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Incestos en Familia

Madre, hijo, hotel, lluvia. Que podría salir mal

En un viaje de negocios madre e hijo se dejan llevar por la pasión .
La lluvia caía con furia sobre la capital cuando Blanca y su hijo Miguel bajaron del autobús. Ella, una pelirroja de 50 años con un cuerpo curvy generoso —caderas anchas, cintura marcada y unos pechos pesados que siempre llamaban la atención—, había tenido que viajar por unos documentos importantes de trabajo. Le daba pánico ir sola, así que le pidió a Miguel, su hijo de 24 años, que la acompañara. Él era pelirrojo como ella, de complexión robusta y fuerte, con hombros anchos y brazos musculosos de tanto entrenar.

Llegaron empapados. Una tormenta brutal azotaba la ciudad y ningún taxi se detenía. Decidieron correr las cinco cuadras hasta el hotel. Para cuando entraron al lobby, ambos estaban completamente mojados: la blusa blanca de Blanca se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, marcando sus pezones endurecidos por el frío, y sus pantalones se adherían a sus muslos gruesos y a su culo redondo. Miguel no estaba mejor; su camiseta se transparentaba sobre su pecho definido y sus jeans empapados delineaban sus piernas fuertes.

En la recepción les dieron la mala noticia:

—Hubo un error en la reserva. Solo tenemos una habitación con cama individual. No hay más disponibles por la tormenta.

No tenían opción. Subieron al cuarto pequeño, temblando de frío. Se miraron un segundo, incómodos.

—Tenemos que quitarnos esta ropa mojada o nos vamos a enfermar —dijo Blanca, con voz temblorosa.

Se desvistieron de espaldas, uno frente al otro. Blanca se quitó la blusa, dejando al descubierto sus grandes senos pesados, con pezones rosados y grandes. Se bajó los pantalones y las bragas, revelando su culo carnoso y su coño cubierto por un suave vello pelirrojo. Miguel se quitó todo también, su polla semierecta colgando pesada entre sus piernas musculosas por el frío y la adrenalina.

Se metieron juntos al baño caliente. El vapor los envolvió mientras se duchaban por turnos bajo el chorro escaso. Ninguno se atrevió a mirar demasiado… al principio.

Al salir, solo tenían una toalla pequeña que compartieron torpemente. La cama era estrecha, una individual. Se metieron bajo la única cobija, completamente desnudos, espalda contra espalda al inicio. La temperatura seguía bajando y el frío se colaba por las ventanas.

Blanca empezó a temblar violentamente. Sin pensarlo, se dio la vuelta y se pegó a la espalda de su hijo, buscando calor. Miguel sintió los pechos suaves y pesados de su madre aplastarse contra su espalda, sus pezones duros rozándole la piel. Tragó saliva.

—Mamá… estás helada —murmuró.

Se giró también. Ahora estaban frente a frente, cuerpos pegados en esa cama diminuta. Los pechos grandes de Blanca se apretaban contra el pecho fuerte y definido de Miguel. Sus piernas se enredaron naturalmente. La polla de él, que había empezado a endurecerse sin control, quedó atrapada entre sus cuerpos, presionando caliente y gruesa contra el vientre suave y curvy de ella.

Miguel se puso completamente rígido al sentir el roce. Su verga palpitaba contra la piel cálida de su madre.

—Perdón, mami… —susurró él, avergonzado, intentando moverse un poco hacia atrás.

—No te preocupes, hijo —respondió Blanca con voz suave y temblorosa por el frío—. Es normal… por el roce de nuestros cuerpos. No te preocupes.

Pero el frío seguía intensificándose. En lugar de separarse, sus cuerpos buscaron más calor. Blanca se acercó aún más, hundiendo su rostro en el cuello de Miguel. Sus pechos pesados se aplastaron completamente contra el torso de él, los pezones duros frotándose con cada respiración. Miguel pasó un brazo alrededor de la cintura curvy de su madre, atrayéndola instintivamente.

Sus piernas se entrelazaron más. La polla gruesa y caliente de Miguel se deslizaba ahora lentamente entre los muslos suaves y carnosos de Blanca, rozando la parte interna de ellos. Cada pequeño movimiento para acomodarse hacía que la cabeza gruesa de su verga acariciara la piel sensible cerca de su coño.

Blanca respiraba más agitada. Sentía cómo la verga de su hijo latía contra ella, cada vez más dura y caliente. El roce era constante, inevitable en esa cama tan estrecha. Poco a poco, sin que ninguno lo planeara, sus rostros quedaron a solo centímetros. Sus narices se rozaron. Los labios de Blanca, suaves y cálidos, tocaron ligeramente los de Miguel.

Se miraron a los ojos un segundo. El beso llegó casi sin pensarlo: un roce suave, tímido, apenas un roce de labios. Pero ninguno se apartó. El segundo beso fue un poco más largo, más húmedo. Sus bocas se entreabrieron ligeramente y sus lenguas se tocaron con timidez.

Mientras se besaban, sus cuerpos seguían moviéndose por el frío. La polla de Miguel se deslizaba cada vez más abajo entre los muslos de Blanca. Los labios hinchados y mojados de su coño empezaron a rozar la cabeza gruesa de la verga de su hijo. El roce era eléctrico. Cada vez que respiraban, la verga de Miguel presionaba un poco más contra la entrada resbaladiza de Blanca, separando suavemente sus labios vaginales sin llegar a entrar todavía.

Blanca soltó un gemido bajito contra la boca de su hijo cuando sintió la cabeza caliente de su polla frotándose directamente contra su clítoris hinchado.

—Miguel… —susurró ella con la voz ronca, sin separarse de sus labios.

La verga de él seguía acomodándose, deslizándose lentamente entre los pliegues mojados de su coño, rozando su entrada una y otra vez. El frío los obligaba a pegarse más, y el calor entre sus piernas crecía con cada roce.

Hasta que, con un movimiento casi involuntario de las caderas de Blanca, la cabeza gruesa de la polla de Miguel presionó firmemente contra su entrada y empezó a abrirse paso dentro de ella.

Blanca soltó un gemido largo y profundo contra la boca de su hijo cuando sintió cómo la verga caliente y gruesa de Miguel la iba abriendo poco a poco. Centímetro a centímetro, su coño maduro y mojado se estiraba alrededor de esa polla joven y robusta. Era más grande y más gruesa de lo que había sentido en muchos años, y la sensación de ser llenada tan completamente la hizo temblar de placer.

—Ay, hijo… estás entrando tan adentro… —jadeó ella, clavando las uñas en la espalda fuerte y ancha de Miguel.

Miguel gruñó contra sus labios, incapaz de creer lo que estaba pasando. Su madre estaba caliente, resbaladiza y apretada alrededor de él. Empujó suavemente con las caderas, deslizándose un poco más profundo hasta que casi toda su longitud estuvo enterrada en el coño de Blanca. Sus cuerpos estaban tan pegados que no había espacio para nada más; los pechos pesados y suaves de ella se aplastaban contra el pecho musculoso de él, y sus pezones duros rozaban su piel con cada respiración agitada.

Empezaron a moverse despacio, limitados por la cama individual y por la cobija que apenas los cubría. Cada embestida lenta hacía que la polla de Miguel saliera casi por completo y volviera a hundirse hasta el fondo, produciendo un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con sus gemidos. Blanca levantó una de sus piernas gruesas y la pasó por encima de la cadera de Miguel, abriéndose más para él, permitiendo que entrara aún más profundo.

—Más… dame más, Miguel —susurró ella con voz ronca, besándolo de nuevo, esta vez con más hambre.

Miguel agarró una de las nalgas grandes y carnosa de su madre con fuerza, apretándola mientras aceleraba el ritmo. Sus embestidas se volvieron más firmes, golpeando el fondo del coño de Blanca con cada empujón. Los pechos pesados de ella rebotaban contra su torso, y él no pudo resistirse a bajar la cabeza para atrapar uno de sus pezones rosados entre los labios, chupándolo con fuerza mientras seguía follándola.

Blanca arqueó la espalda y gimió más alto, su coño apretando la polla de su hijo en espasmos involuntarios.

—Dios… qué rico se siente tu verga dentro de mí… —jadeó ella, moviendo las caderas al encuentro de cada embestida—. Más fuerte, hijo… fóllame más fuerte…

Miguel obedeció. La volteó como pudo en la cama estrecha, poniéndola de lado, de espaldas a él. Desde atrás, pasó un brazo alrededor de su cintura curvy y la penetró con fuerza, su polla gruesa entrando y saliendo del coño empapado de Blanca con un ritmo cada vez más urgente. Con la mano libre le apretaba uno de sus pechos pesados, pellizcando el pezón, mientras su boca besaba y mordía suavemente el cuello de su madre.

El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con los gemidos cada vez más altos de Blanca y los gruñidos profundos de Miguel. Su coño chorreaba alrededor de la verga de él, lubricando cada embestida profunda.

—Estoy… estoy cerca, mami… —gruñó Miguel, acelerando aún más, follándola con fuerza.

—Yo también… no pares… ¡no pares! —gritó Blanca.

Su orgasmo llegó primero como una ola violenta. Su cuerpo curvy se sacudió entre los brazos de Miguel, su coño apretando la polla de su hijo en contracciones fuertes y rítmicas mientras gritaba su nombre. Chorros de sus jugos calientes empaparon la verga y los muslos de Miguel.

Él no pudo aguantar más. Con un gruñido animal, empujó hasta el fondo una última vez y se corrió dentro de ella. Chorros calientes y espesos de semen llenaron el coño de Blanca, desbordándose alrededor de su polla palpitante mientras seguía embistiendo entre los espasmos de su orgasmo.

Se quedaron pegados, jadeando pesadamente, la polla de Miguel aún enterrada profundamente dentro de su madre, latiendo con los últimos restos de su corrida. La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro de esa cama individual el calor entre sus cuerpos era abrasador e intenso.

Ninguno de los dos habló durante varios minutos. Solo se abrazaron más fuerte bajo la cobija, respirando agitados, conscientes de que esa noche apenas había comenzado y de que el frío ya no era excusa para nada.

4 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: baño, hijo, hotel, madre, maduro, orgasmo, semen, viaje
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