Mi papá me comparte y me usa
Mi papá me viola desde muy chica y me entero de eso de adolescente, dejando que lo vuelva a hacer..
Cuando tenía unos cinco años mis recuerdos quedaron borrosos, me gustaba pensarlos igual porque eran raros. Recordaba que mi papá invitaba a su amigo Leo a verme bañarme cuando mi mamá no estaba y su amigo Greco me preparaba las cenas cada tanto, invitándonos a su casa. Esos recuerdos nunca estuvieron claros, y cuando cumplí quince, me dio curiosidad.
Mis padres estaban separados así que no lo veía tanto a él. Algo me incomodaba, no sabía qué. La única vez que lo vi a mis quince fui a su apartamento en Palermo, él plantaba marihuana y estaba algo drogado.
Pasaron las horas y en una mesa, le pregunté:
─ Eu, pa, sabes que hay cosas que no me acuerdo? Tipo, de mi infancia.
Él me miró confundido y preguntó qué cosas.
─ No sé, ¿Te acordás de tus amigos…? No me acuerdo, creo que uno era Leo y el otro Greco, algo así.
Él le dio una mordida a su sanguche.
─ Te violaban, ¿Qué no te acordás?
Sus palabras me descolocaron y me quedé atenta a lo que decía.
Me dijo que Leo me dedeaba cuando me bañaba y que Greco usaba mi boquita. Me confesó que él mismo me había penetrado cuando era pequeña, pero no recordaba nada de eso. Me dijo a detalle que metía su verga en mí lentamente para no asustarme, porque era muy chiquita, y que disfrutaba oírme gemir. Que le decía «papi, esto me gusta», «papi, quiero que sigas». Yo estaba asqueada pero poco a poco me empecé a calentar imaginando a la versión pequeña de mí diciendo eso. «Me pedías que por favor fuera más rápido, bebé. Te encantaba» me contó. Dijo que solo me la metía un poco para sentirme húmeda, que nunca me hacía daño.
Entonces empecé a recordar. Una imagen de mí acostada en el piso jugando con él a algo. «Es una prueba de supervivencia» dijo. Me hizo envolverlo con mis piernas y tomó mis manitas de nena de cinco años y comenzó a frotarse contra mí, moviendo de a poco mi ropita. «¿Qué vas a hacer para liberarte?» Decía disimulando. «No sé», le decía yo, pero mierda, me hacía la tonta. Sentir a mi papi era rico. No recordaba cuando me la metía, solo cuando me la rozaba.
Ahí, a los quince, empecé a juntar las piernas y él lo notó.
─ ¿De verdad no te acordás? ─ me preguntó cómo si fuera lo más casual del mundo. Yo pensaba «Que me viole, que me haga acordar», y casi como si oyera mi suplica cuando negué con la cabeza, él se acercó a mí bruscamente y me acorraló contra la mesa, agarrando mis manos sin que yo pudiera resistirme y besando mi cuello. ─ Ahora te voy a hacer acordar. ─ me dijo.
Empezó a meter su mano entre mis piernas y yo intentaba cerrarlas. No sabía qué estaba haciendo, no sabía por qué me calentaba así. Quería abrirlas y dejarlo, ¿pero qué significaría eso? Quería también que fuera a la fuerza, así que mis extremidades se durmieron sin mi permiso. No tenía fuerza. Quería parar. Comencé a llorar porque él era pesado, es luchador, pero a la vez, solo pensaba «Ya dejálo usarte.»
Quería que me usara. Empecé a gemir sin querer mientras le decía que parara, me estaba por violar. Tenía mucho miedo, pero a la vez, mi papá me calentaba desde siempre y ahora sabía por qué. Mi cuerpo traicionaba a mi sentido común.
Me agarró de los hombros y me hizo bajar, y yo me quise oponer, pero lo permití. El corazón me latía rápido y entonces se descubrió la verga y me la pasó por la cara.
─ Abrí la boquita ─ ordenó. ¿Lo hago o no lo hago? No quería, pero a la vez, él me agarraba tan fuerte ─ ¡Abríla, te dije!
Abrí un poco la boca. Nunca había chupado verga, o no que yo lo conociera, solo le había chupado la concha a una amiga en un casa una vez. Qué rica concha, pero la verga de mi papá se armó de sabor. Entró delicado, me hizo darle besos. Una vez que la metió, yo ya estaba un poco mojada.
Agarró mi cabeza para cogerse mi boca ya que yo no sabía hacer petes. Su verga era gruesa. Por un segundo, con las piernas abiertas en el piso, me imaginé si sería capaz de meterla en mi conchita. Aunque me estuviera usando, la idea me hizo gemir en su pito. Soltó un gemido que me encantó.
Me empujó a su cama cuando me hizo levantarme, me bajó los pantalones y el pánico me invadió. Grité, pataleé. No le importaba. «Sabés que querés», me decía, y tenía razón. Yo no era débil, estaba tan caliente que no tenía fuerza.
Me abrió la piernas con las suyas mientras que sostenía mis manos y sin prepararme, me penetró. Me penetró duro y en seco, pero eso fue tan doloroso que a las pocas embestidas se volvió placentero. Yo le pedía parar, pero mi cuerpo empezó a lubricar, mi concha empezó a mojarle la pija. Qué rico era. Entraba y salía. Me empezó a gustar. Empecé a gemir y me decía «pedime más duro», así que eso hice.
─ Dame más duro, papá… ─ le supliqué siendo violada. Amo llamarme violada. Quería que siguiera, entonces me dio como si quisiera matarme. Me hizo gritar ─ basta… Basta, papi, basta…
Comencé a llorar y él me hacía intercalarlo con decirle guarradas.
─ ¿Sos mi bebé? ¿Querés mi leche?
Por lo grueso de su pito me estaba empezando a doler más, pero mojaba mucho. Eso le gustó.
─ Sí, papá, dámela por favor…
─ ¿Te gusta que te violen, amor?
Asentí rápido. Él me soltó las manos sin dejar de cogerme. Era duro. Rápido. Qué bueno estaba. Quería que lo hiciera siempre, pero si le decía, tendría que asumir la responsabilidad de que me gustaba que me violara mi papá.
─ Así te quería coger ─ me dijo a la vez que fue más fuerte ─. Mirá, ya no te querés ir, no? No, estás quietita.
Y sí, me encantaba.
Siguió garchándome con rudeza. Me acabó dentro.
Después de esa noche escapé, pero no sería la última vez que lo dejara cogerme. Aún con 20 años, me mojo y me masturbo pensando en él.


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