Mi Chico Luis: Capítulo 2
Esa noche me costó dormir. El silencio de la granja no era silencio en realidad: los grillos, los pasos lejanos de algún animal, y, sobre todo, mis propios pensamientos, hacían imposible descansar..
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver a Clara y a Luis besándose… y lo peor era que ya no me horrorizaba tanto como antes. Algo en mí vibraba con esa imagen, como si hubiera despertado un deseo que no me atrevía a confesar ni a mí misma.
De pronto, un crujido en la madera del pasillo me hizo abrir los ojos. La puerta no estaba cerrada del todo, y por la rendija se filtraba una luz tenue. Me incorporé, conteniendo la respiración. Escuché risas bajas, un murmullo ahogado.
No quise moverme, pero mis piernas actuaron solas: me acerqué despacio a la puerta y la abrí apenas un poco más.
El reloj marcaba las 3:17 am y sentía que mis párpados pesaban como plomo. La casa a esas horas parecía un monstruo gris: silencioso en apariencia, pero con ecos invisibles que me hacían estremecer.
Al abrir la puerta, escuché la voz apresurada del padre de Luis:
—¡Natalia! —dijo Héctor, apareciendo frente a mí, su presencia tan inesperada que me hizo dar un pequeño salto.
Me quedé paralizada un instante, sintiendo que mi corazón se aceleraba, pero algo me empujó a acercarme a él, y lo hice con pasos lentos, casi hipnotizados por su mirada.
—Tranquila, respira. Yo te tengo —me decía Luis, apareciendo a un costado de su padre llevándome hasta un sillón amplio frente a la habitación que me habían asignado.
Me incliné ligeramente, buscando un punto fijo, y él bajó la vista hacia mí. Su sonrisa era pequeña, pero lo suficientemente cálida como para encender un reflejo de seguridad y deseo en mi pecho.
Por un momento, todo lo demás desapareció: la casa, la noche, incluso la sensación de estar atrapada en un lugar extraño. Solo estaba él, tan cerca, y yo queriendo creer que podía sostener la calma mientras sentía que mi cuerpo reaccionaba sin control.
—¿Estás bien? —susurró Luis, apoyando su mano en mi cabeza.
Primero Luis y luego su padre bajaron sus pantalones, eran pantalones holgados, quizá los que usaban para dormir. Me percate del tamaño del pene de su padre, era más grande y más grueso, pero no lo observe con tanto detenimiento, lo que había vivido hacía unas horas con Luis me había marcado y ahora me encontraba sentada frente a su pene, nuevamente, y estaba encantada, el sueño había desaparecido casi por completo. Luis fue acercandomelo poco a poco, mi mirada se intercambiaba entre su pene y sus ojos, ignorando por completo el monstruoso pene de su padre a centímetros de mi rostro también. Y sentí cómo cada gesto suyo estaba cargado de atención y cuidado. Luis me tomó del cabello con suavidad, entrelazando sus dedos, y me hizo sentir que él era quien mandaba en ese momento.
—Gracias por dejarme estar cerca de ti —dijo él, con esa calma que hacía que mi corazón se acelerara de manera agradable.
—Me gustó todo lo que compartimos —contesté, justo cuando su pene golpeaba contra mis labios.
Hubo un silencio breve. No incómodo, sino cargado de tensión. Eramos dos niños haciendo cosas adultas, conscientes del deseo que fluía y disfrutando de cada instante.
Me sorprendí abriendo la boca, con honestidad, como si me liberara del estereotipo con el que me criaron.
Y no, no suelo entregar mi confianza tan rápido, admití para mi misma, con su pene ya bombeando mi boca.
Era una sensación completa de conexión, de deseo contenido, de libertad y descubrimiento compartido.
Mientras lo tomaba en mi boca, dejaba que mi ensimismamiento invadiera mis pensamientos. La decisión era mía, no de él, ni de su padre: yo le ofrecía a Luis un lugar cálido y húmedo para guardar su pene, y sentía la fuerza de ese control recorrerme. Antes, mi boca solía sentirse vacía; ahora, estaba llena de la hombría de Luis, ocupando cada rincón de mi interior.
Desde la habitación contigua, su hermanita me observaba; fue el sonido de sus manos aplaudiendo lo que me confirmó su presencia. Su cabello rizado cubría parcialmente su frente, pero no podía ocultar la atención que nos prestaba. Detrás de ella, Clara ajustaba las gafas mientras recorría la escena con la mirada.
—Vaya, parece que se lo estás tomando muy en serio —comentó Clara, con una mezcla de curiosidad y provocación en la voz.
Luis soltó un suspiro profundo, apenas audible:
—Nunca me había sentido así mamá
Héctor, sin dejar de mirarme, murmuró con cierta complicidad:
—Es increíble ver cómo toma el control, o como cree hacerlo.
Ladeé la cabeza.
—Que haya llegado hasta acá… eso ya es peculiar. —Aghh… —Agité la mano sin poder emitir palabra alguna cuando luis me metía su pene hasta el fondo, mientras mis ojos ardían de entusiasmo.
Luis era paciente, seguro de sí mismo, pero amable; sus manos me guiaban con delicadeza sobre mi cabeza, marcando el ritmo. Su padre se acomodó más cerca de mí, hasta que sentí la punta de su pene rozar mi mejilla. Con su mano, lo guiaba suavemente, explorando mi rostro, y la suavidad de la piel de su pene contrastaba con la firmeza de Luis, al que me mantenía concentrada.
—Sé un buen hombre y compártela —susurró Héctor.
—¡Ay, Héctor! —bufó Clara, esta vez la sentí más cerca—. ¿Puedes dejar de arruinar la magia?
Una risa nerviosa se me escapó en la mente. Parte de mí pensaba que todo esto era una locura, pero otra parte se dejaba llevar, ansiosa por cada sensación. Lentamente, llevé una mano al pene de Héctor; era inmenso, imposible abarcarlo por completo. Sentía las miradas de Clara y la pequeña Sofía; las imaginaba: Clara inclinada hacia delante, chispeante, Sofía observando, más silenciosa ahora, evaluando.
—Natalia —dijo Clara con firmeza—, la vida no te pone un pene como esos en la cara todos los días. ¡Lamelo ya!
Saqué el pene de Luis de mi boca, enternecida por la intensidad del momento. Observé el de Héctor por un instante, y pensé: no me cabrá… pero mi deseo de explorarlo no disminuía.
Utilicé la mano para ayudarme. Dios mío… ¿qué me pasa? —pensé, mientras mi boca temblaba al recibir el pene del señor Héctor; sentí cómo mis labios se cuarteaban ante la novedad y la intensidad.
Pero me animé a saborearlo, y descubrí un sabor distinto. Ignoré su tamaño y me concentré en su textura, en cómo se sentía contra mi lengua, en la calidez que transmitía cada contacto.
—¡Miren nada más, nuestras raíces siguen en pie! —dijo la señora Clara muy cerca; juraría que estaba justo detrás de Héctor y de Luis.
Sentí un movimiento delicado a mi lado: alguien se sentaba con cuidado, asumiendo su lugar sin interrumpirnos. Debía ser Sofía. Mi nerviosismo aumentó, pero me obligué a mantener la calma; quería cumplir con lo que esperaban de mí, a mi manera, sin perder el control.
Noté cómo Sofía se acercaba más, trepando suavemente por mi espalda, quizá ansiosa por observar, por sentir de cerca lo que estaba haciendo. Esa proximidad me hizo consciente de cada contacto, de cada respiración compartida, y un cosquilleo de anticipación recorrió mi cuerpo, intensificando cada sensación.
Cerré los ojos con fuerza cuando Héctor intentó avanzar más dentro de mi boca, pero le resultó imposible.
—No le cabe… —dijo al fin, con un suspiro que mezclaba frustración y deseo.
Luis me tomó del cabello con delicadeza firme, obligándome a volver mi atención hacia su pene. Yo también lo necesitaba: el suyo sí podía manejarlo, y mi boca descansaba un poco mientras lo recibía. Tragué la cantidad de saliva que Héctor había dejado, mezclada con nervios y una certeza extraña que nunca había sentido antes.
El pene de Luis entraba directo, profundo, hasta que su pelvis rozó mi nariz; la sensación era intensa, íntima y absorbente. Su sonrisa estaba ahí, cálida, segura, despejando cualquier duda que pudiera haber tenido.
—Me encanta —dijo, y su voz era un murmullo que se filtraba entre jadeos.
Sentí las miradas de Clara y Sofía sobre mí; la primera, chispeante y crítica, disfrutando de cada movimiento; la segunda, cercana y curiosa, como si cada roce, cada gesto, la hiciera parte de nuestra danza secreta. Esa conciencia de ser observada aumentó mi excitación, y mi cuerpo respondió con una mezcla de poder y entrega, me dejaba llevar.
Me sentía demasiado dócil; “sumisa” parecía la palabra correcta, pero, para ser honesta, me sentía bien. Cualquiera podía pedirme que hiciera lo que se le ocurriera, y yo lo habría hecho sin pensar en las consecuencias. No había límites, no eran necesarios. Quizá era un poco torpe, pero al menos estaba decidida a hacerlo.
Luis sacó su pene de mi boca y me haló del cabello hacia atrás, inclinándose sin dejar de mirarme.
—No me gusta cómo suena eso. Vamos a hacerlo de nuevo, y quiero que hagas que suene.
Lo miré, sorprendida. No lo esperaba. Él tomó mi cabello nuevamente, con suavidad firme.
No es debilidad. Es otra forma de ser fuerte. Confiar, abrirse… no cualquiera se atreve, pensé, mientras me acercaba otra vez a su pene. Abrí mi boca, y en un instante Luis lo empujó con decisión; mi boca recorrió su longitud en un microsegundo. Respiré hondo por la nariz mientras él repetía la acción varias veces.
De pronto lo entendí: entendí el sonido que quería. Mi saliva se mezclaba con el calor, desbordándose por la comisura de mis labios, y el aire alrededor se volvió pegajoso y denso. Mis manos se aferraban a los muslos de Luis, sintiendo la firmeza de su cuerpo y la fuerza de la conexión que nos unía. Cada mirada de Sofía y Clara se sentía como un combustible extra; sus ojos eran cómplices, testigos silenciosos de mi entrega y del poder que descubríamos juntos en ese instante.
Héctor se inclinaba sobre mí, su pene rozando mi mejilla, tentándome, desafiándome a ceder un instante más. Luis me sujetaba del cabello, guiando mis movimientos con paciencia y firmeza, sus respiraciones entrecortadas mezclándose con las mías, mientras un hilo invisible nos conectaba a los tres en un ritual de deseo y control.
Mi Boca alternaba entre Luis y su padre, mientras Sofía se acercaba peligrosamente. Clara permanecía observando. De pronto, el señor Héctor se sentó a mi lado, su presencia firme y protectora marcando el ritmo de lo que venía.
Luis me sujetaba del cabello, guiando mi boca sobre su pene, mientras Héctor tomó a Sofía con decisión y la hizo sentarse sobre él. Su pene se alzaba entre ellos, era tan grande que le recorría por completo el pecho a la pequeña niña y Sofía lo tomó con las manos, acariciándolo con firmeza y sin titubeos.
—Sabes hacerlo mejor —dijo Héctor a su pequeña hija.
Ella tomó su pene entre los labios, y pude ver cómo lo recibía con seguridad, igual que yo lo había hecho antes, pero era evidente que Héctor era más firme, más intenso con ella. Cada movimiento suyo parecía controlarlo todo, y Sofía respondía con decisión, siguiendo su ritmo sin titubear.
—¡Mamame la verga! —dijo Héctor con voz firme y directa.
Sentí un escalofrío recorrerme mientras observaba a Sofía,no podía apartar la mirada de lo que ocurría frente a mí. Luis seguía guiando mi cabeza con suavidad y firmeza.
Sofía, sentada sobre su padrer, lo tomaba entre sus labios con decisión, recorriendo su cabeza con una seguridad que me sorprendía y excitaba. Héctor respondía con fuerza, controlando cada movimiento, y la sincronía entre ellos añadía un nuevo nivel de tensión.
Mis manos no se quedaban quietas: exploraban el cuerpo de Luis, sus muslos, su cintura, mientras mis ojos seguían cada gesto de Sofía y su padre.
Mis ojos no podían apartarse de Sofía. La forma en que usaba su boca era sorprendentemente natural, como si siempre hubiera sabido exactamente qué hacer, cómo sostenerlo, cómo recorrerlo con los labios y las manos. Cada gesto suyo era seguro, decidido, pero a la vez sorprendentemente delicado; su lengua se movía con precisión, recorriendo su longitud, mientras sus manos lo sujetaban con firmeza, masajeando, acariciando, explorando.
Sentí un calor que me subía desde el centro del cuerpo hasta la nuca al verla, una mezcla de excitación y admiración. La manera en que inclinaba la cabeza, cómo sus labios se ajustaban a él, cómo sus manos recorrían su piel… era hipnótica. Cada movimiento parecía amplificar el deseo que yo misma estaba sintiendo con Luis, haciendo que mi respiración se acelerara y mis dedos se aferraran más a su cintura y muslos.
Era extraño: no pensé que una niña tan pequeña pudiera hacer eso, de hecho no pensé que yo pudiera también hacerlo, era una fascinación casi obsesiva por su confianza y naturalidad.
Luis comenzó a acabar con fuertes chorros, y la lechada se me deslizó por la comisura de los labios y la barbilla, caliente y abundante. Sentí un escalofrío recorrerme mientras mi boca y mi rostro se llenaban de él, y la sensación me hizo arquearme hacia adelante, intensificando el contacto con su cuerpo.
Al mismo tiempo, Héctor seguía con Sofía, sus movimientos firmes y controlados, y cada gesto de ellos me excitaba todavía más.
Observaba a Sofía y Héctor, fascinada por su naturalidad y seguridad, mientras yo misma me dejaba llevar por el clímax de Luis.
El señor Héctor se paró, y Sofía quedó de pie en el suelo, recuperando la compostura. Me tomó con una facilidad inesperada, y su fuerza controlada me hizo comprender inmediatamente lo que se venía. Con precisión, me colocó con el pecho apoyado sobre la silla, mientras aún tenía en la boca el sabor del semen de Luis, caliente y persistente.
Con manos firmes, bajó el pantalón de mi pijama junto a mis bragas, dejando mi cuerpo expuesto a su toque. Cada roce de sus dedos me recorrió como electricidad, y mi respiración se aceleró, consciente de la intensidad que Héctor imprimía en cada movimiento. El calor de su cuerpo y la firmeza con la que me sostenía me hicieron sentir simultáneamente vulnerable y dueña de cada sensación, completamente atrapada en el placer que él dirigía con absoluta certeza.
Se arrodilló detrás de mí y sentí cómo chupaba mi vagina y mi ano, recorriéndolos con su lengua con precisión y firmeza. Cada movimiento me hacía arquearme más, y un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo mientras su boca exploraba cada centímetro, combinando delicadeza y fuerza en un ritmo que me dejaba sin aliento.
Sus dedos me invadieron, y sentí cómo el placer en mi vagina se combinaba con la sensación desconocida y punzante en mi ano. No podía creer que algo así se pudiera hacer allí; cada movimiento de sus dedos provocaba un estremecimiento que recorría todo mi cuerpo, mezclando sorpresa, dolor y excitación en un solo impulso imposible de ignorar.
Pero gemí, y quizá ese fue un error, porque cuando mis gemidos se intensificaron, sentí cómo se enderezaba detrás de mí. Sentí cómo comenzaba a abrirme lentamente: era su pene, el mismo que no me había cabido en la boca, el que ahora luchaba por entrar en mi vagina.
Cada movimiento suyo me hacía arquearme más, mientras mi respiración se aceleraba y el calor del momento se intensificaba. La mezcla de sorpresa, dolor y placer era abrumadora, y mi cuerpo respondía de manera instintiva, aceptando cada empuje mientras me mantenía consciente de todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.
Me perforó y grité, sintiendo cómo cada centímetro de su pene me llenaba por completo. Incluso algunas lágrimas brotaron de mis ojos, mezclándose con la humedad y el calor del momento, pero me quedé quieta, resignada y consciente de cada sensación. La mezcla de dolor, sorpresa y placer me atravesaba, y, a pesar de la intensidad, sentí un extraño poder en esa entrega absoluta: estaba experimentando límites que jamás había imaginado, y mi cuerpo respondía con cada estremecimiento, cada gemido contenido y cada respiración entrecortada.
Héctor, sin embargo, no tenía contemplaciones. Inició un vaivén cada vez más largo y profundo, hasta que sentía cómo me sacaba todo su pene y me lo volvía a meter hasta el fondo, marcando un ritmo firme e implacable. Cada empuje me hacía estremecerme, mezclando dolor y placer de una manera que me dejaba sin aliento.
Mientras tanto, sus dedos jugueteaban con mi ano, acariciándolo y presionando suavemente, preparando mi cuerpo para lo que estaba por venir. Cada toque, cada roce, era un preludio que aumentaba la tensión, despertando un calor nuevo, desconocido, que se combinaba con la penetración vaginal y hacía que mi cuerpo se arquease instintivamente.
Mi respiración se volvió más profunda y agitada, mis manos se aferraban a la silla, y cada movimiento suyo me obligaba a rendirme un poco más, a aceptar la mezcla de sensaciones con una intensidad que jamás había experimentado.
Héctor me perforó mi ano con una fuerte estocada, y sentí cómo la cabeza de su pene entraba lentamente, llenándome de una manera intensa pero medida. Cada centímetro que avanzaba me hacía arquearme de manera natural, con la respiración entrecortada y los músculos tensos. No era una exageración: era el límite físico y sensorial de mi cuerpo, y podía sentir cada contacto, cada fricción, cada presión, con claridad y realismo.
Sus movimientos eran firmes, controlados, y me permitían adaptarme al ritmo sin que resultara dolor insoportable, aunque sí intenso. La penetración era completa, profunda, y mi cuerpo respondía con estremecimientos, mezclando el placer con la sorpresa de la sensación nueva. Cada empuje levemente más profundo me recordaba que estaba explorando un territorio desconocido, y la consciencia de mi entrega, de estar presente en cada momento, intensificaba la experiencia de manera visceral.
Grité y comencé a llorar mientras Héctor continuaba penetrándome, firme y constante. Cada estocada recorría mi cuerpo con fuerza, y el calor, la presión y la fricción me hacían estremecerme sin control. Las lágrimas se mezclaban con la humedad y el sabor que aún quedaba en mi boca, y mi respiración se volvía entrecortada, rápida y profunda.
Sentía cada centímetro de su pene dentro de mí, y aunque el dolor era real, me obligaba a rendirme completamente a la sensación.
Mientras Héctor continuaba penetrándome, Luis, a mi lado, me sostenía.
Clara permanecía observando, fascinada, con los ojos fijos en nosotros, absorbiendo cada gesto, cada movimiento, cada sonido. El ritmo de Héctor se volvió más intenso, sus movimientos más decididos, mientras su pene entraba por mi ano haciendo que lo sintiera ent odo mi cuerpo, preparándolo para el clímax que se aproximaba. Sentí cómo su respiración se aceleraba detrás de mí.
Finalmente, con un jadeo profundo y un empuje prolongado, Héctor alcanzó su clímax en mi ano. El estremecimiento recorrió todo su cuerpo y se transmitió a través de cada contacto que manteníamos, mientras mi llanto y la presencia a mi lado de Luis convertían el momento en un clímax compartido
Héctor se incorporó detrás de mí, todavía respirando con fuerza, y me miró con esos ojos intensos que no dejaban lugar a dudas.
—Ahora eres una puta de esta familia —dijo con voz firme y directa—. No hay vuelta atrás.
Las palabras me golpearon con fuerza. Lloré, sollozando, sintiendo cómo una mezcla de vergüenza, excitación y aceptación me invadía. Pero entre lágrimas, algo dentro de mí se rendía con convicción: aceptaba lo que era, lo que me habían mostrado y lo que yo misma había permitido.
Luis se acercó, me rodeó con sus brazos y me abrazó con suavidad, sosteniéndome mientras mis sollozos se calmaban poco a poco. Sus caricias eran tranquilizadoras, llenas de complicidad y cuidado, y sentí que, aunque Héctor me había marcado con sus palabras, había un espacio seguro en el abrazo de Luis.
Sofía me sonrió desde un lado, tenía 6 años y pareciera estar acostumbrada a esto, y Clara permanecía observando, un poco alejada, con la intensidad de quien ha presenciado todo y lo comprende.
Entre lágrimas y respiraciones entrecortadas, comprendí que lo que había pasado no era solo entrega o humillación, sino también una especie de poder y libertad extraña, una experiencia que me había transformado y que ahora formaba parte de mí.
—Está bien… —susurré finalmente, entre sollozos y jadeos—. Lo acepto.
Luis apretó suavemente mi cuerpo contra el suyo, y por un instante todo el calor, el deseo y la tensión se mezclaron con la calma y la cercanía, dejando que el eco de lo vivido se asentara en mí.
Luis me sostuvo del brazo con cuidado mientras me ayudaba a incorporarme. Cada paso era lento; mi cuerpo todavía temblaba y dolía por la intensidad de lo vivido, y no podía caminar bien por mí misma.
—Tranquila, yo te llevo —dijo él, con esa calma que me reconfortaba—. No tienes que apurarte.
Héctor, detrás de nosotros, se dirigió a Clara con voz firme pero sin prisa:
—Clara, es hora de desayunar.
Ella asintió y se levantó junto a Sofía, caminando hacia la cocina mientras intercambiaban palabras y risas suaves, el contraste entre la normalidad cotidiana y lo que acabábamos de vivir era casi surrealista.
Luis me sostuvo con cuidado mientras avanzábamos hacia el baño, cada gesto suyo transmitiendo protección y comprensión. A pesar del cansancio, de las lágrimas y del calor que todavía recorría mi cuerpo, sentí una extraña calma, como si todo lo que había sucedido se asentara en mí y me dejara una mezcla de satisfacción, empoderamiento y conexión profunda con quienes me rodeaban.
Mientras entrábamos al baño, supe que ese instante, tan intenso y perturbador, también había sido un punto de inflexión: había entregado mi cuerpo y mi voluntad, sí, pero también había aprendido algo sobre mi propio poder, mi capacidad de sentir y aceptar, y la confianza que podía depositar en quienes me cuidaban después.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!