mis primos y yo nos follamos a mi mamá sin que ella supiera
Gracias a un plan ideado por mis primos nos follamos a mi mamá.
Mi nombre es Emmanuel, tengo 19 años, y vivo con mi mamá, Joana, de 39 años. Mi mamá es una mujer de tez blanca y cabello castaño. Tiene unos senos generosos y firmes que siempre llaman la atención. Su figura es esbelta, pero con curvas en los lugares correctos, especialmente en sus caderas y en su trasero, que resaltan con cualquier ropa que use. Tiene una cintura definida que hace que su cuerpo sea una tentación constante. Sus piernas son largas y tonificadas, y sus ojos, de un color café claro. Su boca, de labios carnosos y rojos, es irresistible.
Tengo dos primos, Cristian y Walter, hijos de los hermanos mayores de mi mamá. Ambos son mayores que yo, uno tiene 22 años y el otro 23. Desde pequeños crecimos juntos y era habitual reunirnos, incluso cuando alcanzamos la mayoría de edad. Mi mamá es divorciada; desde que se separó de mi padre ha tenido tres parejas: un señor con el que duró casi un año, un compañero de trabajo al que dejó porque tenía familia, y su pareja actual, Mario. Él tiene 26 años y, de hecho, mi mamá lo conoció por mí, ya que es un amigo mutuo mío y de mis primos.
Todo comenzó con una apuesta. Mario y nosotros jugábamos en el mismo equipo de básquet de la colonia, y todos sabíamos que él sentía atracción por mi mamá. Un día, motivado por mis primos, le propuse una apuesta: mi consola por su computadora. Si él no lograba conquistarla, me daría su computadora; si lo lograba, le daría mi consola. Para mi sorpresa, la de mis primos y amigos, lo logró. En tan solo unos meses comenzaron a tener una relación. Recuerdo cuando mi mamá me dijo lo que sucedía, es decir, cuando me dijo que estaba saliendo con Mario. Fue como, «Oye, Emmanuel, tengo que contarte algo. Estoy saliendo con Mario.» Yo, obvio, quedé en shock. «¿Mario? ¿El Mario con el que jugamos básquet?» «Sí, ese mismo,» me dijo, con una sonrisita. «Pero, mamá, ¿cómo pasó? ¿Cuándo?» Le pregunté, intentando procesar la noticia. «Pues, ya sabes, nos vimos un par de veces y, bueno, una cosa llevó a la otra,» me explicó, un poco incómoda. «Guau, mamá, eso es… intenso,» le dije, sin saber muy bien qué pensar. «Sí, lo sé. Pero es que Mario es un buen tipo, y me trata bien,» añadió, como si necesitara justificarse. «Bueno, mientras tú seas feliz, mamá,» le respondí, tratando de sonar maduro y comprensivo. «Gracias, Emmanuel. Sabía que lo entenderías,» me dijo, dándome un abrazo. «Oye, y no se te ocurra decirle nada a tus primos, ¿eh?» «Claro, mamá, mis labios están sellados,» le prometí, aunque sabía que Cristian y Walter iban a enterarse tarde o temprano. Y así, de un día para otro, Mario pasó de ser mi amigo y compañero de equipo a ser mi padrastro. Una locura, ¿no?
Mario nunca me pidió la recompensa de la apuesta, y no tardaría en entender el por qué. Al principio, solo visitaba a mi mamá por las mañanas y se iba por la tarde, pero poco a poco cambió eso. Comenzó a quedarse a dormir en nuestra casa. La primera noche fue algo incómodo. Mario llegó por la tarde a nuestra casa, y se me hizo raro ver que llegara con una mochila con una muda de ropa. Pero cuando mi mamá me dijo que Mario pasaría la noche en casa, me dejó helado. Sabía muy bien lo que eso significaba.
Esa noche, trataba de mantener la compostura. Recuerdo que me estaba lavando los dientes cuando mi mamá salió de su habitación con un baby doll color vino que dejaba ver su lencería de debajo. Comenzó a apagar las luces de la cocina y la sala. Cuando me vio, dio un brinco. «Hijo, me asustaste. Pensé que ya estarías dormido,» dijo, un poco nerviosa. «Mamá, ¿qué onda con ese atuendo?» le pregunté, intentando sonar casual. Ella se sonrojó y respondió: «Bueno, debo verme bien para Mario.» «Ah, ya veo,» le dije, asintiendo con la cabeza, tratando de no mostrar lo incómodo que me sentía. «Oye, y no se te ocurra espiarnos, ¿eh?» añadió bromeando, con una sonrisa como si tratara de aminorar la situación. «No, mamá, tranquila. Buenas noches,» le respondí, regresando a mi habitación, tratando de no pensar en lo que estaba a punto de suceder a unos metros de mí.
Para mi mala suerte, su habitación está al lado de la mía, solo la divide una pared, pero una pared de tablaroca. Podía escuchar sus risas e incluso de lo que hablaban, acompañado del sonido de la televisión. Pero no pasó mucho cuando comencé a escuchar los sonidos de la cama rechinando junto con leves gemidos de mi mamá.
«Mmm, Mario, así, no pares,» escuché a mi mamá susurrar, su tono bajo pero intenso. «Te sientes increíble, Joana,» respondió Mario, su tono profundo y seguro. «Más fuerte, por favor,» suplicó mi mamá, y la cama empezó a rechinar más fuerte, el cabecero golpeando contra la pared, creando un ritmo constante. «Sí, así, justo así,» dijo Mario, su aliento audible incluso a través de la pared. Los gemidos de mi mamá se volvieron más intensos y frecuentes, su placer evidente en cada sonido. «Me encanta cómo te mueves,» comentó Mario, su tono lleno de satisfacción. Mi mamá respondió con gemidos incontrolables, su placer palpable. «Sí, sí, no te detengas,» suplicó, su voz un ruego desesperado. La cama rechinaba y golpeaba contra la pared, creando una sinfonía de lujuria y deseo que llenaba toda la habitación. A través de la delgada pared, cada sonido llegaba directamente a mis oídos, haciéndome consciente de cada momento de su pasión. Aunque no veía nada, podía imaginarlo con claridad. Era una noche que nunca olvidaría.
Como anoche, hubo muchas más, y no solo de noche. Incluso se bañaban juntos y no desaprovecharon la oportunidad para tener también relaciones en el baño. «Ven aquí, Joana,» escuché a Mario decir desde el baño, su tono juguetón. «Estoy en la ducha, ¿vienes o no?» «Ya voy,» respondió mi mamá, con su voz risueña. Poco después, escuché a Mario decir: «Joana, tus curvas me vuelven loco.» Mi mamá rió y respondió: «A mí también me encanta cómo me tocas, Mario.» El agua corría y sus gemidos se mezclaban con el sonido del agua cayendo. «Me gusta sentirte así, mojada y caliente,» añadió Mario, su tono lleno de lujuria. «Sí, así, no pares,» suplicó mi mamá. «Me encanta cómo te mueves contra mí,» dijo Mario. «Más, por favor, más,» insistió mi mamá. El sonido del agua y sus gemidos creaban una sinfonía de lujuria y deseo que era imposible de ignorar. Los gemidos de mi mamá se volvieron más intensos, su placer evidente en cada sonido. A pesar de las repetidas ocasiones, no lograba acostumbrarme.
Pero una noche me di cuenta de que, en realidad, disfrutaba escuchar a mi mamá mientras tenía sexo. Todo gracias a mis primos. Esa noche, ellos se quedaron a dormir. Estábamos en mi habitación, ellos hablaban sobre cosas del equipo, pero yo estaba más preocupado por si mi mamá y Mario decidían esa noche tener sexo. No sabía qué pensarían mis primos. Aunque ellos ya sabían de que tenían una relación por haber sido participantes de la apuesta, no sabía si se burlaban de mí o algo así. Pensé muchas cosas, como «Hey, se están follando a tu mamá» o cosas similares.
No tardó mucho en que los gemidos y el sonido de la cama comenzaron a escucharse. Ellos de inmediato lo notaron, se vieron uno al otro, y yo solo agaché la cabeza. Cuando los sonidos se intensificaron, se le salió decir a mi primo Walter: «Asi se hace matador acaba con ella,» mientras reía. Cristian le dio un codazo. «Perdón, no quise,» dijo mi primo, arrepentido. «No pasa nada,» les dije. «Bueno, deben admitir que sí es algo excitante. Cómo gime la tía,» comentó Walter, riendo. Me reí y dije: «Sí, la verdad sí.» «Ya ves, estamos de acuerdo,» añadió Walter. Cristian, al ver mi reacción ya más relajada, también se incorporó a la plática. «Sí, la verdad que sí. Además, tu mamá está muy buena. Si fuera Mario, lo haría toda las noches con ella,» dijo, con una sonrisa pícara. «Oye, no exageres,» respondí, sintiendo cómo mis mejillas se sonrojaban. «Vamos, Emmanuel, no te hagas. Todos sabemos que tu mamá es un bombón,» insistió Walter, guiñándome un ojo. «Sí, y Mario tiene suerte de tenerla,» añadió Cristian, asintiendo. «Bueno, mientras ella sea feliz,» dije, encogiéndome de hombros. «Claro, claro. Pero no nos negarás que es bastante morboso escucharlos,» comentó Walter, con una risa. «Sí, la verdad que sí. Es como si estuviéramos viendo una película porno en vivo,» añadió Cristian, riendo. «Oye, no exageren,» respondí, aunque no pude evitar reírme también. «Vamos, Emmanuel, no te hagas el inocente. Todos disfrutamos un poco de eso,» dijo Walter, dándome una palmada en el hombro. «Bueno, puede ser,» admití, finalmente, con una sonrisa avergonzada. «¿Ves? No es nada de qué avergonzarse,» concluyó Cristian, riendo. Y así, entre risas y comentarios, nos quedamos escuchando, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo, pero también una extraña complicidad, como si estuviéramos compartiendo un secreto que solo nosotros entendíamos.
«Oye, primo, ¿y alguna vez lo has visto haciéndolo?» preguntó Walter. «No, solo lo he escuchado,» respondí. «Sin duda, sería algo muy rico de ver,» añadió Walter, con una sonrisa maliciosa. «Oye, y si le pedimos a Mario que nos deje ver. Al fin y al cabo, es muy buen amigo nuestro,» propuso Walter. «Estás loco, Mario no accedería a eso. Además, mi mamá se negaría por completo,» respondí, riendo. Cristian se quedó callado, pero luego añadió: «Bueno, hay una forma de que Mario acceda.» «¿Cuál?» preguntó Walter, intrigado. «Bueno, nunca lo dije por respeto a Emmanuel, pero Mario tiene una novia de su edad,» confesó Cristian. «Perdón, primo, no lo quise mencionar antes cuando nos contaste de que estaba saliendo con tu mamá. En realidad, él solo la utiliza para… ya sabes, tener sexo. Pero podemos usar eso en su contra. Al final, no creo que quiera perder una amante como tu mamá,» explicó mi primo. «¿En serio? ¿Y cómo lo haríamos?» pregunté, sintiéndome un poco incómodo por que la estaban utilizando pero también la excitación y curiosidad me dominaron. «Podríamos decirle algo así como: ‘Oye, Mario, si nos dejas ver a mi tía Joana follando, le diré a tu novia que la engañas con mi tia’. Es un chantaje, pero seguro que funciona,» sugirió Walter, encogiéndose de hombros. «Sí, y si se niega, siempre podemos amenazar con contarle a tu mamá. Las mujeres odian ser engañadas,» añadió Cristian. «Guau, ustedes sí que piensan en todo,» dije, impresionado. «Vamos, Emmanuel, es por el bien de la ciencia. Queremos ver cómo se mueve tu mamá en la cama,» bromeó Walter, dándome un codazo. «Sí, y quién sabe, tal vez hasta aprendamos algún truco,» añadió Cristian, guiñándome un ojo. «Bueno, no sé, suena un poco extremo,» respondí, rascándome la nuca. «Vamos, primo, ¿qué dices? ¿Nos arriesgamos?» preguntó Walter, con una sonrisa de complicidad. «No lo sé, chicos. Es mi mamá de quien estamos hablando,» dije, sintiéndome dividido entre la curiosidad y la lealtad. «Exacto, y por eso mismo, será aún más emocionante,» concluyó Cristian. Y así, entre risas y planes, nos quedamos hablando, sintiendo una mezcla de emoción, excitación y nerviosismo.
El encargado de hablar con Mario fue mi primo Cristian. Pasó una semana y mis primos y yo nos volvimos a reunir en mi casa. «Listo, ya hablé con Mario,» dijo mi primo, con una sonrisa misteriosa. «¿Y bien? ¿Qué te dijo?» pregunté, ansioso. Walter solo sonreía. Era evidente que ya sabía la respuesta. «Bueno, accedió. Lo tomó muy normal, incluso. Ni tuve que mencionar lo de decirle a su novia o a tu mamá,» explicó Cristian, encogiéndose de hombros. «¿En serio? ¿Así de fácil?» pregunté, sorprendido. «Sí,solo le pregunté por tu mamá y la plática poco a poco nos llevó a proponerle que nos deje ver. Incluso..” se detuvo Cristian, “¿Incluso? pregunte “Dijo que si queríamos, podíamos participar,» añadió Cristian. «Participar” repetí, mientras pensaba. “Eso es mucho. Incluso es algo que no creo que suceda, porque somos familia. Si fuera una chica normal, habría más oportunidades” dije, tratando de sonar tranquilo, “Solo es cosa de planear bien” respondió Walter, “Se acerca Halloween, así que usaremos esa fecha para que podamos, aunque sea, mirar,” añadió Walter, con una sonrisa pícara. «Sí, así es,» añadió Cristian, guiñandome un ojo. «Guau, chicos, esto es bastante intenso,» dije. «Vamos, Emmanuel, es solo sexo. Todos lo hacemos,» respondió Walter, dándome una palmada en el hombro. «Sí, y tu mamá es bastante abierta. No creo que se niegue,» añadió Cristian, con confianza. «Bueno, esperemos a ver cómo se da todo,» concluí, asintiendo. Y así, entre risas y planes, nos preparamos para una noche que prometía ser inolvidable sería una celebración de Halloween que ninguno de nosotros olvidaría.
Se acercó la fecha. Un día antes, nos reunimos con Mario en su casa. Al verme, se sorprendió. «Oigan, chicos, el sabe sobre lo que vamos a hacer,» preguntó, mirando a mis primos. «Sí, él sabe,» respondió Walter, asintiendo. «De por sí, ya es raro de ustedes siendo sus sobrinos, pero tú,» dijo, dirigiéndose a mí. «Déjalo, no lo molestes. Si él quiere participar en esto, solo déjalo,» intervino Cristian. «Está bien, da igual,» dijo Mario, encogiéndose de hombros. «Este es el plan: mañana es Halloween. Para que todo vaya de acuerdo al plan, armaré una fiesta de disfraces. Tu mamá ya sabe sobre la fiesta,» explicó, mirándome. «Ella sabe que solo serán un círculo de amigos muy cercanos. Además de ustedes, vendrán más amigos y amigas, pero ella no sabe que ustedes estarán aquí» añadió Mario. «No se preocupen, solo ustedes saben sobre nuestros planes,» aclaró, con una sonrisa. «Por obvias razones que todos ya conocen, no creo que Joana acceda si sabe que son ustedes los que estarán viendo. Por eso, estarán disfrazados con máscaras,» explicó Mario, detallando el plan. Todos asentimos. «Entendido,» respondimos al unísono. «Vale, los espero mañana a partir de las 10,» dijo Mario, despidiéndonos. «Nos marchamos a preparar nuestros disfraces,» concluyó Cristian. Cuando llegué a casa, mi mamá estaba lavando los platos. «Oye, hijo, se me ha olvidado comentarte: mañana iré a una fiesta en casa de Mario. Te dejaré la cena solo para que la calientes en el microondas,» me dijo, secándose las manos en un trapo. «De acuerdo, mamá. Igual pensaba salir con mis primos a dar una vuelta,» respondí, tratando de sonar casual. «Está bien, solo no se metan en problemas,» añadió, dándome un beso en la frente. «No te preocupes, mamá. Todo estará bien,» le aseguré, con una sonrisa.
Al día siguiente, tenía muchos nervios. Mis primos llegaron en la tarde, hicimos tiempo jugando en mi habitación hasta que dieron las 9 de la noche, y mi mamá ya estaba lista para marcharse. Se había disfrazado de enfermera, pero parecía más una prostituta. Escotada, con una minifalda que apenas le cubría las nalgas, ligueros y medias blancas. «Ya me voy, chicos. Sé porten bien y no hagan travesuras,» nos dijo mi mamá, dándonos un beso en la frente. «Nos vemos luego, mamá,» respondí, tratando de sonar tranquilo. «Wow, qué rica se veía,» comentó Walter, sus ojos fijos en la figura de mi mamá mientras se alejaba. «Qué ganas tengo de verla en acción,» añadió, con una sonrisa maliciosa. «Venga, chicos, vamos a cambiarnos,» dijo Cristian, abriendo su mochila y repartiendo los disfraces. «Toma, Emmanuel, este es el tuyo,» me dijo, dándome el que me tocaba. «Oye, primo, este disfraz está roto,» señalé, mostrando un desgarro en la tela. «No, no está roto, Walter los cortó todos así,» explicó Cristian. Walter, riendo, añadió: «Sí, solo hice un corte en la entrepierna, por si ya saben, necesitamos sacar algo,» dijo, guiñandome un ojo. «Vamos, chicos, pónganse los disfraces. No queremos llegar tarde,» dijo Cristian, mientras nos cambiabamos.
Cuando llegamos, Mario nos recibió. «Son ustedes,» dijo, riendo. «Vaya, sí que se ven ridículos, pero están perfectos. No se nota su identidad. Pasen,» nos indicó, haciéndonos un gesto para que entráramos. Ya había más amigos de Mario. De inmediato vi a mi mamá sentada en un sofá, charlando con unas chicas. Pasamos de largo sin saludar y nos quedamos en un rincón. «Si quieren beber algo, adelante. Solo eviten que se vea su rostro,» nos advirtió Mario. nos dio las 12 de la noche. Mi mamá bailaba con Mario, su mini falda se levantaba, dejando a la vista de todos su hermoso trasero y una tanga negra que entraba entre sus nalgas. «Qué ganas tengo de ver ese culo en acción,» dijo Walter, con una sonrisa lasciva. «Sí, yo también,» respondí, sin dejar de mirar a mi mamá. «Mira cómo se mueve, es como si estuviera invitando a que la toquen,» añadió Cristian, con un tono de admiración. «Sí, y Mario no se queda atrás. La tiene bien agarrada,» comenté, observando cómo Mario la sujetaba por la cintura, guiando sus movimientos al ritmo de la música. «Oye, y si nos acercamos un poco más. Quiero ver mejor,» sugirió Walter, dando un paso adelante. «Sí, pero con cuidado. No queremos que nos descubran,» respondí, siguiéndolo. «No te preocupes, con estos disfraces, estamos a salvo,» aseguró Cristian, riendo. Y así, entre risas y comentarios, nos quedamos observando.
Mientras avanzaba la noche, algunos amigos de Mario comenzaron a marcharse. No quedamos muchos: nosotros y otros tres. Mario se nos acercó, diciendo: «Listo, iré a mi habitación con ella. Esperen a que salga por ustedes,» y se dirigió a mi mamá. Le retiró la bebida que tenía en la mano y la levantó del sofá. Mi mamá ya se veía que estaba tomada por su caminar torpe, pero aún así, sus movimientos eran hipnóticos. Luego, entraron a la habitación de Mario. Pasó como una hora. «¿Por qué no sale? Se echó para tras de seguro,» dijo Walter, molesto. «Tranquilo, crees que es fácil convencer a una mujer para que la vean follar,» añadió Cristian. Yo solo esperaba, impaciente y nervioso. En eso, se abrió la puerta. Salió Mario, desnudo, y jaló del hombro a Walter. «Vengan,» nos dijo, y lo seguimos. Entramos en fila a la habitación: primero Walter, luego Cristian, y al final yo. Mi mamá estaba totalmente desnuda, sentada en la cama con las piernas abiertas, limpiándose su vagina con una toalla húmeda. Había señales de que ya habían tenido relaciones: un condón usado en el piso y el sudor en el cuerpo de ambos.
«Hola, chicos,» dijo mi mamá. Ninguno respondió por temor a que reconociera nuestra voz. «Veo que son callados,» comentó, riendo. «Debo confesar que me excita la idea de que me vean,» añadió, con una sonrisa pícara. «Bueno, amor, ¿qué hacemos?» preguntó, dirigiéndose a Mario. Él se acercó a mi mamá y se puso frente a ella. «Vamos, chúpamelo otra vez,» ordenó Mario, y mi mamá accedió. Se acercó a la orilla de la cama, tomando el pene de Mario con una mano mientras lo miraba a los ojos. Luego, se giró hacia nosotros, sonriendo. «Buen provecho,» dijo mi mamá, y se introdujo el pene de Mario en la boca. Lo chupaba con movimientos rápidos y decididos, sus labios envueltos en un ritmo que lo llenaba de placer. Sus mejillas se hundían mientras succionaba, y sus ojos se mantenían fijos en los de Mario, buscando su aprobación y disfrutando de cada segundo. Mario, con las manos en su cabeza, guiaba sus movimientos, empujando suavemente su cabeza hacia adelante y hacia atrás, controlando cada profundidad, cada ritmo, perdiéndose en el placer intenso y prohibido que mi madre le proporcionaba.
Mi mamá sacó el pene de su boca mientras lo masturbaba con una mano. Giró una vez más para vernos. «¿Les gusta?» preguntó, con una sonrisa traviesa. Solo asentimos con la cabeza, “Pero digan algo, no muerdo,» añadió, riendo. Pero Mario intervino, pegando su pene en su cara. Ella sonrió. «Eres muy impaciente, amor,» dijo mi mamá, y comenzó a succionar nuevamente su pene. Lo tomaba profundamente, sus labios estirados alrededor de su circunferencia, creando un sello hermético mientras su cabeza subía y bajaba en un ritmo constante. Sus manos, una en la base y la otra acariciando sus bolas, trabajaban en sincronía, aumentando el placer de Mario. «Sí, así, Joana. Eres una diosa,» decía Mario, mientras mi mamá, con los ojos llenos de lujuria, lo miraba, disfrutando de cada sonido que él hacía, cada gemido, cada jadeo, perdiéndose en el acto, completamente absorbida en darle placer, su boca y sus manos trabajando sin descanso, haciendo que la atmósfera se volviera aún más cargada y excitante, un espectáculo que nos tenía a todos al borde, deseando más, mucho más.
Luego, Mario se apartó de mi mamá y se dirigió a un mueble, donde tomó un condón. Mientras se lo ponía, mi mamá se puso en cuatro sobre la cama, apuntando su trasero hacia nosotros. Con una mano, se masajeaba las nalgas y ella misma se daba nalgadas. «Me imagino que tienen la misma edad que Mario,» dijo mi mamá, sin dejar de darse nalgadas. «¿Les gusta el culo de una mujer madura?» preguntó, con una sonrisa pícara. Apoyó su cabeza en el colchón de la cama y, con ambas manos, se abrió las nalgas, dejando ver su vagina cubierta de vello y su ano oscuro. «Diganme, se ve que estoy muy mojada. Estoy así por ustedes. No saben lo mucho que estoy excitada por que me vean,» dijo mi mamá, su voz llena de lujuria. Mario se acercó y se puso detrás de ella. Le dio una nalgada, y mi mamá gritó. «Ven, amor, metemelo. Ya no aguanto,» suplicó mi mamá. Mario, con una sonrisa satisfecha, se posicionó detrás de ella, agarrando sus caderas firmemente. » Joana. Eres una puta deliciosa,» Dijo Mario, mientras se deslizaba dentro de ella, sus movimientos lentos y deliberados al principio, pero rápidamente aumentando en intensidad y velocidad. Mi mamá, con los ojos cerrados y la boca abierta, gemía incontrolablemente, su cuerpo respondiendo a cada embestida.
Tantas veces que escuché esos gemidos y por fin la veo con mis propios ojos, pensé en ese momento. «Amor, cambiemos. Quiero ver a nuestros invitados,» dijo mi mamá. Mario se recostó en la cama, y ella se subió sobre él, dándole la espalda, mirando hacia nosotros. Comenzó a mover sus caderas hacia adelante y atrás, encorvándose mientras se tocaba los senos, mirándonos fijamente. «¿Qué esperan? ¿Son de piedra?» dijo mi mamá entre gemidos. «No sé, piensan tocar al menos,» añadió, con una sonrisa pícara. Mi primo me dio un codazo. «Ya ves, te dije que serviría el corte en el disfraz,» comentó, riendo. Luego, metió su mano en el orificio y sacó su pene. Cristian y yo hicimos lo mismo, viendo a mi mamá brincando sobre el miembro de Mario, sus senos rebotando con cada movimiento, sus pezones duros y erectos, resaltando su excitación. «Sí, así, Mario con sus manos agarraba firmemente sus caderas, guiando sus movimientos, mientras mi mamá, con los ojos cerrados y la boca abierta, gemía incontrolablemente.
De pronto, Mario comenzó a correrse dentro del condón, gimiendo de placer. Mi mamá giró para verlo mientras sonreía, se levantó de él sin dejar de presionar sus pezones. «Estuviste maravilloso, amor,» dijo mi mamá. Mario se levantó y se retiró el condón usado. Mi mamá no dejaba de vernos, se acercó a nosotros y se puso frente a Walter. Con su mano, tomó su pene. «Vaya, estás durísimo,» dijo, riendo. «Amor, se me ocurrió una idea,» añadió, mirando a Mario sin soltar el pene de Walter. «¿Te molestaría si lo hago con ellos?» preguntó mi mamá, Mario sonrió. «Para nada,» dijo, mientras se sentaba en la silla de su escritorio. Mi mamá sonrió. «Perfecto, ven, corazón,» dijo, jalando a Walter sin soltar su pene. «Primero ponte un globito,» dijo, señalando los condones. Walter se acercó y tomó uno, con nerviosismo. «Ven, te ayudo,» le quitó el condón y ella misma se lo colocó. «Listo,» dijo, sonriendo. Luego, se acostó en la cama, con las piernas abiertas y levantadas con sus manos. «Entra en mí,» dijo mi mamá. Walter se acercó, se subió a la cama y estaba por meter su pene, cuando mi mamá jaló su máscara. «Quítate esto, déjame ver cómo disfrutas de mí,» dijo mi mamá. Pero Walter alcanzó a detenerla. «¿Qué pasa? Venga, quítatela,» insistió mi mamá. Walter prefirió retirarse. Mario intervino. «Ya déjalo, que se deje eso puesto,» dijo en tono de orden. Mi mamá suspiró. «Está bien, no te la quites si no quieres. Ahora ven y fóllame, enséñame al menos que me vas a follar rico,» dijo mi mamá, con una mezcla de frustración y deseo en su voz, mientras se acomodaba en la cama, lista para recibir a Walter.
Walter comenzó a penetrarla, sosteniendo sus piernas. Comenzó lento, pero poco a poco aceleró sus movimientos, como un animal en celo. Parecía que su vida dependía de eso. «Cristian, en voz baja, me dijo: «Si que le tenía ganas.». Mi mamá gemía con fuerza. «Tranquilo, corazón, no son carreras,» dijo Walter mientras la embestía, su cuerpo moviéndose con una ferocidad animal, sus caderas chocando contra las de mi mamá con una intensidad que hacía temblar la cama, el sonido de sus cuerpos unidos llenando la habitación, mezclándose con los gemidos y jadeos de mi primo.
De lo rápido que se la follaba, había ocasiones en que su pene salía de ella. Walter, de inmediato, lo metía de golpe, provocando que mi mamá diera un grito. «Con más cuidado,» pedía ella, pero Walter no disminuía su ritmo. Parecía que en cualquier momento se iba a correr. La tomó por la cadera y la empujó contra él, levantando la pelvis de mi mamá. Ella se sujetó de las sábanas mientras Walter comenzaba a empujar profundo en ella. Su respiración se escuchaba a través de la máscara. «Te apuesto que le da un infarto,» dijo Cristian, riendo, mientras veíamos cómo Walter lo estaba dando todo mientras se la follaba.
Para sorpresa de Cristian y mía, fue mi mamá quien llegó primero al orgasmo, soltando chorros a presión de su vagina. Su cuerpo comenzó a tener espasmos, y Walter se retiró de ella. Ella juntó sus piernas con fuerza mientras dejaba una mancha y un charco en el suelo. Walter, sin perder el tiempo, se quitó el condón, se acercó a su cara y comenzó a correrse en su rostro, su semen cayendo en chorros sobre sus mejillas, su frente, y sus labios, mientras mi mamá, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha, recibía cada gota, su lengua asomándose para saborear cada rastro, perdida en el éxtasis de su propio clímax, su cuerpo temblando y estremeciéndose con la intensidad del momento, en una visión que era a la vez excitante y perturbadora.
Mi mamá seguía temblando con su respiración agitada. «Eso fue maravilloso,» dijo mi mamá mientras estaba acostada. Cuando se incorporó, se limpió la cara con las sábanas. «Al principio estaba dudosa de que estuvieran aquí, pero ahora estoy muy feliz de dejarlos vernos follar,» dijo mi mamá. «Sigamos,» añadió, mientras se sentaba en la cama. «¿Quién sigue?» preguntó, Cristian, y yo nos quedamos mirando. Él me hizo una seña con la mano, como diciendo «vas tú», pero yo lo empujé del hombro. «Parecen uno niños,» dijo mi mamá. «Tú sigues,» dijo, señalando a Cristian. Él se acercó y lo primero que hizo fue tocar los pechos de mi mamá. Ella sonrió. «¿Así que te gustan mis senos?» dijo. «Te dejaré jugar con ellos mientras me follas,» añadió, levantándose y tumbando a Cristian en la cama ella le coloco un condon. Se montó sobre él y, de inmediato, se metió el pene. «Carajo, me dejaste sensible la vagina, tu amigo,» dijo, moviéndose lento sobre Cristian, cabalgando sobre él. Tomó las manos de mi primo y las llevó a sus senos. «Juega todo lo que quieras con mis senos,» dijo, mientras seguía cabalgando a un ritmo lento pero sensual, mientras Cristian, con las manos llenas de sus senos, los acariciaba y apretaba, perdiéndose en el tacto.
Cristian continuó apretando sus senos, sus dedos rozando sus pezones, haciendo que mi mamá gimiera más fuerte. «Me encanta cómo me tocas,» dijo mi mamá, su cuerpo arqueándose hacia adelante, ofreciendo sus senos completamente a las manos de mi primo. «Más profundo, quiero sentirte entero dentro de mí,» suplicó mi mamá, su voz llena de lujuria. Cristian, siguiendo sus instrucciones, levantó su cadera, permitiendo que ella bajara sobre él, entrando más profundo. Mi mamá se inclinó completamente sobre él y comenzó a mover su culo rápidamente, subiendo y bajando. Sus nalgas se movían como gelatinas, y podíamos ver cómo el pene de mi primo se cubría poco a poco de un fluido blanco que salía de la vagina de mi mamá, el cual escurría hasta los testículos de Cristian, para al final caer en la cama. «Me encanta cómo me follas,» dijo mi mamá mientras continuaba cabalgando sobre él, sus gemidos llenando la habitación, su cuerpo temblando de placer, en una visión que era a la vez excitante y perturbadora.
En eso, se acercó Mario a mí en voz baja y me preguntó: «¿También piensas follártela?» No supe qué decir; tenía dudas y a la vez miedo, pero también estaba muy excitado. Al final, solo asentí. «Vale, está bien,» respondió. «Me imagino que eres virgen,» preguntó. «Sí, lo soy,» respondí. «Vale, no pasa nada. Tu primera vez será inolvidable, créeme. Déjamelo a mí,» dijo y se apartó.
Cristian seguía follándosela cuando Mario intervino. «Cambien de posición,» dijo. «Claro, amor,» respondió mi mamá, con una sonrisa pícara. «¿En qué posición te gustaría que me follen?» le preguntó mi mamá a Mario. «Pónte de perrito,» ordenó Mario, su tono autoritario. Ella accedió y se puso de perrito, ofreciendo su trasero perfecto a Cristian. Cristian la volvió a penetrar, acariciando sus nalgas y sus muslos, sus manos explorando cada curva. Mi mamá gemía con cada entrada y salida, sus gemidos llenando la habitación. «Veo que tú eres más romántico,» dijo mi mamá, mientras giraba a mirar a Cristian, su voz entrecortada por el placer. En realidad, tenía razón. Walter se la folló con brutalidad, y Cristian la follaba con más cuidado, siendo cariñoso, acariciando su trasero e incluso su espalda, pensé. «Me encantan los hombres románticos,» dijo mi mamá, pero vamos, sube un poco la velocidad,» pidió mi mamá, su tono exigente. Cristian comenzó a acelerar sus movimientos, sus caderas chocando contra las de mi mamá con más fuerza. «Sí, así está bien. Sigue con ese ritmo,» dijo mi mamá, mientras Cristian, con sus manos firmes en sus caderas, la penetraba con un ritmo constante y profundo, sus cuerpos moviéndose en sincronía, mientras chocaban entre sí.
Cristian, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa, sintió cómo el placer se acumulaba en la base de su pene, sacó su pene, se retiro el condon y se masturbó rápidamente, su semen salió en chorros calientes sobre la espalda y las nalgas de mi mamá, cubriendo su piel, «Me encanta cómo te corres sobre mi,» dijo mi mamá, con una sonrisa satisfecha.
«Denme un momento, hermosos,» dijo mi mamá, saliendo desnuda de la habitación hacia el baño. «Ahora es tu turno,» dijo Walter. «Déjenmelo a mí,» intervino Mario, no pasó mucho cuando mi mamá regresaba. «Estoy lista”, me dijo, tomando un condón. Pero Mario la detuvo. «Espera, es su primera vez. ¿Por qué no lo hacen sin condón?» preguntó Mario. Mi mamá, sorprendida, respondió: «No, amor. ¿Y si me embarazo?» respondió ella, «Sabes que eso no va a ocurrir. Puedes tomar alguna pastilla después,» dijo Mario. «Pero, amor, es por seguridad. No sé si me pueda contagiar con algo,» respondió mi mamá. «¿De qué te puedes contagiar si él es virgen? añadió Mario, “Venga, ya no pongas más excusas y haz que su primera vez sea especial,» dijo Mario, mientras le quitaba el condón de la mano. Mi mamá se quedó parada, sin saber qué hacer. Mario la guió a la cama y la empinó. «Ven, acércate,» me dijo. De los nervios, mi pene comenzó a ponerse flácido. «Tranquilo, o no vas a poder follártela,» dijo Mario. Mi mamá se giró y notó como mi pene perdía dureza. «En realidad, sí es tu primera vez, ¿verdad?» preguntó mi mamá. Se dio vuelta y se acercó a mí. «Relájate, te trataré bien,» dijo, y tomó mi pene con su mano, comenzando a masturbarme. Poco a poco, comencé a estar duro. Ella no se detuvo; se llevó mi pene a la boca y comenzó a chuparlo. Esa sensación de humedad y succión era increíble, algo que nunca había sentido ni me había imaginado que se sentiría así. Ella continuó con movimientos lentos, sacando mi pene para lamerlo. «Ya ves, hermoso, ya estás duro otra vez,» dijo, sonriendo. «Ahora quiero que los disfrutes,» añadió, levantándose de nuevo. «Ven, ponte detrás de mí,» me indicó. Me coloqué como ella me ordenó, pasando su mano por debajo entre sus piernas. Tomó mi pene y, guiándome, lo llevó a su entrada. «Ahora, solo empuja. Yo te ayudo,» dijo, mientras me guiaba a su entrada. Poco a poco, mi pene entró en su vagina, haciendo que esa sensación de calor y humedad me invadiera. «Ya estás dentro, cariño. Ahora mueve tus caderas y apoya tus manos en mi cintura. No te preocupes, yo estaré guiando tu pene para que no salga,» dijo mi mamá, mientras comenzaba a moverme. Ella empezó a gemir,”Vas bien. Sigue así. Lo estás haciendo de maravilla. Tómate tu tiempo. No es necesario que aceleres hasta que sientas que le agarraste el modo,» dijo mi mamá. No podía creerlo. En realidad, estaba teniendo sexo por primera vez y era con mi propia madre.
La sensación de su cuerpo contra el mío, sus gemidos, y la manera en que se movía eran abrumadoras. Cada empuje me llevaba más cerca de correrme, y aunque intentaba controlar mis movimientos, la intensidad del momento me hacía perder el control. Tuve que sacar mi pene en una ocasión por miedo a correrme. «¿Qué pasa, hermoso?» preguntó mi mamá, pero no podía hablar. Si lo hacía, me iba a delatar. Esperé un poco y lo volví a meter. «Vamos, es fácil. Solo no pienses en correrte,» me decía a mí mismo, y poco a poco comencé a acelerar mis movimientos, deteniéndome cuando sentía que me corría. «Oye, si te quieres correr, solo hazlo,» dijo mi mamá al notar que me detenía. «No pasa nada, podemos volver a hacerlo en cuanto te repongas. La noche es joven,» añadió, reconfortado por sus palabras, seguí con mis movimientos torpes. La verdad, no supe si ella fingía sus gemidos, pero sonaban muy rico. Comencé a acelerar más el mete y saca. «Sí, así, vas bien, hermoso. Llena a esta madura cuando quieras,» dijo mi mamá, sin retirarme. Seguí, a pesar de las sensaciones de querer correrme, y sin poder más, dejé salir mi semen dentro de ella. «Sí, papi, dame tu lechita,» dijo cuando comencé a correrme, su voz llena de lujuria, mientras yo, con un gemido profundo, liberaba todo mi deseo, sintiendo cómo cada gota de mi esencia llenaba su interior, en una explosión de placer que nos dejó a ambos pegados por un breve momentos me separe de ella y ella se giro,
Me quiso levantar la máscara, pero logré aferrarme para que no me la quitara. «No entiendo por qué no se la quieren quitar,» dijo mi mamá, mirando a Mario con desconfianza. Luego, se giró hacia mí. «Felicidades, ya no eres virgen,» me dijo. «Me permites darte un premio,» añadió, sonriendo. «Solo descúbrete la boca,» accedí y subí la máscara, notando que Mario y los demás se tensaron, pero en cuanto mi boca quedó al descubierto, ella me besó. Sentí su lengua rodeando y jugueteando con la mía. Luego, se apartó y ella misma me bajó la máscara. «En verdad, no entiendo cómo no se mueren de calor con eso,» dijo mi mamá, al sentir el sudor que resbalaba por mi boca. Luego, mi mamá se dirigió a Mario, se puso de cuclillas y comenzó a chupar su pene. Cristian me jaló y salimos de la habitación, dejando a Walter con ellos. Nos fuimos al baño y se quitó la máscara. «Carajo, eso estuvo genial,» dijo mi primo, mientras se echaba agua en la cara. Yo hice lo mismo. «¿Qué hacemos? Tu mamá al parecer quiere continuar, pero ya no aguanto traer esto puesto. Además, está sospechando mucho del por qué no nos quitamos la máscara.” preguntó mi primo “ No sé si quieres, vámonos,» dije. «Solo salgamos sin decir nada,» dijo Cristian. «Iré por Walter,» añadió. Walter salió y se quitó la máscara dentro del baño también. «Mierda, y si le decimos quién somos. Al final, ¿qué nos puede pasar? Ya follamos con ella,» dijo Walter, dejando notar sus ganas por seguir. «Estás loco,» dijo Cristian. «Venga, vámonos,» ordenó mi primo. Walter era quien no quería irse, pero al final accedió. «Y ¿qué le diremos a Mario?» pregunté. «Le mandaré un mensaje,» me dijo mientras bajábamos las escaleras hacia la calle. Nos fuimos a mi casa, nos quitamos los disfraces, los cuales guardó Cristian en su mochila. «¿Crees que se diera cuenta?» pregunté, recordando cómo sospechó antes de besarme. Walter me miró y dijo: «No creo, pero besaste la boca que chupó el pene a Mario.» Se comenzó a reír. «Estúpido,» dije, riendo también. Nos quedamos platicando de lo sucedido hasta que nos quedamos dormidos.
Ya nos despertamos algo tarde. Cuando salí al baño, noté que mi mamá ya había regresado; lo supe por su bolso en la mesa. Me dirigí a su habitación y ella dormía. Mis primos se despertaron poco después y decidieron esperar a que ella despertara. Así que nos entretuvimos en lo que pudimos hasta que se despertó mi mamá. «Chicos, ¿cómo les fue ayer?» preguntó. Nos quedamos callados, pero Cristian reaccionó de inmediato. «Bien, tía. Solo caminamos sin rumbo, viendo las decoraciones. La verdad, algo aburrido,» dijo Cristian. «Bueno, al menos salieron a caminar,» dijo mi mamá, riendo. En eso, Walter preguntó: «¿Y a usted, tía, cómo le fue? ¿Se divirtió?» «Sí, y mucho. Conocí a unos chicos raros que nunca se quitaron su disfraz. Luego no supe qué fue de ellos,» respondió mi mamá. «Mario dijo que eran sus amigos. Igual y los conocen” añadió mi mamá, “Tía. Tenemos muchos amigos raros. Es difícil pensar quiénes eran,» dijo Walter, riendo.
Al día de hoy no se si ella supo la verdad, de quien eran esos chicos pero al final su relación con mario se volvió más abierta incluso se enteró que él la engañaba pero aun asi continua con el.


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