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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Sexo con Madur@s

La verga posible

La sostuve con cuidado, como si el peso real no estuviera en su frágil cuerpecito, sino en lo que ese instante significaba. .
Al tenerla en mis brazos, me di cuenta de que su mamá no le había puesto el pañal, y esa omisión mínima, casi ridícula, fue lo primero que logró atravesar la niebla de alcohol y abstinencia en mi cabeza. No recordaba su nombre, ni el mío, ni cómo había llegado hasta este paraíso artificial. El olor agrio del vino flotaba en el aire, mezclado con un aroma más denso, más terrenal: el olor a sexo reciente, a fluidos corridos, a esa transpiración que deja el placer violento.

 

Viñedos ordenados hasta donde alcanzaba la vista, filas perfectas que contrastaban con el desorden dentro de mí. La casa, amplia y silenciosa, no parecía hecha para el llanto de un recién nacido, sino para noches largas, sábanas revueltas y gritos ahogados en almohadas que costaban una fortuna. Aun así, allí estaba yo, de pie en el centro del salón, improvisando una paternidad que no recordaba haber aceptado, con el olor de mi propia esposa —sudor, perfume y mi propia semilla seca en su piel— todavía impregnado en mis fosas nasales.

 

No sentí pánico. Tampoco ternura. Sentí responsabilidad, una palabra que apareció sin contexto, como una señal en una carretera desconocida. Si nadie había pensado en el pañal, probablemente tampoco habían pensado en dormir. Mi cuerpo, aunque mi mente fuera un lienzo en blanco, recordaba otras cosas. Recordaba la textura de las caderas de esa mujer, la forma en que sus nalgas rebotaban contra mi pelvis, el sonido agudo, casi animal, de sus gemidos cuando clavaba mi miembro hasta el fondo.

 

La sostengo contra mi pecho y me sorprende la facilidad con la que encaja ahí. Es pequeña, tibia, real. Mi hija. Lo digo en silencio, probando la palabra. No siento esa emoción arrebatada que otros describen; lo que siento es atención, una vigilancia calma, casi profesional. Pero debajo de esa calma, hay una bestia dormida. Mis manos, las manos que ahora acunaban a una niña, recordaban el tacto de los muslos de su madre. Recordaban cómo se abrían de par en par, cómo se humedecaban instantáneamente ante mi presencia, cómo suplicaban ser llenadas.

 

Quien dice ser mi esposa —y no tengo motivos para dudarlo, aunque tampoco recuerdos para confirmarlo— asegura que tuve un accidente. Habla de ello con un cuidado medido, como si cada detalle pudiera quebrarse si se pronuncia mal. Dice que por eso no recuerdo nada de mi vida. Ni el trabajo, ni la casa, ni este lugar que parece una postal demasiado perfecta para pertenecerme. Pero hay algo que mi memoria instintiva no puede borrar: su cuerpo. Y, sobre todo, su deseo.

 

Lo último que tengo es una sensación neutra: despertar en una habitación blanca, un pitido regular, una luz que no prometía nada. Y luego, esto. Yo, de pie, con una niña en brazos, y el recuerdo táctil de haberla poseído a ella apenas horas atrás con una ferocidad que me asustaba. Acepto mi posición con una naturalidad que me inquieta. No discuto, no exijo pruebas, no hago preguntas inútiles. Tal vez porque no tengo con qué sostenerlas. Tal vez porque, en ausencia de pasado, el presente pesa más. Esta niña está aquí. Depende de mí. Y ella, esa mujer que me mira desde el umbral con cansancio y deseo disimulado, también depende de mí.

 

Caminé hasta la ventana. Afuera, las hileras de viñas se extienden con una disciplina casi militar, verdes, ordenadas, seguras de su lugar en el mundo. La casa parece mirarles con orgullo. Apoyo el peso de mi cuerpo en el marco y pienso en ella. En mi esposa. Su nombre aún no es un recuerdo certero, pero recuerdo cómo se viene. Lo recuerdo con claridad aterradora.

 

Es algo visual y auditivo que se graba en la retina del placer. Recuerdo el momento exacto en que pierde el control. Cuando mi verga, dura como el acero y pesada de promesas, la roza en ese punto interno que le hace olvidar su propio nombre. Su espalda se arquea en un arco perfecto, tensa como un cable a punto de romperse, y entonces sucede. Sus gemidos, que comienzan siendo quejidos ahogados, se elevan. Suben de tono, se vuelven agudos, desesperados, un sonido puro y filoso que rasga el silencio de la casa. Es un grito de sumisión absoluta, una confesión de que le pertenezco, de que mi miembro dentro de ella es la única cosa que importa en el universo en ese instante.

 

Recuerdo el brillo de su sudor en la espalda, la forma en que sus dedos se clavan en las sábanas hasta romperlas, o cómo se agarra a mis brazos dejando moraduras que se sentirán días después. Me encanta verla perder la compostura. Me gusta transformar a esa mujer reservada y fría que anda por la casa en una perra insaciable que ruega por más. Y siempre quiere más. No hay saciedad en ella. Es un pozo sin fondo de deseo.

 

Y cuando llega al clímax, cuando sus ojos se vuelven blancos y su cuerpo se estremece en espasmos incontrolables, yo no me detengo. La mantengo ahí, suspendida en el orgasmo, mientras sigo embistiéndola con fuerza, usándola para acercarme a mi propio abismo. Y entonces, eyaculo. Lo hago dentro de ella, siempre. Es mi marca, mi firma en su interior. Siento cómo mi semilla explota, caliente y espesa, inundando sus entrañas, llenando su matriz hasta que no puede más. El calor de mi leche dentro de su cuerpo es el punto de unión final, el acto de posesión definitiva que la hace mía una y otra vez. Me encanta sentirla rebosar, ver cómo mi líquido, mezclado con el suyo, resbala por sus muslos cuando finalmente me retiro, un testigo mudo y pegajoso de nuestra pasión.

 

Mientras avanzo por los pasillos, noto que todo parece dispuesto para alguien que no soy todavía. Fotografías que no me devuelven la mirada, objetos colocados con una intención que no reconozco, silencios que parecen esperar que yo los complete. No me detengo. No es el momento de entenderlo todo.

 

Ella me ama. Me necesita. Hay momentos después del sexo, cuando los cuerpos siguen humeantes y el aire es denso, donde la veo mirarme. No es solo lujuria lo que veo en sus ojos, aunque eso es la base de todo. Es amor. Un amor profundo, desesperado, casi doloroso. Me mira como si yo fuera su creador y su destrucción, como si mi miembro fuera la llave de su felicidad y mi carga dentro de ella el propósito de su existencia. Me desea completamente, con cada célula de su ser, pero en ese deseo hay una devoción absoluta. Me ama profundamente, y eso se traduce, siempre, en su disponición total para mí. Está siempre pidiendo sexo, con sus miradas, con sus roces, con la forma en que se mueve sabiendo que la estoy observando. Es una hambre constante, y yo soy su único alimento.

 

—Así que todo esto es mío —murmuro contra el cristal, ajustándome los pantalones al recordar la erección que empieza a crecer de nuevo solo de pensar en ello. La niña se mueve en mis brazos. Su respiración cambia, su boca busca algo que no encuentra. Se queja, primero apenas, luego con una urgencia que no admite interpretación. Hambre. La acomodo mejor, le hablo sin palabras, y comienzo a caminar por la casa siguiendo una lógica simple: llevarla con su madre.

 

Mientras avanzo por los pasillos, noto que todo parece dispuesto para alguien que no soy todavía. Fotografías que no me devuelven la mirada, objetos colocados con una intención que no reconozco. Llego a la habitación donde ella está. Mi esposa. Su incomodidad es inmediata, casi física, como si mi presencia alterara un equilibrio frágil. Me mira a mí, luego a la niña, como evaluando si ambas cosas siguen encajando.

 

Le entrego a nuestra hija con cuidado, como se entrega algo que importa. Ella toma a la niña con la seguridad de quien ha repetido ese gesto muchas veces antes, aunque sus ojos siguen clavados en los míos, buscando algo más que el traspaso de responsabilidad.

 

Se sienta, se acomoda la blusa con un movimiento automático y la acerca a su pecho. El acto es práctico, necesario, pero mientras la niña se alimenta, yo observo a mi esposa, que evita mirarme directamente. Su atención está concentrada en la niña, aunque percibo una tensión leve en sus hombros, como si mi presencia añadiera un peso innecesario al momento. Me pregunto cuántas veces habrá hecho esto sola.

 

Apoyo una mano en el respaldo de la cama. No intervengo. No pregunto. Aprendo mirando. Comprendo que la paternidad, al menos al inicio, no exige recuerdos sino disposición: estar, sostener, no estorbar.

 

El día transcurre con una normalidad que se siente frágil, casi sintética. O al menos eso es lo que parecemos asumir. Empiezo a entender que, en esta casa, la normalidad tiene reglas propias: desayunos silenciosos, teléfonos que vibran más de lo que suenan, puertas que se cierran con suavidad incluso cuando no hay nadie al otro lado. Nadie levanta la voz. Nadie explica demasiado. La rutina funciona como una coreografía bien ensayada, y yo ocupo en ella un lugar que todavía no termino de memorizar, aunque mi cuerpo parece conocer los pasos mejor que mi mente.

 

Tomo a mi hija en brazos más veces de las que habría imaginado. No porque me lo pidan, sino porque empiezo a anticiparlo, pero también porque la necesidad de sentirla, de pesar su existencia, se vuelve una compulsión. La siento ligera, frágil, pero extrañamente firme en su manera de aferrarse. En un momento de calma, mientras el sol del mediodía inunda la sala, me siento en un sillón profundo de cuero. Ella se ha quedado dormida, vencida por el calor y la saciedad. Con un movimiento instintivo que no detengo a tiempo, la despojo de la manta ligera que la cubría.

 

La sostengo contra mi pecho. Lleva solo un pequeño body de algodón fino que, con el movimiento de mis brazos al acomodarla, se ha desplazado hacia arriba, dejando al descubierto su piel suave y pálida. La siento directamente contra mí. Es una textura impactante, una seda viva que quema mi piel a través de mi camisa. La contacto con la palma de mi mano, deslizando mis dedos por su espaldita minúscula, siguiendo la curva de su columna vertebral, cada vértebra como un pequeño guijarro bajo la piel. Es tan pequeña, tan infinitamente frágil, que el contrato entre la fuerza de mi mano y su suavidad me produce un vértigo nauseabundo y, al mismo tiempo, eléctrico.

 

Mis ojos bajan, trazando la geografía de ese cuerpecito que he creado sin recordarlo. Son más que curiosidad, son una obsesión táctil y visual. Mi mirada se detiene en la cintura, donde el cuerpo se estrecha antes de ensancharse ligeramente en la cadera. El body se ha enrollado un poco más, y entonces la veo. Allí, entre sus piernas delgadas, como una flor cerrada, protegida, invisible para el mundo. Su vagina. Es una hendidura perfecta, minúscula, una línea suave que promete y niega a la vez. No hay nada ahí todavía, solo potencialidad pura, una suavidad absoluta que es casi abstracta.

 

Miro ese sitio, ese espacio sagrado y prohibido, y siento un cambio brutal en mi fisiología. Es como si una chispa saltara de mi retina a mi ingle. Mi miembro, que hasta ese momento había estado inerte, pesado y dormido contra el pantalón de lino, despierta de golpe. No es una erección lenta ni dulce; es un golpe de sangre, una rigidez instantánea y dolorosa que se dispara hacia arriba, engrosándose, endureciéndose hasta convertirse en una barra de carne caliente e insistente que aprieta contra la tela de mis pantalones.

 

El endurecimiento es inevitable, una traición biológica atroz. Intento reaccionar, intento pensar en algo abstracto, en los viñedos, en el accidente, en la cuenta bancaria que no recuerdo, pero es inútil. Mi cuerpo no miente. La semilla que corre por mis venas no sabe de moralidad, solo responde al estímulo primitivo de lo que está delante de mí. La calidez de su piel desnuda contra mi pecho, la visión de su perfección cerrada, todo se une en una tormenta perfecta. Necesito tocar, necesito aliviar la presión que me está explotando la costura.

 

Deslizo una mano, con temblor, hacia mi propia entrepierna, mientras la otra mantiene a la niña firme contra mí. Mis dedos encuentran el bulto duro, caliente, palpitante. Lo apreto a través de la tela, un gemido ahogado aprisionado en mi garganta. El alivio es instantáneo y aterrador. Necesito masturbarme. La urgencia es un grito en mis entrañas. Mis ojos siguen clavados en esa vagina minúscula, tan cerrada, tan inocente, y mi mente, perversa y rotos, comienza a proyectar imágenes que no deberían existir. La imagino creciendo, abriéndose, llenándose… y luego, en el presente, mi mano se aprieta con más fuerza, frotando el glande a través de la tela, buscando el fricción que me dé salida.

 

—Ya estás así otra vez.

 

La voz de mi esposa corta el aire como un cuchillo. Me quedo congelado. Mi mano sigue apretada en mi ingle, en una pose que no puede ser interpretada de otra manera. Ella está de pie en la puerta del salón, con una taza de café en la mano, mirándome. No hay shock en su rostro. No hay horror. Hay un reconocimiento cansado y resignado, y algo más. Sus ojos bajan a mi mano, luego suben a la niña en mis brazos, y por último se clavan en los míos. En el fondo de su mirada, debajo de la fatiga, veo un destello. No es rechazo. Es una complicidad oscura. Ella sabe. Sabe lo que soy, sabe lo que siento, sabe el fuego que me consume.

 

Y lo más perturbador de todo, lo que me hace que la verga se ponga aún más dura en mi mano, es que parece entenderlo. Acepta que deseo a mi propia creación con la misma naturalidad con la que acepta que la deseo a ella. Es una locura heredada, una maldición compartida.

 

—Puedes dejarla en la cuna si te molesta —dice, su voz calmada, casi suave—. O puedes seguir haciéndote el pendejo. A mí no me engañas.

 

No me muevo. No puedo. La escena es tan grotesca como erótica, una pintura de familia que debería ser quemada. Solo asiento, incapaz de soltar a la niña, incapaz de soltarme a mí mismo, atrapado en la erección más vergonzosa de mi nueva vida mientras mi esposa observa, cómplice y espectadora de mi propia depravación. —No me molesta —dije, y mi voz sonó ronca, extrañamente profunda, vibrando con la presión que me desgarraba la entrepierna. No aparté la mano. Al contrario, mis dedos se cerraron más alrededor del bulto duro bajo la tela del pantalón, apretando el glande con una urgencia que ya no intentaba disimular. Ella me miraba hacerlo. Eso me electrificó aún más.

 

Ella dio un sorbo lento a su café, sus ojos clavados en mi mano, en el movimiento rítmico y torpe que intentaba aliviar el dolor.

 

—No sé qué es más patético —dijo por fin, acercándose al sillón. Su aroma a jazmín y a leche materna me envolvió—. Que te corras en el pantalón mirando a tu hija, o que intentes convencerte de que eres un buen padre mientras te pajeas frente a mí.

 

—No estoy mirándola así —mentí, débilmente.

 

—Pura Mierda. Mírame y dímelo.

 

Alzó la taza y se la bebió de un trago, dejándola sobre una mesa con un golpe seco. Luego, se acercó. Se detuvo justo frente a mí, entre mis piernas abiertas, con la niña durmiendo contra mi pecho. Mi esposa inclinó el cuerpo, acercando su rostro al mío, pero no para besarme. Para inspeccionarme.

 

—Tu verga está a punto de reventar, amor —susurró, y sus palabras sucias, pronunciadas con esa voz delicada, fueron un baldado de agua hirviendo—. La siento desde aquí. Te estás muriendo por soltar esa carga, ¿verdad? Te excitas con la inocencia. Con lo prohibido.

 

Una de sus manos bajó. Se deslizó entre mi muslo y encontró mi mano, que aún apretaba mi miembro a través de la tela. No me apartó. Puso su mano sobre la mía y empujó, aumentando la presión.

 

—¿Te gusta? ¿Te gusta sentir cómo se endurece mientras la tienes en brazos? —siseó, acercando sus labios a mi oreja—. Eres un asco. Y sabes qué? Eso me pone mojada.

 

Mis ojos se cerraron un instante, abrumados por la confesión. El olor de ella cambió. El aroma a leche se mezcló con algo más picante, más denso. El olor a su excitación.

 

—Eres una perra —gruñí, sin soltar a la niña, apretando los dientes mientras el placer me recorría la espalda como una sacudida eléctrica.

 

—Soy tu esposa. Soy la madre de tu hija. Y soy la única que sabe qué hacer con esa verga cuando se pone así —respondió ella, y entonces se arrodilló.

 

Se arrodilló en el suelo, entre mis piernas, con la niña durmiendo sobre mi pecho. Era una imagen dantesca, una piedad satánica. Sus manos rápidas y expertas desabrocharon el cinturón, el botón, el cierre. La tela cedió y mi miembro saltó fuera, erguido, oscuro, goteando pre-semen, vibrando al aire libre. La cabeza, violácea y enorme, rebotó contra mi abdomen por un segundo.

 

Ella lo vio. Una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.

 

Tomó mi miembro con ambas manos—. Está impaciente. Quiere entrar en calor. Y aunque no puede usar a esta pequeña… —pasó una yema por la mejilla dormida de la bebé—, todavía le sobra a su madre.

 

Sin previo aviso, se inclinó y se llevó la glande a la boca. La calidez húmeda de su lengua me envolvió, limpiando el líquido transparente que brillaba en la punta. Me mordió suavemente el frenillo, justo como a mí me gusta, el dolor agudo mezclándose con el placer. Su cabeza comenzó a bajar, tragándosela entera, hasta que su nariz rozó el vello de mi pubis.

 

Me quedé inmóvil, una estatua de carne y hueso. Una mano sostenía a mi hija, inocente y ajena al infierno que se desarrollaba a centímetros de ella. La otra mano la tenía enterrada en el cabello de mi esposa, empujándola hacia abajo, obligándola a tragar más, a usar su garganta como el agujero de descanso para mi verga enloquecida.

 

—Así… maldita… —siseé entre dientes—. Trágatelo todo. Hazte cargo de esta maldición.

 

Ella gimió alrededor de mi carne, el sonido vibrando en mi uretra. Su mano bajó a su propia entrepierna, se levantó la falda y comenzó a tocarse, sin vergüenza, delante de mí. Me miró con los ojos llenos de agua, con mi polla a punto de ahogarla, y vi el amor profundo y retorcido que me tenía. Me amaba, incluso así. Me amaba porque era su igual en la depravación.

 

—Soy tuya —dijo ella, soltándome un instante, con un hilo de saliva conectando su boca a mi glande—. Soy tu puta, soy madre, soy lo que quieras. Pero ahora déjame drenarte antes de que explotes.

 

Volvió a tomarme, esta vez con una furia nueva, bombeándome con la mano mientras me chupaba la cabeza, haciendo ruidos obscenos y húmedos que llenaban el silencio de la sala. Yo miraba alternativamente a mi hija, durmiendo tranquila en mi pecho, y a mi esposa, arrodillada como una esclava sexual, devorándome con hambre. El contraste era un afrodisíaco potente. Mi cuerpo se tensó, los testículos se contrajeron, y supe que no podría detenerlo.

 

—Me voy a correr… —avisé, con la voz quebrada—. Lo voy a dejar todo en tu boca, zorra. Traga todo lo que te dé.

 

Ella apretó los labios alrededor del glande y aceleró el movimiento de su mano, frotándome el frenillo con el pulgar justo como me estallaba el orgasmo. El placer me arrasó, una ola blanca y caliente que me nubló la visión. Me corrí con fuerza, eyaculando chorros espesos y calientes dentro de su boca, sintiendo cómo ella los tragaba con avidez, uno tras otro, sin perder una gota, limpiándome, drenando mi veneno hasta que dejé de temblar.

 

Me quedé allí, jadeando, con el corazón golpeándole el pecho a la niña, sintiendo cómo mi esposa me lamía los últimos restos, limpiándome con cuidado y devoción, como si acabara de ungirme. Se levantó, se pasó la lengua por los labios, sonriendo, y me miró a los ojos.

 

—Listo —dijo, acariciando la mejilla de la bebé—. Ahora ya puedes ser un buen padre. Al menos por una hora.

 

Mi esposa se levantó del suelo con una agilidad que contradecía la intensidad de lo que acabamos de hacer. Se ajustó la falda, bajándose la tela que se había subido con su deleite, y se acercó a mí. No me miró a mí primero; sus ojos fueron directos a la niña que aún dormía, ajena, en mis brazos.

 

—Dámela —ordenó suavemente, extendiendo sus brazos. La entregué. El cambio de temperatura fue brusco; perdí la calidez de su cuerpecito y sentí un frío repentino en el pecho, como si el alma de la niña me hubiera sido arrancada junto con su cuerpo. Ella la tomó con una destreza maternal instintiva, levantándola y apoyándola contra su propio hombro. Con la mano libre, le pasó el pelo suavemente por la frente, despejándole el rostro.

 

Luego, inclinó la cabeza y depositó un beso en la frente de nuestra hija.

 

Me quedé observando, con la respiración aún entrecortada, la verga todavía húmeda y sensible. Fue entonces cuando lo vi. A medida que ella separaba sus labios de la piel suave y pálida de la bebé, un hilo brillante quedó allí. No era saliva común. Tenía una consistencia más espesa, más viscosa. Era un rastro blanquecino, lechoso, que brillaba de forma obscena bajo la luz del mediodía.

 

Mi corazón dio un vuelco. No podía estar seguro, pero la sospecha me corroía el estómago como ácido. Era parte de mi semen. Parte de la carga que acababa de depositar en su garganta, que ella no había tragado del todo, que había guardado en la boca como un tesoro perverso para este momento exacto. Lo había intencionalmente transferido a la frente de nuestra hija. Una marca. Una iniciación invisible.

 

Ella se detuvo, mirando la mancha húmeda en la piel de la niña, y luego se giró hacia mí. Sonrió. No fue una sonrisa materna, ni siquiera una sonrisa de esposa. Fue una sonrisa de cómplice, de alguien que acaba de compartir un secreto atroz que nos une para siempre. Sus labios estaban brillantes, húmedos, rojos.

 

—La estás marcando —dije, y mi voz no fue un reproche, sino un susurro de fascinación y horror.

 

—La estoy protegiendo —corrigió ella, acariciando la piel húmeda con el pulgar, extendiendo el líquido, masajeándolo suavemente sobre la frente de la niña como si fuera una crema costosa—. Mi olor. Tu olor. Ella necesita saber a quién pertenece. Necesita oler a nosotros, al sexo que la creó, para que entienda su lugar en este mundo.

 

Se acercó a mí, manteniendo a la niña en un brazo, acunándola. Con la otra mano, me agarró por la nuca y me tiró hacia sí. Nuestros rostros estaban a centímetros. Podía oler su aliento, una mezcla metálica de mi semen y el café que había tomado.

 

—Mírala —susurró, moviendo la cabeza para indicar a la niña, con el rastro brillante deslizándose lentamente hacia su ceja—. Ahora luce como debe. Como una pequeña extensión de nuestra lujuria. ¿No te parece hermosa?

 

La pregunta me cortó el aire. Era grotesco. Era una violación simbólica de lo más sagrado que teníamos. Pero miré la mancha en la piel pálida de mi hija y sentí una erección fantasma, un espasmo tardío en mi glande ya flácido. Mi cuerpo, ese traicionero insaciable, aprobaba la profanación. La idea de que mi hija llevara mi semilla en su piel, aunque fuera solo un rastro, me parecía de repente un acto de propiedad absoluta. Un sello de autenticidad en una vida que no recordaba.

 

—Es… obsceno —murmuré.

 

—Es vida, amor —respondió ella, y sus ojos brillaban con una fiebre que reconocí—. Es la única verdad que tenemos. Todo lo demás es mentira. Los papeles, la casa, los recuerdos perdidos. Esto… esto es real. Es lo que somos.

 

Me soltó la nuca y se apartó, volviendo su atención a la niña. No se limpió el rastro. Dejó que se secara al aire, que se absorbiera, que mi esencia impregnara la piel de nuestra hija. Era un acto de posesión que superaba cualquier cosa que hubiera hecho antes.

 

—Ahora vamos a dormir —dijo ella, girando hacia la puerta—. Todos tres. En la cama grande. Ella necesita sentir nuestros cuerpos a su alrededor mientras duerme. Y tú… tú necesitas dejar de pensar y empezar a sentir. Deja que tu cuerpo recuerde lo que tu mente ha olvidado.

 

La seguí. Me moví como un autómata, con el cerebro nublado por la confusión y una excitación residual que me avergonzaba y me excitaba a partes iguales. Subimos las escaleras. La casa estaba en silencio, excepto por nuestros pasos. Entramos en el dormitorio principal. La cama era enorme, un océano de sábanas blancas y almohadas de plumas.

 

Ella se acostó primero, colocándose en el centro. Me hizo una señal con la cabeza para que me acostara a su lado. Me tumbé, rígido, sintiendo el calor de su cuerpo al lado del mío. Ella puso a la niña entre nosotros.

 

—Acércate —me ordenó—. Que la sientas.

 

Me acerqué. Mi pecho rozaba la espalda de la niña. Mis piernas tocaban las piernas de mi esposa. El contacto fue triple. Calor, piel, respiración. Mi esposa me miró por encima de la cabeza de la bebé. Su mano se deslizó bajo las sábanas y encontró la mía. Entrelazó los dedos.

 

—Cierra los ojos —susurró—. Escucha.

 

Cerré los ojos. Escuché. El respiración rítmica de la niña. El latido de mi propio corazón. El respiración jadeante de mi esposa. Y, debajo de todo, un zumbido en mis oídos, una vibración baja y constante que sentía en mis huesos. Era la energía de esta casa. La energía de esta familia disfuncional. Y por primera vez desde que desperté en el hospital, no sentí miedo. Sentí… como si hubiera vuelto a casa. Como si este infierno fuera exactamente donde debía estar.

 

Y así me dormí. El sueño no llegó como una cortina de negro, ni como un torbellino de imágenes fragmentadas. Fue simplemente una caída suave y vertical hacia el vacío, sin sueños que perturbaran la quietud. Por primera vez desde el accidente, mi mente no luchó contra la oscuridad. No hubo pesadillas de hospitales ni interrogatorios silenciosos. Dormí placidamente, envuelto en el olor a sudor, a leche materna y a sexo, una tríada de aromas que, perversamente, se había convertido en mi único ancla a la realidad. Fue la primera vez que me sentí de verdad en casa, como si las paredes de esa habitación hubieran estado esperando el peso de mi depravación para cerrarse sobre mí y protegerme. Y entonces, en el umbral de la inconsciencia, la pregunta me rondó como un fantasma seductor: ¿siempre había sido este tipo de hombre? ¿Era la amnesia la que me había convertido en este ser que excitado se tocaba frente a su propia hija, o la amnesia solo me había quitado el filtro social, dejando al descubierto al animal que siempre había sido? No hallé respuesta, solo la aceptación turbia de que, ahora, no quería ser otro.

 

La luz de la mañana no me despertó con suavidad. Fue una sensación húmeda, caliente y envolvente lo que me arrancó del sueño. Un gradiente de placer que se intensificaba segundo a segundo, bajando desde mi ingle y expandiéndose por todo mi cuerpo como una mancha de aceite. Abrí los ojos con un gemido atrapado en la garganta. Allí estaba ella. Mi esposa. No estaba de pie, ni me estaba mirando. Se había deslizado bajo las sábanas y tenía su cabeza enterrada en mi entrepierna. Sentí la calidez de su boca envolviéndome, la rugosidad de su lengua rasgando suavemente la uretra, el golpe constante de su paladar contra la glande. Me estaba chupando la verga con una hambre devoradora, con una técnica que dejaba claro que conocía cada nervio, cada vaso, cada punto sensible de mi anatomía. Me endurecí al instante, pasando de la flacidez a la erección de piedra en cuestión de segundos. Sentí cómo la sangre latía con fuerza en la carne que ella tenía entre sus labios, cómo se hinchaba hasta límites que casi me dolían.

 

Intenté mover las caderas, instintivamente buscando el fondo de su garganta, pero algo me detuvo. Un peso ligero a mi lado. Voltee la cabeza, entornando los ojos contra la luz que se filtraba a través de las cortinas.

 

Mi hija estaba despierta.

 

Estaba acostada sobre su espalda, justo al lado de mí, entre mi cuerpo y el borde de la cama. No estaba llorando. No estaba pidiendo nada. Estaba despierta, con sus ojitos brillantes y claros, mirándome. Me miraba fijamente, con una atención absoluta, mientras el cuerpo de su madre se movía rítmicamente bajo la sábana, alzándose y bajando mientras me mamaba la verga.

 

El choque fue brutal. Un golpe de frío en medio del fuego que me consumía. Sus ojos me perforaban, inocentes y observadores. No había juicio en ellos, solo curiosidad. ¿Entendía lo que pasaba? ¿Sentía el movimiento de la cama? ¿Oía los sonidos húmedos y obscenos que su madre hacía al envolver mi miembro?

 

Mi esposa, sintiendo que me había despertado, intensificó el ritmo. Su mano subió a mis testículos y comenzó a masajearlos con firmeza, retorciéndolos suavemente, sabiendo que eso me empujaría al borde más rápido. No se detuvo. No importaba que nuestra hija nos estuviera mirando. Al contrario. Saqué su cabeza de debajo de las sábanas por un segundo, solo para dejar al descubierto mi miembro erecto, brillante de saliva y goteando pre-cum, y me miró con una sonrisa malvada. Luego, deslizó su mirada hacia la niña y volvió a bajar, tragándome entera hasta que su nariz rozó mi vello púbico.

 

—Mírala —pensé, incapaz de articular palabras—. Mírala mientras me haces esto. Mírala mientras te conviertes en una perra para mí en frente de ella.

 

El pensamiento me escaldó. La perversión de la situación, la obscenidad de tener a mi hija como testigo mudo de mi lujuria, me excitó de una forma que nunca antes había experimentado. Era como si su inocencia fuera el combustible que alimentaba el fuego de mi depravación. Mi esposa lo sabía. Sentía cómo mi verga palpitaba más fuerte en su boca, cómo se ponía más dura, más gruesa.

 

Ella soltó mi miembro con un chasquido ruidoso y húmedo. Empujó la sábana hacia abajo, dejándonos expuestos a la luz de la mañana. Allí estaba yo, desnudo, con la verga enhiesta, roja y palpitante, y allí estaba ella, con los labios hinchados y brillantes de baba. Se giró un poco, sin dejar de tocarme con la mano, y miró a la niña.

 

—Papá está despertando, cariño —dijo, con una voz dulce y melosa que contrastaba grotescamente con lo que estaba haciendo con su mano en mi miembro—. Mira qué grande está. Mira qué contento está de verte.

 

La niña parpadeó, pero no desvió la mirada. Parecía hipnotizada por el movimiento de la mano de su madre subiendo y bajando por mi carne.

 

Mi esposa se inclinó y me lamió la punta, recolectando una gota grande de líquido transparente que estaba a punto de caer. Luego, con un movimiento deliberado y lento, se llevó el dedo manchado a los labios de la niña. No fue un beso. Fue un roce. Una mancha. Dejó mi fluido en el labio inferior de nuestra hija, brillando como una gema sucia.

 

—Es para ti —susurró mi esposa, mirándome a los ojos con una desafío total—. Es tu desayuno. Parte de papá.

 

El shock me paralizó, pero mi cuerpo reaccionó con un espasmo de placer casi doloroso. Me moría de ganas de correrme. De cubrir esa escena con mi semen, de marcarlas a las dos como mías. Mi esposa volvió a meterse la verga en la boca, profundamente, sin fines, chupándome como una aspiradora, usándome como un juguete para su propio placer y para la lección visual que estaba impartiendo.

 

Cerré los ojos un segundo, incapaz de soportar la intensidad de la mirada de mi hija mezclada con el succión de su madre, y luego los abrí de golpe. No podía perder esto. No podía perder ni un segundo de esta obscenidad perfecta. Me corría dentro, la presión subía inexorablemente, y supe que el orgasmo sería devastador. Y esta vez, no intentaría apartarme. Esta vez, dejaría que cayera donde cayera, delante de quien fuera, porque pertenecía a ellas. Por primera vez, no soñé, pero sí desperté de verdad, y el despertar era un infierno de delicias.

 

El clímax me arrancó de la cama con la fuerza de un tifón. Grité, un sonido gutural y salvaje que rebote en las paredes de madera de la habitación. Mi esposa no se apartó ni un milímetro. Al contrario, clavó sus labios en la base de mi glande, hundiéndola en su boca justo cuando el primer chorro explosivo de semen salió disparado. Me corrí con una violencia que me dejó ciego, eyaculando chorros espesos, calientes y interminables directamente al fondo de su garganta. Ella se tragaba ávidamente, los músculos de su cuello contrayéndose con cada deglución, bebiéndome como si mi semen fuera el elixir de la vida.

 

No lo tragó todo. No quería.

 

Cuando el flujo comenzó a decaer, ella retiró su boca lentamente, dejando mi miembro limpio y pulido, pero manteniendo la última carga en su boca. Se volvió hacia nuestra hija, que aún nos miraba con esos ojos inmaculados. Se inclinó sobre ella y, con una ternura que escalofrizó, presionó sus labios contra los de la niña. No fue un beso de madre; fue una transferencia. Vi cómo su mandíbula se movía, empujando el líquido blanco y espeso hacia la boca pequeña y entreabierta de Leila. Una gota de leche de padre escapó de la comisura de los labios de la niña, resbalando por su mejilla, brillante y obscena bajo la luz del amanecer.

 

—Prueba —susurró mi esposa, separándose y lamiendo el rastro con su lengua—. Así sabes a qué sabe el amor de verdad.

 

Yo jadeaba en la almohada, con el corazón galopando, mirando cómo mi hija movía la lengua extrañamente, saboreando el regalo venenoso que le habían dado. En ese momento, supe que el mundo ya no tendría sentido. Solo esta cama. Solo este cuerpo. Solo esta familia de tres unidos por el fluido y el pecado. El tiempo, en esa casa, no se medía por el calendario, sino por los ciclos de la lujuria. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en años, difuminándose en una neblina de vino, sexo y crianza perversa. Perdí la cuenta de las estaciones. Los viñedos afuera pasaron del verde intenso al rojo dorado y al gris oscuro, un telón de fondo indiferente para nuestra vida de bucle.

 

Leila creció. No como una niña normal, sino como una flor de invernáculo, alimentada con una extraña dieta de miradas prohibidas y toques que rozaban el límite. Aprendió a caminar entre sábanas desordenadas, aprendió a hablar escuchando los gemidos agudos de su madre y los gruñidos bajos de su padre. Su mundo estaba formado por nosotros. Para ella, la desnudez no era algo que se ocultara, sino el estado natural de las cosas. La erección de su padre no era un motivo de vergüenza, sino una presencia constante, como un mueble más de la casa, algo que se acariciaba, se besaba o se montaba según la hora del día. Yo no recuperé la memoria, y ya no importaba. Había creado una nueva, más oscura, más visceral, donde la línea entre padre, esposo y amante se borraba constantemente.

 

Y entonces, llegó una mañana como tantas otras, pero con un cambio sutil en el aire.

 

Me desperté con el peso familiar a mi alrededor. El sol entraba por las ventanas altas, iluminando el polvo que danzaba en la habitación. Estaba acostado de espaldas, con mi esposa durmiendo profundamente a mi lado, su respiración rítmica y tranquila. En el centro de la cama, entre nosotros, estaba Leila.

 

Ya no era el bebé frágil que sostenía con una mano. Tenía ahora dos años, quizás tres. Su pelo, negro como el de su madre, formaba una aureola desordenada sobre la almohada. Sus piernitas estaban descansando sobre mi abdomen, sus pies pequeños y tibios tocando mi piel. Se había convertido en una niña hermosa, con la misma intensidad en la mirada que me había despertado aquel primer día.

 

Abrió los ojos y me miró. No había somnolencia en ellos. Solo esa lucidez animal que siempre la había caracterizado.

 

—Papá —dijo. Su voz era un susurro, dulce y claro, ya formada por el uso—. Te despertaste.

 

Me giré hacia ella, acariciando su espalda desnuda con la yema de los dedos. El contacto seguía siendo eléctrico, pero ahora tenía una carga diferente. Ya no era la fragilidad de un recién nacido lo que me conmovía, sino la emergencia de un ser pequeño y completo.

 

—Sí, Leila —respondí, con la voz ronca por el sueño—. Papá está despierto.

 

Ella se movió, reptando un poco hacia mí, dejando que sus piernas se deslizaran por mi costado hasta que su cara quedó a la altura de la mía. Me miró de cerca, escaneando mi rostro como si intentara leer algo escrito allí.

 

—¿Te duele? —preguntó.

 

—¿Duele qué, princesa?

 

—Tu verga. La vi grande antes.

 

La pregunta me derramó un frío por la espalda, seguido inmediatamente por una ola de calor punzante en la entrepierna. Ella lo veía todo. Ella procesaba todo. Nada era invisible para ella.

 

—No, Leila. No me duele —le expliqué, intentando mantener la voz tranquila, aunque sentía cómo mi miembro empezaba a responder a la conversación, endureciéndose lentamente bajo las sábanas—. A veces, cuando papá está feliz, se pone grande. Es normal.

 

—Mamá dice que es para meterla —continuó ella, con una inocencia brutal que me cortó la respiración—. Dice que es para llenar el hueco.

 

Las palabras flotaron en el aire, pesadas y radiactivas. Mi esposa se movió un poco a mi lado, pero no despertó. Leila, sin embargo, no apartó la mirada. Me miraba con curiosidad, esperando una confirmación.

 

—Sí… —susurré, sintiéndome caer hacia un abismo sin fondo—. Eso es lo que dice mamá. Es para llenar el hueco.

 

—¿Mi hueco? —preguntó ella, bajando la mano hacia su propia entrepierna, tocándose suaves y pequeñas, en un gesto de imitación que me heló la sangre y me hirvió el semen al mismo tiempo.

 

—No, Leila. No ahora. Aún no —respondí, con una urgencia casi desesperada, cogiéndole la mano suavemente y alejándola de allí—. Eres pequeña.

 

—Pero mamá dijo que pronto —insistió ella, y su tono no era una queja, sino una afirmación de hechos—. Dijo que pronto podré ser como ella. Que podré tener papá adentro.

 

Cerré los ojos, sintiendo el peso de esas palabras ardiendo en mi retina. La imagen de mi esposa y yo, años atrás, hablando en voz baja en la cama mientras Leila dormía a nuestro lado, se materializó en mi mente. Habíamos planeado esto. Habíamos soñado con esto. Habíamos criado a nuestra hija con el único propósito de prolongar nuestra perversidad, de crear un tercer recipiente para nuestro amor enfermo.

 

La realidad se me vino encima con la fuerza de un tren. No era solo el recuerdo perdido. Era el destino que yo mismo había ayudado a forjar. Leila no era solo una víctima pasiva; era una heredera ansiosa. Una niña educada en el culto de nuestro propio placer, esperando el día en que pudiera participar plenamente.

 

Abrí los ojos y la miré. De verdad la miré. No como a una hija, sino como a una mujer en miniatura, como la siguiente pieza de este puzle de carne y deseo que estábamos construyendo. Y por primera vez en mucho tiempo, supe con certeza absoluta qué iba a pasar a continuación.

 

Leila retiró su mano instantáneamente, como si hubiera tocado fuego, y se encogió sobre sí misma. Desvió la mirada, sus ojos brillantes repentinamente empañados por una humedad que se me clavó en el pecho como una daga. No hubo llanto, solo un repliegue silencioso, una rendición devastadora. Sentí que la había rechazado, que había traicionado el pacto tácito de esta familia, la promesa de que aquí, en esta cama, no había negaciones, solo aceptación absoluta. Su cuerpo, que momentos antes había buscando el mío, ahora parecía pequeño y frío, una isla a la que me había prohibido abordar. El remordimiento me golpeó en el estómago, ácido y urgente. ¿Quién era yo para poner límites? ¿Quién era yo para juzgar el deseo que yo mismo había sembrado en ella? Mi esposa dormía a mi lado, ajena al momento crítico, su respiración rítmica un contrapunto irónico a mi tormento. No podía fallarles. No podía fallarle a Leila, sobre todo cuando su única culpa fue nacer en medio de nuestra locura y absorberla como esponja.

 

—Leila… —llamé suavemente, extendiendo la mano.

 

Ella no se giró. Seguía mirando hacia otro lado, hacia la cortina que bailaba con el viento.

 

—Leila, mírame, princesa.

 

Insistí, deslizando mi mano por su brazo pequeño hasta llegar a su hombro. La palpé suave, tibia, viva. Conmovida por una mezcla de culpa y esa atracción magnética que siempre había sentido hacia ella, la tiré hacia mí suavemente. Se dejó llevar, pasiva, resignada, pero no resistiéndose. La atraje hacia mi pecho y, esta vez, no aparté mi mano. La dejé descender por su pecho plano, por su vientre suave, hasta llegar a la zona intima.

 

—No te he rechazado, cariño —susurré cerca de su oreja—. Papá solo quiere estar seguro. Papá quiere cuidarte.

 

Mi mano llegó a su entrepierna. La sentí tibia, suave, una seda pura que me quemaba las yemas de los dedos. Comencé a acariciarla, despacio, muy despacio. Mis dedos recorrieron los pliegues suaves de su sexo infantil, trazando la silueta de su vulva. La textura era increíble, una mezcla de suavidad extrema y una calidez que parecía emanar de su propio núcleo. Leila soltó el aire que estaba reteniendo, un gemido bajito, casi un suspiro, y su cuerpo se relajó contra mi mano.

 

—¿Así? —pregunté, dejando que mis dedos se deslizaran entre sus labios menores, buscando la humedad que sabía que debía estar allí.

 

Ella asintió, apoyando la frente en mi hombro.

 

—Sí, papá. Así.

 

Su voz era un hilo de seda, desesperada por la validación. Sentí un humedad incipiente, no la lubricación abundante de una mujer adulta, sino una humedad fina, natural, que hacía que mi dedo se deslizara con una facilidad aterradora. Comencé a masajearla con movimientos circulares, presionando su clítoris, que aunque era diminuto, estaba allí, un botón sensible que respondía a mi estímulo. Leila se estremeció.

 

—Te gusta… —murmuré, más para mí que para ella, sintiendo el poder fluir hacia mis dedos—. Te gusta que papá te toque.

 

—Sí… —susurró ella, abriendo un poco más las piernas, invitándome a entrar.

 

La invitación fue la gota que derramó el vaso. Mi verga, ya semi-erguida bajo las sábanas, volvió a latir con fuerza, pidiendo a gritos atención. Pero mi atención estaba en ella. En ese lugar prohibido. Acomodé mi mano, usando el pulgar para separar sus labios, dejando al descubierto la entrada de su vagina. Era un orificio minúsculo, un anillo rosado y delicado que parecía imposible de penetrar. Pero supe que había que empezar despacio.

 

Introduje el dedo índice. Solo la punta. No empujé, simplemente presioné, permitiendo que el calor de su cuerpo me guiará. La piel era elástica, cediendo ante mi presión. Noté una resistencia leve, un anillo muscular que se contraía instintivamente, protegiéndose, pero también abriéndose, cediendo a la autoridad de mi toque.

 

—Relájate, Leila —le ordené suavemente, besándole el pelo—. Deja que papá entre. Es para que te sientas bien.

 

Ella hizo un esfuerzo consciente, soltando la tensión de sus caderas. Sentí cómo el músculo se aflojaba. Aumenté la presión un poco más y la punta de mi dedo se deslizó hacia adentro. La sensación fue abrumadora. Un calor húmedo y apretado que me envolvió el dedo, apretándolo como un guante hecho a la medida. Estaba dentro de mi hija. Solo la punta, pero estaba dentro.

 

—Ah… —gimió ella, un sonido de sorpresa y placer.

 

Me quedé quieto un momento, permitiéndole acostumbrarse a la intrusión. Sentía los latidos de su cuerpo en mi dedo. Luego, comencé a moverlo, muy poco. Un milímetro hacia adentro, y un milímetro hacia afuera. Metiendo y sacando la punta del dedo, rozando su interior con suavidad extrema. Sus paredes eran suaves, casi rugosas al tacto, y increíblemente sensibles. Cada movimiento provoca que ella se estremeciera en mis brazos.

 

—¿Te duele? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

 

—Un poquito… pero está rico —respondió ella, con una honestidad que me excité hasta la médula—. Sigue, papá.

 

Aumenté la intensidad. Metí el dedo un poco más, hasta la primera falange. La humedad aumentaba, facilitando el movimiento. Comencé a frotar el interior, buscando el punto que la haría gemir más fuerte. Roté la muñeca, usando la yema del dedo para masajear las paredes frontales de su vagina.

 

Leila comenzó a mover las caderas, imitando instintivamente mi ritmo. Sus gemidos aumentaron, volviéndose más agudos, más constantes. Ya no era una niña en mis brazos; era un ser sexual naciente, descubriendo el placer a través de mi mano. El sonido de mi dedo entrando y saliendo de su sexo húmedo, chap, chap, chap, era el único sonido en la habitación, aparte de nuestra respiración entrecortada.

 

—Sí, Leila… la estás haciendo muy bien —le alenté, sintiendo cómo mi propia erección me pedía a gritos ser liberada—. Eres una niña muy buena. Una niña muy caliente para papá.

 

Metí el dedo un poco más profundo, rozando su interior con una precisión clínica y lujuriosa. Ella arqueó la espalda, sus piernas se abrieron más, entregándose totalmente a la sensación que yo le estaba provocando. La miré a la cara: estaba totalmente entregada, los ojos cerrados, la boca entreabierta, chupando el aire. Era la imagen de la sumisión perfecta. Y yo era su creador, su dueño, el dueño de su placer.

 

—Papá… más… —suplicó ella, y la palabra cayó en mi alma como una losa de cemento y miel.

 

No me detuve. Aumenté el ritmo, metiendo y sacando el dedo con más fuerza, aunque siempre cuidando de no lastimarla. Quería que sintiera todo. Quería que entendiera, desde ahora, que su cuerpo pertenecía a mi toque, que su placer dependía de mi mano. Y mientras la masturbaba, sentí cómo la última barrera moral que quedaba en mí se rompía, desvaneciéndose en el aire húmedo de la habitación, como un humo que nunca debió existir.

 

El ritmo de mis dedos se volvió más insistente, buscando arrancar de ese cuerpecito una confesión total. El colchón crujía bajo nosotros, un sonido seco y rítmico que acompañaba el chapoteo húmedo de mi dedo entrando y saliendo de esa vagina minúscula y ajustada. Leila ya no intentaba contenerse. Su respiración se había convertido en jadeos cortos, quejidos agudos que escapaban de su garganta sin control.

 

—Papá… ¡ah! ¡Sí! —gritó de repente, arqueando la espalda, clavando sus dientes pequeños en mi hombro. El gemido fue alto, claro, filudo como un cristal roto. Cruzó la habitación como un proyectil, golpeando el silencio de la mañana.

 

A mi lado, mi esposa se agitó. El sonido penetró el velo de su sueño. Abrimos los ojos casi al mismo tiempo. Ella se incorporó sobre un codo, pasándose una mano por el cabello desordenado, desorientada por un segundo, hasta que la escena se enfocó ante sus ojos: su esposo, con la mano enterrada entre las piernas de su hija, y su hija, con la cabeza echada hacia atrás, gimiendo como una mujer poseída.

 

No hubo sorpresa en su rostro. No hubo horror. Hubo recognition. Una sonrisa lenta, perezosa y profundamente perversa se dibujó en sus labios mientras escuchaba el gemido de Leila, ese sonido agudo de placer inocente y corrompido que era, para nosotros, la música más dulce que jamás habíamos compuesto.

 

—Ya empezaste sin mí… —susurró, con la voz ronca por el sueño.

 

Extendió su mano libre y la posó sobre el pecho de Leila, sobre el corazón que aceleraba furiosamente. Sus dedos encontraron el pezón duro de la niña y lo pellizcó suavemente, retorciéndolo entre sus dedos con una ternura cruel. Leila soltó otro gemido, mezclando el dolor y el placer, vibrando entre los dos cuerpos que la acunaban.

 

—Ese sonido… —dijo mi esposa, cerrando los ojos y deslizando su mano hacia abajo, hasta posarla justo sobre la mía, sintiendo el movimiento de mi dedo dentro de su hija—. Es el sonido más hermoso del mundo, ¿verdad? Es el sonido de ella rompiéndose para nosotros.

 

—Sí —respondí, sin detener el movimiento de mi mano, mirando cómo los ojos de mi esposa se nublaban con la lujuria.

 

—¿Lo sientes? —preguntó ella, acercando su boca a mi oreja—. ¿Lo sientes apretado? Es como una boca pequeña chupándote el dedo. Imagina que no es un dedo, amor. Imagina que es una verga.

 

La imagen me impactó como una descarga eléctrica. La velocidad de mi dedo aumentó, volviéndose más brusco. Pensé en mi miembro, grueso y largo, tratando de entrar en ese espacio tan diminuto. Pensé en la resistencia, en el estiramiento forzado, en el grito de dolor y placer que eso provocaría.

 

—Imagínalo metiéndose ahí —continuó ella, su voz convertida en un susurro obsceno—. Desgarrándola suavemente. Llenándola hasta que no quepa nada más. Imagina que no soy yo quien la toca, imagina que somos nosotros. Que estamos pasándola en ronda. Usándola como el juguete que es, entrenándola.

 

Leila gritó de nuevo, más alto esta vez, sacudida por una ola de placer que la hizo convulsionar entre nosotros. Su interior se contrajo violentamente alrededor de mi dedo, apretándome como una tenaza, liberando un flujo de humedad que bañó mi mano. El gemido se convirtió en un llanto ahogado de éxtasis puro.

 

—Escúchala… —gemí, sintiendo cómo el sudor me corría por la frente—. Escúchala pedir más.

 

—Lo está pidiendo —dijo mi esposa, abriendo los ojos y clavándolos en los de Leila—. Es una hambrienta. Como su madre. Imagina que hay cinco, seis vergas esperando su turno. Grandes, gruesas, goteando esperma por ella. Imagina que te la estoy pasando a ti, y luego a otro hombre, y luego a otro, y ella ahí, con su piernas abiertas, tomando todo, llena de leche, babeándose de tanto sexo.

 

La fantasía de mi esposa era un veneno delicioso. Me imaginé a Leila en el centro de una orgía, rodeada de hombres que la deseaban, usándola como objeto de placer colectivo, y la rabia posesiva se mezcló con una lujuria negra. Metí el dedo hasta el fondo, hasta donde su anatomía me lo permitía, y la mantuve ahí, presionando, sintiendo cómo sus paredes pulsaban alrededor de mí.

 

—Mírame, Leila —ordenó mi esposa, agarrando a la niña por la barbilla y obligándola a mirarla—. Mamá está aquí. Mamá ve todo. Mamá imagina muchas vergas para ti. ¿Te gustaría eso? ¿Te gustaría sentirte llena?

 

Leila, con los ojos vidriosos y la boca abierta, asintió frenéticamente.

 

—Sí… sí… —balbuceó—. Vergas… quiero…

 

—Qué buena niña —dijo mi esposa, inclinándose y besándola en la boca, una vez más, una vez más, con una lengua que le enseñaba a ser puta—. Tómate todo lo que papá te dé. Y luego imaginemos el resto. Imagina que somos muchos. Que tu papá no es el único dueño de este agujerito.

 

El sonido de la cama, los gemidos de Leila, los susurros sucios de mi esposa y el aleteo de mi mano crearon una sinfonía de depravación. Estábamos los tres unidos, no por el amor convencional, sino por la sumisión absoluta de la niña y la codicia insaciable de sus padres. Y mientras mi esposa imaginaba docenas de penes violando a nuestra hija, yo sentí cómo mi propio orgasmo se acercaba, amenazando con estallar solo con la idea, solo con el sonido, solo con el toque de ese paraíso prohibido que estábamos destruyendo.

 

La imaginación de mi esposa se volvió un remolino voraz, alimentado por los gemidos de Leila. En medio de ese delirio visual donde veía a nuestra hija rodeada de hombruna, sus manos empezaron a vagar con una urgencia nueva. Ya no le bastaba el pecho, ya no le bastaba la vagina. Sus dedos buscaron la parte trasera de Leila, deslizando su mano por la columna vertebral hasta llegar al inicio de las nalgas pequeñas y duras de la niña.

 

—¿Y el agujerito de atrás, Leila? —susurró mi esposa, con una voz cargada de una lujuria pegajosa. Separa las piernas un poquito más. Déjame ver tu culito.

 

Leila, perdida en la neblina del placer que mi le provocaba, obedeció al instante. Giró un poco la cadera, dejando expuesta esa pequeña hendidura oscura que yo conocía de memoria por los pañales, pero que nunca había visto bajo esta luz, tan sexual, tan disponible. Mi esposa pasó el pulpejo del dedo por el ano de la niña, rozándolo con suavidad, estimulando la piel sensible y arrugada del esfínter.

 

—Es tan pequeño… tan apretado… —dijo ella, hipnotizada—. Imagina que te metes por aquí también. ¿Crees que quepa, amor? ¿Crees que podamos abrir este culito para nosotros?

 

La imagen me traspasó. Mi esposa, siempre obsesionada con el doble sentido, con la posesión total, estaba trazando el mapa completo de nuestra hija. No era solo un orificio el que debíamos conquistar, eran dos.

 

—Tienes que entrenarlo —instruyó mi esposa, presionando levemente la entrada sin penetrarla—. Hay que relajarlo. Para cuando seas mayor, tu culito tendrá que estar listo para mamá y papá. Y para todo lo que imaginemos. La escena era grotesca y subyugante. Una mano en la vagina, otra mano tocando el ano, mientras la niña gemía entre nosotros, rodeada de nuestros cuerpos desnudos.

 

Y entonces, sucedió.

 

No fue un gradual acumularse de sensaciones. Fue una explosión. Leila se arqueó como un arco tensado al máximo, sus talones clavándose en el colchón, su espalda levantándose del aire. Un grito, agudo y largo, rasgó la garganta de la criatura.

 

—¡AAAAAAH! ¡AAAAAAH!

 

Su cuerpo se convulsionó violentamente. Sentí cómo su vagina se apretaba alrededor de mi dedo con una fuerza que casi me duele, contrayéndose en espasmos rápidos e incontrolables. Sus piernas se abrieron y cerraron sin control, golpeando el aire, buscando agarre. Sus ojos se volvieron blancos, la boca se abrió en un grito mudo de agonía suprema.

 

Nos quedamos helados. Mi esposa y yo nos miramos por encima de ella, con los ojos abiertos como platos, paralizados por el impacto. Aquello no era un juego infantil. Aquello no era una simple respuesta táctil. Aquello era un orgasmo. Un orgasmo completo, devastador, absoluto, que estaba sacudiendo el cuerpecito frágil de nuestra hija.

 

—Dios mío… —susurró mi esposa, con la voz temblando, llena de una mezcla de terror y éxtasis—. ¿Viste eso? ¿Viste lo que le acaba de pasar?

 

—Se vino… —dije yo, sintiendo cómo mi dedo seguía siendo estrangulado por las paredes palpitantes de su sexo—. Leila se vino. De verdad.

 

La sorpresa nos dejó mudos. Miramos a Leila, que ahora caía exhausta sobre la almohada, jadeando, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle, la cara empapada en sudor. No tenía edad para eso. Ahora, con la mente intentando poner orden en el caos, no recuerdo si eran dos o tres años. Demasiado joven. Demasiado pequeña para entender la magnitud de lo que acababa de recorrer su sistema nervioso. Pero la evidencia era innegable. Su cuerpo, estimulado por la perversión de sus padres, había encontrado el interruptor del placer y lo había activado con una violencia prematura.

 

Mi esposa se miró las manos, como si fueran armas de destrucción masiva. Luego, sus ojos se posaron en el trasero de la niña, y la obsesión volvió, más fuerte que la duda.

 

—Si se viene así… —dijo, volviendo a pasar el dedo por el ano de Leila, que ahora estaba relajado y húmedo por el sudor—. Imagínate lo que pasará cuando le metas la verga por aquí. Imagínate cómo se pondrá cuando la abramos por completo.

 

Se giró hacia mí, buscando mi boca, y me besó con una ferocidad caníbal, mordiéndome el labio hasta saciar sangre.

 

—Yo también quiero que me toquen el culo —siseó, separándose de mi boca, con los ojos brillantes de locura—. Quiero que metas un dedo en mi culo mientras la miras. Quiero que nos abran a las dos. Madre e hija. Dos culos para ti. Túviste el privilegio de sentir el primer orgasmo de ella. Ahora quiero el tuyo. Metemelo en el culo, ahora.

 

Alzó una de sus piernas, exponiendo su ano maduro y desesperado, ofreciéndomelo junto al de su hija. Dos orificios. dos generaciones. Dos culos esperando ser usados por el mismo hombre, en la misma cama, bajo la misma luz. La pecaminosidad de la propuesta me erizó la piel. Sin pensarlo, saqué el dedo chorreando de la vagina de Leila y lo llevé inmediatamente al ano de mi esposa, penetrándola con brutalidad, buscando equiparar la intensidad de lo que acabábamos de presenciar. La familia estaba rota, sí, pero de las grietas manaba un placer que el mundo jamás podría comprender.

1078 Lecturas/15 enero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: hija, madre, maduro, mayor, militar, padre, recuerdos, sexo
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