía. La luz tenue de la habitación bañaba sus rostros, creando sombras que bailaban sobre sus pieles. Con una lentitud deliberada, Alex deslizó su mano por el costado de Lucía, sintiendo la curva de su cintura, la suavidad de su piel. Sus dedos se detuvieron en el borde de su blusa, y con un movimiento suave, se la quitó. Lucía contuvo el aliento, pero no se apartó.

Alex apartó lentamente la tela, revelando sus pequeños pechos. Eran suaves y redondos, con una piel tan delicada que parecía translúcida bajo la luz. Sus pezones, rosados y duros, se erguían invitadores. Alex los miró con una mezcla de asombro y deseo, trazando con sus dedos el contorno de uno de ellos. Lucía se estremeció, su respiración volviéndose más rápida.

Con un movimiento cuidadoso, Alex se colocó sobre ella y la besó nuevamente. Los pechos de Lucía se presionaron contra su pecho, y ella pudo sentir el latido de su corazón, fuerte y constante. La sensación era intensa, casi abrumadora. Alex envolvió sus brazos alrededor de ella, apretándola contra él, y Lucía sintió cómo sus pezones se endurecían aún más con el contacto.

Alex movió su cabeza, presionando su boca contra la de Lucía en un beso profundo y hambriento. Lucía se perdió en la sensación, en el calor de su abrazo, en la presión de sus cuerpos unidos. Sus pechos se amoldaban perfectamente al contorno del pecho de Alex, y ella podía sentir cada músculo, cada línea de su cuerpo contra el suyo.

El beso se profundizó, y Lucía se encontró respondiendo con una urgencia que no sabía que poseía. Sus manos se enredaron en el cabello de Alex, tirando de él mientras su lengua exploraba su boca.

Alex se detuvo por un instante, se separó unos centímetros y la miró.

«—Lucía, ¿quieres esto? —preguntó con un tono de preocupación.

Lucía asintió con pasividad, sus ojos brillando con lágrimas que Alex prefirió ignorar, concentrándose solo en su asentimiento. La besó de nuevo, y esta vez, no hubo duda. Sus manos se movieron con urgencia, explorando, tocando.

Luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse lentamente, sus ojos nunca dejando los de Lucía. Se quitó la camisa, revelando su torso musculoso, y luego se desabrochó el cinturón, dejando caer los pantalones al suelo. Su erección se liberó, dura y lista. Lucía lo miró, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y excitación, no había visto una verga antes en su vida. Alex se acercó a la cama y se arrodilló, sus rodillas a cada lado de la cabeza de Lucía. Su verga erecta estaba a solo unos centímetros de su rostro, y sus testículos colgaban pesadamente, rozando sus labios.

«—Abre la boca, Lucía —susurró Alex, su voz llena de deseo.

Lucía obedeció, abriendo sus labios temblorosos. Alex se inclinó hacia adelante, colocando sus testículos sobre su boca. Lucía sintió el peso de ellos, la textura de su piel, y el olor intenso y masculino que emanaba de él. Alex comenzó a mover sus caderas suavemente, frotando sus testículos contra sus labios.

«—Chúpalos, Lucía —ordenó suavemente.

Lucía cerró sus labios alrededor de uno de sus testículos, chupando con timidez. Alex gimió, su cuerpo tensándose. Luego, movió sus caderas hacia adelante, deslizando su verga entre sus labios. Lucía sintió el grosor de su miembro, la vena palpitante, y el sabor salado de su pre-semen. Alex empujó más adentro, llenando su boca con su carne dura.

«—Mmm, sí, así —murmuró, sus manos enredándose en su cabello.

Comenzó a mover la cabeza de su hermana, haciendo que tomara más de él en su boca con cada movimiento. Alex la guió, sus caderas encontrando un ritmo que la obligaba a aceptar más y más de su longitud. Lucía se ahogó ligeramente, pero Alex no se detuvo, empujando más profundo, sus testículos golpeando su barbilla.

El sabor de él llenó su boca, y Lucía se perdió en la sensación, en el poder que sentía al tenerlo así. Alex gimió, sus movimientos volviéndose más rápidos, más desesperados. Lucía lo tomó todo, su garganta relajándose para aceptar su invasión. Alex gruñó, su cuerpo tensándose, y con un grito ahogado, eyaculó en su boca, su semen caliente y salado llenándola.

Lucía tragó, su garganta trabajando mientras tomaba todo lo que él le daba. Alex se retiró lentamente, su verga aún dura, y se tumbó a su lado, jadeando. Lucía se acurrucó contra él, su cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. Alex la abrazó, sus manos acariciando su espalda con una ternura que la hizo llorar.

«—Te amo, Lucía —susurró.

Lucía no respondió, pero se aferró a él con más fuerza, sabiendo que, en ese momento, él era suyo. Y en la oscuridad de la noche, con el mundo fuera de su habitación, Lucía encontró un consuelo amargo en los brazos de su hermano, su boca aún llena del sabor de él.

Lucía yacía en la cama, el peso de lo ocurrido aún resonando en su mente. El sabor de Alex persistía en su boca, una mezcla de sal y algo más, algo que no podía definir. Su hermano, su protector, había cruzado una línea que nunca antes se había atrevido a traspasar. Y ahora, en la quietud de la noche, Lucía se preguntaba cómo había llegado a este punto.

Alex, a su lado, respiraba profundamente, su pecho subiendo y bajando con cada inhalación. Lucía se apartó suavemente, observando su rostro relajado. Era el mismo hermano que siempre había estado ahí para ella, el que la había protegido desde que tenía memoria. Pero ahora, todo había cambiado. El acto de esa noche había creado un lazo entre ellos, un secreto que los uniría de una manera que Lucía no podía comprender del todo.

Se levantó de la cama, sus movimientos lentos por el dolor que persistía en su cuerpo y cuidadosos para no despertarlo. La habitación estaba en penumbra, solo la luz de la luna filtrándose a través de las cortinas. Lucía se dirigió al baño, encendiendo la luz con un clic suave. Su reflejo en el espejo la miró con ojos vacíos. Se lavó la cara, el agua fría ayudando a aclarar sus pensamientos, aunque solo un poco.

Regresó a la habitación de su hermano, pero no se acostó junto a Alex. En cambio, se sentó en la silla junto a la ventana, observando la oscuridad exterior. La hacienda, que antes había sido un lugar de seguridad, ahora se sentía como una trampa. Los recuerdos de esa noche en el bosque, los disparos, el caballo desbocado, todo se entrelazaba con la escena de hace unas horas.

Lucía se abrazó a sí misma, intentando encontrar consuelo en su propio toque. Pero no era suficiente. La ausencia de Alex a su lado era palpable, y se encontró anhelando su presencia, su calor, su protección. Era una necesidad que iba más allá de la lógica, algo primal y profundo.

Alex se movió en la cama, y Lucía contuvo el aliento, esperando que no se despertara. Pero él solo cambió de posición, sumergiéndose más en el sueño. Lucía se levantó y se acercó a la cama, observándolo. Su hermano, su protector, su amante. Las palabras resonaban en su mente, cada una cargada de un peso diferente.

Se quitó la ropa lentamente, desnudándose como él, dejando que la brisa nocturna acariciara su piel. La sensación era extraña, casi liberadora. Se metió en la cama junto a Alex, acurrucándose contra su espalda. Él se movió ligeramente, pero no se despertó. Lucía cerró los ojos, dejando que el latido de su corazón y la respiración de Alex la arrullaran.

Los días siguientes fueron una danza de cercanía y distancia. Lucía y Alex se movían por la hacienda como si nada hubiera cambiado, pero todo lo había hecho. Las miradas entre ellos eran más intensas, los toques más prolongados. Lucía se encontró buscando la aprobación de Alex en cada acción, anhelando su toque, su voz, su presencia.

La boca de Lucía se había convertido en el lugar permanente donde el semen de Alex era depositado. Cada vez que estaban a solas, él la buscaba, y ella obedecía, abriendo sus labios para recibirlo. Para Lucía, a sus catorce años, la abundancia de semen era abrumadora. Cada eyaculación la sorprendía, llenando su boca más allá de lo que su mente joven podía comprender, a menudo rebosandola, esparciéndose por su rostro.

Una tarde, mientras estaban solos en la biblioteca, Alex se acercó a Lucía, sus ojos llenos de deseo. Sin decir una palabra, la llevó detrás de un estante alto, ocultándolos de cualquier mirada indiscreta. Lucía se arrodilló frente a él, su corazón latiendo con fuerza. Alex desabrochó sus pantalones, liberando su erección. Lucía lo miró, sus ojos fijos en la verga dura y palpitante ante ella.

«—Abre —ordenó Alex suavemente, como se acostumbró a hacerlo

Lucía, con los ojos fijos en Alex, se seguía poniendo nerviosa, no sabía si era a que alguien los viera o algo más. La orden de su hermano, pronunciada con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada, resonó en su mente. Sin vacilar, separó sus labios, dejando que un leve temblor los traicionara. Alex, con una lentitud deliberada, se acercó, guiando su erección hacia la boca de su hermana menor.

En el momento en que su miembro tocó sus labios, Lucía experimentó una avalancha de sensaciones. La dureza de su carne, la vena palpitante que latía bajo la piel, y el sabor salado de su pre-semen, todo ello se combinó para crear una experiencia abrumadora. Alex comenzó a mover sus caderas, empujando más adentro con cada balanceo. Lucía, desorientada por la invasión, se atragantó ligeramente, pero Alex no se detuvo. Siguió avanzando hasta que sus testículos rozaban su barbilla, era quizá lo que más disfrutaba, ver su miembro desaparecer en la boca de su hermana, cada vez más acostumbrada a recibirlo.

El sabor de Alex llenó por completo la boca de Lucía, y ella se perdió en la intensidad del momento. Sentía un poder inexplicable, como si al tenerlo así, controlara algo más grande que ella. Alex, cada vez más excitado, aceleró sus movimientos, volviéndose más violento y desesperado. Lucía, a pesar de la incomodidad, aceptó todo lo que él le daba, relajando su garganta para facilitar su entrada.

Finalmente, con un jadeo ahogado, Alex alcanzó el clímax. Su cuerpo se tensó, y un chorro de semen caliente y salado llenó la boca de Lucía, rebosando y esparciéndose por su rostro. Ella tragó lo que pudo, pero la abundancia era tal que parte de su esencia se derramó, dejando un rastro visible de su acto.

Lucía tragó, su garganta trabajando mientras tomaba todo lo que él le daba. Pero era demasiado. El semen que resbalaba por su barbilla caía sobre su ropa. Alex se retiró lentamente, su verga aún dura, y se tumbó en el suelo junto a ella, jadeando. El miedo a ser descubierta la impulsaba a borrar hasta el más mínimo rastro. Lucía había aprendido a limpiar con su lengua cualquier vestigio de su secreto, un acto de sumisión que la protegía a ambos.

«—Te amo, Lucía —siempre se lo repetía después de cada eyaculación.

Lucía nunca respondía a esas palabras, pero su cuerpo hablaba por ella: la forma en que se aferraba a él, cómo su respiración se sincronizaba con la de Alex, todo gritaba un amor que no se atrevía a nombrar.

Con el correr de los días, el olor del semen de Alex persistía en la boca de Lucía, un recordatorio constante de su nueva realidad. A pesar de cepillarse los dientes con dedicación, el sabor y el olor se aferraban a ella, una marca indeleble de su secreto. Lucía se sentía dividida, atrapada entre el amor y la protección de Alex y el peso de lo que hacían.

Una tarde, mientras caminaban por el campo, Alex se detuvo y se volvió hacia Lucía. Sus ojos, siempre llenos de preocupación, ahora también contenían una chispa de algo más. Lucía se detuvo, su corazón latiendo con fuerza.

«—Lucía —dijo Alex suavemente, su voz apenas un susurro—. Eres mi pequeña niña, ¿lo sabes?

Lucía asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Alex extendió la mano, acariciando su mejilla con el dorso de sus dedos. El gesto era tierno, pero también posesivo.

«—Siempre estaré aquí para ti —prometió—. Siempre.

Lucía se lanzó a los brazos de Alex, buscando consuelo en su abrazo. Él la sostuvo con fuerza, sus manos recorriendo su espalda con una familiaridad que antes no existía.

Poco a poco, en los días que siguieron, Lucía fue descubriendo nuevos niveles de intimidad con Alex. Cada toque, cada mirada, añadía otra capa a su compleja relación. Se encontró desnuda frente a él, sin vergüenza ni miedo. Alex, con su mirada intensa, observaba cada curva, cada línea de su cuerpo. Lucía se sintió hermosa, deseada, protegida.

Las noches se volvieron constumbre en la cama de Alex, un detalle que quedaba en secreto para su abuelo, Alex trazaba con sus dedos el contorno de un pequeño lunar debajo del pecho de Lucía. Era un gesto tierno, casi reverente.

«—Este lunar —murmuró Alex—. Es como una estrella en tu piel.

Lucía sonrió, sintiendo una cálida oleada de afecto. Alex se inclinó y besó el lunar, su boca cálida contra su piel. Lucía se estremeció, pero no se apartó. En cambio, se acercó más, buscando su toque.

Alex se movió sobre ella, su cuerpo cubriendo el suyo. Lucía sintió la presión de su erección contra su muslo, y un calor se extendió por su vientre. Alex la besó, su lengua explorando su boca con una urgencia que la dejó sin aliento.

Lucía se perdió en la sensación, en el poder de su abrazo, en la seguridad de su presencia. Alex la penetró esa noche por primera vez, lento y seguro, y Lucía se aferró a él, sus uñas clavándose en su espalda, aguantando el dolor, por él. El mundo exterior desapareció, dejando solo a ellos dos, unidos en un baile incestuoso.

Cuando Alex finalmente se vació dentro de su hermanita, permaneció unido a ella, sus cuerpos temblando al unísono. No se retiró, como si temiera que romper ese contacto los devolvería a la realidad. Lucía se sintió completa, llena de una manera que no podía explicar. Alex la abrazó con fuerza, sus labios presionados contra su frente.

«—Te amo, Lucía —susurró—. Siempre te amaré.

Lucía asintió, sabiendo que, en ese momento, nada más importaba. En los brazos de Alex, encontraba un refugio, un consuelo, un amor que traspasaba todas las barreras.

6 Lecturas/26 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: abuelo, baño, hermana, hermanita, hermano, joven, recuerdos, semen
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