Mi Padrastro y las Tres marcas
Un relato único, con el que anhelo conmover profundamente y reflejar el anhelo de tantos que enfrentan limitaciones sexuales en un mundo que no siempre los comprende..
No sé si alguna vez se lo he dicho, pero sé que no soy como los demás. No hablo como ellos, no pienso como ellos, no camino al mismo ritmo. A veces, me pierdo en pensamientos que parecen estrellas lejanas, y el mundo a mi alrededor se vuelve un eco distante.
Él llegó cuando mi historia ya tenía páginas escritas. No sabía cómo sostener mi mundo en sus manos, y yo no sabía si debía dejarlo entrar. Pero no tuvo miedo. No se apartó cuando me enredaba en mis propias palabras ni cuando mis emociones eran un rompecabezas sin solución.
Me enseñó que el amor no siempre tiene que entenderse, que a veces basta con estar. Con esperar. Con escuchar sin intentar arreglarme, porque nunca estuve rota.
No era mi padre, pero era parte de mí. No lleva mi sangre, pero lleva mis silencios, mis risas torpes y mis días difíciles. Y eso, al final, es lo que más importa.
Tuvimos nuestra primera experiencia hace relativamente poco, para que me entiendan, me gustaría comentarles algo sobre mí. Soy la más pequeña de tres hermanos, pero siempre sentí que veía el mundo de una manera diferente. Mi mamá dice que soy «especial», no porque haga cosas extraordinarias, sino porque siento las cosas de otra manera, como si todo en la vida me tocara más hondo.
Vivimos en un pueblito humilde, lejos de las luces de la ciudad, donde la fe es tan fuerte como las montañas que nos rodean. Mi mamá y mi padrastro siempre han sido muy creyentes, y yo crecí rodeada de rezos, procesiones y la certeza de que Dios lo ve todo. A veces, me cuesta entender a Dios, pero sé que mi familia cree en Él con todo su corazón, y eso es suficiente para mí.
No tengo grandes sueños ni ambiciones más allá de mi casa y los míos. Mis ojos solo miran por ellos, porque son todo lo que tengo y todo lo que quiero. Mi padrastro no es mi papá, aunque así lo llamo y al final, lo quiero como si lo fuera. Él llegó cuando yo era pequeña, y aunque al principio me costó aceptarlo, con el tiempo aprendí que no hace falta compartir la sangre para compartir el amor.
Quizás nunca seré como los demás. Pero en mi mundo pequeño, en este rincón escondido de Colombia, tengo todo lo que necesito: mi familia, mi fe y el amor que me enseñaron a dar sin esperar nada a cambio.
Las cosas que he hecho con él han deformado mi perspectiva sobre los hombres, al punto que creo firmemente que no siento deseos por salir de casa a buscar lo que sin ningún problema puedo tener dentro.
He visto muchas experiencias de diferentes tipos de personas alrededor del mundo a las que he tenido acceso gracias al internet. Algunas experiencias tienen muchas cosas en común, pero son pocas las que encuentro tan cercanas a la mía. Aunque no es para la único que uso el internet, debo ser sincera en que le he encontrado cierto gusto al porno, al incesto en el porno, para ser más específica, un tema que nunca me habría imaginado antes de mi primera experiencia.
Él ha sido tan cuidadoso en explicarme absolutamente todo, con un nivel de detalle extraordinario que me permite comprender todo lo que estoy viviendo. Ha utilizado textos, imágenes, videos y obviamente su propio cuerpo y el mío.
Todo esto me lleva a creer que he cruzado el umbral de una realidad sin puertas de regreso, atrapada en un universo del que nunca encontraré la salida.
—¿De dónde crees que vengo? —pregunté de repente, apartándome de mis pensamientos y mirándolo directamente a los ojos, rompiendo el silencio de la noche.
Mi padrastro me miró de reojo mientras acomodaba la leña en el fogón. Sus manos ásperas y firmes trabajaban con la paciencia de siempre, como si mi pregunta no lo hubiera tomado por sorpresa.
—¿De dónde crees tú que vienes? —respondió con otra pregunta, sin apartar la vista del fuego.
Me encogí de hombros. No esperaba que me la devolviera.
—No sé… A veces siento que no soy de aquí, que no encajo. Como si hubiera caído en este mundo por error.
Se quedó en silencio un momento, dejando que las llamas chisporrotearan entre nosotros. Luego, levantó la cabeza y me miró con esa calma suya, la misma con la que siempre respondía a mis inquietudes.
—Tú vienes de dónde vienen los que ven más allá. De los que sienten las cosas más fuerte. No eres un error, niña, eres un regalo. Pero a veces, hasta los regalos pesan.
Se acercó a mí, se inclinó y me dio un beso en la frente, antes de que volviera su vista al fuego posé mis manos en su rostro, lo acaricie y lo mire con detenimiento. Él metió sus manos debajo de mis axilas me obligó a ponerme de pie. Me dio media vuelta y ahora sentía su aliento sobre mí. Su mano izquierda fue a parar a mi pecho, bastaban tres dedos de su mano para consentírmelo, y su mano derecha bajó directamente a mi vagina, cerré los ojos y me dejé tocar, él sabía cómo hacerlo.
Mis piernas temblaban, alcé mi cara para verlo, me gustaba verlo.
—Tócame más papi, por favor. —Le dije, mi voz era casi un susurro. Observé como lentamente hacia un movimiento con su boca, sabía lo que hacía, era una de las tres maneras que tenía para marcarme como suya. Lo siguiente fue sentir como su saliva se estrellaba contra mi rostro, había caído justo debajo de mi labio, saqué mi lengua para saborearla sin dejar de mirarlo y él sin dejar de tocarme.
Sonó el timbre. A lo lejos escuché a mamá ir a abrir. Mis dos hermanos habían llegado, escuché los saludos, los besos y los abrazos. Papá me soltó, habría que dejar todo para después, volvió su vista al fogón y a terminar la cena. En minutos me vi a mí misma reunida por mi familia, en el comedor, cenando. Agradeciendo a Dios por la comida que había sobre nuestra mesa.
Mis hermanos eran muy consentidores con mi madre, era su deber y yo antes no me había percatado de todo aquello. Ahora que lo pienso era demasiado ignorante, demasiado ilusa, demasiado inocente.
La mesa no era lugar para que las mujeres hablaran, nosotras solo comíamos lo que papa nos cocinaba y ellos eran los que discutían, sobre cualquier cosa, el trabajo, la política, el futbol, la guerra, y discutían, a veces muy efusivamente, pero cuando se hablaba de Dios todo cambiaba, el único que hablaba era papá, ese papa que esta familia había adoptado y al que le debíamos todo, mamá lo escuchaba con una sonrisa, como siempre. Yo me quedaba en mi rincón del mundo, observando, sintiendo la calidez de la comida recién servida y el murmullo de sus voces alrededor.
De repente, él me miró y dijo con su tono sereno, pero firme:
—Necesito que me traigas más jugo, se me terminó. Corre.
Me apresuré. Cuando papá daba una instrucción yo debía obedecerlo, era suya y así debía ser. Todos en la mesa seguían con lo suyo. Tomé su vaso vacío y me levanté sin decir nada. Caminé hasta la jarra de jugo sobre la encimera y la tomé con cuidado. Sentí el peso del líquido en mis manos y el sonido del jugo llenando el vaso. Todo era tan simple, tan cotidiano…
Regresé a la mesa y dejé el vaso frente a él, con calma, sin apurarme. Me senté de nuevo, sin mirarlo, y volví a hundirme en mi plato.
No dijo nada, solo tomó un sorbo y siguió comiendo. Pero antes de que el silencio entre nosotros se alargara demasiado, murmuró, sin levantar la vista:
—Gracias, mi niña. —Y sí. Era de él
Pasaron unos minutos, yo me demoraba en todo lo que hacía, y comiendo no era la excepción, todos habían terminado, mis hermanos se habían ido a sus habitaciones y mamá ya estaba lavando los platos. Papá se puso de pie y se acercó a mí.
—Necesitas jugo mi niña, de lo contrario no vas a terminar. —Al tiempo, papa abrió la cremallera de su pantalón y saco su pene. Siempre me marcaba tres veces al día y ese día solo lo había hecho una vez, así que sabía lo que debía hacer. Tuve que bajarme de mi silla, porque de lo contrario haría regueros y papa odiaba los regueros, fue una lección que me costó aprender.
Abrí mi boca y me acerqué a su pene, metí la punta dentro y papa comenzó a orinar, comenzó a marcarme de nuevo. Ya había aprendido a relajar mi garganta de tal manera que el chorro entrara casi que directamente en mi garganta, mis manos descansaban en sus muslos y cada medio segundo hacía movimientos en mi garganta para impedir que cualquier cantidad de orina descansara en el interior de mi boca. De pronto sentí que esa era una de aquellas situaciones, esas que eran más difíciles de manejar, porque papá tenía una gran cantidad de orina y el contacto con mi boca generaba reacciones en él. Su pene comenzaba a crecer sin haber terminado de orinar, lo que dificultaba el proceso de tragarlo, sin embargo, ya era una experta y afortunadamente pude manejarlo. Para cuando terminó su pene estaba completamente duro, baje mis labios por la punta de su pene y mi lengua jugo en esos pocos segundos con el huequito de su pene. Luego volví a sentarme y continué con mi cena.
Se fue con su pene así, cuando lo tenía así de duro no podía volver a guardarlo. Fue una gran cantidad de orina, muy superior a las veces anteriores, pero luego deduje que era lo que el esperaba, por eso me había pedido el vaso adicional de jugo antes, o simplemente eso fue lo que pensé.
Cuando terminé de cenar llevé los platos a la cocina, se los entregué a mi madre y luego me dirigí al baño, todo el tiempo pensando en el sabor de la orina de mi padre, aún la sentida impregnada en mí. Realmente me gustaba su sabor, pero ese día me asaltó una inquietud. ¿Su orina era deliciosa o todas las orinas eran deliciosas? Llegué hasta el baño con ese pensamiento, me bajé mi pantalón y mi calzón. Empecé a orinar y luego pensé que podía comprobarlo en ese momento. Baje mi mano hacia donde estaba le chorro, puse mi mano como una coca y logré acomodar un poco de mis orines dentro, luego lo lleve hasta mi boca y pude darme cuenta de que su sabor no me gustaba, era similar pero no igual, y el de mi padrastro sí me gustaba.
Me di cuenta de que por mis movimientos había hecho regueros, y él odiaba los regueros, así que me puse a limpiar las gotas de orina que habían quedado en el suelo. Salí del baño con los pies descalzos, sintiendo el frío del suelo bajo mis pasos. La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el zumbido lejano del viento afuera y algún murmullo apagado de la única televisión en la habitación de mis padres.
Me fui a mi habitación y me acurruqué en la cama con un folleto en las manos. Mamá siempre traía esos pequeños libritos de la iglesia, con historias de santos, oraciones y reflexiones sobre la fe. Me gustaban. No porque entendiera todo lo que decían, sino porque había algo en sus palabras que me daba calma, como si estuvieran escritas para recordarme que no estaba sola.
Esa noche leí sobre un hombre que había dejado todo atrás por seguir su propósito. Decía que cuando uno encuentra lo que le da paz, no debe dudar en seguir ese camino, aunque otros no lo comprendan. Me quedé pensando en eso, pasando las páginas con lentitud, sintiendo el peso de cada palabra en mi mente.
No me di cuenta de la hora hasta que un bostezo escapó de mi boca y mis ojos comenzaron a cerrarse solos. Miré el reloj en la pared y me sorprendí al ver lo tardé que era. Todos debían estar dormidos ya y papa no me había marcado por tercera vez. Esas cosas no se pueden dejar pasar, ya lo había aprendido.
Me levanté en silencio y salí de mi habitación, caminando con pasos ligeros por el pasillo oscuro. Fui a la habitación de mis padres. Allí estaba él. Estaba desnudo, su pene descansaba hacia un lado, veía la televisión casi sin sonido. A su lado, mi madre, también desnuda solo dejaba la visión de su redonda cola apuntando hacia la puerta donde yo me encontraba, aparentemente ella dormía.
—Perdóname papi, estaba leyendo y se pasó el tiempo muy rápido. —Susurré.
Él me hizo señas para que me acercara. Llegue hasta el borde de la cama y me quite el pantalón y mi calzón, con mis dedos abrí los labios de mi vagina para que él me viera. Un par de toques de su ano sobre su pene y este ya se encontraba duro y listo para bendecirme. Sonreí aliviada, no era apropiado irme a dormir sin su bendición y sin su marca.
Me prepare para subirme sobre él, pero cuando había subido una de mis piernas, él me detuvo. Confundida espere sus instrucciones, el se apresuró a ponerse de pie, se inclinó y me susurró al oído que necesitaba un recordatorio para no volver a llegar tarde a cumplir con mis obligaciones. Me disculpe nuevamente, pero sabía que él tenía razón, él siempre tenía razón.
Se puso detrás de mí y me empujó sobre la cama, me haló luego de las piernas y estas quedaron colgando, mi rostro había quedado a centímetros de la cola de mi madre, quien presumo dormía porque en ningún momento había volteado.
Se acomodó encima de mí y sentí como la punta de su pene se acomodaba en el agujero por donde hacía popo. Me asusté pero eso no importaba.
—No vayas a gritar. —Su instrucción fue clara.
Comencé a asentir como mi agujero comenzaba a abrirse, comencé a sentir como cuando me dan ganas de ir al baño, y entonces empecé a pujar, pero entre más pujaba más dolor sentía. Aprete mis dientes y mi ojos, de los que empezaron a salir lágrimas. Sí, empecé a llorar, lloraba de dolor, era un dolor agudo y muy fuerte, pero no gritaba, la instrucción había sido clara y no debía gritar.
Escuchaba sus gemidos, eran más como bufidos, sabía cuando algo le molestaba, había aprendido a descifrarlo y estaba molesto, tal vez porque había llegado tarde, estaba molesto conmigo y debía soportar su castigo.
Sentí sus dedos en mi cola, sentí como me abría los cachetes de mis nalgas y empujaba de nuevo, en ese momento el dolor aumentó, lo sentí dentro de mí, hacía fuerza para expulsarlo como cuando voy al baño pero no lo lograba y el emitió un gemido fuerte, tan fuerte que despertó a mamá.
Ella volteó su cabeza y nos vio, no alcance a ver su cara, pero si vi cuando volteo de nuevo su cabeza y no dijo ni hizo nada. En ese momento, papa se dejó caer, sentí los puños de sus manos caer sobre la cama a cada lado de mí.
—Toma aire mi niña. —Obedecí, abrí mi boca y tomé todo el aire que pude, el me vio cuando cerré la boca y ahí sentí el peso del mundo sobre mí, dentro de mí. Papá me metió su pene, sentí que me llegó muy adentro y tuve que gritar, pero papa no me reprendió, porque mi grito fue un grito ahogado, ahogado primero por mi propia boca que no había abierto, el ruido salió por los huecos entre mis dientes y luego ahogado porque había pegado mi cara a la cama.
Papá se volvió a acomodar, ya no sentía sus manos a mis costados.
—Mi niña has soportado gran parte. Eres una buena niña. —Sentí que mi cola me ardía, era el dolor de tener algo dentro de mí, algo enorme que no debería estar allí y el ardor en la parte exterior, era un dolor punzante, como cuando te caes y te raspas la rodilla, pero me mantuve fuerte, las lagrimas caían de mis ojos hacía la cama, pero no había llanto, solo lágrimas.
Luego sentí sus manos a cada lado de mi cola, me agarró con fuerza y saco su pene, luego lo volvió a meter y repitió por varias veces. Cada vez que se movía dentro y fuera de mí el dolor de la presión disminuía, como si empujara algo que tuviera dentro de mí con su pene, como si estuviera ordenando algo en mi interior, pero el ardor de mi agujero si aumentaba, quería que parara por eso, quería que me soplara, quería que me untara algo para calmar el ardor, pero papá seguía, incluso se movía cada vez más rápido y sentía que cada vez que iba adentro iba más profundo. Cada vez que esto pasaba yo me movía junto a él, en un momento sentí como mi cabeza golpeo con la cola de mi madre y en ese momento fue cuando papa ya me penetraba como cuando lo había hecho por mi vagina, lo hacía rápido y fuerte.
En un momento, lo metió muy al fondo, me sentí invadida por completo, pero en ese punto la molestia era mayor cuando me lo sacaba, y así fue, lo dejó dentro unos segundos en los que pensé que había soltado su leche especial dentro de mí, pero no fue así, sacó su pene y el ardor en mi agujero fue al máximo, sentía que lo tenía mojado.
Papá me dio la vuelta agarrándome por el brazo y me ordenó chupar su pene. Cuando me arrodillé a los pies de la cama el dolor aumentó, en esa posición sentía lo abierto que tenía mi agujero, como si el pene de papá aún estuviera dentro de mí.
La luz tenue del televisor iluminó su pene, vi que tenía restos de cosas a su alrededor y olía mal, tenía un olor parecido al metal y a algo más. Abrí mi boca porque yo aprendo rápido mis lecciones.
Abrace con mi boca la punta de su pene y mi lengua se lanzó a lamer vacilante su abertura, saboreando la mezcla de fluidos. El sabor era amargo, pero no me aparté. Respiré hondo por mi nariz, armándome de valor antes de meter más de su pene dentro. Chupaba suavemente imitando lo que papá me mostraba en las películas, además ya había aprendido como le gustaba a él. Intentaba mirarlo, pero el sabor me hacía cerrar los ojos y concentrarme así en meterme su pene dentro y fuera de mi boca.
Intento llevarlo más profundamente, atragantándome cuando la punta de su pene golpea la parte posterior de mi garganta. Recordé en ese momento el esfuerzo que me llevo aprender a hacer eso, la primera vez que me lo metió en la boca no podía hacer eso, pero mi papá me instruyó en como debía abrir la boca, como debía hacer para evitar que lo lastimara con mis dientes y lo mas importante, como podía adaptar mi garganta a su longitud.
Las lagrimas caían de mis ojos, brotaban como espuma, el salía y entraba nuevamente contantemente en mí y cada vez lo hacía a más velocidad. Movía mi cabeza en contravía del movimiento de sus caderas y así sentía como la punta de su pene se abría paso dentro de mi garganta. Mi entusiasmo me había hecho olvidar el sabor y el olor, estaba decidida a cumplir con mi deber de obtener mi tercera marca del día.
Mis manos aruñaban suavemente sus muslos mientras mi cabeza rebota contra él. De repente la sentí, su leche tibia y salada comienza a llenarme por dentro, ya no me daban arcadas como antes, papa se quedo quieto y yo también mientras cada chorro de su leche me invadía por dentro.
Papá saca su pene de mi boca y no hay rastros de nada ya, su pene se ve completamente limpio y brillante, tal como tengo que dejarlo siempre. Papa se inclina y me da un beso en la frente y luego vuelve a acostarse junto a mamá.
Completamente llena y adolorida salgo rumbo a mi habitación.
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