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Incestos en Familia

LA PUTA DEL MOTEL

En un motel cutre, Carlos folla salvajemente a su hija Mara como puta barata, mientras Elizabeth observa y se masturba, racionalizando el incesto como liberación familiar. Morbo, control y grabación..
CAPÍTULO 1: LA PUTA DEL MOTEL

POV MARA

No sé cómo carajos llegué a esto, pero aquí estoy, en este motel de mierda en las afueras de la ciudad, con las piernas abiertas como una puta barata mientras mi propio padre me clava su verga gruesa hasta el fondo. El colchón cruje bajo mi peso, y el aire huele a cigarro rancio y sudor, pero eso solo me pone más caliente. Elizabeth, mi mamá, está sentada en una silla desvencijada al lado de la cama, mirándonos con esos ojos vidriosos de excitación que tanto me revuelven el estómago y me mojan la concha al mismo tiempo. Ella no dice nada, solo se toca por encima de la falda, como si estuviera supervisando una lección familiar jodidamente retorcida.

Todo empezó esta mañana, en la casa, con el desayuno normalito: café, pan tostado, charlas sobre el trabajo y la uni. Yo, la estudiante de psicología que se supone que analiza mentes, y aquí estoy, analizando cómo mi coño se contrae alrededor de la polla de papá mientras él me folla como si fuera una cualquiera que recogió en la calle. “Mírala, Elizabeth”, gruñe Carlos, mi papá, con esa voz ronca que me hace temblar. “Mira cómo tu hija se abre para mí, como la puta que es”. Él me agarra de las caderas, hundiéndose más profundo, y yo gimo, no de dolor, sino de esa excitación prohibida que me carcome por dentro. ¿Por qué me moja tanto esto? ¿Por qué el morbo de ser tratada como una zorra frente a mi propia madre me hace querer más?

Recuerdo el camino hasta aquí: papá manejando el carro, mamá en el asiento de atrás conmigo, sus manos rozando mis muslos disimuladamente mientras él explicaba el “plan”. “Vamos a fortalecer los lazos, Mara”, dijo él, con esa sonrisa de empresario que todo lo racionaliza. “Tú eres adulta, consientes, y esto nos une más que cualquier terapia familiar”. Yo asentí, porque en el fondo, soy una puta para él, para ellos. En el motel, pagamos en efectivo, entramos a la habitación cutre con sus paredes amarillentas y la cama king size que parece hecha para orgías. Papá me ordenó desvestirme primero, lento, como en un striptease barato. “Quítate todo, mi putita”, dijo, y yo obedecí, sintiendo el calor subir por mi vientre mientras mamá se sentaba a observar, cruzando las piernas como si estuviera en una junta de diseño.

Ahora, él me tiene de espaldas en la cama, mis tetas rebotando con cada embestida. Su verga entra y sale de mi concha empapada, haciendo ese sonido obsceno de carne contra carne que me vuelve loca. “Dile a tu mamá lo que sientes, Mara”, me ordena, dándome una nalgada que me arde en la piel. “Dile cómo te gusta que tu papá te coja como a una perra en celo”. Yo miro a Elizabeth, sus curvas maduras tensas bajo la blusa, y balbuceo: “Me encanta, mamá… me encanta ser la puta de papá frente a ti. Mírame, mírame cómo me llena”. Ella sonríe, una sonrisa sucia y complacida, y se desabrocha la blusa para pellizcarse los pezones. “Buena chica”, murmura. “Aprende de esto, hija. Es liberación, es amor en su forma más cruda”.

Mi mente da vueltas: en la uni, estudio Freud y sus teorías jodidas sobre el incesto, y aquí estoy, viviéndolo, gozándolo. ¿Soy una víctima o una cómplice? La excitación me traiciona, me hace arquear la espalda y empujar contra él, queriendo más. Papá acelera, sus bolas golpeando mi culo, y siento el orgasmo construyéndose, ese nudo de placer y culpa que explota cuando él me llama “mi putita incestuosa”. Grito, me corro alrededor de su verga, y él no para, sigue follándome hasta que gruñe y se vacía dentro de mí, su semen caliente goteando por mis muslos.

Después, nos quedamos jadeando. Él saca su teléfono y graba el desastre: mi coño chorreando, mamá tocándose ahora abiertamente. “Para el archivo familiar”, dice con una risa. Yo solo sonrío, exhausta, transformada una vez más en esta versión de mí que ama el tabú.

CAPÍTULO 2: LA MADRE VOYEUR

POV ELIZABETH

Dios mío, qué puta soy por estar aquí sentada en esta silla mugrienta de motel, mirando cómo mi esposo Carlos se folla a nuestra hija Mara como si fuera una zorra de la calle, y en lugar de sentir asco, mi concha palpita de excitación. El cuarto apesta a humo viejo y a sexo fresco, pero eso solo me enciende más, me hace apretar los muslos mientras veo su verga gruesa entrar y salir de esa conchita joven y apretada que yo misma parí. Mara gime como una perra en celo, y yo me toco por encima de la falda, racionalizando todo esto como una “liberación erótica”, una forma jodida de unir a la familia en vez de destrozarla.

Esta mañana en casa todo era tan normal: yo sirviendo el café, charlando de diseños y del trabajo de Carlos, mientras Mara comía su pan tostado con esa carita inocente de estudiante de psicología. ¿Quién iba a decir que horas después estaríamos en este antro, con Carlos dirigiendo el show como el patriarca dominante que es? “Mírala, Elizabeth”, me dice él ahora, con esa voz autoritaria que me moja desde hace años. “Mira cómo tu hija se abre para mi polla, como la puta que criamos”. Él la agarra de las caderas, embistiéndola con fuerza, y yo asiento, sintiendo un nudo de culpa y placer en el estómago. ¿Por qué me excita tanto ver esto? ¿Por qué el morbo de ser la madre degradada, la que supervisa el incesto, me hace querer unirme y lamer el desastre que dejan?

En el camino hasta aquí, sentada atrás con Mara, mis manos rozaron sus muslos suaves mientras Carlos explicaba el plan al volante. “Es para fortalecer los lazos, mi amor”, dijo él, con esa racionalización de empresario que todo lo justifica. “Somos adultos, consintiendo, y esto nos libera”. Yo estuve de acuerdo, porque en el fondo soy su sumisa, la esposa que goza de la infidelidad y el tabú. Al llegar al motel, pagamos rápido y entramos. Carlos le ordenó a Mara que se desnudara lento, como una stripper barata, y yo me senté a observar, cruzando las piernas para ocultar lo mojada que ya estaba. “Quítate todo, putita”, le dijo él, y ella obedeció, sus tetas jóvenes rebotando mientras yo imaginaba pellizcárselas.

Ahora, la veo de espaldas en la cama, sus gemidos llenando el cuarto mientras Carlos la monta sin piedad. Su verga hace ese sonido obsceno al chocar contra su coño empapado, y yo me desabrocho la blusa para tocarme los pezones duros. “Dile a tu mamá lo que sientes, Mara”, le ordena él, dándole una nalgada que deja la marca roja en su culo. Ella me mira, con los ojos vidriosos, y balbucea: “Me encanta, mamá… me encanta ser la puta de papá frente a ti. Mírame, mírame cómo me llena”. Yo sonrío, sucia y complacida, y respondo: “Buena chica, hija. Aprende de esto. Es liberación, es amor en su forma más cruda”. Mis dedos bajan a mi concha, frotándome mientras veo cómo su cuerpo tiembla, cómo se contrae alrededor de él.

En mi mente, todo da vueltas: soy la diseñadora con curvas maduras, la que debería proteger a sus hijos, pero aquí estoy, excitada por el sodomía mental de ver a mi hija follada por su padre. ¿Soy una monstruo o solo una mujer liberada? El placer me traiciona, me hace gemir bajito mientras Carlos acelera, sus bolas golpeando el culo de Mara. Ella se corre gritando, su orgasmo explotando, y él la sigue, vaciándose dentro de ella con un gruñido. El semen gotea por sus muslos, y yo me corro en silencio, tocándome al ver el espectáculo.

Después, Carlos saca el teléfono y graba todo: el coño chorreante de Mara, mis dedos aún en mi falda. “Para el archivo familiar”, dice riendo. Yo solo asiento, exhausta, transformada en esta versión de mí que ama ser la voyeur materna.

CAPÍTULO 3: EL PATRIARCA EN ACCIÓN

POV CARLOS

Joder, qué delicia es esto: tener a mi hija Mara abierta de piernas en esta cama de motel de mierda, follándomela como a una puta callejera mientras mi esposa Elizabeth nos mira desde la silla, tocándose como la voyeur sumisa que es. El cuarto huele a humo rancio y a concha mojada, pero eso solo me pone la verga más dura, recordándome que soy el que orquesta todo este tabú familiar. Ella gime bajo mis embestidas, su coño apretado tragándose mi polla gruesa, y yo sonrío, racionalizando cada clavada como una “exploración consensuada” para fortalecer los lazos, aunque en el fondo sé que es puro morbo de control y humillación.

Esta mañana en casa todo era tan cotidiano: desayuno familiar, charlas sobre mi negocio y la uni de Mara, como si fuéramos una familia normal. Pero yo ya planeaba esto, el viaje al motel para convertirla en mi putita personal frente a su madre. “Vamos a unirnos más, chicas”, les dije en el carro, manejando con una mano mientras la otra rozaba el muslo de Elizabeth. “Somos adultos, consintiendo, y esto es liberación pura”. Ellas asintieron, porque yo soy el patriarca, el que dirige las orgías y los tríos. Al llegar, pagué en efectivo y las metí al cuarto cutre. Ordené a Mara que se desnudara lento: “Quítate todo, mi putita incestuosa”, le dije, viendo cómo sus tetas jóvenes se exponían mientras Elizabeth se sentaba a observar, cruzando las piernas para ocultar su excitación.

Ahora, la tengo de espaldas en el colchón, mis caderas chocando contra su culo con cada embestida profunda. Mi verga entra y sale de su concha empapada, haciendo ese sonido sucio que me enciende. “Mírala, Elizabeth”, le gruño a mi esposa, dándole una nalgada a Mara que deja su piel roja. “Mira cómo tu hija se abre para la polla de su papá, como la zorra que es”. Mara balbucea algo, pero yo la interrumpo: “Dile a tu mamá lo que sientes, puta. Dile cómo te gusta que te coja frente a ella”. Ella obedece, gimiendo: “Me encanta, mamá… me encanta ser la puta de papá frente a ti”. Elizabeth sonríe, tocándose los pezones, y murmura: “Buena chica”. Yo acelero, sintiendo el poder: soy el que las humilla, el que graba todo para el archivo, excitado por este cuckold invertido donde yo soy el rey.

Mi mente gira en bucles: como empresario, pienso en sistemas y retroalimentación, y esto es lo mismo – un lazo familiar emergente de puro sexo tabú. ¿Por qué me pone tanto ver a mi esposa excitada por el incesto? ¿Por qué el control me hace correrme? Mara se contrae alrededor de mi verga, gritando su orgasmo, y yo la sigo, vaciándome dentro de ella con un rugido, mi semen chorreando por sus muslos.

Después, saco el teléfono y grabo el espectáculo: su coño lleno, Elizabeth frotándose. “Para el archivo familiar”, digo riendo, sabiendo que esto solo es el principio de más orgías.

 

20 Lecturas/24 enero, 2026/0 Comentarios/por donatienangeles
Etiquetas: hija, incesto, infidelidad, madre, padre, sexo, viaje, voyeur
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