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Incestos en Familia

Mi primer beso me lo enseñó mi madre

Su hijo nunca había besado antes y hoy tendrá su primer cita….
La tarde caía suave sobre la casa cuando Diego, de 20 años, entró a la sala con el corazón latiéndole fuerte. Su madre estaba terminando de preparar café cuando él soltó la noticia:
—Mamá… ya tengo novia. Es mi primera novia oficial.
Su madre soltó un grito de emoción y dejó la taza a un lado. Corrió a abrazarlo con fuerza, riendo.
—¡Ay, mi niño! ¡Por fin! Cuéntame todo. ¿Cómo se llama? ¿Es bonita? ¿Cuándo la vas a traer?
Diego se sonrojó hasta las orejas.
—Se llama Sofía. Es de la universidad… Salimos este viernes. Me diste permiso de usar el coche, pero… necesito algo más.
—¿Qué cosa, hijo?
—Dinero… para llevarla a cenar y al cine. Quiero que salga bien.
Su madre sonrió con ternura y sacó su cartera sin pensarlo dos veces.
—Claro que sí. Toma, quinientos pesos extra. Y otros quinientos para que le compres flores o lo que quieras. Que sea una noche especial.
Diego tomó el dinero, pero no se movió. Se quedó parado, retorciendo las manos, visiblemente nervioso.
—Mamá… hay otro problema. Nunca he besado a una chica. Ni un beso. Tengo miedo de hacerlo mal y que ella se ría de mí o piense que soy un idiota.
Su madre parpadeó, sorprendida.
—¿A tus veinte años? ¿Nunca has besado a nadie? ¿Ni en la secundaria, ni en una fiesta…?
Diego negó con la cabeza, avergonzado.
—Nada. Soy un desastre.
Su madre se quedó pensativa un momento, mordiéndose el labio. Luego suspiró.
—No te preocupes, mi vida. No puedes salir así. Ven, siéntate aquí conmigo.
Lo tomó de la mano y lo llevó hasta el sofá. Se sentó muy cerca de él, sus rodillas tocándose.
—Yo te voy a enseñar. Paso a paso. Para que vayas seguro y no hagas el ridículo.
Diego abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—Claro. Primero, el beso de piquito. Es el más inocente. Solo junta tus labios con los de ella, suave, sin abrir la boca. Así…
Su madre se acercó despacio, sus ojos oscuros clavados en los de él. Puso una mano suave y cálida en la mejilla de su hijo y, con una lentitud deliberada, presionó sus labios llenos y tibios contra los de Diego. Fue un beso cerrado, pero cargado de una intimidad prohibida: los labios de su madre eran suaves como terciopelo, ligeramente húmedos, y se moldearon perfectamente contra los suyos durante tres segundos largos. Diego sintió el calor de su aliento rozándole la piel, el sutil aroma a café y perfume que emanaba de ella, y un cosquilleo eléctrico que le recorrió toda la espalda hasta concentrarse en su entrepierna.
—Ahora tú —susurró ella separándose apenas, sus labios todavía rozando los de él.
Diego repitió el movimiento, torpe pero ansioso. Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con más presión. El beso inocente se volvió ligeramente más largo, más consciente.
—Bien… Ahora, el beso romántico. Un poco más largo, con más sentimiento. Puedes inclinar un poco la cabeza. Y respira por la nariz.
Esta vez su madre se acercó con una lentitud tortuosa. Sus labios entreabiertos rozaron primero los de Diego, suaves y calientes, antes de presionarse con más fuerza. El beso se profundizó: sus bocas se movían en perfecta sincronía, los labios de ella succionando suavemente los de él, como si estuviera saboreando algo deliciosamente prohibido. Diego sintió la humedad tibia de los labios de su madre, el leve temblor de su respiración, y cómo su propia boca respondía instintivamente, abriéndose un poco más. El beso duró casi diez segundos, cargado de una dulzura que rápidamente se volvía peligrosa. Por instinto, levantó una mano y la puso sobre el pecho izquierdo de su madre, apretándolo con torpeza y efusividad, sintiendo la suavidad plena bajo la tela.
Su madre se separó un poco, las mejillas sonrojadas, pero sin apartarse del todo. Su aliento cálido le rozaba los labios.
—Diego… así no. No se agarra como si fuera una pelota. Mira.
Tomó la mano de su hijo y la guió de nuevo hacia su pecho. Esta vez la colocó con delicadeza, palma abierta sobre la curva generosa.
—Tienes que acariciar, no apretar. Suave, circular, sintiendo el peso y la forma. Así… ¿ves? Despacio, como si estuvieras adorando algo frágil.
Los dedos de Diego siguieron el movimiento que ella le enseñaba. Su palma abierta rozaba la tela fina de la blusa, sintiendo el calor que irradiaba la piel de su madre. La carne era suave, pesada y elástica bajo su toque; el pecho se hundía ligeramente con cada caricia y volvía a su forma perfecta. Su madre respiró más profundo, un suspiro tembloroso que hizo que su seno se elevara contra la mano de él.
—Siente cómo se calienta… —murmuró ella con voz más baja, más ronca—. Ahora usa solo las yemas de los dedos. Rodea el pezón despacio… así, en círculos amplios primero.
Diego obedeció. Las yemas de sus dedos trazaron círculos lentos alrededor del pezón que ya empezaba a endurecerse visiblemente bajo la tela. Sentía la aureola erizarse, el pequeño botón endureciéndose y poniéndose más sensible con cada roce. Su madre soltó un suspiro largo y entrecortado, sus párpados pesados de placer.
—Más cerca… —susurró—. Acerca los círculos… ahora roza el pezón directamente, muy suave, como si apenas lo tocaras.
Los dedos de Diego rozaron el pezón endurecido. Era un botón firme, erecto, que se contraía bajo su toque. Lo acarició con la yema del índice, trazando círculos diminutos, sintiendo cómo se ponía aún más duro, cómo vibraba ligeramente con cada pasada. Su madre arqueó la espalda apenas, empujando su pecho contra la mano de él.
—Ahora pellízcalo… muy ligero —jadeó ella—. Solo la punta, como si quisieras provocarme… tira suavecito y suéltalo… otra vez…
Diego obedeció con el corazón latiéndole en la garganta. Tomó el pezón entre el índice y el pulgar, lo apretó con delicadeza y tiró apenas hacia afuera. Su madre soltó un gemido bajo y gutural, un sonido que vibró directamente en la polla de Diego.
—Otra vez… más lento… ahhh… sí, así… míralo cómo se pone más oscuro y duro por ti, mi niño. Siente cómo reacciona mi cuerpo… una mujer se moja con esto, con caricias lentas y seguras que la hacen arder por dentro.
Los dedos de Diego continuaron jugando: rodeando, rozando, pellizcando con una delicadeza cada vez más experta. El pezón de su madre estaba ahora completamente erecto, hinchado y sensible, empujando contra la tela húmeda de saliva de sus propios besos anteriores. Cada toque provocaba un pequeño estremecimiento en el cuerpo de ella, un suspiro más profundo, un leve movimiento de caderas que delataba lo excitada que estaba.
—Así… muy bien —ronroneó su madre, la voz cargada de deseo—. Ahora las piernas.
Tomó la otra mano de su hijo y la colocó en su muslo, justo por encima de la rodilla.
—Sube despacio. No vayas directo al centro. Acaricia por dentro del muslo, con la palma abierta, presionando ligeramente. Siente la piel caliente… haz que ella quiera más.
Los dedos de Diego subieron por la piel suave y tibia de su madre, subiendo cada vez más, rozando el borde de sus bragas. Su erección era evidente bajo el pantalón, palpitando dolorosamente.
Su madre lo miró a los ojos, la voz más ronca y sensual:
—Cuando beses a Sofía así… con lengua, mientras la acaricias de esta forma… ella va a temblar. Va a querer que sigas.
Diego tragó saliva, la mano todavía entre sus muslos.
—¿Y si… quiero practicar más?
Su madre sonrió con una mezcla de ternura y algo más oscuro, más caliente.
—Podemos practicar todo lo que necesites, mi niño… hasta que lo hagas perfecto.
Sus labios se encontraron de nuevo en un beso fogoso y profundo. Esta vez el beso fue inmediato y voraz: sus bocas se abrieron al instante, lenguas enredándose con hambre. La lengua de su madre invadía la boca de Diego con movimientos lentos y lascivos, lamiendo el interior de sus labios, succionando su lengua con fuerza suave, mientras él respondía con la misma intensidad. El beso era húmedo, ruidoso, lleno de gemidos ahogados. Saliva se escapaba por las comisuras de sus labios mientras sus bocas se devoraban sin control.
La sala se llenó de un silencio denso, solo roto por las respiraciones agitadas y los sonidos húmedos de sus besos. Su madre ya no enseñaba con distancia maternal; ahora sus labios devoraban los de su hijo con una urgencia salvaje. Su lengua se enredaba con la de Diego, lamiendo, succionando, explorando cada rincón de su boca con una pasión prohibida. Un gemido escapó de la garganta de su madre cuando sintió la mano de su hijo subir más alto por debajo de su falda, rozando la tela húmeda de sus bragas.
—Así… —susurró ella contra su boca, la voz entrecortada y ronca—. Siente lo mojada que estoy ya, mami está empapada por ti. Eso es lo que provocas cuando acaricias bien.
Diego jadeó, sus dedos presionando con más confianza contra el centro caliente y resbaladizo de su madre. La tela estaba empapada. Rozó el borde de las bragas y las apartó con cuidado, tocando por primera vez la piel desnuda, suave y caliente de su coño. Sus dedos se deslizaron entre los labios hinchados, encontrando el clítoris hinchado que palpitaba bajo su toque.
Su madre arqueó la espalda, empujando sus caderas hacia la mano de su hijo.
—Ahhh… sí, justo ahí. Rodea el clítoris con los dedos… lento… ahora méteme uno despacio, hijo.
Diego obedeció, introduciendo un dedo en la estrecha y caliente entrada. Estaba increíblemente mojada, los músculos internos apretando su dedo con avidez. Su madre soltó un gemido largo y bajo, sus pechos subiendo y bajando con fuerza bajo la blusa.
—Dos dedos… —pidió ella, casi suplicando—. Ábreme un poco… así… ¡Dios! ¡Así, mi niño, mételos más profundo!
Mientras sus dedos entraban y salían con un ritmo cada vez más seguro, Diego bajó la boca hasta el cuello de su madre, besando y chupando la piel sensible. Su madre temblaba, sus manos bajando hasta el pantalón de él. Con dedos expertos desabrochó el botón y bajó la cremallera. Su mano se coló dentro y rodeó la polla dura y caliente de Diego, que saltó en su palma, gruesa y palpitante.
—Tan grande… —murmuró su madre con admiración, empezando a masturbarlo lentamente—. Mi niño tiene una verga tan rica… Mira cómo late por mami… ¡mmhh! Sigue metiendo los dedos, no pares.
Diego gimió fuerte contra su cuello, moviendo las caderas instintivamente mientras follaba los dedos de su madre con su polla. La mano de su madre subía y bajaba con movimientos fluidos, untando el precum que brotaba de la punta por toda la longitud.
—Quítame la blusa —ordenó ella con voz ronca.
Diego la obedeció con manos temblorosas. La blusa cayó al suelo, revelando los pechos llenos y pesados de su madre, coronados por pezones oscuros y erectos. Se lanzó a ellos como un hombre hambriento, chupando uno con fuerza mientras su mano amasaba el otro. Su madre echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin vergüenza.
—Chúpame las tetas… sí, así… muerde un poco el pezón… ¡ah! ¡Más fuerte, hijo!
Mientras él devoraba sus pechos, su madre se quitó la falda y las bragas con movimientos rápidos. Quedó completamente desnuda frente a su hijo, las piernas abiertas, el coño brillante de excitación, los labios hinchados y relucientes de sus jugos. Se recostó en el sofá, tirando de Diego hacia ella con urgencia.
—Quítate todo —le dijo, la voz temblorosa de deseo—. Quiero verte entero.
Diego se desnudó a toda prisa. Su polla se irguió orgullosa, gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Su madre lo miró con ojos oscuros de deseo, lamiéndose los labios.
—Ven aquí, mi vida. Acuéstate sobre mí. Mami te va a enseñar lo que es de verdad.
Se colocó entre las piernas abiertas de su madre. La punta de su polla rozó los labios húmedos del coño de su madre, deslizándose entre ellos, cubriéndose de sus jugos calientes y resbaladizos. Su madre tomó la verga de su hijo con una mano firme y la guió hasta su entrada apretada y palpitante.
—Empuja despacio al principio… —susurró, mirándolo a los ojos con intensidad—. Quiero sentir cómo me abres centímetro a centímetro, mami te quiere todo dentro. No tengas prisa… disfrútalo.
Diego presionó hacia adelante. La cabeza gruesa de su polla separó los labios hinchados con un sonido húmedo y obsceno, schlup. Su madre soltó un gemido largo y profundo, casi un sollozo de placer:
—Ahhh… ¡sí! ¡Qué gruesa…! Sigue… siente cómo mi coño te abraza… ¡mmhh!
La polla de Diego entró lentamente, estirando las paredes calientes y mojadas de su madre. Cada centímetro era una tortura deliciosa: el calor abrasador, la humedad que lo envolvía como un guante aterciopelado, los músculos internos contrayéndose y succionando alrededor de su grosor. Su madre arqueó la espalda, clavando las uñas en los hombros de él.
—Más adentro… toda… ¡Dios mío, hijo! ¡Me estás llenando tanto! ¡Ahhh! Siente cómo palpita… ¡sí, así!
Cuando estuvo completamente enterrado hasta las bolas, ambos se quedaron quietos un momento, temblando. El coño de su madre apretaba rítmicamente alrededor de la polla de Diego, como si quisiera ordeñarlo. Ella jadeaba contra su oreja:
—Qué rico se siente… tan grande y dura dentro de mami… Ahora muévete, mi niño. Sal despacio… y vuelve a entrar.
Diego empezó a moverse: salió casi por completo, la cabeza gruesa rozando cada pliegue sensible, y volvió a hundirse con un golpe profundo y lento. El sonido húmedo de carne contra carne empezó a llenar la sala: plap… plap… plap. Su madre gemía cada vez más alto, sin vergüenza:
—Así… ¡fóllame despacio primero! ¡Ahh! ¡Siente cómo mi coño te aprieta! ¡Más profundo, hijo… métemela toda!
Las caderas de Diego ganaron velocidad poco a poco. Las embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas. Sus bolas pesadas golpeaban contra el culo redondo de su madre con cada golpe: slap-slap-slap. El sofá crujía bajo ellos. Su madre envolvió las piernas alrededor de la cintura de su hijo, atrayéndolo más adentro, y gritó de placer:
—¡Sí! ¡Así, más fuerte! ¡Fóllame como un hombre, Diego! ¡Mami quiere que me partas el coño! ¡Ahhh! ¡Más duro! ¡Me estás follando tan rico!
Diego gruñía contra su cuello, sudoroso, embistiendo con fuerza animal. La polla entraba y salía a toda velocidad, brillante de los jugos de su madre, que chorreaban por sus bolas y el sofá.
—Estás tan mojada, mamá… —jadeó él—. Tu coño me está succionando…
Su madre echó la cabeza hacia atrás, los ojos en blanco, los pechos rebotando violentamente con cada embestida.
—¡Sí! ¡Mírame cómo me corro por ti! ¡Voy a correrme, hijo! ¡No pares! ¡Ahhh… ahhh… ¡me vengo!
Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Diego, apretándola en espasmos calientes y húmedos. El orgasmo la atravesó como una ola brutal: arqueó la espalda, clavó las uñas hasta sangrar en la espalda de su hijo y gritó su nombre entre gemidos entrecortados:
—¡Diego! ¡Mi niño! ¡Me corro… ¡ahhh! ¡Lléname!
Sus jugos calientes empaparon la verga y las bolas de Diego, chorreando con cada embestida. Diego no aguantó más. Con un gruñido gutural y profundo, empujó hasta el fondo, enterrándose completamente, y se corrió con fuerza. Chorros espesos y calientes de semen explotaron dentro del coño de su madre, llenándola hasta rebosar.
— ¡Mami… me corro dentro de ti! —gimió él, temblando.
Su madre lo abrazó con fuerza, todavía convulsionando de placer, sintiendo cada pulsación de la polla de su hijo mientras la inundaba de semen.
—Lléname toda, mi vida… ¡sí! ¡Siente cómo te aprieta mami mientras te vacías!
Se derrumbó sobre ella, jadeando, la polla todavía palpitando dentro de su coño lleno y chorreante. El semen blanco y espeso empezó a escaparse lentamente alrededor de la verga aún dura, goteando por el culo de su madre.
Su madre lo abrazó con ternura, besando su frente sudorosa, todavía temblando de placer.
—Mi niño… —susurró con voz satisfecha y ronca—. Ahora sí… vas a dejar a Sofía sin aliento. Pero si quieres, podemos seguir practicando… mami todavía tiene mucho que enseñarte.
Quedaron así, unidos, respirando agitados, el semen de Diego goteando lentamente del coño bien follado de su madre.

80 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: culo, follando, hijo, madre, orgasmo, secundaria, semen, universidad
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