Mi preciosa princesita (capitulo 12)
Martina por fin conoce la playa.
Amanecía precariamente cuando salimos de casa. A pesar de los nervios, Martina había tardado cero coma en quedarse dormida y ni siquiera llegó a la autovía despierta. Si no se caía era porque el cinturón de seguridad la sujetaba. Llevaba una faldita corta que dejaba al descubierto unas piernas cada vez más torneadas a pesar los doce años que todavía tenía. La subí un poco la falda para poder tenerla a la vista. Desde que vive definitivamente conmigo, no usa ropa interior. Y no porque se lo haya impuesto: ella sabe que me gusta. Con eso es suficiente.
Como la había prometido, cuando terminó el 1º de Educación Secundaria, nos fuimos a la playa. Lo hizo con muy buenas notas y en lo único de flojeó un poco fue en matemáticas a pesar de mis esfuerzos. Como premio la regalé su primer iPhone y ella se añadió un watch. Todo de color rosa y a los pocos minutos, que digo minutos, segundos, ya lo manejaba todo mejor que yo. La hizo mucha ilusión, porque aunque no tiene muchos amigos, con algunas compañeras de instituto si se mensajea.
Lo que me sorprendió es que no llevaba mucha ropa. Había estado investigando por YouTube e Internet y ya tenía todo previsto.
—¿Solo vas a estar vestida con pareos mi amor? —la pregunté cuando vi que solo había metido esa clase de prenda: en total seis. Dos de ella y cuatro de su madre.
—No voy a necesitar más papa, —me respondió.
Finalmente, me hizo caso y metió un par de vestiditos ligeros de su madre. Lógicamente casi no salieron del armario de la habitación. También metió calzado de senderismo y unas mayas cortas porque algún día había pensado hacer senderismo por la salina próxima al hotel o acercarnos a Mojácar.
Cuando llegamos, hicimos el checking y subimos a la suite que había reservado después de meter el coche en el parkin subterráneo del hotel. Tenía dos habitaciones, un saloncito y un baño completo. Casi lo mejor era la amplia terraza con vistas al mar que a Martina la entusiasmó. Durante un buen rato se quedó ensimismada apoyada en la barandilla, mientras yo deshacía la maleta. Después me uní a ella abrazándola por detrás.
—¿La playa nudista está lejos? —preguntó.
—Empieza como a trescientos metros, —respondí señalando al norte—. ¿Quieres ir?
—Por supuesto, —afirmó tajante.
—Luego vamos.
—¿Después de comer?
—Y de que te eche un polvo, —respondí riendo mientras la achuchaba—, que llevo todo el día sin olerte.
—Espera que te descargo ahora mismo, como tu dices, —dijo haciendo ademán de arrodillarse.
—De eso nada, —respondí sujetándola—. Ahora a comer…
—Eso es lo que quiero, comer, —me interrumpió riendo. La veía extremadamente feliz y contenta, si eso fuera posible porque la verdad es que es su estado natural.
—No me seas lianta. Ahora bajamos a comer y luego subimos que el que te va a comer soy yo. Luego vamos a la playa.
—Buen vale, —dijo simulando resignación—. Voy a cambiarme.
Entró y se quitó la ropa. Se envolvió en un pareo anudándoselo al cuello y se puso unas chanclas. Se colgó el móvil de bandolera y dijo—: cuando quieras papi.
—Está tarjeta la tienes que llevar siempre encima, —dije riendo mostrándola la tarjeta—. ¿Dónde te la vas a guardar? No la pierdas.
—Pues algún sitio encontraré… listillo, —respondió riendo mientras hacia ademán de metérsela en el chochito.
—Anda, toma, —dije riendo mientras la daba una carterita con un pequeño mosquetón para que lo colgara del cordón del móvil—. Ya sabes que tenemos un todo incluido Premium. Siempre que pidas algo muestra la tarjeta y no tienes que pagar nada de nada.
—¿Helados?
—También.
—¿Y por qué me han puesto está pulsera de plástico?
—Porque eres menor. Ya sabes, la tarjeta siempre encima.
—A la orden, —respondió saludando militarmente.
—Venga, tira para abajo, —dije riendo dándola un azote cariñoso en el trasero.
Llegamos al comedor y como había mesas libres en el exterior nos sentamos allí. Pedimos una cerveza para mi y un aquarius para ella y nos fuimos a por la comida. Me hizo gracia que abrazada a su plato no hacia más que recorrer los mostradores.
—¿Qué te pasa mi amor? —la pregunté.
—Es que hay muchas cosas y no se que coger: me gusta todo.
—¿Quieres que te coja yo algo? —pregunté riendo.
—¡Nooo!
—Vale, vale, te espero en la mesa, —y me fui con mi plato. Sentado en la mesa la miraba, y la verdad es que estaba preciosa envuelta en su pareo, con sus chanclas y marcando suavemente el contorno de su trasero. Parecía una mujer en miniatura y no una cría de 12 años. Al final se decidió y llegó a la mesa con un pegotito de paella en el plato, otro de ensaladilla rusa, un poco de estofado de algo y un trozo de pescado a la plancha—. Muy variado, —me reí.
—Esto es una mierda papa, —dijo resoplando.
Mientras ella terminaba a mi me dio tiempo a tomarme un café. Después subimos a la habitaron y rápidamente nos quitamos la ropa, me tumbe a su lado ofreciéndole la polla e iniciamos un 69 tremendo. Con las piernas bien separadas mi boca recorría toda la vagina sin saciarme nunca. Cuando la succionaba el clítoris la sujetaba la cabeza con la mano para que no se la sacara de la boca. Finalmente, me lubriqué y cogiéndola por detrás la penetré mientras la sujetaba por las caderas. Cuando estaba próximo a correrme, la eché mano al clítoris y la forcé el último orgasmo mientras yo berreaba como siempre. Igual que como siempre, la mantuve penetrada mientras la abrazaba y la llenaba de besos: sé que la gusta.
Unos minutos después bajábamos en el ascensor al parkin para coger el coche.
—¿Está lejos? —preguntó.
—No, a un par de minutos con el coche.
—¿Y no podemos ir andando?
—Sí, pero la zona más próxima al hotel hay mucha mezcla con gente que no hace nudismo y no me apetece nada estar con la polla colgando y unos gilipollas vestidos a mi lado.
—Pues eso está muy mal, ¿no? Si es nudista, es nudista.
—Mi amor el nudismo se puede practicar en todas las playas de España.
—¿Entonces?
—Lo que pasa es que te arriesgas a tener que estar discutiendo con todos los gárrulos que hay muchísimos, —respondí mientras aparcaba el coche—. Aquí todos saben que es nudista y si vienes ya sabes que vas a ver muchos pitos colgando.
Saqué la bolsa de deportes dónde había metido todas las cosas y nos metimos en la arena—. ¿Aquí puedo ya…?
—Claro, pero una cosa mi amor. Esto no es free sex, —respondí e inmediatamente se quitó el pareo.
—Te prometo que seré buena, —dijo mirándome con coquetería.
La vi emocionada mientras nos acercábamos a primera línea. Empecé a extender las toallas en la arena, pero Martina no me ayudo. No lo pudo evitar y se acercó a la orilla a mojarse los pies. Después se giró, me miró y vi claramente que estaba encantada y era feliz. El sol bañaba cada centímetro de su piel dándola un maravilloso aspecto, que aún no era dorado.
—Martina, date protección, —dije entregándola el bote.
—Papa, con esto no me voy a poner morena, —dijo frunciendo el ceño después de mirar el bote de factor 50.
—Con eso vas a impedir que te achicharres y te pongas roja como un carabinero.
Como respuesta me sacó la lengua y yo riendo la conteste de la misma manera.
—Guapa, hazle caso a papa, —dijo una señora mayor con un fuerte acento centroeuropeo que junto a su pareja estaban cómodamente sentados en sillas de playa—. Ya veras como si te pones morena.
—¿Me lo promete? —bromeó Martina señalándola.
—Por supuesto cariño, —respondió la amable señora.
Empezó a aplicarse la protección y con la espalda la ayudé yo, igual que ella hizo conmigo. Después se acercó a la orilla y allí se tiró muchísimo tiempo. Mientras tanto me senté en la toalla y la observaba. Incluso la saqué alguna foto con el móvil.
—Necesito una pamela, —dijo acercándose después de ver a un par de chicas que llegaban paseando por la orilla.
—Y yo una silla de playa. Luego miramos en la tienda del hotel, —respondí y regresó a la orilla. Miré a la señora y vi que se estaba riendo e hice un gesto característico con las cejas.
—Está en la edad, —dijo la señora—. ¿Qué tiene 13 o 14?
—12, para 13.
—Pues lo dicho, está en la edad.
Durante nuestra estancia en Vera, hicimos amistad con ellos porque siempre nos situábamos en el mismo sitio. Ella se llamaba Bruna y Martina muchas veces se sentaba junto a ella y charlaban. Al término de la primera semana, Martina estaba como un tizón a pesar de la pamela y la protección y yo muy cómodo sentado en mi silla.
Ese primer día, a eso de las siete de la tarde regresamos al hotel y por supuesto nada más entrar en la habitación la quité el pareo y la olisqueé como un perro perdiguero. No me gustó porque tenía un fuerte olor a crema protectora y se dio cuenta. Se arrodilló, se metió la polla en la boca y empezó a chupar. Veía por el espejo su redondeado traserito y sus pies y me ponía mucho. Miraba hacia abajo y veía desaparecer mi polla en su boquita y como de vez en cuando subía los ojos y me miraba. Finalmente, me corrí y mi semen desapareció rápidamente en su maravillosa garganta.
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