LLAMADA INTERRUMPIDA (1)
En este capítulo erótico, Carlos, un empresario de 48 años, llama a casa durante una reunión y accidentalmente escucha a su hijo Juan, de 20 años, cogiéndose a su esposa Elizabeth, de 45 años, en la cama matrimonial. Sin colgar, Elizabeth deja el teléfono en altavoz, permitiendo que Carlos oiga cada.
POV: CARLOS
LLAMADA INTERRUMPIDA
Carlos tenía cuarenta y ocho años, un empresario cuya vida se había convertido en un torbellino de deseos prohibidos, orquestando dinámicas familiares transgresoras que involucraban a su esposa Elizabeth, de cuarenta y cinco años, una mujer madura con curvas voluptuosas, tetas pesadas que se balanceaban con cada embestida, un coño peludo que chorreaba jugos de excitación madura, y un culo carnoso que pedía ser marcado con nalgadas rojas, todo envuelto en una agencia adulta que la hacía consentir en estos juegos de sumisión e incesto, racionalizando el tabú como un escape erótico que la excitaba con una culpa adictiva, transformando su rol de esposa y madre en una puta familiar compartida. Juan, su hijo de veinte años, un soldado musculoso con verga gruesa y venosa que latía con fuerza juvenil, bolas pesadas que chocaban ruidosamente, y una estamina forjada en el ejército, era el cómplice perfecto, un adulto pleno con agencia propia que gozaba de cogerse a su madre bajo el conocimiento implícito de Carlos, un morbo que unía a la familia en un pacto consensuado de placer degradante, donde la humillación verbal y física elevaba cada encuentro a un nivel de éxtasis prohibido.
Hoy, esa dinámica se manifestaba de manera inesperada en la cama matrimonial de la casa familiar, un espacio amplio con sábanas de seda arrugadas, almohadas esparcidas y el olor persistente a sudor y sexo de encuentros previos, donde Juan había seducido a Elizabeth esa tarde, aprovechando que Carlos estaba en una reunión de negocios en la ciudad. Carlos, sentado en su oficina con vistas al skyline de México, decidió llamar a casa para chequear, ignorando que interrumpiría un acto en pleno desarrollo. Marcó el número de Elizabeth, el teléfono sonando en altavoz mientras él tomaba notas, pero cuando ella contestó, no colgó; en cambio, dejó la línea abierta, permitiendo que Carlos escuchara todo, un accidente que se convirtió en un voyeurismo auditivo intencional, racionalizando: eran adultos consintientes, oír a su hijo cogerse a su esposa lo ponía duro como una roca, un morbo cuckold que lo excitaba con una mezcla de celos y placer, transformando la llamada en un espectáculo privado que lo hacía masturbarse discretamente bajo el escritorio, su verga gruesa palpitando en su mano mientras imaginaba cada detalle.
Elizabeth contestó el teléfono jadeante, su voz ronca y entrecortada, colocándolo en la mesita de noche sin colgar, el altavoz capturando cada sonido: el crujido de la cama, los gemidos ahogados, el slap de carne contra carne. Carlos se quedó en silencio, su corazón acelerando, reconociendo inmediatamente lo que ocurría, su mano bajando a desabrochar sus pantalones, sacando su verga venosa y endurecida, frotándola lentamente mientras escuchaba, el morbo de ser un oyente invisible lo ponía al borde, racionalizando: “Mi hijo follándose a mi esposa en nuestra cama… y yo escuchando como un cornudo gozoso, mi polla latiendo por cada gemido”.
Elizabeth: Juan… tu padre está llamando… no cuelgues, déjalo oír cómo me coge su hijo. Sí, así… mete tu verga gruesa en mi coño maduro, hazme gritar como la puta materna que soy.
Gimió ella, su voz entrecortada por el placer, el teléfono transmitiendo el sonido húmedo de la penetración, Juan bombeando con fuerza en su coño peludo y resbaladizo, bolas chocando contra su clítoris hinchado, el aire de la habitación cargado de olor a sudor salado y jugos femeninos, Elizabeth arqueando la espalda contra el colchón, tetas pesadas rebotando con cada embestida, su ano contrayéndose al recordar sodomías previas, racionalizando en voz alta para que Carlos oyera: “Escucha, amor… tu hijo me folla mejor que tú, su verga joven me llena como una perra en celo, me moja saber que oyes esto”.
Juan: Sí, mamá… no cuelgo, que papá oiga cómo te culío en su cama. Tu coño aprieta mi polla venosa como un vicio, gime más fuerte, puta. Dile que eres mi madre zorra consintiendo en incesto mientras él trabaja.
Gruñó él, su voz grave y dominante, acelerando el ritmo, nalgueando el culo carnoso de Elizabeth con sonidos secos que resonaban por el teléfono, metiendo un dedo en su ano apretado para doble penetración, sintiendo las paredes internas contraerse alrededor de su verga y dedo, bolas pesadas chapoteando contra su humedad, el morbo de saber que su padre escuchaba lo ponía más duro, racionalizando: “Papá oyendo cómo me cojo a su esposa… nuestra madre puta gimiendo por mí, esto es tan jodido y delicioso”.
Carlos, en su oficina, aceleró su masturbación, mano bombeando su verga gruesa con fuerza, precum chorreando por el glande, el sonido de los gemidos de Elizabeth y los gruñidos de Juan filtrándose por el altavoz, haciendo que su polla latiera con cada palabra sucia, racionalizando en silencio: “Mi esposa gimiendo por nuestro hijo… su coño chorreando mientras yo escucho como un voyeur, me pone al borde, oigo cada slap de sus bolas contra ella, imagino sus tetas rebotando, joder, voy a correrme oyéndolos”.
Elizabeth: ¡Juan! Me estás rompiendo con tu verga joven… sí, métela más profundo, haz que tu padre oiga cómo me haces correrme como una madre puta. Carlos, amor, ¿oyes? Tu hijo me folla sin piedad, su dedo en mi culo me quema de placer, soy su zorra incestuosa.
Gritó ella, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida, su coño peludo goteando jugos por las sábanas, clítoris hinchado frotándose contra la base de la verga de Juan, tetas pesadas balanceándose, pezones endurecidos rozando la tela, el morbo de saber que Carlos escuchaba cada detalle la llevaba al borde, racionalizando: “Que mi esposo oiga cómo su hijo me domina… me excita tanto, mi ano se contrae alrededor de su dedo, voy a correrme gritando para él”.
Juan: Córrete, mamá puta. Que papá oiga tus chorros salpicando la cama. Dile que su verga no me llega, que prefieres la de tu hijo soldado, apretando mi polla con tu coño maduro.
Ordenó él, bombeando furioso, nalgadas dejando marcas rojas en su culo, un segundo dedo en su ano estirándola, sintiendo las contracciones intensas, su verga latiendo dentro del calor resbaladizo, bolas tensas listas para explotar, el teléfono capturando cada gemido y slap obsceno.
Elizabeth se corrió con fuerza, convulsionando en la cama, chorros calientes salpicando las sábanas y la verga de Juan, gritando ahogado para que Carlos oyera cada detalle.
Elizabeth: ¡Sí, Juan! Me corro… chorros por tu verga… Carlos, oye cómo tu hijo me hace squirt como una perra, mejor que tú nunca.
Gritó ella, cuerpo temblando, ano y coño contrayéndose en espasmos. Juan no aguantó, explotando dentro, semen caliente llenándola, chorreando por sus muslos, gruñendo.
Juan: Toma mi semen, mamá. Que papá oiga cómo lleno a su esposa con la carga de su hijo.
Gruñó él, bombeando hasta la última gota. Carlos, en su oficina, sintió su propio clímax explotar, semen chorreando por su mano, gimiendo bajo mientras oía el final, racionalizando: “Oír a mi hijo corrérsele dentro a mi esposa… me corro como un cornudo gozoso, esto es el morbo definitivo”.
Ellos jadeaban en la cama, el teléfono aún abierto, Elizabeth finalmente colgando con una risa ronca, sin saber que Carlos había oído todo. Carlos limpió su mano, su verga suavizándose, el morbo latiendo en su mente, planeando el próximo paso.


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