«Papi, necesito que me ayudes»
La hija necesita la ayuda de su papá para sacar un juguete .
Estoy sentando enfrente de la tele viendo el noticiero, cuando de repente mi hija aparece pegando un grito.
– ¡Papi, necesito que me ayudes!
Mi hija adolescente está parada enfrente mío vistiendo solo una remera que le queda hasta la mitad de los muslos, pero es tan sugerente que, si levanta los brazos, es posible que llegue a mostrar el orto hermoso que tiene. Tampoco ayuda que no le mire las piernas largas y trabajadas gracias a la gimnasia artística.
Ahora, la posición en la que está parada enfrente mío con la cara llena de preocupación, el ceño fruncido y las piernas cruzadas como si tuviera ganas de mear, me hacen preocuparme.
– ¿Qué te pasa, hija? -le pregunto, preocupado.
Un mechón de pelo rubio le cubre la cara hermosa que tiene, y ella se lo quita, llevándoselo detrás de la oreja. Está muy nerviosa.
Sus piernas tiemblan y una de sus manos se posa en su concha, sorprendiéndome. La miro con los ojos muy abiertos.
-Melody, que carajos te pasa hija, me asustas. ¿Te duele algo?
-Yo… ¡ay, Dios! ¡Ah! -un largo gemido sale de su garganta y ahí sí que me levanto asustado, acercándome a ella.
-Hija, decime. ¡¿Qué pasa?!
Cierra los ojos y todo su cuerpo comienza a temblar. – ¡Ay, papi! -gime.
No sé qué decir, ya no sé si sus gemidos y temblores son de dolor o… de placer. Estoy muy confundido parado enfrente de ella, mirándola de arriba abajo.
Observo como su cuerpo se encorva y tiembla con más fuerza. Sus piernas se doblan y tengo que agarrarla para sostenerla porque si no se cae. La mano que está en su concha se aprieta más contra esta. La miro sin entender nada.
-Melody, ¿qué mierda te pasa?
Ella no dice nada, pero los temblores disminuyen y sus ojos se abren. Ahora se ve más calmada. Noto como se saca la mano de la concha, pero por haber apretado la remera en esa zona, hay una gran mancha húmeda.
¿Qué mierda?
-Pa, me tenés que ayudar. -su voz sale con súplica. Su cara tan roja, me asusta. -Por favor, no te enojes, pero no sé qué hacer. ¡Ayúdame!
-Para, Melody, ¡me asustas pelotuda! Contame bien que te pasa.
– ¿Pero no te enojas?
-Que me voy a enojar boluda si me estás asustando. Dale, decime.
Mi hija se pone bordó, sus ojos mirándome con una pizca de súplica, vergüenza y algo más que no logro identificar. Se pasa la mano por la cara que también parece mojada de sudor, y con un suspiro, me cuenta.
-Bueno, es que… ¿te acordás de More? La chica de rulos, Morena. La hija de…
-Sí, sí. Sé quién es.
-Bueno, ella me presto eh… me presto una cosa…
– ¿Qué cosa?
-Eh…
-Deja de balbucear, Mel. Me pones nervioso. ¿Qué te presto?
Sin poder mirarme, dice: -Unas bolitas del amor.
Frunzo el ceño, más confundido aún. Tengo cuarenta y siete años, ya no entiendo el lenguaje de los pendejos.
– ¿De qué hablas, hija? ¿Qué es eso?
-Eh… bueno… las bolitas del amor son bolas vibradoras que te pones dentro de… que te metes en la concha y… y bueno yo me las metí ¡y ahora no puedo sacármelas! -sus ojos llorosos me miran con vergüenza y desesperación. Yo la miro con sorpresa.
¿Pero qué me dice esta inconsciente?
– ¿Qué?
-Y no puedo parar de venirme, papi. Estoy teniendo orgasmo tras orgasmo. Estoy muy sensible, ya me duele todo. Necesito que me ayudes a sacarla.
– ¡Melody!
– ¡Perdón papi, pero tenés que ayudarme!
– ¿Cómo mierda te voy a ayudar con eso, Melody? Tenemos que ir al médico… ¡o espera que vuelva tu mamá!
– ¡No! -gritó, histérica. -No papi, por favor. No puedo más. Ir al hospital me da vergüenza y además sabes que confío más en vos que en mami. Pa por favor, solo sacalas.
En mi cabeza no podía procesar realmente lo que estaba pidiéndome mi hija, solo pensaba en ayudarla y que esté mejor. Pero a la vez, estaba poniéndome histérico yo también, ¿cómo mierda le iba a sacar un puto vibrador de la concha a mi propia hija? Es impensable. No está bien. O sea, somos una familia bastante abierta de mente y con el tema de la sexualidad. Para mi mujer y para mí es sabido que Melody ya a su edad había tenido sexo, pero de ahí a que su propio padre la toque… de esa forma. Impensado.
-Melody, me estás poniendo en una posición incómoda, hija.
-Lo sé papi, perdóname. Pero sos mi papá, solo confío en vos. Solo me tenés que ayudar con esto y lo olvidamos.
Asiento. Tiene razón.
– ¿Qué necesitas que haga? -le pregunteo, tratando de estar lo más calmado posible.
-Creo que vas a tener que meter los dedos y tratar de sacarlos.
La concha de mi madre.
-Dios, hija. ¿Y no hay otra forma?
– ¡¿Crees que si hubiese otra forma no la hubiese intentado ya?!
-Bueno, no me grites pendeja. Dale, vení.
-Perdón papi, es que estoy nerviosa. ¿Qué hago? ¡Ay!
– ¿Qué te pasa?
-Creo que voy a acabar otra vez.
-Carajo. Dale sentate en el sillón y abrí las piernas.
Error, no tendría que haberle pedido eso.
Mi hija adolescente se sienta en mi lado del sillón, sube las piernas y las abre de par en par, haciendo que la remera se le suba hasta la panza, dejando todo a la vista. Es inevitable no pensar que la última vez que vi una concha así de perfecta, fue cuando yo era un pendejo. También es sabido que solo las de su edad pueden tener la concha tan perfecta y depilada. Por Dios, un sueño para un tipo como yo.
Se ve tan limpia, dulce y linda. Está brillosa por su excitación y su juguito. Sus muslos también húmedos porque los jugos le chorreaban hasta ahí. Los labios de la concha son de un rosa fuerte y se ven hinchados. Hermoso.
¿Cómo hago para que la verga no se me endurezca? No hago nada, porque lo hace. Se me pone dura en el pantalón del pijama y ni siquiera trato de ocultarlo porque el bulto es bastante notable.
Creo que puedo zafar de que Melody lo note porque está en su propio mundo, pero cuando levanta la vista, lo primero en lo que sus ojos se posan, es en el gran bulto de mis pantalones.
-Oh… -dice, abriendo los ojos grandes. Me mira a los ojos, traga saliva y se pone roja. -Perdón, papi. -dice con la voz entrecortada y volviendo a mirarme la chota. Sus ojos no pueden apartarse de ahí y cuando se lame los labios, mi verga se estremece.
-Basta, terminemos con esto.
Me arrodillo enfrente de ella, tratando de concentrarme en lo que tengo que hacer y no en lo hermoso que le huele la concha, además de las ganas que tengo de pasarle la lengua y jugar con su clítoris hinchado.
Con mis manos, le abro más los muslos y acerco una hasta su concha. El calor que desprende de ahí es bestial y ya siento como la humedad pegajosa se me pega. Ella mientras tanto, solo gime y hecha la cabeza hacia atrás.
Dios mío.
Le toco ligeramente los labios inferiores, separándolos. Acercándome a su hoyito, le meto la punta de uno de mis dedeos y la siento tan apretada y húmeda que ahora el que gime soy yo. Ella me sigue con otro.
Le meto más profundo el dedo, moviéndolo y sintiendo el interior caliente.
– ¡Dios, papi! Ah, me voy a venir. -y lo hace. Y yo no creo poder aguantar cada vez que me dice papi.
Siento como me aprieta el dedo, contrayendo su interior, y como los juegos de su concha me mojan la mano. Sus piernas y muslos tiemblan. El orgasmo es largo.
-Por Dios, hija.
– ¡Papi, ah!
-No voy a poder con esto, Melody. Es demasiado.
Me tengo que sacar la verga del pantalón o me va a agarrar una embolia. Lo hago, y para sorpresa de nadie la punta estaba húmeda con líquido y las venas se me marcan gruesas.
Si después de esto no me deslecho, definitivamente voy a tener una embolia.
-Dale, papi. Sácalas ya o me voy a morir.
-Yo también.
A pesar de todo, mi comentario la hizo reír.
Le meto el dedo más profundo, pero no es suficiente con uno así que tengo que meterle dos. Ella pega un gritito y cierra los ojos. Ya siento la bolita de mierda que nos puso en esta situación.
-Vas a tener que empujar, Mel.
Le saco los dedos y por inercia, me los llevo a la boca, chupándolos. Saben tan dulce y adictivos. Mi hija me ve hacer esto y solo entrecierra los ojos, excitada y se lame los labios. Los dos para este punto ya somos un desastre.
-Bueno, papi.
Le vuelvo a meter los dos dedos, abriéndole más la concha. Melody gime con fuerza. Yo revuelvo los dedos en su interior, y siento la bolita, logrando agarrarla con los dos dedos. Es más grande de lo que esperaba, así que la agarro con más fuerza como puedo, le hago una seña a ella para que empuje y así, viendo su conchita dulce abrirse en un espectáculo hermoso, puedo sacar la bolita.
Con un pop y un chorro de jugos, la bola sale, vibrando con fuerza en mi mano. Que bestia esta máquina eh. La miro curioso. Mel suspira con fuerza y grita aliviada. Se la muestro.
– ¿Cómo te vas a meter esto en la concha, Melody? Tomá. Decí que la sacamos fácil.
Se la doy y ella agarrándola, también la mira curiosa. -Gracias papi, ahora faltan dos más.
– ¡¿Qué?! -grito, consternado. – ¿Te metiste tres de esas mierdas? ¿Vos estás loca?
Se le volvieron a poner llorosos los ojos, y agachó la mirada, con vergüenza. -Perdón, papi.
-Sos una pelotuda, Melody. Es lo único que te voy a decir. Pendeja enferma.
Para mi sorpresa y más enojo, se caga de risa.
– ¡¿De qué te reís?!
-Me decís enferma y re que le estás metiendo los dedos en la conchita a tu propia hija. Vos sos el enfermo.
Las ganas de pegarle una cachetada son muchas. Pero en vez de hacer eso, sin pensarlo, la agarro de los pelos y le como la boca. Así, sin pensarlo de más o no lo haría nunca.
Mi hija es de las pendejas hermosas, caprichosas y putitas que ni en pedo me hubiesen dado bola en mi juventud. Así que estar ahora acá con ella, abierta de piernas mostrándome la concha y comiéndole la boca con mi lengua hasta la garganta, me infla el pecho.
Cuando me alejo, ella me mira deseosa y seguro que yo igual. Le reventaría la concha a pijazos ahora mismo, pero en eso si me contengo.
-Cerra el orto hija, porque si no, no pienso ayudarte más.
-Bueno, pa.
Le vuelvo a meter dos dedos, esperando sentir la otra bolita así se la sacaba rápido, pero no sentí nada. Palpo alrededor moviendo los dedos y tampoco sentí nada. Solo la concha mojada de mi hija, que no para de gemir y temblar con los ojos cerrados.
Está en el cielo la pendeja.
-No las encuentro las otras, vas a tener que ponerte en otra posición.
– ¿Como, papi?
-Ponete en cuatro.
Le encanta escuchar eso, porque se para, me beso y se pone en la posición que le pido sobre el sillón. Su culo en cuatro es de otro mundo. No es muy grande, pero tiene una forma de corazón que es una locura. Se lo abre con las dos manos sin yo pedírselo y casi me muero.
– ¿Te cogieron por el orto? Lo tenés abierto.
-No papi, es que me gusta meterme cosas por ahí también.
-Por Dios, que puta de mierda que sos.
-Si, papi. Lo soy.
Y yo nunca lo supe.
Le meto los dos dedos desde atrás en la concha. El olor de su ano me inunda la nariz, estoy a un microsegundo de pasarle la lengua, pero me contengo.
-Empuja a ver si puedo sentirlas.
Lo hace, pero las bolitas parecen estar muy profundo.
– ¡Ah! Siento otro orgasmo, papi.
-No creo que sea sano que te vengas tantas veces. ¿Cuántas llevas?
-No lo sé, perdí la cuenta.
-Jesús.
Intentando unos minutos más, no puedo agarrar las bolas.
-Mel, te voy a tener que meter toda la mano para sacártelas, si no no sé cómo hacerlo.
-Hacelo, papi. Por favor, ya no quiero más.
-Espera. -tuve que subir a buscar el lubricante que usamos mi mujer y yo para cuando le quiero hacer el orto, y poniéndome una buena cantidad en la mano y otra buena cantidad en la concha de mi hija, empiezo a tantear la zona con varios de mis dedos.
-Ay papi, que rico.
-Melody…
-Es que se siente tan bien. Nunca me habían metido la mano en la concha. Me encanta que vos seas el primero, papá.
-Me vas a matar.
-Qué lástima que no sea tu verga la que pueda sacarme las bolitas.
-Por Dios, hija. Cállate.
Ese es mi límite, cogerla. No podemos llegar a eso.
El lubricante hace que sea fácil meterle tres dedos, luego cuatro y, por último, toda la mano. Yo tampoco había hecho esto, y que a la primera que se lo haga sea mi hija, me pone loco.
La manera en la que el hoyo de su concha se abre adaptándose a mi gran mano, es fascínate. Puedo meterle hasta la muñeca, y eso hace que sienta una de las pelotas y la agarre. -Empujá, Mel. -la penetro con mi mano, la pelota sigue vibrando y ella empuja. Obviamente eso le provoca un orgasmo que la hace gritar. Me rio.
Por Dios, ¿qué mierda estamos haciendo?
Todo es un desastre y sus jugos me llegan hasta el antebrazo y el pecho.
Sin pensarlo, la pelota que le saco, la chupo. Riquísimo. -Falta una.
Ella gime cuando vuelvo a meterle los dedos. Balbucea algunas cosas que no entiendo, pero tira la cabeza hacia atrás dejando que su largo pelo le cubra la espalda. Estoy pensando en que me encantaría verla totalmente desnuda y ella parece escuchar mi pensamiento porque se saca la remera dejándome ver su espaldita hermosa y lo chiquita que se ve su cintura en esta posición.
-Vení, sentate como antes. -se vuelve a colocar sentada en el sillón con las piernas totalmente abiertas y ahora sus tetas están a la vista.
Chiquitas, pero de pezones rosas y turgentes. Hermosas como ella.
Pongo un poco más de lubricante y repito el mismo procedimiento anterior. Ahora mi mano entra como si perteneciera al interior de su concha.
Melody empieza a jugar con sus propias tetas, apretándose los pezones, totalmente ida en el placer. La penetro con más fuerza, metiéndole la mano hasta un poco más allá de la muñeca. Ella grita, gime y tiembla. Otro orgasmo. No puedo evitar tocarme la verga, empezando a frotarme y apretarme los huevos.
– ¿Te estás tocando la verga, papi? ¿Querés que lo haga yo? ¿O preferís que te la chupe? ¿Qué tu hijita tierna e inocente te chupe la verga gorda en agradecimiento por meterle todo el puño en la concha? Dios, papi, nunca tuve tantos orgasmos como hoy, y es por vos porque me pones muy puta. Te amo, papi. -sus palabras me vuelven loco por eso le meto la mano con más fuerza. -Ay si, papi. Si, sí, sí. Que rico.
Me empiezo a pajear con más fuerza, no doy más. La imagen de mi propia hija deshaciéndose de placer con mi mano dentro de su concha y sus gemidos, me están empujando al borde.
Melody grita en un orgasmo intenso. Más que los anteriores. Se arquea y tiembla, cerrando los ojos. Su cuerpo entero poniéndosele rojo, sus ojos en blanco, piel de gallina y su concha apretándome la mano con fuerza.
Cuando se la saco, un chorro de su orgasmo sale junto con la última bolita. Mi hija tiene un squirt y cae en mi pecho y verga. Suficiente para que con un gruñido fuerte y con brutalidad, me pajee hasta el orgasmo, parándome a tiempo para eyacular en la panza y pelvis de mi hija. Mi leche caliente y espesa dibujando patrones raros sobre ella.
Melody se da cuenta, aunque todavía está en una nube de éxtasis. Me mira con ojos de deseo y ganas de sexo. No es como una hija debería mirar a su padre. Sorprendiéndome, dejándome loco, con uno de sus dedos agarra un poco de mi leche y se lo lleva a la boca, chupándolo.
-Que rica tu leche, papi. Aunque me hubiese encantado que me la echaras en la garganta… o en lo profundo de mi conchita.
-Dios, Mel, hija. Que locura.
-Si, papi… y perdón por hacerte pasar por esto.
-Está bien.
Los dos nos acurrucamos en un abrazo de consolación. Le hago mimos y le digo lo mucho que la amo. Solo un momento de padre e hija. Ella está tan cansada, que se queda dormida en mis brazos. Así que la llevo arriba y la dejo dormir en su cama. Abajo, limpio todo, borrando cualquier evidencia de lo que había pasado.
Y el juguete causante de toda esta locura, lo guardo en mi escondite. Seguro que lo voy a necesitar para repetir momentos divertidos con mi hija.


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