LA PERRA FAMILIAR
Mara, de rodillas en la sala, se deja montar por el perro labrador Max en una follada zoofílica salvaje, gimiendo como perra mientras Carlos observa, dirige y graba excitado. Juan espía desde su cuarto, pajeándose con morbo fraternal, racionalizando el tabú como unión familiar. Humillación, control .
CAPÍTULO 1: LA PERRA FAMILIAR
POV CARLOS
Joder, qué morbo tan jodido es esto: ver a mi hija Mara de rodillas en el piso de la sala, con el culo en alto mientras nuestro perro labrador, ese cabrón peludo llamado Max, la monta como a una perra en celo, y yo observo todo desde el sofá, con la verga dura en la mano, racionalizando esta mierda como una “exploración tabú” para fortalecer los lazos familiares. La casa está en silencio, solo se oyen los jadeos de Mara y los gruñidos del perro, y el aire huele a excitación animal, pero eso me pone más caliente que nunca. Ella consiente, adulta y puta como es, y yo dirijo el show, grabando con el teléfono para el archivo personal, excitado por este control bestial.
Todo empezó esta tarde, después de una comida familiar normalita: Elizabeth en la cocina, Juan en su cuarto, y Mara llegando de la uni con esa falda corta que me tienta. Yo la llamé al salón, con Max ladrando juguetón, y le expliqué el “experimento”. “Somos adultos, mi putita”, le dije, “y esto te va a enseñar sobre sumisión total. Déjate montar por el perro mientras papá mira”. Ella dudó un segundo, pero sus ojos se iluminaron con ese morbo prohibido que tanto le gusta, y se quitó las bragas, poniéndose en cuatro patas. “Sí, papá”, murmuró, “hazme tu perra familiar”. Max olió el aire, se acercó olfateando su concha mojada, y yo lo animé: “Venga, chico, móntala como se merece”.
Ahora, el perro la tiene clavada, su verga roja y nudosa entrando y saliendo de la concha de Mara con embestidas rápidas, salvajes, mientras ella gime como una zorra, empujando el culo hacia atrás para que entre más profundo. “Dime lo que sientes, puta”, le gruño, masturbándome lento mientras grabo el espectáculo. “Siento… su polla animal dentro de mí, papá”, balbucea ella, con la voz entrecortada por el placer. “Me hace sentir como una perra sucia, tuya para usar”. El nudo del perro se infla, atascándose en su coño, y Mara grita de éxtasis, corriéndose alrededor de esa verga bestial, su cuerpo temblando mientras Max se vacía dentro de ella, chorros calientes goteando por sus muslos. Yo observo todo, el voyeur patriarcal, pensando en bucles: como empresario, esto es un sistema emergente de dominación, donde el tabú animal nos une en lo más crudo.
Mi mente da vueltas con el poder: ¿por qué me excita tanto ver a mi hija follada por un perro? ¿Por qué el control absoluto, la humillación zoofílica, me hace querer más? Max se desprende finalmente, lamiendo el desastre, y Mara se derrumba jadeando, mirándome con ojos vidriosos. Yo apago la grabación, riendo: “Buena chica, mi perrita. Esto queda en el archivo”.
CAPÍTULO 2: LA PERRA EN CELO
POV MARA
No puedo creer que esté haciendo esto, de rodillas en el piso de la sala de casa, con el culo en pompa mientras Max, nuestro puto labrador, me monta como a una perra callejera, su verga roja y nudosa clavándose en mi concha mojada, y mi papá Carlos mirándonos desde el sofá, masturbándose con esa sonrisa de control que me revuelve las tripas y me excita al mismo tiempo. La casa huele a perro y a mi propia excitación, un contraste jodido con la comida familiar de hace rato, donde todo era tan normal: mamá en la cocina, Juan en su cuarto, y yo llegando de la uni como la estudiante de psicología que se supone que soy. Pero ahora, gimo como una puta, sintiendo cada embestida animal que me hace cuestionar mi cordura, ¿por qué carajos me moja tanto ser tratada como una bestia frente a mi propio padre?
Todo empezó cuando papá me llamó al salón esta tarde, con Max ladrando juguetón a mis pies. “Vamos a explorar algo nuevo, mi putita”, me dijo, con esa voz autoritaria de empresario que racionaliza todo como “fortalecimiento de lazos”. “Déjate montar por el perro mientras te miro, es sumisión total, y tú consientes como la adulta que eres”. Dudé un segundo, el morbo prohibido subiendo por mi vientre, pero me quité las bragas y me puse en cuatro, sintiendo el aire fresco en mi coño expuesto. “Sí, papá”, murmuré, “hazme tu perra”. Max se acercó olfateando, su hocico frío rozando mis labios hinchados, y cuando lo animó papá –“Venga, chico, cógetela”–, el perro saltó sobre mí, su peso aplastándome mientras su polla buscaba entrada.
Ahora, me folla con embestidas rápidas, salvajes, su nudo inflándose dentro de mí, atascándome como si fuera su hembra en celo, y yo empujo hacia atrás, gimiendo de ese placer sucio que me carcome. “Dime lo que sientes, puta”, me ordena papá, su voz ronca mientras se pajea. “Siento… su verga animal partiéndome, papá”, balbuceo, con la voz entrecortada, “me hace sentir como una perra sucia, tuya para humillar”. El nudo se hincha más, presionando mi clítoris, y exploto en un orgasmo bestial, gritando mientras mi coño se contrae alrededor de esa polla canina, chorros calientes de su semen llenándome y goteando por mis muslos. ¿Por qué me excita tanto esta degradación zoofílica? En la uni estudio mentes retorcidas, y aquí estoy, viviéndola, gozando el tabú animal que me transforma en algo primitivo, conflictuada entre la culpa y la liberación.
Mi mente da vueltas en espirales: soy la barista independiente, la hija madura, pero en esto soy solo una puta para papá y su perro, excitada por la vigilancia y la grabación que sé que está haciendo. Max se desprende finalmente, lamiéndome el desastre, y yo me derrumbo jadeando, mirando a papá con ojos suplicantes, exhausta pero queriendo más de esta locura familiar.
CAPÍTULO 3: EL HERMANO VOYEUR
POV JUAN
Joder, qué puta locura es esta: estoy espiando desde la puerta entreabierta de mi cuarto, viendo cómo mi hermana Mara se deja montar por Max, nuestro labrador cabrón, en el piso de la sala, con su culo en alto y gimiendo como una perra en celo, mientras papá Carlos observa desde el sofá, pajeándose la verga y grabando todo con el teléfono. La casa parece tan normal desde afuera –mamá en la cocina, el olor a cena flotando–, pero aquí estoy yo, el soldado musculoso que se supone que protege a la familia, y en cambio mi polla se pone dura como piedra al ver esta degradación zoofílica, excitado por el poder fraternal que me hace querer unirme y follarme a Mara después de que el perro termine.
Estaba en mi habitación esta tarde, descansando después de un entrenamiento, cuando oí los jadeos y gruñidos raros desde la sala. Me acerqué sigiloso a la puerta, entreabriéndola lo justo para ver: Mara en cuatro patas, sin bragas, con Max saltando sobre ella, su verga roja clavándose en su concha mojada con embestidas salvajes. Papá dirigiendo el show, como siempre: “Dime lo que sientes, puta”, le gruñe a Mara, y ella balbucea algo sobre sentirse como una perra sucia. Yo me quedo quieto, respirando pesado, mi mano bajando instintivamente a mi verga tiesa bajo los pantalones. ¿Por qué carajos me pone tanto ver a mi hermana follada por un perro? En el ejército me enseñan disciplina, pero esto es un tabú que me revuelve el estómago y me moja la punta, pensando en cómo yo podría dominarla después, azotándola y cogiéndomela como el hermano dominante que soy.
Ahora, el nudo del perro se infla dentro de su coño, atascándola, y Mara grita de placer, empujando el culo hacia atrás mientras chorros de semen canino gotean por sus muslos. Papá ríe, grabando el desastre: “Buena chica, mi perrita”. Yo me pajeo más rápido, imaginando mi turno: ordenándole que me chupe la verga mientras el perro la lame, o montándola yo mismo frente a papá para mostrarle quién es el macho joven de la casa. El morbo fraternal me carcome –soy el hijo que obedece órdenes paternas en tríos, pero esto es nuevo, bestial, y me excita el poder de ser el voyeur oculto, racionalizando como papá que es “exploración consensuada” aunque sé que es pura humillación sucia.
Mi mente da vueltas en bucles de excitación y culpa: ¿soy un monstruo por querer unirme? ¿Por qué el tabú animal con mi hermana me hace correrme en silencio, manchando mis pantalones mientras Max se desprende y lame el desastre? Me quedo ahí, jadeando bajito, sabiendo que esto cambia todo, queriendo confrontarlos o saltar al ruedo para reclamar mi parte.


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