No parece adecuado hablar de esto 2
La noche que lo cambió todo .
Hace dos años:
El teléfono no daba tono. Viktor apretó el auricular con fuerza, como si eso fuera a revivir la línea.
—¡Miriam! —gritó desde el salón—. ¡La línea está muerta!
Desde su habitación, ella respondió sin moverse:
—¿La fija también?
—Todo. No hay nada. ¿Tú sabes lo que significa estar incomunicado en este pueblo de mierda?
—Es solo una tormenta de arena —dijo Miriam. Como si eso bastara.
El viento sacudía las ventanas. Un polvo rojizo entraba por las rendijas y se pegaba a todo. La casa se quejaba con cada ráfaga. A Viktor le irritaba perder el control. Subió las escaleras con pasos rápidos y empujó la puerta de la habitación de Miriam.
—¡Viktor! ¡No entres así! —protestó ella—. Mejor ven y quédate conmigo hasta que pase todo. Estamos solos.
Estaba sentada en el suelo, junto a la silla vieja, al lado de la ventana. Las cortinas estaban cerradas. Era el mismo rincón donde solía esconderse cuando era niña, con audífonos puestos y una expresión que decía: no te acerques. Viktor lo sabía. Había aprendido a leerla antes que ella misma.
No dijo nada. Entró. Se sentó a su lado. Ni siquiera la miró.
Miriam lo observó de reojo. Tenía los hombros tensos, las piernas recogidas. El silencio entre ellos no era nuevo. Era el tipo de silencio que trae historia. Historia sucia. Confusa. Incompleta.
Para él, Miriam seguía siendo su mejor amiga. La de siempre. La que lo conocía sin palabras. Habían crecido juntos. Pero él nunca había terminado de crecer más allá de ella. Al menos no del todo.
—¿Qué querés? —preguntó Miriam, sin suavidad.
Viktor se encogió de hombros.
—No sé. Quizás quieres que me vaya.
Ella apretó la mandíbula.
—Jamás querré que te vayas.
—Entonces me quedaré contigo —añadió. La voz bajita, casi un eco.
Miriam no respondió. Apoyó la cabeza en su hombro, con un gesto duro, como si se obligara a sí misma a estar bien.
—No te acostumbres —murmuró.
Viktor sonrió. Esa sonrisa torcida que usaba cada vez que lograba hacerla enojar… o temblar.
—Tranquila —susurró—. Ya se me pasó la costumbre.
—¿Me puedes decir por qué vienes tan seguido a mi casa?—susurró
Hizo una pausa. Dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—Porque se que siempre me recibiras.
Miriam se tensó. Cerró los ojos. La frase le golpeó con la precisión de algo que ha sido dicho antes, muchas veces. Demasiadas.
—Siempre has sido mi putita —dijo él. No en voz alta. No como un insulto. Como un secreto que se atreve a reaparecer.
Ella se incorporó de golpe. Lo miró desde arriba.
—No sigas —dijo. La voz firme, pero rota por dentro.
Él alzó las manos, sin moverse.
—Solo te lo recordaba —respondió. Ni desafiante, ni cínico. Solo real.
Miriam tragó saliva. Lo odiaba. Lo deseaba. Lo conocía demasiado como para fingir que la frase no le había dolido… o encendido algo.
Y en vez de irse, se volvió a sentar. Más cerca que antes. Casi encima.
Viktor no dijo nada. La dejó hacer. Esa era su especialidad: dejar que las cosas pasaran como si no las hubiera provocado.
Ella lo besó. Sin ternura. Sin nostalgia. Un beso lleno de rabia y necesidad.
Él la sostuvo de la nuca. La dominaba.
Sus cuerpos se conocían.
Las manos de Miriam lo buscaron por debajo de la camiseta. Su piel estaba fría. La suya, caliente. Se aferraron como dos sobrevivientes del mismo naufragio.
Estuvieron en silencio unos minutos. Afuera, la tormenta había bajado, pero el polvo seguía flotando, como si no supiera qué hacer con tanto calor. Viktor se puso de pie sin aviso, caminó hacia la puerta y se detuvo ahí, de espaldas a Miriam. Sobre la mesa, estaban esparcidas unas fotos que apenas ojeó.
—Voy por un vaso de agua. No lo dijo como una invitación. Tampoco como una orden. Solo lo soltó, sabiendo que ella lo iba a seguir. Y lo hizo. Claro que lo hizo.Bajaron en silencio. En la cocina, él sirvió dos vasos sin preguntar. Miriam se quedó de pie, sin tocar el suyo.
—Te tiemblan los dedos —dijo él.Él se acercó. Tomó el vaso de su mano con una lentitud estudiada. Le rozó los nudillos. Le gustaba medir cuánto aguantaba Miriam sin apartarse.
Ella no lo miró. Pero no se movió. Él sostuvo el vaso sin soltarle la mano. La miraba fijo, como si quisiera escarbarle algo desde dentro. Ella no lo miraba a él, pero tampoco apartaba la vista del punto donde se tocaban.Entonces suspiró. No fuerte. Apenas un aire entre los labios.Y en ese momento, Viktor la observó.
Morena. Delgada, pero con esas curvas inesperadas que solo se notan cuando ya es tarde. Tenía los ojos oscuros. El cabello desordenado, largo, con rulos que se le pegaban a la frente por el calor o por descuido. La piel mate, con ese brillo tibio de quien ha dormido mal pero sigue oliendo bien.
Viktor conocía cada gesto de ella, cada mínimo cambio de postura, cada silencio; en ellos latía la ilusión.
Miriam seguía ahí, sin moverse. Su respiración era pareja, pero los nudillos estaban blancos.
Ella alzó la vista, por fin. Lo miró directo a los ojos. No había miedo. Solo ese reconocimiento antiguo, de quien conoce al otro demasiado bien como para sorprenderse. Así se quedó.
Viktor sonrió. De ese modo tan suyo.
—Tomá —le dijo, sin moverse—. Estás seca.
Miriam arqueó una ceja.
—Puedo servirme yo, ¿sabías?
—Sí, pero me calienta más así —respondió.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Sos un enfermo.
—Solo estoy siendo amable —dijo, y levantó un poco el vaso, como si brindara.
Miriam dudó un segundo, pero al final se inclinó hacia él. Bebió. No con delicadeza, pero sí con un poco de rabia. Un hilo de agua le cayó por la comisura del labio y bajó por el cuello, lento. Viktor lo siguió con la mirada sin disimular, aunque pensando que ella no lo veía mirarla con morbo.
—Dale, decilo —murmuró Miriam, con la voz baja, resignada.
Él dejó el vaso sobre la mesa. Luego, con una calma feroz, acercó la mano y siguió el recorrido de la gota con los dedos. Desde el mentón, por el cuello, hasta el hueco entre sus tetas.
—Estás hermosa —dijo. No era un cumplido. Era un hecho.
Miriam cerró los ojos por un momento. No por ternura. Por peso. Como si esas palabras tuvieran un eco antiguo en su cuerpo.
—No hagas eso —murmuró.
—¿Qué?
—Decirlo así. Como si lo sintieras.
Viktor no respondió. En lugar de eso, la rodeó con un brazo y la atrajo hacia él. No con violencia. Con una especie de certeza, como si sus cuerpos ya supieran el camino de memoria.
Se besaron sin urgencia, pero sin pausa. No fue un beso torpe. Fue cómplice. La boca de ella se abrió antes de que la suya llegara del todo. Y cuando lo hizo, fue como encajar dos partes de una historia que había quedado suspendida.
Él la alzó ligeramente por la cintura y la sentó sobre la mesa de la cocina. Ella dejó escapar un suspiro ahogado, como si no quisiera dárselo, pero el cuerpo la traicionara.
Miriam lo rodeó con las piernas y tiró de su camiseta hacia arriba. Él se dejó hacer. Cuando quedó desnudo del torso, ella bajó la cabeza y apoyó la frente en su pecho. Solo un segundo. Él la inspeccionó, pronto su vagina sería suya, estaría totalmente abierta para él por primera vez
Luego lo besó. No los labios. El pecho. El esternón. Y más abajo.
—Todavía me sabés a miedo —dijo, entre dientes.
Viktor le quitó la camiseta con un solo movimiento. Ella no lo detuvo. Su sujetador era negro, gastado. Lo soltó con una mano, sin ceremonias.
Él la miró. No sus pechos. Su rostro. Como si quisiera memorizar algo antes de cruzar otra línea.
La besó de nuevo, pero esta vez se inclinó y bajó por su estómago. Lentamente. Como pidiéndole permiso sin decirlo. Miriam se recostó sobre la mesa, con los rizos cayendo hacia un lado, los brazos extendidos.
Cuando bajó su ropa interior, ella no dijo nada. Pero levantó apenas las caderas. Apenas.
Fue entonces cuando beso su vagina. Con la boca abierta. Con la lengua lenta. Con una devoción que parecía de otro tiempo. Ella se estremeció.
Miriam no gimió. No pidió. Solo respiraba cada vez más rápido, cada vez más profundo.
Cuando ella lo tomó del cabello y lo atrajo hacia arriba, sus ojos estaban húmedos.
—Quiero ser tuya, siempre —murmuró.
Viktor se quedó sobre ella, con el pulso en la garganta, con la boca aún temblando.
—Lo serás —dijo. Y la penetró con una lentitud exacta, como si todo lo anterior hubiera sido solo el umbral.
—¿Eres mi puta? —preguntó él, sin pudor.
—Eso —confirmó ella, y sus uñas se clavaron en su espalda—. Eso exactamente.
Miriam rió por primera vez desde que él la había penetrado. No fue nerviosa, ni histérica. Fue real. Seca. Liberadora.
Viktor la miró, con el cuerpo aún dentro de ella. No había vergüenza en su expresión. Solo una extraña mezcla de ternura y dominio.
Miriam tenía el cuerpo de alguien que nunca aprendió a posar: piernas largas sin rigidez, brazos delgados con cicatrices antiguas, pechos pequeños, redondos, de los que no piden permiso para existir. La cintura estrecha. Los muslos fuertes. Su piel morena parecía cambiada por la luz, como si guardara memoria del sol o del polvo.
Siempre tenía las uñas cortas. Nunca se las pintaba.
Y a él le gustaba todo eso. No por cómo se veía, sino porque la había visto transformarse. La había visto volverse ella. En silencio. Sin pedir permiso.
Llevaban diez años compartiendo vida. Él mandaba, ella se dejaba. A veces discutían por nada. A veces no hablaban por días. Pero siempre volvían. Como ahora que compartían intimidad por primera vez.
Cogían por primera vez, sí. Pero en realidad solo le estaban poniendo cuerpo a todos los silencios.
Ella era su puta. Lo aceptaba. Le gustaba que él se lo dijera. Le había encontrado el ritmo. Y hasta cierto punto, también el control.
Viktor seguía dentro de ella. Le arregló un rulo suelto que le caía sobre la ceja. El gesto fue lento. Casi tierno. Pero no del todo.
—Te reíste —dijo él, sin dejar de moverse.
—No fue por vos —respondió Miriam.
—¿Entonces por qué?
Ella lo miró. Le sostuvo la mirada como si le estuviera mostrando una cicatriz abierta.
—Porque me acordé —dijo ella—. De cuando me obligaste a ponerle nombre a tu verga. Fue divertido
Viktor se rió. Fue una risa baja, de garganta. No de burla. De incomodidad. De reconocimiento.
—Y elegiste el peor nombre —dijo, sin dejar de moverse dentro de ella, de hecho comenzó a penetrarla con furia.
—Lo sé —susurró Miriam—. Lo hice a propósito.
Y entonces el ritmo cambió. No el de los cuerpos, sino el de las emociones. Porque ya no estaban cogiendo como si fuera un juego.
Miriam se acariciaba a la par sus propios senos, como tantas veces lo había hecho en soledad. Los dedos firmes, pero sin apuro. Como si conociera cada terminación nerviosa. Como si buscara algo en sí misma, más allá de él.
Viktor la penetraba con más fuerza. Un vaivén cada vez más profundo, pero no más rápido. No se trataba de ritmo, sino de carga. De peso. De historia.
Le corrió un rulo de la frente, otra vez. Pero esta vez no se detuvo ahí.
Bajó la mano con lentitud hasta su clavícula, donde los huesos se marcaban con la respiración. Allí se quedó un segundo. Luego, su mano se colocó sobre la de ella, abrazando uno de sus senos.
Nada brusco. Nada urgente. Pero esa naturalidad —la manera en que lo hizo como si fuera suyo— fue lo que lo volvió cruel.
Miriam se dejó hacer.
Sintió.
Se permitió sentir.
No dijo nada. Solo lo miró. Una mirada seca, densa. Como si desde ahí se pudiera leer todo lo que no quería nombrar.
Viktor sonrió. Esa sonrisa que le nacía del costado, torcida, con malicia. No era burla. Era reconocimiento.
—Ahí estás —murmuró.
Miriam tragó saliva.
—Decime si querés que pare —añadió él, sin dejar de moverse dentro de ella.
Ella cerró los ojos un segundo. Un gesto breve, pero cargado. Como si revisara algo dentro de sí. Y no dijo nada.
Ese silencio fue todo.
Y entonces sonó el teléfono.
Una vibración súbita. Un zumbido grave. Un corte en la atmósfera.
La línea había vuelto.
Miriam pegó un respingo. Viktor ni se inmutó.
—¿Vas a contestar? —preguntó él, con voz baja al tiempo que salía de ella.
—Podría ser importante —murmuró ella. Ella lo miró, conteniendo algo. Luego se puso de pie con un brinco y fue hacia el aparato, con pasos lentos. Levantó el auricular.
—¿Hola? Una voz masculina del otro lado. Amable. Familiar.
—¡Miriam!, ¿Qupe haces?
—No… no mucho Daniel —dijo ella, y en ese instante, Viktor apareció detrás suyo. No hizo ruido. Solo se pegó a su espalda, sin tocarla con las manos. Estaban totalmente desnudos. Él deslizó el dedo por su piel
—¿Estás con Vik? acabo de salir de clases, ya voy para allá —dijo la voz en el teléfono
—. Tienes algo de comer listo porfa, muero de hambre
—Ah… sí, claro —dijo Miriam, tragando saliva. Viktor se inclinó detrás de ella y le mordió suave el lóbulo de la oreja. Miriam no se movió. Cerró los ojos un segundo. Luego sonrió, con los dientes apretados.
—¿Estás bien, Miriam?
—Sí, sí —dijo—. Solo estoy… un poco cansada. Viktor bajo su mano hasta su vagina húmeda. No agresivo, no rápido. Casi con cariño. Pero sus dedos estaban fríos, y el contraste le erizó la piel.
—¿Viktor está ahí? —insistió Daniel.
—No, si, pero está algo ocupado… Acá nos vemos.
Victor metió sus dedos en la vagina de Miriam. Le acarició lento. La apretó profundamente todo lo que pudo. Solo para recordarle que estaba ahí.
—Listo ya nos vemos —dijo su hermano.
—Dale, Dani. Chao.
Miriam colgó.
No se movió de inmediato.
—¿Satisfecho? —preguntó, sin darse la vuelta.
Viktor sonrió. Esa sonrisa suya, de juego sucio y triunfo pequeño.
—No. Pero me gustó verte concentrada.
Ella soltó el aire.
Y entonces sí, se dio vuelta. Lo miró.
—Arrodillate —dijo Viktor de pronto.
Miriam lo miró, frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
—¿Por qué?
—Porque te lo pedí.
Ella no se movió. Tenía los brazos cruzados, cubriendo sus tetas.
—Y me gustaría verte de rodillas.
Miriam tragó saliva. Miró hacia un costado. Luego se agachó, y se arrodillo, detallando la verga que hace solo instantes había tenido dentro, brillante y aún bastante empalmada. Lo hizo rápido, sin ceremonia.
Viktor se acercó y bajó la mirada. Su verga era delgada pero larga, y más oscura que el resto de su cuerpo.
—Así —murmuró.
Ella lo miró. Esa mirada que ya no tenía inocencia, pero que aún sabía fingirla.
Viktor sonrió, ladeando la cabeza.
—Ves… eso es lo que más me gusta de vos —dijo—. Que no sabés cuándo obedecés y cuándo desobedecés. Y al final terminás haciendo todo igual.
—¿Y ahora? —preguntó Mariana, con los brazos cruzados—. ¿Me vas a hacer meterme tu pene a la boca o algo así?
Viktor se rió, esa risa suya que no era sonora, pero sí molesta.
—No tan elegantemente.
Se acercó. Le tomó la cabeza como si fuera un hábito. Un gesto de esos que no se preguntan. Y sin más, le metió la verga hasta cuando hizo tope, lenta pero firmemente, como si buscara algo en su garganta que solo su verga puede alcanzar.
Miriam dio un pequeño salto, más por reflejo que por susto. Tras la primera arcada se la sacó de golpe.
—¡VIK!
—¿Qué?
—No me la metas así.
—¿Así cómo?
Ella le clavó los ojos. Él ya tenía la mano en la parte baja de su cabeza, tratando de atraerla de nuevo pero sin apuro.
—Como si fueras dueño de mí.
—No “como si”. Soy.
—De mí, no.
—Mirá que cuando lo decís tan convencida, casi te creo.
Miriam apretó los labios.
Viktor sonrió. Esa sonrisa suya, torcida, con gusto a riesgo.
—Te juro que si me la metés así de nuevo, no te perdonaré.
—Sí —dijo él, con la mano aún en su cabeza—. Pero vos sos la que se deja tocar.
Miriam no se movió.
Solo cerró los ojos un instante. Y suspiró.
—Hacelo. Pero esta vez…
—¿Esta vez qué?
Ella lo miró.
—Esta vez metémela despacio, con las ganas que tenés de correrte en mi boca.
Quiero sentir cómo me abrís la garganta, tan hondo que me cueste tragar el aire.
Pero no empieces a moverte… hasta que yo te lo pida.
Viktor se le quedó mirando. Duro. Inmóvil.
Y entonces, obedeció.
Sostuvo su cabeza con ambas manos, como si fuera un cuenco que necesitara llenarse. Su verga fue entrando poco a poco, rozándole la lengua, empujando con paciencia. Miriam aflojó la mandíbula. Lo sintió avanzar, caliente, palpitante, marcando el camino contra su paladar.
No gemía. No protestaba. Solo lo tomaba.
Ella inspiró por la nariz, profunda, aguantando la presión que se le acumulaba en la garganta. Tosió apenas, pero no se apartó. Lo miró desde abajo, ojos húmedos, abiertos, desafiantes. Viktor apretó los dedos en su nuca. No empujó. Solo tembló.
—Así —susurró ella, con la boca medio llena—. Quedate ahí.
Miriam le rodeó la base del pene que se mantenía afuera con una mano, firme, y lo sostuvo dentro mientras tragaba saliva despacio, como si saboreara algo más que cuerpo. Sus labios lo sellaban. La lengua, impaciente, lo recibía.
Empezó a moverse. Apenas. Un vaivén mínimo, contenido, como una promesa que se estira.
Y entonces, desde lo profundo, emitió un gemido sordo. Un sonido húmedo, vibrante, que Viktor entendió sin margen de duda: era el permiso.
Y él lo hizo.
Lento al principio, marcando el ritmo contra su boca abierta. La sostuvo con ambas manos mientras la penetraba, no con brutalidad, sino con hambre. Miriam se dejaba llevar, cada vez más relajada, más húmeda, más suya.
Su garganta se abrió con cada embestida.
Ella lo tragaba como si no quisiera que terminara nunca, como si cada empujón fuera un privilegio. Tosió una vez, le cayeron lágrimas suaves por las mejillas, pero no se apartó. Se aferró a él, lo miró desde abajo con la boca llena, con los ojos suplicantes.
Viktor gruñía cada vez más bajo. El cuerpo le temblaba. El abdomen contraído. La mandíbula tensa.
—Voy a…
No terminó la frase.
Ella lo apretó más con los labios y él se vino de golpe. Hondo. Largo. En espasmos contenidos. Ella no se movió. Solo tragó.
Despacio. Hasta el final.
Y cuando se apartó, lo hizo sin soltarle la mirada, con la comisura brillando y la respiración caliente.


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