MARCELITA 2026 – Capítulo 15: Amor de colegio
La dulce historia de amor entre una niña y un hombre (M32 / g8-9yo)….
MARCELITA – Capítulo 15: Amor de colegio
«Vámonos, cariño, tenemos que irnos» – le dijo Fabián a Marcela mientras la ayudaba a vestirse con manos temblorosas y aún llenas del sabor y la esencia de la pequeña..
Juntos emprendieron el viaje de vuelta a la oficina. Camila ya estaba afuera de las instalaciones esperándolos con cara de mosqueo. Al verlos llegar, solo les dijo con sarcasmo: «Cabrones, espero que al menos la hayáis pasado bien..»
—
A la mañana siguiente, la niña se alistó con normalidad y asistió a clases como cualquier otro día. Sin embargo, para alguien de su entorno escolar no era una mañana común: Martina había decidido tomar acción..
Marcela, en su mundo de unicornios, no se percató de nada. El sonido de la llave girando en la cerradura resonó en el silencio del aula. Martina se apoyó contra el escritorio, sus rodillas temblaban ligeramente, un mix de excitación y anticipación recorría su cuerpo. Podía sentir la humedad entre sus muslos creciendo.
Con voz cargada de nerviosismo, pero también llena de deseos ocultos, Martina llamó a la niña al escritorio: «Marcela, cariño, ven, tengo que hablar contigo. Quiero corregir las ilustraciones de tu trabajo sobre el Nuevo Testamento, ven acá, mi amor…»
«Vamos, cariño, acércate,» dijo Martina extendiendo una mano hacia el pupitre. Sabía que tenía que proceder con cautela, ya que no quería asustar a la pequeña.
La niña se acercó a ella con pasos lentos y vacilantes, sin comprender del todo lo que su maestra quería de ella. Sus pequeños pies titubeaban en el camino hacia el escritorio.
Cuando llegó a su lado, Martina no pudo evitar sentir una corriente eléctrica al verla tan cerca.
«Eres una niña tan hermosa, Marcela. Tienes un don especial para el dibujo, y también para hacer que las personas se sientan felices a tu alrededor» – dijo Martina con voz suave y dulce, mirándola a los ojos. Sus manos temblaban levemente mientras sostenían el papel con el dibujo de la niña.
Los ojos de Martina se movían de su rostro angelical hacia sus hombros delgados bajo el uniforme blanco. Marcela se sonrojó un poco ante el cumplido de su maestra y bajó la mirada, sintiendo una mezcla de timidez y emoción al escucharla hablar así. Sus manos se retorcían nerviosas en el borde de su falda corta del uniforme.
La maestra se acercó un poco más a la niña, su mano derecha se posó suavemente en el hombro pequeño y delicado de Marcela. Y continuó diciendo con voz segura:
«Quiero que me expliques tus dibujos e ilustraciones de la Semana Santa, veo que has dibujado varias ciudades..»
«Qué bien dibujado está…» murmuró Martina en su oído, su aliento cálido rozando el lóbulo de la niña. Podía oler el champú que usaba, el jabón de su piel..
«Gracias ! Quería mostrar cómo las personas caminaban con sus ropas especiales y pancartas, y cómo el sol brillaba sobre todas ellas. Me gusta dibujar siempre la ciudad porque me gusta cómo se ve la gente reunida en las calles» – explicó Marcela con voz dulce, sintiendo cómo el muslo y la rodilla de Martina se presionaban suavemente contra su pequeño y redondo trasero a través de la tela de la falda escolar.
«Qué niña tan creativa y observadora eres… siempre prestando atención a los detalles,» susurró Martina. Sus manos se deslizaron lentamente por los brazos de la niña, sus palmas presionando suavemente. El tacto era una descarga eléctrica.
Martina tragó saliva al sentir el roce, sus manos se deslizaron con más confianza por la espalda de la niña, sus palmas presionando contra la delicada columna vertebral de la pequeña y sus dedos acercándose peligrosamente a su trasero. Podía sentir la forma redonda y pequeña bajo la falda del uniforme. Sus pupilas se dilataron.
«Es un dibujo increíble, cariño. Me pregunto qué otras cosas serías capaz de hacer con tu creatividad y tu cuerpo tan lleno de vida» – susurró Martina con lascivia. Sus manos ahora posadas sobre las caderas estrechas de la niña, sus palmas presionando contra el hueso de su cadera.
Martina era más o menos bajita, de 1.55m, por lo que la diferencia de estaturas era de unos 20cms apenas. Inclinándose aún más sobre la niña para examinar de cerca sus ilustraciones, susurró: «Tus dibujos son hermosos bebé, casi como tu lindo cuellito..»
Mientras lo decía, la pequeña se inclinó un poco hacia adelante para señalar los dibujos mejor, lo que hizo que la falda de su uniforme escolar se levantara ligeramente por detrás.
Martina no pudo contener otro suspiro de satisfacción al ver el revelador espectáculo que se le presentaba: la curva del trasero de la niña, cubierto apenas por unas blancas braguitas de algodón. El corazón le latía con fuerza en el pecho. Sus manos en las caderas de Marcela se tensaron más.
«Ay, hermosa… me estás volviendo loca…» – susurró entre jadeos. Su otra mano se deslizaba para manosear con descaro el trasero de la niña, sus dedos contra la tela de esas infantiles braguitas.
Las caderas de Martina se movían con más insistencia ahora, frotándose contra los deditos de Marcela. «Mmm, me encanta cómo me tocas, mi amor… eres una niña tan buena…» – susurró con voz entrecortada por el placer.
De pronto, de manera inesperada la niña dejó de acariciar a su maestra por encima de la ropa. En eso, Martina sintió los deditos de Marcela desabrochando con destreza el botón de sus pantalones.
«Ay, mi amor… sí, así… mi amor» – susurró Martina, sus caderas moviéndose en círculos lentos y sensuales contra la manita de la niña. Podía sentir cada pequeño movimiento, cada dedo de la pequeña trabajando en su vagina, y era una sensaciones que nunca antes había experimentado.
«Dios mío, Marcela… No sabes cuánto he deseado esto… Llevas tanto tiempo entre mis pensamientos, mi amor. Cada vez que te veo en clase, cada vez que te veo con esa concentración tan linda, cada vez que te veo reírte…» – susurró con voz entrecortada por el placer, sus rodillas temblaban.
«He vuelto a casa y me he masturbado tantas veces pensando en ti… en tu olor, en tu piel tan suave…»
En eso la niña se puso de rodillas frente a Martina, mirándola con ojos inocentes y, sin decir ni una palabra, deslizó con destreza el pantalón y las bragas de su maestra hasta sus tobillos, dejando expuesta su intimidad.
Martina: «¡Dios… así, Marcelita! Deja que tu lengua explore todo mi coño… Ah… qué rico…»
La maestra guiaba el rostro de la niña con sus manos, presionando con más fuerza la boquita de Marcela contra su intimidad mientras la pequeña la complacía con su lengua y labios. Exploraba con detalle cada rincón y pliegue, degustando el sabor intenso de su maestra de Religión. El aroma de la excitación de Martina inundaba el salón de clases.
«Ahhh, princesita… Me voy a correr en tu carita de ángel, bebé…» – susurró Martina mientras sus caderas comenzaban a moverse con más insistencia. Podía notar cada caricia de lengua, cada succión suave de los labios de Marcela en su vulva.
Martina comenzó a gemir con más fuerza y desesperación, sintiendo cómo su cuerpo entero se tensaba al borde del clímax. La lengüita de Marcela la hacía ver estrellitas..
«Ay, mi amor… me estás matandooo…» – jadeaba, sus caderas moviéndose de forma instintiva contra la carita de la niña. El tacto de la lengua en su clítoris era una locura, y cuando tres de los deditos de la niña comenzaron a penetrar su coño empapado, hundiéndolos hasta el fondo, Martina no pudo contener un grito de placer: «¡Sí, mi amor, así así! No pares, por favor.. Fóllame con tus deditosss!!!»
Su vagina adulta se contraía en espasmos anticipatorios, sus jugos fluían abundantemente, empapando aún más los infantiles dedos de Marcela. El sonido obsceno de los dedos de la niña entrando y saliendo del coño de su maestra, junto con sus gemidos y jadeos de placer, retumbaban en las paredes llenas de carteles con historias sagradas como el Arca de Noé o la Navidad y dibujos de los propios estudiantes sobre temas religiosos.
Martina: «¡Dios mío, Marcela! Estoy tan cerca…» La maestra estaba al borde del abismo, su cuerpo temblaba y se sacudía. «¡Sigue así, mi amor! ¡Métemelos hasta el fondo! ¡Ay, qué rico!»
Pero justo cuando estaba a punto de alcanzar el clímax más intenso de su vida golpearon con fuerza la puerta del aula.
«¡Martina, ¿estás ahí?! Se escuchan ruidos raros» – gritó una voz femenina desde el otro lado de la puerta.
Martina se quedó paralizada, sintiendo cómo su corazón latía desbocado en el pecho: «¡Mierda, es la subdirectora! Tienes que esconderte rápido..»
Con manos temblorosas, Martina se subió los pantalones y se los abrochó a toda prisa. Marcela se puso de pie y se limpió los dedos en su falda escolar..
«Ven, métete aquí dentro…» – Martina señaló el armario de útiles y material escolar que se encontraba en una esquina del aula. La niña corrió a ocultarse en el interior del armario, cerrando la puerta detrás de ella.
Martina tomó aire y se aclaró la garganta antes de responder a la llamada de la subdirectora. Abrió la puerta del aula y la saludó con una sonrisa forzada en el rostro: «¡Buenos días, subdirectora!»
Subdirectora: «Martina, te veo agitada, ¿pasa algo?»
«Es que estaba corrigiendo unos trabajos y me puse un poco nerviosa al ver el esfuerzo que están haciendo mis estudiantes..» – mintió Martina con voz temblorosa, tratando de disimular.
«Espero que no estés siendo demasiado dura con ellos jejeje» le dijo la subdirectora con tono cachondo, escudriñando con la vista cada rincón del salón.
Martina tragó saliva con dificultad. Rogaba mentalmente para que la niña no hiciera ningún ruido que la delatara.
«Claro, descuide…» respondió la maestra.
Subdirectora: «Bueno, en fin, nos vemos luego Martina..»
Martina suspiró aliviada al escuchar cómo la subdirectora se marchaba, cerrando la puerta del aula detrás de ella. Se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir con más calma tras haber evitado el desastre.
Sin perder tiempo corrió hacia el armario y lo abrió de golpe. Encontró a Marcela acurrucada en el fondo, con la cara sonrojada por la falta de aire.
Martina: «Cariño, sal de ahí, rápido. Tenemos que hablar de lo que acaba de pasar..»
La niña salió del armario con cuidado y limpiándose el polvo de la carita y el uniforme, mirando a su maestra con ojos llenos de preocupación: «Lo sé, señorita… No se lo diré a nadie, ni siquiera a mi n…»
«¿A quién, princesa? ¿Acaso estás con alguien más?» – le preguntó Martina con voz seria. Aunque en el fondo ya sabía la respuesta, especialmente después de lo que había presenciado en el baño de niñas el día anterior, pero quería escuchar la confirmación de la boca de la nena de 9 años, y saber más detalles sobre esa relación prohibida con Fabián.
La niña bajó la mirada con algo de vergüenza y le confesó a Martina:
«Verás Martina, aunque sólo soy una niña de 4to de Primaria, me gusta mucho estar con mi novio Fabián, un compañero de trabajo de mi mamá, y pues ahora también me gustas mucho tú… Me encanta cómo me tratáis y me hacéis sentir a pesar de ser grandes..»
Martina sintió un pinchazo de celos en el corazón al escuchar que la pequeña tenía una relación con otro adulto, pero rápidamente se dio cuenta de que era una tontería sentir celos de una niña tan pequeña. Se conformó con la idea de ser la segunda opción de Marcela y decidió aprovecharla al máximo.
«Yo también disfruto muchísimo el tiempo que pasamos juntas, princesita. Eres una niña tan especial…» – La maestra hizo una pausa, sintiendo cómo su corazón se llenaba de un amor prohibido; no podía resistirse a los encantos y la inocencia de la pequeña.
Martina: «Este será nuestro secreto… Ahora, quiero devolverte un poco de lo que me has hecho disfrutar. ¿Qué te parece si te escapas de tu clase de natación de hoy y nos vemos en los baños de la piscina para seguir con esto?»
La niña asintió con una sonrisa traviesa y le dijo: «Sí, quiero… Te veo a las 2 en los vestidores de las niñas.»
Martina sintió un vuelco en el corazón al escuchar a su querida pupila aceptar esa segunda cita clandestina.
«Perfecto, mi amor. Allí nos vemos. Ten cuidado y asegúrate de que nadie te siga..» – le dijo Martina con un guiño travieso y un beso rápido en los labios a la pequeña antes de que esta último saliera del salón rumbo a su siguiente asignatura.
Martina se quedó pensando en lo que acababa de suceder mientras se arreglaba la ropa que apenas y se había subido. En eso se percató de que la niña con las prisas se había dejado el jersey escolar en su puesto. La maestra tomó la prenda, sintiendo aún el calor del cuerpo de la pequeña en ella.
«Qué descuido el de esta niña… Pero no puedo culparla jeje» susurró Martina para sí misma con una sonrisa cómplice.
La maestra se llevó el jersey de la niña a la nariz, inhalando profundamente el aroma a niña pequeña que desprendía. Cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos de lo que habían hecho juntos hace apenas unos minutos, sintiendo cómo su cuerpo aún temblaba de placer.
«A las 2 tendré a esta deliciosa muñequita una vez más…» pensó Martina, acariciando con suavidad la prenda.
La sexy niña por su parte sólo pudo pedir disculpas al maestro que la reprendió por llegar tarde a la clase, ya que la excusa de Martina sólo era de 20 minutos y la lección estaba a punto de terminar.
La mañana transcurrió hasta que por fin llegó la hora de natación. La niña se desnudó de su uniforme a toda prisa. En su ansia por reunirse con Martina, no notó cómo sus braguitas sucias se caían y quedaban abandonadas en el suelo de baldosas. Corría el riesgo de que alguien más las encontrara y se enteraran de su secreta aventura.
Se vistió con su traje de baño de una sola pieza, el típico buzo escolar azul que usaban todas las alumnas, el cual se ajustaba a la perfección al pequeño cuerpo de Marcela. El traje de baño resaltaba cada curva de su cuerpo infantil, acentuando el busto plano y la estrechez de su cintura y caderas. Se calzó las sandalias de goma y se dirigió a la piscina.
Mientras sus compañeras comenzaban con algunos largos de calentamiento en la piscina, la niña pidió permiso a la instructora para ir al baño, aduciendo problemas estomacales. Al ingresar a los vestidores, se encontró con la presencia de Martina, quien la miraba con una sonrisa pícara. Sostenía las bragas blancas de la niña que había encontrado tiradas en el suelo del vestidor.
«Mira lo que me encontré mi amor… Este dulce tesoro, huele tan bien…» – dijo Martina, acercando las bragas a su nariz y respirando profundamente el aroma a sexo infantil que aún emanaba de ellas.
La niña se sonrojó al instante al ver a su maestra sosteniendo sus bragas manchadas con sus propios jugos.
«Me encanta cómo se te ve el bañador, cariño. Destaca cada parte de tu cuerpo de niña…» – le susurró Martina al oído de Marcela mientras la tomaba de la mano con gentileza, guiándola hacia el baño de discapacitados que había elegido para su encuentro secreto.
Entraron juntas al baño especial. Martina cerró con llave la puerta detrás de ellas, asegurándose de que nadie las interrumpiera en su cita clandestina.
«Aquí estaremos más cómodas, cariño…» – le susurró Martina al oído a la pequeña, acariciando suavemente su cuello y hombros. – «Ahora cuéntame, ¿cómo te fue en tus clases hoy?»
«Pues en clases estuve un poco aburrida…»- La niña comenzó a contarle a Martina sobre su aburrida mañana en el colegio, mientras la maestra escuchaba con un oído distraído. Su mente y su cuerpo estaban en otra parte. Sus dedos se deslizaban por el cuello de la niña, bajando por su clavícula y rozando el borde del escote de su traje de baño.
«Mmm… Qué aburrida debe ser la escuela cuando no tienes a tu maestra favorita para enseñarte cosas interesantes bebé…» – le susurró Martina al oído a la pequeña, rozando con sus labios la oreja de Marcela mientras hablaba. – «Pero no te preocupes, cariño. Tu maestra Martina va a mostrarte algunas lecciones muy especiales hoy…»
Martina deslizó su mano bajo el traje de baño de la pequeña, acariciando la suave piel de sus hombros. Lentamente, fue apartando los tirantes y bajando la tela que cubría el pecho plano de la niña, revelando la piel clara de sus pequeños senos.
«A-Martina… Se siente ricooo…» – dijo la pequeña con un leve jadeo, sintiendo la lengua caliente y húmeda de su maestra jugando con sus pezones sensibles.
Shhh… Tienes que guardar silencio, princesa…» – le susurró al oído con voz ronca de deseo. «Tienes que ser una niña obediente y no gemir, o nos descubrirán»
La pequeña asintió levemente, mordiéndose el labio inferior para contener los sonidos de placer que amenazaban con escaparse de su garganta. «Buena niña…» – murmuró Martina con satisfacción
Martina se sentó en la taza del inodoro, separando las piernas para hacer espacio a la niña. Con un movimiento rápido se aseguró de que el dildo que llevaba ensartado en su coño estuviera bien ajustado en su interior antes de centrar su atención en la pequeña Marcela. Quería estar completamente enfocada en dar placer a su alumna sin pensamientos egoístas.
Martina deslizó sus manos por los costados de la niña, acariciando la estrecha cintura y las caderas de su pupila. Sus dedos se colaron bajo el borde inferior del bañador, rozando el borde superior de los glúteos de la pequeña.
Martina deslizó uno de sus dedos índice por los suaves pliegues de la vagina de la niña, sintiendo la humedad y el calor que emanaban de ella. Estaba húmeda, muy húmeda. Martina podía sentir cómo los jugos de la pequeña comenzaban a cubrir su dedo.
«Abre más las piernas, mi amor. Deja que tu maestra explore cada rincón de tu cuerpo…» – le susurró Martina al oído a la pequeña, mirándola con ojos llenos de deseo y lujuria. Sus manos se posaron en los muslos de Marcela.
La niña no podía abrir bien las piernas puesto que el traje de baño estaba atorado en sus tobillos, reduciendo la capacidad de abrir los pies. Martina se dio cuenta de la dificultad y con un movimiento rápido, terminó de quitarle por completo el traje de baño a Marcela, dejándola completamente desnuda ante ella. Ahora podía separar las piernas de la niña sin obstáculos.
La maestra separó aún más las piernitas de la niña con sus manos fuertes mientras la manoseaba por delante la vaginita y con la otra mano el ojetito desde atrás. «Mmm… Mira nada más qué coñito tan mojadito tienes, princesa. A tu maestra le encanta…»
Sus yemas acariciaban los suaves labios vaginales de Marcela, separándolos para revelar el rosado interior. Podía sentir el pulso acelerado de la pequeña, su cuerpo temblando de excitación.
La maestra levantó por los aires a la pequeña Marcela y la sentó sobre sus hombros, de manera que la vulnerable y húmeda rajita de la niña quedara justamente enfrente de su rostro. Martina respiró profundamente, aspirando el aroma intenso y embriagador de esa rajita infantil que la llenaba de deseo.
«A-Martina… S-se siente tan b-bien lo que me estás h-haciendo…» – balbuceó la pequeña con dificultad, luchando por contener sus gemidos de placer mientras se tapaba la boca con su manita derecha. Con la izquierda, sostenía firmemente la nuca de su maestra, enredando sus deditos en los cabellos de Martina.
Marcela: «N-nunca nadie me había hecho sentir así, nadie..»
La experta lengua de su maestra parecía conocer cada rincón del placer femenino.
«Mmmmh…Deja que yo me encargue de darte todo el placer que mereces, princesa…»- La maestra continuó chupando y succionando sin piedad la hinchada y sensible vaginita de Marcela, introduciendo su lengua lo más profundo posible en su estrecho pasaje.
La maestra podía sentir cómo las piernitas de la pequeña temblaban y se tensaban sobre sus hombros a medida que el placer se intensificaba.
«Uff, mira qué tenemos aquí… Tu dulce y pequeño ojetito rosado…» – murmuró Martina, relamiéndose los labios al ver el ano de la niña tan cerca de su rostro. Podía notar cómo se contraía y se estremecía con las caricias de su lengua sobre el coño de la pequeña. La maestra sentía un deseo creciente de probar también esa otra parte íntima y vulnerable de su pupila. Con un dedo, trazó el contorno del pequeño agujerito, presionando suavemente sobre él mientras su lengua continuaba jugando con su vaginita.
«Mhhmm.. Mmm… No sabes cuánto quiero probarlo, cariño. Quiero meter mi lengua dentro de ese culito…» – susurró con voz ronca de deseo, su aliento cálido acariciando la piel sensible del trasero de la niña. No pudo resistirse y comenzó a lamer el pequeño agujero, pasando su lengua por encima de él en suaves caricias. El sabor y aroma de la piel de Marcela era exquisito.
Los dedos de Martina se aferraron con más fuerza a las nalgas de la niña, apretando y masajeando la suave carne.
Martina: «Eres tan hermosa por todos lados, princesa… No puedo creer la suerte que tengo de tenerte así».
Con una voz llena de morbo, dijo: «Déjame ver si te limpiaste bien cuando fuiste al baño, princesita…» – Martina separó aún más las nalgas de la niña con sus dedos, exponiendo completamente el agujerito estrecho y rosado. La maestra pasó su lengua por el centro del ano, saboreando el íntimo sabor de Marcela.
Marcela: «Maestraa, ahh siento que me corro.. no puedo más, siento que me hago pisss..»
Martina: «Córrete en mi cara, cariño… Córrete en silencio, bebé, recuerda que no puedes gemir..»
«A-Martina… No puedo… Me corro…» – jadeó Marcela sin aliento, su voz ahogada contra la mano que apretaba con fuerza sobre su boca. Sus ojos se desorbitaron y su cuerpo entero se sacudió violentamente cuando el orgasmo la golpeó con fuerza.
«Así, cariño… Córrete así…» – susurró Martina con una voz entrecortada, sintiendo el cuerpo menudo y tembloroso de la pequeña sobre sus hombros y su lengua.
El clímax de la niña fue tan intenso que tuvo que morderse el labio hasta sentir sabor a sangre para no gritar. La maestra no dejó de lamer y succionar, ayudando a prolongar el éxtasis de la pequeña. Estaba fascinada al ver cómo la niña luchaba por contener sus gritos de placer, esto sólo incrementaba la morbosidad y excitación del momento prohibido que compartían..
Fue tan brutal y húmeda la sacudida del orgasmo de la pequeña que esta se le resbaló de las manos a Martina y fue a parar al duro suelo de baldosas, dejando escapar un pequeño quejido de dolor.
«¡Estás bien, princesa?! ¡¿Te lastimaste?! » gritó Martina con preocupación, inclinándose rápidamente sobre la niña para ayudarla.
Marcela, aún aturdida por el golpe y por el poderoso clímax que había experimentado, negó con la cabeza y logró murmurar con una sonrisa tímida:
«No… no me pasó nada, Martina. Ayúdame jeje…» dijo.
La maestra sintió un alivio inmenso al escuchar eso. «Shhh, tranquila cariño, no pasó nada… Fue sólo un pequeño susto.» – susurró Martina, ayudando a la niña a incorporarse del suelo.
Riendo suave y cariñosamente, Martina atrajo a la pequeña hacia sus brazos, envolviéndola en un abrazo cálido y protector. Luego, sin pensarlo dos veces, unió sus labios con los de su alumna.
Marcela podía saborear sus propios jugos mezclados con la dulce saliva de su maestra. Sus lenguas bailaban y se acariciaban mientras seguían tendidas en el piso del baño.
Con una mirada llena de amor y preocupación, le dijo a su querida pupila: «Princesa, cielo… Tienes que regresar a tus clases de natación ahora mismo o empezarán a buscarte y podrían sospechar de algo. No podemos permitir que descubran nuestra relación especial, al menos no aún…»
Martina acarició con ternura el cabello de la pequeña, peinándoselo ligeramente con los dedos para intentar dejarla presentable. – «Ve, mi amor. Regresa a tu mundo por ahora»
Marcela: «¿Me ayudas a ponerme el uniforme de natación?»
Martina asintió con una sonrisa suave y comprensiva. Ayudó a Marcela a ponerse de pie.
«Claro, mi amor. Permíteme ayudarte…» le dijo Martina con ternura.
La maestra introdujo con delicadeza el bañador enterizo por el cuerpo menudo de la niña, subiéndosela despacio. Ajustó el uniforme en su lugar, asegurándose que quedara bien puesto.
«Listo, princesita. Ya estás lista para irte…» le susurró al oído.
Cuando la niña estuvo lista, vio a Martina a los ojos y le dijo: «No creas que no he visto y sentido lo que llevas entre las piernas..»
Martina se sonrojó ligeramente al escuchar a la niña mencionar el dildo que aún tenía dentro de su coño.
Con una sonrisa traviesa y llena de complicidad, le susurró a Marcela:
«Oh, te refieres a esto, mi amor…» Martina se ajustó discretamente la entrepierna del pantalón, rozando con sus dedos el bulto oculto debajo de la tela.
La maestra acarició suavemente la mejilla de la niña, mirándola a los ojos con amor y deseo, y agregó: «Sí, es cierto. Lo uso para poder centrarme sólo en ti, cariño..»
En eso, Martina se estremeció de placer al sentir la manita de la niña jugando con el dildo que tenía dentro, aún oculto bajo su pantalón. No pudo evitar soltar un suave gemido, mordiéndose el labio inferior.
«Mmm… qué traviesa eres, cariño. Me encanta cómo exploras… y cómo me haces sentir…» Martina se inclinó para darle un suave besito en la punta de la nariz a la niña, mirándola con ojos llenos de ternura y deseo. «Ahora ve y sé una buena niña en la clase de natación…»
Pero la niña siguió moviendo el dildo.
«¡Ahhh, Marcela! Mi amor… Si sigues así, voy a gritar de lo delicioso que se siente…» le susurró Martina con voz entrecortada y ojos llenos de deseo. La maestra sabía que no podían prolongar demasiado esa situación, ya que podrían descubrirlas. A pesar de tener poco tiempo, le encantaba sentir cómo Marcela se divertía moviendo el juguete sexual en su interior.
«Cariño, detente por favorrrrrrrrrrrrrrrrr», dijo Martina con impotencia.
«Marcela… Si sigues así… Ahhhhh… Vas a hacer que me corra… Ahhhhh…» – La maestra se estremeció con fuerza mientras la niña continuó moviendo torpemente el juguete sexual que yacía oculto bajo el pantalón de trabajo de Martina.
«Marcela… No sabes lo rico que se siente… Pero tenemos que parar…» le susurró Martina con la voz entrecortada, luchando por controlar su cuerpo y su excitación.
En eso se escucharon las voces y risas infantiles de las compañeras de Marcela que entraban al baño tras finalizar la clase de natación. Rápidamente le hizo una seña a la niña para que parara de mover el juguete dentro de su pantalón.
Martina: «¡Shhhh, son tus amigas, para ahora mismo..!»
Pero la niña continuó moviendo el dildo, llevando la situación al extremo..
«¡Ahhh, Marcela! Me corro…» susurró Martina entre dientes. Esta se estremeció de placer y contuvo un grito ahogado, sintiendo cómo el dildo dentro de su coño la hacía llegar a un intenso orgasmo.
Sin embargo, las niñas alcanzaron a escuchar sus gemidos contenidos y al bajar la mirada notaron algo sospechoso al ver los pies descalzos de una niña pequeña frente a los zapatos de una mujer asomando debajo de las mamparas del aseo.
Las pequeñas se miraron entre ellas, riendo y murmurando con complicidad. Al percatarse de la situación comprometedora, rápidamente corrieron a contárselo a las otras alumnas y a los profesores, creando un alboroto en la escuela.
Martina y Marcela estaban en una situación extremadamente comprometedora. La escuela tomaba estas cuestiones de acoso y abuso de menores con extrema seriedad. Rápidamente, algunos profesores y directivos llegaron corriendo al baño al escuchar los gritos y rumores de las alumnas..
FIN del capítulo.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!