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Incestos en Familia

Madre e hijo en un hotel

Madre e hijo desatan su pasión durante un evento para su madre .
Blanca tenía 50 años y seguía siendo una mujer que dejaba a cualquiera sin aliento. A pesar de su edad, mantenía un cuerpo espectacular gracias a años de ejercicio, yoga y una alimentación estricta. Sus tetas eran grandes, firmes y naturales, con pezones oscuros que se marcaban cuando se excitaba. Su cintura seguía estrecha, sus caderas anchas y redondeadas, y su culo era voluminoso, redondo y perfectamente levantado. Sus piernas estaban torneadas y fuertes, con muslos gruesos pero definidos. Era pelirroja natural, con una melena de ondas suaves que le caía hasta los hombros, salpicada de algunas canas plateadas que le daban un aire elegante y sensual. Sus ojos color miel brillaban con intensidad.

Su marido Emilio se había enfermado de gripe fuerte justo antes del viaje y no pudo acompañarla. La fiesta anual de magisterio se celebraba este año en la capital, en el gran salón de un hotel elegante del centro. Blanca y Emilio vivían en provincia, así que ella tendría que quedarse a dormir en la ciudad. La sola idea de ir sola a la fiesta la angustiaba; la regla era asistir con acompañante y no quería sentirse expuesta ni incómoda toda la noche.

—Hijo, no sé qué hacer… —le confesó a su hijo mayor, Miguel, de 24 años—. Me da miedo ir sola. Todos me conocen, y tengo que recibir el reconocimiento.

Miguel, pelirrojo como su madre, tenía un cuerpo ligeramente robusto y fuerte. No estaba marcado ni definido como un modelo, pero era sólido, con hombros anchos, brazos potentes y una fuerza natural que le permitía cargar peso sin esfuerzo. Aceptó de inmediato.

—No te preocupes, mamá. Yo te acompaño. Cancelo mis planes y vamos juntos. Además, así aprovecho para conocer la capital.

Blanca aceptó aliviada. Reservaron una habitación en el mismo hotel donde se realizaba la fiesta, pero como originalmente iría con Emilio, solo había una cama matrimonial.

Esa noche, Blanca se puso el mismo vestido negro provocador: ajustado al cuerpo, con escote en V profundo que dejaba ver el valle entre sus pechos maduros y una abertura lateral que mostraba sus muslos torneados. Miguel se quedó mirándola un segundo de más cuando salió del baño.

—Estás… impresionante, mamá —dijo con voz un poco ronca.

—Gracias, mi amor —respondió ella, sonrojándose ligeramente.

La fiesta en el salón del hotel estaba animada: luces tenues, música en vivo, copas de vino y cocteles circulando sin parar. Blanca recibió su reconocimiento por 25 años de servicio entre aplausos. Cada vez que premiaban a un profesor, todos brindaban. Miguel no tomaba alcohol, solo mojaba los labios por cortesía, pero Blanca, que bebía muy poco normalmente, aceptaba cada brindis. El alcohol se le subió más rápido de lo esperado, calentándole las mejillas y el cuerpo.

Miguel la acompañó toda la noche. Al principio bailaron separados, con movimientos alegres y normales. Pero poco a poco, conforme avanzaban las canciones, los roces empezaron a volverse más frecuentes.

En una salsa animada, Miguel la hizo girar y, al atraerla de nuevo hacia él, su mano se posó un poco más abajo de la cintura, rozando la curva superior de su culo. Blanca sintió el contacto, pero el alcohol y la música la hicieron sonreír en lugar de apartarse.

Luego llegó una bachata lenta y sensual. Al principio se mantuvieron a una distancia respetable, pero en los movimientos suaves de cadera, sus cuerpos comenzaron a acercarse más. En un deslizamiento lento, las caderas de Blanca rozaron claramente la entrepierna de Miguel. Ella sintió algo duro presionando contra su vientre bajo. Se sonrojó, pero no se alejó.

El roce se repitió en el siguiente movimiento. Esta vez la erección de Miguel, ya completamente dura, se frotó directamente entre sus piernas, justo sobre su monte de Venus, a través de la fina tela del vestido. Blanca soltó un pequeño jadeo que se perdió entre la música. Sus ojos color miel se encontraron con los de su hijo por un segundo y vio el deseo en ellos.

Miguel se volvió más audaz. En los giros lentos, su mano derecha bajó deliberadamente hasta posarse sobre una de sus nalgas, apretándola con suavidad pero con firmeza. Blanca sintió los dedos fuertes hundirse ligeramente en su carne madura y voluminosa. El calor entre sus piernas creció.

—Estás temblando, mamá… —le susurró Miguel al oído, su aliento caliente contra su cuello.

—Es el baile… y el vino… —respondió ella con voz entrecortada, pero su cuerpo se pegó un poco más al de él.

Los roces se incrementaron con cada canción. En un movimiento en el que él la inclinó ligeramente hacia atrás, el muslo robusto de Miguel se presionó entre las piernas de Blanca, rozando su coño por encima del vestido. Ella sintió una oleada de humedad empapando sus bragas. Sus tetas grandes se aplastaban contra el pecho sólido de su hijo, y sus pezones ya endurecidos se marcaban contra la tela.

El baile se volvió cada vez más íntimo y prohibido. Miguel la pegó completamente contra su cuerpo, y ahora su verga dura se frotaba con descaro contra el centro de su cuerpo con cada balanceo de caderas. Blanca ya no podía disimular sus suaves gemidos ahogados. Sus manos subieron hasta los hombros de Miguel y se aferraron a él.

Finalmente, en un giro lento y profundo, Miguel inclinó la cabeza y le dio un beso suave en los labios. Fue breve, tierno, pero cargado de electricidad. Sus bocas se separaron apenas unos centímetros. Blanca respiraba agitada, mirando alrededor con nerviosismo.

—Miguel… aquí no… nos pueden ver… —susurró, con las mejillas ardiendo y el coño palpitando de excitación.

Él asintió, pero sus ojos oscuros brillaban de deseo. Tomaron el elevador para subir a su habitación en el piso 14. Apenas se cerraron las puertas del ascensor, la tensión explotó. Se besaron con furia salvaje, lenguas enredándose con hambre. Las manos de Miguel recorrieron el cuerpo de su madre, apretando sus caderas y subiendo por sus muslos torneados. Blanca gemía contra su boca, sintiendo cómo su verga dura se presionaba insistentemente contra su vientre.

—Dios… mamá… —jadeó él entre besos, metiendo una mano bajo el vestido y rozando el encaje empapado de sus bragas.

Las caricias se volvieron fogosas y desesperadas dentro del elevador. Ella le acariciaba el pecho robusto por encima de la camisa, bajando hasta apretar el bulto caliente en sus pantalones.

En cuanto entraron a la habitación y cerraron la puerta, ya no hubo ningún control. Se besaron salvajemente contra la pared. Miguel le bajó el escote del vestido, sacó sus tetas grandes y maduras y se metió un pezón oscuro en la boca, chupándolo con fuerza y avidez mientras ella gemía y le desabrochaba el cinturón con manos temblorosas.

—Esto está mal… eres mi hijo… —susurró Blanca, pero su cuerpo ardía de deseo.

—Y tú eres la mujer más rica que he visto en mi vida —respondió él con voz ronca.

La empujó suavemente hacia la cama matrimonial. Blanca se quitó el vestido quedando solo en bragas. Miguel se desnudó completamente, revelando su cuerpo ligeramente robusto y fuerte, y su verga gruesa, venosa y completamente dura.

Se lanzó sobre ella. La besó con desesperación mientras le quitaba las bragas. Luego se colocó entre sus piernas y, sin más preámbulos, metió toda su polla de un solo empujón profundo en el coño caliente y empapado de su madre. Blanca soltó un gemido largo y agudo cuando lo sintió llenarla por completo.

—Joder… mamá… qué coño más apretado y caliente tienes —gruñó Miguel, empezando a embestir con fuerza salvaje.

Blanca clavó las uñas en su espalda robusta, rodeando su cintura con las piernas mientras él la follaba duro contra el colchón. Sus tetas saltaban con cada embestida. Miguel agarró sus nalgas voluminosas con ambas manos, apretándolas y separándolas mientras entraba y salía con ritmo brutal.

—Más fuerte, hijo… rómpeme… —suplicó ella, perdida en el placer.

Miguel la levantó sin esfuerzo gracias a su fuerza natural, la cargó en brazos y la folló de pie contra la pared, embistiendo hacia arriba con potencia. Después la sentó a horcajadas sobre él en la cama. Blanca empezó a montarlo con movimientos salvajes, subiendo y bajando sobre su verga gruesa. Miguel la agarraba firmemente de sus nalgas, guiándola y clavándola profundo con cada descenso, sus manos grandes hundidas en la carne suave y firme de su culo.

—He fantaseado con esto tantas veces… —confesó él entre jadeos, mirándola a los ojos color miel mientras ella lo cabalgaba—. Cerraba los ojos y me imaginaba cogiéndote así, mamá… follando este culo y estas tetas que me vuelven loco.

Blanca gimió más fuerte y aceleró el ritmo.

—Y yo… cuando tu padre me cogía… muchas veces cerraba los ojos e imaginaba que eras tú… que era tu verga la que me estaba llenando… Ay, Miguel… me corro pensando en ti…

Esas palabras lo enloquecieron. Agarró sus nalgas con más fuerza, embistiendo hacia arriba con furia mientras ella rebotaba sobre él. El orgasmo de Blanca llegó primero, intenso y devastador: su coño maduro se contrajo violentamente alrededor de la polla de su hijo, soltando chorros de jugos calientes.

Miguel no aguantó más. Con un gruñido animal, se corrió profundamente dentro de ella, inundando su útero con chorros calientes y abundantes de semen mientras Blanca temblaba con un segundo orgasmo.

Se quedaron jadeando sobre la cama, él todavía enterrado dentro de ella, sudados y temblorosos.

—Esto no puede repetirse… —susurró Blanca, aunque su cuerpo todavía palpitaba de placer.

Miguel sonrió y le besó los labios con ternura prohibida.

—Claro que no… hasta la próxima vez que lo necesites, mamá.

El olor a sexo llenaba la habitación y el calor incestuoso seguía latiendo entre ellos mientras la noche en la capital apenas comenzaba.

16 Lecturas/10 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: hijo, madre, madura, maduro, maduros, mayor, padre, sexo
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